A diferencia de las películas, donde la intención de un beso es interrumpida por alguien más, o donde las miradas y el momento romántico pasan mientras los protagonistas se alejan apenados, en esta ocasión, el momento romántico se mantuvo intacto, permaneció latente pese a los carraspeos insistentes de Martín Blanco, cuyo bigote de morsa parecía cobrar vida propia al vociferar éste una serie de amenazas en voz baja. Amenazas que por fortuna, solo escuchaban él y Tereso Campo Grande.

El toque de Guillermo en el rubio cabello femenino, la suave y aparente inocente caricia, le erizó la piel de los brazos a la jovencita, la transportó a un estado de ensoñación y pasión pura al encender en ella una cálida e intensa sensación placentera en el interior de su cuerpo. Ni que decir del joven hombre que contuvo el aire en sus pulmones y entre abrió sus labios, enajenado en la contemplación de otros que moría por besar.

Y de repente para Guillermo, todo se volvió tan claro. El antiguo recuerdo de aquella chiquilla bonita golpeó su memoria con la nitidez y frescura de solo unos días transcurridos.

===Retrospección===

-¿Y si me regalas un caballito blanco?, así como mi apedillo... Porque me apedillo Blanco, soy Candy Blanco.

Guillermo recordó con una ligera sonrisa ese preciso momento, la vocecilla infantil y la carita de súplica se combinaron en un recuerdo latente, poderoso. Así como también recordó la fuerte carcajada que esa mañana le provocó aquella chiquilla.

-Se dice apellido, y no Candy, no puedo regalarte un caballo porque eres demasiado pequeña. -Como si el chamaco hubiese sido muy grande, si apenas alcanzaba los nueve años, -Tal vez un pony estaría bien para ti... -Añadió con el tono de suficiencia de un niño pequeño que se cree mucho mayor.

-¡Entonces, puedes regalarme un pony, ándale Alberto!... -Sugirió feliz la hermosa rubiecita pecosa mirando fijamente a Guillermo y entrelazando emocionada sus manitas.

-Lo haría con mucho gusto pequeñita...

Los ojos verdes de la preciosa miniatura con bucles dorados se abrieron como dos gigantes luceros, por el asombro.

-...Pero en esta hacienda no tenemos ponys...

-Antonio, dale la mano y por nada del mundo la sueltes, cuídala bien ¿entiendes? Voy a correr un poco. ¡Que no se acerque al caballo!... -Ordenó el mayor de los niños al otro de apenas siete que asintió y tomó de la mano a la niña, con la calidez de un hermano mayor. La niña se quedó clavada en el mismo sitio, con su expresión de tristeza en sus tiernos ojos, mientras el rubiecillo se subía al pura sangre de su padre para ir a galopar.

Los enormes ojos verdes de la pequeña continuaron sin perderlo de vista. Él por su parte, recordó haber puesto toda su atención en el bellísimo animal que montaba y tomando las riendas lo azuzó hasta alejarse lo suficiente. Entonces y sólo hasta que estuvo bien lejos, se volvió hacia atrás y alcanzó a distinguir el par de pequeños regresando a la cocina, donde la tía Eloísa parecía inclinarse para limpiar con algo las mejillas chorreadas de dulce, de la niña.

Si, en ese entonces para Memo, Candy no era más que una bonita y pequeña chiquitilla latosa, a decir verdad bastante empalagosa. Algo más parecida a un pariente lejano, pero no más lejana que los molestos críos de la tía Sara. Tan equivocado había estado. Ahora no podía dejar de pensar en ella como la fabulosa mujer en que se había convertido, así como no podía tampoco, acabar con esa sensación molesta de haberse olvidado de ella por completo, como si una laguna mental le hubiese escondido todas aquellas memorias. ¿Que carambas le había sucedido? ¿Por qué razón todos los recuerdos llegaban a él en cascada? abrumándolo, dejando en su corazón un desasosiego, la angustia de sentir que algo muy malo había ocurrido con él para haberle hecho olvidar momentos tan importantes.

Fue así que la carita de decepción del pasado ensombreció la sonrisa en el rostro del Guillermo adulto al volver al tiempo presente. Era curioso y por demás extraño como se le estaban revelando los recuerdos; parecían haber pasado apenas un par de días después de todo aquello. La calidez y cuidados que había tenido con Candy años atrás, se habían convertido en algo muy distinto al ser adultos; lo mismo sucedió con Antonio, lo que provocó un tirón en el estómago de Memo al percatarse que desde entonces fue un tonto al encomendar a su sobrino la protección de Candy.

Sin dejar a un lado las sorprendentes revelaciones de su pasado, y haciendo una nota mental de seguir trabajando en sus recuerdos pues de pronto sentía como si estuviese abriendo un montón de cajones con archivos y fotografías que creía olvidados; siguió deleitándose con la cercanía de la preciosa compañía en el tiempo presente.

Todavía hormigueaba en sus dedos el suave toque de los rubios rizos, cuando ella tomó su mano y ese gesto acabó por fin con los intrincados pensamientos del joven hombre.

-Te has quedado muy pensativo, ¿estás bien Alberto? -preguntó con voz suave y casi temblorosa la hermosa rubia.

-Si princesa, todo está muy bien. -Respondió el otro con voz clara y grave. Sintiendo que las piernas apenas podían sostenerle por la emoción de tomar las manos de ella.

Y no se soltaron en un buen rato, como si el mundo se detuviese un momento, saboreando cada segundo. Como si fuera tan natural y acostumbrado para ambos ese gesto. La cálida e increíble sensación del roce de los dedos y las palmas, produjo en ambos un delicioso estremecimiento. Como si el solo hecho de tocarse las manos y juguetear con los dedos y entrelazarlos implicase un contacto mucho más íntimo. Las respiraciones se aceleraron un poco, los corazones palpitaron con fuerza en cada pecho. Miradas verde y azul se encontraron de nuevo y se perdieron más y más segundos en ellos.

Tereso hacía de todo para distraer al veterinario que resoplaba como los mismos caballos en el establo. No ponía el galeno de animales atención a lo que hacía, miraba más en dirección a su sobrina que a los equinos y a punto estuvo de recibir tremendo patadón por parte de Naran a quien ya había hecho enfadar.

-¡Te he pedido mi maletín mija! ¡despierta! -Elevó el tono Martín Blanco, ya molesto con el coqueteo descarado de los muchachos.

-Le sugiero que no haga enojar a este animal, es muy noble, pero se está inquietando. -Tereso recomendó gentil al celoso tío, al tiempo que sonreía a la distancia, con los brazos cruzados y negando con la cabeza pues ni su amigo ni Candy parecían reaccionar al mundo que les rodeaba. Martín continuaba mirando en dirección a la pareja.

-Eso mi estimado, debiera sugerirlo a su amigo. Soy muy noble aunque no tan bruto como para no darme cuenta de lo que pasa...

Y Memo, mas sonriente y complaciente que de costumbre corrió a la entrada del establo para tomar lo que el molesto veterinario exigía. Se detuvo un momento frente a Martín Blanco y pudo notar la mirada de severa advertencia que dedica un auténtico suegro. Sobre todo cuando el bigotón se atrevió a casi arrebatar el maletín de sus manos.

-Tengo que aplicarle una inyección a esta bestia... -Comentó bastante serio el veterinario tras tomar el maletín con sus enseres.

Pero Guillermo no se intimidó, por el contrario, devolvió el tono gélido de su mirada al hombre mayor, una mirada que el veterinario había casi olvidado y que de pronto recordó en la seriedad de los idénticos ojos del padre de Guillermo.

Esto no podía ser resultado de su imaginación, Martín Blanco estaba enojado por la carita risueña que a la distancia no dejaba de observarlos. Flotaba una emoción palpable en el aire, una sonrisa tonta que no podía disimularse por parte de ambos. Ella... Seguramente sentía lo mismo que él estaba sintiendo, ¡por supuesto que así era!. Y él, juraba por Naran, su potrillo y los verdes jardines recién plantados de la hacienda, que sería capaz de soportar cualquier berrinche y celos de Martín Blanco con tal de no incomodar a Candy.

Tereso miró fijamente al médico, divertido por la expresión del regordete hombrecillo y más aún, sorprendido por la reacción tranquila de su mejor amigo que, ruborizado, regresaba aprisa con la rubia jovencita.

-Su sobrina no es una niña, -habló Tereso una vez que Memo se hubo alejado. -Con todo respeto, su sobrina ya es una mujer. -Para sus adentros y sin jamás llegar a externarlo, Tereso pensó: "¡y qué exquisita mujer!"... -Le aseguro que mi amigo es un buen hombre y usted lo sabe... venga, acompáñeme. Creo que es mejor dejar tranquilos a todos en este lugar.

Y se llevó Terry al bigotón, quien esta vez evitó mirar a su sobrina y al hacendado más para no molestarse a si mismo, que para molestarlos a ellos. Ellos por cierto ni se inmutaron ante la presencia del tío, como cuando pasa el transparente viento que agita las hojas de los árboles y el cabello de los cuerpos.

-¿Me vi muy metiche oiga? -Cuestionó el señor cuando ya estaban fuera de los establos.

-Nomás tantito... -Respondió Tereso con una carcajada sincera. -Déjelos, acuérdese que desde niños son amigos. No tiene de qué preocuparse, mucho menos hacer tremendo coraje.

-¡No que vaaa! nomás me apura que ya no son niños oiga y no hago muina; pero usté sabe que es lo que se dice del patroncito, y aunque le agradezco el trabajo que me da, me preocupo, porque yo quiero mucho a mi muchacha, como si de mi propia hija se tratara. Como mi Estela... -Suspiró el viejo. -Aunque esa es otra historia y usté no se la sabe. ¡Ay canijo! no quiero que me la alboroten y me la lastimen pues...

-Puedo hablar por mi amigo, don Martín. Porque conozco a ese sujeto como si fuera mi propio hermano. Le aseguro que las intenciones de Memo son las mejores con su sobrina. Lo demás son chismes, usted sabe cómo es la gente.

El veterinario pareció quedar conforme con la charla y aunque no muy convencido fue a meterse a la cocina de Dorita para hacer tiempo y olvidarse del mal rato.

Lo demás transcurrió muy rápido. Guillermo corrió a bañarse y a quitarse de encima el aroma a taco y a establo, dejando muy a su pesar a Candy con Tereso. Se arregló tan pronto como pudo, escuchando siempre a lo lejos las carcajadas de su mejor amigo mezclándose con la preciosa risa de ella que comenzaba a memorizar. Se preguntaba, ¿de qué estarían hablando? ¿cómo se le había ocurrido esta vez dejar a Candy en compañía del vampiro de Tereso?

Pero tuvo que hacerse de un buen autocontrol, Terry había cambiado, estaba seguro de ello, aún así se apresuraba en su arreglo. Aplicó en su rostro esa agua de colonia que ardía como la lumbre después de afeitarse. Roció sobre su pecho su perfume y se observó en el espejo. Sus vaqueros, su camisa a cuadros, sus botas de piel y su cabello libre, sin sombrero, pues todavía estaba húmedo. Salió de su habitación cuando el doctor Martín Blanco ya se despedía de Eloísa Andrade y amable rechazaba la invitación a quedarse aunque una comitiva de Andrades los hubiesen acompañado hasta la entrada.

-Esta fiesta es de la muchachada, gracias, pero nos esperan en Luna Escondida. ¡Vámonos mija! dé las gracias y despídase.

Parecía llevar tanta prisa, mirando a todas partes, nervioso.

Candelaria por su parte, miraba también a la distancia esperando que se apareciera Alberto. Pero nada que llegaba, empezaba a temer que debería marcharse para evitar a su tío un disgusto.

-Bueno Martín, -respondió con una sonrisa serena la refinada tía de Guillermo. -Usted puede irse a donde ya lo esperan, pero Candy aquí se queda, es invitada nuestra. Ella es joven y usted lo ha dicho, esta fiesta es ideal para ella.

-Pe... pe... pero...

-No se aceptan peros, mi buen amigo. Domitila Tejeda es una mujer de cháchara aburrida y eterna. No deseamos que Candy se duerma o se la pase aburrida, -agregó la amable mujer mientras rodeaba con su mano el brazo de Candy a modo de retenerla a su lado. -Más tarde yo misma se la entrego en la puerta de su casa. -Eloísa era una mujer astuta, de reojo observó los ojos tristes de su sobrino porque se llevaban a Candy. Si estaba en sus manos haría lo que fuera porque la paz regresara a su casa. Tal vez, si Candy acompañaba a Antonio el resto de la tarde, la tensión entre sus sobrinos disminuiría. Antonio debía olvidar el incidente con el jardín y esa chica sería el pretexto perfecto. No sabía ella lo equivocada que estaba.

La música comenzó al mismo tiempo que se retiró Martín de la hacienda. Llegó la banda empapando con su alegría los jardines y campos de la hacienda. Con sus tamboras, trompetas, platillos y una enorme tuba que resonaba fuerte. Tereso sonrió coqueto a las jovencitas amigas de Guillermo que llegaron a la par de la música, con sus mini vestidos entallados y zapatos de tacón, con sus juveniles y bonitos rostros maquillados, sus impecables alaciados, manicures y perfectos peinados.

Todas ellas saludando sonrientes a Antonio, a Tomás que lucía tan atractivo como los mismísimos Andrade, a Archivaldo que parecía no prestarles ni tantita atención y mas bien las miraba de arriba a abajo criticando mentalmente sus estilos para vestir. Saludaron especialmente a la tía Eloísa, a quien no dejaban de halagar y sonrieron apenas a Sara Lagos y a sus hijos, que ya rondaban por la fiesta, como los parientes incómodos que no son requeridos, pero de todos modos llegan con su habitual cinismo.

Dorotea ayudaba a recibir a "la muchachada" y daba un abrazo fuerte a su Marinita, su amada nieta, al tiempo que le comentaba algo al oído a modo de consejo. Porque la jovencita de inmediato miró hacia Candy, que permanecía de pie junto a Tereso y su antes deslumbrante sonrisa, de a poco se fue perdiendo. No así las sonrisas de aquellas que encantadas miraron de arriba a abajo al espectacular amigo de Tlaxcala por quien se ofrecía la recepción.

La fiesta de bienvenida al fin había comenzado. Guillermo se sentía en una nube igual de pachona que aquella en la que Candy también estaba trepada. Después de atreverse a acariciar su cabello, después de haber entrelazado ambos sus manos, ya nada iba a detenerlo.

Caminó con paso firme hacia donde ella estaba, tan erguido como la estampa de los Andrade era caracterizada. Con el garbo de los grandes hacendados, alto, gallardo, esculpido a mano el tremendo muchacho. Sonriendo y saludando a su paso, estrechando entre sus grandes manos las manillas delicadas de aquellas que iba dejando de lado, las manillas que otros jueves se habían atrevido a acariciarle el rostro, el cabello, la cintura, Manillas que habían quedado en el pasado. Porque su corazón y sus pensamientos, porque su mirada y su sonrisa solo existían de ese día en adelante para la diosa de cabellos dorados que lo miraba fijo, al otro extremo del grupo de gente.

Y entonces, para nadie fue un secreto. Marina bajo sus ojitos tristes, Patricia se ruborizó con intensidad y sus cachetes de durazno delataron su sentir cuando Memo pasó apenas rozando sus dedos en un saludo y mirándola esquivamente.

Ericka, Teresa, Isabel, Giselle y Cecilia se miraron desconcertadas cuando el atentísimo Guillermo de igual forma las saludó sonriendo, pero de inmediato sus hermosos ojos buscaron encontrarse con otros y apenas las miró a ellas. Esta vez, ni un desmayo, ni una caída con fractura de hueso, ni un panal de abejas completo podrían distraerlo de aquella a quien él buscaba... Candelaria Blanco.

-¿Quien la invitó?

-Nunca la había visto.

-Es bonita... Bonita a secas.

-Ay no es bonita, ¿que te pasa? está simpática que es diferente... Más bien está como... equis...

Todas las amigas cariñosas cuchicheaban discretamente mirando con recelo a la invitada especial, que aunque no se había preparado con esmero para ir a una fiesta, sobresalía en belleza, gracia y encanto entre todas ellas.

-¿Y ésa quien es? -Se escuchó un poco más fuerte de lo necesario, la pregunta molesta de Ana flotando en los ruborizados adoquines, quien recién llegaba con sus leggins ajustados y un fino y carísimo blusón tejido, que hacía juego con su atrevido outfit.

Se hizo un silencio incómodo, de esos que nadie se atreve a romper de inmediato. Ana, con su trenza oscura y gruesa, con su exagerado maquillaje y su contoneo al caminar miraba desdeñosa a la rubia pareja, mientras se acercaba a Guillermo para plantarle tremendo beso de saludo en la comisura de los labios.

Se hizo un silencio. A lo lejos se escuchó la risilla burlona de Elisa que no perdía detalle de lo que sucedía, al igual que su celosa madre que hervía de rabia por la escena.

Dorita se decidió a hablar fuerte para romper con el pesado ambiente e invitó en un grito de algarabía a todos los presentes a una mesa grande, con manteles de vivos colores. Se encargó también de que todos los invitados ocuparan su lugar y con la ayuda de Marina, -que prefería mantenerse ocupada a mirar a Guillermo con su nueva amiga, - y otras empleadas del servicio comenzaron a llevar platones con variados y exquisitos bocadillos.

Guillermo Alberto no podía creerlo. ¿Qué se creía Ana? Estaba molesto, pronto tendría que aclarar con ella algunas cosas. No iba a permitir que nadie mirara de esa forma a Candy y mucho menos que se refiriera a ella como la recién llegada había hecho. Pero Candy, posesiva y atrevida como también era, de nueva cuenta entrelazó sus dedos a los de él y el mundo dejó de sentirse bajo los pies del muchacho. Mas tarde, sus manos se soltaron para las debidas presentaciones y la mano libre del joven decidida a no romper el contacto, se mantuvo rozando ligeramente la espalda de su princesa, a modo de atención, de protección. Fue personalmente a presentarla con cada una de sus disgustadas amigas y una vez que concluyó, se sentó a su lado.

La tía Eloísa también había enmudecido. Cayó en la cuenta de los ojos tristes de su Toño en contraste con los brillantes y desbordantes de alegría de su Memo. Menudo lío se cocinaba en su casa. Eso era una bomba de tiempo. Su corazón se contrajo con tristeza al ser consciente del abismo de dolor y resentimiento que se empeñaba en crecer entre dos de sus grandes amores, sus dos muchachos. Pidió a Dios en silencio para que Candy no fuese el motivo de una desgracia familiar.

-No he saludado a tu tía Sara... -Candy miraba hacia otra de las mesas donde se encontraban Sara y sus hijos. -Tal vez deba ir y...

-No. -Guillermo fue tajante. -Esa mujer no es bienvenida en esta fiesta ni en esta hacienda, tampoco lo son sus malcriados hijos, espero que ya tengan hechas las maletas y pronto nos den la buena noticia de que se marchan.

Candy prefirió no preguntar, miró a Guillermo y guardó silencio. Sabía ella que hay situaciones y personas en la familia que es mejor evitar. Ella habría deseado saludarles pero sólo por mera educación, los recuerdos que tenía de ellos no eran nada gratos. Elisa y Daniel, cuando niños, siempre estaban confabulándose para hacer sus maldades. Recordó vagamente pero con desagrado cómo alguna vez la encerraron en un cuarto y mientras Elisa reía burlona y vigilaba la puerta de entrada, Daniel la besaba en la boca a la fuerza. Alberto tenía razón, no eran bienvenidos. Ojalá pronto se fueran de la hacienda.

La música siguió tocando, la abundancia de bebidas y comida llenaban las mesas de los más exquisitos colores, olores y sabores. Tereso había acaparado la atención de algunas de las amigas cariñosas resignadas de Guillermo, a quien parecía no importarle en absoluto, porque la compañía a su lado era la única que él necesitaba.

Por otra parte, Ana y Antonio observaban en silencio cada momento, cada sonrisa y cada mirada que Candy compartía con Guillermo Alberto. El par de corazones se enfurecía de celos y de rabia a cada latido. Lo que había sentido Antonio con el jardín destruido era nada a comparación de lo que estaba sintiendo. Lo que había hecho Ana en el pasado para heredar toda una fortuna, era nada a comparación del negro plan que se estaba fraguando en su maquiavélica mente para quitar del camino a la indeseable intrusa.

-Deja eso Antonio, vas a rebanarte un dedo... -Tomás se encontraba cerca, mirando, cuidando, alerta a las reacciones de su patrón y amigo.

-Todo lo que quiero, todo lo que tengo, siempre me lo quita...

Fue la respuesta que salió de los labios del no menos atractivo jovencito. La mirada fija a la distancia, los dedos jugueteando nerviosos, inquietos con la fina y filosa daga que siempre llevaba consigo.

Tomás miró la escena. Candy y Alberto parecían vivir en un mundo aparte. No despegaban las miradas uno del otro, no dejaban de sonreírse y sus manos se rozaban constantemente, se entrelazaban, buscándose, necesitándose todo el tiempo.

-Amigo, -empezó a hablar Tom, receloso de que Antonio lo callara o le recordara su lugar como el simple empleado que era. -No creo que la intención de Memo, quiero decir, del patrón, sea molestarte... -Tomas se atrevió a opinar teniendo fe en que la amistad que existía entre él y Toño pudiera amortiguar el peso de su opinión.

Pero Antonio pareció encender su mirada como las brasas ardientes que se convierten en llamas de fuego.

-Quiero decir... Que no te está quitando nada, ella... No era tuya. Perdóname amigo, pero lo sabes.

-Pero es que en la serenata... -Antonio guardó silencio. Como si de pronto comprendiese que eso no había significado para ella, lo mismo que para él.

Tomás se limitó a apoyar su mano en el hombro de su amigo, la noche de la serenata, Candy había sido muy clara. Había agradecido el gesto y después de abrazar con cariño a los presentes, tomó de las manos a Antonio y le dijo que siempre sería un gran amigo. "Casi como mi hermano"... Las palabras al fin fueron comprendidas por el jovencito que molesto se levantó de golpe de la silla y se llevó con él el botellón de tequila que se encontraba al centro de la mesa. Tomás siguió a su amigo dispuesto a acompañarlo y a cuidarlo lo que fuese necesario.

La tía Eloísa observaba intranquila además las gesticulaciones de Sara que no perdía de vista a Guillermo. Ese era otro pendiente que le punzaba en la cabeza y le provocaba "retortijon de tripas". -Debe irse ya, -pensó la cansada tía y entre cada pensamiento y cada angustia, elevaba al cielo una oración. -"Que nada malo suceda"... -Rezaba para sus adentros. Decidió retirarse pues comenzaba a sentir una ligera jaqueca. Los pensamientos de lo que pudiera estar ocurriendo, esos trotes de música banda, fiesta, carne asada, cervezas, tequila y "muchachada", eran demasiado, para ella.

La música siguió sonando buena parte de la tarde, los rizos dorados brillaban bajo el sol del ocaso y volaban y rebotaban con los hábiles movimientos del hombretón fuerte y ágil que hacía girar a la chica entre sus brazos al ritmo de "Cahuates, Pistaches". Las amigas se abanicaban los sonrosados y decepcionados rostros por el calor y por la envidia de ver a Candy gozando de la completa atención y encanto del más precioso de los Andrade. ¿Cuántas veces se habían imaginado ellas en el lugar que ocupaba ahora la rubia? ¿Cúantas veces había soñado cada una de ellas con ser la florecilla alrededor de la cual revoloteara el precioso colibrí llamado Guillermo Alberto para ofrecerle su néctar? Y ahora todo se esfumaba, en cada sonrisa, en cada pirueta y cada vuelta. En cada apretón de cintura y esos odiosos brazos de ella aferrándose al amado cuello de él en todas las canciones.

Guillermo no había considerado que después de tanto ajetreo volvería a sudar como en el establo. Pero no podía arrepentirse ahora, durante el baile encontró en los ojos de su princesa la auténtica devoción que sólo logra crear la más pura de las pasiones, la enorme ilusión y alegría del nacimiento de un gran amor.

No podía pedirle más a la vida.

Pero la vida estaba dispuesta a darle mucho más.

De pronto, un viento fresco hizo bailar los rizos de su musa, aunque la música se volvió más calmada. La banda bajó el ritmo y comenzó a tocar una canción romántica, "El color de tus ojos" esa canción especial que solo se puede bailar abrazados. Tereso Campo Grande había hecho lo suyo, se alejó de la banda y sonrió a su mejor amigo guiñándole el ojo.

Y sucedió.

Candy acercó un poco más su cuerpo cálido y delgado, al pecho fuerte, varonil y algo sudoroso de Guillermo. El contacto fue impactante. Él sintió los suaves montes estrecharse contra la tela de su camisa. Los brazos de ella rodearon su cintura con necesidad, sus manos cálidas y suaves comenzaron a acariciar en un rítmico vaivén la ancha espalda, su cabeza y su cabello con su tenue olor a chocolate se apoyó sobre su pecho y Guillermo casi gimió de alegría y deseo. Su corazón latió desbocado y por un momento se avergonzó de que ella pudiera escuchar algo más que los suspiros que de cuando en cuando, inevitablemente brotaban de su pecho.

Pero pronto sus pies comenzaron a guiar a su pareja, sus fosas nasales se llenaron con el aire perfumado por el cabello de su Diosa, las fuertes manos, decididas aunque algo temblorosas, aceptaron la propuesta y se aferraron a la breve cintura, pegando todavía más el cuerpo de ella a su cuerpo. Sus brazos la rodearon, protegiéndola, cubriéndola. Sus ojos se cerraron, para grabar ese momento para siempre; para evitar las molestas y curiosas miradas, para evitar cualquier distracción pues solo quería sentirla, a ella.

Despacio se inclinó hacia Candy, buscando encontrar sus ojos, su boca. Sintió un poderoso estremecimiento en todo el cuerpo cuando rozó con su nariz la mejilla de ella, casi dejó de respirar cuando sintió la respiración de ella buscando mezclarse con la suya. Casi le fallaron las piernas cuando los labios de ella rozaron lentamente, dulcemente los suyos.

Y entonces sin pensarlo más, levantó a la rubia en un abrazo provocando que las botas de ella dejaran de tocar el suelo. Provocando que las respiraciones de los invitados se detuvieran un momento, también, que algunos corazones ilusos terminaran de romperse. Porque los brazos delgados rodearon el cuello y los brazos fuertes sostuvieron amorosos el ligero peso. Porque las bocas no pudieron resistirse más y se entregaron a un exquisito y casi eterno beso.

La canción terminó, el momento romántico se desvaneció y dio paso a la realidad. Guillermo y Candelaria se separaron despacito, todavía saboreando extasiados el sabor de sus labios. Como embriagados por el placer abrumador que se habían atrevido a probar, ahí delante de todos.

Incluso delante de la chica que acababa de llegar a la fiesta mencionando que había llegado desde Luna Escondida.

Y entonces sí, igualito que en las películas con en el peor de los clichés, justo como en esas películas terriblemente predecibles, la fiesta, el baile y el precioso instante, fueron interrumpidos por alguien más. Memo alcanzó a escuchar esa voz conocida e inconfundible para él...

-Sí, soy la sobrina de Domitila Tejeda, mi nombre es Karen, -la joven miró intensamente a la pareja, -soy una vieja amiga de Guillermo...

.

.

CONTINUARÁ...

.

.

Hola a las lectoras que sigan por ahí esperando a que se me ocurra publicar algo. Pues me di un tiempecito y he estado avanzándole a esta historia y les cuento que ya tengo el capítulo que sigue pero le falta edición y correcciones. Por eso no me animé a publicarlo junto con éste.

Pronto estaré de vacaciones así que si Dios me lo permite trataré de terminar los fics que tengo pendientes. Por ahí tengo algunas ideas interesantes, sólo que esta vez no me atreveré ya a publicar sin tener escrito todo hasta el final.

Esta vez no dejaré el glosario de términos y palabras extraños. Me tardaría mucho y ya tengo pendientes de casa y trabajo en espera. Si no entienden alguna palabra me dicen y les platico después que quise decir. Las lectoras mexicanas van a entenderlo todo! jejeje.

Una disculpa por tardar tanto, la vida así se me va, entre turnos rolados, hospital, covid, regreso a clases, pagos, comidas, quehaceres y me escapé al fin con toda la intención para darme este espacio y tiempo para hacer lo que amo. Que es imaginar y escribir.

Les envío un saludo enorme y un abrazo virtual más enorme. Gracias!