"Un hecho vale más que todo un mundo de promesas." ~Jacob Howell


Karai apartó unas hojas y detuvo su andar para que su cerebro reconociera el lugar y determinara el siguiente paso. Su acompañante colisionó con su espalda, lo que le ganó uno de sus siseos. Ella enfocó su mirada al frente (ayudada por la visión que le permitía ver aun en carencia de luz), y, por fortuna, logró dibujar un mapa mental antes de que la voz de su aprendiz atrajera toda su atención.

―No me molestan los largos viajes a pie, en serio, pero ¿por qué no podemos movernos en nuestra forma reptil? Ya sabes…, así llegaríamos más rápido.

―Porque este escondite lo medí en pasos, no en serpenteos ―su tono se mezcló con el ligero canto de insectos y animales nocturnos, acompañados por un bailar de hojas. Miró a sus alrededores y guio a la menor con un movimiento de su cabeza―. Vamos.

Sydney gruñó mas siguió de cerca su paso. ―Otra vez, ¿por qué estamos del otro lado del mundo?

―Vinimos de visita. ―contestó sin apartar sus ojos del sendero bajo sus pies, una enumeración mental cada vez más cerca al cero.

―La última vez que dijiste eso nos encontramos con dos tortugas ninja. ¿Hoy será igual?

―Dos…, uno…, no ―giró todo su cuerpo hacia la izquierda y el conteo volvió a restablecerse―. Visitaremos a personas un poco más peligrosas que las tortugas y, si tenemos suerte, no nos decapitarán en público. Así que guarda silencio de una vez por todas o nos encontrarán antes que nosotras a ellos.

Cuando no escuchó más la voz de la menor, Karai se concentró por completo en su camino. Se dio cuenta que debía apresurarse, pues una moderada ventisca golpeó su rostro. Ella se aseguró de que Sydney estuviera bien, por lo que miró sobre su hombro; la niña ajustó el cierre de su sudadera, acomodó la correa de la mochila y no se molestó en esconder su mueca.

Tal vez ya era momento de decirle por qué estaban ahí. No obstante, primero debía encontrar su arma, así que regresó a su conteo mental.

Había pasado menos de un día desde que llegaron a Japón, en un buque de carga al que lograron infiltrarse. Las tres semanas y media en altamar no fueron nada agradables, especialmente porque Sydney tenía un estómago no muy fuerte, y ella lo descubrió de mala forma. Aún le hacía gracia recordar cómo la niña dio vueltas en la arena en cuanto alcanzaron tierra firme.

Desde que ella le dijo a Sydney que harían un supuesto viaje vacacional al hermoso Japón, la niña tuvo un sinfín de preguntas. No obstante, la única información que ella le entregó fueron indicaciones claras de su comportamiento.

Para suerte de Sydney, el plan de Karai estaba saliendo a la perfección. Infiltrarse en el buque de carga fue la parte más sencilla, así como esconderse una noche en la gran urbe. Ahora ella debía encontrar su arma y prepararse para lo verdaderamente complicado.

A diferencia de la decisión que tomó en la mansión, optó por primero visitar su destino principal y no la sede que ignoraba su llegada. Sin embargo, no podía arribar a esa aldea, presentarse y esperar a que fueran recibidas con los brazos abiertos; tenía que estar preparada para cualquier inconveniente…, o algún ataque que no le extrañaría si sucediera.

Esa era la razón por la que se alejó del sendero marcado en su mente y se alejó de la sede del Clan del Pie. En el instante en que entraron a la zona rural, ella inició con la búsqueda de un árbol con forma de mano, contó el número indicado de pasos hacia el oeste, noroeste, oeste de nuevo y, en ese momento, sur.

El conteo llegó a cero y la punta de su pie chocó con una gran piedra. Se aseguró de que no hubiese nadie cerca además de ellas dos, y utilizó sus extremidades modificadas para apartar la roca y revelar un agujero debajo de ella; dentro de este hoyo y cubierta de hojas y algunas ramas, descansaba un estuche del cual se apoderó, abrió y sostuvo el arma que, años atrás, ocultó para cualquier emergencia.

Tras regresar el estuche y la piedra a su lugar, ella inspeccionó la katana; aunque estuviese cubierta de suciedad, todavía poseía un filo mortal y lo comprobó al pasar la hoja por uno de sus dedos, rasgar tanto la tela de su armadura como su piel y generar una pequeña hemorragia que se detuvo tras un poco de presión. Miró sobre su hombro y encontró la expresión perpleja de la menor.

Karai dejó que la niña permaneciera con una sonrisa nerviosa. Ella prefirió reincorporarse y romper el viento con un veloz movimiento del sable.

―Entonces, ¿viniste a matar a alguien?

―No. Esto ―le mostró la katana―, es por simple seguridad. No puedo decir que tengo una buena relación con la líder del lugar al que vamos, mucho menos con los demás. No me sorprendería que alguno de ellos saltara sobre nuestras gargantas, así que nos servirá de defensa y nos brindará un poco de tiempo para que lleguen a rescatarnos…, si hay quien nos rescate.

Ella pudo observar cómo las pupilas de su aprendiz se contrajeron. ―¿Son tan peligrosos que hasta tú les tienes miedo?

―Más que miedo es respeto ―prosiguió en una línea recta en dirección oeste y apartó toda rama, hoja y arbusto que encontró en su camino―, respeto que ciegamente no otorgué por más de quince años y pisoteé bajo el mando de un terrible líder.

―Destructor, ¿no es así?

Karai detuvo su caminar, con una mano sobre la nueva rama que cubrió su campo de visión, y miró directamente a los ojos de Sydney; sus nuevos ojos ámbares le devolvieron una mirada que alguna vez llegó a tener ella. La única diferencia era que Sydney solo sintió rencor la primera vez que escuchó ese nombre tan atroz, y ella primero lo apreció como solo a un padre se puede apreciar.

―Ya te he hablado de la historia del Clan del Pie, pero no te he mencionado nada acerca del Panteón, ¿cierto?

―Cierto.

―Desde los inicios de la humanidad, Dragón, el padre de los ocho grandes seres, se encargó de mantener una conexión entre los humanos y los dioses; sin embargo, conforme la humanidad fue evolucionando, las creencias y costumbres se fueron perdiendo al punto de su casi extinción.

Ella se percató de que andaban muy al sur, por lo que cambió su dirección al noroeste.

―Antes de que el reino divino fuera olvidado por completo, Dragón le otorgó una visión a la humanidad con la que pudiera sentirse identificada, en harmonía y confianza: una entidad humana. Eligió a su hija menor para el trabajo, quien aceptó sacrificar su lugar en el reino y vivir junto a los mortales, sin saber que el resto de sus hermanos y padre mismo sacrificarían toda su fuerza por materializarla junto a las personas.

»En lugar de lamentar la muerte de su familia, ella continuó con el último deseo de su padre, pero no sirvió como pilar entre lo divino y lo humano, sino que abandonó la idea de una fuerza todopoderosa que podría cumplir toda petición de los hombres, y eligió a un grupo de personas para regalarles la verdad detrás de lo que el mundo conoce como "milagro". Los llevó a una zona segura y la bautizó "Panteón", en honor a su familia…, ahí es a dónde vamos.

―Es decir ―exclamó Sydney ante una pausa―, son el clan más antiguo del mundo.

―Son una comunidad.

Karai apartó otra rama pero se rompió bajo su fuerza, lo que le indicó que era el camino correcto.

―Hay algo que tienen en común los primeros elegidos y los actuales: todos y cada uno de ellos llegan al Panteón de bebés, huérfanos y abandonados en estos bosques o enviados en una pequeña balsa por el río.

A ella le fue imposible no recordar la historia de la llegada de su amiga. Si sobrevivía, podría pedirle que se la contara a la niña.

―La onmyōji, su líder, asegura que son los elegidos porque, al nacer con nada, están destinados a morir con todo; toda la verdad y sabiduría existente, misma que ha sido compartida de generación en generación por la boca de la hija menor de Dragón. A estos elegidos se les llama los hijos de Kitsune y son de quienes más debemos cuidarnos.

―¿Cuidarnos? ―repitió en un tono sarcástico y detuvo su andar, lo que obligó Karai a imitarle― Acabas de decir que responden las preguntas que el mundo pueda tener, pero ¿nos querrán matar?

―Y estarán en todo su derecho ―ella agitó un poco la katana y un par de hojas cayeron ante su filo―. Durante los primeros años del uso del papel, la misión de Kitsune y sus hijos sirvió como pilar de la humanidad, pero sucedió lo inevitable: la tecnología se apropió de la mente de las personas, comenzaron a buscar todas las respuestas en la ciencia y se obligaron a ignorar la existencia de un reino invisible pero poderoso.

»Imperios, personalidades, pueblos enteros comenzaron a olvidar el Panteón, hasta el punto en que se convirtió en un pueblo fantasma, secreto y cuya existencia ahora solo sería revelada a aquellos que todavía respetaban la tradición histórica y la verdad lejos de esta dimensión: los clanes ninja.

Una ventisca poderosa le hizo retomar su camino, seguida por Sydney.

―Destructor supo de su existencia desde que era parte del Clan Hamato, pero cuando reconstruyó al Clan del Pie, cometió el deshonor más grande e hizo que su gente, incluyéndome, apoyara tal monstruosidad: en lugar de ver a los hijos de Kitsune como personas elegidas, los sometió hasta convertirlos en siervos y se apoderó de su libertad, obligándoles a que le otorgaran todo su poder.

―Que era, ¿qué? ―Karai sintió su tono burlón― ¿Todas las profecías y la visión del futuro?

―Metal ―corrigió de inmediato―. El Panteón posee una mina sumamente rica que era su fuente económica, hasta que comenzó a ser explotada por el Clan del Pie. Destructor cerró los pasajes de intercambio externo y obligó a sus habitantes a entregarle todo el metal para su armamento, lo que ha llevado al Panteón a una pobreza extrema por casi veinte años.

―Pero dijiste que poseen el regalo que una diosa les dio en persona. Si son tan fuertes, ¿por qué nunca se han rebelado?

―No lo sé. Tengo una vaga idea…, pero solo podré estar segura si su onmyōji me otorga una respuesta, en lugar de acabar con nosotras.

Los pasos de Sydney cesaron de repente. ―¿¡Me estás…!?

Karai la fulminó con una expresión asesina. Por suerte, la menor entendió el mensaje y acortó la distancia entre ambas.

Sydney habló en un susurro―: ¿Me estás diciendo que vamos a la guarida de una diosa, que probablemente te odia, a averiguar si nos asesina o no?

―Sí.

―En lugar de mentirme, severa, me hubieras dicho que este viaje era para mi funeral. ¿No hubiera sido mejor tan solo morir en la mansión?

Karai detuvo su andar con un jadeo. Apretó tanto sus párpados como sus puños, lo que creó un leve temblor a lo largo del sable.

Como Tyler le hubo dicho después del episodio en el que mutó a Sydney (episodio que aún no dejaba de culparse del todo), respiró con poder antes de mirar sobre su hombro. Se encontró con una expresión en los ojos de la menor que hubo tenido varias veces, solo que en esa ocasión se halló con un color ámbar en lugar de azul.

Sydney dibujó una expresión igual de consternada. ―L-lo siento. No me…, no me refería a eso. Quise decir que…

―Era una broma, lo sé.

La niña asintió con la cabeza baja. ―Doc me dijo que todavía te culpas por lo que me pasó y yo…, yo quiero demostrarte lo contrario, ¿está bien? Porque, mírame, tengo un color increíble de cabello, de ojos y soy una maldita serpiente capaz de acabar con todos mis enemigos. Y todo te lo debo a ti.

―Pudo haber sido diferente…

―Como, ¿qué? ¿Muerta de hambre después de que ese supermercado se acabara? ¿Mutada y llevada a la Dimensión X para trabajar y, cuando vieran que era muy débil, terminar muerta como muchos otros niños?

Las pupilas de Karai se contrajeron en sorpresa. ―¿Quién te…?

―Escuché a Slash y a Doc hablando mientras estabas en tu muda de piel. Tú eres la única razón por la que estoy viva, Karai, a pesar de todo lo que pienses, lo de la mordida, el veneno, la mutación…, estoy viva y no estoy sola, gracias a ti. Lo sabes, ¿verdad?

―Puede que necesite que me lo recuerdes varias veces cuando regresemos, niña, considérala tu segunda misión.

―¿Segunda?

―La primera es llegar al Panteón, crear un lazo familiar con un ente divino y obtener el perdón de todos los hijos de Kitsune.

Ella por fin regresó al camino. El pasto bajo sus pies se volvió más verde y los árboles dejaron de estar secos; supo que ya habían entrado en terreno.

―Los alrededores de la aldea siempre están vigilados. Si nos cruzamos con el guerrero incorrecto, molesto, como todos, por las injusticias a las que han sometido a su gente, cabe la posibilidad de que decida erradicar una parte del problema con sus propias manos.

Karai se detuvo detrás de un frondoso arbusto, apartó sus hojas y se encontró con la silueta de uno de los ya mencionados guardias. Cuando vio los labios separados de la menor, le cubrió la boca e hizo que se agachara junto a ella. La soltó en cuanto sus ojos se encontraron y la menor acató la silenciosa orden.

―Hemos llegado ―susurró ella―, y tenemos la suerte de encontrarnos con el único elegido que no desea asesinarme de inmediato.

Sydney siguió cada uno de sus movimientos a medida que ella apartó unas ramas y hojas del arbusto. En un parpadeo, el rostro de la niña cambió de curioso a perplejo.

―¿Un gato?

El felino era negro como la noche les dio la espalda. Sus orejas apenas se movieron ante el ruido que ellas causaron.

―¿Eso es el supuesto Panteón? ¿Un gato?

Ambas se reincorporaron al mismo tiempo. Karai vio de reojo cómo el animal abandonó su pose de descanso y desapareció por los arbustos más cercanos.

―Muy bien, Karai. Ya te divertiste mucho. Caí en tu broma, sí. Ja, ja. Felicidades. Ahora, ¿me puedes decir la verdadera razón por la que estamos en este solitario bosque?

―Ya te lo dije: vinimos a visitar a los hijos de Kitsune…, y los hemos encontrado.

Ante la expresión confundida de su pupila, Karai suspiró y negó pero mantuvo una sonrisilla.

―Este bosque es todo menos solitario; encierra a unos habitantes que han sido olvidados pero nada les quitará el hecho de que son los elegidos ―dio un paso hacia Sydney―. Verás…, el regalo que Kitsune les entregó a sus hijos fue tanto las antiguas artes marciales…

Ella protegió el rostro de su pupila (cuyos párpados se abrieron en terror al captar, por el rabillo de su ojo, el arma que salió de la nada), con la hoja de su katana. El omori se enredó en el sable, lo que evitó que golpease de forma fatal la sien de la niña.

―Como la magia.

Antes de que el atacante apareciera entre el arbusto, Karai empujó a Sydney a un punto seguro y, con la mirada, le indicó que, pasara lo que pasase, no alternara sus cuerpos. Después de recibir la corta afirmación, bajó su katana con fuerza y eso hizo que el equilibrio del agresor se desbalanceara.

Burlado pero cayendo con elegancia, emergió un cuerpo femenino, vestido totalmente de negro, cuyo rostro yacía oculto bajo su gran sombrero. Este recuperó el poder total de su kusarigama y volvió a empuñar la kama hacia Karai.

En el instante en que sus orbes ámbares chocaron con dorados, Karai creyó que sería lo suficiente para que la adversaria descubriera su identidad, pero ella se abalanzó y continuó con la pelea. A pesar de que su oponente estuviera determinada en acabar con ella, Karai se aseguró de solo desarmarla y no herirla, lo cual fue sencillo, porque llevaba un año más de entrenamiento ninja.

Metal chocó con metal.

Los destellos evitaron que la bruja viera por segunda vez esos ojos que le debieron de resultar familiar, pero también el movimiento que Karai realizó con sus piernas: bajó su cadera, barrió en un semicírculo perfecto y derribó a su oponente. Ella usó su peso para inmovilizarla y colocó la hoja de la katana cerca de su garganta, impidiéndole que levantara su kusarigama.

Ella no reprimió su sonrisilla. Retiró el sombrero de su atacante y reveló el rostro de una chica de su edad, acompañado por un maquillaje que resaltaba su linaje. ―Has mejorado mucho en estos dos largos años, Shini.

La practicante de magia dibujó una expresión extrañada. Se reincorporó en el momento justo en que Karai alejó su katana y dejó que se levantara; ella sonrió y fue todo lo necesario para que Shinigami, finalmente, la reconociera.

―¿K-Karai? ―ella guardó su arma― ¿Qué haces aquí? Sabes que es muy peligroso venir sola, a menos que…

―No ―contuvo la emoción de que, después de tanto tiempo, por fin, pudiese tener una conversación en su idioma natal―. Oroku Saki aún reside en América. He venido sin la compañía del Clan del Pie.

―Eso es extraño.

―Tal vez pero… ―guio su atención hacia el costado, donde estaba su pupila―, algunas cosas han cambiado. Te quiero presentar a alguien. Sydney ―la niña se acercó―, ella ―pronunció en inglés y señaló a la otra fémina―, es Shinigami.

Ohayō gozaimasu. ―saludó en un mal acento y con una torpe reverencia.

Shinigami encarnó una ceja al tener el rostro de Sydney enfrente. Ella miró simultáneamente a la niña y a Karai.

―Yo diría que muchas cosas han cambiado.

―Sí ―Karai alargó la vocal y alejó su mirada de Sydney―. Shini, ¿crees que pueda tener una auditoría con onmyōji-san?

La bruja dibujó una mueca profunda. ―Puedo llevarte con ella, pero será solo suya la decisión de hablar contigo o no. Y, Karai ―sostuvo con firmeza su brazo―, ¿estás dispuesta al desenlace de tus palabras? Mis hermanos están llenos de humillación, y Abuela…, no sé lo que ella piensa.

Karai ya se hubo mentalizado de la resolución de aquella noche. Cuando abandonó América, no se lo mencionó a nadie, mucho menos a Slash, no solo porque no la hubiesen dejado ir, sino porque tenía una pequeña esperanza de que el perdón fuera más grande que el odio. La onmyōji la llamó por una razón, después de todo.

―Es momento de que corrija los errores de mi linaje.

Shinigami asintió. Ella volvió a vestir su sombrero al mismo tiempo que se giró y avanzó en cierta dirección, con ambas féminas detrás de ella.

Ellas anduvieron en silencio hasta que escucharon el sonido natural de un río. Shinigami apartó las hojas bajas de varios árboles, hasta que dejó ver un escenario totalmente diferente al lúgubre bosque.

La luz del astro nocturno les dejó ver aquella aldea. Un puente de madera daba entrada a un pueblo repleto de minka, cuyos habitantes descansaban de una larga jornada laboral o apenas regresaban del trabajo en el campo. Los ancianos reposaban en las entradas de sus casas, los adultos realizaban su camino hacia las mismas y los más jóvenes revoloteaban con la energía nata de un niño.

Era la idéntica imagen a la que Karai tuvo en sus sueños. El riachuelo debajo de la construcción viajaba hacia dirección de la corriente. El cuerpo de unos cuantos peces se reflejó por la luz de la Luna.

Ellas cruzaron el puente. Llegaron al otro lado del riachuelo y, poco a poco, todas las miradas cayeron sobre ellas. Shinigami se posicionó enfrente de ambas.

Los niños regresaron a la seguridad de su casa, los ancianos se levantaron para observar mejor y los adultos crearon una barrera protectora.

Al igual que Shinigami, Karai mantuvo su mirada enfrente, sin despegarla de la minka más grande e imponente del Panteón. De reojo, vio cómo Sydney estudió sus alrededores.

―¿Qué fue lo que el Pie les hizo?

Karai miró a sus costados y se percató del aura de cada uno de los habitantes. Bajó un poco su cadera para acercar su boca al oído derecho de la menor.

―No te alejes de mí en ningún momento, ¿entendido? ―habló en inglés― Estoy casi segura de que Destructor amenazó con dañar a los más vulnerables, ancianos y niños, y, así, mantuvo el control del Panteón. Si alguno de ellos desea vengarse, ya te imaginarás contra quien de nosotras dos se irá.

El cuerpo de Sydney se puso rígido y se pegó al costado de la mayor, buscando refugio. Aunque el nerviosismo también la acompañó, Karai colocó una mano sobre su hombro de Sydney para intentar tranquilizarla.

―No actúes tan asustada. Los elegidos aún no saben lo que sucedió con el Clan del Pie en Nueva York y dudo mucho que quieran arriesgarse a un ataque. Solo en cuanto un veredicto de su onmyōji sea dicho, entonces podrán atacar; sin embargo, tú estás a salvo.

Sydney se alejó un poco. ―¿Tiene algún otro nombre? Todavía no puedo pronunciarlo muy bien.

―Kitsune.

―¿Kitsu…? En serio, ¿cómo se llama?

Karai rio en sus adentros. ―Cada hijo de Dragón era el alma de un animal y el protector de una zona geográfica; Japón fue bendecido con la presencia del zorro.

»Todos la conocen como onmyōji-san, solo a los que considera su familia les permite que la llamen Abuela, pero ―se adentraron en esa casa totalmente a oscuras―, si deseas encontrarla en libros del antiguo Japón ―la puerta se cerró detrás de ellas con un rechinar―, su nombre es Kitsune.

―Siento…, una extraña presencia. ―una profunda voz (casi masculina), habló antes de que Sydney pudiera exclamar algo más.

Karai siguió la mirada de la menor. Enfrente de ellas, la ausencia de luz ocultó al ente que residía en esa casa, pero su visión modificada le permitió observarla. Ahí, mezclada entre las sombras, yacía una anciana de baja estatura y complexión robusta, apoyada en un bastón, quien las "vio" sin necesidad de ver.

―Un cuerpo ―la anciana continuó, sin moverse de su lugar―, que no corresponde con su alma. Shinigami, querida, ¿a qué entidad has guiado hasta nuestro hogar?

La nombrada miró de reojo a la oji-ámbar. ―¿A qué se refiere, Ka…?

Ella silenció el balbuceo de su amiga al recargar una mano sobre su hombro. Se alejó tanto de ella como de Sydney, caminó hasta quedar frente a la anciana y se arrodilló a sus pies.

―Abuela…, no. No tengo derecho alguno para refirme a ti de forma tan familiar, Kitsune-sama, no después de todo el deshonor al que he colocado a tu pueblo y a tus hijos. He venido a solicitar una audiencia contigo con el poco honor que permanece en mi linaje.

―¿Oroku Karai? ―una de sus huesudas y temblorosas manos alcanzó su cráneo―. No, es imposible. ¿Por qué habrías escuchado mi llamado esta vez? Tu padre… ―al tener contacto con su cabellera, la anciana jadeó en sorpresa y su expresión se relajó―, es cierto. Oroku Karai. ¿A qué se debe que me bendigas con tu presencia en esta noche?

―¿Bendición? ―levantó su rostro en cuanto la mujer retiró su mano― Yo solo soy una bestia que ha destruido al Panteón por años, tan culpable como mi Maestro. Me he mostrado ciega y muda ante la humillación a la que el Clan del Pie ha posicionado a tu gente. A pesar de que no merezco ser escuchada, me entrego a tu veredicto.

―Déjame ver tus ojos, Oroku Karai. ―ordenó tras unos momentos de silencio.

Ella obedeció con un movimiento lento. Posó sus pupilas en la mirada de la anciana. No pudo ocultar su confusión cuando esta sonrió y emitió un aura fraternal.

―Yo sería una mancha al nombre de mi padre si te juzgara, querida. No te culpo ni te señalo por los actos cometidos por quien te crio. ¿Pudiste haber hecho algo? Por supuesto que no. Eras una niña, una esclava, al igual que nosotros. Solamente seguiste las órdenes de un mal líder. No obstante, el hecho de que te encuentres aquí, ya toda una adulta, demuestra el corazón tan temerario que heredaste de tu padre y un alma igual de fuerte que la de tu madre.

Karai abrió sus párpados. ―¿Tú…, tú siempre lo supiste?

Kitsune sonrió en la oscuridad y comenzó a caminar hacia un estante, donde descansaba una lámpara de aceite.

―Cuando Yuuta-kun me presentó a su futura sucesora y primera nieta, y, cuando Saki me presentó a su primogénita y única heredera ―ella encendió la lámpara y sus ojos, ciegos desde nacimiento, jamás se movieron del rostro de Karai―, en tus ojos supe que se trataba de la misma alma.

―¿Por qué nunca me lo dijiste?

La anciana suspiró, regresó con Karai y, con un poco de dificultad, se arrodilló. ―Saki nunca permitió que estuvieras conmigo a solas; tal vez nunca te percatase, pero siempre te mantuvo vigilada. Mi llamado era la única forma en que podrías saberlo, pero tendrías que ver primero la verdad con tus propios ojos, antes de creerle a la loca anciana del Panteón. Y veo que la has descubierto, acompañada de dolor, traición y pérdida.

―Lo perdí todo, es cierto, mi cordura, mi humanidad…, a mí misma. Sin embargo, también me reconstruí. Con ayuda de aquellos que jamás se rindieron conmigo, pude resurgir, y ese momento no solo me hizo escuchar tu llamado, sino a darme cuenta de que mi destino es corregir los errores de ese demonio que se hizo llamar mi padre, y salvar a mi gente del infierno que él construyó. Claro que solo puedo hacerlo con tu permiso, Kitsune, para alzar el nombre de…

―Abuela.

Karai sintió un nudo en su garganta. ―¿P-perdón…?

El ente divino colocó ambas manos en sus hombros. ―He esperado todos estos años para tenerte ante mí, he esperado como solo una madre puede esperar. Te he visto cometer errores, sufrir bajo el odio de una bestia y, ahora, sobreponerte al peso de los errores de esta. He esperado todo este tiempo para volver a tenerte entre mis brazos, hija mía.

Kitsune la atrajo hacia sí y la envolvió. Karai tardó unos segundos en devolver el abrazo, todavía con la molestia en su interior.

―A pesar de todo, ¿me consideras una hija tuya?

―Saki fue muy estricto al pedirme…, ordenarme que nuestro lazo estuviera interrumpido hasta el fin del reino de Dragón, y eso fue igual de doloroso que las amenazas ante el asesinato de mis hijos, el encierro de mi aldea y el saqueo del metal.

Ante la mención de ese nombre tan repugnante y su hipótesis confirmada, Karai recordó la primera misión que tenía en ese pueblo. Dio por terminado el abrazo y regresó a su pose sumisa, con su frente reposada en las piernas de la anciana.

―Sé que una disculpa no arreglará todo el deshonor que el Clan del Pie ha cometido, y una promesa no servirá de nada cuando nos encargamos de romper su confianza…, pero, aun así, pido perdón por toda injusticia a la que se ha sometido al Panteón y, si los hijos de Kitsune me lo permiten, construiré un ciclo honorable que dará paso al régimen que el Clan del Pie siempre debió seguir.

―Hablas con la misma alma de tu madre ―acarició su cráneo y, con un simple toque, le indicó que se irguiera―, pero yo también soy madre y no puedo tomar decisión unánime; la palabra de mis hijos será la palabra de Dragón.

―Asumiré la decisión del Panteón ―sus ojos siguieron el cuerpo de Abuela, quien se reincorporó y empezó a avanzar hacia la puerta―, y, si la conclusión es el seppuku, entonces me arrodillaré frente a mi gente y seré la primera en recibir el corte del kaishaku.

―¿¡Qué!? ―Shinigami gritó en completo terror y su tono hizo que Sydney se alzara de hombros― ¡No…!

―Pero ―fulminó a su vieja amiga con la mirada y la regresó rápidamente hacia la anciana―, me gustaría pedirte un último favor…, Abuela.

La apodada se volvió hacia Karai, con una línea horizontal en sus labios, y asintió.

―Si mi cabeza rueda a mis pies, toma a Sydney bajo tu custodia. Huérfana y sin poseer lazo legítimo alguno con el Clan del Pie, no representará más deshonor al Panteón.

Kitsune miró en dirección a la niña. Karai la imitó y se mordió los labios para ocultar su mueca ante la sonrisa inocente de Sydney. La anciana asintió tras unos segundos y caminó hacia la puerta. Detrás de ella, Shinigami vio por última vez en su dirección y salió detrás de la mujer.

―¡Hijos míos! ―Abuela hizo el llamado mientras agitó su bastón por los aires.

―Escúchame muy bien, Sydney ―Karai se dirigió a la niña y se inclinó a su altura―, no importa todo el ruido que oigas afuera, no salgas hasta que yo vuelva a entrar o hasta que Abuela o Shini te lo indiquen; no importa si esperas minutos u horas. ¿Entendido?

―Sí, sí…, pero ella y tú se abrazaron. Ya no te pasará nada malo, ¿verdad?

El agudo sentido del oído de Karai reconoció a todos los hijos de Kitsune ya reunidos frente a la minka. Hizo todo lo posible por no llevar su mirada en aquella dirección y solo se centró en Sydney; a pesar de un obvio terror y confusión, la niña todavía conservaba esa chispa de esperanza con la que la conoció.

Una mentira más no le haría daño a nadie.

Ella asintió.

―No hagas ningún ruido.

Karai se reincorporó y avanzó hacia la salida. Miró una última vez por su hombro hacia ese par de ojos ámbares, idénticos a los de ella, que no dejaron de verla. Recorrió la puerta de bambú y encerró a la niña en una total oscuridad, antes de llevar su atención hacia el juicio que la esperaba.

Detrás, la puerta cerrada; enfrente, los hijos de Kitsune.

No tuvo necesidad de estudiar las expresiones de cada uno de los presentes; todos la veían con desprecio, enojo, miedo y odio. El mismo odio que ella compartía hacia la persona que originó tanto dolor en sus vidas y en la de ella: Destructor. No obstante, para los elegidos, era obvio que ella era igual de culpable que ese monstruo.

―Por años ―se dirigió a todos los presentes y con en el volumen correcto de su voz―, el Clan del Pie ha obedecido ciegamente las mentiras del peor Maestro que ha caminado en este planeta; sus intenciones egoístas no solo están a punto de llevar al clan más longevo a su extinción, sino que manchó su honor de una forma en que nada en el mundo lo pueda remover. Sin embargo, Oroku Saki no ha sido el único en dibujar esa mancha, sino yo. Soy igual de culpable porque cerré los ojos y oídos ante todo el deshonor de Oroku Saki.

»Soy una hipócrita por estar frente a ustedes cuando, años anteriores, no me interpuse en el camino de mi padre ni intenté detenerlo ni recibí un corte mortal ante ese acto de desobediencia y traición.

Las expresiones de muchos elegidos se relajaron, algunos se miraron momentáneamente entre sí y muy pocos vieron en dirección a Abuela. Eso le impulsó a continuar.

―Fui una niña tonta, ignorante y débil, atrapada por el miedo hacia Oroku Saki, y fue ese miedo el que me mantuvo callada. Es suficiente. Aún carezco de años, tal vez de inteligencia y, por supuesto, no cuento con el poder necesario. Pero estoy decidida. Como heredera del Pie, he decidido que el corazón podrido y mente nublada de mi padre no sentenciarán a mi gente. He abierto los ojos ante la verdad y estoy dispuesta a ser quien empuje a Oroku Saki hacia las llamas del olvido.

»Hoy me encuentro frente a ustedes, hijos de Kitsune, no como la primogénita ignorante, sino como la persona que aceptará el veredicto de esta noche. Entrego mi nombre y el de mi clan ante ustedes. Si la flama de cambio y esperanza me acompaña en este momento, sus corazones lo verán y otorgarán la segunda y última oportunidad para que el Clan del Pie reconstruya un sendero honorable; si mi gente ha de morir hoy, así será, y yo, como su heredera legítima, recibiré el primer corte limpio del kaishaku con la cabeza en alto y el honor del Panteón será devuelto.

Ella logró escuchar el quejido doloroso de Shinigami, pero decidió ignorarlo. En cambio, realizó una reverencia que inició el juicio cuya sentencia se dictaba en los próximos ocho segundos, uno por cada hijo de Dragón.

Desde tiempo atrás, ella escuchó los relatos del Pie. Aquellos ocho segundos eran los más largo de la vida, porque cuando el conteo llegase a cero y si la mirada de todos los elegidos estaba encima, se daba inició al harakiri.

Jamás imaginó que ella estaría en esa posición. Lo único que pudo hacer fue rezar. Si ella era arrastrada hacia su dojo, no solo habría sentenciado a toda su gente, sino que le habría mentido una última vez a Sydney y habría roto la promesa que le hizo a Slash del otro lado del mundo.

«Cero.»

Se irguió con lentitud y sus dos párpados cerrados. Todavía tenía la opción de alternar sus formas, huir junto a Sydney a los bosques y vivir el resto de sus vidas como una desterrada; pero ya hubo sido bastante deshonor para tan pocos años como para agregarle más. Se armó de valor y enfocó sus pupilas en el resulta. Olvidó respirar hasta que un dolor se originó en su cabeza.

De manera homogénea, absolutamente todos los hijos de Kitsune (desde niños hasta ancianos), devolvieron su reverencia.

Casi de inmediato, Kitsune se adueñó de la palabra―: A partir de esta noche de Luna llena, el Clan del Pie camina detrás de su nueva líder legítima: Oroku Karai. Los pecados de akuma serán sepultados junto a él la noche en que su deshonor lo entierre. La corriente del río rugirá y sus aguas purificarán el nuevo ciclo de hebi.

La mirada de Karai se vio atraída por la elección de palabras. La sonrisa de la anciana le demostró que su disfraz no fue suficiente para los ojos de ella.

Dragon-shi no kotoba!

Dragon-shi no kotoba! ―respondieron todos los presentes en unísono.

Uno a uno, los habitantes del Panteón iniciaron con su camino de regreso. Algunos compartieron sonrisas o miradas con Karai, quien devolvió todo gesto con su ritmo cardiaco de regreso a su normalidad. Ella siguió de cerca a Abuela y dio media vuelta para regresar al interior de la casa. Antes de dar el primer paso, Shinigami saltó hacia ella y la envolvió en un inesperado abrazo.

―Que sea la última vez que me haces esto, Senpai ―la bruja murmuró en un tono aliviado―. No puedo creer que estuve a punto de perder a mi amiga en un antiguo ritual sangriento después de no verla por más de dos años.

Karai sonrió por las palabras y, junto a su amiga, se adentró en la casa. Sydney corrió de inmediato hacia ella y la abrazó con fuerza.

Abuela se acercó a ambas y habló en su lengua natal―: Tus palabras resultaron victoriosas, querida, ahora es momento de que construyas tus acciones.

Ella asintió al mismo tiempo que terminó con el abrazo. ―Agradezco que me permitieras hablar frente a tus hijos, Abuela, ahora he de entregar el mensaje a mi gente.

―Las aguas de tu ciclo correrán con velocidad, pero no esta noche. Has de descansar antes de iniciar con el cambio. Les ofrezco, a ambas, mi techo como refugio.

―Abuela ―jadeó en sorpresa―, será un honor dormir en tu minka.

―Además…, tus guerreros te conocen, confían en ti. Has conseguido el perdón de mis hijos, pero ¿cómo esperas seguir el camino de tus palabras si no les demuestras tu cambio?

Karai supo que tenía razón. ―Trabajaremos junto a los elegidos por varios días para ganarnos su confianza. Después iré con el Clan del Pie y lo primero que haremos será devolver toda armadura y…

―No queremos una ofrenda ―Abuela interrumpió―, queremos un cambio. El saqueo del metal fue bajo el régimen de Saki. ¿Qué harás bajo tu ciclo?

Ella meditó la pregunta por unos segundos, pero la voz de la anciana, quien habló en inglés, no le permitió concentrarse―: Debes estar exhausta después del largo camino que has hecho junto a tu…, Maestra ―le extendió una mano―. Ven, te llevaré a descansar.

La niña compartió una mirada con Karai, quien asintió con una pequeña sonrisa, y siguió el lento andar de la anciana.

Cuando ambas desaparecieron dentro de una habitación, Karai se volvió hacia Shinigami y le dio un adelanto del plan que acababa de formular en su mente. La hija de Kitsune, sorprendida por unos cuantos segundos, accedió en ayudarle con esa petición y cualquier otra que tuviese.

En completo silencio, ambas salieron de la vivienda y emprendieron caminata hacia la minka del herrero.


Es momento de iniciar con el Artículo "Japón" que, como dije antes, es mi favorito. Y en este primer capítulo, le damos la bienvenida a un personaje muy querida: Kitsune. Aquellos que no sepan quién es ella, Kitsune es un personaje del mundo IDW, una bruja que es la menor del Panteón e hija de Dragón (como lo es aquí).

A diferencia de la versión canónica, aquí Kitsune será la madre de todo el Panteón, que es un grupo secreto de brujos en Japón, mismo de donde salió Shinigami.

Estoy muy emocionada de iniciar con este nuevo artículo. Espero verlos en él. Nos leemos en el siguiente capítulo. Bye-bye.