"Un buen líder lleva a las personas a donde quieren ir, un gran líder las lleva a donde no necesariamente quieren ir pero deben de estar." ~Rosalynn Carter
Dormir ocho horas diarias nunca fue una actividad común en la vida de Karai. Desde antes de su "alteración genética", su periodo de descanso siempre se basó en cinco o seis horas al día, máximo; a partir de su mutación, el promedio permaneció en cuatro y, para su sorpresa, siempre se encontró con sus energías completas. Claro. Al igual a como se acostumbró en la mansión, continuó con su mal hábito de cerrar los ojos después de la salida del Sol y despertar pasado el mediodía.
Pese a que se dijo que debía acompañar las horas de descanso de los demás habitantes del Panteón, concilió el sueño cerca de las seis de la mañana y despertó, para su completo terror, cuando el astro padre se encontró en un ángulo peligroso. Se levantó, acompañó a Abuela en un rápido pero satisfactorio desayuno, le prometió que trabajaría toda la jornada vespertina y apartó a Sydney del juego que tenía (junto a demás niños), cerca del río para iniciar con su entrenamiento.
Tras culminar con la práctica, le pidió a la niña que buscara a Shinigami en un par de horas para ir con ella al campo, y ella llegaría después. Acto seguido, emprendió camino a su segundo destino principal de ese viaje, olvidando la katana que podría salvarla de cualquier inconveniente y solo cargando la vieja mochila que protegía el dispositivo que recibió como único regalo para esa travesía.
Mientras preparó todo para viajar al otro lado del mundo, Rockwell construyó un artilugio (parecido a un celular), que funcionaría como comunicador entre ellos y el par de serpientes. Le explicó a Karai que nunca se separara del dispositivo, pues Slash podría llamarla en cualquier momento para informarle de algún cambio respecto al demonio del Clan del Pie.
Hubo pasado casi una semana desde su llegada a Japón, y aún no recibía ninguna llamada del otro lado del mundo. Aquello la tranquilizaba en cierto modo; sin embargo, las cosas podrían cambiar de un segundo a otro. Tenía que apresurarse y continuar con la segunda parte de su misión.
Ella corrió durante la mayor parte del recorrido, pero decidió avanzar los últimos metros con un paso tranquilo para, así, no alarmar al guardia en turno que podría o no reconocerla a tiempo.
A diferencia del sendero que llevaba al Panteón, los árboles en esa parte del bosque no eran tan frondosos y la luz diurna se filtraba entre las hojas. No era normal encontrarse con alguna persona en sus alrededores, ya que sus únicos habitantes vigilaban al pie de la construcción, sin arriesgarse a una emboscada en el confuso bosque. Dada las grandes extensiones que poseía el jardín aledaño a la casa, el lugar siempre estaba iluminado por ambos astros, lo que dificultaba que sus "cuidadores" se movieran entre el laberinto oscuro del bosque.
Un nuevo pasaje de árboles con hojas más claras le indicó la llegada a su destino. Pudo haber olfateado al aire para descubrir cuántas personas la esperaban del otro lado del muro de arbustos; sin embargo, eso aumentaba el riesgo de que alguien descubriera su nueva forma. Por ello, se otorgó el beneficio de la duda, se irguió en una postura elegante apartó las ramas y reveló su presencia.
Antes de dirigir su atención hacia el único soldado que descansaba frente a la entrada del dojo y este dirigía la propia hacia ella, se centró en la construcción descomunal, digna de admiración. Le fue imposible no inhalar con potencia el aire único que desprendía ese lugar.
Sus ojos recorrieron desde el suelo hasta la parte más alta de dojo; el shōji (cuya madera y papel relucían el símbolo del lugar teñido en rojo), como siempre, realizó un estupendo trabajo y ocultó lo que fuese que descansaba en el interior del dojo. Tanto detrás como a los costados de la casa estaban los inicios del espectacular jardín que, sin necesidad de verlo pues ella misma trabajó en él, rebosaba de los colores y olores de las sumire, asagao, kinmokusei, las simbólicas sakura y un sinfín más de flores y plantas regionales.
Karai debía aceptar que, a pesar de que el mismísimo Destructor lo construyó, siempre consideró un paraíso de belleza incomparable la sede principal del Clan del Pie.
En el instante en que dio otro paso hacia enfrente, el filo de una espada de doble hoja terminó sobre su cuello, obligándole a levantar su mirada hacia el cielo y detener su paso, pero no a borrar su sonrisa. Aunque ya hubo esperado tal reacción, tuvo una pequeña esperanza de que aquel ninja sabría que era ella.
Bueno. Eso era lo que pasaba después de pasar meses lejos y los cambios que ambos sufrieron durante ese tiempo.
A pesar de la situación peligrosa en la que se encontraba, decidió hablar aunque eso pudiera costarle la vida―: Más de un año sin vernos, Juto.
Ante la mirada desconcertada del hombre, ella alejó el filo del arma con dos de sus dedos.
―No me digas que ya no me reconoces.
Los ojos azules del líder de los Pies Élite no pudieron expresar más sorpresa. ―¿J-joven Maestra?
Karai amplió su sonrisa ante ese título. Hubo pasado mucho desde la última vez que se dirigían a ella de esa forma. Asintió y eso fue todo lo necesario para que el hombre alejara velozmente su arma, la descansara a su costado y, al mismo tiempo de que ella lo estudió con la mirada, permaneciera congelado.
Mientras el atuendo de la mayor parte de los soldados del Clan del Pie era totalmente negro, el de la Élite era una mezcla de negro y rojo, con brazos descubiertos, vendados y coderas que servían de protección. Lo que más atraía la atención era la jingasa de cuero que usualmente cubría gran parte de su rostro. En ese momento, Juto se la retiró para revelar un cráneo calvo y la llamativa cicatriz que recorría su frente de manera horizontal.
Después de unos segundos más, el hombre se arrodilló de modo respetuoso. ―Mil disculpas, joven Maestra. Los mensajeros jamás nos informaron de su llegada.
―Eso se debe a que jamás la anticipé ―respondió y le indicó al hombre que se levantara―. Fue una decisión espontánea regresar a Japón. Espero que no resultara inoportuna.
―Jamás podría resultar inoportuna una visita suya ni… ―él aclaró su garganta―, del Maestro…
―Oroku Saki todavía reside en América ―le interrumpió―. Vine sola.
―Perdóneme por preguntar, joven Maestra, pero…
―Juto ―lo volvió a interrumpir, solo que de una forma más tranquila y con una pequeña sonrisa de regreso en su rostro―, ¿cuántas veces te tendré que pedir que dejes las formalidades de lado cuando nos encontramos a solas?
El hombre sonrió.
Ambos llevaban años de conocerse. Él era casi una década mayor, pero ella lo recompensaba con habilidad, ya que, pese a que el hombre tenía dos o tres años más de entrenamiento y uno en su puesto de líder de la Élite, sus habilidades tenían una considerable brecha de diferencia.
Ellos comenzaron a interactuar después de una misión fallida que acabó con la vida de un formidable ninja y una golpiza que Juto recibió, la cual lo dejó sobre una piscina de su propia sangre y casi muerto. En secreto, ambos subordinados de Destructor encontraron a alguien que podría escucharlos, relación que mantuvieron oculta por obvias razones.
También fue él quien, después de ser enviado a Japón junto con el resto de los soldados, expresó su descontento ante el camino por el que Oroku Saki dirigía al clan. Pese a que se le otorgó el papel de cabeza de la Élite, compartió el sentimiento de humillación y deshonor cuando robots ocuparon su lugar y su Maestro formó una alianza con seres de intenciones indescriptibles.
―Karai ―él la nombró en un tono más relajado, mismo que no hizo juego con su expresión desconcertada―, la última vez que tu padre vino, fue para reclutar a ese gato asesino; nos dijo que todo estaba bien del otro lado del mundo, pero…, después de la noticia que nos llegó acerca de la invasión alienígena y, ahora tú, aquí, es obvio que nada está bien. ¿Qué ha pasado estos últimos meses?
―Muchas cosas, Juto, tantas que me han hecho darme cuenta de que es momento de hacer varios cambios, cambios que explicaré frente a todos. Necesito tener la atención del Clan entero.
Aún dudoso, Juto asintió. ―¿Quieres que salgan o…?
―No ―Karai llevó su mirada hacia el primer nivel y la centró en la única ventana que, sabía, se recorría―. Deseo ver una parte del entrenamiento y asegurarme de que no han estado descansando todo este año. ¿Cómo va progresando tu chico, por cierto?
―Él no es mi chico.
Karai sonrió de manera victoriosa y, seguida por Juto, saltó a la fachada de la construcción. Al igual que el hombre, aterrizó de manera elegante y silenciosa. Continuó de la misma forma por el camino que realizó encima de las baldosas, hasta llegar a la ventana, recorrerla y entrar por ella.
El nivel superior era un completo secreto para la mayor parte del clan. Solo los de mayores puestos tenían permitido ascender por las escaleras. Y eso se debía a que Destructor decidió resguardar toda evidencia de sus trabajos sucios en sus habitaciones; él mismo ordenó que los más jóvenes del clan no tenían por qué enterarse de sus actividades ilícitas, aunque más de uno lo especulaba y sabía.
Ni Karai ni Juto le prestaron mayor atención a la necesaria y salieron del cuarto, para dirigirse a las escaleras que los dirigió a donde se llevaba a cabo el entrenamiento. Desde antes de llegar al primer escalón, lograron escuchar las exclamaciones que, al parecer, emitió una sola garganta. Gracias a que una parte del barandal de las escaleras estaba cubierto de cortinas caídas de papel, se ocultaron detrás de ellas, apartaron un par y, sin atraer alguna mirada, fueron testigos de los últimos movimientos de ese combate.
En el centro del tatami, dos hombres practicaban el taijutsu. Alrededor de ellos, los demás soldados del Clan del Pie, incluidos los que tampoco recibían aún un lugar en el clan, los veían con detenimiento. Frente al fusuma, dos de los cuatro integrantes de la Élite permanecían quietos, con sus respectivas armas en mano; el tercero descansaba de lado del joseki, su hacha de batalla a sus espaldas.
Devuelta al encuentro, el hombre mayor logró detener un puñetazo que el adversario dirigió a su garganta, pero no la patada que conectó con su estómago y le obligó a retroceder unos pasos. Recuperó el equilibrio casi de inmediato y fue su turno de atacar: realizó la finta de un rodillazo, cuando barrió los pies del enemigo con su otra pierna, lo que derribó al chico y le hizo caer de espaldas. Saltó hacia el menor pero este giró sobre su tronco y, de un brinco, regresó a sus pies.
En un abrir y cerrar de ojos, el mayor sujetó el antebrazo de su estudiante, lo colocó en su espalda e hizo que el cuerpo le imitase para no terminar con una fractura. Lo derribó con ayuda de su pecho y aumentó la fuerza en su agarre, evitando por completo que el chico se reincorporara con un ataque sorpresa.
―¡Está bien, está bien, sensei! ¡Lo acepto! ¡Fui un tonto al creer que podría vencerlo!
―Mucha razón en eso, Maji-kun, pero no fuiste un completo fracaso, tampoco. Esta vez, duraste más de veinte minutos en combate y lograste golpearme en más de una ocasión.
―¿¡En serio!? ¡Oh, sí! ¡Soy el…! ¡Au!
El hombre dejó de colocar todo su peso en el brazo de Maji y por fin lo soltó. ―Espero el día en que dejes de alardear como un chiquillo.
Maji realizó una pequeña reverencia. Cuando se reincorporó, acarició su brazo y regresó al shimoza. Sus compañeros lo felicitaron brevemente y se centraron en la siguiente orden de su entrenador.
Detrás de las cortinas de papel, Karai miró de manera desconcertada a Juto. No necesitó articular palabra alguna para que él la entendiera. Estaba completamente confundida por lo que acababa de ver y escuchar; por lo que sabía y vio durante dieciséis años, todas las prácticas del Clan del Pie se realizaban en completo silencio.
Una simple mirada del hombre le dio la respuesta: cuando Destructor no estaba presente, el clan aprovechaba cada segundo para no vivir bajo miedo o temor de que un lunático los apaleara por estornudar, y se libraban de la realidad en la que trabajaban, aunque fuera por unos momentos. Como ella siempre lo había hecho.
Bajo la sorpresa total de Juto, ella se irguió sobre el escalón y comenzó con su descenso. ―¡Debo decir que estoy complacida!
Los tres soldados de la Élite corrieron para adelantarse al resto de presentes, empuñaron sus armas y las levantaron hacia los escalones. Al igual que el entrenador y varios guerreros, ellos permanecieron en pose de ataque mientras Karai bajó escalón por escalón. Cuando ella llegó al tatami y quedó de frente a todos los presentes, sus expresiones y poses se relajaron.
―¡Joven Maestra!
De manera casi simultánea, uno a uno se arrodilló en su lugar y mostraron su respeto a la heredera legítima del clan. Ella respondió con una corta reverencia, antes de avanzar hacia la kamidana y detenerse frente a los objetos que descansaban en ese lugar. Se inclinó hacia el pergamino que, con kanjis, mostró el nombre de Koga Takuza y la fotografía de Oroku Saki.
Lo normal era que existieran retratos del fundador y antiguos Maestros del clan; no obstante, gracias a que el Pie estuvo desaparecido por varias décadas, los recuerdos sagrados ya no existían.
Karai se volvió hacia el clan. De reojo, vio cómo Juto descendió de las escaleras, se posicionó al lado de la Élite e imitó la posición de todos los demás.
―Por un momento creí que los encontraría descansado, pero veo que el Pie no me decepcionó, como siempre. Ikoe!
Esa fue la señal para que todos regresaran su mirada hacia ella, quien, por su parte, se centró en un soldado en especial.
―La joven Élite se ve bien, Juto, felicidades por tu trabajo.
―Muchas gracias, joven Maestra.
Ella se dirigió al resto del Pie―: Sé que nadie anticipaba mi llegada. Sin embargo, me di cuenta de que debía presentarme frente a ustedes y hablar del futuro del Clan del Pie, antes de que otra invasión alienígena me lo impidiera.
Los más jóvenes no pudieron contener su sorpresa y desconcierto.
―Aquellos que, hace dos años, acompañaron a Oroku Saki a América ya saben de lo que hablaré y solo será un recordatorio de las razones de que aquí y ahora, bajo el derecho que mi sangre me otorga, declare a Oroku Saki como traidor principal del Clan del Pie y su lugar como Maestro pierda legitimidad, otorgándole el papel al siguiente líder: yo.
Más de uno jadeó en señal de sorpresa, otros se limitaron a expresar el mismo sentimiento mediante sus ojos. Karai ignoró la nueva energía que rodeó a los presentes y se encargó de hacer contacto visual con todos y cada uno de ellos.
―Como Maestro del clan más antiguo de la historia, Oroku Saki, al reconstruir su nombre y reclamar su linaje, tuvo la tarea de llevarnos a la gloria que siempre nos ha caracterizado. Por casi veinte años, todos creímos que lo estaba haciendo al ver cómo la fortuna regresó, nuestro símbolo recuperó su fuerza y resurgimos de la oscuridad. ¡Mentiras!
Su grito y puntapié al tatami hicieron que un par de jóvenes soldados se exaltara.
―La única razón por la que Saki reconstruyó al Pie fue para acabar con un viejo enemigo olvidado. Nos obligó a abandonar nuestro hogar por una meta personal, egoísta. Un Maestro debe ver por el beneficio de su gente, no por el que le conviene a él. Ese es la clase de Maestro que nunca debió dirigir al Clan del Pie.
Algunos de los veteranos asintieron con ligereza.
―Todos nosotros, incluyéndome, permanecimos mudos al ver cómo ese hombre selló un pacto con seres de otra dimensión, cuyo único objetivo fue destruirnos. Oroku Saki lo supo desde el inicio. ¿Cuál fue su respuesta? Nada. Él no hizo absolutamente nada, además de permanecer sentado en su trono y esperar porque lo inevitable sucediese. Me atrevo a hablar por Koga Takuza cuando les digo que el nombre del Clan del Pie ha sido deshonrado al permitir que ese demonio portara el legendario Kuro Kabuto.
―¡Así es! ―Maji exclamó sin solicitar permiso para hablar, lo que le otorgó un ligero golpe de parte de uno de sus superiores.
―¿Qué podemos esperar de un hombre al que poco le importan las personas? ¿Por qué creímos que nosotros, su gente, le importaría? Hemos soportado años, casi décadas, de abusos bajo su mando, golpizas que nos han dejado al borde de la muerte solo por hacer algo que no le pareció. Y, aun así, nos mantuvimos a su lado, tal vez por temor pero leales. ¿Para qué? Al final él prefirió robots, máquinas, en lugar de su propia gente.
Los Pies Élite bajaron la mirada en señal de humillación, acompañados por un par de ninjas más.
―Haberlos devuelto y abandonado en esta sede fue mejor que mantenerlos a su lado, porque no solo nos sustituyó por robots, sino que nos convirtió en experimentos fallidos. Dos de sus hombres más cercanos fueron mutados por accidente, lo saben, pero ahí no se detuvo: reclutó a un tigre sin cola.
Varios ahogaron gruñidos en su garganta.
―Él mismo mutó a su gente. Aún después de su experimento fallido de hace dos años con ese pobre recluta, no se detuvo. Mutó a un científico que también le fue leal por meses, mutó a un viejo aliado que conoció durante una década ―apretó su mandíbula hasta que sus dientes rechinaron―, mutó a un hombre que solo buscó escapar de la invasión que él creó…, y mutó a su propia hija.
Poco a poco, los soldados se levantaron de sus lugares. Hubo quienes no lograron alejar la mirada de su cuerpo. Los cuatro integrantes de la Élite formaron una línea entre el monstruo y el resto del clan. Algunos de los veteranos se les unieron, armas empuñadas y preparados para detener cualquier ataque.
―Sé que me veo intimidante ―Karai continuó y decidió que, si no realizaba algún movimiento agresivo, los demás no atacarían―, y muchos me verán y llamarán "monstruo", pero no han de temer. Mis pensamientos permanecen intactos bajo este cuerpo alterado, cortesía de un experimento más de Oroku Saki, un hombre que incluso tuvo el descaro de acabar con la humanidad de su propia hija.
Ella regresó a su forma humana, pero mantuvo sus orbes modificados. Centró sus pupilas verticales directamente en Juto.
―Durante dieciséis años, Oroku Saki se encargó de destruir mi mente, alma, cuerpo y, ahora, humanidad. Sin embargo, mi espíritu sigue intacto, más fuerte que nunca. Con este espíritu les pido que, si no desean acabar igual que yo o todos los que han sufrido bajo las manos de Oroku Saki, se unan a mí en este cambio.
»Les pido a ustedes, soldados del Pie, otorgarme el poder que llevará al honor que el Clan del Pie siempre ha poseído; anhelo construir un régimen poderoso y, sobre todo, honorable. Para lograr este cometido, necesito de su apoyo, confianza y, por consiguiente, su lealtad.
Cinco segundos pasaron, tal vez menos, cuando un cuerpo empujó los hombros de dos de los soldados de la Élite y se posicionó a escasas pulgadas de ella. Los ojos marrones del varón se centraron en sus pupilas verticales por varios instantes, hasta que él bajó su mirada, realizó una corta reverencia y se arrodilló, entregando todo sin necesidad de decir nada.
Los otros tres varones que conformaban a la joven Élite también se acercaron e imitaron. Detrás de ellos, tanto la verdadera Élite como el resto del clan permanecieron estáticos. Fue después de unos segundos de meditación que Juto bajó su arma, se arrodilló y levantó su sable hacia enfrente, lo cual era símbolo de lealtad. Los demás soldados, no solo de la Élite, también se arrodillaron.
Karai recorrió la escena con su mirada. Sus ojos volvieron a su color natural al igual que un sentimiento de orgullo dibujó una sonrisa en su rostro.
―Para iniciar con un nuevo régimen en el Clan del Pie, el ciclo de mi liderazgo debe completarse. Estén conscientes que, desde este instante, ustedes son considerados traidores al régimen de Oroku Saki. Es por eso por lo que su presencia debe ser removida de este mundo. Sin embargo, antes de clavar mi wakizashi en su pecho, varios cambios deben hacerse.
Después de que ella soltara otro puntapié al tatami, todas las miradas regresaron a la suya.
―Bajo el régimen de Oroku Saki, hemos tratado a los hijos de Kitsune y al Panteón como siervos y no como elegidos. El saqueo del metal se acabó, el pasaje noreste será reabierto y liberado, el castigo… ―rio con ligereza―, tomé la iniciativa de ir a los pies de Kitsune; ella y sus hijos nos han otorgado una segunda y última oportunidad, a pesar de que merecíamos el veredicto del seppuku.
Claro que a más de uno le aterró el descubrimiento de que pudieron haber sido obligados a cometer un ritual suicida.
―Oroku Saki le dio la espalda a la palabra de Dragón. Solo nos queda orar y suplicar porque el cambio y el perdón nos liberen de jigoku. Así que actúen con el debido respeto que tuvimos que entregar durante todos estos años ―aclaró su garganta al sentirla un poco reseca―. El hecho de que Oroku Saki siga con vida representa que yo sola no puedo derrotarlo ni a él ni a su ejército, por lo que necesitaré a varios hombres que me acompañen devuelto a América y, contrario a lo que la historia ha escrito, requeriremos la alianza de una familia que conoce Nueva York a la perfección: el Clan Hamato.
La conmoción surgió en torno a los mayores.
Una voz rugió entre los soldados―: ¡La guerra entre…!
―La guerra llegó a su fin hace años ―interrumpió Karai―. Cincuenta años atrás, Hamato Yuuta acabó con el Clan del Pie, y hace dos décadas, Oroku Saki acabó con el Clan Hamato. Hamato Yoshi podrá seguir con vida, pero la historia lo ha abandonado y no cavaremos la tierra para desenterrarlo. Cabe recalcar que, siendo los últimos dos clanes existentes, una guerra entre nosotros es insignificante y solo brindará el inminente olvido a ambas partes.
»Por ello, dejaremos en el pasado las diferencias que se vivieron en las generaciones pasados y nos aliaremos con ellos, ¿entendido?
―¡Hai, Karai-chō! ―un único grito, poderoso, resonó en las paredes del dojo.
―Lo más probable es que partiremos a América en varios días, así tendrán tiempo de nombrarse a sí mismos voluntarios o yo los elegiré personalmente. Continúen con la práctica y regresen a sus hogares al finalizar ―dio un paso hacia enfrente y todos le abrieron el camino―. Los volveré a ver en el entrenamiento de mañana.
Ellos realizaron una última reverencia y despidieron cordialmente a su líder. Detrás de ella, Juto caminó a unos pasos alejados. El par de soldados de la Élite que resguardaban el shōji se apresuraron en recorrerla; despidieron a Karai con una corta reverencia y, en cuanto salió junto a Juto, volvieron a recorrerla.
Fuera de la construcción, Juto y Karai se detuvieron enfrente del otro y esperaron a que alguno dijese alguien, y ese fue el varón―: De verdad que han pasado muchas cosas.
Karai bufó mas también sonrió.
―Entonces…, una serpiente, ¿eh? En mi opinión, concuerda con tu personalidad.
―Quiero creer que no acabas de insultar a tu nueva líder, Juto.
―¡Por supuesto que no! No después de ver tus enormes colmillos y escuchar tus palabras que, en verdad, me conmovieron. Aunque…, me gustaría preguntarte algo: ¿en serio estás dispuesta a asesinar a tu propio padre?
Una respuesta, casi inmediata, estuvo a punto de abandonar la garganta de Karai. Aclaró esta para ahogar la verdad que estuvo por articular. No importaba lo mucho que confiara en Juto, la realidad que la envolvía solo lo confundiría y, si llegara a escucharlo alguien que no pudiese entenderlo, solo generaría más problemas y eso era lo último que el Clan del Pie necesitaba.
―Mírame ―su rostro volvió a mostrar características de un reptil―. Mostrarle afecto a Saki me llevó a este estado y, si aún lo demuestro, solo me conducirá a mi muerte. Por el bien de mi gente, ahora solo debo considerarlo como el único obstáculo que detiene el futuro glorioso del Clan del Pie.
―No. No es el único.
Karai entrecerró sus párpados hasta que sus pupilas expresaron realización. ―Hattori Tatsu, ¿dónde está en estos momentos?
―Asia occidental. No sabemos cuándo pueda regresar a Japón.
―¿Crees que acceda a este cambio?
―¿Él? ―exclamó con sarcasmo― Por favor. Posee las mismas intenciones que Saki, si no es que peor, y lo último que necesitamos es a otro como él.
Ella meditó por unos momentos. ―Está bien. Haremos esto: los Pies Élite permanecerán en Japón y, cuando Tatsu regrese, se hacen cargo de él, ¿está bien?
Juto asintió.
―Llevaré a la joven Élite a América.
―Con todo respeto…, no creo que quieras llevar contigo a unos niños. Aún no están listos.
―Por lo que vi, ya poseen las habilidades suficientes. ¿Te preocupa la seguridad de tu chico? ¡Estará bien!
―Maji no es mi chico.
Como si de una mala broma se tratase, el shōji volvió a recorrerse y el anteriormente nombrado emergió del dojo y cerró las puertas detrás de él. ―¡Karai!
―¡Maji! ―Juto se apresuró en reprenderlo― ¡Dirígete a tu líder con mayor…!
Karai colocó una mano en el hombro del líder de la Élite y lo silenció, antes de girarse hacia el joven. ―¿Qué ocurre, Maji?
El chico miró de reojo a Juto con una expresión burlona, ganándose la mirada irritada del mayor. Maji se detuvo enfrente de Karai y realizó una pequeña reverencia.
―Karai-chō. Ayer, la joven Élite y yo, después del entrenamiento…, uh, fuimos al bosque que está unos kilómetros al este.
―Sabes a la perfección que eso está fuera de los límites del Clan. ―Juto le recordó, pues esa zona estaba resguardada por el gobierno nacional.
―¡Lo sé, lo sé! No planeábamos alejarnos tanto, pero, entonces, nos dimos cuenta de que no había vigilancia alguna, así que nos adentramos más y más, hasta que llegamos a un extraño prado que, se supone, no debía estar ahí porque es "zona protegida" y…
―Solo llega a tu punto. ―dijo Karai.
―¡Hai! Llegamos al prado y vimos un patrón que, al principio, creímos que era del Clan del Pie, pero no. Además de que era fuera del territorio, el rastro no era nuestro, sino…, de otro clan.
―¿¡Qué!? ―Juto y Karai exclamaron al mismo tiempo.
―¿Estás seguro? ―inquirió la fémina, a lo que Maji asintió con energía.
―Eso pasó ayer, ¿dices? ―cuestionó Juto, pero el menor no respondió― ¿Por qué no lo hablaste conmigo o alguien más de la Élite?
―Lo iba a hacer, ¡en serio! Pero se me olvidó ayer, lo recordé hoy y Karai-chō llegó, así que me pareció más importante decírselo a ella que a ti…, eh. ¿Lo siento?
La mutante ignoró la expresión ofendida de Juto. ―¿Estás completamente seguro de que no era el rastro del Pie?
―¡Muy seguro! Los patrones no coincidían con nuestro modo de ataque y… ¡ah! La corteza de varios árboles estaba rasgada y nos dimos cuenta de que los cortes no fueron hechos por ninguna de nuestras armas. Eso y que la vigilancia de repente desapareció.
»Estoy totalmente seguro de que se trata del surgimiento de un nuevo clan que ya se apropió del antiguo territorio del Clan Hamato.
Mientras Juto reprendió a su "no-chico" con la mirada, Karai permaneció pensante. No le resultó creíble que, en pleno siglo veintiuno, un clan comenzara a construirse, puesto que carecerían de la sabiduría que solo las generaciones pasadas poseyeron. No obstante, si esos extraños ya se apropiaron del antiguo territorio de un clan olvidado, tal vez su surgimiento era en serio.
―Está bien ―respondió por fin y atrajo la atención de ambos―. Ya que fue descubrimiento de la joven Élite, Juto, acompaña a los cuatro y que te guíen al lugar. Investiguen todo lo que puedan y, si resulta ser otro clan además del Pie, no averigüen si son hostiles o no; infórmenme de inmediato. Me encontrarán en el Panteón.
Juto realizó una reverencia. Por su parte, Maji permaneció con una expresión asustada.
―¿E-el Panteón? Cuando nos vean, no sé… ¿no querrán tomar venganza por todos estos años de esclavismo y obligarnos a cometer seppuku?
―Si muestran el debido respeto que debieron mostrar todos estos años, no habrá problema alguno-
Maji asintió y también realizó una reverencia.
―Entre más rápido descubran al o a los dueños de ese rastro, mejor. Si es posible, espero una respuesta esta noche.
El par de varones se irguió y asintió simultáneamente. Karai respondió con un ligero movimiento de su cabeza. Acto seguido, ambos lados dieron media vuelta para dirigirse a sus respectivos destinos.
Antes de adentrarse al sendero de árboles por el que llegó a la sede, ella escuchó el grito de Juto que reunía a toda la joven Élite para iniciar de inmediato con la primera tarea de su ciclo: descubrir la identidad del "nuevo" clan ninja.
Y continuamos con la introducción de más Semi-OC's: Juto pertenece al Tribunal Ninja del Universo 2003, y Maji es el padre de Oroku Saki en el Universo IDW. En esta historia, ambos serán soldados de la Élite (misma que también decidí incluir), solo que Maji aún está en entrenamiento.
Espero verlos en la siguiente parte de este artículo. Bye-bye.
