LA JOYA DE LA CORONA, pt 4
UA: donde Leia es usuario de la Fuerza y Luke el primer rey de Naboo.
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Leia despertó a mitad de la noche, solo para observar cómo un relámpago iluminaba toda la habitación.
Todavía se encontraba en los brazos del sueño tan placentero que había tenido, aunque ya no podía recordar de qué se trataba; su cama se encontraba a unos centímetros de la gran ventana, por lo que podía ver su rostro adormilado cada vez que el cielo se iluminaba.
Sus ojos del color de las nueces anunciaban que aun estaba cansada, pero ya no podía conciliar el sueño.
El cielo volvió a brillar, y ella, con el cabello desordenado, se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, cuando otro relámpago iluminó el cielo; desde su habitación podía observar todo el lago y muy a lo lejos, unas luces que brillaban como estrellas. La vista le pareció realmente maravillosa.
Nuevamente, el cielo se iluminó, esta vez acompañado de un estruendo que amenazaba con hacer caer el cielo. Leia abrió de par en par las cortinas, esperando que el concierto de luces y truenos siguieran toda la noche, y luego volvió a la cama.
Pero apenas había recostado la cabeza en la almohada, cuando un recuerdo cruzó por su memoria: su hermano gemelo, acurrucado en sus brazos mientras sollozoba, en medio de escombros y lluvia.
Eso fue suficiente para que la joven padawan saliera de la cama rápidamente: Luke le tenía pavor a los relámpagos, truenos y cualquier otra cosa relacionada con la lluvia.
Tenía que ir con él.
Han abrió los ojos de pronto, exaltado.
Había tenido nuevamente esa pesadilla donde sus compañeros salían volando a causa de los disparos y explosiones.
Se dio cuenta entonces de que no eran explosiones lo que sonaba en su cabeza, sino los truenos que hacían un concierto en el cielo, que parecía caerse a pedazos por el sonido tan fuerte de la lluvia sobre el tejado.
Incapaz de volver a dormir, y con las intenciones de no querer hacerlo, se dio la vuelta en dirección a la ventana, donde su rostro se reflejó a causa de la luz, resaltando sus ojos verdes en el cristal.
Hacía mucho tiempo, Han se consideraba a sí mismo como alguien atractivo y un donjuán con las mujeres, sin embargo, tras perder a Qi'ra, se dio cuenta de que toda la felicidad se había ido de sus ojos.
Seguía siendo el mismo, pero ya no disfrutaba nada más.
A lo lejos del lago, aquel que siempre tenía colores hermosos con cada atardecer, pudo captar unos singulares brillos amarillentos que parecían navegar en el agua; Han se sintió ansioso.
Se sentó en la cama cuando los brillos parpadearon, algo que lo puso en alerta, pues le pareció que esos no eran simples brillos, sino luces de lámparas de mano.
Se levantó rápidamente y se acercó a la ventana, en el momento justo que un trueno muy salvaje resonó; a su mente viajaron recuerdos desagradables con cada sonido que provenía del cielo, y en ese momento, un destello azulado le recordó dos cosas: la primera, una enorme explosión en una noche igual de lluviosa que esa, donde había perdido a su compañera y gran amor. Y la segunda, el par de ojos curiosos azulados que había jurado proteger.
Han entonces comenzó a vestirse a gran velocidad; a su mente viajó su primer encuentro con el joven monarca: en ese entonces debía tener unos doce o trece años. Luke había sido secuestrado y él había sido enviado para rescatarle. Recordó su cuerpo delgado y asustado, escondido debajo los escombros del templo, temblando, mientras los relámpagos iluminaban el lugar y la lluvia caía sobre los cuerpos sin vida de su séquito real.
Con todo eso en mente, Han solo podía pensar en lo mucho que a Luke le aterraban la lluvia y todo lo que tuviera que ver con ella.
Antes de salir, se dio cuenta de que los brillos amarillentos se encontraban cada vez mas cerca del palacio, lo que lo puso muy inquieto, así que tomó su blaster antes de salir de la habitación.
En el camino hacia los aposentos reales, vio una figura femenina envuelta en nada mas que un camisón blanco, el largo cabello suelto y descalza; antes de acercarse a ella, un agradable olor lo golpeó con fuerza, provocando que se detuviera de pronto.
Han no tuvo que verla para saber que se trataba de la joven Jedi que había visto en la mañana.
La vio escabullirse hacia la misma dirección que él, por lo que debía significar que iba hacia los aposentos de Luke, así que la siguió, esperando que su corazón dejase de latir como enloquecido antes de llegar a su destino.
La habitación volvió a iluminarse, y él dio un brinco en el rincón de su cama, cubierto con las sábanas de seda.
Luke odiaba la relámpagos, truenos y cualquier otra cosa relacionada con la lluvia.
Cada que escuchaba cómo el cielo resonaba, recordaba cómo los disparos y bombas estallaban cerca de él, haciendo volar los cuerpos de aquellos que habían jurado protegerle . En aquel entonces, tenía a su madre para consolarle, mientras le cantaba alguna canción o le contaba las aventuras de su padre para distraerle, pero ahora estaba solo y no podía recurrir a ella todo el tiempo.
Tampoco podía pedirle a Han que durmiera en su alcoba todo el tiempo; siendo el rey, aquello podía generar cotilleos en la corte. Ya bastante malo era escuchar a las cortesanas inventar rumores sobre conquistas inexistentes o hijos perdidos en cada sector de la galaxia, como para también soportar que dijeran que mantenía una relación prohibida con su guardia personal.
Cuando los truenos disminuyeron, se dispuso a salir de la cama e ir a cerrar la cortina, para impedir que la luz volviese a entrar.
Sintió el frío del suelo a pesar de la alfombra y el cómo la lluvia entraba por la ventana ligeramente abierta; cuando finalmente llegó a su meta, lo que le pareció una eternidad, tomó ambos extremos de las cortinas con las manos, victorioso, pues sentía que había logrado su mas grande hazaña, dispuesto a ponerle fin a esa tan corta travesía, cuando un relámpago volvió a iluminar toda la habitación.
Esta vez, sin embargo, acompañado del maravilloso fenómeno natural, un rostro se dibujó junto al suyo en el cristal de la habitación.
Luke no tuvo tiempo de reaccionar, pues todo pasó muy rápido.
Y para cuando Leia y Han llegaron a la habitación, no solo descubrieron que estaba empapada y totalmente oscura, sino que faltaba algo muy importante.
—No está. — lloró horrorizada la joven, llevándose las manos a la boca. — El rey no está.
