"There is not a villain upon earth, whose natural propensity, well directed, might not have been productive of great virtues" –Jean-Jacques Rousseau.


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Llagas abiertas

Capítulo 11

Reacción Química

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Claro. Cuando yo tenía tu edad, solo pensaba en finalizar el año para estudiar periodismo —una pausa se oyó luego de una corta risita—. Sé que somos diferentes, pero el anhelo de terminar la escuela para dedicarte a lo que te gusta debe ser algo que ambos compartimos.

— Sí, tienes razón.

¿Tienes algo en mente para cuando finalices los estudios?

— En realidad no —hubo un silencio que me pidió explicarme mejor—. Creo que… primeramente tengo que mejorar mis calificaciones ahora. Todo plan para después de la escuela puede esperar mientras intento no repetir el año.

Ya veo —papá parecía pensativo—. Tu madre dijo que tienes mucho con qué trabajar —se lo dijo entonces.

— Sí, lo siento.

No tienes que disculparte conmigo, hijo —sonó más jovial de lo que esperaba—. Entiendo que te sientas culpable y lo lamentes, creo que eso es bueno. Cuando hay mucho que arreglar… es más fácil dejar todo de lado —hizo una pausa larga—. No lo hagas, por favor.

— No, no —me apresuré a decir—. Yo… yo voy a arreglar las cosas.

Es bueno oír eso —lo escuché toser y luego aclarar la garganta—. Bueno, debo volver a trabajar. Mi jefe volverá a desconfiar de mí si mi tiempo en el baño es tan alargado. Recuerda lo que hablamos y llámame si necesitas ayuda. Me haré del tiempo que sea necesario.

— Sí, papá. No te preocupes.

Y discúlpate con esa chica —no supe responder—. La conozco y sé que te perdonará. Si le dices que Takeru te golpeó, seguro que se sentirá mal.

— No creo que sea buena idea mentirle.

¿Seguro? Takeru me dijo que te golpeó —había olvidado eso—. Lo regañé por eso.

— Bueno, no fue del todo así.

Papá rió un poco y creyó entender. Me dijo al final que le tenga paciencia a Takeru y a su tendencia a considerarse el villano. Yo no pude evitar sonreír y me despedí de papá para luego cortar la llamada. Tenía la jornada planeada gracias a ello. Resultó ser más útil de lo que esperaba el hablar con papá al despertar. No tengo idea al momento de qué fue lo que mi hermano menor le dijo a mi padre para que éste me llamara al despertar. O mejor dicho que me despertara con una llamada. Me pareció risueño de igual modo, se lo oída feliz de hablarme e incluso de escucharme hablar, a pesar de que las mías fuesen pocas palabras. Aunque la primera impresión que tuve fue que su voz me sonó más nasal que de costumbre. Lo había oído limpiarse la nariz en un momento, y luego reflexioné que parecía haber estado llorando. Tenía mucha curiosidad pero no tuve el valor suficiente como para preguntar y enfrentar la posible verdad.

Lo que sí sentí fue ánimo para enfrentar mi realidad. Me preparé más rápido de lo que solía y al acercarme a la sala me encontré con mi madre, quien normalmente estaría trabajando al momento en que yo saliera de mi habitación. Ella me vio sorprendida con su teléfono llevado a su oído, y llevada por impulso pronunció un inaudible "buen día, hijo". Parecía haber olvidado mi mal genio y mal comportamiento de los días pasados, otra vez se le iban de la memoria ese tipo de cosas. Y ahora curiosa y sorprendida frente a mí, le respondí su saludo.

Intenté prepararme algo para desayunar, pero la tarea me resultaba desconocida en varios aspectos. Mi madre no se había perdido mi escena y por alguna razón que desconozco, un cálculo difícil de reproducir, raíz lo suficientemente fuerte capaz de mantener de pie un árbol atropellado por el viento, emotivo sentimiento dirigido hacia mí y sólo hacia mí, ella dejó todo lo que tenía a mano y buscó trastes que luego depositó en la mesa. Su teléfono reposó en la mesa, preparó un jugo, dejó algunas frutas en la mesa, colocó pan, mermelada, algo de leche y café. Me miró expectante y luego pareció recordar algo.

— No te gusta nada de eso, no sé en qué pensaba —más bien parecía hablarse a sí misma. Por consiguiente buscó en la alacena y en la heladera por verduras y carne que se proponía a cocinar.

Me sentí extrañamente culpable de provocar tal escena.

— No —dije avergonzado—, así está bien.

Mamá se detuvo a escucharme y me vio sorprendida. Dejó las cosas que tenía en mano lentamente en su lugar y luego me vio expectante por lo que fuera a hacer.

— Bien —pronunció tranquila.

Consiguientemente volvió a sus tareas. Yo me senté a la mesa y me propuse a desayunar pero estaba tan nervioso por la mirada constante de mi madre que me fue difícil tragar la comida. Hice lo mejor que pude y de esa manera terminé muy a gusto a la hora de salir. Mamá me despidió desde dentro del departamento, mas yo no pude articular respuesta, bajé la cabeza sintiéndome avergonzado y caminé sin detenerme. El reconocimiento de mi manera de ser me resultaba difícil de cargar. Reconocía ser impetuoso, quizá más que Takeru, y ello me traía problemas al momento de recordar... Decidí alejar de la mente esos pensamientos. Al bajar por las escaleras me encontré con una figura conocida. Él estaba recostado sobre la pared que da a la calle y miraba hacia adelante, como si leyera algo a la distancia. Pedía con todas sus fuerzas que alguien le tomara una fotografía.

— Debiste esperar dentro —levantó la cabeza saliendo del trance en el que estaba—. Mamá te habría dado algo de beber en el mientras tanto —me miró algo confuso, lo que me hizo dudar de lo había dicho.

Entonces no había notado que llamé mamá a Natsuko.

— No, así está bien —dijo sin mucho ánimo—. Hubiera sido más difícil salir —qué mentira vaga pensé yo. Entonces empezamos a caminar con dirección a la escuela—. ¿Qué tal te va con tus deberes? Imagino que tienes mucho por hacer, es una sorpresa que no desaprobaras la hora del almuerzo.

— Tienes una forma curiosa de contar una historia triste.

— No es triste, es patética —sonaba molesto—. No te victimices.

— Tienes razón —suspiré algo cansado—. La verdad es que estuve hasta media noche haciendo deberes. Antes de salir de la escuela hablé con mi profesor y le pedí trabajos extra para salvar cuantas materias fueran posible. No me va muy bien, en realidad.

— Pues te lo mereces —no sonaba molesto a pesar de sus palabras. Yo guardé silencio y ello le permitió notar lo que había estado diciendo—. Lo siento, hermano. No sé qué estoy diciendo… Debería apoyarte ahora que quieres mejorar. Discúlpame.

— No te preocupes —mis palabras no tuvieron efecto—. Es verdad que merezco la situación en la que estoy, que sea difícil mejorar es una demostración de lo profundo que me hundí. Ahora sólo queda caer con el mejor estilo posible —eso último provocó una media sonrisa en Takeru.

— Parece que ya estás pensando en fracasar.

— Soy culpable de ser pesimista.

— De eso y otras cosas más —rió un poco, luego se calmó y pareció perderse nuevamente en sus pensamientos.

— ¿Y a qué se debe que estés así tú? —pregunté sin tapujos. Mi interés me prohibía buscar excusas para saber. Takeru me miró, dudó algo de tiempo y luego bajó la cabeza apesadumbrado.

— Creo que hice algo estúpido —guardé silencio esperando una aclaración—. No sé cómo explicarlo… pero lastimé a Hikari y… seguramente no quiere hablar conmigo de nuevo —me vio avergonzado, yo no tenía emoción en mi rostro y él no supo interpretarlo—. No espero que lo entiendas —oh, pero sí lo entiendo—. Si quieres burlarte hazlo.

— Tranquilo. Yo también lastimé a alguien más, así que sé a qué te refieres —supo entender a quién me refería—. Estuve pensando cómo disculparme y, siendo sincero, es más difícil que la tarea que estuve haciendo —Takeru rió por lo bajo—. Yo creo que… si lo que planeas es disculparte con ella, primero debes saber porqué te estás disculpando —algo pareció cuadrar en su cabeza por su reacción—. Yo creo tener una idea de qué decirle a Takenouchi. Pero será difícil hacerlo, así que confío en su perdón y en que es mejor persona y todas esas estupideces que dice la gente —supe arruinar el ambiente.

— En serio eres un idiota —dijo algo sorprendido—. Pues, te deseo éxitos. Conociendo a Sora, tendrás suerte si te perdona —me asustó su advertencia—. Es más obstinada de lo que crees.

Levantó su mano despidiéndose de mí y fue entonces que noté que nos separábamos para ingresar a nuestras respectivas clases.

Me quedé reflexionando gran parte del tiempo. Aproveché el espacio que me proveía la soledad por ser ignorado por mis compañeros para ponerme al día con las materias. En el primer descanso avancé bastante. Y me engañé a mí mismo con esa idea para dejar como última tarea hablar con Takenouchi. Miré la hora varias veces, y luego del primer descanso y antes del almuerzo me sentía aterrado por la idea de que no me perdonara. Imaginé sin cesar sus palabras diciéndome lo mucho que deseaba alejarse de mí, o que nunca me le acercara. Que me mantuviera lejos o que incluso no la mirara…

Sin darme cuenta tenía la garganta atenazada. Vi el reloj marcar la hora del almuerzo, y entonces sentí miedo. La aguja del reloj cayó sobre mí, sentí su peso aprisionarme y hacerme respirar el suelo. No supe comprender la razón, pero tenía todo el cuerpo tensionado. Mis pulsaciones no dejaban tranquilas mis manos, transpiraba frío y estaba tan pálido que mis compañeros supieron notar que algo no estaba bien. Su atención hacia mí sólo logró que empeorara. Ante la primera pregunta de si me encontraba bien, quise escapar de su mirada y alejarme de todos. La prisa me hizo trastabillar y la falta de fuerzas me hizo perder el equilibrio y caer, golpeándome fuertemente el codo. Antes de que me diera cuenta ya me encontraba rodeado de personas que me veían sorprendidos, me miraban y murmuraban cosas que no entendía. Me miraban y reían. Me miraban se burlaban. Me miraban y me insultaban. Me miraban…

— ¡Oye! —entonces mis ojos se abrieron. Me costó recobrar la precisión para ver, entonces noté que unos ojos grandes y preocupados estaban frente a los míos. Era Takenouchi —. ¡Parece que está reaccionando!

— Bien, entonces ayuden a Takenouchi a llevar a Takaishi a la enfermería. ¡Saido y Yagami!

Sentí que me tomaban de los brazos y me ayudaban a levantar. Tenía la cabeza perdida y cuando supe recobrar el equilibrio, mi tacto me avisó que me encontraba recostado. Agucé el oído para entender una charla que oía a lo lejos. Su voz hizo que me apresurara para entender. Pero me golpeaba la cabeza el esfuerzo.

— No, no tienes que darle nada —una voz mayor interrumpió preguntas impetuosas—. Sólo necesita descansar y cuando recobre la fuerza, beber bastante agua para estar hidratado.

— Entiendo. ¿Usted avisará a sus padres? —sonaba totalmente preocupada.

— Ahora iré a sala de maestros para decir que lo hagan —la enfermera tenía una voz grave, pero la calma con la que habló pareció tranquilizar a Sora—. ¿Podrías quedarte con él en lo que no estoy aquí? —no escuché respuesta, pero pude adivinar que asintió con la cabeza—. Bien, ya vuelvo.

Las últimas palabras resonaron en mi cabeza. Hice fuerza para que no cobraran demasiado sentido, pero no pude ser capaz de ignorarlas por completo. Mis ojos me dolían, no solo por el dolor de cabeza, sino porque ejercía fuerza para mantenerlos cerrados. Quise permanecer lo más calmado posible, pero no fui capaz. El hecho se repetía en mi cabeza. Volvía a sentir las miradas de mis compañeros, el miedo a ser rechazado, las risas de fondo, el asco que causaría, el mareo…

Un tacto tímido entibió mi mano. Aguanté la respiración sin ser consciente de que lo hacía. Pude entender sin mucha dificultad que se debía a que Sora había tomado mi mano, entendía el hecho. Pero no podía visualizar una razón por la cual sucediera. Mi intención era mantenerme calmo y que el tacto de su mano me transmitiera la razón de su comportamiento, sin embargo mi curiosidad estrepitosa fue mayor al hacerme abrir los ojos. Me encontré con su rostro cabizbajo y la mirada perdida. Me incomodó nuestra cercanía, por lo que intenté reponerme, pero apenas tuve intención de moverme ella reparó en que había recobrado la consciencia.

— ¡Quieto! —pidió extendiendo las manos— ¡Quédate quieto, ¿sí?! —las palmas de sus manos me miraban. Y yo no supe más que asentir con la cabeza. Su mirada expectante mi hizo sentir incomodidad, por lo que no pude aguantarla. Bajé la cabeza evitando el cruce con sus ojos —. Lo siento, la enfermera dijo que lo mejor es que no te movieras de dónde estás —quiso calmar su voz pero seguía sonando agitada.

— Entiendo —mascullé inaudible. Y ambos nos hundimos en un ambiente pesado, incómodo, vergonzoso.

— Ah… dijo que seguramente querrías beber agua—levanté la mirada y la vi buscar un vaso que descansaba sobre una mesa—. Dijo que podrías estar cansado por lo de recién, sí… tal vez, un ataque de pánico. Quiero decir, la enfermera dijo que seguramente fue por eso. Aunque tal vez pueda ser que te sientas débil por dormir poco, o por anemia… ¿tienes problemas para comer?

— No —en realidad no supe cómo responder, tomé el vaso que me extendía—, creo que no.

— Qué bueno —al parecer le costó decir eso.

— Ah —el que produjera un sonido, llamó su atención instantáneamente—, yo… creo que me siento mejor. Si quieres puedes volver.

Su cabeza bajó manifestando algo extraño. Me pareció por un momento que debería retirar lo que dije, disculparme y pedirle que hiciera cuanto juzgara conveniente. Luego me arrepentí, noté que no la había molestado ni ofendido, por lo que tuve que replantearme si seguía en buen curso mi decisión de disculparme con ella. Quizá no estoy tan seguro de qué fue lo que la molestó para que llorara.

Me quedé expectante. Supuse que era su tiempo para hablar. Pero ella seguí allí, quieta, mirando hacia sus manos cruzadas sobre su regazo. Pensé en algo más que decir, pero entonces decidió romper el silencio.

— No —fue todo lo que dijo por un instante. Yo me propuse entender que quería quedarse, pero deseche la idea y me aferre al hecho de que era la presidenta de la clase y que tenía deberes para con sus compañeros…—. Quiero quedarme aquí.

Aguanté la respiración.

Quise decir gracias. Estoy seguro de que si no pude agradecerle a mi madre aquella mañana por hacerme el desayuno, tampoco fui capaz de hacerlo esta vez con Takenouchi. Ella levantó la mirada, mas aun seguía dubitativa.

Pensé en aprovechar la ocasión para disculparme, pero hablar no se me estaba dando bien aquella vez.

— La enfermera dijo que regresará en un momento —habló de repente, cubriendo con calidez el misticismo que cubría el ambiente en el que estábamos—. Hasta entonces tendrás que aguantarme —dijo sin volver a mirarme.

— Lo siento —hablé sin pensar. Sora me vio entonces y sonrió de lado.

— No te preocupes, sólo quiero estar segura de que te encuentras mejor…

— No me refiero a eso —escondí mi rostro al bajar la cabeza—. Lo siento mucho. Yo solo te causo problemas.

Sora entonces no apartó su mirada de mí. Esperó por una aclaración pero ideas comenzaron a formarse en su cabeza y no supo soportar el silencio provocado por mi vergüenza.

— ¿A qué te refieres?

— Tuvimos diferencias, es verdad. Al principio no sabía cómo tratarte, ni tú a mí. Fue por eso que no nos llevamos del todo bien —ella frunció el entrecejo—. Pero la verdad es que siempre estuviste tratando de integrarme. Yo no sabía qué hacer y reaccionaba mal, por eso…

— ¿Qué estás tratando de decir? —su confusión sacó su mal genio. Yo levanté la cabeza y me encontré con un rostro que me exigía dejar de lado lo abstracto de mi discurso.

— Te hice llorar —la sorpresa la dejó anonadada—. Lamento eso, y también lamento no entender cómo es que pasó porque en realidad no lo recuerdo muy bien. Sé que Tachikawa me llevó a un karaoke donde estaba casi la mitad de la escuela. Ahí alguien me dio de beber y no supe decir que no.

— ¿No supiste decir que no? —me hizo recapacitar sobre lo que decía.

— La presión me hizo aceptar todo lo que me daban. Bebí porque todos lo hacían, sólo que no supe medirme. Lo último que recuerdo fue que se me abalanzaban, muchas chicas me coqueteaban. Y luego… sé que me besé con Tachikawa —Sora me veía sin mostrar reacción—. Diría que ella me besó, para ser más preciso. Pero camuflar la verdad de ese modo… no ayudaría en nada.

— ¿En serio? —cuestionó con un tono que no supe reconocer.

— Arruiné tu esfuerzo con ese comportamiento. Eso es lo que tengo entendido —allí me vio nuevamente sorprendida—, perdí tu confianza y es por eso que me disculpo. Realmente lo lamento mucho.

Sora apartó su mirada entonces. No mostró reacción, o en realidad no supe interpretar su expresión. Parecía detenerse a pensar seriamente qué decir, la realidad era que no dejaba de pensar en una cosa, y sólo una cosa. Se repetía en su cabeza y sólo sabía escuchar el eco de las palabras resonar en su cabeza.

Decidió preguntar. Entonces su cabeza volvió a bajar.

— ¿Dijiste… que me viste llorar? —entonces, sólo entonces, me pasó por la cabeza que lo que dije la podía avergonzar.

— Yagami y mi hermano me lo dijeron —supe entender que para ella comenzaba a cuadrar mi historia—. Además de eso, dijeron otras cosas que no puedo repetir frente a ti. La mayoría fueron insultos.

— Sí… sí, lo sé —aguantó una sonrisa que me pareció cautivadora—. Ya veo. Supongo que está bien —dijo para sí misma—. Sí, está bien mientras lo entiendas.

Dijo sonriéndome de una manera que no conocía. La miré y algo en mí me dijo que ella estaba feliz. Yo tragué pesado a pesar de que no podía dejar de mirarla.

— ¿Sabes? —dijo de repente y con un poco de humor—, creo que puedo con esto —no supe comprender del todo—. Quiero decir, si tenemos que pasar por estas cosas otra vez, vivirlo todo de nuevo, seguramente diría que no pero en este caso es diferente, además… ah… estoy complicándome sola —sonreí al verla sonreír—. Lo que quiero decir es que me gusta esto.

— ¿Qué?

— Me gusta hablar contigo —dijo mirándome tiernamente—, y estoy feliz de que podamos hacerlo sin tener que pelear.

— Tienes razón.

— Admite que es tu culpa —dijo cambiando el tono.

— Lo hice, es mi culpa. Pero tú admite que tampoco eres de mucha ayuda.

— Tienes razón —rió a carcajadas, la miré sin evitar sonreí—. Acabo de hacerlo. Lo siento, lo siento —cubrió su sonrisa con una mano y evitó mi mirada por algo de vergüenza. Yo no pude dejar de verla y sin pensarlo…

— Me gustas —mis palabras silenciaron el lugar. Sora se me quedó viendo, primeramente como si no hubiera entendido lo que dije, luego como si hubiese dicho algo horrible. Me vio esperando aclaración, pero no supe decir más. Más bien, no entendía del todo las palabras que había pronunciado.

— ¿A qué te refieres? —y frunció el seño—. Porque si es una broma, después de todo esto, es una de muy mal gusto.

— No… no es una broma —dije cabizbajo.

— Sí entiendes que se puede malinterpretar lo que acabas de decir, ¿verdad? Sé más claro —no me escuchaba, parecía estar nerviosa pensé—. No quiero retirar todo lo que acabo de decir de ti, así que mejor deja de decir cosas como…

— No es una broma —me atreví a devolverle la mirada, y mi seriedad hizo que su confusión se convirtiera en miedo. Se puso de pie, y cuando escuchó que la puerta de la enfermería se abría, por poco escapó corriendo del lugar. Quise detenerla, la llame pero no se detuvo. Luego de eso, la enfermera confundida me miró, miró la salida y me dijo que descansara un poco más, que luego volvería al salón.

Tuve que esperar hasta que la enfermera decidió que ya me encontraba mejor para poder salir. Apenas lo hizo, me dirigí hacia mi salón, dónde todos me recibieron con miradas curiosas, y pude ver que algunos estuvieron a punto de ponerse de pie por la sorpresa. No supe mostrar reacción más que buscar a Sora en la multitud. Miré hacia su mesa, pero no vi nada allí, y quien se sentaba a su lado, me miraba un tanto agresivo.

— ¿Te encuentras bien, Takaishi? —preguntó el profesor.

Yo asentí con la cabeza, pero pedí permiso rápidamente para usar el baño. El mayor me preguntó si necesitaba ayuda para caminar, pero le resté importancia y me marché a recorrer la escuela. Busqué a Sora por los lugares que conocía y por los que visualizaba a lo lejos, no la pude encontrar y supuse entonces que podría estar en el baño o en el salón de maestros. Lugares donde planeaba no ir.

Miré hacia un costado del pasillo y encontré una máquina expendedora. Me dirigí allí y la imagen de dulces de manzana me recordó que unos iguale yacían en mi mochila esperando por una oportunidad para usarlos como excusa y licencia para acercarme a Sora. Presioné el botón y tomé los dulces con una mano. Suspiré echándome sobre la pared. Miré hacia la ventana y sólo entonces me pregunté qué estaba haciendo.

Pensé en mi anterior plan y me frustré cuando me di cuenta de lo mucho que se alejó la realidad inmediata. En teoría era muy sencillo, sólo sería honesto con ella, diría que soy un imbécil y que lamentaba haberla herido. Le pediría disculpas y le ofrecería los dulces. No podría fallar. Pero ese error de cálculo, parecido al que vi en la mañana con mi madre, hizo que tirara casi todo por la borda. No podía entender entonces, y me cuesta trabajo hacerlo ahora, la razón por la que dije lo que dije. La reacción de Sora era clara ante la situación, no podía esperar que ella estuviera feliz por algo así, menos en esas circunstancias. Sólo volvía las cosas más extrañas aún.

Mantuve mi mirada fija sobre la ventana pretendiendo perderme en lo que me ofrecía, mas no pude quitar de mi cabeza los ojos dudosos y confundidos de Sora. Su expresión se repetía en mi cabeza, su duda, su impaciencia, su incomprensión. No podía quitarme de la cabeza su rostro… rostro que apareció desde un lado de la ventana.

— ¿Takenouchi? —al voltear y verme asustada recordó que pretendía escapar de mí. Se lo impedí saltando por la ventana abierta y tomándole el brazo rápidamente. Tanto que no medí mi fuerza.

— ¡Suéltame! —reclamó totalmente avergonzada, lo cual me impidió que la dejara ir. Intenté encontrar su rostro, que estaba caído y evitaba encontrar el mío viendo hacia otros lados. Tras un momento, dejó de forcejear inútilmente y se mantuvo quieta, o hizo su mejor esfuerzo para controlar su agitación. Yo no quise apresurarme a hacer nada por lo que más tarde me arrepintiera, pero no me podía medir correctamente —. Realmente eres un idiota si piensas que esto es divertido —, no supe entender porqué sonaba dolida —. Siempre actuaste igual. Llamando la atención de las chicas de esa manera, jugando con sus sentimientos y diciendo cosas así como así, en realidad eres un idiota. Seguro viviste demasiado tiempo bajo el cuidado de la gente y por eso no tienes en consideración cómo se sienten los demás. ¡De todas formas no te importa!

— ¡Es en serio! —tomé sus hombros para traer su atención a mí. Fue entonces que levantó su rostro, más contrariada por considerar sus propias palabras que las mías. Pude sentir que estaba a punto de disculparse por lo dicho, pero no le di tiempo. No sabía cómo hacerle entender que lo que decía no era una broma, que si bien era un idiota, no haría algo como eso.

Al fin de cuentas sus palabras cobraban sentido sin que pudiera hacer algo. No había manera en que cambiara mi manera de ser, pues no tenía motivación alguna para hacerlo. No existía en mi cabeza una excusa para abandonar una vida que para mí era tan cómoda como dolorosa. Yo sentía que sus palabras eran afiladas. Sus intenciones eran claras. Pretendía alejarme al decirme tales verdades, en su cabeza me haría a un lado al sentir mi orgullo lastimado. Pero por alguna razón, que hasta el día de hoy desconozco, no me sentí afligido. No me sentí angustiado ni agobiado por el peso de la realidad. Un remanso de paz inundó mi cuerpo, y la tensión que día a día me acompañaba huyó por unos instantes… Era real. Esa estúpida, y romántica emoción era real. Y descubrí que no había manera en que sus palabras me causaran dolor.

Los ojos de Sora se contrariaban por el desorden que acababa de causar en ella. Me veía y pretendía hablar, pero las palabras no salían. Sus labios temblaban y lágrimas se agolpaban en sus ojos hasta surcar rápidamente su rostro. No me pude contener y la besé nuevamente. Esta vez se resistió y me empujó, y apartó su rostro, mas no se alejó. Por lo que nuevamente lo intenté, y esta vez no me hizo a un lado, no se hizo a un lado ella. Sólo cerró los ojos aguantó la respiración en lo que la besaba. Al notarlo, me detuve. Abrí los ojos y me encontré con que lágrimas seguían cayendo de sus ojos.

— ¡No…! —un sollozo acompañó su queja— ¿Por qué hiciste eso?

No se atrevió a abrir los ojos, temía quebrar la sensación extraña que nos rodeaba. Temía encontrarme y enfrentar una realidad que hallaba inverosímil.

Yo acerqué mi rostro al suyo, hice que nuestras frentes se tocaran. Sora, al sentir el contacto dejó de reprimir su llanto. Yo tomé su rostro con mis manos y decidí esperar a que se calmara. Al sentir la sensación de peligro, decidí alejarnos para no ser encontrados. Al hallar un buen lugar abracé a Sora en lo que dejaba de llorar. Cuando su respiración logró calmarse le pedí que habláramos. Sin tener siquiera la opción, ella aceptó. Aunque más que hablar, tuvo que escucharme. Por lo que hice una larga pausa, en lo que logré armarme de valor para decírselo. Sí, la verdad.

Sora me observó cautelosa, inexpresiva por momentos, pero nunca permitió a su atención apartarse. Me vio, me oyó y se esforzó por entender lo que decía, lo cual no era más que pensamientos confusos, recuerdos desordenados y una vida repleta de errores. Se lo dije todo. Le dije que entendía que la había hecho llorar, que entendía que había sido mi culpa, y que me sentía muy apenado por que tuviese que pasar por eso. Le dije también que al enterarme, deseé deshacer su dolor, que no quería que ello volviera a suceder, que mi intención fuese que en su rostro sólo hubiera sonrisas. Le dije que en un principio no pude entender porqué sentía tal cosa… pero que ahora lo sabía. Al llegar a ese punto, su rostro empezó a evitarme. Frunció el entrecejo y sus labios temblaron intentando controlar ira y tristeza. Al entenderlo, también le dije lo otro.

— Me odio, ¿sabes? —y no pude verla al decir eso, no supe y no sé hoy qué cara puso—. Todo lo que hago está mal. No soy capaz de hacer una maldita cosa bien. Y cuando intento hacer bien las cosas, todo lo que recibo es consuelo de los demás… me dicen que no me preocupe, que las cosas se solucionaran, que pensar cómo me hace sentir es algo que me va a ayudar… Toda esa mierda de que apenas soy un muchacho, que la juventud me ayudará enfrentar las cosas que han de venir a futuro. Estoy atado. Me canso de mí mismo, y no quiero estar solo —podía sentir su mirada—. Sé que soy egoísta, tienes razón al decir lo que dices sobre mí… Pero es verdad que contigo es diferente. Cuando pienso en cómo me tratas, sin considerar esa "condición" que todos afirman que arrastro en mi cabeza. Me sonríes y dices que te gusta hablar conmigo…

Ya no pude seguir hablando. Al considerar el significado que cobraban esas palabras, sus sentimientos me abrumaron y mi corazón se enterneció. Bajé mi cabeza, sintiéndome patético por pretender verme genial, y al final de cuentas todo lo que vio Sora en mí fue miseria.

Su rostro manifestó su comprensión. Yo no pretendía entonces encontrármela, pero ella comprensiva me apoyó y entendió que no había terminado. Por lo cual, con su mano tomando la mía, dándome aliento y paciencia, le expresé que me había enamorado de su persona. Le dije que sabía que era difícil para mí comprender por qué y cómo había sucedido, pero que esa incomprensión no era suficiente como para negar la realidad de la figura que tomaba su persona en mi cabeza y corazón.

Hice una pausa larga. Sora decidió entonces que podía confiar en que no eran mentiras las que estaba diciendo. Entonces sus ojos empezaron a verse vidriosos, su entrecejo se fruncía, y cada vez sentía más calor en su rostro. Estaba roja. Mordía su labio y la incomodidad la obligó a bajar la cabeza. Yo no me perdí parte su acto.

— Tú… también me gustas.

Mi reacción fue muda. Seguí observando su expresión hasta que su rostro fue visible. Permitió que la viera, pero ella se negó a devolverme la mirada. Estaba demasiado avergonzada como para mirarme.

Al sentir el calor en mi mano provocar sudor, recordé su tacto sobre el mío y apreté su mano ligeramente acariciándola. Ella soltó una risa sarcástica ante mi acto, se sentía algo forzada a recibir mi cariño, por lo que me detuve y entonces sus ojos fueron visibles para mí.

— Somos diferentes, muy diferentes —hizo que sus palabras sonaran claras—. En mi caso entiendo porqué me interesé en ti —hizo una pausa antes de hablar—. Esto no tiene nada de mágico, lo sabías ¿verdad? Es una reacción química —su voz comenzó a sonar más lejana—. Yo te vi despreocupado, ajeno a lo que te sucedía alrededor, sin que te importara qué pensaran de ti… y lo envidié. Quise ser como tú, y sin que me diera cuenta, me interesé en quién eras en realidad. Te vi fuerte, incapaz de ser lastimado por la opinión popular… ¡qué equivocada estaba! —soltó una risa que lejos de ofenderme, me contagió su ánimo—. Luego te vi… incómodo, herido por lo que decían los demás y entonces consideré que no eras tan genial como aparentabas. Decidí que no eras tan impresionante y me propuse, esta vez siendo consciente, a no interesarme en ti. No valías la pena —hizo una pausar nuevamente que me invitó a reconsiderar mi previa actuación—. Pero un día te vi llorar en clase.

Mi cabeza se levantó buscando respuestas en su rostro, mas Sora seguía perdida en el recuerdo que entonces me parecía ajeno. Esperé a que siguiera hablando pero todo lo que hizo fue guardar silencio. Frunció el entrecejo y negó con la cabeza. Al parecer no estaba tan segura de lo que decía, pensé. O tal vez le disgustaba llegar a la conclusión que los hechos provocaron.

— Es increíble, en eso tienes razón. Con tan poco me hiciste cambiar de opinión —y sus ojos encontraron los míos, pero su seriedad me abrumaba como para poder soportarla—. Ahí entendí porqué me enamoré de ti. Me hiciste entender que hay belleza innata, que no importa qué tanto una persona niegue lo que es, siempre termina mostrándose tal cual es. Y yo me enamoré de quién eres, frágil, débil en cuanto a algunas cosas. Sensible y emocional —soltó una risa que me hizo sentir incómodo, y Sora lo notó—. No eres nada genial, ¿lo sabías?

Yo asentí con la cabeza, y sonreí amargado. Pero no me sentía descontento porque notara quién era, solo me resultaba indeseada la manera en las que las cosas se habían resuelto.

La mano de Sora soltó la mía y sentí un vacío difícil de expresar cuando sucedió. Mantuve mi rostro bajo, hasta que su mano guió mi cabeza a levantarse. Me encontré con su mirada, que se encontraba muy cerca. Me miraba seria, tratando de ver dentro de mí, pensé. Y susurró algo que no llegué a comprender, mas cuando pretendí pedirle una explicación Sora me besó. Y esta vez se sintió diferente.

Me besó con fuerza, algo torpemente, quizá llevada por un impulso que habría estado reprimiendo, y cuando terminó su respiración chocaba mi rostro pues recostó el suyo frente al mío. Se mantuvo sobre mí en silencio, con los ojos cerrados. Y yo la traje aún más. La abracé.

— Dije que me gustas —volvió a susurrar en mis brazos.

El resto de aquel encuentro me resulta desconocido. Mis emociones se esforzaron por recordar únicamente como terminados unidos en un abrazo tan apasionado que problematizaba dónde terminaba el cuerpo de uno y empezaba el del otro. Me resulta difícil ahora ser capaz de expresar la felicidad que ello me había provocado, y como aún ahora el recuerdo me enternece. Si las circunstancias luego hubiesen sido aunque sea un cuarto de consideradas, habríamos sido muy felices juntos.

El resto del día resultó en hechos ajenos, o así los sentí yo. Pues sólo me son historias contadas. Se me dijo que papá había estado poco preocupado por su salud. Si bien, algo desconsiderado de su parte fue desatender su salud teniendo hijos qué cuidar, supe con facilidad que su atención estaba enteramente en su trabajo y en un sueldo firme que debía mantener. Lo que ignoraba yo eran las razones que lo apartaban de una revisión médica. Por lo que nunca supe porqué ese mismo día, se había acercado al hospital de la zona, pero antes de entrar el miedo del reconocimiento profesional le indicara ciertos procedimientos y prescripciones para su persona. El supuesto tratamiento en su cabeza comenzó a tomar forma e hizo que se fuera del lugar. Había llamado a mamá luego de eso. Sentado en un parque, bajo la luz intermitente de un farol escuchaba el tono de marcado y como luego de unos intentos ella le cortaba. Sin suspirar esta vez, se aventuró a dejarle un mensaje de voz nuevamente. Este sería el cuarto que le dejaría. Si mamá hubiese sabido los acontecimientos que acompañarían luego, habría dejado de lado lo que estaba haciendo y respondido la llamada.

El solo recuerdo aún me lastima.

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Notas: Pasó algo de tiempo. Espero que no tome tanto tiempo actualizar otra vez. ¡Saludos!

-Para melia2