El reproductor comenzó a distorsionar el ambiente, avisando que ocurría una falla. Con un gruñido por parte de su dueño, la música dejó de sonar luego de ser apagada por una gran mano perezosa. Era domingo por la mañana, y su sueño no fue para nada reparador o suficiente, sumadas las botellas de vodka que yacían regadas por toda su habitación. Darle un vistazo a la ventana que jamás fue cerrada era suficiente para animarlo a no levantarse de su amigable cama, optando por girarse y acobijarse mejor. Dormir seis, tal vez ocho horas más no debería ser un remordimiento, ¿cierto?
Así hubiera sido si alguien se apiadase de su cansada alma.
La puerta sonó, provocando en su mente una fuerte punzada que lo hizo rugir tal cual oso siendo despertado de su sueño. Y es que, ¿a quién demonios se le ocurre molestar justo ese día, a esa hora? Quería mandarlos al diablo, y lo haría en caso de que sea uno de sus compañeros.
Volvieron a tocar otras dos veces, entendiendo que si no abría, ellos podían terminar destrozando la puerta y su cabeza. Derrotado por la obligación de atender a sus propias necesidades, se levantó de la no tan cómoda cama y de un empujón, terminó alejando una botella que rodó hasta el otro lado del departamento. Su aspecto nada pulcro lograría espantar hasta al ogro más temible de cualquier pantano de encontrarse con uno, y esperaba que también corriera a quien fuese que esté detrás de esa madera.
Quitando los seguros, abrió la puerta.
— ¿Katyusha?
«Demonios», pensó.
Vaya sorpresa para ambas partes. La mujer dejando caer su mirada sobre su hermanito, el cual era más ojeras que rostro y más ropa que huesos, hizo una mueca al percibir su fuerte aroma a alcohol. ¿E Iván? Él sólo no esperaba que ella viniera a visitarlo tan pronto, y mucho menos que lo encontrara en ese estado tan deplorable.
—Santo cielo —exclamó, tornándose sus facciones tristes por unos segundos—. ¡Mira cómo estás! No se te puede descuidar unos años porque haces de tu vida un desastre.
Sí, bueno. Ella tenía razón.
Alzó su maleta, completamente dispuesta a entrar como la señora de la casa y entonces Iván reaccionó; dejarla ver sus cajas enteras de vodka sería como suicidio. Le impidió el paso al cerrar bruscamente la puerta, dejando a una asustada y sollozante Braginskaya que casi se da un golpe con la misma.
— ¡Iván! —Armándose del valor que no tenía, retomó su labor de tocar eufóricamente—. ¡A-abre ahora mismo!
El eslavo no era del tipo de inquilino problemático o molesto, o al menos eso hasta que su querida familia llegaba de visita. El espectáculo no duró mucho, aunque más de un vecino estuvo al tanto de que ella no derrumbara la puerta por muy frágil que se viera con todo y su mar de lágrimas. Incluyendo, por supuesto, al otro porcentaje que estuvo a punto de llamar a la policía por la alteración que se montaron.
Menos mal la terrible jaqueca no fue impedimento para que el ruso actuara como el mismísimo Flash en su maniobra de recoger un poco de su desastre; tan vulnerable delante de su hermana mayor, que los demás no sabían a quién temerle más. Con ella dentro de su departamento, se despeinó todavía más el cabello por lo molesto que le resultaba toda la situación. Añoraba poder recostarse sobre su colchón, incluso siendo que no tenía ni una hora de haberse despegado de él así que, con toda su voluntad, sólo se sentó.
—De haber avisado que vendrías, no me hubieras visto en calzoncillos.
— ¿Y encontrarme con tus mentiras? —replicó, sacando ese lado maternal que siempre tuvo con él—. No esperaba más de ti, Vanya.
— ¿No crees que estás exagerando? Sólo fue una botella, no me excedí.
— ¿Y cómo explicas ese aspecto tuyo? No intentes engañarme.
Soltó un pesado suspiro, acercándose hasta sentarse a su lado. Aunque quisiese quedarse, no podía hacerlo y tampoco la dejaría. Ya no era el niño que una vez crió, ni ella era la niña que tanta ilusión tenía de ser su figura a seguir. A decir verdad, la relación de ambos no era ni muy buena, ni muy mala. Se miraron, Yekaterina destacando su preocupación.
— ¿Qué tal va tu relación con Vladimir?
—No me cambies de tema.
— ¿Tu espalda —pausó, reformulando su pregunta— está sana?
Entonces estalló en llanto, otra vez. La idea de que algo malo le pasara por pequeños descuidos le carcomía el alma, y si Natalia estuviera ahí, también haría manifiesto de que no estaba exagerando y juraría que ese niño —como solía llamarlo— no se estaba alimentando bien. Por su parte, Iván sólo se tocó la cabeza mientras ignoraba su teatro. No hace falta mencionar que se sentía espectacular, y esas actitudes en su mayor eran de lo más normal desde que era pequeña. A sabiendas de que eso no causaría mayor efecto en el otro, la mujer se levantó mientras se limpiaba el rostro con un pañuelo; tampoco podía darse el lujo de perder así su valioso tiempo juntos.
— ¿Qué tienes en tu refrigerador?
—Un queso de hace días y probablemente vodka.
Luchando por no dejarse vencer por el cansancio, sintió la mirada azul penetrarlo. No hacían falta palabras para saber que volvió a molestarse por no "cuidar" su dieta.
—Hoy iba a salir por el mandado —excusó.
— ¿Ibas a ir por frutas a las ocho de la noche? —Corroborando que no le mintió, cerró la puerta del aparato electrónico y fue hasta el lugar donde dejó sus cosas, cogiendo dos bolsas llenas que recién veía el ruso—. Menos mal pensé en traer lo necesario antes. Ve a ducharte, Iván, hoy cenarás con tu hermana.
Al final, todos sus regaños y exageraciones valdrían la pena, pues el guiso de ella era exquisito e indiscutible. Pese a que su propio aspecto se veía seriamente afectado, aunado a que su visita repentina no lo tenía muy contento, estaba bastante feliz de tenerla en la misma habitación.
Invierno llegó con muchas sorpresas de por medio, cosa muy interesante pues le daba esa particularidad a su vida. Afuera, con el frío comenzando a preforar todo tipo de abrigos, los alrededores empezaban a colorearse de un tenue blanco. Con todo ese panorama, la actual residente ucraniana no entendía cómo su hermano podía llevar esa vida con tremendo desgaste físico, porque lo sabía y lo conocía bien. Mientras tuviera contento a su padre, entonces a él no le importaba lo que hiciera consigo mismo; sentía orgullo, existía esa parte aún.
Durante el resto del día, el único hombre en el estrecho lugar acató las órdenes de su familiar sin muchas objeciones. Después de todo, ya no quería alterar su débil estado emocional; jamás le gustó verla quebrarse, así que se portó bien. Hablaron sobre sus vidas tanto individuales como profesionales, más esta última a decir verdad. Iván se enteró que ella se mudó a vivir con su pareja de años, mientras que sus abuelos seguían siendo inseparables. De Natalia no tuvo más noticias, pues habían perdido contacto con la menor desde hace mucho tiempo ya. Antes de que la noche llegara, era el turno de Yekaterina irse.
Por supuesto, fue acompañada hasta su hotel que quedaba a nada de su departamento, a lo cual el eslavo supo que la tendría cerca prácticamente todos los días. Siendo que no le dio una fecha en la que se regresaría a Ucrania, asumió que se quedaría gran parte del invierno en el país. Esperaba que no le trajera inconvenientes. De regreso, con una gran satisfacción de haber comido de verdad por ese día, ahora sí estaba listo para apoderarse de su cama. Tenía el presentimiento de que una pesada semana estaba por venir, así que debía llenarse de energías lo que restaba de noche.
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N o t a s.
•Capítulo corto, probablemente los que vengan serán igual. ¡Y aquí acaban los capítulos ya publicados! Ya se viene la real continuación, denme suerte para no colapsar en media trama.
