Nota de la autora:

Esta vez traigo la adaptación de una historia al IchiRuki. Habrá varias parejas que a varias y varios no les gustaran como IchiHime y RenRuki pero espero le den la oportunidad a la historia. Está adaptada en el ámbito alumna- profesor. Cambie el color de ojos de Renji a negro ya que son cafes y los Ichigo son marron asi que el color es muy parecido y tiene relevancia para la historia que no lo sean.

Clasificación M debido al lenguaje, violencia y contenido sexual explícito.

Declaimer: Bleach y todos los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo

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Rukia

Mi corazón no es un órgano.

Es más que eso. Mi corazón es un animal… un camaleón, para ser específicos. Cambia de piel y color, no para mezclarse, sino para ser difícil, irrazonable.

Mi corazón tiene muchos rostros. Un corazón inquieto. Un corazón desesperado. Un corazón egoísta. Un corazón solitario.

Hoy mi corazón está ansioso, o al menos va a estar ansioso por los próximos cincuenta y siete minutos. Después de eso, ¿quién sabe?

Estoy sentada en la oficina de la consejera de la escuela, Nanao Ise, y mi corazón va a enloquecer. Está revoloteando, saltando de arriba abajo en mi pecho, golpeando contra mis costillas. No quiere estar aquí, porque se ofende de estar viendo a la consejera estudiantil, lo cual es realmente solo un eufemismo para terapeuta. No necesitamos un terapeuta. Estamos bien. ¿No es eso lo que la gente loca dice?

—Rukia— dice la Sra. Ise, consejera "con un grado en psicología". — ¿Cómo estuvieron tus vacaciones? —.

Aparto la mirada de la ventana por la que he estado mirando, renunciando al escenario del exterior nevado para concentrarme en la sonriente mujer detrás del escritorio.

—Estuvieron bien—.

—Bueno, ¿qué hiciste?—. Está girando una pluma entre sus dedos, y entonces se desliza de su mano y cae al suelo. Se ríe de sí misma y se inclina para recogerla.

Nanao no es una típica consejera estudiantil. Para empezar, ella es tímida y siempre parece frenética. No hay nada calmado sobre ella. Su cabellera negra siempre está recogida en un perfecto moño. Sus blusas siempre están arrugadas, lo cual ella esconde debajo de sus blazers. Habla rápido, y a veces las cosas que dice no son muy de terapeuta.

— ¿Entonces?— anima, dándome su completa atención. Quiero decirle que sus lentes están inclinados hacia un lado, pero no lo hago; es menos intimidante de esta forma. Mi corazón no necesita más amenazas que las que su diploma de psicología representa.

—Mmmm, di paseos más que nada—. Me muevo en la silla acojinada, metiendo un mechón de mi cabello suelto detrás de mí oreja —Miré Netflix. Fui al gimnasio—.

¡Mentiras. Todas mentiras!. Me atiborré con los dulces de Navidad que mi papá envió, o mejor dicho su asistente envió, porque mi él no quería que fuera a casa para las vacaciones. Me senté en el sofá todo el día y miré porno mientras chupaba caramelos y escuchaba música.

Sin embargo, no soy adicta al porno o dulces. Esos son solo para cuando me siento sola… lo cual es la mayoría del tiempo, pero eso es otro punto.

—Eso es genial. Me alegra—. Asiente. — ¿Entonces no te sentiste sola sin tus amigos? ¿Estuvo todo bien? —.

Ahora, eso es lo que no entiendo: ¿por qué me está sonriendo? ¿Por qué sus ojos están curiosos? ¿Está tratando de cavar profundo? ¿Está tratando de pescar respuestas?

Sus preguntas podrían ser una cubierta para otras preguntas pesadas como: ¿Estuviste bien, Rukia? ¿Estuviste realmente bien? ¿Hiciste algo loco, como llamarlo en el medio de la noche? Porque has hecho esto antes cuando estabas sola. Así que, ¿lo llamaste, Rukia? ¿Lo hiciste?

La respuesta para todo esto es un gran y gordo no. No lo llamé. No lo he llamado en meses. ¡MESES!. Todo lo que he hecho es mirar su foto en mi teléfono, la foto de la que nadie sabe, porque si mi mamá supiera que todavía estoy añorándolo, me enviaría a un terapeuta real, uno real que preguntaría todo tipo de preguntas en lugar de disfrazarlas con eufemismos.

Así que no, no lo llamé. Solo he mirado a esa estúpida foto como una patética persona enferma de amor. Listo, ¿feliz ahora?

Me muevo en mi silla y abro la boca para decirle exactamente eso, cuando me doy cuenta que ni siquiera ha hecho la pregunta. Solo estoy pensando que lo hizo. Está todo en mi cabeza. Le digo a mi ansioso corazón que se calme. Relájate, ¿quieres? Estamos todavía a salvo.

Exhalo un largo suspiro y respondo.

—Sí, estuvo bien. Me mantuve ocupada—.

—Eso es genial. Es bueno escucharlo. No me gusta cuando los estudiantes tienen que quedarse en vacaciones. Solo me preocupo por ellos—. Se ríe y sus lentes se inclinan incluso más. Esta vez los endereza y dobla las manos sobre el escritorio. — ¿Así que has pensado un poco en las optativas que tomarás este semestre? —.

—Seguro—.

Por supuesto que no. No estoy hecha para la educación. La única razón por la que acordé ir a la universidad fue porque las opciones eran entre la escuela en Connecticut y el centro de rehabilitación para jóvenes en Nueva Jersey, y no pienso poner un pie en el jodido Nueva Jersey o en un centro de rehabilitación.

— ¿Y bien?—. Nanao levanta sus cejas preguntando. Me muerdo el labio inferior tratando de pensar en algo.

—Pienso que voy a quedarme con los cursos regulares. La universidad es difícil como es. No quiero apilar nuevas cosas—.

Nanao sonríe, siempre está sonriendo, y se inclina hacia adelante.

—Mira, Rukia, me caes bien. De hecho, creo que eres genial. Tienes gran potencial, y para ser honesta, no creo que necesites estas sesiones disfrazadas de terapia conmigo—.

Me siento erguida en mi asiento.

— ¿En serio? ¿Ya no tengo que venir más? —.

—No, todavía tienes que venir. Me gustaría conservar mi empleo—.

—No le diré a nadie. Podría ser nuestro secreto—. Insisto. No me gusta mantener secretos, pero este lo llevaré a la tumba.

—Es tentador, pero no. ¿Galleta?—. Se ríe, ofreciendo las galletas de chispas de chocolate puestas en su escritorio, poniéndose toda amistosa conmigo otra vez.

Cambia su actitud y a veces quiero preguntarle, ¿estás aquí para analizarme o no? No es que haya algo que analizar. Soy una chica simple, en realidad. Odio los inviernos, Connecticut, y la universidad. Amo el color púrpura, la música y a él. Eso es todo.

Me estiro para tomar una galleta, pero entonces cambio de opinión y tomo tres. Nunca digo no al azúcar.

Nanao me mira con cuidado y estoy a punto de espetarle algo cuando habla.

—Entonces, como estaba diciendo, creo que tienes gran potencial, pero necesitas establecer metas y necesitas trabajar en controlar tus impulsos—. Me da una mirada fija mientras tomo un mordisco de mi galleta. —No tienes ninguna, o al menos, lo que tienes es muy poco—.

—Mmm—. Me reclino en la silla —Bueno, ya sé eso. Nanao enlaza sus dedos juntos en el escritorio.

—Genial. Así que ya conquistamos el primer paso: aceptación. Ahora necesitamos trabajar en el siguiente paso—.

—¿Y ese es? —.

—Cómo controlarlo—.

Levanto mi dedo. —Ya me adelanté con eso. Lo tengo totalmente bajo control—. Nano vuelve a levantar una escéptica ceja y continúo: —He estado yendo a todas mis clases, incluso quiero caminar alrededor sin rumbo todo el día, y he conseguido "C" en las notas incluso aunque odio la universidad. Sin mencionar, que mataría por una calada o una gota de Grey Goose, pero no he tocado nada de eso. Ni siquiera voy a las fiestas, porque todos saben que las fiestas son solo criaderos de marihuana, alcohol y sexo—.

Le disparo una sonrisa arrogante y termino mi galleta. No puede ganarme después de eso. He sido buena. Me he partido el trasero para ser buena.

—Eso es admirable. Aprecio tu fuerza de voluntad, pero eso también es el mínimo. No deberías estar bebiendo ni en fiestas de ninguna forma—.

—Levanta sus lentes. —La universidad es tu tiempo para aprender, para descubrirte a ti misma, para ver qué tipo de cosas te gustan, y para eso, tenemos optativas. Así que te pregunto otra vez, ¿alguna idea? —.

Suspirando, miro lejos. Estoy de vuelta mirando por la ventana. Los suelos son blancos y los árboles están desnudos. Está todo desolado y triste, como si estuviéramos viviendo en un mundo post apocalíptico donde las cosas como las electivas, son obligatorias.

— ¿Cuáles son mis opciones? —pregunto.

Nanao me sonríe, apartando un rizo descarriado que está metiéndose en sus ojos.

—Bueno, tenemos un genial programa de escritura. Tal vez deberías probar algo de las clases de escritura—.

— ¿Te refieres, como, a escribir, escribir? —A su asentimiento, niego. —Ni siquiera me gusta leer—.

—Probablemente deberías leer un libro alguna vez. Quién sabe, podría terminar gustándote—.

—Sí, no. No lo creo—. Suspiro — ¿No tienes algo más? No creo que esté hecha para escribir—.

—De hecho, creo que serías genial para eso—.

— ¿En serio?— bufo. — ¿Qué piensas que debería escribir? —. Esta vez su sonrisa es tanto dulce como triste.

—Escribe sobre Nueva York. Sé que lo extrañas. O tal vez algo sobre el invierno—.

—Odio el invierno—. Envuelvo mis brazos alrededor de mi cuerpo y encojo los hombros para acurrucarme en mi abrigo púrpura de piel. Otra cosa que me gusta: la piel. Es suave y abrigadora, y es la única cosa que puede de algún modo mantenerme caliente.

—Entonces, ¿por qué sigues mirando a la nieve?—. Me encojo de hombros y ella inclina su cabeza en aceptación a mí no respuesta. — ¿Qué tal si intentas escribir algo sobre lo que sentiste cuando Renji se fue?, ¿Sobre la forma en que actuaste? —.

Renji.

Me sobresalté ante la mención de su nombre. No es una sacudida externa, más como un temblor por dentro, como cuando escuchas un repentino ruido fuerte en un apartamento silencioso y sabes que no es nada, pero tu cuerpo se tensa sin embargo.

No creo que haya escuchado su nombre dicho en voz alta desde que me mudé aquí hace seis meses. Suena tan exótico en la voz de Nanao. En mi lengua, su nombre suena fuerte, estridente, mal de alguna manera. No debería estar diciéndolo, pero oye, no tengo control de mis impulsos, así que lo digo de todos modos. La odio por traerlo a colación. Odio que vaya allí en una forma indirecta.

—No actué. Sólo… me emborraché… de vez en cuando—. Aclaro mi garganta, empujando la rabia lejos cuando todo lo que quiero hacer es salir huyendo de aquí.

—Lo sé, y entonces de vez en cuando, fuiste a robar, irrumpiste en las fiestas de tu madre y te pusiste detrás de un volante—.

¿Los terapeutas deberías ser así de críticos? No lo creo. ¿Y por qué estamos hablando de estas cosas así de repente? La mayoría de las veces, nos apegamos a temas neutrales como la escuela y mis profesores, y cuando las cosas se vuelven un poco personal, evado y bromeo.

Una vez cuando ella intentó hablar sobre los días previos a la partida de Renji, levanté mi blusa hasta la mitad de mi torso y le mostré mí recién adquirido aro en el ombligo, y tal vez incluso la línea de mis pechos sin sostén.

—No maté a nadie, ¿cierto?—. Digo, refiriéndome a su comentario anterior sobre beber y conducir. Además, ellos me quitaron mi licencia, así que las personas de Connecticut están a salvo del terror que soy. —¿Por qué estamos hablando de esto? —.

—Porque creo que puedes canalizar todas tus emociones en algo bueno, algo constructivo. Tal vez terminará gustándote. Tal vez terminará gustándote la universidad —. Entonces baja su voz. —Rukia, sé que odias la universidad. Odias verme cada semana. Odias estar aquí, pero creo que deberías darle una oportunidad. Hacer algo nuevo. Hacer nuevos amigos—.

Quiero decir que tengo amigos, los tengo, ellos simplemente no son visibles para el ojo desnudo, pero no lo hago porque, ¿cuál es el punto en mentir cuando ella lo sabe de todos modos?

—Bien—.

Nanao mira el reloj en la pared a su derecha. —Dime que lo pensarás, de verdad pensarlo. El semestre empieza en un par de días así que tienes una semana para pensar sobre los cursos, ¿Está bien? —.

Me levanto de mi asiento y reúno mis cosas para el invierno. —Está bien—.

—Bien—.

Me toma un par de minutos alistarme para salir a la nieve. Me pongo mis guantes blancos y tiro del gorro blanco sobre mis orejas.

El invierno es una perra cruel. Tienes que arroparte o te quemará el viento punzante, y no importa lo mucho que me abrigue, nunca estoy lo suficientemente caliente, ni siquiera en el interior de los edificios con calefacción. Así que, lo tengo todo: sombrero, bufanda, guantes, mallas térmicas, calentadores de piernas, botas de piel.

Estoy en la puerta, girando el pestillo, pero algo me detiene. — ¿Crees… que él está bien ahí? Quiero decir, ¿crees que me extraña? —. No sé porque pregunté. Simplemente salió.

—Sí. Creo que él te extraña. Ustedes crecieron juntos, ¿cierto? Estoy segura que extraña a su mejor amiga—. ¿Entonces por qué no llama?

—Boston es frío— espeto estúpidamente, mi garganta sintiéndose raspada. Un estremecimiento corre por mi cuerpo ante el pensamiento de toda esa nieve ahí.

—Pero estoy segura que está bien —me asegura, con una sonrisa.

—Sí— susurro. —Estoy segura que Harvard está cuidando bien de sus genios—.

—Sabes, Rukia, enamorarse no es malo, erróneo o incluso difícil. En realidad, es algo simple, incluso si no es reciproco. Es dejar de sentir amor lo que es difícil, pero no importa cuánto te convenzas de lo contrario, la reciprocidad es importante. Es lo que mantiene al amor. Sin eso, el amor muere, y entonces tú decides. ¿Lo entierras, o cargas el cadáver a todas partes? Es una decisión difícil de tomar, pero tienes que hacerlo—.

Sé lo que está diciendo: sigue adelante, olvídalo, no pienses en él, pero ¿cómo puedes olvidar un amor de trece años? ¿Cómo puedes olvidar las noches sin fin de desear, necesitar, soñar? TE AMO. Eso es todo lo que alguna vez quise escuchar. ¿Cómo puedo dejar ir eso?

Con un fuerte asentimiento, salgo de su oficina. Afuera del edificio, el aire es frío y seco. Duele respirar. Mi corazón está todavía golpeando con ansiedad residual cuando saco mi teléfono y miro a la última foto que tengo de él. Está sonriendo en ella. Sus ojos negros están brillando y sus llenos labios besables están estirados ampliamente. Es jodidamente hermoso. No creo que alguna vez pueda borrarla. No en esta vida.

Guardo mi teléfono cuando veo a una pareja. Están dirigiéndose hacia mí por el camino de adoquines, y están abrazándose. La chica está fría, sus mejillas rojas, y el chico está frotando sus manos sobre las suyas, tratando de calentarla. Están sonriendo de forma tonta, recordándome a una sonrisa de hace mucho tiempo.

Renji como el portador del anillo y a mí como la chica de las flores. Renji deteniéndose en su confiado pero infantil caminar y tomando mi mano pequeña en la suya, yo levantando la mirada a él con el ceño fruncido. Oh, como lo odié en ese momento. Renji destellándome su adorable sonrisa y yo regresándola a pesar del ceño fruncido, a pesar de los extraños alrededores, a pesar del hecho que mi papá estaba casándose con su mamá. Odié conseguir un nuevo hermano. Odié mudarnos al otro lado de la ciudad a una casa nueva sin jardín en la azotea.

En la bifurcación, la pareja toma un giro a la derecha y yo se supone voy a la izquierda, pero no quiero ir a la izquierda. Quiero ir a donde sea que ellos están yendo. Quiero disfrutar de su felicidad por un rato. Quiero ver la reciprocidad. ¿Así es como el amor correspondido luce? Quiero verlo. Tomo el giro a la derecha y sigo a la pareja.

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Está frío, tan jodidamente frío. También oscuro, súper oscuro, y las lámparas victorianas flanqueando la calle no hacen una mierda para iluminar mi camino. Pero nada de eso me impide tomar un ritmo apresurado. Estoy caminando por la Calle Albert, dirigiéndome hacia la Avenida Brighton donde está la entrada al parque de la universidad. Dormir es difícil, especialmente después que Nanao mencionó escribir sobre mi amor no correspondido.

Una vez, Renji Abarai de seis años le sonrió a Rukia Kuchiki de cinco años. Ella no lo sabía entonces, pero ese fue el día en que se enamoró de él. Al paso de los años, ella trató de conseguir su atención sin éxito. Entonces una noche, en su desesperado, desesperado intento por detener a Renji de ir a Harvard, ella más o menos, de algún modo… lo violó un poco. Ella no está completamente segura. Renji se fue a la universidad un mes antes de lo que se suponía y Rukia se quedó haciendo berrinche. Fin.

Dos años después aquí estoy, recorriendo las calles, sintiéndome avergonzada de mi amor, avergonzada de haberme enamorado de mi hermanastro y después haberlo alejado.

Para que conste, Renji Abarai ni siquiera es mi hermanastro ya. Mi papá se divorció de su mamá hace unos años, pero creo que algunos estigmas nunca se van, como por ejemplo, no duermes con el ex novio de tu mejor amiga, y no sales con el hermano de tu amigo. Renji siempre será mi hermanastro porque crecimos juntos.

Ni siquiera tengo recuerdos del tiempo antes de él. No puedo recordar la casa en la que viví antes de vivir con él, excepto que tenía un jardín en la azotea. No puedo recordar los amigos que tuve antes que él viniera. No puedo ni siquiera recordar a mi propia mamá antes que su mamá apareciera en la foto.

Todo lo que recuerdo es que un día cuando tenía cinco, papá dijo que nos íbamos, y que iba a tener un hermano. Entonces los días oscuros siguieron donde lloraba porque odiaba la idea de un hermano. Y después un estallido de luz solar: un delgado chico de seis años sosteniendo los anillos en un cojín de terciopelo, de pie junto a mí. Recuerdo pensar que yo era más alta que él en mi vestido con volantes que picaba, y flores en mi mano. Recuerdo pensar que me gustaba su cabello rojo y sus ojos negros tan opuestos a mi cabello negro y raros ojos violetas. Juntos, miramos a nuestros padres casarse, y juntos, hicimos una mueca cuando se besaron en los labios.

Fue hermoso, con lirios blancos y el olor de pastel por todas partes. Ahora, hago mi camino hacia la soledad. Entro al parque resbalando y tropezando en los transparentes parches de hielo. El viento frío rodea mi cuerpo haciéndome estremecer, pero sigo avanzando, mis pies embotados caminando por la nieve. Busco por un lugar en particular que me gusta frecuentar durante las noches cuando no puedo dormir, lo cual sucede a menudo.

El amor no correspondido y el insomnio han sido mis amigos por mucho tiempo. Incluso podrían ser hermanos; malos e indiferentes con dedos pegajosos. Frustrada, me detengo y resbalo, cayendo contra la rasposa corteza de un árbol. Incluso a través de la gruesa capa de mi abrigo de piel, siento la punzada.

—Hijo de puta… — murmuro, frotando el ardor en mi brazo. Mis ojos se llenan de agua por el dolor, ambos físico y emocional. Odio esto. Odio llorar. Limpio mis lágrimas con los dedos congelados y trato de controlar mis respiraciones.

—Está bien. Está totalmente bien— susurro para mí misma. —Voy a estar bien —. Mis palabras tropiezan una con otra, pero al menos no estoy llorando ahora.

Entonces escucho un sonido. Pisadas en el suelo congelado. Un crujido de madera. El miedo me tiene escondiéndome contra el árbol, pero la curiosidad me hace asomarme. Un hombre alto vestido todo de negro; sudadera negra con capucha y pantalones negros; está sentado en el banco, mi banco, bajo mi árbol con la red de ramas vacías. Ese es mi lugar, idiota, quiero decir, pero estoy muda. Aterrada.

¿Quién es? ¿Qué está haciendo aquí a esta hora de la noche? ¡La gente duerme de noche! Sin embargo, soy una excepción; tengo el corazón roto. Él se sienta en el borde, su cabeza inclinada y cubierta por el gorro, mirando al suelo. Lentamente, se desliza hacia atrás, estirándose, e inclina la cabeza hacia arriba. Su gorro cae, revelando una masa de cabello naranja iluminado por la luz amarilla de la lámpara. Es algo largo y alborotado, casi llegando a su nuca. Él mira al cielo y hago lo mismo. Miramos la luna, las gordas nubes. Huelo la nieve en el aire.

Decido que el cielo no es lo suficientemente interesante. Así que, lo miro. Está respirando con fuerza, su amplio pecho subiendo y cayendo. Noto una gruesa gota de sudor haciendo su camino por su garganta, sobre el agudo bulto de su manzana de Adán. ¿Quizás ha estado corriendo? Sin bajar la vista, el hombre de negro lleva su mano hacia atrás para sacar algo de su bolsillo, un cigarrillo. Se mueve, bajando su rostro, y veo sus rasgos. Son un sistema de angulosas, agudas y definidas líneas. Sus altos pómulos inclinados en una fuerte y esculpida mandíbula. Hay puntos de sudor en su frente y los limpia con su antebrazo, estirando la tela de su sudadera sobre pecho agitado.

En cualquier momento, espero que encienda el cigarrillo y tome una calada. Me doy cuenta que estoy muriendo por verlo fumar, por ver los zarcillos de cálido humo flotar lejos en el aire de invierno. Pero… no lo hace.

Simplemente lo mira. Metido entre dos de sus dedos, el cigarrillo permanece quieto, un objeto de su examen. Él le frunce el ceño, como si estuviera fascinado. Como si lo odiara. Como si no puede imaginar por qué un palo romo de cáncer está manteniendo su atención. Entonces lo lanza lejos.

Lleva la mano atrás de nuevo y saca otro cigarrillo. La misma rutina sigue. Mirando. Frunciendo el ceño. Mi anticipación por ver lo que hace después. Esta vez suspira, su pecho temblando arriba y abajo mientras saca un encendedor de su bolsillo. Lanza el palo a su boca y lo enciende con un movimiento de su dedo. Toma una calada y entonces deja salir el humo. Sus ojos se cierran en el éxtasis de esa primera fumada. Él podría incluso haber gruñido. Yo lo habría hecho.

Mirarlo luchar contra su impulso de fumar fue agotador. Me siento tanto triste como feliz porque cedió. Me pregunto lo que yo habría hecho en la misma situación. El rostro de Nanao viene a mi mente diciendo que necesito trabajar en restringirme a mí misma.

Sé que el humo saliendo de su boca es virgen, sin una gota de marihuana ahí, pero lo quiero en mi boca también. Lo quiero mucho. Abruptamente se detiene y se levanta de su asiento, guardando el encendedor. Este hombre es alto, tal vez 1.90 o algo. Tengo que estirar mi cuello para mirarlo incluso aunque estoy de pie lejos. Él salta poniéndose en pie, toma una última calada, tira el cigarrillo al suelo, lo aplasta, se pone el gorro y sale trotando.

Me despego del árbol, corro al banco y miro en la dirección en que se ha desvanecido; nada sino oscuridad y aire congelado. Podría también haberlo imaginado, como un niño hace con un amigo imaginario para sentirse menos solo. Suspirando, me siento donde él estaba sentado. El lugar está frío como siempre, como si nunca se hubiera sentado ahí.

Mi cansancio está tomando su cuota y cierro los ojos. Inhalo el olor del cigarrillo que persiste y tal vez incluso algo chocolatoso. Me acurruco en el banco, mi mejilla presionada en la fría madera. Odio el invierno, pero no puedo dormir en mi cálida cama. Es una de esas ironías de las que las personas se ríen. Quedándome dormida, rezo porque el color de los ojos del extraño no sea negro.