Romance Sanctuary es un proyecto en conjunto con Arodnas, el cual se inició a finales de 2019. Para crear esta historia nos tomamos ciertas libertades dentro del universo de Saint Seiya y así explorar diferentes etapas de los personajes como su infancia, juventud, la guerra y la resurrección.

Advertencia: La historia es BL (Yaoi) y va dirigida a mayores de 18 años.


II. Cuando leas esta carta…

Milo x Camus

Resumen: En su cuarto cumpleaños Milo experimento dos sucesos que marcaron su vida: inició su entrenamiento como Caballero de Athena y conoció a Camus, un niño dos años mayor que él y que hablaba chistoso.

Personajes: Milo, Camus, Aioria, Deathmask y Saga.


POV Milo

Desde que tienes memoria has vivido en el Santuario, rodeado por los grandes muros de piedra caliza y las altas columnas de mármol que forman el templo de Escorpio. El área donde tienes permitido estar.

Hoy estás feliz porque es tu cuarto cumpleaños, lo que significa que comienza tu entrenamiento para convertirte en Caballero. No puedes con la emoción de al fin volverte como uno de esos impresionantes hombres que, de vez en cuando, cruzan por el templo de Escorpio y observas escondido detrás de los grandes pilares. Mas no serás como cualquier otro, tú estás destinado a ser uno de los pocos que portan una investidura de oro.

Cuando el sol se asoma por el horizonte, la señorita Calandra, quien te cuida desde bebé, te indica que vayas a la entrada del templo para recibir a tu maestro.

Al llegar a las afueras de tu casa, encuentras a un imponente joven de largo cabello azul esperándote—. Hola, ¿tú debes ser Milo? —te muestra una amable sonrisa.

Estás tan impresionado que sólo logras asentir varias veces con la cabeza. Acción que notas que le causa gracia, pero son las sonoras carcajadas que provienen detrás de tu maestro las que te indican que hay otros niños a tu alrededor.

—¡Ja! Mira Camus, esa pelota muda será nuestro nuevo compañero —se burla uno de ellos mientras te señala con el dedo. Y otro te observa sumamente serio, aunque con un aire de diversión en sus ojos.

Quieres decirles algo, pero tu maestro interviene reprendiéndolos con una intensa mirada, que hasta a tí te hiela la sangre.

—No les hagas caso. Mascu suele hablar sin pensar —te dice con amabilidad—. Soy Saga de Géminis. Y ellos son los futuros Caballeros de Cáncer —señala al que te molestó— y Acuario —se dirige al otro niño.

Al prestar mayor atención notas que ambos infantes también estaban usando ropa de entrenamiento. Los distingues porque Cáncer era el de pelo corto y su cara aún mostraba esa risa burlona, mientras que Acuario llevaba el cabello por debajo de los hombros y su rostro permanecía serio. No te esfuerzas en ocultar que ambos niños te parecían sumamente molestos.

—Vamos, debemos ponernos a entrenar— indica Saga para poner fin a cualquier otro posible comentario.

Los cuatro caminan hasta llegar a un terreno plano entre las casas de Tauro y Géminis. Saga les da instrucciones a los niños más grandes de las actividades físicas que deben hacer, agregando cincuenta repeticiones de cada ejercicio como castigo. A ti te separa para explicarte los aspectos básicos del cosmos, cuál es la importancia de ser un Caballero de Athena y tu papel como Santo Dorado dentro de su ejército.

Cerca del mediodía, Géminis les permite tomar un descanso. El aspirante de Cáncer se aleja argumentando que tomará el refrigerio en su casa ya que, tanto tú como Acuario, «son ñoños y aburridos».

Tú no sabes qué hacer y, mientras Acuario se acerca a ti, te ofendes al pensar que se ha compadecido por tu situación—. ¿Tomɑmos el ɑlmuerzo juntos? —te extiende la mano. No sabes si tomarla. Pero el niño al darse cuenta de tu recelo se apresura a decir—. Dizculpɑ̃ lo de ɛzta mañɑna, nø œztuvo bien rrnos de tí.

Su disculpa te parece sincera, así que esta vez no dudas en sujetar su mano, la cual sientes helada. No puedes explicar a qué se debe, si aunque en esta época del año la temperatura es fría han estado corriendo bajo el sol. Ya debía de haber entrado en calor.

Mientras caminan, también piensas que la razón de la seriedad de Acuario se debía a que pronunciaba las palabras de una forma muy graciosa, alargando el sonido de algunas vocales y la «r» la pronunciaba como si estuviera gangoso. No te es difícil imaginar que eso debía causarle muchas burlas por parte de Cáncer.

—Soy Camus. Y, ¿te confieso ɑlgo enfant? —te susurra lo último al llegar a la sombra de un gran árbol donde se sientan juntos.

Le dices que «sí» con varios movimientos de cabeza.

—Me ɑ̃legra que no sɛas un fɑnfarrón hablɑdor como Mascu —muestra una pequeña sonrisa.

Su gesto te hace sumamente feliz, pues sientes que acabas de hacer tu primer amigo.

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Con el pasar de los días, Camus y los demás se dan cuenta que, cuando entras en confianza, eres casi tan hablador como Cáncer para desgracia de todos.

Tres años después

Algo sucede en el Santuario, el correr de los soldados rasos en medio de la noche y los gritos provenientes de la Casa de Sagitario te habían despertado. Te asomas por la ventana para comprender el porqué de tal tumulto, pero sólo puedes ver como la luz de varias antorchas se dispersa desde el templo vecino, hacia los diferentes terrenos de las Doce Casas.

Intentas salir de la zona privada de Escorpio pero tu nana no te lo permite, ya que el Patriarca había ordenado toque de queda a todos aquellos que no portaran una armadura. Además, Calandra te recuerda que, cualquiera que sea el problema, los Caballeros de Géminis y Sagitario se harán cargo. Sin más opción vuelves a la cama.

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Dos días después todo parecía haber vuelto a la normalidad, pero nada se sentía igual. Comenzando porque al retomar tus actividades Saga no volvió a presentarse al entrenamiento. Y los rumores que circulaban entre los soldados indicaban que Aioros los había traicionado.

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Al término de la semana, el Patriarca prohíbe seguir con las habladurías de lo sucedido en las Doce Casas, junto con los múltiples rumores sobre las desapariciones de Saga y el Santo de Sagitario. Provocando que todo se llenara de una extraña calma.

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—Intɛnta movɛrte más rápido —grita Camus lanzando otra serie de golpes para que los esquives o bloquees.

—¡Ah sí! Ahora verás —lo retas. Pero sus movimientos son más veloces y cuando nota tu guardia baja, atina un fuerte puñetazo en tu estómago que te manda a volar varios metros por el aire.

Aterrizas sin gracia en el piso y cuando intentas ponerte en pie una fuerte tos te invade—. ¿Te ɛ̃ncuœntras bien? —sientes como Camus te sostiene para evitar que caigas de vuelta al piso por culpa de los espasmos.

—Sí, sólo dame un segundo para respirar —pides entre bocanadas de aire.

—Tiɛnez que ser más rápido, esto nø œs'un juɛgo. Y si reɑ̃lmɛnte quiɛres volvɛrte un Caballɛro Dorɑdo tiɛnes que ɛsforzarte más— te regaña.

—Trato de moverme más rápido, pero tú eres muchísimo más veloz que yo... Además, llevamos todo el día entrenando ¡ya me cansé! —reclamas.

—En una batɑlla, el'enemigo no te vɑ a dar tiɛmpo de descɑ̃nsar, aprovechará pɑra matɑrte.

—¡Ya lo sé! —explotas.

Realmente te molesta cuando actúa tan mandón. Últimamente Camus se comportaba más serio y te exigía el doble en el entrenamiento.

—¡Hey! ¡Cubo y Bicho! —grita a lo lejos Deathmask, haciéndolos voltear en su dirección—. ¿Qué tal si vienen y hacemos algo divertido?

—¡Sí! —contestas sin pensar.

¿Et tu veux venir?

—No —ves a Camus ponerse firme—. Conociɛndo tú concɛpto de diversión, no puɛde zer nɑda buɛno —señala—. Además, eztɑmos entrenɑndo, no deberías venir a distrœrnos con juɛgos tɔntos.

—Hacer algo divertido de vez en cuando no nos hará ningún daño Cam —tratas de convencerlo.

—Claro que sí —sientes su mirada penetrante—, sobre todo cuɑndo estás a ɑños luz de convertirte ɑ̃n caballɛro. Incluso puɛde que nunca te conviɛrtas en'uno.

Sus palabras te duelen y te dejan frío. Pero inmediatamente te empieza a hervir la sangre.

—Pues, tú no eres nadie para decirme qué hacer —das media vuelta y lo dejas hablando solo—. Vamos Deathmask.

Cuando están lejos, prestas atención a las carcajadas de Deathmask—. Vaya no pensé que tuvieras los pantalones para contestarle a ese estirado. Siempre lo has seguido como su cachorro, haciendo todo lo que él te dice.

—¡No soy un cachorro! ¡Y no siempre hago lo que él me dice! —refutas mientras lo tomas por la playera.

—Ya veo que no —ríe soltándose de tu agarre y colocándose a tu lado para pasar su brazo por tu hombro—. Por eso, es hora de que te juntes con los chicos grandes.

—Y... ¿qué es lo divertido que vamos hacer? —preguntas con entusiasmo.

—Sencillo, demostrarle a ese bruto de Afrodita que nadie rechaza al gran Deathmask —habla sacando pecho para parecer más grande.

—Así que Piscis te mandó a pelar monos otra vez.

—Mocoso insolente. ¿Si quiera sabes lo que éso significa? —te cuestiona todo rojo.

—Es lo que Camus dice siempre que Afrodita te corre de su templo —dices restando importancia—. Aunque no entiendo. ¿Por qué sigues regresando?

—Sencillo, porque me gusta, o ¿acaso crees que voy a verlo todos los días sólo porque me hace gracia que me entierre sus rosas? Lógicamente que no. Por eso necesito el mejor plan para hacer que se dé cuenta que él también me ama.

—Mmm… ya veo —finges que entiendes por completo lo que te acababa de decir. Pero decides ayudarlo por lo entusiasmado que se ve—. Y... ¿si le das celos con otro? —repites una conversación que escuchaste a escondidas entre las nanas.

Cuando ves una sonrisa formarse en su rostro es que comprendes que habías dado en el clavo.

Juntos, crean un plan que incluía al aspirante de Virgo para hacer que éste se fijara en Cáncer. Pero no habían contemplado la inesperada y frecuente presencia del hermano de «el traidor» en ese templo.

Tras el primer intento fallido, Deathmask y tú se toman como un reto personal el derrotar a Aioria. Sin embargo, después de su última y humillante caída, comienzas a cuestionarte si sus acciones eran correctas. Pero todos tus pensamientos al respecto mueren cuando sientes el cosmos familiar de Camus, a quien evitabas desde su discusión, acercándose a tu habitación.

—Milo, sé que estás ahí. ¿Puedo pasar? —su voz traspasa la puerta.

Tú corazón late con fuerza. Pero al recordar sus palabras una gran rabia se apodera de tí—. Regresa por donde viniste, Acuario.

—Escúchame, te lo ruego —notas la tristeza en su voz—. Perdóname, no debí haber dicho todo eso sobre tí. Estoy seguro que algún día serás un gran Caballero, pero… —guarda silencio y te das cuenta que, para tu sorpresa, estaba dudando en si debía continuar—. Lo que te voy a decir, aún no es oficial, pero quiero que entiendas, el porqué soy tan estricto contigo —escuchas su fuerte respiración—. El Patriarca me informó que, en unos días, me dará la armadura de Acuario, y me iré a entrenar a Siberia, a perfeccionar mi técnica.

Quedas en shock, Camus se iba a ir, incluso no podías recordar el momento en que tus pies te habían llevado a la puerta para escuchar mejor lo que te decía.

—Necesito que seas más fuerte. La oscuridad se está introduciendo en el Santuario, y yo, no podré estar aquí, para cuidarte.

No sabes cómo, pero sus palabras te habían conmovido. Sin pensarlo abres la puerta y lo abrazas—. No debes preocuparte. Nadie se deshará de mí tan fácilmente —lo acercas más a tí.

—Lo sé, pero aún eres un enfant —susurra mientras se hunde en tu abrazo.

—Tú también lo eres, Cam —ambos comienzan a reír, pues tu afirmación era cierta.

Después de platicar por un par de horas, Camus y tú se acomodan en tu gigantesca cama, como tantas otras veces en las que el cansancio del entrenamiento hacía que fuera más cómodo quedarse a dormir ahí. Mientras el sueño se va apoderando de ti, piensas en lo afortunado que eres por tener a Camus como amigo.

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Hoy es otra de esas noches en las que el sentimiento de soledad se hace tan grande que no te permite conciliar el sueño. Para alejar tus pensamientos decides dar una vuelta por los terrenos de tu casa y, mientras deambulas por el frío piso de piedra caliza, ves una sombra cruzar por tu templo.

Te pones en guardia dispuesto a enfrentar la amenaza, pero cuando la luz de la luna ilumina el rostro de un lloroso Aioria, que de seguro se dirigía a Sagitario, decides dejarlo pasar. Piensas regresar a tu habitación pero, cediendo a la curiosidad por el estado de ánimo del león, comienzas a seguirlo. Entras lo más sigiloso que puedes al templo vecino y buscas a Aioria por todos lados, pero no encuentras rastro de él. «Tal vez siguió su camino a otra casa», piensas. Estabas dando media vuelta para regresar a tu cama cuando escuchas un silencioso llanto.

Cerca de la entrada a la zona residencial, encuentras al pequeño león llorando. Supones por la partida de su hermano. Te acercas con cuidado tratando de no alterarlo más de lo que ya estaba.

—Aioria —tu voz lo toma por sorpresa y en un rápido movimiento se pone de pie y limpia sus ojos.

—Si vienes a burlarte como tu amigo Cáncer, lo mejor será que te vayas —te amenaza.

No sabes qué decir o hacer. De lo poco que conocías de Aioria, te parecía un niño alegre, incluso orgulloso, nada que ver con la imagen que tenías frente a tí. En un impulso de simpatía lo abrazas, recuerdas cómo cada vez que tenías un mal día Camus te rodeaba con sus brazos y, como por arte de magia, todo se sentía mejor. Percibes que, al parecer, tu acción estaba causando el efecto deseado, pues Aioria te devuelve el abrazo mientras deja escapar más las lágrimas. Y se separan sólo hasta que él logra calmarse.

—Gracias —susurra.

—Ven, vamos a dormir —contestas tomando la mano de Leo y lo obligas a seguirte.

En silencio bajan hasta Escorpio y llevas a Aioria a tu habitación. Le haces señas para que se meta en tu cama para velar que ambos tengan su tan necesario descanso.

Cuando el sueño comienza a vencerte murmuras—: Sabes, siempre que extrañes a tu hermano puedes venir aquí. Yo te haré compañía —prometes intuyendo que teniéndose el uno al otro no habría más soledad.

Cuatro años después.

Hoy llegó una nueva carta de Camus, estás tan emocionado que al recibirla corres hacia un pantano que te gusta visitar. Ahí te dedicas a leer cada una de sus anheladas palabras.


Enfant:

Espero que te encuentres bien y que sigas entrenando arduamente todos los días, para verte pronto como el nuevo portador de la armadura de Escorpio.

Por cierto, déjame desearte un muy feliz cumpleaños. Soy consciente que esta carta llegará un mes antes, pero todo parece indicar que el invierno será especialmente frío este año aquí en Oymyakon; lo que tal vez retrase la llegada de mi próxima respuesta más de lo habitual. Pero quiero que sepas que siempre estás en mis pensamientos.

En cuanto a mi entrenamiento, he progresado mucho. De hecho, el señor Igor estima que he logrado alcanzar los -265º, así que me encuentro sumamente satisfecho de que el esfuerzo de todos estos años esté dando resultados y por fin pueda ser un digno representante de la casa de Acuario.

Con respecto a la pregunta de tus últimas cuarenta cartas, le he informado al Patriarca que llegaré a principios de marzo, una vez se abran los caminos por las montañas.

Espero verte pronto.

PD: Dile a Aioria que los pingüinos viven en el polo sur y que el ave más cercana a ellas, en este lado del hemisferio, es el frailecillo atlántico. No obstante, él vive en el noroeste de Europa; así que no puedo tener uno como mascota.

Camus de Acuario.


No lo puedes creer, Camus va a regresar. De hecho, vuelves a leer la hoja que tienes en tus manos varias veces sólo para estar seguro que tus ojos no te engañaban, pero no, es verdad. Estás tan feliz que abrazas el pedazo de papel y, literalmente, te pones a brincar de emoción.

Cuando al fin logras calmarte, tu mente se pone a trabajar en todas las cosas que quieres que hagan juntos. Obviamente, vendrán a este lugar y le mostrarás cuánto has mejorado en tu entrenamiento. ¡Dioses! Tienes tantas ideas que no te importa que falten cinco meses para que Camus regrese.

Al calmar tu alegría, corres al templo de Leo para compartir la buena noticia.

—¡Aioria! —gritas a todo pulmón desde la entrada principal.

—¿Qué sucede? —pregunta al salir de la parte residencial del templo.

—Págame —exiges a la vez que estiras tus dos manos hacia él.

—¿De qué hablas?

—De la apuesta que hicimos. Págame. Te dije que Camus no podía tener un pingüino de mascota, así que esta noche espero mi postre.

—Idiota —suelta un suspiro—. ¿Sólo por eso entraste gritando como si acabara de iniciar una Guerra Santa?

—Obviamente —sonríes—, además tengo la mejor noticia del mundo —estás que mueres de emoción.

—¿Por fin aprendiste a usar tu cerebro?

—No —le enseñas la lengua—. ¡Camus va a regresar! —gritas de emoción.

—Me alegro por ti —dice sin ánimo—. Tal vez eso ayude a que dejes de mencionarlo cada… déjame calcular... dos minutos.

—Eso no es verdad —reclamas.

—Hasta Shaka, que vaya que se la vive encerrado en su templo, sabe que de lo único que hablas es de «Camus ésto, Camus aquello». Ahora imagínate a todos los demás qué tenemos que convivir contigo a diario.

—Mmm… —preparas tu voz melosa—. A mí qué se me hace que estás celoso —observas triunfante como el león se convierte en un tomate.

—No —contesta tajante—. Mejor ya vete si sólo quieres molestar.

—Aburrido —dices mientras reanudas tu camino a Escorpio.

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Los cinco meses habían pasado tan rápido que te parece increíble que hoy Camus volverá. Estabas tan feliz que casi no dormiste y la ansiedad te había obligado a levantarte una hora antes de que iniciaran las actividades matutinas en el Santuario. Al bajar por las largas escaleras, te encuentras a Shaka meditando en su templo y a Shura al inicio de la escalinata dando instrucciones a los soldados rasos que harán turno ese día. Cuando pasas junto a Capricornio, sientes su mirada de desaprobación al sospechar tus intenciones, pero te permite continuar con la advertencia de que no salgas del área límite de las Doce Casas.

Cuando los rayos del sol comienzan a despejar la bruma mañanera, la silueta de Camus aparece en el horizonte. Conforme su figura se va acercando, notas que ya es más alto de lo que recuerdas, su porte estaba comenzando a adquirir los rasgos de un hombre y su serio semblante sólo lo hacía ver más apuesto a tu parecer.

Al llegar a tu lado, literalmente, le brincas encima para abrazarlo. Sientes cómo te rodea con sus brazos y de inmediato tu corazón comienza a latir con fuerza provocando que tus piernas tiemblen y tengas que aferrarte más al cuerpo de tu amigo para no caer.

—Bi... Bienvenido Cam —dices tan firme como tu aturdido estado te lo permite.

—Estoy de vuelta —susurra con su voz profunda. De sólo escucharlo tus mejillas arden.

—Te extrañé —la confesión escapa de tus labios.

—Y yo a ti.

Ese par de palabras te hacen muy feliz. No obstante, tu reencuentro se ve interrumpido por la tos falsa de un soldado para indicar su presencia. Ambos se separan de inmediato.

—Santidad, Camus de Acuario —saluda el hombre—. He venido a informarle que, el Patriarca Arles, lo espera en su recinto para hablar sobre los resultados de su entrenamiento. En cuanto termine de instalarse en su templo —hace una reverencia y voltea a verte para poder retirarse.

—Vamos —suelta Camus con voz fría—. Ya habrá tiempo para ponernos al día —suspira con cansancio antes de comenzar a caminar hacia las Doce Casas. Lo sigues escaleras arriba y, mientras avanzan, no puedes dejar de pensar en el cambio de ánimo de Camus. Actuaba como si quisiera zafarse del problema lo más rápido posible, o tal vez sólo estaba cansado por el viaje.

Al llegar a tu templo se despide argumentando que: «volverá cuando termine su audiencia con Arles». Tú lado codicioso quiere pedirle que se quede contigo, pero no lo haces porque sabes que su deber como Caballero es prioridad.

En la soledad de Escorpio, tu mente comienza a bombardearte con la deslumbrante imagen de Camus. Era como si ahora él fuera un ser inalcanzable mientras tú seguías siendo el mismo. Por primera vez te cuestionas si eres digno de recibir su amistad.

Para olvidar tus inseguridades, decides retomar tu día con normalidad. Por fortuna, al caer la noche Camus cumple su promesa y en la comodidad de tu habitación ambos se ponen al día, platicando como en los viejos tiempos.

—Entonces, Aldebarán gritó tan fuerte que Aioria pegó un brinco como un gato —terminas tu relato con una gran carcajada al recordar lo chistoso que se había visto Leo.

—Pasas mucho tiempo con Aioria —comenta Camus con voz seria.

—Sí. Es muy divertido. Aunque solemos competir por todo, así que también discutimos a cada rato sobre quién hace mejor las cosas.

—Ya veo —responde al levantarse—. Ya es muy noche. Lo mejor será que me vaya. Tengo permiso para no ir al entrenamiento matutino y acostumbrarme al horario, pero Shura no volverá a pasar por alto que te saltes el entrenamiento matutino.

Sabes que tiene razón. Pero tú egoísmo es más fuerte en esta ocasión, así que te apresuras a tomarlo de la mano para evitar que se vaya—. Quédate. Por favor —le pides—. Te prometo que ya no hablaré más.

Ves cómo sus ojos se debaten sobre qué hacer, hasta que suelta un suspiro de resignación—. De acuerdo. Pero ni una palabra más, enfant —te amenaza en vano.

Tú asientes con un fuerte movimiento de cabeza.

Ambos se meten a tu cama y entonces te das cuenta de que ya no era tan grande como creías al sentir su cuerpo muy cerca del tuyo.

Cuando el sueño comienza a vencerte, sientes como Camus toma tu mano. Acción que te llena de una extraña calidez que te recorre el cuerpo y obliga a tu boca a hacer una confesión—. Aioria nunca podrá ser tú —con la mente y el corazón en paz, tus párpados se cierran hasta que todo se vuelve oscuro, y no te permite distinguir un leve murmullo.

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Durante un par de meses todo parece estar en su lugar. Camus suele supervisar tu entrenamiento cuando su Santidad no requiere su presencia como concejal, y de propia mano compruebas lo poderoso que se ha vuelto. Pero todo cambia a finales de junio cuando el Patriarca le asigna la misión de entrenar a un joven aspirante a caballero.

—¿Vas a volver a Oymyakon? —indagas para enmascarar tu tristeza, al ver como termina de acomodar algunos libros dentro de su maleta para cerrarla.

—No, esta vez iré a las afueras de Múrmansk. El Patriarca decidió que el chico no necesita un entrenamiento tan extremo. Además, el acceso es más fácil —explica con pesadez.

—Eso significa que: ¿podré ir a visitarte en cuanto tenga mi armadura?

—Podrías. Pero tu deber es con Athena —te recuerda.

—Lo sé. Pero... —sonríes ampliamente— voy a esperar cartas más seguido. Si es fácil llegar, significa que el correo es más eficiente.

—Me gustaría hacerte esa promesa, pero todo dependerá de mis labores como profesor —suspira mientras acomoda la caja de la armadura sobre su espalda.

—Te voy a extrañar —no escondes tu tristeza al saber que está a punto de partir.

Ves como deja la armadura a un lado y se acerca lentamente a ti—. Mon enfant —susurra mientras toma tu rostro entre sus manos—. Prométeme que la próxima vez que regrese, serás todo un Caballero.

Estar a tan corta distancia de él te deja mudo, así que afirmas con un pequeño movimiento de cabeza antes de sentir sus labios sobre los tuyos. El roce es tan suave y lento que te deja con la mente en las nubes. Al separarse, estás tan aturdido que no puedes moverte y lo único que logras hacer es buscar su mirada para corroborar que el beso no fue producto de tu imaginación. Pero los ojos de Camus son más brillantes que nunca, indicando que no había sido un sueño.

Tu corazón parece que va a escaparse de tu pecho. Y en un acto de completa impulsividad unes nuevamente sus labios. Tu acción toma a Camus por sorpresa pero, a diferencia de tí, aprovecha la ocasión para besarte de una forma salvaje. Prueba cada milímetro de tu boca, incluso tiene la osadía de ponerse a jugar con tu lengua mientras baja con cuidado sus manos a tu cintura.

En este instante podrías morir de felicidad, pero en su lugar prefieres disfrutar de este efímero momento y besarlo hasta saciarte. Te atreves a abrazarlo por el cuello y tus labios comienzan a imitar mejor sus movimientos.

No sabes cuántos minutos estuvieron unidos, sólo sientes como Camus te aleja con suavidad para que ambos puedan recuperar el aliento.

Cuando te sientes de nuevo con la capacidad de hablar, decides cuestionar—: ¿Por qué fue eso?

—Por… Fue un beso de despedida —responde dando varios pasos hacia atrás—. Prends soin de toi, mon enfant —sin decir nada más, toma su armadura y abandona Acuario.

Sientes un fuerte dolor en el pecho. No. Es como una extraña corazonada que te hace pensar que: «a cada paso que Camus da, no sólo se aleja del Santuario, también lo hace para huir de ti».

Dos años después.

Estás deprimido, aunque no lo admites en voz alta, y cada día que pasa no puedes evitar preguntarte «¿a qué se debe el repentino silencio de tu amigo?».

—¡Idiota!, presta atención al entrenamiento— grita Aioria antes de atacarte con más ferocidad.

Su voz te devuelve a la realidad, pero es demasiado tarde. Uno de sus golpes te da de lleno en el rostro, provocando que pierdas el equilibrio y caigas estrepitosamente contra el terroso piso—. ¡Maldición! —grunes al sentir que todo a tu alrededor ya no da vueltas.

—Vamos bicho —Aioria te ayuda a ponerte en pie—, tomemos un descanso. Es obvio que tu mente está en la luna, ¡pero la luna de Júpiter! —se burla.

—Qué gracioso —bufas—. Pero sí, tomemos un descanso.

Ambos emprenden camino hacia el pantano, su lugar favorito para descansar.

—¿Sigues sin recibir noticias de Camus? —pregunta Aioria.

—En un mes será un año —respondes sin ánimo.

—Ya veo. De seguro entrenar al «mocoso ese» debe tenerlo muy ocupado, así que deja de preocuparte.

—Es posible —susurras—. Pero «el mocoso ese» sólo es meses menor que nosotros, y antes de ser asignado con Camus ya llevaba años entrenando. Y de lo último que me dijo fue que tenía planeado cambiar el entrenamiento de Cristal para que ocupe el puesto de Santo de la Corona.

—Ese mocoso debe ser un prodigio, si en solo un año superó las expectativas de Camus.

—Sí —tratas de esconder el sentimiento de envidia que te invade cada vez que vuelves a leer sus cartas y te topas con un párrafo dedicado a su alumno. No es que odiaras a Cristal, simplemente él tenía algo que tú anhelabas: la compañía del Caballero de Acuario.

—Ya quita esa cara de damisela sufriendo por amor. Al fin de cuentas, no puedes hacer nada mientras estés aquí encerrado —te recuerda tu situación—. Además, me tienes a mí, y te prometo estar cerca cada que me necesites —afirma Aioria dando un golpe en su corazón con orgullo, mientras te dedica una grande y luminosa sonrisa.

Sus palabras te llenan de una gran alegría, haciendo que tu corazón brinque. Sientes tus mejillas sonrojarse y tu lengua se queda sin palabras. Observando con mayor atención Aioria, notas que ya no era el pequeño cachorro de león con quién solías jugar. Frente a ti ahora estaba un apuesto joven, uno que «sí quiere estar a tu lado». Cuando te das cuenta de la forma en que estabas pensando de tu amigo, un fuerte miedo comienza a invadirte. Es tal tu temor que tu mente sólo encuentra una salida lógica.

—Lo siento —te detienes en seco y das dos pasos hacia atrás—. Pero... recordé que tengo que terminar de leer un libro de... anatomía, sí, anatomía. Te veo mañana —te das la vuelta para no ver su cara llena de confusión y sales huyendo del lugar.

Al llegar a Escorpio, te encierras en tu habitación hasta que logras controlarte y, con tus sentidos en calma, te dejas envolver por tus pensamientos.

¿Te gusta Aioria? No lo sabes. Siempre encontraste muy bonitos sus ojos verdes y su cálida sonrisa, incluso desde hacía años solías confiarle algunos de tus más íntimos miedos, pero tenerlo cerca jamás te provocó algo. Hasta hoy.

¿Por qué te gusta Camus? Dejando de lado que, a tu parecer, es el hombre más hermoso que ha pisado el planeta, desde niños han estado juntos, se defendían mutuamente de las burlas de Deathmask y a él sí le contabas todo. Jamás le ocultaste nada por muy extraño o tonto que fuera tu pensamiento.

¿Qué cambió? Después del tumulto en el Santuario, Camus comenzó a construir una barrera, en especial cuando le contaste lo que viste esa noche. Aunque intentaste saber qué le pasaba y derrumbar ese muro creciente entre ambos, la distancia y todo lo que implica ser un Caballero te dificulta mucho la tarea y, con su actual mutismo, te es imposible buscar nuevas formas de estar a su lado.

Pasas toda la noche pensando en Camus y Aioria, y como ambos a su manera tocaron tu corazón. A punto de quedarte dormido sólo concluyes que: con Camus no puedes hacer nada, o por lo menos no hasta que regrese, pero sí puedes descubrir qué clase de sentimiento tienes por Aioria.

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Te sientes como todo un idiota. Desde el momento en que probaste los labios de Aioria, entendiste que algo no estaba bien. Jamás llegó esa sensación donde cada átomo de tu cuerpo parecía derretirse, como pasó con Camus. Pero lo grave del asunto fue que, cuándo fuiste a pedir disculpas, descubriste sin querer que al besarlo habías profanado algo que era para Shaka.

Aún después de aclarar todo con Aioria, no dejas de ser el imbécil más grande del mundo con un sentimiento de culpa que no se va. Incluso Mü, que casi no está en el santuario, se había dado cuenta. Lo sabes porque siempre has notado que evita a Aioria y ahora te parece obvio el porqué.

Una corriente de aire frío entra por tu ventana, haciendo que varias hojas de papel pergamino vuelen por tu habitación. Recuerdas que las mandaste comprar especialmente para tu correspondencia con Camus, pero se quedaron arrumbadas en tu librero. Recoges todos los trozos de papel y te diriges a tu escritorio. Buscas la pluma fuente y el tintero y te dispones a vaciar todas esas emociones que te están carcomiendo.

No sabes por qué las primeras palabras que escribes son «Mi amado Camus», pues esta carta jamás piensas enviarla pero, de alguna extraña forma, pensar en él hace que las palabras fluyan con mayor facilidad.

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Ya perdiste la cuenta de cuántas cartas has escrito, sólo sabes que cada vez que te sientes flaquear ante cualquier situación, el papel y la pluma son tu mejor confidente. Incluso mandaste construir un pequeño cofre donde depositas cada una de ellas.

Un año después.

El sol tiñendo de un color rojizo todo a tu alrededor y el frío viento otoñal te da la bienvenida al Santuario. Estás muy cansado, no esperabas que tu primera misión fuera de Grecia resultara más complicada de lo planeado. En tu opinión, todo sería más sencillo si no estuvieras obligado a ir con dos Santos de Plata a quienes cuidar, pero eso lo comentarías con Shura al darle tu informe. Pero, fuera de que prefieres trabajar solo, estás satisfecho por haber detenido a la secta de Adroa.

Antes de ir al Templo de Capricornio, decides hacer una parada en tu casa para tomar un baño que te quite la pesadez de tu cuerpo. Sueltas un bostezo mientras te encaminas a la zona residencial de Escorpio, pero todos tus sentidos se ponen alerta cuando sientes un cosmos familiar situado en esa área. Corres hacia tu habitación y encuentras la puerta abierta, dejando ver la inconfundible espalda de Camus. Deslizas despacio la caja de tu armadura hasta el suelo y con sumo cuidado te acercas para rodear su abdomen con tus brazos y recargar tu frente contra su cervical.

Estás tan emocionado que pasas por alto sus dos años de silencio y no te importa que se sobresalte al hundir tu rostro en su cabello. Sólo quieres confirmar que él está aquí y no es un sueño del cual despertarás en unos minutos.

—Te extrañé —no escondes la felicidad en tu voz, mientras lo abrazas con fuerza.

—Milo.

Te separas con calma. No es común que Camus te llame por tu nombre, y menos usando un tono tan serio. Y sólo es hasta que ambos quedan de frente que te percatas de las hojas que él sostiene entre sus manos.

—Cam, ¿pasó algo malo? —preguntas inquieto al notar el estado alterado de Acuario.

—¿Esto es verdad? —extiende una mano para entregarte las hojas.

En cuanto sientes la textura del papel reconoces que son las cartas que le escribiste.


Mi amado Camus:

Esta es otra carta que nunca leerás. Cada vez soy peor iniciando nuestra conversación pero, como te he reiterado antes, poner mis pensamientos en palabras me ayuda a vaciar mi mente. En especial después de que elegiste hacerme a un lado.

Y sólo por si aún no lo he dejado lo suficientemente claro, estoy muy molesto contigo, en especial cuando pienso que lo haces a propósito y no por el entrenamiento de Cristal. Pero estoy más furioso conmigo por no poder odiarte por completo.

¡Dioses! No sé qué me hiciste. A veces pienso en ti como un ser mágico que con su simple presencia embrujó cada milímetro de mi cuerpo y mi alma. Son tus intensos ojos azules como las noches de invierno, que hablan todo lo que callas. Son tus manos frías como el hielo, que cada vez que me tocan dejan quemaduras imborrables. Son tus labios cálidos, suaves y dulces como la miel, que me hacen derretirme cada vez que recuerdo cuando los probé.

Sabes, Deathmask me dijo una vez que él quiere estar a lado de Afrodita porque le gusta. En aquel entonces no entendí el significado de sus palabras y que «gustar» realmente significa «amar», pero ahora que vivo enamorado de ti entiendo el porqué nunca se rindió. Aunque yo sólo puedo esperar a tu regreso para saber si algún día me permitirás volar contigo.

Por cierto, estoy muy emocionado porque mañana el Patriarca me entregará la armadura de Escorpio. Me pregunto cómo se sentirá portarla, ¿pesará mucho? Creo que sólo estoy divagando. Tal vez sólo es la emoción, porque después de mi nombramiento partiré a mi primera misión.

Espero que estés muy orgulloso de mí. Logré cumplir mi promesa.

Te confieso una última cosa: espero que, ahora que por fin podré salir de estos aburridos muros y podré conocer muchos lugares, eso me ayude a no pensar tanto en ti.

Te escribiré pronto.

Siempre tuyo, Milo.


No tienes que leer las demás, conoces el contenido de todas ellas. Estás paralizado por la vergüenza y el ultraje que sientes. Camus había leído las cartas que le escribiste. Fijas tu vista sobre tu escritorio y notas tu cofre abierto, y más hojas con tu letra fuera de su lugar.

—¿Es verdad? —vuelve a cuestionarte al notar tu mutismo.

Escucharlo pidiendo respuestas provoca que en tu estómago comience a crecer un enorme fuego. Después de todo este tiempo, después de tanto silencio. ¿Quién se creía para leer tus confesiones?

—¡No tienes derecho! —explotas mientras te lanzas sobre las cartas para proteger algo de tus arrugados sentimientos. Con ambas manos tomas el cofre y lo presionas contra tu pecho. Incluso te das la vuelta para ocultar tu sonrojo—. ¡Vete!

Sientes como sujeta tus hombros y tira de ti para que quedes recargado sobre su pecho—. ¿Realmente me amas tanto? —susurra sobre tu oído.

Estás temblando, aunque no sabes si es de rabia o porque sus frías manos viajan con delicadeza sobre tus brazos.

—¡No tienes derecho! —repites con más fuerza.

—Tienes razón, no lo tengo —dice suavemente, mientras coloca sus manos sobre las tuyas—. Pero de todo el mundo, sólo me importa lo que tú piensas de mí.

Entras en diminutos pero poderosos estados de shock conforme sientes sus labios posarse sobre tu cuello, recorriendolo con pequeños besos y, en ocasiones, dejando leves mordidas en el lóbulo de tu oreja.

Aunque quieres dejarte llevar por el mar de sensaciones, es tu ira acumulada la que hace a tu cerebro reaccionar—. Claro, «ahora sí» te interesan mis palabras —gritas mientras tratas de alejarte—. Cuando pasaste dos años sin contestar una de mis cartas.

Te sujeta con más fuerza, para impedir que escapes de él.

Mon enfant —sientes pesadez en su voz, como si en sus hombros cargara todos los problemas del mundo—. Debo parecer injusto contigo, pero sólo quiero protegerte.

Al escucharlo, dejas de pelear—. Ya no tienes que cuidarme. Ahora soy un Caballero de Athena, como tú.

—Sí, lo eres. Pero yo siempre voy a proteger a los que amo, y tú estás en la cima de todos ellos —aclara mientras volvía a besar tu cuello

«Camus dijo que te ama». Cuando tu cerebro es capaz de entender que esas palabras no habían sido producto de tu imaginación, sueltas el cofre provocando que todas las cartas vuelen por la habitación. Inundando todo el espacio como tus sentimientos.

Das la vuelta y buscas su boca para besarlo. Probar sus labios después de tantos años de ausencia es sublime. Sentir las manos de Camus comenzar a recorrer lentamente tu espalda, e incluso ir un poco más abajo, te hace aferrarte a él con fuerza. No piensas dejarlo ir. Sin separarse, llegan hasta tu cama y, entre apasionados besos y caricias suaves, se liberan de la ropa que les estorba.

Con cada pequeño roce sobre tu piel y corazón, despiertan sensaciones nuevas e imposibles de describir con palabras. Sólo sabes que cada gemido que escapa de tu boca le transmite a Camus tu deseo de seguir adelante y borra la culpa que asoma por su mirada transparente cuando entra en ti.

Estar unidos de esa forma te hace sentir completo. Es como si nada existiera, ni el mundo, ni el tiempo. Tú sólo navegas en ese mar de pasión que son sus cuerpos fusionados y sólo en ese estado eres capaz de sincerarte—. Cam, te amo —susurras mientras tomas su sonrojado rostro con ambas manos.

—Y yo a ti, mon enfant —responde al acercarse para volver a besarte y continuar con su ritual de amor hasta llegar al éxtasis.

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Al despertar, lo primero que ves resplandeciendo dentro de la oscuridad de la noche, son los azules y brillantes ojos de Camus, cuidándote como si fueras algo valioso. Sientes como sus manos comienzan a subir por tu espalda y te acercan más a él, impidiendo que escapes de ese pequeño y feliz mundo que ambos crearon.

—Sigo sin creer que estás aquí —susurras feliz.

—¿Por qué piensas eso? —responde mientras une su nariz a la tuya y la frota con suavidad. Una acción que te llena de una completa ternura provocando que te sonrojes.

—Porque me da miedo que vayas a desaparecer —en voz baja le revelas tu más grande temor.

—Eso no va suceder —te muestra una pequeña sonrisa—. Porque he vuelto a formar parte de las filas en el Santuario. Y te prometo que no me voy a separar de ti.

Escuchar esas palabras provoca que pierdas el control y te lanzas nuevamente a sus labios para sellar su promesa con un beso.

Cinco años después.

Es una noche sin estrellas, sólo la brillante luna coronando la parte más alta del Santuario, ilumina el lúgubre paisaje. Desde tu perspectiva las Doce Casas penan la pérdida de sus guardianes y tú, en la soledad de tu templo, te unes a su silencioso llanto. Y te permites por primera vez llorar la muerte de Camus de Acuario.

Tu mente no puede dejar de recordar el momento en que sentiste como su cosmos se apagó o cuando, junto a Athena y los Caballeros de Oro sobrevivientes, encontraste su cuerpo inerte sobre el congelado piso de Acuario, confirmando tu sospecha. En ese momento algo dentro de ti se quebró y todos los hechos posteriores tenían una especie de bruma que te mantuvo en pie esa noche y los días siguientes, cuando se realizaron los rituales fúnebres de los Caballeros caídos en batalla y se proclamó a Saori como la legítima Diosa Athena.

Pero esta noche ya no puedes seguir guardando todo lo que te está consumiendo lentamente—. ¿Por qué siempre te vas a donde no te puedo seguir? —le recriminas a la nada.

Cada lágrima que cae de tus ojos te recuerda que el hombre, al que has amado por casi toda tu vida, no va a regresar. Nunca más volverás a tomar su mano, abrazarlo, besarlo, o hacerle el amor. Esa estúpida batalla te había quitado la mitad de tu vida y ahora te sentías perdido.

—Maldición, Camus —gritas una y otra vez, con una mezcla de impotencia y una profunda tristeza.

¡Dioses! No puedes creer lo estúpido que fuiste durante tanto tiempo. Como no te diste cuenta de absolutamente nada de lo que sucedía a tu alrededor. Te sientes traicionado, y es que en todos estos años Camus no fue capaz de confiar en tí. Ni una sola vez.

—Milo —escuchas a Aioria desde la puerta de tu habitación y con un rápido movimiento tratas de esconder tu rostro.

No deseas que él, ni nadie, te vea en tan patético estado—. Regresa a tu templo Aioria —tratas de ocultar tu voz quebrada.

—No hables como un idiota —se acerca lentamente y continúa de modo dulce —Me duele verte así. Por favor… permíteme… déjame cumplir mi promesa —dice mientras te rodea con sus brazos—, al igual que tú, cuando estuviste ahí para mí desde niños, cada día y cada noche. Soy el primero en desear que no fuera así pero, me necesitas. Por favor, tú no me hagas a un lado…

Lo escuchas y, en ese cómodo lugar, te permites llorar con mayor fuerza. Sabes que sólo él en el mundo es capaz de comprenderte.

—¿Cómo superaste todo lo que pasó con Aioros?

—¿Honestamente? Jamás lo hice —responde mientras acaricia tu cabello tratando de darte consuelo—. De niño pensé que mi hermano se había ido a alguna misión y que tal vez algún día volvería. Con el tiempo, intuí que no iba a regresar, así que decidí mentirme, distraerme y enfocarme en buscar pistas sobre su paradero —suelta un gran suspiro, notas que es obvio que el tema aún es doloroso para él—. Y a pesar de no encontrar nada, nunca me rendí. Me dolía más la incertidumbre que cualquier insulto —hace una pausa para respirar—. Hasta ahora me doy cuenta que desde esa noche mi tiempo se detuvo. Pero ahora que sé la verdad, me siento en paz. Mi hermano no me abandonó y no fue ningún traidor; murió a cambio de la vida de Athena —dice con calma—. Aunque no te voy a negar que aún tengo mucho coraje. Que la ambición de un solo hombre bastara para arrebatarme a mi familia —te aprieta fuerte y guarda silencio hasta que se relaja—. Pero, ya llegó mi tiempo de dejarlo ir, de seguir adelante con mi misión de caballero de Athena.

Escuchas atento cada una de sus palabras, te cuesta creer lo mucho que ha madurado tu amigo.

—Además, en todos esos años te tuve a tí —te aprieta un poco más fuerte—, a Alde, a Shaka. A su manera, nunca me dejaron solo. Sé que es muy pronto para pedirte que superes a Camus, será imposible que lo olvides, pero la vida tiene que continuar; así cómo nuestra misión de proteger a Athena. No te compliques, mientras lo necesites, no te voy a dejar solo, Milo —hunde su rostro en tu cabello—. No estás solo.

A partir de ahí, Aioria guardó silencio dejando que tu llanto fuera el que inundara las paredes del octavo templo.

Cuando al fin logras conservar la calma, te separas del león—. Gracias —dices apenado.

—Cuando quieras —contesta regalándote una tierna y brillante sonrisa—. Además, quiero darte esto.

Al ver sus manos, notas que en ellas había una carta. La cual tomas con todo y la mala espina.


Mon enfant:

Cuando leas esta carta yo no estaré aquí, en consecuencia por la guerra contra Saga.

Antes que nada, déjame pedirte una disculpa por ocultarte la verdad por tantos años. Quiero que sepas que no me arrepiento de haber actuado como lo hice pues, como te dije hace años, siempre te voy a proteger porque eres el amor de mi vida. Y sé que mis decisiones fueron las correctas, si tú sigues con vida.

Debes pensar que soy un hipócrita, y tal vez lo sea. Pero desde que me ofreciste la amistad más sincera y pura que esta vida me pudo regalar, juré ante Athena que haría todo lo posible por tu felicidad. Y soy consciente que, en el poco tiempo que se nos permitió vivir juntos, mis acciones te han causado más penas que dichas. Perdóname también por ello.

Milo, sé que fueron pocas las veces que te lo dije pero, te amo. Incluso en la muerte te voy a amar.

Estoy seguro que, en un futuro, encontrarás a alguien más a quien entregarle tu corazón y cuando ese momento llegue, donde quiera que me encuentre del hades, te estaré deseando la mayor felicidad del mundo.

Siempre tuyo, Camus de Acuario.


Nuevamente estás llorando y Aioria, quien sostiene tu tembloroso cuerpo, no se aleja de ti.

FIN

...

...Los días se llenaron de nostalgia pero no desistas, el camino que elegiste te conducirá a un gran amanecer. No me olvides. Olvidame. Ahora mis sentimientos por ti son como el mar en una noche de tormenta...

Taiyou ga mata kagayaku toki —Hiro Takahashi

...

SIGUIENTE:

Spin Off

Cuando sea mañana...