Prólogo
Deambulando entre los pastizales el niño patea fastidiado las hierbas. La imagen de su desinteresado padre irrumpe en su cabeza; chasquea la lengua al rememorar los sucesos de hace un rato: Lo había buscado, ingenuo creyendo que le prestaría atención o al menos preguntaría a dónde iría. Pero solo recibió un simple gesto restándole importancia y fue ignorado. Corrió apenas supo la respuesta de su padre. ¡Se supone que los padres se preocupan por sus hijos! Este, por desgracia, no era su caso.
La tentativa de escapar de casa le atraía por momentos. Darle una lección a su padre tal vez le haga reconsiderar su abandono; aunque eso solo resultaría si él logra percatarse de su ausencia. Era una buena idea, lastima que solo se quede como eso mismo. Ni en mil años se atrevería a escapar de casa, no tiene dinero, la seguridad afuera es dudosa y no conoce un lugar donde pueda quedarse. Suspiró resignado, su rostro entristecido por las desdichas que le tocó vivir.
Cargó con sus desánimos y retomó su camino. Lo único bueno del día era, tal vez, el bosque. Hace unos días había cumplido los doce años, estaba a puertas de la adultez; y como pronto adulto no podía mostrarse temeroso del mundo. Por eso, reuniendo su valor, por fin se atrevería a entrar al bosque. Era un lugar seguro, pequeño y protegido por los cazadores; pertenecía al pueblo y era visitado con frecuencia. Las bestias no han entrado ahí en muchos años, no pueden. Era un buen lugar para empezar su pronto trayecto en la vida.
Ya puede divisar el boscaje, con el sol resplandeciente que le brinda esa aura mágica que le recuerda a los cuentos de fantasías que interpretan los actos ambulantes. Su entusiasmo explota cuando la distancia se reduce a unos cuantos pasos. Su mente desechó cualquier enojo y tristeza y se adentró expectante.
Tal y como esperaba, el ambiente dentro era mágico: los rayos de luz se colaban entre los tupidos árboles de hojas frescas, amarillo y verde se combinaban dándole calidez a la vegetación. Las ramas se enredaban en los troncos envolviéndolos con sus hojas. El pasto alto le hacía cosquillas en sus piernas y las plantas florecientes cubrían el camino. El olor a tierra mojada embriagaba su olfato, la frescura y el aire puro llegaban hasta sus pulmones; su cuerpo se sentía tan liviano que creía flotar con toda las sensaciones que recibía.
Se acercó a uno de los troncos rugosos, presionó en su áspera corteza palpando el musgo verdoso que humedeció su mano. De su rostro brotó una sonrisa al apreciar cada pequeño detalle que encontró en su mano. Continuó su recorrido animado por descubrir más y las aves cantoras lo acompañaron en su aventura desde las copas de los árboles. Se sentía el protagonista de algún cuento, aquel que obtenía su final feliz.
El sol siguió presente, lejos de esconderse a pesar de haber paseado por lo que él creía fueron horas. Aún tenía mucho tiempo y aún más por explorar, pero él ya tenía la respiración algo agitada y sus pies entumecidos. Se recostó contra uno de los troncos, tomando un tiempo para recuperar fuerzas. El ambiente era fresco, bueno para tomar una siesta. Una siesta con el arrullo de las aves y el gentil viento, el frío pasto y el aroma de las flores, no sería tan malo... Cuando recuperó algo de conciencia, sus ojos ya se cerraban con rapidez y él no pensó que nada malo saldría de dormir un momento; solo serían unos minutos y de ahí regresaría a casa.
Cerró los ojos.
El viento soplaba, susurraba a su oído. Murmullos lejanos convertidos en pequeños fragmentos, voces recelosas, el ulular de los búhos; nada de eso tenía sentido, podía ser tomado como un simple sueño.
Oscuridad. Lo primero que enfrentó al abrir sus somnolientos ojos fue oscuridad. Se levantó despavorido de un salto y buscó a su alrededor; todo era oscuridad. Alarmado miró al cielo nocturno. El pequeño bosque de fantasía se había convertido en una aterradora pesadilla que amenazaba con soltar a las bestias.
Su vista dio vueltas tratando de encontrar el camino de regreso, los resultados fueron desesperanzadores: Sombras deformes y filosas lo acechaban, la brisa se había convertido en un soplar gélido, los árboles se alzaban sin fin en el cielo y sus hojas restringían la luz de la luna, apenas podía distinguir algo con los diminutos hilillos de luz. Sus ojos picaban, el miedo lo atrapó y lo encadenó al suelo; su cuerpo cayó al pasto reducido a un bulto que intentaba protegerse con sus brazos. Sus súplicas comenzaron, sus rezos se enredaron con sus hipidos, las lágrimas corrieron empapando su rostro.
Alguien vendría a salvarlo, en definitiva, alguien estaría pronto a su lado. Su padre lo sacaría de esta pesadilla.
El viento sopló, removió los árboles y las ramas crujieron. Él se encogió un poco más. La corriente rozó su oído, un escalofrío recorrió su cuerpo cuando escuchó lo que el viento le había contado. Levantó la cabeza y volvió a espiar en la oscuridad que lo engullía. Las ganas de gritar lo invadían con solo atreverse a mirar. Pero el niño siguió, con la cabeza en alto y un mueca de terror que deformaba su rostro, pues la valentía sólo le permitía hacer una cosa. Se mantuvo firme, hasta que sus ojos encontraron luz.
Su friolento cuerpo se levantó tembloroso, se encaminó con pies torpes que seguían el fulgor de algún farol. Era más que seguro que recibiría mil sermones cuando lo encuentren, pero eso ya no importaba, aceptaría cualquier sermón con tal de volver a casa con su padre. A medida que la incandescente luz crecía, su rostro se llenaba de un brillo de esperanzado que contenía su alivio. De pronto, gritos comenzaron a oírse más adelante, donde la luz se mostraba.
Su cuerpo se detuvo con brusquedad.
—¡Esas basuras exigen más cada día! —reclamó alguien con gruesa voz.
—Baja la voz... es peligroso, incluso aquí —advirtió fastidiado otra persona.
El pequeño avanzó cauteloso, esas personas no sonaban muy amigables; pero debía salir del bosque. Tal vez si los seguía con prudencia podría encontrar una salida.
—Les salvamos las vidas, les damos armas, reciben nuestro dinero. ¡Les damos todo! Y ellos nos pagan con su codicia —rezongó el primer hombre—. Nuestro esfuerzo es pisoteado, se burlan a nuestras espaldas creyendo que su fuerza bruta es lo que los salva.
—Ya, ya, piensa en que al menos los vampiros pueden hacer algo bien y darles una muerte digna de ellos —se mofó entre risas.
—¡Exacto! Ahí regresan asustados, pidiendo nuestra ayuda. Malditos bárbaros.
Sin comprender las quejas, el niño se preguntaba: ¿Por qué alguien festejaría a los vampiros? Ellos siempre han atormentado al pueblo, siempre han lastimado a las personas.
—Ese desgraciado, en especial él, espero que un día reciba lo que se merece —escupió ardiendo en rencor—. Atreverse a amenazarnos cuando lo sacamos de las calles, una basura como él se hubiera podrido sin nuestra ayuda.
Las palabras destilaban tanto odio que el pequeño se encogía aterrado con cada nueva dicha. Esas personas maldecían a diestra y siniestra, y aunque estaba acostumbrado a las de su padre; la de ellos cargaban con tanta furia que él comenzaba a dudar en seguirlos.
—Olvídate de eso, hay algo más importante —indicó—. ¿Recuerdas al mocoso que no regresó de la última misión? Según sus compañeros, un vampiro se lo llevó aunque ya estaba muerto.
—¿No lo destrozaron? —preguntó aturdido el hombre.
—No, todos dijeron que un vampiro encapuchado se lo llevó... —El hombre tragó con pesadez—. ¿Tú crees que vuelvan a convertir? Ha pasado mucho tiempo pero no creo que ellos olviden lo que sucedió hace años. Ellos no deberían olvidar...
—¡Cálmate! Incluso si alguno se atreve a convertir, no significa nada. Solo son rumores, y esas bestias son tan rencorosas que preferirían quemarse antes de apiadarse de nosotros —aseveró impotente—. No lo han hecho en más de trescientos años.
El tenso ambiente se quebró cuando crujidos vinieron de los arbustos. El pequeño forcejeó para soltarse de las molestas ramas, terminando por delatar su escondite. Los hombres de adelante lo jalonearon hasta desenredarlo, estampándolo contra la tierra. El menor pudo observar, gracias al farol, sus túnicas blancas con bordes dorados: religiosos de alto grado.
—Pásame un cuchillo —pidió indiferente el hombre que lo retenía en el suelo.
Su compañero comenzó a rebuscar en su túnica.
—¡Esperen! Recién los acabo de encontrar, solo quiero regresar a casa. —aseguró lloroso el pequeño.
—¿Cuánto crees que escuchó?
El religioso que lo sostenía recibió una navaja, ignorando su presencia y sus súplicas.
—No escuché nada, ¡lo juro! Solo quiero regresar con papá —lloró al ver el arma acercarse
Intentó forcejear, removió su insignificante cuerpo con todas sus fuerzas, pataleó y agitó sus brazos entre gritos y sollozos. El religioso se vio obligado a pedirle ayuda a su compañero, consiguiendo aprisionarlo. Sus gritos por ayuda cesaron cuando una mano apretó en su boca.
El filo de la navaja estaba a centímetros. Era su fin.
Aun así, se resistió.
Cerró los ojos por la fuerza que ejercía y el miedo en su cuerpo, y se defendió una vez más. Si nadie iba a venir... entonces tenía que salvarse él mismo. Como su padre siempre lo ha hecho.
Ignoró su realidad. Su cabeza le repetía a gritos sobrevivir.
Forcejeó, aún si se ahorcaba más por la presión. Empujó su cuerpo desesperado. Siguió hasta sentirse a punto de desfallecer. El aire se escapaba, sus ojos empapados ya no distinguían nada.
Entonces su cuerpo respiró.
Abrió sus ojos alarmado, ya no había nadie encima suyo. Se apresuró a levantarse, mirando a sus costados, temblando por el horror y la adrenalina. Buscó en el suelo por la posibilidad de la navaja.
Nadie, no había nadie ahí.
¿Huyeron? ¿Lo perdonaron?
No entendía lo que sucedía, su cabeza comenzaba a zumbar por la conmoción de los recientes sucesos. ¡No importa! No importa lo que les haya sucedido, él solo tenía que escapar de ese lugar.
La agitación de su cuerpo no disminuía y sus extremidades flaqueaban. Hizo el esfuerzo de levantarse con calma, dándose un descanso.
Un rugido retumbó.
Su cuerpo se petrificó. Tragó con dificultad arriesgándose a levantar su cabeza. A metros suyo se encontraba una bestia histérica que rugía sin privación. Su salvador.
Desperdigando la carne cercenada de aquellos que habían intentado asesinarlo. Sangre se desparramaba por la tierra, salpicando por la tosquedad del monstruo. Rasgando piel y músculo con sus uñas para llevarla a su boca terminarla con sus dientes que molían los huesos. Siendo al final escupida al suelo con asco.
Aquellas personas eran destrozadas sin piedad, manteniendo un débil hilo de vida que les permitía sentir su sufrimiento y dolor.
El monstruo pisoteaba, rugía y celebraba con su festín. Dejando solo masas amorfas de carne.
Sudor frío le empapaba, su voz desaparecida y su cabeza le martillaba a punto de desvanecerse. Arcadas lo atormentaron al ver los cuerpos ya inertes. Sus dedos se movían en descontrol hundiéndose en la tierra. Su deseo por ayuda le había traído a tal monstruosidad.
Ese monstruo lo iba a destrozar a él también.
Antes de siquiera notarlo, su propio cuerpo había despertado y comenzó a moverse sin su consentimiento. Se levantó entre tropiezos y escapó despavorido, alejándose de esa maldita cosa.
Las risas del monstruo no cesaron hasta que consiguió huir.
Con magulladuras, suciedad y su corazón palpitando a punto de explotar, abandonó el bosque. A pesar de tener sus piernas ardiendo y la falta de aire que le nublaba la vista por momentos, se mantuvo corriendo hasta llegar al pueblo.
No se detuvo ni siquiera cuando estaba rodeado por las viejas casas y las desiertas calles. El tiempo se repetía en un bucle interminable donde no podía encontrar su casa. Quería gritar. Gritar hasta desgarrar su garganta esperando que alguien se apiade y lo proteja.
Quería despertar de su pesadilla. Quería a su padre consigo.
Sus pies por fin pararon, cayendo de rodillas rendido al suelo cuando su casa se mostró frente suyo. No consiguió aguantar más, con las pocas fuerzas que le quedaban se orilló a un extremo de su hogar y vomitó. Toda la comida de ese día caía en desecha en suelo.
Terminó exhausto. Su cuerpo apenas podía mantenerse de pie. Pero él ya estaba en casa. Estaba a salvo.
No se esforzó por entrar con cuidado, con pasos torpes se adentro hasta su cuarto. Su padre no debería estar en casa; tal vez sería la única vez en agradecerle eso. Su padre ahora mismo debería estar enfrentándose a esos monstruos. ¿Se encontraría con aquel del bosque? Rezó porque nunca sucediera. Él debe seguir viviendo. No lo puede dejar solo, no más solo que ahora.
No buscó comida, estaba seguro que no podría comer en días con las imágenes pasadas repitiéndose en su cabeza. Llegó a su cuarto en zancadas y estampó la puerta, deseando tener un seguro que ponerle. Se lanzó contra su cama, envolviéndose con las mantas hasta cubrirse por completo, esperando que nadie pueda encontrarlo nunca.
No durmió esa noche. Sus ojos se negaron a cerrarse, torturándolo con la oscuridad. Su mente que había grabado los sucesos anteriores repitió incesante esas iris azules llenas de gozo al matar.
