Trece oscuridades

Título alternativo: Kingdom Hearts "La historia de la oscuridad" 2.8/2 Days Final Mix + Re:Mind "Prepare to Die" edition Unchained χ Director's Cut Season Pass

Prólogo

The "Keyblade War." The violent clash shattered the χ-blade into twenty pieces—seven of light, and thirteen of darkness.

- Maestro Xehanort, en El mundo inexistente,

Reino de los Sueños, (Kingdom Hearts 3D).

El cementerio de las llaves espada, Reino de la Luz, Tercer anillo (crepúsculo).

Kingdom Hearts. El reino de los corazones. Según había podido descubrir el buscador de la oscuridad, un contenedor de luz que es a su vez la puerta hacia la oscuridad. Una existencia en el limbo entre los dos grandes reinos. La mayor de las luces que da paso a la mayor de las oscuridades.

Pero también el único enlace con el antiguo mundo. La guerra de las Llaves Espada había roto esta unidad, y ahora los mundos estaban divididos. Separados. Repartidos. De igual forma que se había partido la χ-blade.

Veinte piezas. Xehanort había encontrado las veinte piezas con las que debía recrear el mito, y poco a poco las había situado en el tablero. Como en las partidas que solía jugar contra Eraqus, debía jugar del lado de la oscuridad. Esta era la única manera, para su desasosiego. No estaba en la mejor posición. Las piezas negras eran más numerosas y la oscuridad más poderosa, pero todos en quienes había confiado habían fallado en el pasado.

En ese mismo lugar, Vanitas, incluso completado y empuñando el arma legendaria, había sido derrotado por la Maestra Aqua.

En el Palacio del Olvido, un Sora desprovisto de la mayoría de sus poderes había sido capaz de sobreponerse a Vexen y los traidores Larxene y Marluxia.

En el Mundo Inexistente, Xigbar, Saïx y Luxord habían sucumbido a manos de este elegido de la Llave Espada.

Ni siquiera él mismo tenía un mejor historial. Sus dos mitades habían sido derrotadas por Sora en más de una ocasión. En Bastión Hueco, Xemnas había retado a Sora sin mucha fortuna. Frente a Kingdom Hearts, Ansem había sido aniquilado. En el limbo entre los dos reinos, el señor del Mundo Inexistente había perecido por la luz de dos Llaves. Incluso su joven yo había sido incapaz de impedir que el pequeño rey y sus secuaces despertaran a Sora y le devolvieran al camino de la Luz.

Estrictamente, eso no era un problema. Para recrear el mito, lo que importaba era que las trece oscuridades se enfrentaran a las siete luces. No necesitaban ganar. La victoria llegaba en el momento en el que todos se enfrentaran. Si él permanecía al margen y recuperaba de uno en uno los fragmentos de la χ-blade, podría arrastrar a Kingdom Hearts hasta allí.

No obstante, no había destinado gran parte de sus esfuerzos a arrastrar a Sora a la oscuridad por nada. Si lo apartaba de la ecuación, si lo llevaba a su lado del tablero, tendría una gran ventaja en la que debía ser la última guerra de las Llaves Espada. Y sin embargo, aquel joven, inocente, ingenuo y estúpido; sin saber nada, sin conocer nada, sin entender nada, todavía se resistía a…

– Si sigue así, está destinado a perder.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de un hombre adulto. El Maestro Xehanort estaba solo en los trece asientos que daban cobijo a la Verdadera Organización XIII. No había escuchado llegar a nadie, ni tampoco sentido moverse la oscuridad o retorcido la luz. Aquella aparición no era uso de una puerta oscura, ni fruto de un viaje ortodoxo. Era un viento frío escondido entre la cálida brisa de verano, una manzana podrida bien escondida en un cesto. Era lo inesperado, lo indeseado.

Dos hombres con túnicas blancas. El diseño le recordaba a las túnicas encapuchadas que él mismo había usado más de una vez para viajar en la oscuridad. Un método para sortear las inclemencias del segundo reino, un legado que había recuperado gracias a aquel fatídico encuentro tantos años atrás. El sujeto que le había hecho entrega de la Innomita también le había facilitado este método de transporte.

Y sin embargo…

Si la túnica negra protegía de la oscuridad, ¿de qué protegería aquella túnica blanca? ¿De la luz? ¿Acaso existían criaturas incapaces de tolerar la luz? Ni tan siquiera los sincorazón mejor escondidos del reino de la oscuridad sufrían al tocarla. La odiaban, la devoraban, la aniquilaban: pero no sufrían bajo su influjo.

La mano del maestro Xehanort retorció el aire entre sus dedos. En sus planes hacía frente a toda eventualidad, y no dejaba nada al azar. Desde que había viajado en el tiempo por primera vez se había vuelto susceptible a los imprevistos; así, pasados los años, su forma de usar sus habilidades le había ayudado a evitar que nada le cogiera desprevenido. Aun así, esos dos sujetos…

– El destino es inamovible. No deberías tomarlo tan a la ligera –apoyó el codo en su trono, y la mejilla en el puño. Quería observarlos bien, registrar todo posible detalle que le ayudara a identificarles en un futuro. Revisar cualquier señal que le proporcionara información sobre cómo habían llegado allí–. No sé quiénes sois, pero debéis conocer mi nombre si hacéis declaraciones tan contundentes.

El sujeto que había hablado dio un paso hacia delante. Su compañero parecía despreocupado.

– Por supuesto. Es Xehanort, maestro de la Llave Espada. Su objetivo es recrear Kingdom Hearts, y para ello enfrentará trece oscuridades y siete luces. Y lo conseguirá: pero perderá.

¿Se trataba de viajeros en el tiempo que venían a advertirle? No, imposible: si en el futuro él fuera a fallar, se enviaría a sí mismo para adaptar su plan. Estaría sobre aviso. Habría tomado medidas. Habría cambiado el plan. De ninguna forma podía perder… salvo que verdaderamente ello formara parte de su Destino. En cuyo caso, aquellos sujetos tampoco podían ser viajeros en el tiempo. Si lo fueran, sabrían que el Destino es inalterable. No puede corregirse su rumbo.

– Está bien, te daré la oportunidad de que te expliques. ¿Qué te lleva a decir eso? ¿Quién eres, y qué sabes sobre el futuro?

Xigbar había acudido ya a su llamada. No, tal vez era más oportuno volver a llamarle Braig. Había accedido por un pasaje oscuro, y se había escondido detrás del trono de Vanitas. Probablemente estaría cargando sus rifles de francotirador, esperando el momento oportuno para disparar. Podía confiar en que los neutralizara si intentaban hacer alguna tontería, pero… El compañero de su interlocutor había enderezado la espalda. Conservaba su actitud despreocupada, pero no era sino una fina capa de mentira para ocultar que estaba preparado para reaccionar. ¿Cómo había percibido al asesino silencioso?

– Disculpe nuestros modales, maestro –el hombre hizo una reverencia, y posteriormente se incorporó y clavó en él una mirada de ojos azules–. Nuestros nombres no son de importancia, pero entendemos que ha sido irrespetuoso por nuestra parte. Por el momento, solo le pedimos que se contente con saber que somos un grupo de admiradores suyos.

Hemos estado observándole, y sentimos que está tomando demasiados riesgos con esta nueva organización. Determinados sujetos que utiliza como receptáculos de su corazón son demasiado… rebeldes. No debería ponerse en manos de quien le ha traicionado, así que permítanos suplir esos puestos en su organización.

Los once que faltaban acudieron entonces a su llamada. Ansem, Xemnas, su yo joven, Terra-Xehanort, Saïx, Vexen, Demyx, Luxord, Marluxia, Larxene y Vanitas. Al mismo tiempo, seis figuras blancas ocuparon posiciones alrededor de los dos que le habían servido de interlocutores. Fue solo durante una décima de segundo, pero los ojos del maestro Xehanort lo vieron. Aparecieron tras un breve pero intenso destello de luz blanca. Una luz que no iluminaba. Una luz propia… del reino de la Nada.

– Inspirados por el trabajo de su incorpóreo, Lord Xemnas, nosotros siete fundamos nuestra propia organización –seguía diciendo el hombre de la túnica blanca–. Nos hacemos llamar Organización bajo cero, y seguimos el mismo código que seguía Lord Xemnas. Tal vez eso le demuestre una parte de nuestra disposición a serle de ayuda, maestro.

Tan solo desearíamos poder ser siervos de la Luz para recrear aquí y ahora el mito para usted, pero hemos sido rechazados por ella. Rogamos se conforme con que nos deje unirnos a su empresa.

Al unísono, los siete hincaron la rodilla, en dirección al anciano Xehanort.

– ¡Ja ja ja! –Larxene apenas se esforzó en ocultar su reacción–. ¡Un pequeño grupito de lameculos, es lo que tenemos!

– No parece que el futuro les sonría…

– Deben ser o muy ingenuos o muy temerarios si creen que pueden aparecer por aquí e irse de vuelta como si nada.

– ¡Eso es! ¡Hoy hay luna llena, así que seguro que te los cargas de una! ¿Eh? ¿Eh? No hace falta que yo pelee, ¿a que no? ¿A que lo tienes controlado? Si me voy a echar una sies…

– Bueno, no será un mal calentamiento antes de hacer frente al elegido de la Llave Espada una vez más. Mi guadaña está sedienta de sangre desde el Castillo del Olvido…

– Investigar esas túnicas es sin duda un aliciente… No puedo esperar a hacerme con ellas…

Mientras los miembros de la Verdadera Organización XIII continuaban hablando entre ellos, el maestro Xehanort mantenía sus ojos sobre aquel grupo. Por la forma en que habían aparecido… ¿Se trataba de incorpóreos, entonces? ¿Cómo habían podido pasarle desapercibidos durante tanto tiempo? Si habían retenido su forma humana, sus corazones habían sido fuertes. ¿Por qué no los había reclutado entonces para la primitiva organización XIII?

– Te lo advertí, jefe –quien hablaba era el acompañante del hombre con el que había estado conversando–. Aunque sea el maestro, no me contendré si nos insultan.

El silencio se impuso en el círculo formado por los trece tronos. Xigbar ya había tomado posiciones y apuntaba con sus rifles a los dos primeros sujetos que habían aparecido.

– Sí. Supongo que es cierto. Adelante. Pero recuerda…

Descendió un poderoso relámpago blanco del cielo, iluminando por un segundo el rostro bajo la capucha. Xehanort creyó reconocerle, a pesar del breve lapso de tiempo en el que pudo apreciar sus facciones.

Los engranajes se movían. Siempre se habían estado moviendo. Y él nunca dejaba nada al azar.

Un martillo apareció en las manos de aquel que ostentaba el número -1. Tenía inscrito en la rugosa piedra el símbolo del Sol, y parecía emitir luz propia. No: ciertamente contenía el mismo poder que un astro rey. Ese mismo calor, ese mismo fuego inapagable, esa misma ansia de devorarlo todo.

Él nunca estaría contento con una derrota. Y si alguna vez podía estarlo, si alguna vez su corazón flaqueaba…

Ellos habían sido creados con ese objetivo.

– Al maestro no.

[…]

El maestro Xehanort alzó una mano, decretando el alto al fuego. Su homólogo hizo lo propio.

Ambas organizaciones habían sufrido severas bajas. Larxene había regresado a la oscuridad tras ser empalada con abominable violencia; las lanzas habían penetrado su cuerpo con tal fuerza que la muerte había sido instantánea. Marluxia había peleado con valentía, pero su guadaña había sido partida en dos por el martillo del hombre que había comenzado la batalla. Desarmado, sus flores habían sido pasto de las llamas de sus enemigos. Vexen y Demyx habían sufrido graves heridas que les dejarían inmovilizados las próximas semanas, y por su parte Luxord parecía haber sucumbido ante los disparos en ráfaga del francotirador enemigo. De esa última baja tenía sus dudas: el tahúr del destino jugaba siempre con sus cartas pegadas a sí mismo.

Del lado contrario, solo el hombre del martillo y su líder permanecían indemnes. Vanitas y las distintas versiones de sí mismo habían dado buena cuenta de la mayoría de sus miembros.

– Han acabado con todos… Gerox, Carlox, Xander… ¡Mierda!

Una masa plateada rodeaba al hombre. Flotaba como si se tratara de un líquido abandonado en el frío vacío del espacio. No cabía duda que dependía de su voluntad; esa había sido la deducción que Larxene había hecho una décima de segundo demasiado tarde, antes de ser empalada. Y ahora… sus emociones parecían desbocadas. Una amalgama de rabia, ira, tristeza, confusión… Muy poco propio de un incorpóreo. Muy propio de él.

– Sé consecuente. Has sido tú el que ha iniciado las hostilidades.

La superficie de la masa del color de la plata se agitaba con la misma virulencia que el agua hirviendo. ¿Era la ira la que se imponía?

– Si fueras capaz de mantener la cabeza fría, ahora estarían vivos.

Como las púas de un erizo, aquella plata se extendió en afiladas puntas en dirección al líder de la ahora-diezmada Organización bajo cero. Ante todo pronóstico, deberían haberle empalado. Después de todo, el objetivo del ataque había permanecido completamente quieto: vulnerable ante cualquier ataque.

Aquella sustancia metálica, sin embargo, se había detenido antes siquiera de tocar la piel de aquel hombre. Y se retiró lentamente, conforme este volvía a hincar la rodilla.

– Lamentamos este desastroso resultado, maestro. Permitidme que me haga cargo de los errores de mi subordinado.

Una Llave Espada apareció en su mano. La última pieza del puzle que podía haber necesitado, si su corazón no hubiera hecho memoria. Su rostro se iluminó con una sonrisa macabra. Siempre había sido rápido aprendiendo.

Apuntó a su cuello con el arma, amenazando con poner fin a su propia vida.

– No hay necesidad. Si es tal vuestro deseo de contribuir a la recreación de la guerra de las Llave espada, puedo daros la bienvenida entre las trece oscuridades.

A cambio, solo deberían hacer frente a una condición. En el plazo de un mes, deberían reclutar a más oscuridades con las que suplir el vacío de sus filas. Había ahora tres vacantes, y aunque era cierto que el programa de réplicas de Vexen había sido un éxito…

– Sora. Convertid a Sora en una de las trece oscuridades, y todo será perdonado.