DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN
Gracias por leer.
Mike: gracias por tu review. Me desanimo porque como dije con Leila, me bombardean de mensajes y solicitudes en que actualice, y cuando lo hago me ignoran. No comentan, no nada. Ni siquiera sé si les gustó o no. Y no, seamos realistas, los escritores recibimos mucho apoyo de los lectores, y escribo porque quiero, pero publicarlo... eso es distinto. Me sería más fácil escribir y mantenerlo para mí, sin subirlo. Lo subo por responsabilidad con los que me leen, para no dejarlos en un limbo que yo mismo detesto: el hiatus. En fin, gracias por comentar. Espero disfrutes. Gracias por leer.
Leila: gracias por tu review. Tranquila, no lo dije para hacerlos sentir mal, es porque estoy agotado. Me escriben al privado aquí y en fb pidiéndome continuar el fic, y lo hago, pero al hacerlo ni siquiera comentan o dicen nada, sólo lo ignoran. Siento que se burlan de mí casi bombardeándome de solicitudes y mensajes sólo para que al final termine ignorado. En fin, estaré subiendo los últimos capítulos de Equilibrio seguido. Disfruta. Gracias por leer.
Black wolf19: gracias por tu review. Y los que faltan por morir. Gracias por leer.
Guest: gracias por tu review. Pues qué te digo, tienes toda la razón, eso termina matando las ganas de escribir. O al menos de publicar. Es mejor escribir para mí y no subirlas, pero bueno, ya veremos. Gracias por leer.
16
Desesperación
Lei-Lei se tambaleó cuando cayó al suelo, sintiendo la cabeza embotada, y casi cayó de rodillas al suelo. Pudo mantenerse de pie apenas. Parpadeó para enfocar la visión y se limpió las lágrimas por tanta luz; inspiró profundo, sintiendo en su piel el aire fresco del mundo real. Estaba en casa.
Al ser consciente de dónde estaba, buscó el origen del Paso. El Salón de los Héroes se veía y sentía normal, pero ella no podía dejar de pensar en la impresión de la «mente» del palacio, cuando tocó la esferita. Oteó el lugar, encontrando una pequeña flecha, de la mitad del tamaño de una flecha normal, hecha por completo de jade.
La tomó y analizó. La piedra brillaba con suavidad de un negro ligero, como si contuviera luz y el jade tenía vetas moradas.
Gao se manifestó frente a ella, de cuerpo completo.
—Ese es el Paso —dijo a Lei-Lei—. Una pequeña Singularidad. Chi puro de una Pian, muy pequeño, pero lo suficientemente concentrada como para permitir el viaje entre Mundos.
Lei-Lei asintió, con una extraña alegría por volver; al haberlo hecho, el sou que Gao le dibujó se atenuó, ya no viéndose a través de la ropa, y la consciencia de un poder infinito en el fondo de su mente, aquel ser divino, se disipó.
—¿Por qué no eres un gallardete o algo?
—Nuestras almas son una por el sou tiao, Lei. Puedes verme como soy en realidad.
—Ya. Entonces es muy peligroso dejar esto por ahí, imagino.
—Por supuesto —convino Gao—. ¿Cómo te sientes?
—Bien —se extrañó ella—. ¿Debería estar mal?
—Los Pasos siempre son... impredecibles. En fin, ya estás en el Mundo Físico, es hora de buscar a tu madre.
—Gao, mamá puede cuidarse sola —resaltó—. Además, es obvio que irá con papá, así que no nos debemos preocupar mucho. Lo que me incomoda es el hecho de los enemigos. Muchos murieron por Dragón Azul, sí, ¿pero y los que quedan?
Hubo un momento de silencio.
—Tienes razón —convino el espíritu—. Si se da el escenario de que derroten a algunos de tus amigos, podrían atacarnos por la espalda en cuanto ayudemos a Tigresa. Cierto. Bien, entonces decide: ¿a quién ayudamos primero?
—A las Constelaciones, obvio.
Gao frunció el ceño, como incómodo.
—Sólo queda una, Lei-Lei —dijo—. La que tienes en la mano, la flecha, es Tortuga Negra. Tigre Blanco fue capturado y Dragón Azul, como viste, se... digamos, sacrificó.
Lei-Lei inspiró profundo cuando las patas le temblaron, las apretó en puños y envió al fondo de su ser aquellas emociones que, si las soltaba, podían lastimarla. En una guerra los animales tenían que ser fuertes, preparados para todos. En la guerra los animales morían. La familia moría, los amigos morían, los amados morían.
Era inevitable.
Cuadró la mandíbula y asintió.
Gao jadeó y se apretó el pecho. La observó y le alzó el mentón, sorpresivamente tenía sustancia física, aunque quizá sólo para ella.
—Me preocupas, Lei —dijo.
—Tenemos que ayudar a Fan Tong, entonces —dijo ella, ignorándolo.
—Pero...
—Tengo que protegerlos —dijo, más para ella que para Gao. Tenía que hacerlo—. No puedo dejar que nadie más muera. Tengo que ser de ayuda.
Gao no dijo nada, pero en la forma en que la miró, Lei-Lei supo que se contuvo. Trotó hacia afuera y saltó al vacío, cuando llegó a las escaleras del palacio. Mientras caía se dibujó un sou de visión y con el viento rozándole el rostro, vio a un Valle de la Paz vacío de habitantes, un poco destrozado y lleno de cadáveres.
Simultáneamente ocurrían tres batallas. Su madre, su padre y su tío contra Khang. Fan Tong y Xiao contra un grueso de al menos veinte animales. Y Qiang y otro animal contra... ¿ese era Yuo?
Decidiendo ir con Qiang después de ayudar a Fan Tong, aterrorizó en un tejado y saltó entre las casas, ayudada por plantas que hacía crecer, para ayudar a la Constelación.
El leopardo, Yuo, lanzó un puñetazo con la pata recubierta de Chi, dándole un aspecto a su pelaje de un negro hollín. Al igual que Qiang. Éste, hizo alzarse una pared de sombra, sólida, que detuvo el golpe y, con una orden mental, hizo que la sombra le sujetase el brazo como si fueran tentáculos.
Shin atacó aprovechando que el leopardo de las nieves enemigo estaba atrapado, haciendo que cuatro de los ocho cadáveres enarbolaran las armas hacia el animal. Yuo pasó la mirada con su único ojo por los enemigos y suspiró; se cubrió de Chi el cuerpo y con una flexibilidad ridícula, golpeó y pateó a todos los cadáveres.
Al caer al suelo, los cuerpos muertos no se movieron más, por más que Shin lo intentara. Acto seguido, la sombra con la que Qiang lo retenía explotó como si fuera vidrio, liberando el brazo del animal, que brillaba de Chi.
Shin se replegó junto a Qiang, tan atento como el mismo panda.
—Esto es malo —murmuró el lobo negro.
—Ya lo veo —convino Qiang, respirando con fuerza, sintiendo el agotamiento pese a tener los sou dibujados en el cuerpo. El cuerpo le dolía, un dolor similar a cuando sus poderes lo querían destruir, pero… ahora lo sentía con un deje de inevitabilidad—. Tenemos que estar atentos, si nos golpea nos sacará el alma, palmaremos.
Qiang suspiró y con una orden mental hizo que su propia sombra ascendiera. Usando su Chi combinado con la sombra, moldeó un arma para atacar. No tenía que pensarlo mucho. Necesitaba un arma con la que conservar la distancia entre él y Yuo para que no le tocase y matase. Y gracias al cielo, Qiang era un maestro en la alabarda.
El arma, con un diseño estilizado en la hoja, como almas en pena, se formó por completo en su pata. En la otra, hizo que se formase una espada larga y estrecha, que le dio a Shin. Él lo miró confundido mientras la recibía.
Qiang sonrió.
—Por si acaso. —Se encogió de hombros.
Apretando la alabarda con fuerza, ignorando los latidos dolorosos de su corazón, manteniendo la mirada fija en el enemigo. Yuo se estiró, relajando los músculos y moviendo la cabeza en círculos, dejando que sus articulaciones tronasen. Abrió los brazos a ambos lados y expulsó aire, regocijándose. La cicatriz que iba de su pecho hasta la frente, se tensó.
El leopardo de las nieves acumuló gran cantidad de Chi negruzco en sus patas y cuando tuvo dos masas acuosas, dio una fuerte palmada. Qiang entrecerró los ojos ante el brillo intenso resultante, pero enfocó de nuevo cuando Yuo sostenía en sus patas una lanza con una base más grande de lo normal, y la punta en lugar se triangular y plana, parecía un cono. Uno muy afilado.
Él sonrió.
—No eres el único que crea armas de Chi, compañero —dijo—. Yo no podré cortar tu alma como tú con esa alabarda, pero sí destruyo tus nervios. —Su sonrisa se ensanchó, todo dientes. «¡Equilibrio, está loco!».
Entonces Yuo se cubrió el cuerpo por completo de Chi, pasando de tener un pelaje grisáceo a uno negro brea, con un brillo opaco. Atacó, moviéndose como una flecha, rápido y certero. Qiang tuvo el tiempo suficiente para reaccionar interponiendo el mango de su alabarda, más que para detener el golpe, desviarlo.
Yuo se giró hacia un lado cuando Qiang hizo descender la hoja de la alabarda, que se estrelló en el suelo. Le dio un golpe con la base de la lanza en la cabeza, aturdiéndolo, pero Qiang logró alejar el arma de su cuerpo empujando la barra del arma de su enemigo. Atisbó la punta cilíndrica ir hacia su cabeza, pero por pura suerte, Shin hizo que uno de sus cadáveres lo tomara por el qipao, jalándolo y poniéndolo a resguardo. El cuerpo muerto recibió el golpe por él.
La lanza atravesó la cabeza del cadáver del zorro, destrozándole el cráneo. El animal cayó al suelo como una muñeca de trapo, en una posición imposible para un ser vivo, con las piernas y brazos en direcciones opuestas. Un segundo cadáver, uno de un rinoceronte, embistió a Yuo por un lado, enviándolo lejos; éste derrapó por el suelo, dejando una estela de Chi negro, como aceite, en la piedra.
El zorro soltó a Qiang cerca de Shin, quien respiraba con jadeos sonoros y tenía el pelaje de la frente apelmazado del sudor.
—No creo que haga falta decirte, Kuiang, que no te dejes golpear por esa lanza.
—¿De verdad daña los nervios?
—Puede ser. —Movió las manos controlando al rinoceronte, que empezó a lanzar sendos puñetazos contra el leopardo, pero éste los esquivaba con facilidad—. Atravesó mi cadáver y ya no puedo controlarlo.
—¿No le destruyeron la cabeza? —Qiang arqueó una ceja. Shin le miró, rodando los ojos.
—No los controlo usando el cerebro, por favor —se quejó—. Uso mi Chi para mover su cuerpo, supongo que se introduce en sus nervios y así puedo moverlo. Ahora por más que intento, no me responden.
—Bueno —jadeó Qiang—, gracias por el dato. Intenta evitar que me maten.
—Controlo muertos, no hago milagros.
Qiang rió por lo bajo y atacó. Concentró todo el Chi que pudo dentro de su cuerpo, llegando al punto en que empezaba a verse la luminiscencia oscura a través de su piel, denotando sus huesos debajo como meras sombras borrosas. Atacó, enarbolando la alabarda.
El leopardo de las nieves le dio un puñetazo recubierto de Chi, que hizo formarse pinchos, al rinoceronte que Shin controlaba, enviándolo al suelo, para luego interponer su lanza contra la alabarda. Las armas chocaron con un tañido, que fueron repitiendo con más frecuencias. Ambos eran unas manchas negras que se movían impulsadas por el intento de matar al otro.
Qiang hizo descender la hoja de la alabarda, pero Yuo la desvió con su propia hoja de la lanza e hizo que se estrellara en el suelo. Entonces aprovechó la abertura en los movimientos de Qiang para darle una patada al estómago; éste escupió todo el aire, buscando respirar. El leopardo arrojó la lanza al aire y Qiang la siguió por reflejo, apartando la mirada de su enemigo. La lanza se disipó en Chi que fue a envolverse en todo el brazo del leopardo, antes de estamparse en el rostro de Qiang.
El dolor fue lo de menos. Al recibir el golpe, una sensación helada lo embargó, como si lo hubieran arrojado a un lago medio congelado y se hundiera cual yunque. Un pesado letargo lo dominó con un abrazo asfixiante y la visión se le oscureció, pudiendo observar la sonrisa victoriosa del leopardo de las nieves.
De improvisto, como el mejor de los regalos, la calidez volvió. Sintió una palmada en la espalda que le devolvió la vida. La sensación volvió a su cuerpo con una maravillosa sorpresa: el rostro de asombro absoluto de su enemigo. Ese valioso lapso de tiempo lo usó para controlar su arma de sombra y volviéndola una cimitarra, con la que le cortó un brazo al leopardo de las nieves, a nivel del hombro. El pelaje de la pata izquierda se aclaró y cayó, como si fuera polvo, dejando ver el trozo de carne inerte que era el brazo, con la carne de un color negruzco, producto de haberle sido «cortada» el alma.
—Hijo de… —gruñó el animal, listo para darle otro puñetazo que le sacaría el alma con la pata restante aprovechando su apertura, pero se cortó cuando Shin arrojó la espada. La esquivó por poco, dejándose caer de espaldas al suelo y sumergiéndose en las sombras.
Qiang con una orden mental deshizo el arma de sombra, recuperando parte del Chi usado y viendo cómo la sombra volvía al suelo y se unía a su cuerpo. Con la guardia alta, dio un fuerte pisotón al suelo: la energía se separó a través de la tierra en ondas uniformes, que le transmitían de alguna manera el peligro circundante. Las sombras de alrededor, de piedras o árboles, temblaron. Detectó al leopardo de las nieves sumergido muy profundo en las sombras, sin moverse.
Fue en ese momento en que se relajó, dejando caer los hombros y dando un gran suspiró. Se dio una mirada rápida y constató que todos los sou, se habían borrado con la palmada. Empezó a trazarse, con lentitud, el de velocidad de reacción; le temblaban los dedos.
Shin le puso una pata en el hombro, también cansado.
—Por poco —sonrió. Qiang lo miró, agotado.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
—Revivirte, quizá —dijo, y ante la confusión de Qiang, añadió—: te devolví el alma al cuerpo.
—¿Que tú qué?
—¿Lo olvidaste? —Shin negó con la cabeza—. Te dije que los portadores de muerte violentos pueden sacarte el alma de un golpe. Eso fue lo que hizo Yuo. Sentí tu alma fuera… como una distorsión en el aire. Eso y que te caías como si fueras un trapo.
Qiang frunció el ceño, aunque en el fondo, agradecía tenerlo cerca. Hubiera muerto si no. «Cierto, los altos maestros de muerte controlan las almas».
—Gracias —asintió.
Qiang sintió una perturbación en las sombras y se puso alerta, dándose la vuelta hacia el origen. Las sombras aledañas convergieron en una sola y como si fuera un chorro de agua, una jabalina de sombras salió despedida del suelo hacia su rostro, por suerte, al estar advertido, manifestó Chi e hizo que su sombra se condensara en su pata, formando un escudo con el que desvió la jabalina. El arma se deshizo en el aire.
Sin embargo, al reaccionar tan rápido, no entrevió un segundo ataque. Su sou le jugó en contra. Un quejido a su espalda le hizo volverse y el pánico lo invadió. Shin tenía los ojos abiertos, desorbitados por la sorpresa, observando la punta de lanza que le salía del pecho, manchada con su sangre.
Shin alzó la mirada y buscó sus ojos, con un miedo tan atroz que hizo que Qiang diera un paso atrás, al sentirlo. Y al percibir cómo el aura de muerte en él se incrementaba y lo envolvía.
Entonces, con los ojos volviéndosele blancos y un único gemidito, Shin murió.
Fan Tong sangraba por la nariz, la boca y las patas, allí donde apretaba con fuerza su espada de Chi, con tal fuerza que empezaron a salirle ampollas del calor. Le dolía el pecho y las articulaciones, la cabeza le zumbaba, y mantener la concentración para mantener a raya la emoción del ansia por la batalla que la niebla le causaba, al mismo tiempo que estar atento a los ataques de los veinte altos maestros era complicado.
Fénix Rojo latió dentro suyo, ofreciéndole el trato de los diez años. Fan Tong lo ignoró.
Xiao se pegó contra su espalda y Fan Tong ladeó un poco la cabeza y la miró de reojo, por encima de su hombro. Su novia estaba casi o igual de agotada que él, tenía cortes en varias partes del cuerpo y una constante pérdida de sangre en el brazo derecho, donde le habían clavado una flecha y se la sacó, vendándose con un trozo de tela.
Apretaba una espada que le quitó a un cadáver y la pata le temblaba. «Dioses —pensó—, ¿cuánto tiempo llevamos peleando? ¿Cuántos portales ha abierto?». Se tragó la preocupación cuando uno de los veinte animales que los tenían rodeados atacó, la mitad al menos eran augures, altos maestros capaces de atisbar una pizca el futuro, y la otra mitad brutales.
Un brutal de fuerza le conectó un puñetazo a la espada de Chi, perdiendo una pata, pero rompiendo la espada a cambio; lo arrojaron al suelo con un segundo ataque coordinado. Dos brutales de velocidad se movieron como un borrón, llevando como si fuera un mero objeto a un tercer brutal, el único que se especializaba en flexibilidad. Ya había intentado matarlo, sin éxito. Pensó en blandir la espada de energía e inició el movimiento, pero a medio camino uno de los augures silbó, llevándose los dedos a los labios, alertando a su compañero.
El recién soltado brutal flexible no detuvo su avance, pero esquivó el mandoble de Fan Tong derrapando por el suelo de rodillas, hiriéndose, pero doblándose como un fideo pasado de cocción. La hoja de Chi le acarició la barbilla. Después de esquivar, el animal se movió como una serpiente, saltó y le aplicó una llave, inmovilizándole los brazos. Como si estuviera untado en mantequilla, se deslizó y afianzó la llave, apretándole desde la espalda. Los brazos de Fan Tong le quedaron extendidos a ambos lados.
Un grito a su espalda, mitad insulto, mitad queja, lo alertó. Volvió la mirada como pudo, tratando de buscar a Xiao, encontrándola sujeta con la misma llave que a él, con la diferencia de que el brutal que se la aplicaba la levantaba del suelo a pura fuerza.
Los demás enemigos se agruparon, cada vez más cerca, alistando las armas o tronándose los nudillos, en caso de ser brutales de fuerza. Fan Tong inspiró, tembloroso, y concentró sus pensamientos para armonizar con su Constelación.
Fenix Rojo latió calentando su cuerpo.
¿Estás listo para colocarte la marca? ¿El sou rúnico de pacto no es algo que deba tomarse a la ligera, Fan Tong? ¿Estás seguro?
Fan Tong dudó.
¿Era capaz? ¿Podría aceptar reducir su esperanza de vida a sólo diez años, por obtener un poder que quizá le diera la victoria? Xiao gritó, casi rugiendo, haciendo que un portal por encima de ellos se abriera tan grande como una casa, mientras se asomaba enormes rocas de fuego. El portal se quebró antes de que pudiera realizar el ataque y Xiao se desmayó.
Un brutal fuerte le conectó un puñetazo que le hizo escupir todo el aire, seguido de uno al rostro que le hizo sangrar la nariz. El dolor era como si le cincelaran la cabeza y tuvo que respirar por la boca, porque la sangre le ahogaba las fosas nasales.
—Yo... —jadeó. «Vamos, sólo tienes que aceptarlo. Acéptalo y habrá poder...». La visión se le hizo borrosa.
Escuchó un grito casi rugido y por pura fuerza de voluntad alzó la mirada. Le costó horrores enfocarla, porque su cuerpo empezaba a desobedecerle. En cualquier momento caería inconsciente. Al lograr ver con nitidez, observó a un animal brillando de Chi, con... con un haz de luz que se movía como si estuviera vivo.
Cuando una nube oculto el sol detrás de la figura, Fan Tong sonrió, con la sangre manchándole los dientes.
Era Lei-Lei.
—Necesito que me hagas tiempo, Po —dijo Tigresa.
—¿Para qué? —preguntó, observando, al igual que ella, a Tai-Lung peleando contra Khang en el aire.
—Khang no está usando poderes normales, supongo que lo habrás notado. —Po asintió—. Bueno, eso es porque ella está vinculada a un espíritu guerrero que tiene esos poderes, y ese espíritu, parece estarlo con algo más. En fin, lo que nos concierne es romper el vínculo de la leona con el espíritu.
—Eso le impedirá usar esos poderes raros —comprendió él. Sonrió—. Cuenta con ello.
—Si la matan, mucho mejor.
—Haremos lo que se pueda. —Se puso de pie y se lo pensó mejor, entonces se inclinó hacia ella, la tomó por el mentón y le dio un beso. Al separarse, suspiró, complacido, mientras ella tenía una sonrisa y una ceja arqueada—. Para darme ánimos —dijo Po.
Po salió corriendo en ayuda de Tai-Lung, quien aunque peleaba formidablemente contra Khang, ella le superaba con su dominio del tirón del mundo. Parecía estar usándolo con más precisión que antes, porque en lugar de flotar sin base fija o moverse por el aire con sendos tirones, lo hacía con una gracia de ave. Se deslizaba, bailaba en el aire.
Tai-Lung descartó la kusarigama y generó una espada de Chi rojizo, que incluso tenía llamas ondeando en su superficie. Atacó dando un mandoble vertical, que la leona evadió girando sobre sí misma y desplazándose apenas a la derecha, para lanzar un tajo horizontal hacia la cabeza de Tai-Lung, pero éste interpuso una segunda espada, más pequeña. Una wakizashi.
La leona parecía sorprendida. Tanto que Tai-Lung aprovechó la abertura y le dio una estocada con la wakizashi en el hombro. Khang gritó cuando empezó a cubrirse en llamas, pero se dejó caer a plomo; el cielo titiló con relámpagos violetas que salían de ella, Chi condensado, y de un latido a otro, una cinta de luz morada, tan intensa como un cardenal, materializó un cuerpo más arriba de Tai-Lung. Con el brazo quemado y sangrando, pero viva.
Flotó de forma irregular mientras brillaba con opacidad y su cuerpo se sanaba, creciéndole nueva piel y pelaje.
Po frunció el ceño.
—Parece que... —murmuró.
Para confirmar su hipótesis, se esforzó lo más que pudo para generar un avatar de cuerpo completo de Seiryu. Afianzó los pies de la proyección en el suelo, sintiendo éste en sus propios pies. Flotando en el centro de la proyección, apretó los puños y saltó; en el aire, volar era más de mantener la forma de dragón estable que volar per sé. A la menor desconcentración, caería a espachurrarse en el suelo.
Antes de que Khang se recuperase del todo, Po alzó la pata, elevando la zarpa del dragón, y lanzó un golpe. La garra de Chi fue directa a la leona, pero ella se liberó con aquel lazo de luz violáceo que emanaba relámpagos de Chi.
—Odio eso —gruño Tai-Lung, cerca de él.
—¿Sabes qué es? —dijo Po.
—Más o menos. Suzaku parece saberlo. Creo que se transporta entre Mundos, de ahí el relámpago; la cinta de luz es la contraposición de su aspecto cognitivo en el Mundo Físico, mientras que en el Mental, se mueve usando su cuerpo real. Es... raro. No entiendo nada.
—Yo menos —sonrió Po.
—Suzaku... —Parpadeó confundido—. Suzaku dice que es una Potencia Derivada de la Fricción, la llamó Transportación. —Lo miró, por encima del hombro—. Dice que así podemos comprenderlo, en parte.
—¿Te dice cómo derrotarla?
Tai-Lung se encogió de hombros.
—Suzaku es orgullosa. Dice que tenemos que ganarnos el honor de conocer más. Imagino que no dejándola transportarse, ¿quizá?
—Ya, entonces no tenemos una idea. —Po atacó, con un coletazo, que la leona evadió a duras penas—. ¿Te das cuenta? —se dirigió a Tai-Lung.
—Está cansada, por eso le cuesta.
Po negó con la cabeza.
—No. —Sonrió, acumulando Chi en las zarpas de la proyección del dragón; éstas, doradas, empezaron a despedir un brillo intenso—. Bueno, sí y no. Khang tiene varios poderes que nosotros no conocemos, y por lo que veo, no puede usarlos a la perfección.
—Pero sí al tiempo —recalcó Tai-Lung; Po se dio cuenta de cómo jadeaba con pesadez, tan cansado como él.
—Sí, no lo niego —dijo Po—, pero imagino que lo has notado. Se especializa en el tirón del mundo, las otras no las maneja muy bien. —Tai-Lung asintió. Po bufó—. Entonces...
Sin embargo, antes de que dijera algo, el leopardo de las nieves se lanzó hacia ella, propulsándose con llamaradas en sus pies, y blandiendo la espada como si no hubiera un mañana. Po gruñó, pero le apoyó, atacando al mismo tiempo. Poder golpearla se tornó complicado, pues aunque parecía concentrada en sanarse, aún podía hacer uso de aquel poder que le hacía volar, esquivando si bien no con elegancia, como si la jalonearan.
Su rostro era parte furia, parte cansancio, lo que le dio confianza. «Podemos ganar», pensó. Po abrió la boca, haciendo que el dragón abriera sus fauces, y conjunto con un ataque de Tai-Lung, en el que arrojó la espada contra ella, ocasionando que Khang se elevara para evadirla, Po la atrapó entre los dientes. Sintió la sangre escurrir por su barbilla, al mismo tiempo que escurría del morro del dragón de Chi; Khang no se dignó en gritar, lo que era loable. Pero los colmillos la atravesaban de lado a lado.
Khang brilló con más intensidad aún, evitando la muerte. «Dioses, ¡muérete de una vez!». Khang intentó usar su Transportación, porque su cuerpo se oscureció y empezó a emanar rayos violetas, sin embargo, Po lo impidió, mordiendo con más fuerza. Para asegurarse, intentó manifestar su bastón de Chi y arrojárselo como jabalina, pero para su sorpresa, en lugar del bastón, la cabeza entera del dragón se fue recubriendo de jade.
Tai-Lung se elevó muy en lo alto, descartó la wakizashi e hizo que su espada incrementara de tamaño, como una claymore, que a veces llevaban los comerciantes de occidente. Se propulsó en picada hacia ella, como una lanza de puro fuego, gritando y rugiendo, apuntando a su cabeza.
Con un grito más de enojo que de dolor, casi como un estrella dorada del brillo, Khang se desplazó hacia un lado, desgarrándose el estómago y chorreando sangre, lo justo para que la estocada de Tai-Lung no la decapitase. Aunque sí le cercenó un brazo con un corte limpio, cauterizando la carne. Con el brazo que le quedaba, mientras miraba de reojo a Tai-Lung, de nuevo contra ella, hizo aparecer su espada violeta y, ondeando como si fuera líquido, la convirtió en un martillo. Uno con una cabeza casi del tamaño de Po mismo. Entonces, en el momento exacto, giró el cuerpo, desgarrándose aún más, y le propinó un único golpe al leopardo que lo mandó lejos.
Acto seguido, empezó a darle martillazos en el morro al dragón, pero la leona gruño, sorprendida, al ver que no podía penetrar el jade que le recubría. El Chi de Seiryu pálpito dentro de ella, transmitiéndole... ¿igualdad? ¿Triunfo?
«Son iguales, ¿quizá? —pensó Po—. No tiene sentido, eso es metal, lo otro es jade». Seiryu pálpito, y el brillo del avatar de dragón titiló, como diciéndole: «Más o menos».
—¡No la mates! —rugió Tai-Lung, desde el suelo, brillando trémulamente. Estaba casi sin Chi, pero conservaba la espada. Se tambaleó y cayó de rodillas—. ¡No... la mates! —Sus gritos cada vez bajaban más de volumen—. ¡Debo matarla yo, por... por mis...! —Y bajó tanto que Po no le oyó.
El cuerpo de Tai-Lung emitió una sombra enorme, casi el doble de larga que él, cuando Tigresa explotó en energía, dorada y brillante como el mismo sol, en una columna que perforó el cielo. Al mismo tiempo, otra columna, negra esta vez, se alzaba en otra parte del Valle. Qiang.
La sorpresa le salió cara, pues no pudo advertir que Khang había descartado el martillo y posaba su pata sobre uno de los colmillos recubiertos de jade del dragón; Po sintió el tacto en su propio diente. Entonces la pata de Khang brilló de un violeta rojizo y su Chi se extendió en patrones arbóreos, como enredaderas, sobre las fauces del avatar.
El dolor lo azotó como una estampida. Gritó, abriendo la boca y dejando caer el cuerpo de la leona. Gimoteo, casi llorando del intenso dolor que lo embargaba, era como un dolor de muela, multiplicado por mil, como si le arrancaran los dientes uno por uno en carne viva. Perdió su control del Chi con el crecimiento de las enredaderas rojas; que le quemaban y le hacían sangrar por allí donde crecían.
Cayó en picada al suelo, pudiendo evitar matarse al controlar la caída por pura fuerza de voluntad. Una vez en el suelo, se arrodilló, revolviéndose y temblando del dolor; parecía que le arrancaban la piel de la cara. Y eso sólo empeoró cuando una zarza le llegó al ojo.
Khang cayó al suelo con un crujido, pero se levantó como una muñeca de trapo tirada por hilos. Sonreía, pese a ser toda sangre y tener agujeros que se cerraban poco a poco en su vientre y pecho. Estiró el brazo que le quedaba e invocó la espada, que emitió un brillo cuando le dio el sol.
—Me han hecho enojar —dijo con un rugido grave, con dos voces superpuestas—. Me han hecho enojar como nadie en el mundo, basuras.
Po se puso de pie, y con el ojo bueno, aquel que las zarzas de dolor no habían tocado aún, la observó con maravillada sorpresa. Era la misma de siempre, sí, y no tenía aquella doble hélice de piedras preciosas cuando, pero había un halo dorado a su alrededor que le realzaba la figura, como una diosa.
Con una pata cariñosa, tocó a Po en el hombro y el dolor remitió. Las enredaderas se extinguieron, dejando marcas negras sobre su pelaje y la visión disminuida del ojo izquierdo. Pasaron a estar en el suelo, y observando cómo poco a poco las enredaderas de Chi morían, notó que la piedra se incineraba de forma casi indistinguible, convirtiendo las rocas y el suelo en polvo.
—Y no dudes, Khang —dijo Tigresa, con una sonrisa desafiante, tronándose los dedos—, que te vas a enojar todavía más.
Y sin importarle no tener un brazo y agujeros cada vez más pequeños en el cuerpo que supuraban sangre, líquido y algo amarillento que parecía grasa, la leona se lanzó hacia Tigresa, espada en alto.
Lei-Lei cayó con un estrépito; antes de tocar el suelo, hizo emanar cientos de tallos de plantas, tan verdes que parecían esmeraldas, que formaron un colchón y absorbieron el impacto del aterrizaje. Ella, notó Fan Tong, brillaba de un dorado trémulo, como si no quisiera gastar demasiado Chi. Quiso advertirle sobre las habilidades de los enemigos, brutales y augures, ya que era una combinación casi letal.
El mejor ejemplo era él, que sangraba y estaba a poco de caer inconsciente.
Lei-Lei atacó, moviéndose con una destreza anormal. Fan Tong la conocía, había entrenado con ella, aunque no eran tan íntimos como lo era ella con Bao, o en un ámbito menos romántico, como lo era con Nu Hai. Y sabía que Lei-Lei era una panda muy sagaz, con una inteligencia tan aguda como su fuerza, pero la agilidad y velocidad era... común.
No era secreto para nadie que los pandas no tenían una buena condición física, sus cuerpos eran más para abrazar que para pelear como tal, así que la velocidad de la especie era más bien nula. Sin embargo, ella se movió como un soplo. Quizá fuera por aquellos extraños sou dorados negruzcos que le decoraban el pelaje por todos lados que parecían runas.
Los brutales intentaron agarrarla y ella se agachaba, inclinaba, saltaba y rodaba por el suelo, ayudada por plantas y raíces que hacía crecer, moldeándolas y adaptándose. Los golpes encontraban los rostros; las raíces atrapaban piernas. Todo ello, con una estela de luz moviéndose a su alrededor, bailando la danza mortífera que ella trazaba. A veces era una cinta de luz, a veces una ondulación en el aire.
Fan Tong gateó, casi arrastrándose, hacia donde estaba su novia, acortando la mínima distancia. Podía estar al borde del desmayo, podía estar desangrándose, pero siempre velaba por Xiao. Su razón de ser y vivir. Ella respiraba, ensangrentada, pero vivía, con algunas heridas en el cuerpo, pero vivía. Recostó su cabeza en su regazo, cariñoso.
Al volver su atención a Lei-Lei, observó que la cinta de luz que titilaba se volvió una esfera parpadeante. Entonces ella chasqueó los dedos, brillando como el sol, causando que de la tierra surgieran tantas raíces y tallos gruesos de plantas que el suelo empedrado se destruyó. Una jungla crecía en esa calle del Valle de la Paz.
Como cuerdas con mente propia, siendo en realidad el control de la panda, las lianas, tallos y raíces, se movieron como serpientes, atacando y buscando atraparlos a todos. Lei-Lei no se movió un ápice, pero sí las plantas, hasta que después de un rato, todos los enemigos estaba atados ante ella, en fila.
El brillo de Lei-Lei disminuyó, apenas perceptible. Alzó los brazos, cruzándolos, e hizo un gesto de aprisionamiento: los animales enemigos gimieron, mientras las lianas se apretaban en torno a sus cuerpos, estirando sus extremidades. Poco a poco, como tentáculos, raíces del grueso de los brazos de Fan Tong surgieron de la tierra, ceremonialmente, y se enroscaron en cada uno de los enemigos.
Lei-Lei hizo puño las patas y con un gesto abrupto, descruzó los brazos.
El tronido fue uniforme.
Las raíces giraron con fuerza y rompieron los cuellos que envolvían; los animales quedaron flácidos sostenidos en el aire por las lianas y demás plantas, como macabros espantapájaros para asustar a los críos.
Lei-Lei suspiró, viéndose cansada, y con un rostro conteniendo sus emociones, sereno, de guerrero, se dirigió a Fan Tong. Él abrió los labios para agradecerle su ayuda, pero nada más lo hizo, su cuerpo colapsó pidiendo el merecido descanso que necesitaba.
