DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN

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17

Sacrificios

Lei-Lei jadeó, tambaleándose por el exceso del uso del Chi, sorprendida en parte por ello y por los sou tan abismales, que le había marcado Gao. Su control de las plantas era más estable, casi que más perfecto. Aunque como siempre que usaba su poder en exceso, su cuerpo lo resentía; el dolor de cabeza empezó a aumentar y sus músculos clamaban descanso.

Ella no se los dio, tenía que seguir moviéndose. Tenía que proteger a más de los suyos. El agotamiento no podría con ella, llevaba días viajando por el Mundo de la Mente, haberse infiltrado meses antes de ser descubierta, soportando mucha presión, y no se había quebrado.

«Un poco más —pensó, suspirando—. Sólo un poco más hasta que Khang muera. Ya no tiene ejércitos, sólo queda ella».

Miró hacia donde recordaba estaba su hermano, no sin antes atisbar de soslayo la zona donde sus padres peleaban. Una columna de luz dorada, Chi casi tangible, se elevaba perforando el cielo. Le recordó la lucha que observó desde el Palacio de Jade, cuando era joven, de sus padres contra los Inmortales.

Frente a ella, Gao la observó con detenimiento. Lei-Lei se concentró en sus ojos y sintió su pecho constreñirse, algo estaba ocurriendo dentro del león. De hecho, estaba pasando muy paulatinamente, pero su color estaba dejando de ser negro, gris o blanco, sino que tomaba el de un animal vivo: un pelaje amarillo oscuro. Lo cierto era que resultaba atractiva la combinación de pelaje oscuro y ojos marrones.

—¿Deberíamos ir con tus padres? —preguntó—. Parece que Tigresa accedió a su Potencia por completo. —Sonaba curioso—. Lei-Lei, ella quizá pueda detener a Khang y a quien la guía.

—No —dijo Lei-Lei. Había algo casi instintivo que tiraba de ella hacia donde Qiang—. Primero mi hermano. Está peleando solo, necesita ayuda.

Gao no dijo nada, sólo asintió en silencio. Lei-Lei inspiró profundo, chasqueó los dedos para hacer que unas raíces tomasen a Fan Tong y Xiao del suelo, y los llevasen a una zona segura. Antes de que salieran corriendo, Gao le tomó el brazo con fuerza y antes de que pudiera quejarse, con un movimiento diestro de los dedos, el león le trazó un sou rúnico que al mirarlo, le habló de sanación, de vida y de regeneración.

El dolor general aminoró sólo un poco, lo que la preocupó, porque ese mismo sou fue el que él le colocó para sanarle la fractura del brazo.

Entonces, sin pesarlo mucho y con decisión, salió corriendo hacia donde estaba Qiang.


Los ojos oscuros de Shin se volvieron blancos y el cuerpo sin vida se volvió flácido en la lanza de Yuo, el leopardo de las nieves. Semi-empalado, la sangre le oscureció el pelaje negro. Con una sonrisa arrogante, aunque cansada, Yuo arrojó el cadáver de Shin, apenas moviendo la lanza, y el cuerpo de su amigo cayó al suelo como un trapo.

Qiang lo sintió. Cómo el alma de su amigo abandonaba su cuerpo, cómo la vida lo dejaba y el Inframundo, el Más Allá lo reclamaba.

—Con esto no tendrás más seguros, hermano portador de muerte. —Su sonrisa se ensanchó, desquiciada. Cansada.

Algo dentro de Qiang se rompió.

La niebla púrpura a su alrededor se revolvió con violencia, como un lago al ser perturbado por una roca; empezó a vibrar y girar con fuerza a su alrededor, alzándose en picos con los latidos de su corazón. Un frío que paulatinamente se volvía más helado le envolvió, conforme su Chi emanaba de su cuerpo como volutas de humo. Negro y violáceo, combinados.

La niebla lo acariciaba, deseosa, mezclándose con su propio Chi. La niebla reaccionaba con él, lo sentía, lo complementaba. Se alimentaba de él.

De su dolor.

Su visión se tornó violeta cuando gritó. Su Chi salió despedido a raudales de su cuerpo, quemándolo. En tal cantidad que su alto sou, el que Shin le dibujó en la piel, ardía como brasas calientes y empezaba a borrarse. Las sombras a su alrededor temblaron y convergieron hacia él; árboles, ladrillos, rocas, cadáveres, la suya propia. Todas las sombras entraron en él, susurrando, dándole poder, y con ellas, la niebla morada.

El pendiente en su oreja, aquel que Lei-Lei le envió, se calentó horriblemente.

Qiang, dijo la voz de Equilibrio en su cabeza, sonando más débil cada vez. Por favor, detente.

La niebla le envolvió los brazos, y Qiang, entre el dolor, sentía su ansía, como un cachorro que necesitaba guía.

Yuo saltó hacia atrás, lanza en pata, intentando poner distancia entre ambos. Sin embargo, fue un deseo, sólo un pensamiento: Qiang se movió como lo que era, como lo que era su poder, una sombra. Se deslizó desdibujando la misma realidad, desgarrando el tejido de los Mundos, tan veloz que atisbó un sol blanco, y se colocó detrás de Yuo y le estampó un puñetazo en la nariz. Tan fuerte, que dos de sus dedos y la nariz del leopardo de las nieves se rompieron.

El dolor físico fue apenas una minúscula parte del que sentía en realidad.

A su alrededor, la niebla que no le envolvía los brazos empezó a elevarse, formando imágenes de animales peleando, desgarrando, matando. Y también, para su agonía, imágenes de las muertes de sus compañeros.

No se había percatado de ello por haber estado luchando, pero... la forma de Jing en el suelo, siendo apuñalada por la loba compañera de Yuo, el cuerpo de Nu Hai evaporándose para poder manifestar a Dragón Azul, Po muriendo protegiendo a Tigresa.

Shin, a quien le había jurado ayudar a su gente, atravesado por la lanza de Yuo.

No tienes por qué sufrir, mi chico, dijo una voz en su mente, más aterciopelada.

Qiang cayó de rodillas, preso de temblores incontrolables. Un llanto silencioso.

Qiang, no. La voz de Equilibrio era apenas un susurro audible.

Yo puedo ayudarte. Aquella segunda voz era suave. Femenina. Cariñosa como la de su madre cuando le aconsejaba.

La niebla a su alrededor compuso formas más dolorosas. Su madre muriendo, su padre y tío asesinados por Khang. ¿Eran reales? ¿Habían pasado ya? ¿Había perdido todo de nuevo?

¿Sería un errante como cuando cachorro?

A lo lejos, Yuo se levantaba con torpeza con un único brazo sano.

No tiene que dolerte más, dijo la voz. Oh, era tan reconfortante. Yo puedo ayudarte. Sólo dame todo lo que te lastima, entrégamelo. Aquello que te duele, aquello que te hace mal. Aquello que no quieres. Yo estoy para ayudarte.

¡No la escuches, Qiang!, gritó Equilibrio. Era como gritarle a una tormenta. ¡No puedes tomarlo, Wailah! ¡Él es mío! ¡Yo lo reclamo!

Sólo debes darme tu dolor, mi chico. ¿No quieres que el dolor pase? ¿No quieres dejar de sufrir la muerte de tu amigo, de tu familia, de tus padres? Ellos ya han muerto, puedes eliminar ese dolor si me lo das, pequeño. Tienes mucha pasión en ti. Eras un errante y luego un marginado de cachorro, la Vinculadora te adoptó, pero no te entendió. Yo sí.

¡Basta! ¡No puedes tenerlo!

¡No puedes reclamar lo que no ha decidido! ¡El chico tiene Pasión! ¡Sufre, odia, ama, llora! ¡Yo puedo reclamarlo! ¡Es mío también! ¡Entrégame tu pasión, Qiang Ping, dámelo y te daré la paz, te daré la aceptación que tanto has deseado, desde que abrías los ojos en el orfanato, hasta que la que rogabas en los ojos de tus compañeros, a quienes tenías que ocultarle tu poder! ¡Descansa, Qiang Ping, hijo de las Sombras!

Entonces, como un faro de calidez, una torre de Chi se elevó, perforando el cielo y Qiang lo sintió, la visión se le aclaró y la niebla retrocedió, como si le lastimara. El dolor remitió, los temblores empezaron a parar, la oscuridad de todas las sombras remitían.

Cerró los ojos, espirando.

¡No lo tendrás, Odio! ¡Nunca!

Qiang podía sentirlo. Su cabeza latía de la energía que sobrecalentaba su pendiente, su nexo con aquella divinidad tan... familiar. La calidez del poder de su madre lo inundó, y en sus párpados pasaron imágenes de ella entrenándolo, abrazándolo, protegiéndolo. No..., su madre sí lo entendía, porque ella, como él, sabía lo que era vivir en un orfanato, sabía lo que era ser rechazado.

Por ende, su madre no podía estar muerta.

Ella no moriría.

Ella era un símbolo.

Sonrió.

¡No le robarás sus emociones, Odio! Equilibrio gritaba. Por un instante, Qiang sintió una enorme afinidad con él, con su voz cansada y esa sensación de... abatimiento. De soledad—. No la escuches, Qiang. Sé que el dolor es horrible, pero es por eso que éstas vivo. Es duro, lo sé, pero es con el dolor que aprendemos. Nunca podríamos evitar un obstáculo, si no caemos antes. El dolor es algo que hay que tener para aprender, sobrellevarlo. Sin oscuridad no hay luz, ¿cómo disfrutar de la alegría si no has experimentado el sufrimiento? Es...

—Es cuestión de Equilibrio —dijo Qiang.

Sí. Lo has entendido. Equilibrio hizo una pausa. Ya lo has oído, Odio. Ha decidido. Lo reclamo, aunque sea por un efímero momento. No puedes tenerlo. Si lo robas, romperás una unión voluntaria y te arriesgas a que pueda atacarte, a que mi enviado pueda destruirte. ¿Tienes el valor?

No hubo respuesta.

Su cuerpo expulsó toda la niebla que había absorbido mediante las sombras, como si limpiara su sangre, y un calor casi vivo lo abrazó. Su cuerpo brillo no sólo de su Chi negro, sino que había algo más. Alrededor de ese negro, un halo dorado lo envolvía, dándole fuerzas, revitalizándolo.

Escuchó tambores... no. No, era un ritmo. Lejano, muy, muy, muy lejano. Uno que lo hacía vibrar a nivel espiritual. Uno que por alguna razón se le hizo similar al que, al concentrarse, percibió de su madre, en aquella columna de Chi.

Lo siento, Qiang, dijo Equilibrio en su mente, dolido. Perdón. No puedo... Tu cuerpo está demasiado dañado por años de un alto sou incorrecto; tu alma está muy desgarrada. Yo... soy un dios, pero las almas son algo que están fuera de mi poder. Aún no he aprendido cómo hacerlo. Lo único que puedo hacer es darte la fuerza, ¿sí? Un último empujón, para que vengues a tu amigo.

—Está bien —susurró. De alguna forma, lo estaba.

Un suspiro rozó su mente y su alma.

Entiendo por qué Tigresa está orgullosa de ti. Ella tiene el honor de tenerte como hijo. Ahora ve, Qiang Ping, álzate y pelea. Enorgulléceme a mí también.

Qiang se puso de pie, con el cuerpo sin dolor y refulgente de Chi, estiró la pata a un lado y pensó en un arma. No una lanza, no una alabarda. No un bo. Sino el arma de alguien a quien amaba.

El Chi a su alrededor onduló y se solidificó: un bastón de jade, verde grisáceo, tomó forma en sus patas.

No podría ser el verdadero bastón de su padre, pero al menos, se dijo, tendría el honor de blandirlo.


Lei-Lei frenó casi derrapado sobre los tejados destruidos de la zona. Hincó una rodilla al detenerse, siendo presa de un intenso mareo. «No. No me voy a desmayar ahora». Inspiró profundo y consiguió eliminar el mareo y la visión que empezaba a volverse borrosa. No sólo era agotamiento físico, era mental y espiritual.

—Tienes que descansar, Lei-Lei —le aconsejó Gao, a su lado—. Deja de pelear. Esto es producto del Paso.

Como si la cabeza le pesara mil kilos, alzó la mirada. Gao había dicho que el Paso causaba reacciones impredecibles, pero no era seguro. Cuadró la mandíbula; si debía morir por proteger a su familia, que así fuera.

Una onda de energía casi la hizo caer del tejado. Al enfocar la mirada, encontró a Qiang, a unos veinte metros a lo lejos, brillando de un dorado oscuro, como si se hubiera mezclado su Chi negro con uno dorado, como el de su padre, peleando con un leopardo de las nieves, entrechocando con potencia su bastón contra una lanza; a pocos pasos de ellos, el cuerpo de un lobo negro yacía muerto.

Por seguridad, bajó al suelo e intentó correr hacia su hermano, gritando su nombre por reflejo. Aquello fue una estupidez. Al hacerlo, Qiang instintivamente alzó la cabeza y volvió la mirada hacia ella, ocasionando que Yuo le diera un golpe a las costillas con el cuerpo de la lanza. Qiang se dobló un poco, quejándose, y Yuo soltó la lanza que se deshizo en sombras para estamparle un puñetazo en la nariz a Qiang.

Su hermano gruñó, sangrando, blandiendo el bastón a la desesperada, pero Yuo ya estaba detrás de él. Se había movido usando las sombras, sumergiéndose y emergiendo detrás del panda, con un cuchillo largo hecho de Chi y sombras, y se lo enterró en el hombro; la punta del arma salió con un grito de Qiang por debajo de la clavícula, y el brazo derecho de su hermano quedó flácido, como muerto.

Lei-Lei gritó e intentó ayudar, pero al obligarse a usar su poder en su estado, cayó de rodillas al suelo, escupiendo sangre y con un dolor opresivo en el cuerpo; el pecho le ardía.

—¡Lei-Lei, basta! ¡Vas a hacerte matar!

—Yo... —jadeó, con el sabor metálico de la sangre en la lengua—. Debo protegerlo. Soy... soy su... hermana mayor. Es mi deber.

Gao se quedó callado, pero mediante su unión de almas pudo sentir su tristeza y comprensión cuando, dolorida y con la inconsciencia extendiendo sus zarpas para tomarla, se arrastró sobre los brazos hacia su hermano. Cuadró la mandíbula cuando tuvo que reconocer que era una empresa perdida; las lágrimas le emborronaron la visión.

Sintiéndose inservible, dejó de intentar emanar Chi y su cuerpo se relajó, agradecido, y las piernas le respondieron para poder sostenerla en cuatro patas. Jadeó y reunió fuerzas para erguirse, pero terminó cayendo sentada en el suelo.

—No hay nada que puedas hacer, Lei-Lei —dijo Gao, con una comprensión y suavidad en la voz. Era duro, pero ella sentía su intento por consolarla—. Equilibrio me lo ha dicho. Tu hermano ha cargado con un sou incorrecto toda su vida.

—No toda su vida —le corrigió ella, sin apartar la mirada de la lucha de su hermano y Yuo—. Desde que manifestó la totalidad de sus poderes. No existe un alto sou para su poder.

—No chino, ciertamente.

Lei-Lei observó a su espíritu y ahogó una expresión cuando se sentó a su lado; sentía su calor. No era por la unión de almas, sino que de verdad Gao tenía sustancia física. Producía sombra y su corta melena de león y coleta se movían con la brisa.

—¿Recuerdas que te dije que te explicaría nuestro sou? —Estiró la pata y sus dedos brillaron de dorado, no sólo la garra. Trazó en el aire una runa, con líneas como montañas que se unían a picos agudos y cortes curvos. Le transmitió quietud. No, eso era…

—Tiempo —murmuró.

—Exacto —convino su compañero, y cuando completó el sou, alrededor de ellos se formó un domo que los cubrió a ambos. Dentro todo era normal, pero fuera casi parecía detenido. Qiang y Yuo se movían tan lento que parecían paralizados—. No lo han aprendido aún —dijo—. Y Equilibrio no les va a dar ese conocimiento. Pero en palabras simples, Lei-Lei, tu hermano ha llevado un alto sou incorrecto toda su... todo su entrenamiento. Los sou son un acceso al poder divino, al Chi. Al verdadero Chi.

—Sé cómo funcionan, Gao. Dibujar el ideograma hace que el poder pase a nuestro mundo, de una presión alta a una presión baja.

Gao bufó. Dioses, era una expresión real, viva. Ella siguió su mirada y clavó la vista en su hermano.

Ambos animales tenían un brazo inhabilitado, pero de los dos, Qiang parecía sobreponerse. Ambos lucían cansados, ambos estaban al límite.

—Sus almas están demasiado dañadas —susurró su compañero, mirando a Qiang y Yuo—. Sus poderes desgarran sus almas, tu hermano sólo pospuso lo inevitable.

—Mi deber era ayudarlo —dijo Lei-Lei, furiosa consigo misma y su debilidad—, salvarlo.

Ambos estaban en una posición de carga definitiva, era el último ataque. Yuo sostenía su espada como si fuera una pica, con los brazos extendidos y la punta al frente, mientras que Qiang alzaba su bastón, para blandirlo en un arco descendente.

—He recordado quién fui, Lei-Lei —soltó Gao. Ella se volvió a verlo por inercia, como si algo tirase de ella—. Pero eso no es lo importante, en realidad. Sino lo que soy ahora.

—¿Y qué eres, Gao? —Los ojos de su espíritu eran duros. No, orgullosos. Como un emperador o un líder nato.

—El espíritu de los sacrificios —susurró, pasándole una pata por la cintura para ayudarle a sentarse; le colocó un sou de regeneración para mantenerla consciente—. Espíritu guerrero de los sacrificios y juramentos. De promesas. Y de nobleza. —Hizo una pausa—. ¿Lo comprendes?

«¿Lo comprendes?». Sí, lo hacía. Entendía lo que realmente Gao le quería decir. El pendiente en su oreja quemó como un ascua encendida. Lo que tenía que hacer era simple, en teoría, pero muy doloroso. Tanto que si lo aceptaba, si concedía aquello, su alma se fracturaría.

—No puedo —gimió, con la voz quebrada—. No puedo dar un paso atrás y dejar a mi familia morir. Es mi hermano. —Las lágrimas se agolparon en sus ojos—. He perdido a muchos.

Gao le subió la pata de la cintura a la cabeza y le hizo reposársela en su hombro. Era cálido y le daba una sensación de seguridad enorme.

—No te estoy obligando a hacerlo.

—¿Y por qué me lo dices?

—Porque tienes que decidirlo tú, Lei —susurró—. Si te fuerzo a tomar la decisión no cuenta. Necesitas Intención.

—No lo entiendo.

—Lo entenderás, a futuro. —Le tendió la otra pata y ella se la apretó, entrelazando los dedos—. Ya te lo dije, ¿no? Tú tienes poder sobre mí, mi alma está tejida con la tuya ahora, no puedo no apoyarte en la decisión que tomes, sea la que sea.

Lei-Lei se rompió a llorar, sintiendo cómo algo dentro de ella se quebraba. Siempre había entrenado para ser de ayuda, para proteger a los suyos, para mantener a su familia unida y… y… y ahora tenía que aceptar dejar morir a su hermano. Al que de pequeño siempre derrotaba en la sala de entrenamiento, pero conforme creció, la superó. Al que la mantenía en vela para encontrar una forma de mantener su vida con un sou. Por el que lloraba con su madre cuando le daban los ataques en los que muchas veces pensaron que era la última.

Lei-Lei se alejó de Gao y se acurrucó en el suelo, en el borde de la burbuja, flexionando las piernas, rodeándoselas con los brazos y apoyando la barbilla en las rodillas. Temblaba como si se estuviera congelando.

Pero Gao se paró, dio un paso hacia ella y se sentó detrás, abriendo las piernas y abrazándola por la espalda. Como un padre con un cachorro, como un novio protector, como… como un hermano.

Reposó la frente contra la nuca de ella y el calor le encendió el cuerpo.

—No me pidas que te deje o me aparte de ti —dijo—, porque donde vayas yo iré… —La marca en el pecho le quemó a ella y recordó cuando le rogó a Equilibrio le ayudase a salvar a Gao cuando la ceremonia se torció.

Así como ella estuvo para él, él ahora estaba para ella.

Cerró los ojos, puso sus patas en las de Gao que le rodeaban la barriga, se afincó contra el pecho de su compañero y sintió la mejilla de éste contra la suya.

—Lo acepto —susurró y, oh, dioses, cómo dolió. Se sintió al borde de un precipicio pero una cuerda de salvación evitaba que se autodestruyera a sí misma con aquella horrible decisión. Gao.

Las lágrimas salieron como un mar contenido, mientras se abrazaba las piernas, acurrucada en el suelo, con la vista fija en su hermano, que se movía muy lento hacia su muerte.

Maldita sea, odiaba llorar. Llevaba muchos años sin romperse a llorar de dolor o angustia, pasase lo que pasase. Era la mayor muestra de debilidad.

La espalda le quemó, como si el pecho de Gao contuviera un horno.

—No eres débil, Lei. Eres fuerte, y has aprendido una lección que a mí me costó mucho tiempo. Una vez alguien me lo hizo saber.

—¿Quién?

—Alguien que ya no existe.

—¿Qué te dijo?

Gao suspiró, haciéndole cosquillas.

—«No todos los poderes son espectaculares, a veces el más difícil de dominar es la capacidad de ceder».

Algo se revolvió dentro de ella; una calidez dubitativa, como si abriera una puerta, apenas un poquito, para ver algo protegido.

En su mente apareció la imagen de una pelea contra un ser vasto y muy poderoso. Con piernas de ciervo, cuerpo de león y astas. Con tres pupilas en cada ojo.

—Ten algo por seguro, Lei-Lei Ping: yo no me vincularía…, qué demonios, yo no uniría mi alma con alguien que no fuera fuerte.

—Lamento decir que te equivocaste. —El domo empezó a agrietarse y Qiang y Yuo a aumentar la velocidad—. Uniste tu alma a alguien débil. Alguien que no puede cumplir lo que promete, alguien que no pudo salvar a Bao, a Nu Hai, a Jing… y ahora no podré salvar a mi hermano. Uniste tu alma a una inútil.

Gao rio, suave y sólido, con el sonido de la experiencia. Alzó las manos de su panza y se las colocó en el pecho. A todas luces parecería algo erótico, pero no para ella; el león le daba una calma inanimal, y sabía que estaba buscando la runa que tanto ella como él tenían sobre el corazón.

—Yo no diría alguien débil o inútil. Más bien, alguien que carga el peso de la responsabilidad, como lo hice yo una vez. Alguien que sigue su palabra a rajatabla, como lo hice y hago. Alguien como yo, que el dolor la ha templado. La diferencia entre mi antiguo yo y tú, es que tú has aprendido mucho antes. —Suspiró—. Equilibrio me mandó a proteger a tu madre, cierto, pero tengo una misión aún más importante, una que debía ser secreta.

Esperó.

—¿No me vas a preguntar?

—Para qué si sé que me lo vas a decir.

Gao bufó.

—Bien, te lo diré. Mi misión secreta era encontrar a alguien para mí.

—Si estás buscando pareja —dijo, sin poder evitar bromear—, lamento decirte que no puedo darte cachorros. Pero puedo intentarlo, como apoyo.

Genuinamente, el león rió y ella sintió las sacudidas de su pecho contra su espalda.

—No me das un descanso, ¿verdad? Uno queriendo ser todo ceremonial, ya que soy el enviado de un dios, y vienes y me tumbas el misticismo.

Lei-Lei se encogió de hombros.

—Es mi don, mi maldición.

—En fin, debía buscar alguien para mí. Vincularme con alguien. Pero no cualquiera. Alguien en el que pudiera confiar para ser mejor. No, espera, no me interrumpas. Sólo, compréndelo, ¿vale?

Entonces, de improvisto, una masa de emociones la golpearon, barriéndola como una ola barre una mísera piedrita. El león se apretó contra su cuerpo, respirando con fuerza.

Odio. Miedo. Ira. Desprecio. Dolor. Traición. Pasaron tan rápido que le sacaron un gemido ahogado. El dolor por una madre muerta y no haberla podido ayudar. El dolor por una hermana muerta y un maestro muerto. La búsqueda de venganza. El vacío luego de tantas muertes encima. Un cachorro muerto con el cuello roto y el hermano de éste con la mirada llena de odio y miedo mientras apretaba un cuchillo de cocina, con lágrimas por el rostro, ante cinco cuerpos muertos de su familia atrás; familia que Gao había matado. La nubosidad del no tener un lugar y vivir entre la escoria de los pueblos, siguiendo su venganza. La llegada a un palacio, donde encontró un hermano. La chispa de la vida de nuevo. El dolor de la muerte de alguien querido. El honor de matar a seres inmortales. El honor en morir. La redención por fin.

Y por encima de ello, el autodesprecio.

Lei-Lei inspiró profundo cuando, con una jaqueca enorme, su mente se dividió y se observó en dos sitios. Estaba en la burbuja, pero también estaba en un recuerdo.

Po, su padre, le tendía la mano a Gao en el suelo de un mundo con suelo oscuro, pero con cielo de ópalo. Comprendió que había sido arrojado como un despojo, y supo que le habían arrebatado a alguien muy importante, destruyéndole la mente para poseerla, porque no pudieron romperle a él la mente.

Po…, no, no era Po. Lo era y no lo era. Era Po, sí, pero tenía la esclerótica de los ojos dorada en lugar de blanca, y vestía un traje de emperador dorado, con una manga negra y otra blanca.

—Lo siento, viejo amigo —había dicho el Po que no era Po.

—Debo ir por ella.

—Lo sé.

—Debo matarla, aunque eso me mate la poca vida que me queda.

El Po que no era Po había sonreído, triste.

—Ciertamente, viejo amigo —dijo—, pero…

—¿Pero?

—Pero creo que puedo ayudarte. —Había alzado una pata y de ella surgieron centenas de esferas doradas, cada una de ellas con una imagen. Pero diez se destacaron—. No puedo interferir en los demás universos, sólo los diez de nosotros, los dioses, así que puedo ayudarte, si tú te ayudas a ti mismo.

—¿Cómo?

—Te daré mi poder, una pequeña parte. Serás mi Astilla. No la de Orden, no la de Qilin. Serás la Astilla de Equilibrio. Dominarás los poderes que no le permitiré a nadie dominar, ni a mi familia. Ni a los nietos de mi querida Lei-Lei, que pronto acompañará a mi amada Ti. Les he restringido el acceso de ese poder a todos, por su peligro, pero tú lo comprenderás y lo estudiarás.

—Eso no me va a ayudar.

—Sí, si me haces un juramento. Jura que al recibir esto, al ser una de mis Astillas y convertirte en un espíritu guerrero, te vincularás con alguien. Alguien a quien tú consideres apropiado, y que aprenderás de ese alguien.

—No le veo el sentido.

El Po que no era Po, Equilibrio, sonrió. Era… otro Po, pero tenía esa chispa de alegría infantil, porque parecía un crío que tenía un secreto que le daba la victoria.

—Lo verás, a futuro. Porque a diferencia de ti, yo veo los muchos futuros que pueden ocurrir. En fin, ¿lo juras?

—Lo juro.

—Entonces álzate, viejo amigo, como el espíritu de los sacrificios.

Lei-Lei jadeó al volver totalmente en sí, tragando aire. Inspiró calmándose, con una pata en la boca. Gao temblaba. Era casi del mismo tamaño que ella, y aún aun así temblaba; tenía miedo de que ella se apartara y se volviera a sentir traicionado por alguien más. Cargaba, como ella, con culpas por cosas que no pudo cumplir.

Ella le apretó las patas y Gao suspiró.

—Te acepto —murmuró él—. Te acepto. Acepto nuestro vínculo, Lei. Eres digna de ello y te doy mi vida por eso mismo. No sólo tienes poder sobre mi alma por la unión, tendrás poder sobre todo mi ser por nuestro vínculo. Y… aprenderás cosas.

La esfera se rompió y el tiempo volvió a su curso normal. Ambos animales, Qiang y Yuo se hirieron mortalmente al mismo tiempo: la espada de Yuo le atravesó el corazón a Qiang cuando éste golpeó con un mandoble descendente el cráneo del leopardo de las nieves.

No hubo sonidos de quejidos. Sólo silencio y entonces el sonido de dos cuerpos cayendo como pesos muertos.

Gao la soltó y se puso de pie, tendiéndole la pata para ayudarla. Ella la tomó, abrumada por la energía que la hacía vibrar entera, latiendo dentro de su cuerpo, llenando sus venas de poder, pero más aún, de comprensión. «Vio» con su alma el poder de Equilibrio, su Identidad y la Conexión que tenía con él, sin embargo, fue el poder lo que la asombró. Las decenas de miles de combinaciones de los sou, de los altos sou y los sou rúnicos. Sou que podían destruir el Valle de la Paz entero. Sou que podían destruir a China.

Sou que Equilibrio no quería, por más que sus seres amados estuvieran muriendo, revelar. Era demasiado peligroso. «Pero a mí sí, porque Gao me reconoció».

Gao estaba de pie junto a los cuerpos de Qiang y Yuo, con los brazos a la espalda, en una posición militar. Sí, él tuvo que ser un soldado en su vida mortal.

Con aplomo, y el dolor en su alma apenas mitigado por la fortaleza que extraía de Gao, caminó hacia los dos cadáveres. Uno de un despiadado y otro de un héroe que murió para proteger a otros.

Su hermano menor.


Tigresa se sentía imbatible con tanto poder fluyendo por su cuerpo. Era... era maravilloso y aterrador al mismo tiempo, similar a cuando peleó con los Inmortales, pero más... desatado. Antes su poder era de la misma creación, el poder para degradarlo todo, el poder de las sombras y la muerte. La pareja del poder de Po, de la vida y el progreso.

Pero ahora, ostentaba no sólo un poder similar, sino que ambas partes. Lo que le había dicho Equilibrio parecía ser cierto, podía vincularlo todo, unirlo y conectarlo. Al liberar todo su potencial, podía verlo. Podía sentirlo. Curiosamente, había un ritmo en el poder, como música, sólo que uno armónico, superior inclusive al del mejor de los músicos.

Perdería no sólo su poder, sino la capacidad de usar el Chi por toda su vida. Lo comprendió al entrenar y al ampliar su conexión con Equilibrio. Ella nunca poseería un control total de su poder, tanto porque era mucho para su mente mortal, como porque el dios limitaba su uso.

Tigresa dio un paso hacia Khang y comprendió a Equilibrio. El poder que ostentaba era..., divino. Si se concentraba, sentiría cada roca del Valle, cada granulo de arena y sedimento de China, cada minúscula materia del mundo entero. Rozaba la divinidad. Y su Potencia, que era la combinación de tres Puras, le permitía cambiar la forma de no sólo la tierra, sino toda la materia en sí; le permitía entender el miedo del dios.

Lo sentía en la punta de sus dedos, fluyendo por sus venas. El poder de moldear las almas y todos sus aspectos.

—Sí —le había dicho Equilibrio—, tu Potencia Derivada te permite unir y controlar uniones, pero ahora con la Adhesión, puedes forzar uniones y destruirlas al presionarlas. Estás muy cerca de la verdadera Potencia, casi como los usuarios de Honor, pero ellos están regulados, tú no.

—Quiero estarlo, quiero usarla.

—No puedes, Ti —había dicho Equilibrio, con la conexión espiritual de ambos—. Si usaras la Potencia sin restricciones, destruirías el mundo con sólo desearlo. Cometer un error al manejar una Potencia Pura es garrafal. Qilin no lo sabía y su Pian se redujo y fragmentó en trozos más pequeños. Si él, un dios, se equivocó, sin duda tú lo harás. No, lo siento. Lo que puedo hacer es darte un empujón, llevarte al linde entre las Potencias, donde puedas rozar la Adhesión, pero sin dejar tu propio poder de la Estratificación.

—¿Puedes?

—Soy un dios, claro que puedo. Pero tendrá un precio.

Khang dio un paso atrás dando un gañido sorprendida, molesta, pero también asustada, devolviendo a la maestra de sus recuerdos. Tigresa lo notó. Y también vio el espíritu guerrero vinculado a Khang: una leona también, con un aura violeta, semblante hosco y postura tensa. La espíritu también estaba preocupada.

—Dame el control, Khang —gritó la espíritu a su compañera. Khang dudó y asintió, entonces alineándose con el cuerpo de la leona, la espíritu se adentró y Tigresa vio, o más bien percibió, cómo el cuerpo de Khang se rendía a la voluntad de la espíritu.

Al abrir sus ojos, los ojos de Khang eran morados por completos. Sin rastro de blanco o negro, como una amatista.

«Como los Inmortales».

Tigresa se preparó, pero por más poder divino que tuviese, no podía hacer frente a la forma de atacar de Khang. Ella chasqueó las garras y Tigresa cayó de rodillas al suelo, presa de un tirón del mundo muchas veces mayor al normal.

—¡Ti! —gritó Po.

Sin embargo, antes de que su amado pudiera hacer algo, Khang se transportó con unos relámpagos saliendo de ella, convertida en una cinta de luz y a la velocidad de un latido, tras Po y le asestó un puñetazo que lo envió rodando al suelo.

Acto seguido Tai-Lung atacó, blandiendo una espada de Chi rojo, pero Khang estiró el brazo a un lado y una espada de metal violáceo apareció, como si surgiera de la misma nada. Las gotas de condensación de la espada se disiparon, junto con las chispas de impacto al chocar las dos hojas.

Tigresa gruñó y se concentró. La torre de luz que era ella se rompió, derrumbándose sobre sí para contornear su cuerpo y forjó una unión: se conectó al suelo. Pudo sentir la mente misma de la tierra, molesta por su intrusión. Tigresa entonces se sumergió en ella, como si se hundiera en un lago y navegó en esa oscuridad, emergiendo lejos de la zona donde Khang la había aprisionado, con el tirón del mundo.

Inspiró con fuerza al salir, jadeando por la falta de aire. Khang, sin volverse a verla, movió uno de sus pies y una gran cantidad de enredaderas rojas violáceas reptaron por el suelo, buscándola. Sus ojos podían darse cuenta de que aquellas enredaderas destruían, incendiaban las uniones del suelo, de todo lo que tocasen; incineraban e imposibilitaban. Era como un ser hambriento que devoraba sin discriminar lo que le pusiera al frente.

Tigresa saltó en el aire y las enredaderas, como manos esqueléticas, se alzaron del suelo, buscándola. Entonces, sabiendo que si tal cantidad la capturaba la terminaría matando, estiró un brazo a un lado y se concentró en hacer que su Chi tomase forma física.

Equilibrio le había comentado que ese era uno de sus mejores movimientos: la capacidad de darle materia al Chi. La forma física, era metálica. «La gaseosa ya la conoces, es la niebla o luz que todos los maestros emiten».

Lo mismo que Po había logrado con años de entrenamiento podía recrearlo, pero ella tenía una ayuda que era Equilibrio, quien le estaba dando la capacidad de ser aquella animal que podía proteger y ser muy fuerte, aunque a un gran precio. La luz que la rodeaba se licuó y, de alguna manera, empezó a tomar consistencia, hasta que se solidificó y cayó en su pata como una reconfortante lanza de metal dorado.

Con precisos movimientos, destruyó las zarzas de Chi y se lanzó contra Khang. La leona la miró con sorpresa camuflada de molestia, despachó a Tai-Lung con una bofetada y flotó, moviéndose con rapidez, mezclando su manejo del tirón del mundo con su transportación. Tigresa, por suerte, la sentía; porque verla moverse... era difícil.

Hubo un ritmo a su espalda y por reflejo se giró blandiendo la lanza, la hoja de la lanza chocó contra la espada de metal de Khang. A través de la energía que reverberaba en su propia lanza, sentía la de dentro de la espada morada de Khang.

Khang sonrió.

—Curioso, Vinculadora —dijo—. No sabía que podías manifestar Equilium.

—¿Qué?

Khang sonrió.

—¿No lo sabes? El metal divino, el Chi en forma física de una concentración de poder de una Pian. ¿O por qué crees que corta el alma? Tu panda lo que tiene es un aproximado. Ni siquiera mi médium puede manifestar de forma física su poder total… ¿Estás tocada por Equilibrio, verdad? —Frunció el ceño—. Eso explica esa rara Potencia tuya, sí, sí.

Tigresa gruñó y con un movimiento grácil, pasó el cuerpo de la lanza por su propio cuerpo para golpear a la leona con la base, pero ella la detuvo con el antebrazo, aunque frunció el ceño, dolorida.

—Eres nueva usando poderes que escapan a tu comprensión —dijo Khang, o más bien, la espíritu que la controlaba—. Y eso te costará caro. Podrás manifestar Equilium, pero yo llevo años manejando el Waisyo.

Chasqueó los dedos y Tigresa cayó en cuatro patas, gimiendo de dolor. Era como tener diez elefantes encima, por más fuerza que tuviera, aquello era demasiado. Su lanza de metal divino se fracturó en pedazos que resonaron en el suelo; Khang hizo aparecer un dardo de metal con vetas moradas y se lo arrojó como si nada, clavándoselo en el brazo.

Instantáneamente, dejó de poder usar Chi, lo que la aterró.

Khang metió la pata libre en una apertura en el aire y sacó aquella extraña ballesta que parecía un cañón de Shen en miniatura, donde debería haber una flecha común, se encontraba una de jade, el mismo jade que había matado a Bao, con vetas moradas.

No iba a morir sin plantar cara. Se llevó una pata, entre dolores, al sitio donde tenía el dardo clavado, pero fue tan sólo que Khang diera un paso, para que el peso del tirón del mundo aumentara y Tigresa quedara aplastada contra el suelo, apenas pudiendo respirar, concentrando cada parte de ella en el subir y bajar del pecho. El dardo se le clavó más en la carne.

—¡Ti! —gritó Po, lanzándose al ataque.

Tigresa quiso decirle que no viniera, porque el tirón del mundo iba a tomarlo a él también, pero se calló sus objeciones, porque Po estaba recubierto en Chi, parpadeando con debilidad, trotando sosteniéndose un brazo. Él arrojó su bastón con fuerza, hacia la cabeza de Khang, pero ella interpuso su espada para rechazarlo; Po sonrió.

Tigresa, como pudo, se giró sobre su cuerpo, quedando boca arriba, pero no pudo no sonreír al notar que dos gruesas raíces atraparon los tobillos de Khang.

«Vamos, salta. Usa ese poder que te permite transportarte con un latido, úsalo». Lo había comprendido cuando Po y Tai-Lung lucharon en el aire, haciéndole tiempo, y lo confirmó cuando escapó usando la tierra.

Ella no podía tener un control perfecto de todas las habilidades.

Entonces, como una exhalación, Tai-Lung surgió con una llamarada del mismo aire frente a ella, con la parte inferior del cuerpo como un espíritu errante, sólo que de puro fuego. Asiendo con fuerza su espada de fuego, ornamentada, asemejando metal rojizo, dio un fuerte mandoble.

Tigresa gimió, riéndose para sí. Aquel corte no era como el de Po, no podría cortarle el alma porque no era poder puro solidificado, pero Tai-Lung además de un gran guerrero, era un embustero de primera. ¿Qué tan difícil sería para él, con un control casi perfecto de su poder de Guerrero, emular el aspecto de una espada como la de Khang o la lanza de Tigresa?

Por inercia, la espíritu guerrero que controlaba a la leona la hizo saltar hacia atrás y usó aquel poder. Ella se deshizo en una cinta de luz, emanando arcos voltaicos morados, para aparecer poco más de unos metros lejos. Durante el traslado, Tigresa sintió el tirón del mundo aminorar y Po hizo que unas raíces tan gruesas como sus brazos emergieran a su lado y la jalaran por el brazo, sacándola de la zona con tirón del mundo aumentado.

Jadeó con fuerza, aspirando precioso aire, al dejar de sentir como si tuviera elefantes sentados en su pecho. Se sacó el dardo de metal del hombro y poco a poco empezó a recuperar su control de Chi. Comenzó a sentir las uniones de todo. Los vínculos, tanto naturales, menores y mayores.

La raíz la dejó cerca de Po, quien estaba en cuatro patas en el suelo, escupiendo sangre y jadeando.

—Lamento... tardar, Ti —susurró, tosiendo—. Ya me... ya me repongo.

—No —dijo ella, poniéndose de pie y posándole una pata en el hombro—, quédate quieto. Si te fuerzas más, acelerarás tu muerte. Descansa y reúne Chi, por si...

—¡Tigresa! —gritó.

Fue un latigazo en la columna, como si un rayo le cayera encima y la energizara. El grito de Po hizo que se volviera con rapidez, aunque todo ocurrió muy lento a sus ojos imbuidos de poder. Al fondo Khang estaba con un brazo cercenado, con el muñón de carne cortada brillando regenerándose, y el brazo sano estirado hacia ella con la pata abierta.

Y en el aire, rumbo a su cabeza, la espada morada metálica marcaba su trayectoria, cortando el aire, silbando por reclamar su vida.


Lei-Lei se limpió las lágrimas cuando le cruzó los brazos a Qiang sobre el pecho, se irguió y lo observó. Su hermano, su cadáver, lucía despreocupado, una expresión muy rara en él, que siempre estaba pendiente de todo.

Gao se paró a su lado, con su figura insustancial generando sombra. Siempre se lo había preguntado, ¿si Gao era un espíritu, un ser sin cuerpo físico, por qué generaba sombra, una que sólo ella veía? Más complejo ahora, su sombra como la de cualquier animal iba hacia el sol, no huía de éste.

Él león le posó una pata en el hombro, haciéndola verlo. Sus ojos eran oscuros, duros, y nobles. Tenían consigo un conocimiento enorme, una gran experiencia. Lei-Lei sintió aquella marea de emociones que él le transmitió y le dieron ganas de reconfortarlo.

Lei-Lei apretó en su pata el pendiente de Qiang, que ella había encontrado y el suyo; en la otra, la flecha con el poder de Bao, con Tortuga Negra. No necesitaba tener su pendiente puesto para ver a Gao. Ya no. Nunca más.

Gao le había explicado lo que tenía que hacer.

—¿Ya elegiste cuál? —le preguntó, con suavidad. Lei-Lei volvió a ver los dos cadáveres: el de su hermano y el de un lobo negro.

—Sí —dijo—, pero antes de realizar la ceremonia, necesito preguntarte algo.

—Lo que quieras.

—¿Quién fuiste? De verdad, ¿qué te sucedió para que estés aquí?

Él dio un mínimo respingo, bufó sonriendo.

—Eso ya no importa. El animal que fui antes... ya murió. Ahora soy alguien nuevo, alguien que aprendió de ese animal. Soy Gao, tu espíritu, el enviado de Equilibrio. Más importante, gracias a nuestra unión, somos tiao. Ya no importa quién fui. —Guardó silencio un rato, pensativo—. Pero si tanto quieres saber, fui y soy una deshonra.

Lei-Lei comprendió que la vida anterior de Gao tuvo que haber sido dura; dura y triste. Y lo peor era que no lo había superado. Tío Tai-Lung fue un animal muy cruel, y lo seguía siendo en parte, pero fue su aceptación y el apoyo de muchos animales lo que le hizo ser mejor.

Ella negó con la cabeza, reprendiéndose, se acercó y le apretó la pata, reconfortándolo. La otra pata se la colocó sobre el pecho, donde la marca de unión de almas estaba.

—Hiciste lo que debías para sobrevivir, y moriste con honor. —Le soltó la pata y se tocó su propia marca—. Eso, al menos, puedo sentirlo. —Él se encogió de hombros—. Para mí eso no es ser una deshonra. Aprendiste de ti, aunque fuese en los últimos momentos de tu muerte.

—No sabes lo que dices, Lei-Lei. Tengo mucha sangre en mis patas.

—Eres un amigo, eres mi amigo, y eso te hace parte del Palacio de Jade. Eres uno de los nuestros. —Sonrió. Con la pata que reposaba en el pecho del león, usó uno de los pendientes y trazó un sou rúnico en el pectoral derecho, que evaporó el jade como si fuera cera de vela. Uno que hablaba de unión, de nueva vida, pero sobre todo, de confianza—. Tu pasado no importa, sino tu futuro. Tienes una nueva oportunidad de vivir, aprovéchala. Somos tiao, estamos unidos y créeme que te haré darte cuenta de que todo lo que te digo, es verdad.

Gao bajó la mirada hacia su pata en su pecho, con la pata libre, le tomó el rostro, acunándole la mejilla, fijando sus ojos con los de ella. El sou en el pecho de Gao, el que ella trazó, brilló como fuego, latiendo en intervalos, sincronizándose los latidos de la flecha de jade que contenía el poder de Bao.

Él hizo una mueca mientras su esencia entera empezaba a difuminarse. Y Lei-Lei contuvo un gruñido, porque sentía su alma siendo tirada junto con la de él.

Lei-Lei se arrodilló junto al cuerpo del lobo negro. Gao no merecía la carga de estar en un cuerpo como el de su hermano, tan familiar. Debía ser alguien mejor. Debía crecer. Debía cambiar. Era irónico que ella intentase alentar a otro a mejorar, cuando cargaba en sus hombros la incompetencia de no poder lograr las cosas. Sacudió la cabeza, no podía dejar que eso la distrajera ahora. Para después.

Lei-Lei uso el otro pendiente para trazar el mismo sou en el pecho del cadáver, justo en el corazón, y el pendiente se derritió, desapareciendo. El cuerpo del lobo empezó a brillar de dorado y un leve cobrizo.

Gao se arrodilló a su lado y alzó el cadáver, abrazándolo por la espalda contra su pecho y evitar que se cayera. Ella alzó la flecha y le trazó sou tan pequeños que apenas su garra los dibujaba en el jade con vetas moradas, aunque no los entendía.

Sou que aparecían en su mente; estaba siendo guiada por los estudios de Gao sobre ese poder. Los rúnicos le parecían hablar de renacimiento, de confianza, de poder y peligro, de la capacidad de hacer lo que un dios hace.

Los sou se duplicaron solos y reptaron hasta su brazo, marcándola y dándole poder.

Pero hubo un sou que tuvo que dibujar sobre la punta de la flecha que le arrancó un grito de dolor y le hizo romperse los huesos del brazo. Uno que parecía una estrella anudada, con diez puntas que se entrelazaban.

La historia de Gao pasó como una secuencia de pinturas por su mente, fugaz, apenas distinguibles. Casi dejó caer la flecha ante el dolor y romper el traspaso. Sacudió la cabeza y se concentró, tarareando un ritmo que la envolvía; regular, estable, delicado. El ritmo, lo supo en su ser, de Equilibrio, y cambió a uno más agudo, tanto que dolía. Una única palabra resonó en su cabeza:

«Capricho».

Lei-Lei caminó hacia Gao, colocándose en la espalda de él, y buscó el corazón tocándole. Su mano era guiada por el poder en sí. Al localizarlo, alzó la flecha, con los dos ritmos agolpándose uno encima del otro. Con un golpe potente, Lei-Lei clavó la flecha a través del corazón de Gao con tal fuerza que lo atravesó y se clavó en el corazón del lobo negro, causando que una ráfaga de Chi explotara alrededor de ella. El brazo con los sou le ardió y gritó, con quemaduras que le llegaban al hombro; el brazo le temblaba.

La flecha perdió la forma, como arcilla, al llegar al lobo. Gao desapareció con un fogonazo y el lobo, Shin, cayó al suelo, de rodillas. El Chi dorado y por alguna razón cobrizo, los envolvió a ambos como una niebla.

—Bienvenido —sonrió, rodeándolo, jadeando y tendiéndole la pata quemada al lobo—, Gao.

Gao, dentro del lobo, le apretó la pata a Lei-Lei y con un movimiento, le dibujó un sou que le regeneró la piel y pelaje quemados. Era de un color dorado suave. Él sonrió; brillante y con alegría.

—Estoy… —dijo, tocándose el pecho. Sobre el corazón se veía la marca de unión de almas, de tiao, y la punta de la flecha de jade—, vivo. De nuevo.

—Bienvenido a casa.

Gao negó con la cabeza, respirando con pesadez. Se tocó el pecho con una pata y le tocó el de ella.

—Esta es mi casa —sonrió.

Lei-Lei asintió y se puso de pie, ayudándolo a levantarse. Podía sentirle el pulso, Chi en lugar de sangre, que hacía funcionar el cuerpo. «Dioses, he traído a la vida a alguien».

No, es algo más complejo: uniste un alma a un enlace físico, Lei-Lei, dijo una voz en su mente. Has accedido mediante esa runa de Destino al poder de Capricho. Ahora lo entiendo. Gracias, de todas formas.

Gao se irguió a su lado, estiró un brazo y dibujó una serie de sou rúnicos que le daba la sensación de que transmitía desplazamiento, viaje, destino y objetivo.

—Te dije que te explicaría todo, ¿verdad, compañera? Pues observa. Existen diez dioses, unos muertos y otros vivos, y cada uno de ellos puede manifestar el Chi de una forma única. Me acabaste de traer al Mundo Físico con una… runa, un sou, que emula el poder de Capricho. Te las enseñaré todas con el tiempo, Lei, a emular poderes de otros dioses con el que tenemos nosotros: el de Equilibrio.

Sin quererlo, Lei-Lei rió. El dolor de la pérdida de tantos amigos y de su familia, aminoró un poco. Esas explicaciones ininteligibles le causaron una curiosa nostalgia.

—En chino, por favor.

—Simplificado, que vamos a ayudar a tu madre. —Un portal se abrió frente a ellos. No uno como los de los saltadores, como Xiao, que parecían desgarros en el mundo, sino... delicado: un círculo perfecto que llevaba al destino, como una acuarela, el aire era succionado y al mismo tiempo expulsado. En el otro lado de éste, su madre, padre y tío, estaban peleando contra Khang; ella en el suelo, boca arriba, su padre cayendo de rodillas y Tai-Lung dando tajos con una espada de metal rojizo. Khang era... elegante, moviéndose como una sombra. Gao estiró su brazo hacia ella—. ¿Vienes, mi Lei?

Leí tomó su brazo y cruzaron.


Tigresa intentó moverse, pero el tirón del mundo desapareció. Se encontró suspendida en el aire, sin poder desplazarse, sin peso alguno: de alguna forma Khang aplicó su poder a ella, haciéndola flotar, sin poder andar.

La leona sonreía y por un instante Tigresa sintió terror. Entonces algo tiró de ella hacia un lado, al mismo tiempo que una llamarada explotaba frente a ella. Fue como... como cuando la drogaron hacía años, deteniendo a unos animales que transportaban opio y terminó bajo los efectos por descuido.

A muy poco de su cabeza, la espada frenó lo suficiente para que las raíces de Po la pudieran sacar del peligro. Sin embargo, Tai-Lung gruñó cuando la espada salió por su espalda, y Tigresa, pasmada, observó cómo el cuerpo de su hermano adoptivo, que en el pasado le causó tantos problemas, caía al suelo, como un saco de harina, con los ojos en llamas y negros. Dos ascuas de carbón extinguiéndose.

El dolor por su poder al máximo fue paralizante. Su conexión con Equilibrio le hizo sentir el dolor de Equilibrio, cuando Tai-Lung, más en específico la Bestia Sagrada que estaba vinculada con él, explotó en miles de trocitos de Chi.

«¿Por qué me duele?», preguntó a Equilibrio.

Porque a mí me duele, dijo, con la voz temblando. Encarno a Orden y Caos, y las Bestias son de Orden, al menos las de tu plano. Y yo estoy unido a ellas por regla, y como mi espada, tú también.

«¿Una Bestia puede morir?».

Sí, pero no el poder. Es el trauma de no tener un, digamos, heredero. El poder se disemina en busca de un nuevo recipiente.

No pudo pensar una respuesta porque el dolor le hizo temblar. Po la atrapó al vuelo, abrazándola, sacándola de la zona donde flotaba y recuperando su peso normal; lo escuchó gemir de dolor y rodaron por el suelo, cuando él no pudo frenar la inercia al aterrizar. Al detenerse, Tigresa empezaba a sentir los brazos; se alzó apoyándose sobre los antebrazos, en el pecho de Po, quien jadeaba y se apretaba el pecho, gruñendo de dolor y con sangre manando de la boca y nariz.

Khang caminaba hacia ella, con la espada de metal morado en ella, raspando el filo contra el suelo, dejando una marca como un cuchillo caliente cortando mantequilla. Sonreía, superior.

—Eres una novata, gatita —dijo—. Yo llevo décadas especializándome con mis poderes; tú eres sólo la consentida de ese panda fofo e imbécil que obtuvo la divinidad por pura suerte. Mira lo que has hecho, has traído la muerte a todos los que te rodean.

Aquellas palabras la golpearon como la mejor de las navajas. Se bajó de Po y consiguió ponerse de pie; las patas le temblaban de la ira y la culpa. Oh, las almas en su espalda de las muertes por su culpa le pesaban, siempre lo habían hecho.

—El Guerrero Tortuga Negra, murió por ti. Tu hermano, acaba de morir por ti. Tus estudiantes, las Constelaciones. Tu padre adoptivo. Tus padres biológicos. Tu hijo.

El poder la abandonó como si ella fuera una vela que hubieran soplado. No. No. No. Qiang no podía estar muerto. Se obligó a buscarlo, a sentir su vínculo con él, su Conexión con él, con las patas temblando y la visión borrosa.

Qiang no podía estar muerto.

No lo encontraba. Su poder era extraño, porque le podía hacer sentir como si fuera dos animales, la física y la que estaba en un sitio más importante. El Reino Espiritual. El vínculo con su hijo simplemente se difuminaba hasta que desaparecía, sin encontrar el nexo. La otra alma.

Lo siento, Tigresa, dijo Equilibrio. Suave, adolorido y triste.

Cayó de rodillas, con las lágrimas amenazando con salir, presa de temblores dolorosos.

—No...

—Sí, Tigresa —susurró Khang. Dio una patada con fuerza, brillando, y el suelo se oscureció, como si su sombra se expandiese, pero más etérea. De repente, Po jadeó. A Tigresa no le importó lo que la leona hizo: usó su poder y suprimió el Chi de todos, como una manta asfixiante. Empezó a dejar de percibir Chi—. Tu hijo ha muerto. Tú lo mataste.

Khang llegó hasta ella, alzó la espada y la miró a los ojos.

—Deja que pase lo mejor para todos, Tigresa —susurró—. Deja que el dolor se vaya. No te resistas.

La bajó.

Po tacleó a Khang, sacando del estupor a Tigresa. Gritó, cuando su brazo izquierdo cayó inerte, con la carne oscureciéndose y el pelaje cayendo como nieve. Le habían cortado el alma de esa parte.

—¡Cállate! —bramó, apenas sosteniéndose de pie.

Algo latió en ella; de nuevo pudo sentir el Chi. Lo que sea que Khang hizo, Po lo anuló.

—¡No te atrevas a envenenarle la mente a Tigresa! —rugió; temblaba, pero la decisión en su voz le devolvió la razón a ella—. ¡Ella no es culpable de ninguna de esas muertes! Todos sabemos que podemos morir por lo que hacemos, protegemos vidas inocentes, salvamos animales. Somos guerreros y aceptamos gustosos la muerte, si significa salvar una vida.

Tigresa inspiró con los ojos cerrados y al abrirlos captó que a lo lejos un portal extraño se abría y salía su hija, acompañada del lobo amigo de Qiang. La alegría la invadió y con rapidez se Conectó a Lei-Lei por un instante y le dio un simple mensaje: «el dardo». El lobo a su lado cayó de rodillas, cansado, cuando ella corrió.

—Al final todos morimos —dijo Po, tambaleándose—, y lo que importa es cómo vivimos. Nosotros... —Po empezó a titilar en Chi, causando que el lobo le mirase con asombro y Equilibrio jadeara sorprendido en la mente de Tigresa. No con su Chi dorado normal, sino uno azul marino—, protegemos a quienes no... pueden... prote... —Se ladeó y cayó inconsciente.

—Sumemos uno a la lista, Tigresa —rió Khang, al rato, aunque Tigresa notó el pánico tras el animal—. Tu amado.

Algo en ella despertó, como una ola que choca contra un acantilado, como un volcán explotando. Sintió la energía, el Chi, en cada vena de su cuerpo, y saltó. La espíritu que controlaba a Khang alzó el brazo para asestar el golpe, pero Tigresa lo impidió. Se movió como una centella, asestando un puñetazo a la leona, infundiéndole Chi y enviándola a rodar.

Po tenía razón. Soltó el peso por intentar ser la líder que China necesitaba para ganar la guerra y eliminar a Khang, de culparse por las pérdidas, y sólo atacó. «No puedo evitar las muertes, pero puedo frenarlas».

Algo en ella funcionó como debería. La comprensión de su poder crecía por momentos; unía, conectaba, guiaba. Otorgaba balance. Se enlazó a la tierra y se sumergió como agua, manejando por instinto los vínculos de las rocas, rompiéndolos para poder moverse y restaurándolos detrás. Emergió al lado de Khang, como un tiburón a la caza, y estiró la pata para tomarla del cuello.

Sólo necesitaba tocarla para romperle el vínculo y ganar.

La leona chilló, como un animal cualquiera, comprendiendo que Tigresa estaba mejorando. Entendiendo que la embarró al forzarla a romperse, «y casi lo logró. Casi me rindo». Khang se arrojó hacia atrás, brillando de morado, usando su poder del tirón del mundo, pero Tigresa se impulsó y corrió.

Era como si el mundo se doblegara a sus necesidades, porque con pocas zancadas, apenas seis, cruzó metros y metros de recorrido, siguiendo a Khang. Ella se elevó en el cielo y Tigresa creó un arco y flecha de minerales, tensó la cuerda de Chi y, colocándole sou y vínculos a la flecha, disparó.

Khang no la esquivó, sino que se dejó golpear.

—Averiguar mis habilidades no te servirá —murmuró Tigresa. La flecha iba con sou de rapidez, agilidad, y Conectada al suelo, de modo que al impactar, todo lo que atravesase lo enviaría al suelo, sin importar nada.

En efecto, Khang se precipitó al suelo como una roca. La leona emitió arcos voltaicos púrpuras y su cuerpo se convirtió en una cinta de Chi, se movió como una serpiente en el aire, intentando rodearla, pero Tigresa dio un salto, giró en el aire y en el momento exacto cuando Khang recuperó su cuerpo físico, Tigresa le hizo un placaje, cayéndole encima.

—¡Suéltame! —gritó Khang. Le dio una patada doble al estómago, sacándole el aire a Tigresa. Se desembarazó de ella y saltó con las patas delanteras, dando una voltereta en el aire.

Tigresa gruñó dando respiraciones cortas, rodó por el suelo y se puso de pie, mientras Khang terminaba de regenerarse por completo de todas las heridas infringidas y manifestó la espada de metal, girando en redondo buscando decapitarla.

Tigresa manifestó su Chi de forma física como un escudo que bloqueó la espada. Acto seguido cargó contra la leona, tacleándola y golpeándole el morro con el escudo. El tirón del mundo alrededor de Tigresa fue enorme, tanto que escuchó cómo los huesos de una pierna se le rompieron.

Cayó sobre una rodilla, la sana, y Khang sonrió, con sangre corriéndole por el morro, la nariz, los dientes y la barbilla. Estaba loca. Era un ser que tenía la mente rota.

Las sombras alrededor de ambas formaron un círculo perfecto y Tigresa dejó de poder usar Chi, mientras Khang alzaba ambas patas y procedía a descenderlas, en el mandoble final.

Como un borrón, el lobo amigo de Qiang, Shin, apareció al lado de Khang, marcado hasta la cara con sou, que por su conexión con Equilibrio supo que eran rúnicos. Y que ese no era Shin, sino el enviado del dios: Gao. Un viejo amigo de éste.

Khang abrió los ojos con sorpresa, a medio mandoble.

—¡Tú!

—Yo —dijo Gao—. Ha pasado tiempo desde la última vez. —Le asestó un puñetazo recargado de runas que le fracturó la mandíbula a Khang y el brazo al lobo negro.

La leona salió despedida como si la hubieran arrojado desde un cañón, pero Lei-Lei se materializo, atravesando un portal circular como un estanque, en la trayectoria, frenando a Khang y gruñéndole algo al oído, antes de tomarla por el cuello y estamparla al suelo. Khang chilló cuando Lei-Lei empezó a trazar un sou rúnico en el aire, pero la leona lo impidió, dándole patadas.

El lobo negro, Gao, le trazó un sou a Tigresa que le regeneró la pierna, dejándola sorprendida. Éste le sonrió.

—Ve, ayuda a tu hija. Enséñame una vez más los ovarios que tienes, maestra Tigresa.

Le trazó un segundo sou rúnico que en un parpadeo la dejó al lado de Lei-Lei antes de que el lobo, a lo lejos, cayera al suelo. Su hija le daba puñetazos tras puñetazos a la leona; tenía la pata manchada de sangre y Khang el rostro desfigurado.

Khang brilló débilmente de rojo violeta, sacándose el dardo de un ojo.

—No puedes… dete… nerme con mis… propios po… deres, imbécil —rió, entre golpes.

Lei-Lei la alzó por el cuello. Sonreía, brillando de dorado y con un sou rúnico brillando sobre su corazón, viéndosele por encima de las vendas y del qipao.

Tigresa concentró todo su poder en una pata.

—Yo no —dijo su hija—, pero ella sí.

Fue entonces cuando Khang cayó en cuenta de que Tigresa estaba al lado de ambas. Su ojo sano, todo morado, la enfocó.

Y Tigresa la tocó.