Capítulo 1 : Volverán.

"Volverán".

Bendito y maldito Newton Geiszler, que no paró hasta meterse en la mente de esos endemoniados kaijus, venidos del mismísimo infierno; ese infierno al que se empeñaron en condenarnos. Maldito visionario, que supo que no cesarán en intentar someternos a su imperio del terror una y otra vez, hasta que consigan exterminarnos a todos de la faz de la Tierra.

"Volverán"

¿De qué ha servido, entonces? ¿Para qué han valido tantos sacrificios, tantas muertes? ¿Por qué murieron mis padres? ¿Para qué ha muerto mi padre adoptivo? ¿Para qué casi pierdo mi propia vida, y al hombre que amo, engullido por una macabra grieta que puede volver a abrirse de nuevo en cualquier momento y en cualquier lugar?

Gottlieb dice que hace falta muchísima energía para abrirla, no tanta para mantenerla… que tardarán años en volver a alcanzarnos siquiera… Pero lo harán, tarde o temprano…

¿Para qué, entonces, ha servido tanto sufrimiento, tantos traumas que me impiden poder expresar con palabras lo que me veo obligada a plasmar en este maldito papel si quiero seguir respirando?

No encuentro el camino, no…; y sé que a él lo estoy perdiendo cuando apenas acabo de hallarlo; no quiero perderlo, no… no puedo perderlo, a él no, porque ya no podría soportarlo. Raleigh…

Pequeños golpecitos en la puerta de su cuarto obligaron a Mako Mori a cerrar su diario personal de forma apresurada, y a esconderlo en un cajón de su escritorio, antes de que Mina Lecour, la Jefe de Ingeniería de los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos —o de lo poco que había quedado de ellos, concentrado en Tokyo Shatterdome—, una de los mejores ingenieros de jaegers jamás conocidos y su buena amiga, irrumpiese en la habitación; como siempre, sin haber sido invitada a entrar. Al verla, Mako le ofreció una amable sonrisa de resignación, que la despampanante rubia le devolvió con una de las suyas, amplia y aparentemente despreocupada.

—Tu piloto ha vuelto —la mujer le informó , con una pícara mueca en el rostro.

—Él no es mi piloto, te lo he dicho muchas veces —Mako la reprendió con voz suave y triste, mientras se giraba para hablarle, desviando la mirada, por un momento, apenas sin darse cuenta. Aunque al instante siguiente se le iluminó la mirada, llena de alegría.

—Pero te gustaría que lo fuera —Mina afirmó con descaro, a lo que Mako se empecinó en no responder, obligándola a continuar "embistiendo", si quería sacar algo en claro de aquella puya que tanto la divertía—. Tienes una suerte alucinante al compartir cabina con él; y pensamientos, jeje — añadió con picardía.

Mako enrojeció como una colegiala, pero continuó encerrada en su mutismo.

—Me lo has dicho muchas veces, sí… Entonces, ¿puedo quedármelo? —preguntó como quien no quiere la cosa.

—¡Por amor de Dios, Mina! ¡Raleigh no es un juguete que pueda cogerse y tirarse a voluntad! — La japonesa se puso de pie de un modo tan apresurado, tan nerviosa, que derribó la silla en la que había permanecido sentada hasta hacía nada más que un segundo, sin querer, arrancando una risotada de su amiga—. ¡Él es…!

—Un héroe, el tipo de moda, un hombre de bandera, un tío buenorro donde los haya, que toda mujer en su sano juicio disfrutaría llevándose a la cama… —la francesa consiguió articular entre carcajada y carcajada.

Mako la miró con ojos desorbitados, de forma desaprobadora, y Mina sonrió, ya totalmente recompuesta de su ataque de hilaridad descontrolada. Disfrutaba haciendo rabiar a su mejor amiga con aquel tema, a sabiendas de que, bajo tantos reproches comedidos, había mucho más de lo que podía notarse a primera vista. Juraría que había muchísimo más, de hecho, y no sólo por parte de ella; aunque jamás se había atrevido a preguntar al flamante General Becket sobre el asunto.

—Él es, ahora, el segundo al mando de esta Organización, lo sé… —continuó, ya más calmada—, el tío más ocupado que puedas echarte a la cara, si eliminamos de la ecuación al gran Mariscal, Hércules Hansen, quien al igual que su difunto predecesor, parece llevar siempre un ajo en el culo…

De pronto se interrumpió de forma abrupta y miró a su amiga con arrepentimiento, a modo de disculpa.

—Perdona, Mako, siempre se me olvida que el Mariscal Pentecost era tu padre adoptivo; como en público os comportabais con tanta corrección…

—No importa. —Mako sonrió con cariñosa tristeza, al recordarle.

—Y Hansen ha perdido a un hijo, también. No se puede ser tan bruta, Lecour —se reprendió a sí misma en voz alta, a lo que la japonesa volvió a sonreír—. De todos modos —continuó de forma reflexiva —se rumorea que Becket se va a Sydney Shatterdome para hacerse cargo de reflotar y gobernar sus instalaciones, ahora que está de sobra demostrado que la única arma eficaz de que la Tierra dispone para la lucha anti kaiju es el uso de los jaegers. Recuerda que Striker Eureka estuvo a punto de decantar la balanza a nuestro favor de un modo definitivo, y aunque queda mucho trabajo por delante para poder poner en marcha la fábrica y los hangares de nuevo, si se logra reclutar otra vez a la gente que trabajó allí, podrían obtenerse muy buenas ideas para implantar tecnología punta en la futura hornada de jaegers que está a punto de fabricarse —concluyó de forma aleccionadora, como sucedía siempre que se sumergía en el complejo mundo de la ingeniería de jaegers, algo que la apasionaba.

Al escucharla, Mako palideció como si hubiese sido atravesada por un espectro.

—¿Dónde has escuchado esos rumores? —musitó, conmocionada.

Mina carraspeó antes de decidirse a responder.

—Es de sobra sabido que el inversor privado que se hizo con las instalaciones de Sydney Shatterdome se ha visto obligado a cederlas al Gobierno Australiano debido a su propia quiebra financiera —aseguró, haciendo un gesto de obviedad con ambos brazos.

Sin embargo, Mako no se dejó embaucar y la traspasó con una mirada de "vamos, desembucha ya".

—Además, he escuchado a Becket y a Hansen comentar algo al respecto cuando han bajado del helicóptero que los ha traído de vuelta desde la sede de la Unión de Naciones —claudicó, a sabiendas de que su mejor amiga la conocía a la perfección—. Hansen no parecía muy complacido con el tema, pero Raleigh le ha dicho algo, mirándole con dureza, que ha logrado que callara y asintiera; no me preguntes qué, porque no he podido escucharlo. Se supone que yo debía estar controlando, en la pista de despegue, las maniobras para la puesta apunto del prototipo para el nuevo helicóptero transportador de jaegers, el "V-50 Jumphawks High", mucho más robusto y eficiente que el modelo que veníamos usando hasta ahora; no prestando oídos a conversaciones ajenas —confesó, avergonzada—. ¿Te marcharás con él? Al fin y al cabo eres su copiloto, su mano derecha, y cuando Legendary King sea una realidad, tú y él volveréis a compartir cabina…

¿Marcharse con él? —Mako se preguntó para sí, alarmada—. Si ni siquiera él le había dicho que tenía intención de marcharse…

Desde que Gipsy Danger ya no estaba entre ellos para unirlos y no había necesidad de interconectarse de un modo neuronal, Raleigh y ella no habían cruzado demasiadas palabras, en parte porque ambos habían estado muy ocupados, replanteando la estrategia de los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos de cara a una reorganización y rearme que llevaría años en lograrse por completo; y en gran parte porque, en el fondo, ella lo evitaba porque sabía que él estaba esperando su respuesta, esa respuesta que ella no podía darle porque sus malditos traumas la tenían bloqueada. Lo había creído muerto, lo había acunado entre sus brazos hasta casi ahogarlo creyendo que no respiraba, creía que lo había perdido para siempre, para recuperarlo segundos después… No podría soportar volver a perderlo, no podría… ¿Cómo decirle lo que ardía en sus entrañas? ¿Cómo hacerlo? No, aún no había encontrado el camino… ¿Pero realmente él continuaba esperando? Mako ya no lo tenía tan claro. Él había imaginado un futuro con ella a su lado, mientras ella no hacía más que pensar, aterrorizada, en un aciago futuro sin él. Malditas pesadillas… Debía aprender a controlar ese miedo —se dijo—, como había aprendido a controlar su deriva para apoyarle en cuerpo y alma pilotando a Gipsy Danger. Pero entonces él había sido su tabla de salvación, quien realmente le había hecho ver que había algo más fuerte que el miedo, o la venganza… Y ahora él mismo era el foco de su mayor temor. Con los años, había aprendido a aceptar con serenidad la muerte de sus padres, a pesar de la venganza que había movido sus primeras intenciones, que la llevaron a tratar de convertirse en piloto de jaegers; a entender como un acto de increíble valor y sacrificio la muerte de su padre adoptivo… Pero tenerlo a él "de nuevo muerto", en sus brazos, era más de lo que se veía capaz de soportar. ¿Cómo había llegado a sentir algo tan fuerte por aquel rubio impetuoso, temerario, desafiante e impaciente, en tan poco tiempo? No tenía ni idea de ello, ni siquiera una pequeña pista. Pero que lo quería con toda su alma, era la única verdad. Él no sólo se había hecho un hueco en su mente debido a la deriva que los había convertido en uno solo, en las entrañas de Gipsy Danger, sino también en lo más hondo de su corazón; y ahora iba a marcharse de su lado, quizá para no regresar jamás… Cruel ironía…

Ambas amigas se habían abstraído tanto en su conversación, que los nuevos golpes que resonaron con fuerza en la puerta del cuarto de Mako las sobresaltaron. Fuese por intuición, por el inusitado ímpetu de los golpes, o simplemente porque habían estado hablando de un tema del que no les apetecía que les sorprendiesen conversando, tuvieron un mal presentimiento. Se miraron a los ojos: algo andaba mal.

—¡Adelante! —Mako autorizó con firmeza, sin dejar de mirar a su amiga por el rabillo del ojo.

Newton Geiszler abrió la puerta desde el pasillo y se asomó sin pasar dentro; parecía que llevaba prisa.

—Reunión urgente de todos los que pintan algo en estas instalaciones —anunció, lacónico—. En el gran hangar dentro de diez minutos.

Hizo ademán de volver a cerrar la puerta y de largarse, cuando Mina lo detuvo, llamándole la atención.

—¡Espera, cerebrito! —le gritó, aludiendo de forma burlona a la fama que este había cogido por atreverse a realizar una deriva con la mente de los kaiju, y que posteriormente había convertido en auténticas celebridades al doctor Gottlieb y a él—. ¿Qué es eso de que hay una reunión urgente? ¿Y por qué no se nos ha informado debidamente? —inquirió, con ademán mucho más serio del que sus palabras jocosas habían intentado mostrar.

—La negociación con la Unión de Naciones no ha salido como esperábamos, en absoluto. Hansen y Beckett están que trinan. Yo no sé nada más. Así que, mueve el culo, si no quieres perderte el baile, Princesa —respondió usando el mismo tono despectivo e irrespetuoso que Lecour había empleado con él, y que ambos utilizaban siempre que se dirigían la palabra. Tras ello desapareció, cerrando la puerta de nuevo.

—¿Qué puede haber pasado? —Mako preguntó a su amiga, reflexiva, mientras ambas salían del cuarto rápidamente, ardiendo de impaciencia por enterarse del resultado de la reunión de la que dependía no sólo el futuro de los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos, sino el futuro de toda la Tierra.

—Esto no me gusta nada —afirmó la rubia por toda respuesta, tan seria, que su amiga la miró, impresionada, pues en muy pocas ocasiones la había visto sin su sonrisa ácida y burlona, y en todas ellas, la tragedia se había cernido sobre la Base.

Cuando las dos mujeres hicieron acto de presencia en el gran hangar —que en otros tiempo había bullido de actividad y que ahora permanecía lúgubre y en silencio, ya que los pocos trabajos que se venían realizando se llevaban a cabo en los hangares auxiliares—, esperando encontrar a todo el personal de las instalaciones en pleno, tan sólo Hansen, Becket, Choi, Geiszler y Gottlieb las estaban esperando, con caras de funeral. Becket se había apartado a un lado; con los brazos cruzados, apoyaba la espalda y una pierna en la pared, observando la escena con mirada furiosa. Los demás desviaron la mirada de Hansen y de Becket tan sólo por un momento, para verlas a ellas entrar; estaba claro que aguardaban con impaciencia a que sus superiores les pusieran al día de la actual situación.

Las dos caminaron hasta reunirse con todos ellos, también a la espera de noticias.

Los ojos de Mako se encontraron furtivamente con los de Raleigh y ella, no supo bien porqué, desvió su mirada rápidamente, avergonzada.

—Ya estamos todos —Hansen comenzó a hablar, con voz solemne—. Cuanto antes tomemos una decisión, antes nos pondremos en marcha. Al igual que Stacker, tampoco yo soy hombre de grandes palabras; así que, iré al grano. La Unión de Naciones considera que los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos son historia, y que ya nunca van a resultar necesarios. Así que, a efectos "oficiales", han sido considerados disueltos. No lo ha afirmado con estas palabras, pero esa decisión no significa más que, a partir de ahora, toda actividad que llevemos a cabo bajo ese nombre será considerada delictiva, y como delincuentes seremos tratados.

Becket resopló con fuerza, despectivo, pero no hizo ademán de acercarse a los demás, mientras sus compañeros miraban a Hansen y a él con ojos desorbitados, sin poder creer lo que estaban escuchando.

—¿Pero es que se han vuelto locos? ¿Acaso no han escuchado nada de lo que les habéis explicado? ¿Lo habéis contado tal y como Herman y yo lo vivimos? —Geiszler protestó, airado—. ¡Lo sabía!—continuó, vehemente, sin esperar respuesta—. ¡Tenía que haber ido yo a dejar las cosas bien claras!

—¡Ya basta! —Hansen le ordenó con voz cortante—. La Unión de Naciones no es tonta, y cree totalmente vuestra predicción de que los kaiju volverán, y con ellos, sus "dueños". Por eso mismo no cuenta con nosotros; no del modo en que nosotros queremos que lo haga, al menos.

—¿A qué te refieres? —Gottlieb preguntó, desorientado—. No puedo entenderlo.

—La desaparición de La Brecha ha envalentonado a sus dirigentes. Se han propuesto llevarles la guerra a su propia casa para alejarla de la nuestra —Becket afirmó, casi escupiendo las palabras.

El grupo al completo, excepto Hansen, fijó su mirada en él, no sabían si más alucinados o incrédulos.

—¿Cómo? —Lecour quiso saber, creyendo no haber escuchado bien.

—No tengo ni puta idea de cómo lo harán, ni me importa. Pero, desde luego, yo no voy a ir a casa de nadie a hacer lo que no quiero que vengan a hacer a la mía. Si vuelven, les pienso machacar sin compasión; pero no iré a su planeta a rebajarme a su mismo nivel. Sean bichos inteligentes, o lo que sean, me niego a ser un genocida —Becket dejó bien claro—. Y eso, por supuesto, si no son ellos los que acaben exterminándonos a nosotros antes, que será lo más probable si esos descerebrados se empeñan en llevar a cabo esa locura.

Al escuchar sus palabras, Mako buscó su mirada, y cuando la halló la mantuvo, mostrándole todo su apoyo. Supo que él agradecía aquel gesto desde el fondo de su corazón, a pesar de que no lo mostró en modo alguno.

—Ya, para empezar, ¿cómo piensa la Unión de Naciones viajar a un planeta del que no sabe nada en absoluto? No hemos avanzado tanto, ni de lejos, en viajes espaciales —Mina afirmó con desprecio.

—Sospecho que, para saber más sobre el planeta del que proceden los kaiju, intentará echar mano de cualquier tipo de información que Geiszler y Gottlieb le puedan proporcionar. —Hércules Hansen respondió con voz que no admitía réplica.

Los mencionados se cruzaron de brazos, mostrando su rotunda negativa.

—Yo tampoco sé cómo piensa hacerlo—continuó—, y mucho menos cómo va a llevar ante las puertas de esos monstruos una guerra que difícilmente puede ganar. Lo único de lo que estoy convencido, y créeme que no me equivoco, porque conozco a los chupatintas que la componen y militares que la respaldan demasiado bien, es que la Unión de Naciones jamás se pronuncia, ni mueve un dedo, en balde—advirtió, rotundo.

La sorpresa de ella alcanzó límites monumentales.

—Pero vamos a ver… ¿Qué es lo que quiere de nosotros, entonces, además de la información que nuestros científicos puedan proporcionarle? —Choi preguntó, exasperado.

—En primer lugar, nuestra tecnología; la parte más fácil de lograr ya que, si no se la ofrecemos nosotros, cualquier técnico de los que, en algún momento, ha trabajado para los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos, podrá ofrecérsela en bandeja, si quiere —Hansen argumentó—. Pretende convertir a nuestros jaegers en naves de infantería de guerra, que puedan combatir a nivel espacial, y que llegado el momento puedan actuar como las máquinas antropomorfas que conocemos y que lograron cerrar La Brecha del Pacífico. Apoyadas, eso sí, por auténticos cruceros de guerra intergalácticos y naves de reabastecimiento que ella misma va a intentar diseñar.

—O sea, que quiere ir un paso más allá, nunca mejor dicho —resumió Geiszler, haciendo uso de su peor humor negro.

—Lo que quiere, es disponer de una infantería pesada que enviar a la muerte sin remordimientos Y si por el camino esta le quita una raza de en medio, mejor que mejor —Raleigh concluyó, furioso—. Hecho una vez, hecho mil veces. —Recorrió sus miradas uno por uno a modo de advertencia, antes de preguntar—: Si finalmente lograran sus dementes objetivos, ¿qué les impedirá convertirse en aquellos conquistadores, para otros mundos, como los que hemos estado intentando erradicar de la faz de la Tierra? Si os prestáis a sus exigencias, no contéis conmigo —dejó claro—.

—Yo no voy a prestarme a sus exigencias, y lo sabes. —Herc clavó su mirada en él, con dureza—. Pero la Organización no depende tan sólo de ti y de mí. Por eso estamos aquí —se dirigió después a los demás—. La Unión de Naciones nos ha dado una semana para abandonar todas sus instalaciones, o plegarnos a sus exigencias. Y ahí viene la segunda parte: busca nuestra experiencia, la experiencia en batalla contra los kaiju que poseemos todos los que estamos aquí reunidos, y que, sin duda, marcaría una ventaja decisiva a su favor, cuando sus fuerzas entren en batalla. Por ello, no dudéis de que, en breve, a todos y a cada uno de vosotros, os hará una oferta que, en apariencia, no podréis rechazar.

—En apariencia, si no entra en el juego la conciencia —Mako puntualizó secamente.

—Por supuesto. Si no accedemos a sus exigencias, no dudéis de que todos nosotros vamos a convertirnos poco menos que en piratas. Así que aquí, hasta el último ser vivo va a tomar su propia decisión. Pero antes de que eso pase, me gustaría poder ofrecer a todos los empleados de la Base una postura "oficial" de la Organización, para que quien quiera se sume a ella, o pueda abandonar su trabajo sin rencores y con la frente bien alta —el rubio concluyó.

—¿Qué hay que decidir? —Gottlieb se encaró con todos ellos, indignado—. ¿Acaso alguno de vosotros va a prestarse a una locura genocida semejante? Como científico, veo una oportunidad de valor incalculable en el hecho de poder investigar a tamaños niveles. Pero a la vez, prestarme a ello supondría perder todo aquello que me define como humano. ¿En qué me convertiría eso? ¿En qué nos convertiría a todos? —arguyó con pasión desatada, algo inusitadamente extraño en él, quien normalmente se mostraba carente de emociones.

—El doctor Gottlieb tiene toda la razón. Yo no tengo nada que pensar —Mako intervino de nuevo—. Ofrecedle la tecnología jaeger si queréis, pero no seré yo quien pilote, ni ayude a pilotar, ninguna de las aberraciones que construya con ella.

—Ni yo quien le ayude a diseñarlas ni a construirlas —Mina se sumó a la postura de su amiga, totalmente convencida.

—Ni tampoco nosotros, quienes les proporcionen pistas sobre dónde hallar a esos monstruos, cómo van a comportarse, ni de sus oscuras intenciones, sean estas las que sean. No, para que vayan y se los carguen a todos sin más, por muy despiadados que hayan sido con nosotros hasta el momento y muchas ganas que tengamos de devolverles todo el mal recibido. Las cosas no se hacen así, no, si se quieren hacer bien —Geiszler concluyó, tajante.

—Como "hombre del momento", a Raleigh le han ofrecido una auténtica fortuna si se presta a colaborar con ellos. —Becket le hizo una mueca de "no me jodas", que Hansen decidió pasar por alto—. Y también a mí. No dudo que van a hacer una oferta semejante a cualquiera de vosotros, también —insistió, para dejar bien clara la situación.

—¿Con quiénes te crees que estás trabajando, Mariscal? —Lecour se encaró con él, retadora.

—Sé perfectamente con quiénes estoy trabajando, y me decepcionaría totalmente que cualquiera de vosotros decida vender su alma al Diablo por tan poco. Pero mi obligación es preguntarlo. La vida no será nada fácil ni para la Organización, ni para nosotros, si decidimos negarnos a las exigencias de la Unión de Naciones. Porque, al final, tanto teatro no es más que un ultimátum encubierto, que será descubierto en cuanto esta se de cuenta de que no obtiene ningún beneficio con él. Entonces, llegarán las amenazas a todos los niveles, la desautorización, incluso la declaración de ilegalidad, como antes os he asegurado. —Guardó silencio, por un momento, para darles tiempo a reflexionar una vez más—. ¿Les damos una buena patada en el culo, entonces?

—¡Por supuesto! —Mina respondió por todos ellos, acalorada.

—No esperaba menos de ninguno de vosotros. —Una amplia sonrisa apareció en su rostro, por primera vez, desde que su hijo había perdido la vida de un modo heroico en la Gran Grieta.

Fue entonces cuando Raleigh se permitió comenzar a relajarse, por fin, adoptando una postura menos tensa; aunque no se unió a los demás, mostrándose sombrío.

—Una última cuestión —el Mariscal volvió a llamar su atención—. Será conveniente que nosotros podamos obtener la tecnología de la Unión de Naciones, en caso de que esta llegue a lograr sus objetivos. Pensadlo bien: si la guerra alcanza un nivel intergaláctico, o los kaiju y sus dueños no se llevan desde el principio un golpe contundente que no les de opción a reaccionar, contraatacarán no sólo intentando abrir una nueva brecha en nuestro planeta por dónde entrar para volver a intentar apoderarse de él, sino del mismo modo en que hayan sido atacados. Y seremos tan sólo nosotros quienes podamos impedir que masacren al Planeta por entero, porque con la Unión de Naciones, totalmente obnubilada por la guerra espacial, no se podrá contar; la pillarán en calzoncillos.

—Vaya mierda… Tienes razón, Mariscal —Lecour admitió con fastidio, a regañadientes—. Haced operativas las instalaciones secretas de La Brecha, y todo mi equipo, y yo misma, nos pondremos inmediatamente a investigar y probar nuevos prototipos que alcancen esas exigencias —sentenció, resuelta—. Pero estaría bien que, de algún modo, pudiésemos hacernos con parte de esa tecnología en la que la Unión de Naciones ha depositado tantas expectativas, para añadirla a la nuestra, si llegado el momento queremos poder luchar a su mismo nivel.

—Exactamente. Y ahí entras tú, Newton —Hansen aseguró al científico, quien a su vez puso los ojos como platos—. Bueno, descansemos por hoy y pensemos en todo lo que hemos estado comentando —concluyó sin dar explicación alguna sobre su última afirmación—. Mañana emitiré un comunicado para informar a todos los miembros de los Cuerpos de Defensa Pan-Pacíficos sobre la postura oficial que vamos a adoptar frente a las exigencias de la Unión de Naciones. Y después continuaremos hablando, pues hay mucho sobre lo que debatir y concretar. Marchaos a descansar —aconsejó a todos, mostrando también un gran agotamiento.

—¿Hacen unas cervezas? —Raleigh le ofreció, acercándose a él y mostrándole una media sonrisa, ya más relajado.

—Nos vendrán bien —el rubio aceptó de buen grado.

Los dos hombres caminaron fuera del hangar, mientras todos los demás se marchaban también a continuar con sus respectivos quehaceres, o a seguir el consejo que el Mariscal les había dado. Lecour se apresuró a marcharse hacia su cuarto, con la cabeza bulliendo con fórmulas, datos y posibles pruebas que comenzar a realizar para la construcción de los nuevos jaegers.

Mako tenía la intención de hablar con Raleigh para que le relatase exactamente lo sucedido en Sede de la Unión de Naciones y, además, poder aprovechar el momento para compartirlo con él. Pero antes de que pudiese acercarse a su lado siquiera, él ya se había marchado junto a Herc. Así que, suspiró, frustrada y molesta —no podía distinguir si con él o consigo misma, o quizá con ambos— y caminó de vuelta a su cámara también.

COMENTARIOS DE LA AUTORA

He decidido continuar con este relato. Pero antes de hacerlo, lo he revisado y actualizado.

Dedico la actualización a MauAnimesInu-Ranma, quien ha logrado que yo decida dar prioridad a este proyecto frente a todos los demás que tengo inacabados.

El capítulo 4 ya está en marcha, espero poder subirlo pronto.

Rose.