DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN

Gracias por leer.


18

Vínculo

Tigresa explotó en energía. Su cuerpo brilló tan intenso que tuvo que cerrar los ojos, sintiendo las lágrimas producto de la luz caer por sus mejillas. Gruñó, cuando sintió un tirón en el pecho, en su misma esencia.

Abrió los ojos al sentir una unión y observó a Khang, quien la observaba con terror absoluto. Fue en ese momento cuando Tigresa fue consciente de que estaban en un lugar extraño, con un suelo negro y un cielo ópalo, sin sol. Similar al Reino Espiritual que Equilibrio le enseñó, pero… había algo raro en ese sitio.

—¡NO! ¡NO! ¡NO QUIERO ESTAR AQUÍ DE NUEVO! ¡ME… ME LO PROMETISTE! —bramó Khang, titilando.

No, aquel animal que bramaba, con los ojos abiertos como platos y temblaba cual hoja al viento, presa de un miedo incontrolable, no era Khang. Era el espíritu que estaba guiando a Khang.

Tigresa dio un paso hacia ella, reluciendo en energía. La de ella era dorada mientras que la de la leona espíritu era morada, de un tono muy oscuro.

—¡Odio este sitio! —gritó, enfocando a Tigresa. Frunció el ceño y rugió, como una fiera—. ¿Por qué me trajiste al Lugar Entre Momentos? ¡¿Por qué?! —Alzó la mirada de Tigresa al cielo—. ¡Te maldigo, panda! ¡Escupiré tu nombre hasta el día en que muera!

—Basta —dijo Tigresa, calmada, pero no porque lo estuviera de verdad, sino por controlar sus emociones, ya que podía ver que la energía de la leona, como una cadena la unía a un ente en el cielo, apenas una silueta de un fuego morado ardiendo contenido. Sentía en los huesos la furia de aquel poder. Las ansias de destruir—. No tiene sentido esto. Has perdido.

—¡Yo no pierdo! —sonrió, con la mirada desenfocada—. Crees que me has derrotado, Tigresa, crees que puedes conmigo. Me derrotaste una vez cuando me obligaron a servir a una Astilla de Qilin, como una miserable esclava, pero ahora… —Estiró los brazos a ambos lados, acumulando energía púrpura—, ¡ahora soy yo quien tiene más poder!

Tigresa suspiró, alzó la mirada a su espalda y divisó su unión temporal con Equilibrio. A diferencia del otro dios, éste era una luz tibia y tranquilizadora. Sonrió y caminó hacia la leona.

—¡No te me acerques! —gritó—. ¡Aléjate, aléjate!

La leona manifestó distintas armas metálicas de Chi, pero Tigresa, con una comprensión que aumentaba por momentos, chasqueó los dedos y deformó la materia que las componía.

—¡NO! —chilló la leona—. ¡No puedes matarme!

—Puedo y lo haré. Lo sabes. —Con pensarlo, creó cuerdas de energía que la ataron como a Tai-Lung en su antigua prisión, cayendo de rodillas—. Con cortar tu vínculo, morirás.

Se detuvo frente a la leona que bramaba y rugía como si le faltase algo importante en la mente. Algo la había fracturado. Le posó la pata en la frente y Tigresa se concentró.

Lo sintió como una telaraña, como las grietas en un lago congelado pudo ver los vínculos que ataban a la leona. Se llamaba Yuga, y un vínculo muy importante así como débil la unía con el alma que ahora residía en el cuerpo de Shin. Lo ignoró, enfocándose en el fuerte vínculo que la unía a Khang, cuya alma tenía tantos agujeros y rupturas que era un milagro que siguiera viva.

—¡No tienes el poder! —rugió, revolviéndose—. ¡No tienes el poder de derrotarme! ¡He ganado, Tigresa! ¡Te lo he arrebatado todo!

—No todo.

—¡Tus compañeros, tu hermano, tus estudiantes! ¡Tu hijo! —Soltó sendas carcajadas y gimió cuando Tigresa empezó a cortar el vínculo con Khang—. ¡Puedes matar a mi vinculada, pero ten algo seguro… —jadeó—, tu hija sufrirá si muero!

Eso la detuvo.

Khang sonrió.

—Lo entiendes. Claro que sí. Mátame, destruye mi vínculo y eso dañará a… ¿Gao, era? Que nombre se dejó poner ese estúpido. Pero no puedo culparlo, yo… yo… yo… —Gruñó y Tigresa sintió algo aprisionando los recuerdos de la leona—. Sí me matas, el vínculo de Gao le causará sufrimiento a tu hija.

»No lo niegues. Sabes que tu hija unió su alma con la de Gao, algo que ni yo sé cómo hicieron, pero al hacerlo, los lazos de Gao conmigo la afectan en menor medida. Mi muerte le traerá dolor a Gao y tu hija sufrirá ese dolor por su tiao. —Sonrió—. Me aseguraré de ello.

Tigresa suspiró, sin dejarse comer la cabeza por eso.

—Mi hija es fuerte, yo misma la entrené.

—¡No! —rogó la leona, antes de que Tigresa rompiera el vínculo de Yuga con Khang.

Pudo sentir a la leona caer muerta al suelo y el alma de Khang ir al Reino Espiritual, mientras que el ensordecedor grito de dolor de Yuga le inundó los oídos. Se apartó de ella, observando cómo se revolvía, titilando.

Yuga fijó sus ojos con los de ellas.

—Puede que muera, pero Odio puede crear más soldados —dijo—. Todos tenemos pasiones y todos podemos sucumbir. —Con una titilada, cayó al suelo, sin poder ser sujetada por las cuerdas de Chi, gritando de dolor. Empezó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo—. Sí, aún queda ella.

Se puso de pie, a duras penas, y chasqueó los dedos. Detrás de Yuga, un débil portal se abrió tras ella.

—Huir no te servirá de nada, vas a morir. Vas a desaparecer, lo sabes.

—Puede que sí —dijo, con un brazo fracturándosele en miles de trocitos de Chi—, pero ten algo por seguro. Iré por tu hija si tengo la remota posibilidad de hacerlo. O haré que otros vayan por ella. Odio me tiene un deseo, y ella será el mío.

—Te lo dije, Lei-Lei es fuerte. Es mi orgullo.

—Todos tienen un punto débil y el de tu hija es… —Se mordió los labios, como si fuera a pronunciar algo prohibido—. Es él. Y yo conozco las debilidades de Gao. Esa marca de unión será su perdición. Porque nadie lo conoce mejor que… yo…

Cayó perdiendo la consciencia en el portal, arrastrada como una hoja seca al viento, a nada de destruirse por no tener un vínculo.

Y con un suspiro, Tigresa dejó ir el poder.


Lei-Lei se cayó al suelo, como si un rinoceronte le hubiera dado un bofetón, cuando su madre estalló en energía. Pocos momentos más tarde, gritó, presa de un dolor horrible. Se acurrucó, haciéndose una bola en el suelo, sujetándose el pecho como si se le fuera la vida en ello.

«Dioses, qué es esto. Me están matando. Nos están matando».

Enfocó la mirada hacia donde estaba Gao y con la poca fuerza que tenía, sin saber muy bien lo que hacía, trazó un sou, pensando en traerlo con ella. Una marca como cuadrados enlazados con círculos y puntas surgió de sus minigarritas, que brilló y transportó en un latido de corazón a Gao a su lado.

Su compañero se revolvía gimiendo de dolor en el suelo, manaba sangre de sus labios, donde se había enterrado los colmillos para no dar señas de dolor. Sus ojos estaban dilatados, con lo negro devorando el avellana oscuro; el pelaje negro apelmazado a la piel por el sudor y los temblores. Lloraba.

—Gao —jadeó, sacudiéndolo a duras penas, arrodillada y con la cabeza dándole vueltas—, ¿qué sucede?

—Me la han quitado —gruñó, bufando sangre—. La han matado. —Respiraba con fuerza—. Me la han arrebatado, lo siento en el alma.

Lei-Lei inspiró con fuerza cuando un arrebato de dolor, como si mil cuchillas calientes la desollaran. Gao gimió, emitiendo un sonido tan horrible que Lei-Lei no pudo si no llorar del dolor y la impotencia.

Su consciencia se oscureció y se halló ante un árbol. La silueta de un árbol como dibujado sobre papiro. De ella nacía un tallo, como un camino en el suelo, que se separaba en ramas y esas en ramas más pequeñas y así sucesivamente, hasta que había tantas ramitas juntas brillando que asemejaban un océano interminable.

Este es tu destino. La voz era… dolorosa. Como sufrimiento encarnado. Me han matado, ellos me mataron, pero sigo ayudando. Temo…

Lei-Lei cayó de rodillas en aquel sitio.

—¿Es mi futuro?

Este es tu destino. Me han matado, ellos me mataron, pero sigo ayudando. Temo…

—¡Responde!

Este es tu destino. Me han matado, ellos me mataron, pero sigo ayudando. Temo…

Lei-Lei no insistió, era como un animal loco, repitiendo un credo. Se puso de pie, pensando en cómo acabar el dolor, que aunque aminoraba, dolía como si le arrancasen algo primordial.

Sin pensarlo mucho, metió las patas en aquel árbol de energía a sus pies, aquellas raíces dibujadas de energía y por poco murió.

La energía se canalizó por cada poro de su cuerpo. Una energía tan pura que la hizo gritar, infiltrándose en sus venas, en su piel, en su mente, haciéndola brillar de un rojo intenso.

Ante sus ojos pasaron como dibujos muy rápidos escenas que la confundieron, tan veloz que apenas podía distinguir poca cosa, pero se dio cuenta de que Gao estaba en muchas de ellas. Y en gran parte, el león dentro del cuerpo del lobo caía muerto a sus pies.

—¡No! —gritó—. ¡No lo permitiré!

Sacó las patas de esa energía y jadeó, furiosa por algún motivo, observando un animal roto frente a ella. Era un panda rojo, muy similar a su abuelo Shifu, pero más joven. El enojo que tenía palpitando dentro le hizo pasar por alto que al animal le faltaba media cara.

Vestía con traje de guerrero y un arma, ornamentados, que cambiaban de aspecto. De una armadura de batalla China con una espada imperial, a las armaduras samuráis de Wakokui con las katanas, pero también cambiaba a una capa de tela que asemejaba pieles de animales, con collares de cuentas de oro y gemas en el cuello, sosteniendo una lanza. Pasó por pieles de verdad que hacían de taparrabos y cráneos de animales con la piel incluso que le cubrían la cabeza y una especie de espada con picos de piedra, como una sierra. Desde trajes sencillos de lana y un arco y flecha, hasta trajes de lino con un turbante en la cabeza y una alabarda.

Lo más destacable era que media cabeza era humo. A partir del ojo derecho, como si le hubieran dado un mordisco, la cabeza se deshacía en humo, dándole un aspecto perturbador.

—¿Qué eres? —dijo ella.

—Este es tu destino. Me han matado, ellos me mataron, pero sigo ayudando. Temo…

—¿Quiénes te mataron?

El panda rojo la miró, enfocándola por primera vez.

—Mis… hermanos.

—¿Quiénes?

—Los mortales nos adoraron. A mí me adoraron. Sí, los recuerdo. Demostraron su valía, como… —Su ojo parpadeó—. Como tú. Sí, sí.

—Dioses —murmuró ella, con la adrenalina manteniéndola firme, porque estaba por desmayarse de la impresión—, ¿eres un dios?

—Era uno.

—¿Estás muerto?

—Sí. He… Este es tu destino. Me han matado, ellos me mataron, pero sigo ayudando. Temo…

No era de mucha ayuda, la verdad. Sólo repetía cosas que… «Un momento, Gao había dicho que todo tenía un aspecto cognitivo, que el poder buscaba contenedores cuando…». Jadeó.

—¿Eres un aspecto cognitivo? —preguntó.

—Una Sombra Cognitiva —dijo—. Cuando supe que me matarían yo… hice… Este es tu destino. Me han…

—Sí, sí, ya lo pillo.

El panda rojo se le quedó viendo, como un cachorro.

—¿Cómo te llamas?

—Valor. —Bajó la mirada, susurrando, luego la observó con… ¿lucidez?—. Soy la valentía que lleva a los seres pensantes a cometer actos loables; soy el aprecio que le da el valor a las cosas. Soy… —Sus ojos se desenfocaron—, Valor. Estoy Astillado, mis hermanos me hirieron de muerte y yo… creo que tomé medidas, sí, sí. Tenía un plan, sí, sí. Un plan…

—¿Qué hago aquí, Valor?

—Tú me llamaste —dijo.

—No.

—Sí. El vínculo que tienes con ese león me llamó. Eres un ser lleno de valor, de instinto luchador. Eso me trajo lucidez. Sí, sí. He… creo que eres parte importante del plan, sí, sí. O quizá no, creo. Sé que… la marca me ha llamado. Sí, sí.

—¿Y qué hago aquí?

—Este es tu…

—¡Cállate! —Valor le miró, como si se sorprendiera de que alguien callase a un dios—. ¿Qué es lo que temes?

—Los mortales no están preparados para derrotar a Odio. Ambición lo sabe y quiero aprovecharse de eso. No… no pueden. Pero yo tenía un plan, sí, sí. He venido a ayudarte —murmuró—, porque este es tu destino. Sí, sí. —Empezó a difuminarse—. No tengo tiempo, la marca no es tan fuerte… Lei-Lei Ping, hija de Yin y Yang, hija del Tigre, Pontonera de Mundos, debes encontrar las palabras más importantes que se pueden pronunciar y lo que las guía.

—¿Qué?

—Encuéntralas y compréndelas, sí, sí. —La silueta del dios se hizo más difusa—. Tu marca me ha llamado, sí, sí. Es por eso. Es Valor. Pero… Me han matado…

—¡¿Pero qué, por un demonio?! —exclamó.

Valor se condensó un poco, definiéndose.

—La marca. La marca.

—¿El sou tiao?

—La marca. La marca. Sí, sí. Viaja al mundo donde todo se intercambia y donde habita el Juez. Es lo único que queda de mi hermana asesinada. Ve y aprende. Sigue el plan. Ve…

Todo se puso negro y Lei-Lei jadeó. Cuando abrió los ojos, encontró un cielo azul, sin una nube, el cielo del Valle de la Paz que tanto le había encantado. Cortando la vista estaba el rostro preocupado de su padre, Po, agotado, con los años marcados en el brillo de los ojos.

Le sonrió.

—Bienvenida a casa, hija —dijo y lágrimas empezaron a notarse en su rostro.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, aletargada.

—Ganamos, eso es lo que ha pasado.

—¿Y mamá?

—Ya la he llevado al palacio, estaba inconsciente, como todos. Te dejé aquí porque… —Frunció los labios—, gritabas como si sufrieras una tortura al separarte de Shin. ¿Una marca brillaba en ambos? Tenemos que hablar de eso, hija. ¿Es peligroso?

Lei-Lei suspiró, complacida y divertida. Era típico de Po preocuparse por ella sin importarle su propio estado. Padre al fin.

—No, no lo es. Me da fuerza. —Ladeó el rostro y encontró a Gao mirándola, con una disculpa en los ojos. Ella estiró la pata y entrelazó los dedos con los del león..., no, los del lobo. Vaya, le iba a costar acostumbrarse—. Somos tiao.

—Guerreros hermanos —dijo Po, sorprendido—. Lo leí en un pergamino —aclaró, cuando ella le miró—. Guerreros que son uno, que se cuidan la espalda. Una sola alma.

Gao, a su lado, bufó en un intento de risa.

—Pobre de él —sonrió Lei-Lei—, ¿cierto?


Po inspiró con fuerza cuando cruzó el arco de piedra reconstruido, por segunda vez, del restaurante de sus padres. Habían pasado poco más de veinte días desde la muerte de Khang y la caída de su ejército. Los animales que habían sido evacuados del Valle de la Paz empezaban a regresar poco a poco, pero lo importante era que sus padres, gracias a los dioses, estaban vivos.

De hecho, ellos habían sido una parte fundamental en la recuperación del Valle, porque no paraban de cocinar para todo el que lo necesitara. En cada esquina que viraba, en cada casa que veía, habían animales construyendo y reparando. El Valle podía ser pequeño, cierto, pero tenía los animales más resistentes que él había conocido.

No se dejaron caer cuando Tai-Lung, o por el intento de conquista de Shen, el ataque de Kai, ni el enorme caos que ocasionaron los Inmortales. Y claro, tampoco decayeron ante la ola expansionista de Khang. En el restaurante de fideos había decenas y decenas de animales, desde los habitantes del Valle hasta los animales que habían seguido a Khang a la fuerza.

Pueblos lejanos, pero que compartían algo con ellos: su resistencia. Xiao que hablaba los idiomas y dialectos de la gran mayoría de las tribus y poblados, les hizo saber que una pequeña parte de los animales reclutados por la leona se le habían revelado, escondiéndose en lugares de acceso casi imposible, al menos para quienes no conocieran las runas esteparias. Una variante en el idioma de los animales de las estepas de los sou chinos.

Ahora, tanto Xiao como Fan Tong hacían de embajadores con los animales para formar una coalición que permitiera el mutuo trato entre ellos. Quizá después de todo, la guerra le abrió los ojos no sólo a Po, sino a China entera. No importaba dónde estabas, o quién eras, el dolor los alcanzaba a todos y les daba vuelta la vida. Todos necesitaban ayuda.

Dio un paso en el restaurante, tratando de no mirar a los animales que aplaudían su entrada, ni de centrarse en la molestia del traje que llevaba que le apretaba la panza y le daba comezón en la espalda. No quería concentrarse en nada que no fuera Tigresa, que lo esperaba con una sonrisa ladeada, bajo un arco de piedra que armaron en el restaurante.

Dioses, se iba a casar con Tigresa de verdad. Después de años de obviarlo, después de criar dos hijos y adiestrar estudiantes, por fin era el día. Las piernas le temblaban como fideos. Quiso golpearse los muslos con ambas manos, pero sólo se movió una.

Su brazo derecho estaba muerto. La sangre circulaba, sí, pero no tenía alma. No sentía nada. No lo podría mover nunca más. Al principio el impacto de no tener una extremidad, pese a tenerla físicamente, le aturdió, duró una semana sin querer hacer nada, pero Tigresa entonces lo sorprendió.

—Cásate conmigo —le había dicho.

Casarse entre maestros del Kung-Fu era un tabú. Con la peligrosa profesión que tenían, la muerte era una constante, una vieja conocida que los esperaba para reunirse, pero Tigresa lo desestimó.

—Casi te perdí no una vez, no dos. Con Shen, con Kai, con los Inmortales y ahora con Khang. Por un demonio, Po, si vamos a morir entonces, al menos puedes ser mi esposo.

Él se había reído, pero luego había empezado a llorar de la alegría. Xiao y Fan Tong se habían casado dos días después de todos los sucesos de Khang, después de los ritos funerarios de Bao (los cuales se habían pospuesto), de Nu Hai, Jing, Tai-Lung y Qiang.

Habían ganado, por supuesto, pero con muchas, muchísimas pérdidas. Prácticamente ya no quedaban maestros en China, y de paso tres de las cuatro Constelaciones murieron, junto con dos de los tres Guerreros Sagrados que quedaban.

Sin embargo, para poder disfrutar de la felicidad había que sufrir. No se podía gozar de lo uno sin experimentar lo otro.

Era un balance.

Era Equilibrio.

Y ahora, estaba ahí. Ante un camino de flores de loto que lo llevaba al arco donde su amada felina le esperaba. Tigresa vestía un vestido largo, ajustado en el pecho y abierto en las piernas para mejor movilidad, rojo y dorado. Los colores de la fortuna y el amor. Inspiró profundo ante la belleza de su felina.

Afincándose en un bastón de jade con una cabeza de dragón, Po caminó hasta ella, subiendo el pequeño escalón del arco. Sus papás aplaudían con una fuerza casi ansiosa. Ping estaría pensando en lo rico que se haría por ser una atracción turística al ser el lugar donde casó al Guerrero Dragón y la maestra Tigresa, mientras que Li Shan debía estar pensando cómo serían sus nietos, si es que se podía aquello y que, claro, podría pasarle el liderazgo de la Aldea de los Pandas.

En las bancas más cercanas al arco, junto a sus papás, estaban Xiao y Fan Tong, con collares de jade en el cuello, representando su compromiso. Po les sonrió. Dioses, había entrenado con Ti no sólo a las Constelaciones y una heredera, sino a los emperadores de China. La corona imperial descansaba sobre las piernas de Xiao y la de consorte en las de Fan Tong.

Junto a ellos, Lei-Lei con un chaleco dorado que contrastaba con su pelaje blanco y negro, abierto, dejando ver una camiseta sencilla negra. Sonreía con genuina alegría y casi diciéndoles «Por fin». A su lado, Jiziang ya nombrada maestra, que tenía a cinco alumnos para entrenar.

Tigresa le tendió la pata para ayudarle a subir y Po la tomó, pero no se la soltó al estar arriba.

—Aquí estamos —dijo ella.

—Sí, es bárbaro —sonrió.

No hacían falta palabras, sus miradas lo decían todo. ¿Cuántos años le confió su vida a ella sin dudarlo por un momento, sabiendo que ella estaba en su espalda, cubriéndolo? ¿Cuántas veces no había soñado con eso? Una cálida sensación tranquilizadora se le extendió por el pecho.

Iba a casarse con Tigresa, eso le daba toda la vida y alegría del mundo.


Lei-Lei vio a sus padres en el pequeño escenario y sonrió. Estaba feliz, feliz como nunca lo había estado. Todo su cuerpo le decía que eso era lo que estaba bien, que después de tantas cosas que ambos habían pasado, la vida tenía que darles el respiro de vivir felices, juntos.

Gao dio un paso al frente desde la parte de atrás del arco y subió. Al principio se había complicado en su cuerpo de cánido, siendo un felino en espíritu, pero terminó por amoldarse.

Por alguna razón que desconocía, él se había ofrecido para unirlos.

—Equilibrio así lo quiere —le había dicho, cuando ella le había preguntado—. Y yo tengo una deuda con ellos. Me ayudaron a vengar a mi familia, a mi hermano, en otro tiempo.

Claro, Lei-Lei no le había sacado información para no lastimarlo, pero tenía claro que algún día sabría el porqué. Los dichosos porqués.

Se hizo el silencio cuando Gao comenzó a hablar.

—El Consejo de Maestros prohíben las relaciones entre maestros y está estipulado en las leyes del emperador que las uniones entre éstos son prohibidas. Pero ha llegado una nueva era, y con una nueva era llegan cambios, nuevas tradiciones. He visto amores que trascienden la distancia y el tiempo, pero nunca uno que trascendiera el alma. —Lei-Lei supo, o mejor dicho sintió en la marca del pecho, en la runa, lo que quiso decir. «Amores que trascendían los mundos», porque Gao le contó que de donde él venía, Po y Tigresa se habían amado con locura—. Y tanto yo como todos, somos testigos de cómo estas dos almas se han aferrado la una a la otra.

Se hizo el silencio ante las preguntas que venían. Preguntas que Lei-Lei asumía tenían un peso, mas no cuál, dichas por Gao. Las preguntas que en las bodas normales se decían para afianzar la unión, pero que estaba segura de que iba a ser la primera vez que se las realizasen a dos maestros de Kung-Fu.

—Tigresa, ¿has hallado a aquel a quien tu alma ama?

—Sí —contestó—, y no lo dejaré marchar.

—Po Ping, ¿has hallado a aquella a quien tu alma ama?

—Sí —contestó Po, mirando a Tigresa—, y no la dejaré marchar.

Gao inclinó la cabeza.

—Los dijes.

Lei-Lei se puso de pie y fue hasta ellos, llevando los dos collares con un dije de jade, uno de yin y otro de yang. Cada uno tomó uno y se lo colocó al otro, sin dejar de mirarse a los ojos, serios, como si el otro fuera lo único existente. Como la luna que brilla entre las estrellas.

Po alzó el brazo bueno y su pequeñita garra brilló de dorado. Gao se los había explicado tanto a ellos como a Xiao y Fan Tong cuando se casaron. Había sou rúnicos que daban mucho poder, pero había de toda clase; en específico había uno que Equilibrio había creado con un propósito específico: para una boda.

—Una que Él no pudo tener —le había dicho a Lei-Lei en privado.

Se trataban de dos marcas gemelas, una sobre un brazo y otra sobre el corazón, ésta última se colocaba en privado. Cuando la boda se consumaba.

—Con esta marca te doy mi amor —dijo Po, trazándole el sou en el brazo a Tigresa—, con esta marca te doy mi corazón, con esta marca te doy mi alma, Ti. Ahora y para siempre seré siempre tuyo.

Acto seguido, cuando la marca estuvo terminada, Po le tomó la pata a Tigresa, con los dedos entrelazados, y con un poco de dificultad luego de que ella le alzase la manga hasta el hombro, se trazó a sí mismo la marca, ya que Tigresa había perdido para siempre su capacidad de usar Chi.

Su madre dio una expresión ahogada luego de pronunciar las mismas palabras, cuando las runas de ambos empezaron a brillar en dorado, en una secuencia gemela. Le recordó a Lei-Lei su marca tiao, el sou de la unión de almas con Gao.

Las marcas de sus padres nunca desaparecerían. Nunca se iría como los sou normales o los rúnicos. Era una señal permanente del amor entre ambos. Lei-Lei sintió un dolor en lo más profundo de su alma, donde vivían las esperanzas y los sueños sin compartir. Cualquiera sería afortunado de tener lo que Po y Tigresa tenían.

Gao fijó sus ojos con los de ella en un silencioso apoyo.

—Por el poder no sólo de los dioses, sino de la emperatriz aquí presente, los declaro unidos en matrimonio —dijo—. Ahora, a celebrar.

Y el restaurante estalló en vítores: todos gritaban, se abrazaban y bailaban, y el cielo en lo alto estalló en luces rojas cuando Fan Tong usó su poder y generó llamaradas que explotaron en el cielo como los fuegos artificiales de Shen.

En el centro de todo, Po y Tigresa, sus padres, se abrazaban con fuerza, con los colgantes de jade reluciéndoles en los cuellos, como rayos de un nuevo sol rompiendo en el horizonte.

Con una luz de esperanza.


La luna brillaba en el cielo como un faro constante, como un pilar que les diera calma a todos. Lei-Lei movió los pies en el precipicio del Durazno de la Sabiduría Celestial, con una fruta a medio comer a un lado en el suelo y una pipa de opio para relajarse en los dedos.

Dormir se estaba volviendo algo imposible. Duraba pocas horas en la cama y se levantaba sudada entre pesadillas. Donde mataba a su familia, donde en la noche de bodas de sus padres entraba en la alcoba y los apuñalaba con una espada. Otras veces revivía la muerte de su hermano, pero en lugar de Yuo era ella quien le atravesaba el pecho con una lanza. Pero las más destructivas para su mente eran en las que mataba a Gao. Lo apuñalaba, lo decapitaba, le prendía fuego, le daba una patada en el precipicio, lo seducía y antes de acostarse con él lo veía ahogarse con el veneno en sus labios, lo desollaba, lo asfixiaba.

Y con cada sueño en el que mataba a Gao, la runa tiao en el pecho por la unión de sus almas le escocía como si fuera un metal ardiente que poco a poco la atravesaba. Había bajado diez kilos, quedando en unos insanos ochenta. Moriría si seguía así.

Por supuesto, Gao sabía que había algo malo con ella, porque siempre lo encontraba despierto observando su habitación. Tomó una calada de la pipa y sintió el picor del humo en su garganta, en su pecho y espalda; poco después, un efecto anestésico y aletargado le recorría el cuerpo, como una caricia. Recordó a Bao y dio una calada más grande, tosiendo en el proceso.

—Deberías tener cuidado —dijo una voz detrás de ella, no tuvo que voltear para saber que era Gao. Había memorizado la cadencia de su voz, que aunque estuviera en el cuerpo de un lobo, seguía teniendo el tono de felino—. Caerás al vacío.

—¿Importaría? —espetó ella.

—Si tú mueres, yo moriré.

Lei-Lei ladeó el rostro, buscando la cara de su tiao. Vestía unos pantalones de entrenamiento negros y llevaba el pecho descubierto. Por la oscuridad parecía ir desnudo porque el pantalón se mimetizaba con el pelaje negro azabache del cuerpo de lobo. Sus ojos avellana oscuro, casi tan oscuro como los verdaderos del león, pero con un aro dorado en el borde, la miraban sin expresión. Los ojos de ella pasaron de su cara al pecho, donde encima del corazón tenía la runa tiao, como una cicatriz dorada y en el centro de ésta, exactamente atravesándole el corazón animado por Chi, los pendientes de jade fundidos en uno solo.

—Deberías taparte —dijo, arrastrando las palabras—. Si yo quisiera matarte, te sacaría los pendientes del pecho.

—Ahora son un clavo —aclaró Gao—. Tomaron la forma de un clavo al atravesarme el corazón. Influencia de Capricho. Es su poder después de todo.

—¿Capricho?

Gao caminó hasta ella, tomó un durazno del árbol y se sentó a su lado, observando la enorme caía mortal.

—Hay diez dioses, te lo había dicho en el barco, creo.

Lei-Lei hizo un sonido afirmativo antes de dar otra calada, pero a medio camino de los labios Gao alzó la pata y le arrancó la pipa, guardándosela en el bolsillo de su pantalón.

—¡Oye!

—No debes fumar eso, es muy adictivo.

—¡Lo necesito!

—¿Por qué?

Ella frunció el ceño, viendo su propio reflejo en los ojos de su compañero. Su rostro había perdido redondez apenas un poco y tenía enormes bolsas de ojeras bajo los ojos. Dioses, parecía una adicta real.

Se encogió de hombros para no entrar en detalles con él, no quería que supiera sus sueños. Algo le hacía recelar.

—¿Sabes de los diez? —soltó, fingiendo desinterés, pero sentía la punzada en el estómago de la necesidad del opio.

—Sí.

—¿Conoces a alguno llamado Valor?

Gao se sorprendió genuinamente.

—¿De dónde conoces el nombre? —Ella, con palabras arrastradas por el efecto de la droga, ignorando los lentos movimientos del cuerpo de Gao y el mareo por el sueño, le contó sobre lo que vio.

—No sé si fue algo real o producto del trauma —finalizó.

—¿Te dijo que era una Sombra Cognitiva? —preguntó; sus labios eran una fina línea en su rostro.

—¿Qué significa?

—Un rastro de un alma. Un aspecto cognitivo normal es una mente, una Sombra Cognitiva es un alma que nunca fue al Reino Espiritual al morir. Si Valor es una Sombra, quiere decir que el animal que controlaba el poder murió y lo que queda es apenas un trozo de alma mezclado con el poder, pero sin mente. Como alguien retrasado. —Negó con la cabeza—. Así que tenemos que viajar a otro mundo, ¿eh?

—Creo. —Empezó a tambalearse, embotada—. Hijo de perra, dame mi pipa.

—No vuelvas a fumar eso, Lei —advirtió.

—¿O qué? —retó, girándose hacia él—. ¿Qué me vas a hacer más de lo que ya me hago yo misma? Eso es lo único que me permite relajarme. Dejar de pensar en el fracaso que soy, en cómo por mi ineptitud han muerto muchos animales. Si tan sólo…

—Basta —murmuró.

—¿Qué?

—Basta —repitió Gao, apretando los puños—. Todo lo que te atormenta me afecta. No entres en ese bucle de autodesprecio, Lei, te habla la voz de la experiencia. No dejes que el odio contra ti misma te consuma. Necesitas ser mejor que eso.

—No hables como si supieras lo que siento —siseó ella.

—Sé lo que sientes.

—¿Por qué lo sabes? —dijo, con veneno en las palabras—. Dímelo. Dime quién fuiste y por qué sabes lo que sabes, por qué sabes cómo me siento. Me ocultas cosas importantes, cómo se supone que voy a confiar en ti si no sé quién eres en realidad.

—Soy Gao, tu…

—Oh, cállate. —Lei-Lei se levantó y tropezó, jadeó al darse cuenta de que habría caído al vacío y muerto como una miserable si Gao no hubiera reaccionado y tirado de ella.

Cayó sobre él, sacándole el aire, pero viva, alejada del borde por unos cinco o seis pasos.

—¡Eres una imbécil! —gruñó.

—Me hubieras dejado caer, hubiera sido mejor para todos.

—¡Deja de pensar así!

—¡Dame una razón para hacerlo! —gritó, sentada a horcajadas encima de él—. ¿Sabes qué?, mejor cállate y sirve para algo —Se sacó el chaleco y arrancó la camiseta que llevaba debajo. Gao ahogó la réplica que tenía, perplejo—. Si vas a ser el sustituto de Bao, al menos actúa como él.

—Lei, no —susurró.

Ella se rasgó las vendas del pecho, quedando con los senos al aire. El frío endureció sus pezones.

—Vamos, sirve para algo. —Sonrió, arrogante—. ¿No decías que no dejabas insatisfecha a ninguna, o es que era mentira?

—Lei-Lei, basta, enserio. —El tono de Gao era tan hueco que parecía un ser sin alma. Ella rió, si Gao no tuviera alma en esencia no existiría, porque es todo lo que era.

—Bao nunca se comportó así. —Tomó sus patas y se las colocó en la cintura—. Era un buen novio. Supongo que intentó llenar el vacío que le dejé con las demás. Vi la mirada en Jiziang, ¿sabes?

—Yo no soy Bao —dijo, mirándola con dolor. Con el dolor de alguien que se estaba preocupando de verdad por ella. Eso la detuvo, pero el efecto del opio dejó de lado la sorpresa. El bienestar la invadía, la sensación de gratificación. La ausencia del dolor—. Lo sabes muy bien. Yo no soy él y nada de que lo que hagas puede devolvértelo.

—Entonces serás un nuevo Bao. Alguien mejor. —Se aflojó la cinta de la cintura y tomó la pata de Gao, para bajarse el pantalón de entrenamiento.

Cuando el vientre terminó y comenzó su intimidad, Gao se movió como una centella. Lei-Lei se dio contra el suelo y quedó debajo del lobo, que tenía ambos brazos a los lados de su rostro, con el torso subiendo y bajando.

—Sé lo que estás haciendo —dijo, triste.

—Se llama tener sexo, por si no lo sabías. —Se desgarró el pantalón y quedo con una de las dos piernas cubiertas, con la suficiente movilidad para cruzar las piernas en la cintura de Gao y apretarlo contra ella, pero era como querer mover una montaña, porque él ni se mosqueaba—. No me mires así, con lástima.

—¿Cómo quieres que te mire, entonces?

—Estoy casi desnuda ante ti, ¿con deseo?

—Yo no te deseo, Lei.

—¿Y esto qué es? —Le apretó su entrepierna y él gruñó—. ¿Él no miente? Me deseas.

—Me estás estimulando, no soy de piedra para no reaccionar. Pero no te deseo, eso tenlo claro.

—¿Te gustan los machos?

—Tampoco. Y no divagues, Lei.

—No lo hago. —Usando las piernas cruzadas con él, hizo una llave y lo dejó debajo de ella, volviendo a estar al mando, encima. Empezó a respirar con pesadez y rápido; el efecto del bienestar se estaba yendo. Necesitaba placer, algo que la mantuviera lejos del dolor—. Ahora, ¿vas a actuar como un macho de una vez? —Le bajó un poco los pantalones de entrenamiento, hasta que pudo tener en la pata el miembro de Gao.

—Para —dijo, sosteniéndola las manos a ambos lados, pero ella igualmente se presionó contra él—. Detente, Lei. Sabes que yo no puedo darte lo que necesitas.

—Todo el mundo puede tener sexo, por amor a Equilibrio.

—Sabes que no es eso lo que quieres.

Lei-Lei se inclinó y reposó su pecho contra el de Gao, sintiendo un ardor enorme en la marca de la unión de almas, cuando detuvo su rostro a milímetros del de él.

—¿Y por qué lo sabes?

Gao suspiró, le soltó una pata y la apartó con suavidad, haciéndola quedar sentada de nuevo.

—Porque lo viví —dijo, con una suavidad que la hizo estremecerse. El falso deseo luchaba contra la perplejidad y la sensación de que estaba haciendo algo mal, pero eran ahogadas por esa necesidad de algo que detuviera el dolor—. Sé lo que se siente.

Lei-Lei gimió de dolor cuando una jaqueca empezó a partirle la cabeza al medio. «No, no el dolor de nuevo». Se arrancó la pierna del pantalón que le restaba, quedando desnuda por completo ante Gao, con su cuerpo perfilado por la luz de la luna, pero antes de que pudiera hacer algo, él la inmovilizó de nuevo contra el suelo, quedando él encima.

—Buscas placer no por el mero hecho del placer —le dijo, mirándola a los ojos—, sino porque quieres algo que te calme, que te haga sentir bien.

—Eso no es…

—Es cierto. El opio no puede dártelo por completo, las drogas no te lo han dado, ¿verdad? ¿Qué más has probado? ¿Loto azul, polvo de nuez moscada, harmal? —Ella respiró más rápido, temblando no por ansias, no por placer, sino por miedo. Encarceló con sus piernas a Gao, sintiendo la intimidad del lobo contra la suya; latía—. Puedes forzarme por culpa de nuestro vínculo y unión tiao, sabes que puedes. Lo harías contra mi voluntad, no podría resistirme. Me lastimarías a un nivel tan primige…

—Cállate. —Lo acercó contra sí y la runa de ambos empezó a brillar.

—No, Lei, por favor. Detente o nos arrepentiremos.

—Lo necesito. —Lo miró a los ojos y pudo sentir el dolor en los ojos de Gao, pero… pero el de ella era más opresivo. La cabeza se le partía al medio, con una parte gritándole que siguiera, una lasca de ser destructivo, mientras otra, su parte consciente, gritaba ante la tormenta que era el miedo al dolor que se detuviera.

—No necesitas esto, necesitas algo que te haga sentir bien. Esto no lo hará.

—Sí lo hará —murmuró, concentrándose. Ahogó una exclamación cuando sintió un lazo que la unía a Gao. Apretó ese lazo y Gao gimió.

—Por favor —rogó él—, espera un segundo.

Su voz era tan rota y adolorida que ella sólo se detuvo por reflejo.

—Me matarás, Lei —susurró, quedito, acercándose a su rostro, posando la frente en la de ella—. Si me fuerzas a poseerte, me matarás. Mira nuestras marcas.

Lei-Lei lo hizo y ahogó una expresión, del pecho de ella y del de Gao las marcas empezaron a brillar de un amarillo rojizo y goteaban sangre.

Gao le posó una pata en la mejilla.

—Ya te dije que no puedo oponerme o detenerte, así que si lo haces, si me obligas, me matarás. Tiao es comprensión, unión, hermandad y amor, no sumisión y control. Pero nuestro vínculo la afecta: me destruirás si anulas mi albedrío.

Lei-Lei empezó a temblar, sintiéndose una basura, como siempre. El efecto del opio era casi inexistente, y entonces sintió la ola de emociones que intentaba reprimir. Los sueños, el desprecio, las miradas de todos compadeciéndose de ella. Todo eso explotó en su cabeza, los recuerdos de las expectativas.

Necesitaba anular eso. Ignorarlo por ahora. Necesitaba algo que le distrajera.

Gao le limpió una lágrima y ella se dio cuenta de que estaba llorando.

—Lo que te lastima me lastima a mí también, mi Lei —dijo—. Dime qué te sucede para ayudarte. Debemos crecer, ser mejor juntos.

Lei-Lei recordó el árbol y a Valor. Las imágenes. Gao muerto en casi todas. No podía perderlo. Su abuelo, sus amigos, su novio, su hermano menor. No podía perder a más nadie. Y estaba segura de que si perdía a Gao sería el final de sí misma.

Sin embargo, negó con la cabeza.

—Dime por qué estás aquí —le respondió—. Recuperaste tus recuerdos, pero no confías en mí para abrirte.

—Porque…

—Porque te desprecias —finiquitó Lei-Lei—. Te odias, como me odio yo misma. No puedes repararte ayudando a otros.

—Pero no quiero que caigas en la espiral que yo caí cuando… —Se mordió los labios—. Las drogas no te ayudarán.

—Pero me dan calma. El placer de la calma.

—El placer del sexo no es igual al placer de la calma, Lei. Yo lo sé.

Ella sonrió con tristeza.

—Cualquier cosa que evite que piense me da calma, Gao. No te forzaré, pero igual me iré al Valle e iré por más opio, o ambas cosas.

Gao cerró los ojos y a través del sou tiao Lei-Lei sintió la rendición de Gao y la enorme necesidad de protegerla que tenía. Entonces por el rabillo del ojo, percibió un resplandor. Acto seguido, sintió la textura de su cama en su propia habitación con paredes de piedra: él los había transportado a la habitación de Gao mediante un sou.

—Te daré lo que quieres y comprenderás que no servirá de nada.

Y la besó. Con una delicadeza extraña, como si ella fuese tan frágil que se rompería si hacía presión. «Pero lo que no comprende es que ya estoy rota». La acarició y la besó como Bao nunca fue capaz, tomándose el tiempo que fuese necesario para estimularla, para hacerla sentir querida, apreciada, pero no amada.

Porque se estaban poseyendo, pero no era amor, eso lo sentía en el fondo de su ser. Incluso cuando Gao recorrió cada sitió con su boca y lengua, incluso cuando entró en ella y la embestía con una constancia férrea y la besaba. Sus cuerpos sudaban, sus lenguas bailaban juntas, sus respiraciones y jadeos eran todo lo que el otro oía, pero todo se sentía vacío.

Y el dolor, el resentimiento y el autodesprecio seguían en su cabeza, susurrándole lo fracasada que era.

Ni siquiera cuando ambos alcanzaron el clímax, las cosas mejoraron. Más allá de la calidez en su vientre, todo era igual.

—No me mires así —dijo Lei-Lei, ladeando la cabeza en la almohada—. No me mires con la lástima que me miran todos.

—No te miro con lástima —dijo Gao—, no podría. Acabo de tener sexo contigo, lo que menos te tengo es lástima. No. Es compasión.

Lei-Lei frunció el ceño y lo miró a los ojos, apretando las piernas alrededor de la cintura del lobo.

—No necesito tu lástima —gruñó.

—¿Nada cambió, cierto? —preguntó, luego de un rato. Lei-Lei negó con la cabeza—. Te lo dije —agregó—. Podremos hacerlo hasta que amanezca, hasta que se te hinchen las piernas y nada cambiará.

—¿Por qué? —gimió ella—. ¿Por qué?

—Porque esto no es amor. Es compasión. Lo sabes muy bien. Tú no me deseas y yo no te deseo; ¿cómo va a ser algo que te borre los pensamientos si no lo hemos disfrutado? Sí, corporalmente sí, pero no ha habido esa conexión. Puedes tener sexo con cualquiera, pero no harás el amor con cualquiera. No sentimos esa atracción por el otro, no de esa clase. ¿Entiendes lo que te decía?

Derrotada y sintiéndose menos que una basura, Lei-Lei descruzó las piernas de la cintura de Gao, dejándole sacar su miembro de ella. Su carga se escurrió un poco de dentro suyo y se sintió… anodino. Eso la enfureció. Cuando Gao se tumbó en la cama, ella se sentó a horcajadas sobre él.

—Es porque no me deseas, imbécil —dijo.

Gao negó con la cabeza y se irguió, quedando sentado y casi pegados rostro contra rostro. Las patas de él le recorrieron los costados, las piernas, la panza, sin apartarle la mirada de los ojos. Una mirada dura, de soldado y guerrero, y un poco triste. Una de sus patas se detuvo en uno de sus glúteos y la otra en su pecho, justo sobre su sou tiao.

—Desearte, lo hago. Eres un animal atractivo, lo admito, pero no te amo. Eres una hembra por la que muchos matarían por tener, y yo ahora te tengo aquí, conmigo. Te he saboreado, te he poseído y te he causado todas las sensaciones que querías, pero… no has alcanzado esa calma que buscabas no porque no te desee, sino porque no nos amamos. No quiero repetirlo de nuevo, Lei. —De improvisto, la abrazó. Lei-Lei se quedó paralizada, sin saber cómo responder—. Tal vez esto ayude.

Gao era cálido como una chimenea y transmitía una firmeza que amenazaba con destruirla. Su terquedad se interpuso y lo pegó tanto a ella que pudo sentir el pene de éste frotándose contra su panza.

—¿Por qué te esfuerzas en retenerlo, Lei? —susurró Gao—. Sé perfectamente lo que es sentirse una basura por no poder salvar a tu familia. Yo…

—No lo sabes.

—Oh, sí, claro que sí. —Gao apoyó su barbilla en el hombro de ella y la hizo apoyar la de ella en el suyo—. Más de lo que te imaginas.

Algo en ella se rompía, tan rápido que estaba segura de que su cuerpo se volvería polvo como su alma misma.

—¿Por qué? —preguntó, con la voz ahogada. «No voy a llorar, maldita sea. No más».

—Yo perdí a mi madre cuando era joven, perdí a mi hermana y a mi maestro. Gané poder, pero me consumió el vacío. —Fue a replicar, pero él no la dejó—. No, no estás como yo estuve, pero estás a un paso. Por años viví así, sin importarme nada, con algo que me faltase. El opio no me ayudó, las putas no me ayudaron, matar tampoco me ayudó. Viví como un errante.

»No tienes idea de lo que es vivir en ese pozo negro, Lei. Quieres morir, pero no tienes el valor o las ganas para quitarte la vida, siempre que tengas un objetivo. Yo buscaba venganza, eso me motivaba. Planeaba suicidarme después de cumplirla.

»Pero mi hermano me salvó. Me enseñó que podía vivir, que habría algo por lo que vivir. El honor. —Bufó, como si le molestara admitirlo—. Y tus padres también me lo enseñaron, aunque me moleste.

—¿Cómo?

—Me dejaron ver que eran capaces de ir al mismo inframundo por el otro y volver, que aceptarían con gusto a la muerte por proteger al otro. Uno se hizo un dios para protegerlos a todos, todo, en esencia, por tu madre.

Su pata en su glúteo ascendió y le acarició la espalda en movimientos circulares.

—Tú tienes algo que yo no tuve —dijo; la marca de ambos brillo, esparciendo calidez dentro de ella—: animales que se preocupen por ti. Pueden ser amigos, puede ser familia, puede ser alguien como yo: un ser que está unido a tu alma por voluntad propia.

Y sin poder evitarlo, Lei-Lei lloró. Con gemidos ahogados contra el pelaje del lobo, mientras éste la abrazaba con fuerza, transmitiéndole seguridad en el agarre y firmeza mediante la runa. Podía sentir la fuerza de él a través de su propia alma, como si fuera un pilar en el que apoyarse. Un pilar igual de frágil que ella, pero una base de todas formas.

—El primer paso es aceptarlo —musitó, luego de un rato—. Te ayudaré a ser mejor.

—¿Cómo elimino esto? —quiso saber ella.

—No puedes. Siempre estará allí, acechando.

—O sea que estoy rota.

—Todos lo estamos —dijo, y la separó, alzándole la mirada para unirla con la suya, tomándola el mentón—. Pero entonces rellenamos las grietas con algo más fuerte.

—¿Qué?

Gao le tomó una pata y se la puso en su pecho, sobre la runa. La marca palpitaba y estaba cálida al tacto, no de un calor tortuoso como antes, sino… esperanzador.

—Si lo supiera, no estaría aquí. Tenemos que descubrirlo juntos.

Lei-Lei sonrió, entre las lágrimas.

—León imbécil, tenías que decir algo sabio.

Gao sonrió y Lei-Lei se sintió un poco mejor. Aquella oscuridad que la agobiaba menguaba cuando estaba a su lado.

—He vivido mucho, sin embargo, ser sabio no es mi fuerte. Pero algo he aprendido, y es que nadie puede ser fuerte todo el tiempo. Somos tiao, compañeros de alma, creo que puedes confiar en mí cuando te sientas así, ¿no crees?

Quería, de verdad quería confiar, pero el peso de todo lo que tenía encima era demasiado para soltarlo todo. Poco a poco, quizá. Sonrió, asintiendo. Esperaba que de verdad pudiera ser mejor que ahora. Detestarse un poco menos.

Reposó la cabeza en el pecho de Gao y éste puso la quijada sobre ella. Se sorprendió porque escuchó un corazón latir; «pero tiene sentido, si lo hemos hecho obvio que tiene pulso. Por los dioses, tiene que bombear sangre para…».

—Me das calma por alguna razón —confesó ella.

—Es nuestro sou tiao —murmuró él contra su frente—. Nos apoyamos en el otro, nos reconfortamos.

Pero estaba segura de que era algo más que eso.

—Lo siento —dijo—. Lo siento por obligarte a tener sexo conmigo.

—Ciertamente no me has dejado elección. Por cierto, tengo algo que decirte.

—¿Ahora es cuando dices que has tenido mejores hembras, que no fue lo que esperabas? —sonrió, bromeando, sin embargo, Gao estaba serio. Demasiado serio.

—Ya te lo he dicho, eres atractiva. Creo que no habría tenido la erección si no hubiera sido el caso.

—Soy una panda, por amor a los Cuatro.

Gao alzó un dedo.

—Eres una hembra que pelea como un demonio, y eso me pone mucho. Así que estamos bien, creo. —Lei-Lei no supo que responder, porque lo dijo con ese rostro tan serio que la dejó confundida—. En fin, quería hablarte de Yuga.

Eso le levantó las alarmas.

—¿Qué sucedió con ella?

—No está muerta.

—¿¡Que!? ¿Cómo es posible?

—No lo sé. —Gao negó con la cabeza—. Pero sigue viva de alguna manera. Lo siento en mi alma.

Lei-Lei bufó y frunció el ceño.

—Entonces tenemos que ir por ella.

—Yo tengo que matarla.

—Tenemos.

—No, Lei. Yo tengo que matarla, para eso reviví. Es mi responsabilidad.

Ella le mantuvo la mirada fija, como retándolo a decirle por qué, pero Gao terminó por ladear la cabeza, mientras que a través de la marca en su pecho ella pudo percibir oleadas de culpa y vergüenza.

Así que para esquivar esos baches de terreno peligroso, le apretó las mejillas con fuerza, haciendo que sus labios se juntaran como un pez fuera del agua, y obligándola a mirarlo.

—¿Entonces cuándo partimos a ese mundo donde todo se intercambia y habita la Jueza que dijo Valor?

—Cuando estés lista.

—En tres días.

—En tres días entonces, tendré que preparar los sou para abrir un Paso. ¿Por qué tres días?

—En tres días Xiao y Fan Tong se van, quiero irme con ellos, así le dolerá menos a mis padres.

—Comprendo. ¿Me sueltas los labios o me vas a besar?

Ella lo soltó y se quedaron en silencio, con el único sonido del viento y el ulular de las hojas que entraba por la ventana. El sonido de la respiración de Gao era relajante y por primera vez en días, sentía que el sueño venía a ella con la naturalidad que debía ser. No con aquel temor de con qué pesadilla sería atormentada.

Gao le dio unos toquecitos en las costillas, sacándole una risa.

—¿Lei?

—¿Sí?

—¿Cuánto tiempo vamos a estar así? —preguntó.

—Un rato más.

—Lei, ¿y si viene alguien y nos ve así?

—No me importa.

—Lei, van a creer que nos escapamos sólo para tener sexo.

—¿Lo hicimos, no?

Gao se tensó y Lei-Lei lo miró, alejándose un poco, pero sin dejar de tenerle rodeado con los brazos. No quería soltarlo, porque aquel pequeño oasis en el desierto que era su dolor, era demasiado preciado para dejarlo ir.

—Sí. —Su voz era plana, sin emoción—. Lo hicimos.

—Entonces —añadió ella, para romper la tensión—, deja que piensen lo que quieran.

—Lei…

—¿Te molesta estar conmigo así?

—No.

—¿Entonces?

—Lei-Lei, no sé cómo debería funcionar nuestra marca, ¿vale? —dijo, preocupado—. En los mortales enlazados las relaciones carnales están prohibidas. En nosotros, no sé.

—¿Seguimos vivos, no?

—Pero no sé qué nos pueda pasar. —Se encogió de hombros, comprendiendo que Lei-Lei no daría su brazo a torcer—. Y debo de controlarme.

Lei-Lei arqueó una ceja.

—¿Controlarte? ¿Qué es lo peor que puede pasar? No me puedes dejar embarazada, lo que es un beneficio.

—Oh, por los calzoncillos de Equilibrio —gruñó. Puso una pata en la cama y se alejó un poco de ella; seguían en la cama, con ella a horcajadas sobre él, pero éste un poco inclinado a medio paso entre sentarse y acostarse—. No es eso, es que no debería desearte, ¿vale? Tanto porque no debo, como porque tú tampoco lo haces. Eso no es deseo, es la necesidad de detener el dolor del vacío que sientes. Además, no quiero saber qué pasará si Equilibrio se entera de que me acosté con su hija.

Ella dejó pasar ese último comentario.

—¿Y cómo me libro del dolor? No me digas que no lo sabes, dame una respuesta.

—La respuesta es simple, pero nadie quiere saberlo —dijo—. Porque la única respuesta son ellos mismos. Debes conocerte antes, debes aceptar tus fallos y mejorar. Pero por encima de todo, debes querer mejorar. Ya lo has aceptado, ahora da el paso para empezar a mejorar. No… no busques placeres que intenten ahogar el dolor, en lugar de buscar saber por qué existe el dolor.

«¿Por qué existe el dolor…?».

Asintió.

—Comprendo —mintió—. ¿Duermes conmigo? —Él la miró confundido—. No, estúpido, no te estoy diciendo que volvamos a hacerlo —aclaró—. Te estoy pidiendo que duermas conmigo, no me importa si es en la misma cama o en el suelo, te necesito cerca. Me das tranquilidad.

Gao suspiró.

—Equilibrio, dame paciencia. —Asintió—. Bien, dormiré contigo, pero primero déjame traerte un juego de ropa, ¿quieres? ¿O vas a ser así, como viniste al mundo?

Lei-Lei no dijo nada, sólo se encogió de hombros y se quitó de encima. Al ponerse de pie, sintió parte de la carga de Gao bajar por su pierna. Él se levantó y también bajó de la cama, de pie frente al otro, él se quedó observándola con una expresión neutra, pero su compañero lo traicionó.

—¿Te vas a quedar allí viéndome o vas a traer ropa? —preguntó, cruzándose de brazos—. Si me vas a comer con la mirada, más te vale que me comas de verdad.

Gao negó con la cabeza.

—No es eso. Sólo estoy pensando en el lío que me estoy metiendo. Se supone que no debería pensar en lo que estoy pensando, cuando…, ya sabes, somos tiao.

—¿Y en qué piensas?

Lei-Lei sonrió con superioridad y se acercó a él, contorneando las caderas en un intento de parecer sensual, pero que le sacó una carcajada al lobo, lo que aligeró el ambiente.

—No hagas eso, por favor —se rió él—. No eres de los animales que actúan sensual. —Y se volvió a reír, mientras ella se recostaba contra la pared, molesta por ser una fracasada hasta en ser una hembra.

—Sí, sí, qué gracioso. Ahora largo, gato, ve y trae ropa.

Entre carcajadas, el lobo salió de la habitación, rumbo a la de Lei-Lei a por prendas para vestirse. Ella caminó hasta la cama y se tumbó en ella, con las emociones volviendo a poseerla: esa oscuridad de resentimiento y autodesprecio.

Concentró su Chi y en el aire trazó un sou común de aparición, para transportar objetos. El carácter chino brillo e hizo aparecer la pipa de opio. La tomó y sopesó en su pata, podía destruirla, pero en vez de eso se la llevó a los labios, con la sensación del cuerpo de Gao frotándose contra el suyo.

—Quiero ser mejor —dijo, para sí, antes de dar una calada—. Pero no sé cómo, Gao.

El humo le cosquilleó en el pecho y le dio calor, como si entrase a un sauna. La calada ahogó el dolor como si lo cubriera con una manta y de golpe se sintió mejor, el cansancio se fue y el hambre por el brusco sexo desapareció.

La runa en su pecho palpitó, dolorosa, cuando sintió la decepción y el cansancio de Gao: él se había dado cuenta de que ella cogió la pipa.

«De verdad lamento que te hayas vinculado conmigo, compañero».