D i s c l a i m e r: Los personajes de Axis Powers Hetalia no me pertenecen, solo los tomé sin fines de lucro. Todos los créditos al señor Himaruya Hidekaz y a los creadores de los respectivos ocs.

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Las risas de sus amigos pronto llamaron su atención. Para cuando Iván llegó a incluirse en el circulito que habían formado, pudo ver la causa de dicha alegría.

—Ustedes no pierden el tiempo —Una sonrisa sombría indicó a los demás presentes que el ruso ya se había enterado de lo que hicieron.

—Fue idea de Gilbert —Sin pensarlo dos veces, Antonio empujó al frente a su compañero que en esos momentos reía con nerviosismo, el cual le miró molesto por haberlo delatado con tanta facilidad.

— ¿Acaso quieres que lo mate, Antonio? —interfirió María, colocándose a un lado del alemán a la vez que le tomaba del brazo, sonriendo como si nada—. ¿No quieres ver el vídeo que mi compañero hizo con mucho amor?

—Lo hice con todo menos con amor —Un pellizco por parte de ella lo hizo retorcerse en su lugar mientras asentía desesperado—. ¡S-soy tan asombroso que me preocupo por mis colegas, ha-haha!

Iván soltó un suspiro, extendiendo una mano para recibir y ver el vídeo. La venezolana soltó al albino, tomando el celular de las manos del mismo para entregárselo. Gilbert intentó huir, pero ella lo detuvo con una sonrisa maliciosa haciendo que Antonio se acercara y le susurrara algo, entonces él tembló levemente. Todos dirigieron sus miradas al ruso quien mantenía la suya clavada en el fino celular.

Otra sonrisa un tanto más sombría que la anterior se formó en su pálido rostro, y el instinto de supervivencia de Gilbert volvió a activarse por lo que luchaba por querer huir; pronto los otros dos empezaron a reírse de su condición.

Y no era para menos, pues en el vídeo se veía a aquel hombre de la tarde anterior manejando el tanque de guerra con la diferencia de que Gilbert había colocado su rostro por encima de ese otro ruso, además de que le agregó una muy cómica canción de fondo. A lo lejos se escuchó ese sonidito que lanzaba cada vez que maldecía y se cuestionó, ¿cómo es que el Beilschmidt tenía eso? Tal parecía que su amigo le debía una jugosa charla.

—Supongo que estuvieron presentes cuando sucedió —comentó una vez acabado el vídeo, más tranquilo de lo que esperaban.

—No, un compañero nos lo pasó hace no mucho —dijo con toda normalidad la venezolana.

—Si que fueron rápidos, ¿no creen? —Los presentes podían jurar que una aura oscura lo rodeaba, causándoles escalofríos a la vez que Iván extendía el celular a su dueño.

Este tenía planeado arrebatarlo y salir corriendo del lugar, pero la fuerza del Braginski al tomar su mano para así acercarlo a su cuerpo pudo más con él. Sonriente se acercó todavía un poco más.

—Tú y yo nos iremos hoy a casa, necesitamos arreglar unos asuntos —avisó el ruso y lo soltó.

Por supuesto, Gilbert se hizo el desentendido guardando el celular y yendo de nuevo hasta sus otros compañeros.

—De todas maneras planeaba ir —tartamudeó con discreción, susurrando después—. No me arrepiento de nada, kesese.

Los otros dos lo escucharon, provocando una sonrisa divertida en Antonio y una pequeña risilla en María. No era necesario tampoco que alguien le informara a la víctima del alemán.

—Si lo subes a las redes sociales, te juro que te meto una matrioshka por el culo —advirtió de manera dulce, con todo y sus mejillas sonrosadas por el frío.

— ¡Hey! Una de esas le cabría bastante bien a mi Toñito, ¿eh?

María echó a reír junto a los demás al ver la reacción del español ante su comentario que sin duda le hizo preocuparse por su bienestar, dirigiendo una mano hacía atrás por el inexistente dolor que su mente creó al imaginar al ruso siendo capaz de tomar las palabras de ella. Pues de que era capaz, lo era. Incluso para cuando llegó Toris para llevarse a Gilbert a sus próximas horas que les tocaba juntos ya que ambos eran de la misma especialidad, su mente no paraba de imaginar una probable escena con el ruso y el alemán en una situación tan comprometedora como esa, dejándole una evidente perturbación.

Quería pensar que la chica también se daba cuenta de la relación de esos dos que en ocasiones los dejaba en un punto en el que era inevitable no pensar que tal vez podía desarrollarse más allá de una amistad y la curiosidad empezaba a sumergirlo en un mar de dudas que iba a resolver en cualquier momento.

El cielo tenía algo de vida aquella tarde.

Y con el vidrio abajo, Beilschmidt conducía en una velocidad moderada en su auto que le fue entregado por su padre, un hombre con buenos cargos políticos en Alemania. Irónico, ya pasaban un poco más de dos años que seguía sin poder ir a ver a su familia; extrañaba tanto a su hermano menor Ludwig.

Sin mirar a su lado donde el asiento era ocupado por quien sería su persona menos favorita, colocó una canción que le ayudaba a relajar y armonizar el ambiente algo tenso. Por detrás, Antonio se mantenía callado y observando el actuar de ambos con cautela. Esto por supuesto no pudo ser desapercibido por Braginski que volteó a ver al albino sonriente, éste por inercia supo de inmediato a qué se debía su atención, optando por mirarlo de reojo al llegar ante el semáforo de alto.

El español se echó para atrás sonriendo con complicidad, ante sus ojos estaba más que obvia la situación. Y aunque se moría de ganas por comentar alguna burla o chiste de mal gusto, prefirió callar. Para cuando menos lo esperó, ya se encontraba en su destino. Como todo buen amigo que apoya a los suyos, al bajarse se acercó a la ventana donde estaba el ruso haciéndoles una seña con la mano a la vez que les guiñaba el ojo, diciendo esto último;

—Mañana hay clases, que no se les olvide.

Siendo acompañada su risa por los insultos del alemán, Antonio se marchó rumbo al que sería su departamento. Temerario, volvió su concentración en el camino rumbo al departamento de su acompañante mientras jugaba con el volante cual piano se tratase, consciente de que en cualquier momento aquel joven le atacaría con lo de la mañana y sobre todo por su evidente orgullo ante su trabajo realizado. Y como si hubiese adivinado que su mente se encontraba sumida en lo que podría decir en caso de una mini guerra silenciosa en la que muy seguramente saldría perdiendo, Iván se dirigió al paisaje que le ofrecía su asiento a la vez que se dejaba oír.

—Tú no te vas a arrepentir tampoco de querer tener a la recepcionista bajo tus pies como sueles hacerlo con las chicas de la universidad, ¿cierto?

Claro fue que Gilbert no se esperaba ese comienzo de conversación, resaltando una sonrisa ladeada ante sus palabras.

— ¿Qué tiene de malo eso? ¿Acaso estás interesado en ella después de ser su amigo durante dos años? —agregó con su típico toque, sin dejar de prevenirse a sí mismo.

—No de ese modo. Lo has dicho, le tengo afecto por tanto tiempo de conocerla —contraatacó Iván con eficacia—. Ella sabe qué tipo de persona eres, por eso tampoco me gustaría que Milanka salga mal luego de comprobarlo.

— ¡Oh, vamos! Me gusta para compartir unas buenas copas, nada malo. También quiero tratarla, digo, si fue capaz de entablar algo contigo entonces no debe ser cualquier cosa.

— ¿Qué estás insinuando? —Aquella aura oscura volvió, causando más de una gota de sudor frío en el alemán—. De todos modos, ambos comparten muchas cosas en común que podrían generar choques. Los dos son tan orgullosos que hasta risa me daría verlos juntos.

—Ah —El más bajo rodó los ojos, gruñendo—. El posible fruto de todo eso es lo que hace a esta cosecha interesante.

El auto se estacionó en frente del edificio, y sin perder tiempo, ambos bajaron de su interior. Gilbert miró al pobre supermercado todavía clausurado por razones que conocía en su totalidad, haciendo una mueca de diversión al recordar su propia edición. Iván lo ignoró, yéndose de largo a su departamento e igual el albino tenía un asunto pendiente con la señorita que casi hace llorar a su nuevo vecino que en esos momentos estaría laborando al salir él antes que ellos. Y así fue como al entrar el alemán, vio a Milanka mirarlos de reojo reteniendo de seguro, alguna mueca de desagrado ante su presencia. Se acercó sonriente, saludándola como era costumbre. Detrás suyo llegó su compañero, con total normalidad.

— ¿Con mucho trabajo, Milanka?

—Así es Iván —respondió, colocando una pluma encima de unas hojas—. Hay tanto que ni tiempo de tomar algo de café me ha dado, y estaré así un buen rato.

— ¿Pero qué clase de esclavitud es esa? Una mujer como tú no debería de trabajar tanto —comentó Gilbert recargándose en la base a la vez que la miraba con una sonrisa de lado.

—Personas como nosotros nos vemos en la obligación de trabajar para comer —contestó mirándolo de igual forma—. Por el contrario, me da orgullo decir que sé trabajar muy bien y lo disfruto bastante. Uh, Iván, ¿este joven será tu invitado?

—Hoy no, por fortuna. O no mío —Contuvo una risilla, tomando entre sus manos las hojas y firmando lo que parecía ser un registro.

—No tienes que ser tan seria. Sólo quiero estar aquí un rato sentado —Hizo una pausa, volteando a ver un par de sillones en un rincón y señalándolos— allí.

—Parece que usted no tiene algo mejor que hacer, ¿por qué mejor no se va a jugar por ahí con los suyos?

Sus miradas volvieron a conectarse, esta vez Gilbert sonrió un tanto provocador y divertido haciendo que Milanka entrecerrara los ojos con un apenas visible color rosado en sus mejillas porque sabía cual sería el desenlace.

— ¿Me estás corriendo?

— ¡Por supuesto que no! —Respiró hondo volviendo su vista a sus cosas, casi mordiéndose un labio para no dejar salir a su lengua.

Iván soltó una risa por aquel espectáculo. Le gustaba ver su desesperación por ir y sacarlo a patadas del edificio pero que tenía que oprimir por su propio empleo. Antes de empezar su camino hasta su departamento, vio a la chica casi rogarle con su violeta mirada para que se lo llevara consigo, respondiéndole con un movimiento de labios que claramente decía "suerte". Ella rendida dejó caer los hombros, y para cuando el Braginski subió al elevador pudo ver a su amigo sentado en los sillones con las piernas cruzadas, dispuesto a atacar en cualquier instante.

Quizás si le daba tiempo, aprovecharía a bajar para echar un vistazo de que ella no perdiera ante sus emociones y por ende causara un desastre que lamentaría.

En otro lugar ocurriendo a la par que estos sucesos, Yao salía de trabajar con una gran sonrisa pues aquella jornada consiguió buena propina y el ambiente en general fue muy relajado, haciéndole sentir bastante bien en el transcurso de las horas e incluso aprovechó a cubrir una hora más con autorización del Sr. Nguyen. Se despidió de sus compañeros y comenzó su trayectoria hasta su ahora vivienda, sacando su celular para mandarle un mensaje a Lihn de lo bueno que fue su día como ya era costumbre. Ella era, probablemente, la primera en el mundo en conocer sus movimientos.

Hasta ese momento, claro.

Llegando con algo de pesadez, pues sentir su descanso tan cerca le hacía tener reacciones corporales, bostezó; la noche pasada no fue capaz de dormir correctamente y temprano tuvo que irse a sus labores escolares. Recordó entonces que debía hacer su tarea de principios de semestre, esbozando una sonrisa. Y antes de adentrarse al edificio, escuchó la voz de la joven recepcionista alzarse en un tono más alto de lo normal, pareciendo reclamar algo a alguien y como un buen ciudadano, decidió esperar sin ser visto.

—Lleva dos horas ahí sin dejar de mirarme, ¿acaso tengo monos en la cara o qué?

—Verte es como ver a un pollito color marrón de mal genio pero tierno.

En la mente del Wang apareció un animalito de esos con las características mencionadas, no pudiendo evitar soltar una muy pequeña risita mientras se asomaba un poco.

—Si está aquí para molestarme, le aviso que mejor se la vaya pensando antes de que pueda arrepentirse de cualquier cosa.

—Para eso es la vida, para disfrutarla y arriesgarse —Gilbert se levantó del sillón con las manos metidas en sus bolsillos, alertando a la mujer con cada paso—. Yo disfruto estar aquí, pero a ti parece que te falta emoción.

— ¿Usted quién se cree para juzgar mi vida? —Se levantó y le plantó cara, ahora con el ceño fruncido por su comentario—. Váyase antes de que llame a la policía por acoso.

—Me iré si aceptas ir a tomar algo conmigo este fin de semana —Aceptando su cercanía le sonrió, pareciendo que en verdad disfrutaba sacarla de sus casillas, aunque no fuera del todo así.

Ella, indignada, soltó un bufido a la vez que desviaba la mirada unos segundos.

— ¿En serio? ¿Tanto para una cita?

—Piensa en esto —Le guiñó un ojo, sin quitar aquella sonrisa—. No cualquiera pierde dos horas de su fabuloso tiempo por una simple cita, eh.

—Al diablo —susurró, empezando a acomodar sus cosas e ignorando al que estaba delante suyo—. Tengo mejores cosas que hacer.

— ¿Cómo cuáles? —Se cruzó de brazos con claro dolor de que no fuera correspondido—. ¡Oh, vamos! Una cita, dame una oportunidad, nada más una.

— ¿Crees que soy fácil? No.

— ¡Pero... pero te vas a divertir! Conozco el lugar perfecto para tomar algo de ¿vodka, tal vez?

—Dije que no —Le dirigió una sutil mirada, tomó su bolso de mano ya su escritorio despejado y procedió a irse.

Yao ante eso no hizo nada más que ocultarse mejor, y antes de que Milanka se atreviera a acercarse un poco más para delatarlo, fue Gilbert al que se le ocurrió una idea la cual de seguro sería una fuerte ayuda al ver el rostro de la joven reaccionar ante sus palabras.

— ¿Ni por la cerveza más cotizada del país? Sabes, sé que conoces ese lugar y —Se detuvo unos segundos, como todo un maestro—, yo podría llevarte a probar algo. No sé, piénsalo.

Novaková volteó a mirarlo entre dudosa y convencida, no pudiendo repeler una propuesta de tal calibre. Y sin responder a ello, continuó su camino hasta la salida. El asiático de inmediato reaccionó corriendo a la esquina para ocultarse de esa mujer que podría volver a tentar contra su pulso si lo veía escuchando conversaciones ajenas, logrando su objetivo con éxito al verla irse, para su suerte, en dirección contraria.

Dentro del edificio, el alemán soltó una risilla traviesa y al voltear se topó con Braginski en las escaleras, al parecer pudo presenciar parte de la escenita. No se dirigieron palabras más que miradas cómplices, así fue como este primero se marchó topándose al chino en el proceso, sin sospechar algo ni mucho menos.

Sin querer en su camino ya despejado se cruzó al joven que le quitó parte de su sueño la noche pasada, no pudiendo esquivarlo y tampoco queriendo. Wang creyó que su presencia una vez más no le caería mal, no tenía nada que perder. Dedicándole una pequeña sonrisa junto a un saludo, Iván supo que esa tarde podía ser mejor en compañía del nuevo vecino.

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