—¡Protejan las puertas!

Los severos gritos demandantes no permitían a nadie bajar su arma. No, nadie ahí cedería, mucho menos ante los amenazantes golpes chirriantes contra el metal.

—¡Que nadie entre! ¡Usen sus armas!

Las palabras no fueron explícitas, pero todos allí sabían la orden: matar si es necesario, hasta podían ser recompensados por hacerlo. Sin embargo, tendrían que convivir con la sangre manchando sus manos. Sangre humana.

Maldito sea el día que los inventores dejaron que su causa se corrompa.

—¡No se dejen vencer por esos bárbaros!

Mei lo había asegurado: Los inventores no están hechos para la violencia. Keigo lo sabía con certeza. Los que estaban amontonados en la entrada de la Iglesia no eran inventores. Esos eran rostros enfurecidos que bramaban con sus demacrados semblantes, esos eran escuálidos cuerpos que vestían harapos y se sostenían de cualquier palo para intentar derribar las rejas. Ellos eran los desamparados.

Pero entre ellos estaban los aprovechadores camuflados, que incitaban a la vorágine harta de suplicar en el suelo a alzarse. Keigo los había visto, había distinguido la sonrisa del vándalo que había apuñalado a un cazador. Lo vio retirarse y refugiarse en la confusión, escondiendo su arma ensangrentada.

Esa fue una oportunidad que la Iglesia no dejó escapar.

—¡Basuras traidores! ¡Juraron protegernos!

—Cada día se mueren las personas, nuestros hijos pasan hambre y aun así tenemos que mantenerlos... ¡¿Qué han hecho hasta ahora?! ¡¿Por qué nos dan la espalda?!

—Mi madre está enferma, la Iglesia puede ayudarnos, ¿verdad? Solo pedimos que la atiendan, solo a ella... por favor, ¡salvenla!

Llantos y ruegos se derrochaban, una procesión de lamentos iracundos estaba estancada entre los barrotes. Consumidos en sus emociones desesperadas maldecían y pedían auxilio a las mismas personas.

¿Nosotros también? ¿Nosotros también fuimos así?

—Manténganse firmes, cuiden a sus compañeros o serán asesinados por esos bárbaros...

Las palabras que albergaban ira eran lanzadas por los mismos cazadores, aquellos que habían prometido velar por la ciudad y sus habitantes, a los que atacaban ahora. Algunos socorrían a sus compañeros más cercanos, otros resultaron heridos y tuvieron que retirarse para revisarles el daño. Los demás pegaban sus pies a la tierra y apretaban los dientes mientras alzaban sus viejas alabardas corroídas, advirtiendo con arremeter a la enardecida multitud.

Era un desastre. Los inventores deberían estar hasta el último sin percatarse del verdadero terror que se desataba al frente, ¿Mei se encontraba bien? Era incapaz de confirmarlo, pero esperaba que así fuera.

—¡Lo mató! ¡Lo mató!

—¡Apártense! Saquen al chico de ahí...

Keigo, apúrate.

Las personas empujaban removiéndose por todos los lados, apenas consiguiendo respirar entre el aprieto y la tensión.

¿Otro más? ¿Quién es?

Adelante los cazadores se habrían camino, uno llevaba el cuerpo de un chico cargado en brazos. No pudo ver su rostro, su cabeza se escondía pegándose a su pecho; apenas distinguiendo su cabello negro.

—¡Tokoyami, resiste un poco más! —gritó alguien más al salir corriendo al lado del herido. Ese era Deku, y ese chico... él debería ser su amigo.

¡Keigo!

El susurro de ella fue su última advertencia, si no se movía ahora más vidas seguirán perdiéndose en vano. Así que Keigo se tragó sus emociones y disfrazó su semblante.

Endurecer el corazón era una práctica que se aprendía en el campo de batalla, una práctica que Keigo se ha visto obligado a usar una y otra vez, y ahora debe volver a ella, sin ningún orgullo en su rostro.

Maldito sea el día que los inventores dejaron que su causa se corrompa, aunque haya tenido que ser un sacrificio inevitable.

Sin embargo, la situación iba resultando como lo había previsto: un trágico desenlace que aún cuando solo estaba en su cabeza ya le había causado angustia a su corazón.

Esta también era su oportunidad.

De la maraña se escabulló, sin temer llamar la atención de sus compañeros, estos ya estaban atrapados por la intensidad de sus temores y el miedo, ellos solo se repetían en sus cabezas: «sobrevivir» No existía algo más para ellos.

Los religiosos estaban desaparecidos, habiendo dejado solo a unos cuantos ingenuos que creían podrían mandar a los cazadores. Los verdaderos ancianos se habían corrido a esconderse detrás de sus altas sillas, creyendo que todo terminaría sin consecuencias hacia ellos.

Si Dios existe que sea juez justo y castigue a sus más devotos.

Las puertas de la Iglesia estaban cerradas, por supuesto que lo estarían. La única entrada que quedaba era la posterior, en donde tuvieron que escuchar el falso discurso de aliento de hace unos días.

Keigo corrió rodeando el edificio hasta llegar a las viejas puertas. Las empujó apurado, entrando a zancadas por el reducido pasillo sin decoraciones, sin luz. El interior albergaba frío, congelaba hasta su corazón que había palpitaba inquieto hasta el momento. Mas los escalofríos no le detuvieron, ni los nervios que lo carcomían al acercarse al gran salón.

Había escuchado —a escondidas— a unos religiosos mencionar que las pocas puertas en ese pasillo solo guiaban a las tumbas de los antiguos ancestros, pequeños cuartos donde solo permitían sus ataúdes, pues ellos no deberían ser molestados con problemas terrenales cuando su alma ya descansa junto al Señor.

No hubiese venido mal revisar ese lugar también, sin embargo, las puertas que conducían a esos escalofriantes cuartos estaban llenas de cerrojos que nunca se abrían. Podía ser incluso más difícil ver esas tumbas que toda la información que manejaba la Iglesia en la segunda área.

En su camino al gran salón, su único obstáculo fueron un par de puertas, esas eran las que daban paso al salón. Keigo regresó a su control para no tirar de ellas. Aunque al entrar al nuevo ambiente no hubo nadie para reclamarle su presencia ahí.

Apenas un vistazo dio al lugar acelerando hacia a las escaleras. El tumulto de allá afuera llegaba a traspasar esas gruesas paredes, privando del silencio sepulcral que siempre envolvía al salón. Se saltó algunos escalones impaciente, sería terrible desperdiciar un segundo más.

Arriba todo estaba intacto, ahí no sucedía nada, no llegaba nada. Keigo recorrió las puertas sin detenerse a revisarlas, hasta que llegó a una, una que había llamado su atención días atrás. Su primer objetivo.

Se detuvo frente al cuarto de donde había visto salir a Mera hace días. No había nadie ahí para detenerlo, podía patear y tumbar la puerta si era necesario, podía golpearla hasta el cansancio. Pero nada de eso era necesario. No había necesidad de gastar sus fuerzas cuando ya tiene resuelto sus problemas.

Y eso siempre parece dificultar más las cosas.

Bastaba un simple empujón pues la puerta ya estaba entreabierta. Los nerviosos dedos de Keigo se posaron en la madera, los presionó, solo un poco; mientras tragaba saliva sin evitar pensar en el peor de los casos.

Cuando la puerta se hizo a un lado lamentó ver que sus ideas se habían vuelto realidad: El cuarto había sido saqueado. Pocos papeles arrugados quedaban regados por el suelo; en algunas partes habían montones de trozos rasgados imposibles de investigar en ese momento. Desconcertado Keigo entró al cuarto, uniéndose al desorden que le daba más razón a sus suposiciones. ¿Pero de qué servía saberlo ya?, a pesar de haber tenido razón estaba tarde.

Bajo sus pies, caminaba sobre las tiras que alguna vez debieron guardar información importante, y que ahora solo eran restos irreconocibles. No se reparó en revisarlos. Las hojas arrugadas apenas contenían algo escrito, o solo eran papeles en blanco. Eran basura.

Buscó los estantes, movió su cabeza por todos lados pero... vacíos, todos vacíos. Fue hacia el escritorio y forcejeó botando los cajones al suelo en su rabia. Nada, nada ahí tampoco... ¡Todo era inútil!, gruñó impotente.

Sus bufidos al recorrer el cuarto delataban su ferviente emoción, ¿y eso qué importa ya?, no hay nadie aquí para ver tal vulnerable estado. Todos esos viejos seniles se habían ido a refugiarse, asegurándose de llevarse sus secretos hasta la tumba. Habían vuelto a demostrar que solo importaban ellos, pues hasta a los cazadores, a los que pidieron ayuda, habían abandonado.

Keigo solo deseaba ir con ellos y obligarlos a escupir la verdad, zarandearlos hasta que le muestren la información que ellos encubrieron tantos años. Podía ir a punta de arma y causarles el susto de su vida. Él podía. Pero era imposible, y tampoco era la manera.

Estaba perdiendo el tiempo ahí dejándose llevar por la frustración que nada le traía a su beneficio. Aún había otros cuartos que debía revisar, con suerte esos viejos no fueron capaces de llevarse todo. Debía continuar, ya habría tiempo después para desquitar su enojo. Tan rápido aplacó sus inestables emociones que ver a ese cuarto ya no le producía más que indiferencia.

Apresurándose a salir rodeó el escritorio, yendo hacia la puerta. Entonces, solo estando unos pasos delante del mueble lo vio. Tan solo una vaga imagen al girar su cabeza. Pero se detuvo. Regresó su vista y retrocedió. No era en el escritorio, era debajo suyo, aplastado por uno de los cajones que había tirado. Se agachó de inmediato, haciendo a un lado el estorbo, y lo recogió.

Un viejo cuadernillo con la cubierta mohosa y desteñida. "Oguro Iwago" se llegaba a leer apenas. Lo abrió de inmediato dándole una ojeada a las páginas amarillentas, varias ya rasgadas y con pequeños huecos. Al final del cuadernillo solo había los rasgones de varias hojas que fueron arrancadas. Sus hojas todas llenas de manchas de tinta grotescas, pero llenas también de textos a su alcance, e imposible de leer. Keigo no comprendía el idioma que estaba escrito ahí, algunas palabras las conocía pero intentar hilar las oraciones era inútil, no tenían sentido para él incluso si creía poder leerlas.

Pero sí había algo que podía entender, algo que se repetía con mucha frecuencia en esas hojas y lo conocía más de lo que hubiese querido alguna vez: «vampiros»

No tenía tiempo para descifrar el libro ahí, lo tomó escondiéndolo entre los pliegues de su abrigo, palpando sobre su pecho para asegurarse que no caería. Keigo se irguió y salió del cuarto. Juntó la puerta y empezó a caminar para encontrar el siguiente cuarto abierto.

No dio muchos pasos.

—¡¿Por qué sigues entrometiéndote en nuestros asuntos?!

Un grito áspero lo detuvo en seco.

A unos pasos detrás suyo podía escuchar la pesada respiración irregular de la persona, del hombre que lo había vuelto a atrapar. Keigo respiró profundo antes de voltearse a encararlo.

La desesperación se había adueñado de su rostro, Mera se mostraba en una de sus peores presentaciones, toda la calma y el sosiego lo habían abandonado. Greñas grises caían en su rostro y el pulcro uniforme lo llevaba mal puesto.

—Acompáñeme, no es seguro que se quede aquí. Ellos pueden entrar en cualquier momento. —Keigo cambió su semblante, volviendo su voz gruesa y su porte estoico.

—¡Falacias! —bramó el hombre exaltado.

—Necesito que mantenga la calma, Mera, los estamos buscando a todos para llevarlos a un refugio antes de que sea demasiado tarde.

Keigo siempre supo que un día sería descubierto, y no creía en un mejor momento que este. Veía los ojos del hombre abrirse incrédulos ante sus palabras. No era capaz de pensar, al menos con todos sus sentidos. Estaba en un estado tan vulnerable, tan caótico para medir sus acciones con certeza.

Era también el momento más riesgoso.

Caminó despacio, acercándose a él con las manos a la vista, esperando no alterarlo más. Aun así, Mera seguía retrocediendo con cada paso que él avanzaba.

—¡No, mientes!, solo sabes mentir. Te he pasado muchas cosas por alto pero sigues entrometiéndote, Keigo.

Mera retrocedió a tropezones, llevando su mano detrás suyo. Keigo dejó su actuación y corrió a atraparlo, antes de que las cosas empeorarán. No pudo agarrarlo a tiempo. Mera lo detuvo apuntándole con el cuchillo que había tenido escondido.

—Sigues y sigues buscando tu muerte, ¿cuántas veces ya? ¿Qué buscas saber? —retó con una macabra sonrisa de altanería, balanceando inexperto el cuchillo en mano.

—Solo trato de arreglar el desastre que no quieren reparar ustedes —admite al fin con una voz sombría, sin apartar su vista del arma que apunta a su cuello.

—Reparar qué, ¡¿eh?! Vienes creyéndote un héroe y ¿para qué? ¡No sabes nada! —escupió enfurecido, apretando los dientes hasta hacerlos rechinar.

—Cálmate primero, Mera, puedes lastimarte con eso.

Nononono, no trates de amenazarme, muéstrame algo de respeto que estoy salvándote de tu muerte aquí.

—Hablo en serio, Mera, suelta eso —advierte encarando al trastornado hombre.

—¡Cállate! ¿Qué puedes hacerme? Llevo aquí casi toda mi vida viéndolos a ustedes sucios bastardos despotricar sobre nosotros, deberían postrarse a nuestros pies y agradecer que viven por nosotros, ¡agradezcan su maldita ignorancia que les permite vivir en paz!

Los bramidos de Mera cesaron de improvisto. Keigo lo vio caer al suelo luego de escuchar un golpe seco.

—¿Lo mataste? —pregunta, acercándose al pobre hombre a quitarle el cuchillo.

—No, idiota, es imposible que sea tan débil —le niega Rumi bajando la culata de su arma.

El alivio vuelve a él, su vida ya no corre peligro, por ahora. Sin embargo, creyó haber podido sacar algo de información de él en tal estado.

—Da igual, es hora de irnos —avisa ella.

—No... aún no, nos falta revisar aquí.

—¡¿Te has vuelto loco?! Él ya te reconoció y pronto vendrán más de ellos.

—Pero aún podemos encontrar más —insiste

Rumi contuvo las ganas de gritarle, renegó en silencio pisando el suelo con fuerza haciendo resonar el taco de su bota. Resignada terminó por obedecer las osadas acciones de Keigo, sin ocultarle su descontento.

Caminaron probando puerta por puerta, revisando con cuidado que no se les escape ninguna oportunidad. Pero no consiguieron el pase libre a ningún cuarto, mucho menos alguna señal para ellos.

—Podemos tumbar las puertas, ¿sabes? —recordó ella.

—No, Mera no vio que llevase algo, prefiero que se quede con la duda a que se convenza que encontré algo —negó de inmediato—. Saldrán a cazarme sin pensarlo si ven que hice un desastre aquí.

—Pero ya lo hiciste.

—Sí, pero aún no lo parece.

Ella suspiró cansada, ya se había rendido en hacer entrar en razón al hombre. Lo había intentado, pese a ayudarle todos esos días, intentó hasta el último momento darle la oportunidad de dejar su alocada idea. Sin embargo, estaba tratando con Keigo, un cabeza hueca con mucha inteligencia que no estaba usando ahora, no del todo.

—¿Y qué encontraste?

—Una especie de diario, te suena el nombre de Iguro Iwago.

Rumi se detuvo a pensarlo por unos segundos, ya habían llegado lejos, al menos debían terminar esto de manera exitosa para que haya valido la pena. Así que se tomó su tiempo para hacer memoria, por si alguna vez escuchó el nombre tal ese. Lo pensó con tanta fuerza que su ceño se fruncía sin percatarse, mas al final negó saber quién rayos era esa persona.

—¿Piensas seguir con el plan? —preguntó, sólo una vez más para estar segura.

—Por supuesto, no es como si pudiese regresar a casa ahora y fingir que nada pasó.

—Oh, claro, nunca puedes pasar mucho tiempo en un mismo lugar —murmuró.

—Sigues molesta, pero...

Keigo no completó sus palabras, en cambio, le señaló con la mano que se detuviera. La charla terminó y lo vio acercarse a la puerta que debían revisar. Rumi podía verlo desde atrás: estaba abierta, había luz dentro. Esperó lista, sosteniendo su arma, pero Keigo no se movía. Intentó ver de reojo, mas no había nada a la vista.

Tocó su hombro buscando que reaccionara y solo así Keigo retomó sus pasos. Su mano trató de empujar la puerta mas fue imposible, algo la trancaba pues ni con Rumi esta se movió. Entonces Keigo acercó su rostro a la abertura, él se quedó observando lo que sea que hubiese ahí.

Rumi estaba por pedir ver también. Hasta que escuchó ruido, lejos de ellos. Pisadas que se acercaban. Estaban subiendo las escaleras.

Sin avisar tomó el brazo de Keigo y lo arrastró, llevándolos hacia el final del pasillo, que ya estaba cerca.

—¿Qué sucede? —preguntó sorprendido él.

Rumi lo mandó a callar al instante.

Las pisadas se hicieron más claras, más ruidosas. Keigo lo comprendió entonces, corriendo con ella se apuró a llegar al final y refugiarse en el punto ciego del cruce.

—... ¡Un desastre!

... Pronto acabará todo...

Las ancianas voces ya se oían, podían distinguir sus palabras. Pero ellos estaban cerca de llegar también. Solo unos pasos más.

Llegaron.

Los gritos aterrados de los ancianos estallaron, habrán de haber encontrado a Mera en el suelo. Ellos no se quedaron para verlos. Corrieron rodeando el pasillo por el otro extremo, rezando para que nadie elija subir por ese camino.

Llegaron a las escaleras, bajaron los escalones antes de ver a los ancianos descender también. En el salón ambos se voltearon y fueron por la puerta posterior, su única salida. Keigo jaló a Rumi, yendo por el oscuro tramo.

No se detuvieron pese a la oscuridad, en realidad se precipitaron y terminaron chocando con las paredes en varias ocasiones, pero no maldijeron con tal de no detenerse hasta lograr salir de ahí.

—Se están tardando... alguien debería ir a ver.

Una voz resonó en el pasillo, Keigo volteó buscando al responsable, mas no encontró a nadie cerca. No estaba alucinando, ni se había vuelto loco por los nervios, lo había escuchado pero no había nadie cerca de ellos.

Entonces volteó al frente, chocando con Rumi quien se había detenido sin avisarle, ella señaló la puerta delante de ellos. La puerta hacia las tumbas, esa puerta que nunca se abría, estaba sin seguros, sin candados ni cadenas. Esa maldita puerta estaba abierta.

Qué malditos... —masculló.

Rumi la cerró de inmediato, sin detenerse a preguntarle. En esos momentos ya no servía de mucho actuar en silencio. Ojalá les haga tardar al menos unos minutos.

Siguieron corriendo, casi sin respirar, casi sin ver. Desesperados buscaron la salida hasta encontrarla. Salieron disparados hacia los vacíos terrenos, permitiéndose un poco de aire, solo un poco pues aún estaban cerca de ser atrapados. No hubo verdadero tiempo para descansar, fueron hasta las rejas y comenzaron a treparlas con las manos desnudas. Estas terminaron rojas por la fuerza que usaron.

Pero sólo entonces estuvieron afuera.

Volvieron a correr, pues no había nada más qué hacer. Sería perjudicial quedarse ahí a esperar ser encontrados, sería darles tiempo para que les alcancen. Así que se obligaban a continuar. Ambos mantenían la respiración apenas, sus cuerpos temblaban fríos y sudorosos; pero el correr podía disimularlo, se concentraban en este en vez de sus corazones desenfrenados. Acababan de probar el miedo latente de ser descubiertos, aún no eran capaces de controlar sus alteradas emociones.

Salieron de la ciudad, habían decidido desde el inicio rodearla, evitar a la gente que aún así podían escuchar desesperadas también corriendo, a refugiarse.

—¿Qué viste en el cuarto? —pregunta de repente ella.

—Había un hombre, muerto en el piso, envuelto en un charco de su sangre, tal vez —contó entre respiraciones—. También había una pequeña escultura, no lo sé, solo leí lo que tenía escrito abajo.

—¿Y qué decía?

—«A nombre de los olvidados sacrificados. Las próximas generaciones hemos de recordar su valentía que no ha de ser aplaudida.»

—No lo entiendo, ¿leíste bien?

—Yo tampoco lo entiendo pero sí, ¡sí leí bien!

Dejaron la conversación ahí, concentrándose en seguir el camino. Ahora más lejos del desastre, las calles que alcanzaban a ver permanecían tranquilas, sin muchas personas a la vista. Aunque algunas veces aparecían pequeños grupos apresurándose a subir por las calles, llevando algún arma en mano.

Ninguno se paró a detenerlos.

En las afueras ellos ya están en el prado, donde el basto pasto que se mece con la fría brisa. El viento ha ganado fuerza. Sin embargo, todo es paz ahí. El solitario prado semeja ser de otro lugar distante, lejos del disturbio, de la desesperación, de la violencia.

Más allá puede ver el caballo que le pidió a Rumi comprar, sus provisiones a un lado esperando por él. Ambos llegan y se ponen a cargar todo en el animal que ya tiene su montura y correas listas. El animal resopla unas cuantas veces al verlos andar a su alrededor, Keigo evita verlo cuanto puede.

Ambos respiran al fin, exhalan todo el aire angustioso que han mantenido en todos esos minutos. Miran a sus manos que siguen temblando, entumecidas.

—Supongo... que no nos veremos en un tiempo —dice Rumi.

—Supones bien.

Su compañera, su amiga no se opuso a su plan a pesar de repetir lo peligroso que era incontables veces. Ella se resignó a aceptar su decisión hace un tiempo, sabiendo que no sería escuchada por alguien tan terco como lo era él. Era un alivio contar con alguien para compartir toda la carga de sus acciones, aún así Rumi no recibiría ningún cargo en su contra si él es inculpado, se encargaría que así fuera como muestra de disculpa por arrastrarla al gran lío que ha creado.

—Rumi —la llama con cierta duda—, échale un ojo. Cuando vaya afuera... intenta ir cerca suyo, por favor.

—No tienes que decirme algo que ya sé.

No dicen más, no saben qué más decir y ninguno es alguien de despedidas. Ambos terminan riendo, no hay razón para algo así ahora, mucho menos se puede considerar correcto, ¿pero hay algo más que puedan hacer? Al menos una última risa puede borrar un poco del temor. Keigo pide que esta no sea la última vez que vea a su amiga.

Sube al caballo, algo torpe y se tambalea cuando el animal se mueve, pero logra estabilizarse, por suerte. Aún tiene cierto recelo cuando se trata de esos animales.

—Voy a esperar tus cartas —le avisa.

—Más te vale que lo hagas.

Las palabras de Rumi semejan un gruñido, uno del que no siente miedo. Su expresión seria no desaparece, pese a ser una despedida ella se niega a mostrarse triste. Pero Keigo no reclama, tampoco hace bromas, aunque ganas no le faltan. En un momento la ve suspirar, tal vez cansada, si es así él puede entenderlo.

—Keigo, recuerda lo que me dijiste tiempo atrás —inicia ella sin un rastro de juego—: «Humanos y vampiros no pueden convivir juntos» Incluso si ellos mencionaron alguna antigua tregua, eso es imposible ahora y lo sabes.

—La presa y el cazador no pueden tener el mismo poder. Lo recuerdo —asiente—. Esto no es por los vampiros, esto es por nosotros, es para dejar de ser presas.

—Bien.

Su amiga permanece seria, pero Keigo lo sabe, ella está preocupada ante todo. Rumi tal vez se preocupa más por los demás de lo que él puede. Él lo sabe, ella se está tragando muchas palabras ahora.

Keigo extiende su mano hacia ella esperando por ser correspondido. Su espera es corta, Rumi lo acepta apretando el agarre. Es un apretón de manos que apenas duró unos segundos, es tan corto que al siguiente segundo ambos observan sus manos ya vacías. La distancia entre ellos se vuelven metros y pronto solo observan un punto difuso a lo lejos. Keigo partió lejos de Rumi, de Bordel, de su hogar.


Una vez más se paraba frente al gran bosque de robles, espeso y sombrío. Lo macabro del lugar no desaparecía pese a haber estado deambulando ahí no hace mucho. El resoplido del animal lo devolvió al presente, no era momento de divagar en sus recuerdos. Debía moverse.

El caballo no podía entrar en el abrupto terreno, mucho menos con tan poca luz, sería un estorbo y si intentase salir sería su muerte, la de ambos. Por ahora solo podía dejarlo atado cerca al árbol que había tallado en su primer viaje, el que había indicado a Rumi cuando le había contando su plan.

Bajar del lomo siguió siendo un desafío, se tambaleó al saltar, pero no cayó. Jaló las riendas, llevando al animal hasta uno de los troncos gruesos. Se aseguró de amarrar la soga un par de veces, al menos el caballo no escaparía, no sin él.

Separó una de las mochilas, poniendo apenas lo mínimo para las siguientes horas. Sus armas ya estaban con él, desde el inicio. Todo estaba listo, en unos minutos volvería al bosque, en unas horas vería a esos seres.

Keigo mira al bosque, envuelto en oscuridad y sombras que confunden a los humanos. Ahí se despedía del animal, esperando que no fuese por mucho tiempo; este se ha portado bien, es un animal manso, tal vez... no habría problema si lo acaricia.

Se acerca hasta su melena, pasando sus dedos con especial cuidado para no tirar de las hebras enredadas, el animal se deja hacer sin poner resistencia. Es un alivio. Keigo sonríe ante tan dócil ser. Pero no puede quedarse más, se aleja dándole unas últimas palmadas en su lomo. Es tomado por sorpresa cuando lo oye relinchar queriendo apartarse, Keigo lo hace primero. Sin embargo, el animal sigue inquieto a pesar de haberlo dejado.

¿Por qué? ¿Por qué te inquietas?

La respuesta lo golpea de la peor manera, ya estaba en territorio enemigo, no debió bajar la guardia. Su mano fue hasta el arma, la otra a punto de tomar una de las municiones que colgaba en su pecho.

Adelante no había nada, ni nadie. Pero atrás. Atrás era un punto ciego ahora.

Soportando los chillidos del animal alterado, Keigo se asegura de tener los pies aferrados al suelo. Menos de un segundo toma darse la vuelta, menos de un segundo toma ver un lugar abierto.

Es un momento tan pequeño donde se percató de todo y sus manos reaccionaron sin dudar, ya volteando a enfrentar lo que sea que viniese.

Mas nunca pudo terminar de ver detrás suyo.

Sus pies aferrados al suelo de repente ya no tenían algo a lo que aferrarse. Un agarre lo tenía aprisionado alrededor de su torso, firme y fuerte, lo suficiente para alzarlo sin dificultad.

—Tiempo sin vernos, Hawks.