Capítulo uno: Preparada para el vuelo
.
"Porque tan sólo tú tienes las alas para el vuelo que mata y que da la vida"
-José Luis Sampedro
.
-¿En serio crees que puedes cambiar las cosas? -lanzó una risa malvada, parecía ser la única que conocía aquella mañana- ¿Tú? -enarcó una ceja y apartó su cabello hacia atrás- Debes estar bromeando.
Levantó la vista del suelo y pudo verla, tan clara como el agua y tan molesta como una avispa. Sus ojos brillaban con burla y sus dientes se podían entrever por la amplia sonrisa maliciosa en su rostro. Ella jugaba con su largo cabello recogido en una coleta alta, con su otra mano tamborileaba la repisa del mueble sobre el que estaba apoyando su peso.
-¿Justamente tú dudas de mí? -inquirió, extrañada- Deberías saber que estoy dispuesta a todo, no llegué hasta aquí para hacer las cosas a media. -frunció el ceño, la otra rodó los ojos y borró aquella sonrisa de su rostro.
-Tienes razón. -aceptó luego de unos segundos.
Tomoyo volvió a abotonar los botones de su camisa blanca, dando por terminada aquella charla mañanera. Tomó el cepillo de su tocador y comenzó a cepillar sus cabellos, fue entonces que sus miradas volvieron a cruzarse. Ahora, ella estaba más cerca que antes. Respirando sobre su nuca, para ser exactos. Que la sonrisa malintencionada hubiera vuelto a su rostro no le dio ninguna seguridad a la joven Puente.
-No hacemos las cosas a media, erradicamos el problemas de raíz.
Se dio la vuelta de inmediato, su rostro arrugado con enojo, pero ella ya no estaba allí. La ilusión -producto de su retorcida y auto destructiva mente- ya no se encontraba allí. Arrojó el cepillo de vuelta al tocador y pisó con fuerza en su camino hacia la puerta, arrancó su saco del gancho que colgaba de la puerta y salió de su habitación; desde que la voz había tomado imagen, las cosas sólo iban en declive. Intentaba con todas sus fuerzas hacer oídos sordos a su propia voz, a las palabras venenosas que dejaba caer en los momentos menos apropiados e intentaba -con todas sus fuerzas- impedir que sus palabras llegaran a ella.
Las imágenes seguían repitiéndose en su mente una y otra vez por las noches, era un bucle interminable y sin fin. Los rostros de Riguel, Kretos y Fury; los cuerpos en el campo de batalla; los mestizos de África luchando salvajemente; el cuerpo de Amads cayendo como peso muerto; la mirada de Eriol mientras era envuelto por las chispas. Era como una experiencia extracorpórea, un sueño vívido, una pesadilla vuelta realidad. Al final, ella terminaba en el suelo, rodeada de partes de cuerpos desconocidos y salpicada en sangre tibia y espesa… Ella se convertía en una cosa salvaje y peligrosa.
Bajó las escaleras con rapidez, giró hacia la derecha y siguió el aroma delicioso que salía del gran comedor.
Llevaban una semana viviendo en las instalaciones del Instituto. De los tres grandes edificios que había visto la primera vez, sólo dos eran dormitorios. El edificio Oro era para los profesores del Instituto, ella aún no había conocido a ninguno de ellos, ni siquiera los había visto por los alrededores. Ella, junto con Amads, Eriol y Espinel, se estaban hospedando en el edificio Plata, la residencia de los estudiantes. Era un edificio de tres pisos con unas cincuenta habitaciones en cada piso superior, el primer piso era donde se encontraban los pisos comunes: sala, comedor y duchas. Aún debía acostumbrarse a la presencia constante de desconocidos, no eran ruidosos -a excepción de un selecto grupo-, pero todos estaban conviviendo en un mismo lugar. Era extraño estar a solas en aquél lugar; claro, al menos cuando no estabas dentro de la seguridad de tu habitación.
De cierto modo, aquél lugar le recordaba a un verdadero instituto. Claro, Paz le había explicado que aquél lugar era exactamente aquello: un instituto. Un complejo educativo en el que se le impartían una extensa gama de conocimientos. Un organismo fundado por Paz con fines peculiares. Los alumnos del Instituto eran -en términos complejos- herramientas, soldados entrenados, seres bien instruidos en artes como la seducción, la recolección de datos y el espionaje, entre otros. Sin embargo, como en todo instituto, podías observar a distintos grupos.
El alumnado del Instituto se dividía en dos ramas: Luna o Estrella, tan sencillo como aquello. Los Luna, aquellos que podían exudar feromonas de distinto tipo y manipular el cuerpo de su objetivo a su antojo. Las Estrellas, por su parte, se concentraban en la mente, en la psique de su presa. Entre ellos, un pequeño círculo conformaba a la élite de cada rama. Amads los llamaba los cazadores, por su rasgo más distintivo: sus relucientes cazadoras plateadas. Esa era otra cosa que la desubicaba, todos utilizaban uniformes. Sí, uniformes, como en una verdadera institución.
Los cazadores eran los alumnos más avanzados, aquellos que eran enviados al campo en misiones de espionaje y reconocimiento, de recolección. Los demás alumnos no salían del Instituto, aún debían seguir estudiando y puliendo sus habilidades. Era allí donde entraban los maestros, aquellos quienes se encargaban de enseñarles el conocimiento y las tácticas para que, el día de mañana, pudieran ir al campo y cumplir con éxito sus misiones.
Se acercó a las largas mesas donde habían sido colocadas bandejas humeantes con distintos platillos y bebidas, infusiones y jugos, platos de comidas elaboradas y balanceadas y platillos menos sanos.
Otra de las curiosidades del Instituto era su composición, la variedad de etnias y culturas, las diferentes procedencias de los alumnos. Los había de todas partes del globo, de cada una de las regiones del continente. Judíos, cristianos, ortodoxos y budistas. Latinos, asiáticos, europeos, africanos y oceánicos.
Tomó una taza de té verde y un plato con algo de arroz y pescado, tomó asiento en el primer asiento vacío que encontró y comenzó a comer su desayuno. Tenía veinte minutos, luego de eso debía encontrarse con Paz y retomar donde lo habían dejado ayer: el congreso con los aquelarres.
Como había mencionado anteriormente, los estudiantes eran bastante apacibles. Los ruidos en el comedor eran producto de la porcelana, los cubiertos y algún que otro leve murmullo. No sabía si esto siempre había sido así o si, por el contrario, esto había comenzado luego de su integración. Era de público conocimiento la intención de Paz de formar a la próxima generación de la mesa, de la nueva mesa. Habían recibido miradas curiosas el primer día, cuando se instalaron en sus dormitorios, pero nadie les había dirigido palabra alguna.
-Eso se ve… horrible.
Se sobresaltó levemente ante las palabras de su caballero murmuradas justo a un lado de su oído, él apareció a sus espaldas.
-Es un desayuno. -respondió ella con simpleza.
El árabe rodeó su figura y tomó asiento a un lado suyo, el aroma fuerte y atrayente de su té rojo la hizo sonreír. Su desayuno desprendía un fuerte aroma a tomillo, pimentón y oliva. Si había alguien que estaba disfrutando las ventajas de los variados platillos en el desayuno, almuerzo y cena, ese era Amads.
-Y es la comida más importante del día, dulce. -protestó. Le dio un sorbo a su té y, con los labios sobre la porcelana, él murmuró:- Ahora veo porqué son tan insípidos los japoneses.
-¿No deberías estar en los campos de entrenamiento? -inquirió ella, ignorando su comentario- Si vas tarde, te reprenderán.
-Que este lugar se llame el "Instituto" -hiso comillas al aire-, no quiere decir que asista a uno, dulce. -dijo y se metió un gran bocado en su boca.
El director Paz no solo le había ofrecido instruirla a ella, sino también a sus acompañantes. Ni ella ni Amads tenían mucha idea sobre el alcance de los poderes de su caballero, había sido Kamuy quien los había estado ayudando con ello mientras mantenía relaciones con Luciana. El árabe había seguido indagando sobre los límites de su fuerza, las capacidades de su cuerpo mejorado, pero siempre a base de prueba y error. Los estudiantes del Instituto se formaban en combate, el uso de armas y del cuerpo; Paz le había ofrecido a su caballero ser parte del grupo de Johnson, que entrenaba junto con un grupo ingresante. Así como ella, su caballero tenía un itinerario diario que cumplir.
-Amads. -llamó ella con seriedad- No podemos rechazar la ayuda que Paz nos está brindando. -le recordó ella.
Los ojos de su caballero se estrecharon, su taza de té devuelta sobre sus labios.
-No me agrada este lugar. -fue la respuesta de él murmurada en su mente- No me agrada que te mantengan alejada.
Como había dicho, cada uno tenía un itinerario ajustado que seguir. Mayormente, ella pasaba su tiempo junto al director del Instituto. Él le mostraba las distintas reacciones de todos ante la desaparición del Consejo, las dudas, los oportunistas, el miedo. Entonces, en conjunto, aunque mayormente el director, armaban un documento con los problemas y las posibles soluciones que tranquilizarían a estos; Paz llevaba un registro de las acciones que el Consejo realizaba, sus funciones para resguardar el orden. Algunas eran poco ortodoxas, otras, desconocidas para el resto del mundo; otras más, que eran muy pocas, eran las que mantenían un leve y frágil equilibrio entre los distintos seres del mundo sobre natural.
Había mucho por hacer, tenía mucho que aprender y debía hacerlo todo bien a la primera. Necesitaba adquirir un montón de herramientas, y Paz se las estaba enseñando a todas. Eso requería mucho tiempo, tiempo que corría rápido. Su día comenzaba temprano por la mañana y terminaba tarde por la noche; su caballero no se guardaba los comentarios de disgusto ante esta situación.
-Buenos días.
Rompió el contacto visual con Amads y observó a Eriol, quien tomó asiento al frente de ambos.
-Buenos días, Eriol. -saludó ella.
-…sí, hola. -masculló el árabe luego de que ella le lanzara una mirada de reojo. Luego, volvió a su desayuno.
-Creí que debías irte en al menos un par de horas más. -comentó mientras observaba el reloj de su muñeca, tal vez había divagado en sus pensamientos por más tiempo del que había creído.
-Sí, así es. -asintió él- Solo quería hablar contigo antes de que te marcharas.
-He estado muy ocupada. -medio se disculpó con ambos- Solo quedan dos días más antes de presentarnos ante los aquelarres… -soltó un suspiro y se llevó un bocado a la boca
-Creí que se presentarían todos ustedes, pero no he visto a Luciana por los alrededores para prepararse. -comentó, confuso- ¿No deberían estar los tres reunidos preparando el discurso?
-Sí. -estuvo de acuerdo su caballero- ¿Y dónde está ese famoso nuevo Pilar?
-… no tengo la menor idea. -respondió ella, una jaqueca comenzando a formarse- Luciana no aparece y Paz no me dice nada sobre Evan. -hizo una pausa- Esto tiene que salir perfecto. -apretó el agarre sobre sus palillos.
Eriol extendió su brazo y acarició los nudillos de ella, sus amatistas se enfocaron sobre sus ojos azules e intentó devolverle la sonrisa, pero estaba extremadamente tensa.
-¿Necesitas ayuda? -ofreció- No tengo una decena de espías recolectando información por mí o más de medio milenio de experiencia, pero si hay algo que conozco son a los magos y brujas. -le recordó- Sé lo que quieren oír.
Antes de que pudiera contestar, fue Amads el que soltó un comentario por lo bajo.
-Estamos salvados. -y siguió devorando su desayuno.
El inglés cerró los ojos por dos segundos, haciendo oídos sordos a las continuas quejas y comentarios del árabe. Tomoyo dejó su taza sobre la mesa con algo de brusquedad y giró su cuerpo hacia el moreno, su rostro denotando su enojo.
-¿No tienes que estar en otro lugar? -le inquirió, enfadada- Lo digo en serio, debemos aprovechar esta oportunidad. -hiso un ademán hacia Eriol- ¿Por qué no puedes simplemente aceptar la ayuda como Eriol? -chilló por lo bajo- Como yo. Amads, no pue-
-¡No confío en esta gente, Tomoyo! -gruñó entre dientes a un palmo de su rostro- ¿Crees que no quieren algo de ti? -y se rió- ¡Somos otros de sus soldados!
Tomoyo lo observó con fijeza, la tensión y el enojo fundiéndose en uno solo. Pero no era el momento ni el lugar, por suerte Eriol fue el que calmó las aguas.
-Deberías fijarte el lugar en el que dejas caer tus palabras, Amads. -dijo mientras se acomodaba sus gafas- De los ojos que te observan y los oídos que te escuchan… -y observó a su alrededor.
Tomoyo ni siquiera necesitó observar a su alrededor para sentir el peso de las miradas que habían acaparado, no fue el caso de Amads. Los alumnos del Instituto observaban en conjunto a los tres extraños de la mesa más cercana a la salida, las miradas curiosas y cautas, las sospechosas, las de aprensión.
-¿Alguno tiene algo para decirme? -inquirió en voz alta y levantándose de su asiento, sus ojos con un brillo amatista, desafiante.
Tomoyo lo siguió, solo para empujarlo hacia la salida y llevárselo de allí para reprenderlo en privado. Su caballero estaba comenzando a molestarla con aquella extraña actitud, ella ya le había explicado que Paz era un buen hombre con intenciones nobles, ellos iban a quedarse.
-Sí, yo.
Pero antes de que pudiera ponerle una mano encima, una persona entró al comedor. Los tres recién llegados se dieron la vuelta hacia la recién llegada, los demás alumnos volvieron sus miradas hacia otra parte, solo un pequeño número de ellos siguió observando a la mujer que se abrió camino hacia la mesa de los tres extraños.
-¿No tendrías que estar en el campo, con el grupo de ingresantes? -inquirió en tono autoritario- Las prácticas iniciaron hace una hora, es la segunda falta en lo que va de tu estadía.
Tomoyo lo tomó del brazo, pero su caballero se liberó de su agarre y se encaminó directamente hacia la pelimarrón de cazadora plateada; Ailén siguió esperando una respuesta.
-No me dio la gana. -levantó una ceja- ¿Cuál es el problema?
-Estaba a punto de llevarlo allí, Ailén. -comentó Tomoyo, ocultando su vergüenza- Me encargaré de que no vuelva a suceder.
La Estrella ni siquiera se volvió hacia el Puente, sus ojos ni siquiera parpadearon hacia ella.
-Si no quieres estar aquí, deberías irte. -le dijo al caballero- No somos la caridad; si no nos sirves, te vas. Así de fácil. -le confesó y se hizo a un lado, indicándole el camino de la salida- El peso muerto nos retrasa.
Amads, ahogó una risa; Eriol se mantuvo en alerta y observó todo, no se perdió el detalle del resto de los estudiantes. La figura de la élite de las Estrellas era tomada con seriedad, autoridad, su palabra era como la palabra del mismo director; Ailén era la mano de derecha que mantenía en orden el Instituto. Tomoyo no podía hundirse más en la vergüenza, Amads estaba metiéndose en serios problemas con su actitud.
-¿Si no les sirvo? -repitió él, dando un paso hacia la joven- Yo no le sirvo a tu jefe, hermosa. -soltó con desdén.
Tomoyo observó con horror como los labios de la chica comenzaron a elevarse hacia un lado, la tensión era palpable y ella debía hacer algo para detener esto antes de que llegara a un punto de no retorno.
Fueron dos segundos, ella apenas pudo seguir el movimiento de su cuerpo. Se levantó de su asiento, al segundo siguiente estaba entre ella y Amads, su mano envuelta en chispas azules detrás del cuello del árabe. Ailén se hizo a un lado mientras Amads caía de rodillas al suelo, sus manos sosteniendo su peso para no desparramarse en el suelo.
-Lamentamos el comportamiento de nuestro… -frunció el ceño- compañero. -masculló- Puedes disponer el castigo que desees, sus acciones no deben quedar impunes. -le regaló una de sus sonrisas- Tal vez así aprenda la lección.
Tomoyo dio un paso adelante, cubriendo la figura tambaleante de Amads con su cuerpo.
-Esto es mi culpa, lo siento. -y se dobló en una profunda reverencia- Puedes disponer de un castigo para mí también, si eso sirve de algo, Ailén. -ofreció, aún con la vista hacia el suelo.
Eriol chasqueó la lengua, no pudo ocultar el enfado que le causó ver que Tomoyo ofreciera disculpas en nombre del insensato de Amads. Las chispas en su mano centellaron de rabia, pero las mantuvo controladas. Amads, por su parte, observaba con furia los azulejos. Por un lado, estaba rabioso con el golpe repentino de Eriol, quien interfirió con sus asuntos; por otro, le dio coraje que Tomoyo estuviera haciéndose cargo de sus acciones. Incluso estaba ofreciendo una disculpa en su nombre y aceptando un castigo.
-Levántate. -soltó entre dientes la estudiante, Tomoyo obedeció- Tu caballero debe aprender a hacerse cargo de sus propios errores. -le hizo ver con seriedad- Va a tener un castigo. -asintió- La próxima vez, -comenzó a decir con un tono más autoritario- serás tú la que pague sus fallos, y será porque no pudiste ejercer autoridad sobre él. -observó al árabe, Amads le devolvió la mirada- Tus acciones no te perjudican a ti, perjudican a tu señora, ¿entiendes? -inquirió.
El moreno se incorporó del suelo a duras penas, la electricidad aún recorriendo sus terminaciones nerviosas.
Antes de darse la vuelta y partir, la Estrella le dedicó unas palabras al mago.
-Sigue así. -asintió.
Fueron unos segundos silenciosos, sólo llenados con el clap-clap de los pasos de Ailén mientras se alejaba por el pasillo. Los estudiantes volvieron a lo suyo, muchos decidieron seguir a la pelimarrón y partir hacia sus deberes. Tomoyo decidió que ya era tiempo de comenzar con aquél día, el desayuno le había dejado un mal sabor en la boca y quería terminar con los asuntos del día deprisa. El árabe intentó seguirla, bastó una sola mirada de los ojos brillantes de Tomoyo para que este se resignara.
-Tsk. -gruñó el árabe.
Eriol observó al moreno, este había retomado su asiento y observaba sus manos hechas puños sobre sus muslos.
-Deberías confiar más en ella. -recomendó el mago- Puede parecerte ingenua o confiada, pero Tomoyo no estaría aquí sino estuviera segura de Paz y el Instituto. -hizo una pausa- No la subestimes, puede sorprenderte.
Sin esperar una respuesta o un gesto, Hiraguisawa se dio la vuelta y volvió a su cuarto, Espinel ya debería estar despierto y con hambre.
¿Eriol dándole consejos sobre Tomoyo? Quería reírse de sí mismo, si de algo estaba seguro en este mundo era de las decisiones de Tomoyo. Si había alguien en quien él creyera, era en esa chica. Pero claro, su naturaleza era la desconfianza, no podían culparlo por dudar de Paz. En un mundo tan egoísta, donde el pez más grande de comía al más chico, él había sobrevivido desconfiando de todo aquél que le ofreciera ayuda.
…
-¿Magia elemental? -inquirió la mujer detrás del escritorio- Bueno… supongo que algo debe haber en los registros. -murmuró mientras comenzaba a moverse hacia los archivadores- ¿Tienes un elemento en mente? -inquirió mientras abría y cerraba los archivadores de metal- La magia elemental es una especialidad de Asia, y una que está quedando bajo el polvo. Los magos y brujas de hoy de día no buscan especializarse en un elemento, sólo buscan aprender todos los hechizos que puedan. -comentó, pensativa.
-Estaba indagando el elemento relámpago. -respondió Eriol.
La mujer frunció el ceño hacia aquél archivador y comenzó a indagar en el siguiente.
-Larga y corta distancia, bien pensado. -halagó- No hay dudas de que eres un mago excepcional. -comentó, distraída- Aquí tengo algo para ti.
Eriol no podía no aprovechar una fuente de conocimiento tan basta como lo eran los almacenes del Instituto. Paz le había comentado que podría utilizar los archivos que se encontraban almacenados allí para su beneficio, claramente el director del Instituto tenía conocimiento sobre él y su característica curiosidad por el saber. Claro que había saciado la suya en su vida pasada, pero no podía ignorar que Tomoyo tenía una misión ahora y que él podía serle de utilidad. Tenía fe en que Paz compartiría con Tomoyo lo que ella necesitaba saber, por lo cual Eriol se estaba encargando de otro tipo de saber. Él iba a ayudar a Tomoyo en su cruzada, iba a ser parte de su arsenal, una espada y un escudo; protegerla y auxiliarla.
Por este motivo, se encontraba en busca de material que lo ayudara a perfeccionar sus habilidades en el campo de batalla. Tenía la técnica y tenía los movimientos, sólo le hacía falta perfeccionar su cuerpo para no ser lastimado por el latigazo de su propia magia. Había utilizado sus poderes en anteriores encuentros, pero ninguno había sido tan intenso y real como el que debió llevar a cabo en el Valle del Crepúsculo. Su cuerpo no había podido controlar la magia que circulaba a través de él, las corrientes eléctricas tuvieron efectos colaterales sobre sí mismo; eso no podía volver a repetirse. Necesita mejorar.
Le agradeció a la mujer por los archivos y volvió a la mesa en la cual su guardián lo estaba esperando, Supi había decidido acompañarlo esta tarde en el almacén.
-¿Algo interesante? -inquirió, ansioso.
-Eso veremos.
Eran cuatro archivos, tomó uno y el peluche tomó otro.
Lo primero con lo que se encontró fue con una foto, había sido tomada de lejos y sin previo aviso. El sujeto en ella debía tener el doble de su edad, algo desalineado y de rasgos afilados. Las primeras hojas eran datos personales -nombre, edad, nacionalidad, etc. Las siguientes, los motivos por los que se estaba investigando al sujeto. El archivo tenía unos veinte años de antigüedad, se dio cuenta Eriol. Las últimas hojas eran por las cuales él estaba allí.
"Fuu Tsuga se volvió sujeto de cuidado. Sus habilidades han llegado a niveles llamativos. El sujeto posee total control de sus habilidades"
Total y control fueron las dos palabras que llamaron la atención de Eriol.
"El sujeto puede utilizar sus habilidades sin perjudicar su cuerpo.
El sujeto no es un peligro para él o para su círculo íntimo.
El sujeto domina los rayos, estos brotan de su cuerpo y queman la carne de su enemigo. Puede derribar a un enemigo de un solo golpe.
El sujeto es de clase C. Proceder con cuidado"
Luego de eso, habían más fotos. Fuu Tsuga fue capturado en acción, varias tomas de él en combate estaban guardadas en ese archivo. Eriol observó con cuidado alguna de ellas, las observó detalladamente y de cerca. Las fotografías habían capturado buenas tomas, podía apreciar los rayos chispeantes alrededor de aquél mago, sus manos envueltas en ellos sin un solo rasguño. Las manos de Eriol aún cosquilleaban por el pequeño movimiento en el comedor.
Lo que restaba del archivo eran notas de cuidado y advertencia. Sugerencias sobre cómo proceder si se debía capturar al sospechoso.
Eriol tomó sus propias notas, no sobre aquél mago, sino sobre el Instituto. Estaba claro que Paz estaba preparado para hacerse con el control del orden, tenía información detallada de cada sujeto del mundo sobrenatural en aquel almacén; lo cual le hizo pensar que aquella invitación para indagar en los archivos no había sido un movimiento al azar, Paz estaba queriendo dar un mensaje: este es el bando ganador.
Aquella mañana no había estado jugando, Amads no podía moverse tan campalmente alrededor de Paz y sus estudiantes; el hombre no era alguien a quien pudieras tomar a la ligera. Debían ser cautos y tener a Paz como aliado, era una carta demasiado fuerte para dejarla pasar, Tomoyo debía saber aquello.
Tomó el siguiente archivo, esta vez era de una bruja. Lo único rescatable de éste era que la bruja había optado por manejar dos elementos, rayo y tierra. En el, no había signos de que ella tuviera problemas respecto al control del rayo.
-Yo no creo que aquí haya algo interesante. -comentó el peluche mientras le ofrecía los archivos que había estado leyendo.
-Te creo. -dijo el mago mientras los observaba con aburrimiento- Sin embargo, hay algo que estoy pasando por alto… -murmuró, pensativo.
El guardián entrecerró los ojos, igual de pensativo que su amo.
-¿No habrá algún mago aquí? -inquirió él- Tal vez alguien que sepa más al respecto.
Eriol lo pensó por unos segundos, se suponía que sólo habían dos tipos de seres en el Instituto -obviándolos a ellos mismos. Estudiantes y familiares, o eso le había asegurado Paz al darles la bienvenida y explicarles el funcionamiento y la composición de su preciada institución. Los estudiantes no eran humanos, no eran magos y no eran demonios; aunque Paz no había explicado a ciencia cierta qué clase de seres eran ellos.
-Aquí también utilizan magia, ¿verdad? -siguió hablando él- Debe haber alguien de tipo relámpago. -propuso- ¿No? -le inquirió a su amo.
Luego de pensar en ello por unos segundos, asintió.
-No perdemos nada preguntando… -aceptó.
Con una sonrisa de agradecimiento, le devolvió los archivos a la joven mujer detrás del único escritorio en los almacenes de archivos. Subieron el camino hacia los tres edificios centrales, siendo el edificio central el que tenían como destino. Si había alguien que utilizase magia en ese lugar, eran los familiares que estaban a cargo de la seguridad y el perímetro del Instituto.
Familiares, había pasado un tiempo desde que Eriol había oído de un familiar en servicio. Los familiares eran espíritus antiguos, se remontaban a los inicios de las brujas y magos, cuando los aquelarres aún no tomaban formas y las familias se dividían en castas y pureza; estos firmaban un contrato con las castas más puras y ofrecían protección y seguridad a cambio energía mágica para su sustento. Los guardianes que había creado cuando fue Clow habían estado basados en los familiares, aunque con leves modificaciones. Habían dos tipos de familiares, humanoides y quiméricos, tales como sus propios guardianes. No había sido informado correctamente, pero, en lo que iba de su estadía, había podido contar una decena de familiares. Al menos cuatro quimeras se iban turnando para custodiar el edificio Central día y noche, dos con forma humanoide escoltaban a Paz cuando salía del predio y otras cuatro hacían unas cuantas rondas alrededor del edificio Plata y Oro. Aquello había despertado su curiosidad, ¿el Instituto era vulnerable a ataques continuos? ¿O aquella seguridad era por su llegada? Con todos los habitantes de aquél plano entrenados en combate, se le había difícil imaginar el porqué de tanta prevención. Debía seguir indagando acerca de esta nueva pieza que representaba el Instituto.
…
Encontró una piedrita en su camino y comenzó a patearla mientras avanzaba por el sendero que lo llevaba a los campos de entrenamiento detrás del edificio Central.
Él no confiaba en Paz.
Él no confiaba en el Instituto.
Él estaba preocupado por Tomoyo.
Él estaba siendo una piedra en su zapato, se estaba dando cuenta en ese momento.
No estaba en contra de los objetivos de ella, al contrario, él la apoyaba al ciento por ciento. ¿Quién no querría un mejor mundo para los marginados? Él había sido un marginado toda su vida, había sido un pobre gusano arrastrado que se alimentó de los desechos inmundos de las demás personas para seguir vivo en este mundo. Cuando tuvo la oportunidad, ofreció su propia vida por un poco de poder y seguridad. En el mejor momento de su vida, intentó ayudar a aquellos que se arrastraban por la vida como lo había hecho él. Si Tomoyo podía triunfar donde él falló, él la haría llegar a la cima y la mantendría allí costase lo que costase.
-¿Otra vez tarde?
El árabe observó al tutor de las Estrellas, Johnson. El sujeto era de su misma altura, pero sus ojos plateados transmitían un frío ardiente y aterrador que el árabe nunca antes había visto. El cabello negro azabache del Estrella estaba sujeto en una coleta baja, dejándolo fuera de su rostro. Llevaba las mismas ropas de entrenamiento que las pasadas mañanas, las misma que le habían sido entregada a Amads y que llevaba ahora mismo.
-Aquí tomamos en serio las normas. -le informó con aquella voz profunda y autoritaria- Si te asignaron asistir todas las mañanas por cuatro horas, tú tienes que estar aquí todas las mañanas por cuatro horas. -dijo- Si tienes un problema con eso, lo hablas con el director. -notificó.
Hizo rodar la piedra debajo de la suela de sus zapatos y observó por detrás del tutor que le habían asignado, varios alumnos estaban agrupados en parejas y practicando lucha cuerpo a cuerpo.
-Tus cuatro horas comienzan ahora. -volvió a hablar- Puedes pasar la primera hora corriendo alrededor del campo sin detenerte. -le informó mientras se volvía hacia el resto del grupo.
Sin soltar un solo sonido, comenzó con la tarea que le encomendaron. Tal vez así su mente se enfriaría un poco.
Pensó en todas las ocasiones en la cuales Tomoyo se había colocado delante de él, dando la cara por él y defendiéndolo de los demás. Aquella chica había sido la misma que se quebró frente a él y tuvo una crisis de pánico, la que tembló entre sus brazos y le confesó sus temores. La misma que amó y salió herida por su propia sangre. La que, a pesar de todo, no pudo dejar a nadie atrás y que no puede guardar rencor abiertamente hacia nadie. La que sufrió en silencio mientras debió dejar todo atrás por el bien del resto, la que no aceptó la ayuda de nadie para no compartir la carga sobre sus hombros.
Aquella chica había tenido que inclinarse y pedir disculpas por una sabandija como él aquella mañana, no tenía perdón de Dios.
No había intercambiado palabra alguna con ella acerca de la compañía de Eriol en aquél viaje, pero no las necesitaban. No solo quería la presencia de Eriol a su lado, estaba viendo si podía ser parte de su nueva vida. Él se lo había dicho a Tomoyo una vez, así como ella podía leer su alma, él podía leer la suya. No era claro, ella aún no había tomado la decisión final, pero la idea está merodeando por su cabeza: un caballero. Eriol era un posible caballero para Tomoyo, estaba claro como el agua que el mago estaba dispuesto a asumir la labor. Tomoyo, por otro lado, estaba tentada ante la idea de mantener a su amado a su lado, pero sabía cuáles serían las consecuencias de aceptarlo como tal.
Amads sabía que pasaría un tiempo antes de que aquella idea fuera posible, Kamuy se lo había dejado bien en claro semanas atrás.
"-Luciana está segura de que ese muchacho está fuera de las posibilidades. -le aseguró mientras secaba el sudor de sus sienes- El tema con los magos son los sellos. -dijo mientras llevaba una mano hacia su ojo derecho- No son libres hasta la mayoría de edad, no puedes tomar parte de su alma hasta que cumplan los dieciocho. -observó el suelo por un momento antes de volver a hablar- Es distinto con las brujas, es más negociable, pero es más de lo mismo. -lanzó una carcajada e hizo un ademán hacia Camille, quien estaba a lo lejos jugando con alguno de los lobos- Es por eso que la mayoría de los caballeros somos bestias del Zoológico, es muy extraño que un Pilar se haga con un mago o una bruja… Sin embargo, los hay"
Había oído sobre lo sellos, por supuesto, aunque eran muy raros encontrarlo en un hijo de Gia. Eso sólo significaba que eran una buena cosecha, y a Eriol solo le quedaba poco más de un año para estar libre de aquél sello.
-Ven aquí, novato. -llamó Johnson- Vamos a ver esos reflejos.
Se limpió el sudor de las sienes con el frente de su sudadera, su respiración levemente agitada y su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho. No estaba tan mal, pero podría estar mejor. Su cuerpo definitivamente ya estaba curado de las heridas de Bella Rosa y de los estragos del Valle, pero debía entrenar su cuerpo para batallas más brutales. Conocía el bajo mundo como la palma de su mano, sabía que los señores demonios no renunciarían a su terreno sin dar una buena lucha antes. Tomoyo sólo se encontraría con más y más enemigos en su camino hacia la meta, él debía deshacerse de todos ellos.
Observó que los demás alumnos estaban refrescándose en los lindes del campo mientras él se reunía con Johnson en el centro de este. El Estrella se colocó en posición de ataque y él lo imitó, seguramente querían patearle el trasero por haber sido un maldito patán aquella mañana. Las noticias volaban rápido en un pequeño lugar como aquél, el doble de rápido si contabas conque todos allí estaban entrenados en recolección de información y espionaje.
Pasaron siete segundos antes de que el tutor comenzara a moverse hacia él, movimientos gráciles y limpios. Las palmas extendidas y las rodillas semiflexionadas mientras avanzaba. No sólo movía sus brazos, su cuerpo fluía con cada movimiento de sus brazos y el caballero debía esquivarlos a todos. El árabe esquivó la primera serie de ataques mientras se movía hacia los lados, siguiendo el ritmo que Johnson estaba marcando.
Fue la siguiente serie de golpes la que le dio la razón, Johnson había oído acerca de su charlatanería en el comedor.
Los huesos de sus costillas nunca habían sido tan maltratados en su vida, y eso que había sido pisoteado por gente inmunda en esta vida. La velocidad de sus ataques iban en crescendo mientras que los pies de Amads se enredaban entre ellos. Soltando una maldición, cayó al suelo de espaldas, su respiración agitada y su boca seca de tanto jadear. El Estrella detuvo sus ataques y se tomó un momento para observarlo desde arriba.
-Eso fue rápido. -se limitó a decir en un tono plano.
-Eso parece… ¿eh? -escupió.
Los ojos plateados de Johnson se ocultaron detrás de sus párpados entrecerrados, no le había hecho gracia su comentario.
-La actitud de renegado no va a llevarte muy lejos aquí. -le hizo saber- En el Instituto se trabaja en equipo y se respetan los rangos.
-¿Y se supone que eres mi superior? ¿Eso tratas de decirme?
No pudo evitar el tono mordaz, tenía problemas con la autoridad desde pequeño. Nunca había aprendido a cerrar la boca en los momentos adecuados, pero también lo había sacado de muchos apuros. Era un don y una maldición, inherente a él.
-Tengo entendido que eres un caballero. -mencionó- ¿Es eso así?
El árabe sabía que no necesitaba una respuesta, todos conocían todos los detalles acerca de su vida allí. Sin embargo, tal como esperaba el tutor de las Estrellas, asintió en respuesta.
-Tú ya tienes una superior, es a ella a quien debes obedecer.
Amads frunció el ceño, confundido. Él pareció comprender, porque procedió a explicarse.
-Tomoyo es una invitada del Instituto, no así tú. -y continuó- Estás aquí por petición suya, el director Paz le concedió la única cosa que ella solicitó. -le enseñó dos dedos- Recibir a sus dos compañeros, tú y el mago. -frunció el ceño- Tu rebeldía sólo repercute en detrimento a tu ama, es ella a la que perjudicas cuando rompes las reglas y blasfemas sobre esta institución.
El guerrero retrocedió dos pasos y observó al resto de sus pupilos, quienes escuchaban atentamente la conversación de ambos.
-El entrenamiento ha acabado por hoy, pueden marchar. -se volvió hacia el árabe que estaba recostado en el suelo- Duerme bien esta noche, mañana deberás presentarte en la cocina a las cinco de la mañana para comenzar con tu castigo.
-¿Durante cuánto tiempo? -preguntó en un murmullo bajo.
-Según Ailén, -y allí el árabe notó un tono burlón- indefinidamente. -sacó un paño de su bolsillo trasero y se lo arrojó directamente sobre el rostro- Ten más cuidado con a quien haces enfadar.
…
Les había tomado todo el día, pero al fin habían terminado de redactar la propuesta que le ofrecerían al gran Concilio de magos.
-Lo ha hecho bien, señorita Daidouji. -ofreció Paz- Mañana estarán aquí los miembros restantes de la mesa, tendrán tiempo para discutir los últimos detalles.
La sensación de satisfacción y alegría fue desplazada por una de extrañeza y confusión.
-¿Cómo?
Se alejó del escritorio en el cual habían estado trabajando y en el cual descansaban los manuscritos y los borradores que habían estado produciendo a lo largo de toda aquella semana que ella llevaba de estadía. Paz se encontraba en la otra punta de la habitación, sus ojos vagando por el gran ventanal con vista a las lejanas residencia sendero abajo; ella lo siguió de cerca.
-Creí que no había podido comunicarse con Luciana. -le recordó.
El hombre dudó, pero compartió sus pensamientos con ella.
-No utilizaría la palabra comunicarse, para ser exactos.
Eso sólo la confundió más. El hombre negó para sí e hizo una ademán hacia la puerta.
-Mañana por la mañana podrá verlo con sus propios ojos. -soltó en medio de un suspiro- Debe estar agotada, descanse. -recomendó- Es algo tarde, pero si corre, llegará a cenar un plato caliente.
Y, con una sonrisa, el director le dio la espalda y volvió a centrar su entera atención hacia el eterno amanecer que se extendía por los cielos. A regañadientes, ella se marchó.
-Buenas noches.
Cerró la puerta tras de sí, sólo quería una ducha caliente y dormir hasta que sonara el despertador. Ni siquiera distinguió las formas de aquellos que pasaban a su lado, sus ojos se mantuvieron al frente y su mente a kilómetros de distancia. Llegó a las duchas y arrastró la modesta cortina para cubrir su desnudez de cualquier otra mujer que estuviera en las duchas. Dejó que el agua caliente enrojeciera su blanquecina piel y desentumeciera sus cansados músculos.
No era extraño, pero sí preocupante, que Luciana se hubiera desvanecido de la faz de la tierra. Había intentado comunicarse con ella, pero no daba señales de respuesta alguna. Estudiantes habían sido enviados a las casas de seguridad que mantenían lazos con el plano del Pilar, pero las barreras no cederían ni siquiera ante los enviados del Instituto. Paz había estado enfadado, pero no había gastado demasiadas fuerzas en ello; ambos siguieron adelante con su trabajo y el Puente dejó de esperar que la rubia llegara para unirse al trabajo.
Otro de los grandes interrogantes era el paradero del nuevo Pilar del Cielo, Evan. Su nombre era la única pista que ella había recibido de Paz. Estaría bajo la tutela del director, se suponía, pero ella había pasado casi todos sus días al lado de éste y ni siquiera el susurro de su nombre había oído en esos momentos.
No importaba, de todas formas ella seguiría adelante con ello. Y siguió, no volvió a dedicarle un pensamiento a ninguno de sus supuestos compañeros hasta que el director los mencionó minutos atrás. De sólo pensar en el estado deplorable en el que se encontraría la rubia le daba jaqueca.
Secó su cuerpo con una toalla limpia y volvió a colocarse sus ropas usuales, el uniforme que le había sido entregado. Al contrario de su caballero, ella no tenía objeción. Había vestido camisas y faldas toda su vida, no representaba nada nuevo en su guardarropa habitual. Al llegar a su habitación lo cambiaría por su pijama y dormiría a penas tocase la almohada. Quitó de su cabello todo el exceso de humedad que pudo y volvió a recorrer los pasillos interminables del edificio Plata, subió los peldaños con cansancio y abrió la puerta de la que había sido asignada como su habitación; ni siquiera se molestó en reparar en la figura de Amads sentado junto a esta, tampoco cuando la siguió al interior.
-Dulce… -comenzó diciendo él y ella lo ignoró- Tengo que hablar contigo, dulce.
Abrió los cajones de su mueble y sacó su pijama de dos piezas, tomó su cepillo y comenzó a cepillar su cabello frente al tocador; sus ojos evitaron los del árabe a como dé lugar.
-No tienes que recordarme que fui un idiota, Tomoyo. -habló él- Me di cuenta, ¿sabes?
-No, no lo sé. -dijo al fin- ¿Puedes irte? Quiero cambiarme y dormir.
Ante la frialdad de sus palabras, él frunció el ceño.
-No debiste disculparte. -masculló entre dientes mientras evitaba el amatista indiferente de su mirada.
Pasaron algunos segundos antes de que Tomoyo respondiera a su acusación, algo de su cansancio se filtró entre sus escuetas palabras y su tono distanciado.
-Alguien debía pedir perdón. -y agregó:- Y, por lo visto, ese no ibas a ser tú.
Tomoyo esperó hasta que él volviera a encontrarse con sus ojos para señalarle la puerta, la orden silenciosa de que se marchara de su habitación.
-Pero, dulce-
-Estoy cansada. -le hizo ver ella- ¿Puedes ir a tu habitación? Quiero dormir, Amads… -dijo y soltó un gran suspiro. Sus cansados ojos observaron a su caballero por unos segundos más antes de volver a darle la espalda.
Un minuto más tarde, volvió a estar sola.
…
No había dormido mucho, había dado vueltas por su habitación y recapacitado acerca la molestia que estaba siendo en este mismo momento. Cuando su despertador comenzó a sonar habían pasado cuatro horas desde que se había desplomado en su cama. Se colocó los pantalones oscuros que eran parte del uniforme que debían utilizar durante su estadía, la camisa blanca se la colocó sobre su remera sin mangas oscura y arremangó las mangas hasta sus codos. Ni siquiera se molestó en intentar anudar la maldita corbata, se colocó sus tenis y salió de su cuarto. Cuando pasó junto al cuarto de Tomoyo dudó, pero al instante se rindió y siguió con dirección a su nuevo destino: la cocina.
Habían dejado una nota en la puerta de su habitación con las indicaciones sobre su nuevo itinerario, sus mañanas estarían divididas entre la cocina y el campo de entrenamiento. Por la tarde, el lavadero. Sí, al parecer no había bastado con trabajar en la cocina, también debía de trabajar en el lavadero.
Observó el brillante sol del amanecer al pasar junto a una de las ventanas del extenso pasillo del edificio Plata, allí era el único paisaje disponible y -para ser sinceros- era sumamente aburrido. Era increíble como la constante del mismo espectáculo natural arruinaba la magia, el astro rey permanecía siempre en el mismo lugar, con la misma fuerza y el mismo brillo… comenzaba a extrañar las noches estrelladas o los coloridos crepúsculos. Muchos misterios envolvían al Instituto, como el porqué del tiempo detenido, el paradero de los habitantes del edificio Oro o porqué sólo Paz era el único adulto allí.
No había mucho movimiento en aquél momento. Claro, los horarios de todos eran distintos y comenzaban y terminaban en distintos momentos, pero aún así. Su nuevo horario debía ser uno de los primeros, sino es que el primero de todos, en comenzar.
Abrió las pesadas puertas dobles y arrugó su nariz al encontrarse con una gran pila de alimentos: sacos de harina, sacos de arroz, cajones de fruta y botellas de leche, semillas y bolsas de té.
-Así que vos sos el nuevo, che. -saludó una voz femenina desde su izquierda.
Era una joven de cabello y ojos oscuros, sus ropas estaban protegidas por un impecable delantal negro. Una red transparente mantenía su cabello cautivo y unos guantes descartables enfundaban sus manos. Frunció el ceño ante el extraño acento, no pudo reconocerlo.
-Menos mal que llegaste temprano, porque acá no nos gustan los vagos, eh. -y negó con su dedo índice frente a su rostro- Acá se labura, pibe. -chasqueó su lengua y volvió sobre sus pasos- ¿Cómo te llamás? -inquirió mientras rebuscaba dentro de un pequeño placar- ¿De dónde sos?
Cuando la joven volvió a estar frente al árabe, cargaba en sus manos un delantal idéntico y un par de guantes. Se lo tendió y él los tomó deprisa.
-Tu nombre. -repitió ella cuando él no respondió.
-Soy Amads. -dijo, al fin comprendiendo sus palabras- Disculpa, no logro entender mucho de lo que dices. ¿De dónde eres?
Las puertas volvieron a abrirse antes de que ella pudiera contestar su pregunta. Esta vez el extraño era un varón, su cabeza rapada y sus ojos marrones oscuros le dieron una apariencia dura, sus ropas perfectamente acomodadas solo acentuaron esa primera impresión por parte del caballero.
-¿Han traído los melocotones? -inquirió en un tono severamente profundo. La muchacha se limitó a negar- Está bien, ¿tienes la lista de hoy? -la joven asintió y se apresuró a tenderle un pisapapeles que se encontraba apoyado sobre un cajón de naranjas, el extraño se limitó a leerlo con calma.
Ignorando la presencia de Amads, el extraño pasó junto a él y procedió a buscar un delantal para sí mismo mientras seguía leyendo el contenido sujeto al pisapapeles. Una vez que pareció finalizar su tarea, volvió sus ojos hacia Amads.
-Eres el enviado de Ailén. -no fue una pregunta- ¿Sabes cocinar? Algo comestible. -especificó antes de que pudiera responder- No podemos desperdiciar los recursos de aquí, no te vas a acercar a una cocina al menos que sepas lo que estás haciendo.
Frunció el ceño, él sabía que la comida no podía desperdiciarse, había pasado hambre desde que tenía memoria.
-Sé cocinar. -aseguró con firmeza- No debes preocuparte por eso.
-Mi trabajo es exactamente ese, preocuparme por lo que haces aquí. -aclaró con la misma voz autoritaria. Le devolvió el portapapeles a la joven y se acercó hacia él- Soy Jeremías. -se presentó mientras le tendía la mano, el árabe la estrechó con fuerza y Jeremías le dio un tirón para acercarlo a un palmo de su rostro- Soy el que está a cargo por el momento, así que será mejor que entiendas desde ahora que aquí trabajarás de forma eficiente. Esto no es un salón de descanso, aquí trabajarás duro y sin molestar a los demás. -hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran en la cabeza de Amads- ¿Soy claro?
¿Por qué todos allí parecían tener esa maldita actitud de has-lo-que-te-digo? Amads estaba comenzando a fastidiarse.
…
Faltaban cinco minutos para que sonara su alarma cuando abrió los ojos, se dio la vuelta y se quedó observando el techo durante esos cinco minutos. Mañana se presentaría frente a los aquelarres, sería su primera aparición desde el ataque en el Valle, todos estarían esperando una voz valiente y contundente que marcara el camino, que señalara los problemas y ofreciera una solución. Miles de personas -nerviosas, esperanzadas, escépticas- estaban esperando oírla a ella, Tomoyo Daidoiji, dieciséis años, Puen Tum.
La alarma sonó y se levantó de manera automática, se vistió y alistó para bajar al desayuno, se estaba muriendo de hambre.
Se sentó junto a Eriol y Espinel, remendó su sonrisa y les brindó un saludo cálido a cada uno.
-¿Cómo has estado? -quiso saber el peluche y, con un puchero, agregó:- Casi no te vemos.
Nerviosa.
Perdida.
Atemorizada.
-Ocupada. -respondió- He estado muy ocupada, lo siento. -se disculpó y comenzó a comer su desayuno.
-Estás arriba más tarde de lo habitual. -observó Eriol- ¿Hoy no te reunirás con Paz?
Terminó de masticar su ensalada de frutas y respondió.
-Hoy nos reuniremos más tarde de lo habitual. -Eriol enarcó una ceja, ella aclaró su duda- Ahora mismo debe estar reunido con alguien más. -sus cejas se arrugaron entonces, quiso reírse ante su obvia curiosidad- Evan, sino recuerdo mal su nombre. -y, sólo para extender el misterio, dejó una leve pausa entre oración y oración- El nuevo Pilar del Cielo.
Sí, ella había puesto exactamente aquella expresión cuando Paz le había informado hace algunas horas.
-¿Entonces era cierto? -chilló el peluche por lo bajo- Creí que había sido una pequeña mentira. -admitió- Para calmar a todos, para que la mesa esté completa.
-Si esta mesa iniciara con mentiras, sólo estaría marcando su propio fin. -comentó el de lentes, serio- Paz no sería tan tonto como para hacer una cosa así. -frunció el ceño- Se supone que el nuevo Pilar aprendería junto a ti, por Paz.
-Yo también tengo mis preguntas. -fue lo único que dijo respecto al tema.
-¿Y Luciana? -inquirió, entonces.
Se ahogó con su vaso de leche, se apresuró a tomar una servilleta y limpiar su barbilla. Pudo sentir los ojos de Eriol sobre su rostro, su atención al ciento por ciento.
-…ella también está aquí. -dedujo al instante.
-O eso se supone. -agregó ella por lo bajo.
-Eso explicaría porqué hay más seguridad alrededor del edificio Central. -dijo él.
-Y la tensión en el aire. -murmuró Supi- Todos están nerviosos… tensos.
Sí, ella misma se encontraba de aquél modo. Y, si la seguridad se había reforzado, Paz también estaba nervioso.
-Me gustaría acompañarte.
Sus pensamientos fueron opacados ante aquellas simples palabras, su atención se centró en el inglés. Las manos de Eriol se hallaban entrelazadas debajo de su barbilla, sus ojos azules se encontraban oscuros y serios, su espalda firme y recta; estaba en guardia.
Ante su silencio, él continuó hablando.
-Se supone que mañana te acompañaremos a la reunión, de todos modos. -ladeó su rostro- No creo que haya problema en asistir a la reunión previa. -hizo una pausa, sus ojos se estrecharon- Claro, siempre y cuando todos nosotros nos comportemos.
Ella frunció el ceño, no había manera de que ella dejara que Amads asistiera a un reunión con Paz.
-Los modales siempre han sido lo tuyo, Eriol. -comentó mientras se levantaba de su asiento- No veo porqué no podrías asistir. -le regaló una sonrisa de agradecimiento. Él se la devolvió- Gracias. -murmuró mientras besaba su mejilla.
Antes de que las puertas del comedor se cerraran detrás de ellos, Tomoyo pudo observar por el rabillo de su ojo las miradas ansiosas de los estudiantes del Instituto, todos parecían saber algo que ella ignoraba. Supuso, por la mala espina que había tenido durante toda la noche, que se debía a la advertencia de Paz con respecto al Pilar. Cuando salieron del edificio Plata y se encaminaron al edificio Central, la sensación molesta detrás de su cuello comenzó a escalar. Tal como había observado Eriol, la seguridad había aumentado. A cada lado de la puerta se encontraba un familiar con forma de quimera y, a su lado, uno con forma humana y altamente armado. Cuatro guardias en total, cuando antes eran solo dos. Ninguno les impidió el paso, así que entraron sin problemas. En el interior del edificio se encontraba muy poca gente en su puestos cuando, generalmente, se encontraba abarrotado. Todas las mañanas Tomoyo era recibida por un bullicio de murmullos, de gente entrando y saliendo, estudiantes escribiendo informes en sus computadoras; hoy todos parecían estar fuera.
-Está aquí. -la afirmación escapó de sus labios.
Ailén y Johnson se encontraban resguardando la puerta de la oficina de Paz, fue cuando dedujo que era Evan el que aún se encontraba en el edificio. Si fuera su prima, ambos estudiantes no aceptarían abandonar los flancos de su preciado director.
-Espera un segundo. -pidió la pelimarrón- Le informaré al director de tu llegada.
Su figura se escabulló por la diminuta abertura que se permitió abrir, la espalda de Johnson se irguió más -si es que aquello era posible. Tanto misterio acerca de la identidad del nuevo Pilar llamó su atención, ¿cuál era el misterio? ¿Por qué tanto secreto? Creyó que, ahora, podría ponerle un rostro al nombre.
-Puedes pasar. -notificó la estudiante mientras mantenía la puerta abierta.
Antes de que pudiera dar un paso hacia el interior, una figura cruzó el umbral luego de que Ailén retomara su puesto de centinela. No podía afirmar que fuera mujer u hombre, no sólo por la capa color marfil que lo cubría de pies a cabeza o por la máscara que cubría su rostro. No, era por su figura menuda y pequeña. No pasaba el metro sesenta, al igual que ella, y su espalda era estrecha. Tuvo destellos un cabello albino, al igual que sus ojos turquesas brillantes. Se detuvo en su lugar, obstruyendo la entrada a la oficina de Paz, y sus grandes ojos estaban concentrados en los suyos.
-Puen-Tum.
El objeto era de color marfil, a juego con la piel expuesta de su cuello, runas y tribales habían sido trazadas cuidadosamente con tinta negra. La máscara cubría su rostro completamente, excepto por los orificios que dejaba entrever sus ojos brillantes, su pequeña nariz y el orificio en su boca que dejó que su voz se oyera fuerte y clara; pudo ponerle una voz al nombre.
-Así es. -afirmó- Y tú debes ser Evan, ¿estoy en lo correcto? -dio un paso al frente, con la intención de saludar, pero el enmascarado inmediatamente retrocedió dos pasos. Pestañeó, sorprendida.
Sin perder tiempo, Johnson se interpuso entre ambos y señaló las escaleras, indicando el camino al Pilar.
-Te escoltaré a la puerta. -informó- Por favor, adelante.-indicó.
El Pilar no dudó en avanzar entonces, sus pasos apresurados siendo seguidos de cerca por el ex estudiante Luna. Eriol los siguió con la mirada y, sin darse cuenta, dio un paso en su dirección, tratando de obtener otro vistazo del enmascarado.
-El director Paz los está esperando. -habló entonces Ailén- Por favor, pasen.
Ninguno de los tres se perdió el acto de la estudiante Estrella, igualmente avanzaron y se adentraron en la oficina del hombre. La puerta se cerró a sus espaldas y Paz dejó de acomodar las hojas dispersas sobre su escritorio para observarlos.
-Lamento la demora, tardé un poco más de lo que creí. -se disculpó- No obstante, sí pude adivinar que contaríamos con su presencia, joven Eriol. -le sonrió al mago, luego centró su atención en el Puente- Amads debe encontrarse ahora mismo en los campos de entrenamiento, ¿no es verdad?
Todos los allí presentes estaban al tanto del paradero del árabe, Tomoyo -por educación- respondió de todos modos.
-Así es.
-Qué bueno oír aquello. -asintió y procedió a sacar una carpeta del cajón superior de su escritorio- Nosotros también deberíamos ocuparnos de lo nuestro.
Tomoyo frunció el ceño, su paciencia tenía un límite. No quería desafiar a Paz cuando ella se encontraba en una posición de visitante, pero las cosas no estaban avanzando como el director había presentado.
-Antes de ello, quisiera que me aclarara una duda. -comentó en tono firme, no iba a retroceder- Varias, para ser sincera. -advirtió.
Los oscuros ojos del hombre de cabellos caoba se arrugaron en las esquinas, pero no la interrumpió de manera alguna. Tomoyo continuó.
-La persona con la que nos encontramos era el Pilar del Cielo, ¿no es así?
Antes de avanzar con la inquisición debía asegurarse de estar en la dirección correcta, el hombre asintió y ella siguió hablando.
-¿Por qué no se ha reunido con antelación para discutir el encuentro de mañana? -y, antes de que pudiera responder, agregó:- Si, como yo, debe ser entrenado para ocupar un lugar en la mesa, ¿por qué no comenzar organizando la presentación en conjunto? -frunció el ceño- No me quejo del trabajo duro, pero se supone que esto sería un trabajo en equipo.
-Tampoco veo a Luciana involucrada en la discusión acerca de los aquelarres. -observó Eriol con calma- Si esto será así desde un principio, no veo como pueda existir una unidad que maneje la mesa.
Dio un asentamiento en seco, de acuerdo con sus palabras, pero tomó algunos segundos más obtener una respuesta verbal por parte del director.
-Tienes razón, Tomoyo. -asintió una vez más- La carga debería ser compartida, deberían resolver y plantear los problemas como una unidad. Sin embargo, hay algunos… inconvenientes de los cuales no estaba al tanto. -admitió a duras penas- Evan, por su parte, resultó ser un ser más especial de lo estimado en un principio. Pido disculpas. -dijo de inmediato, sus palmas abiertas y hacia arriba- Por su parte, Luciana… bueno. -suspiró- Debí prevenir que no tomaría de buenas la noticia de Evan, su rápida asunción.
-¿Inconvenientes, a qué se refiere? -dio un paso en su dirección, preocupada- ¿Qué sucede con Luciana? ¿Dónde está ella?
-Bueno, como verán, Evan es…-intentó encontrar una palabra con la cual terminar su oración.
-Raro. -completó el peluche por él- Es súper raro.
-Supi. -murmuró Eriol por lo bajo, en reproche.
El director del Instituto frunció el ceño, pero con un aire pensativo alrededor de él.
-El joven Evan no nació para ser un Pilar, debes saberlo, Tomoyo. -volvió a hablar- Las… circunstancias han orillado a los Cielos a buscar un sucesor de último momento.
-Pero lo han elegido a él, ¿por qué? -quiso saber- ¿Por qué él, entonces, y no alguien más?
-Bueno. -volvió a asentir- No creo ser el indicado para revelar la respuesta a tu pregunta. -observó a los tres con seriedad- Lo justo sería oírlo del joven Evan.
-Con todo respeto, señor, parece que Evan no aprecia el contacto con Tomoyo. -mencionó Eriol- ¿Aquello no representa un problema? Me refiero a que se espera que compartan la mesa, el nuevo Consejo. -enarcó una ceja- Por no mencionar a Luciana. -entrecerró los ojos- Pero ya debe estar al tanto de aquello, ¿no es así?
-Hn. -murmuró por lo bajo y se irguió en toda su altura- Estoy trabajando en ello.
Tomoyo abrió la boca para volver a insistir sobre el paradero y la situación en la que se encontraba su pobre e inestable prima cuando la puerta fue abierta sin ceremonias y tres pares de pisadas avanzaron a toda marcha hacia el interior de la oficina y directo hacia la figura imponente de Paz. Era Johnson, lo acompañaban dos sujetos de espaldas anchas y brazos musculosos. Los colores blanco y negro de su uniforme revelaron su estatus de familiar. Si no le fallaba la memoria a Tomoyo, el de tez oscura y cabello al ras era Jairo y el de larga melena azabache y ojos ámbar era Larsson.
Paz frunció el ceño y observó el reloj de su muñeca, luego volvió su atención hacia los tres hombres de apariencia ruda.
-Lamento tener que interrumpir así, señor, pero ha llegado su próxima invitada. -anunció el ex Luna con el entrecejo arrugado- Espero instrucciones.
Tomoyo y Eriol también quisieron oír por ellas, semejante entrada sólo aumentaba los nervios de ambos. Luciana solía despertar actitudes bruscas y hasta combativas, pero ¿poner en semejante estado de nerviosismo al Instituto? ¿Con tan solo su presencia?
…
Esta vez no había ninguna piedra o guijarro con el cual distraerse a lo largo del camino hacia el campo de entrenamiento, solo él y sus pensamientos. Aquella mañana había vuelto a ser puesto en su lugar por los estudiantes fieles de Paz, tenía la sensación de que todos tenían sus ojos bien puestos en él y que aquello sería por un largo, largo, tiempo. Ailén, Johnson y, ahora, Jeremías. Todos parecían tan correctos y mandones, ¿es que acaso se tomaban en serio eso del Instituto? Tan correctos y aplicados.
-Bueno, bueno… -murmuró mientras verificaba la hora en su reloj de muñeca- Parece que subestimé a estos sujetos.
Observó a lo largo y a lo ancho del campo, pero no lo encontró en ninguna parte y, según su reloj, iba siete minutos tardes. Y luego le decían impuntual a él.
-¡Oye! -llamó alguien- ¡Tú, el nuevo!
Tal vez debería comenzar con las vueltas al campo, solo para matar el tiempo y no-
-¡Caballero! -volvieron a llamar, esta vez la voz se oyó a sólo unos pasos de distancia.
-Tengo un nombre, ¿sabes? -inquirió mientras a penas se volvía hacia el estudiante. Entrecerró sus ojos, desconfiado- Todos parecen llamarse por el suyo, no me molesta que usen el mío. -barrió al resto de los mocosos con una mirada seria- Soy Amads.
-Tío, lo de malote aquí no va. -le comentó sin maldad, más bien desinteresado- Para que sepas, solo nos vale el rango en el Instituto. Y, no lo tomes a mal, pero eres un forastero aquí. -soltó un escupitajo al suelo y guardó sus manos en los bolsillos de sus pantalones- A lo que iba. -negó, cambiando el tema con prisas- Hoy estamos por nuestro lado, así que sigue el paso o lo que sea. -se dio la vuelta y comenzó a reunirse con el resto- ¿Todos estáis listos?
-¿Por nuestro lado? -repitió por lo bajo, incrédulo- ¡Oye, gallego! -se apresuró a alcanzar al muchacho antes de que comenzaran con las vueltas de calentamiento.
El español, aquél acento era inconfundible para el árabe, se volvió hacia él, desganado. Su ceño fruncido debió haberle dado alguna especie de señal de 'cállate' o 'deja de molestar', pero, ¡qué mierda! Amads vivía para omitir esas señales.
-¿Cómo que por nuestra parte? -inquirió- ¿Dónde está Johnson?
Pero no fue el español el que respondió, fue un sujeto de tez más bronceada por los rayos del sol y rasgos más duros. Sus ojos oscuros y oscuros y su cabello grueso y rizado le hizo creer que podía ser de alguna parte de África. ¿Afroamericano? ¿Africano?
-¿No te ha dicho tu señora? -inquirió, su rostro demostraba clara confusión- Es código Rojo. -dijo como si eso explicara todo por sí mismo.
-¿Y eso qué mierda significa? -gruñó entre dientes mientras daba un paso más hacia el grupo de estudiantes- ¿¡Qué significa eso!? -repitió en un tono más elevado cuando nadie respondió la primera vez.
-Si no te lo han dicho es porque no necesitas saberlo, tío. -declaró el español mientras le indicaba al resto comenzar con el ejercicio.
Sus ojos cambiaron de café oscuro a amatista y, al segundo siguiente, estaba respirando detrás del cuello del gallego. Dos segundos después, estaba esquivando una puñalada certera a la altura de su pulmón izquierdo. Retrocedió unos metros, sólo para observar a su oponente. El mocoso tenía una pequeña pero afilada daga en cada mano, ambas de doble filo. Las falanges de sus dedos comenzaron a extenderse, sus uñas se alargaron y endurecieron, convirtiéndose en temibles garras mientras evaluaba una abertura en la postura de su enemigo.
-¿Seguro de lo que haces, tío? -inquirió- Estás superado en uno a veinte.
Sí, ya lo había notado, pero el plan era obtener respuestas, no enfrentarse al grupo entero como un idiota.
-Dime dónde está Johnson, gallego. -casi ordenó- Sólo quiero saber qué mierda está pasando, ¿sí? -sorbió por la nariz- Sólo eso, y me marcho. -prometió.
-Ya te han dado horas de castigo, hombre. -le recordó, su defensa aún levantada- ¿Eres masoquista, acaso?
Frunció el ceño, el maldito gallego no iba a soltar la lengua. La niebla comenzó a emanar de su cuerpo mientras el tono de su piel comenzó a oscurecerse, cinco fueron los valientes en lanzarse hacia él. Ninguno de los malditos soltaría una sola palabra, se dio cuenta entonces. Le daba el punto a Paz, todos eran malditamente fieles al viejo.
Con su cola consiguió sujetar a uno de los mocosos, tiró de su extremidad y lo arrojó diez metros a su derecha. El siguiente se acercó por su flanco derecho, una cuchilla dentada intentó rasgar su nueva y mejorada piel. Tomó la muñeca que sostenía el arma con una mano mientras intentaba asestarle un golpe duro en el estómago para dejarlo inconsciente, el maldito lo vio venir y se arrojó hacia un lado, pero eso le costó su muñeca. El crack de su hueso fue seguido por una maldición entre dientes. Se arrojó hacia adelante, rodando por el suelo con el mocoso debajo suyo para esquivar un tercer estudiante que vio una ventana para intentar un ataque por la espalda. Las rodillas huesudas del mocoso debajo suyo impactaron con fuerza sobre su abdomen mientras intentaba hacer palanca para liberarse de él. Volvió a rodar, quedando debajo del mocoso, mientras lo usaba de escudo contra el mismo tipo de antes. La duda volvió lento su ataque hacia el final, el caballero aprovechó aquella ventana para arrojar al mocoso contra el otro tipo, ambos cayeron al suelo en un embrollo de manos y piernas. Escuchó como algunos de los otros comenzaron a toser, los gases que su cuerpo había expulsado estaba comenzando a surtir efecto en algún que otro mocoso.
-¡Agh!
Se mordió la lengua mientras agujas se incrustaban en su brazo derecho, su cola dio un rápido latigazo, pero no dio con nada más que el césped. No tenía caso deshacerse de ellas, eran dos docenas de agujas.
Thud.
¡Detrás!
No retrocedió, al contrario. Tomó impulso y fue con todo en un fuerte embiste, llevándose consigo a dos de los mocosos.
Pero fue una trampa barata, lo supo cuando el frío del metal lamió la piel de su cuello, el frente y reverso. Debía darles el crédito, los malditos tenían los pies ligeros como una pluma.
-Libera la niebla. -ordenó.
Dejó de segregar la espesa niebla, unos segundos más tarde y podía ver el rostro de su oponente.
-No diste golpes mortales.
-¿Me creíste tan idiota, gallego? -masculló entre dientes.
-Soy catalán. -aclaró mientras alejaba el arma de su piel y retrocedía unos pasos en reversa, poniendo unos tres metros de distancia- No gallego.
-Lo tengo. -se limitó a decir mientras los otros seguían sus pasos y retrocedían, alejándose de él pero sin bajar la guardia o enfundar las armas.
Pestañeó y sus ojos volvieron a su tono de siempre, maldijo en su interior por no haber podido intimidar a los mocosos. No, no había sido serio. Obvio no. Pensó que podría intimidar a los ingresantes con su forma mejorada y algunos golpes suaves, claramente los subestimó.
-Creo qu-
Se detuvo a mitad de su oración, giró su cuerpo ciento ochenta grados, hacia el Oeste. Allí.
-¿Pero qué mierda? -escupió por lo bajo.
No fue el único en percatarse, muchos de los novatos se volvieron en la misma dirección con expresiones duras y preocupadas.
-Ya está aquí. -fueron las palabras que escaparon de los labios del catalán.
-…¿Puedes sentirlo, Nico? -inquirió alguien por lo bajo, su voz un decibeles más agudos.
El catalán asintió una sola vez, Amads también podía sentirlo.
"¿Tú también quieres jugar?"
Habían pasado poco más de dos años desde la última vez que había sentido aquella sed de sangre, de matanza y carnicería descontrolada.
"Si te corto, sanarás. ¿Verdad?... Después de todo, eres un siervo. Un demonio en el cuerpo de un humano"
-La reina Roja está aquí. -murmuró alguien, pero no pudo decir quién.
Frunció el ceño, no era la primera vez que oía aquél apodo. ¿Dónde lo había oído antes?
No importaba, debía moverse.
-¡Oye!
Sus ojos volvieron a cambiar de color, su velocidad mejorada hizo que llegar a las puertas de la Central tomara un minuto. Su sentido del olfato no era del otro mundo, pero ciertamente no era el de un humano. Humo, olfateó, rancio y pesado humo. El más leve rastro de sangre, le alarmó que, aunque leve, fuera bastante oxidado. Era un rastro viejo, tal vez seco, pero había sido mucha en su momento. Sólo se encontraba un único guardia en la puerta de entrada, el cual le bloqueó la misma.
-Tú no. -fueron las secas palabras del guardia.
-¡Tienes que estar de broma! -gruñó, los nervios a flor de piel- ¡No voy a dejar a Tomoyo allí, sola con esa… esa desquiciada! -escupió.
-Nadie más entra. -fueron las palabras del familiar con forma quimérica.
Era grande, como todos los demás, maldita sea. La enorme cabeza negra de toro, con los cuernos afilados y blanquecinos saliendo de sus sienes, sus grandes ojos carbón estaban entrecerrados con una clara advertencia brillando en ellos: nadie iba pasar por las puertas que estaba custodiando. El caballero se acomodó en una posición de batalla sin apartar la vista de los ojos del familiar. Sus patas traseras -parecidas a las de un burro- se arrastraron por el suelo, preparándose para una fuerte embestida. Amads sentía como su cuerpo aumentaba unos cuantos grados, como el fuego bullía desde dentro hacia afuera.
'Los ojos vacíos contrastaban con la sonrisa juguetona, eso era lo que más lo aterraba de ella: ¿Podría sentir algo cuando desatara el infierno sobre su cuerpo? ¿No sentiría nada al separar sus extremidades de su cuerpo? ¿La sangre que cubriría su cuerpo no despertaría emoción alguna?
Amads temía averiguar las respuestas a aquellas preguntas'
-Mis órdenes son deshacerme de todo aquél que intente cruzar estas puertas. -advirtió a la vez que bufaba a través de sus grandes fosas nasales.
Separó más sus piernas, no podría evitar el ataque directo así que sólo le quedaba resistir el impacto del embiste. Cambió su centro gravitacional, inclinó su torso hacia adelante y sus brazos separados de sus costados; debía evitar ser alejado tanto como pudiera de las puertas. Si sólo Taurus -recordó el nombre del familiar- estaba en las puertas eso significaba que el resto debía estar cerca de Paz, preparados para detener a Luciana y mantenerla vigilada. Si sólo era Taurus, sólo debía alejarlo de las puertas y escabullirse.
Lo tenía, él podía con esto.
Se lanzaron al mismo tiempo, quiso probar tirar del familiar consigo e intentar alejarlo; la fuerza del embiste le quitó el aire de los pulmones y fue cuando se dio cuenta que no podría moverlo demasiado si se trataba de usar fuerza bruta. Se sujetó de la enorme cabeza de Taurus para no volar por los aires, sus pies dejaron marcadas las huellas del arrastre. Su enemigo sacudió su cabeza una-dos-tres veces y debió deshacer el agarre, tomó distancia de él y recuperó el aire.
¡Maldita sea! ¡A penas había hecho un movimiento y ya le había quitado el aliento!
Su oponente aguardó a su próximo movimiento, parecía que esperaba que Amads se marchara por su cuenta. ¿Tendría órdenes de no matarlo?
Al diablo, él iba a entrar a como dé lugar.
Retrocedió unos pasos, Taurus debió creer que iba a rendirse porque retrocedió dos pasos, acercándose hacia las puertas otra vez. Fue entonces cuando volvió a usar su velocidad mejorada, comenzó a zigzaguear, el familiar volvió a bufar y se preparó para una nueva embestida. Mantuvo un patrón constante para que Taurus supiera -creyera- dónde iba a ser su próxima parada, fue entonces cuando el enorme familiar intentó su embestida.
Amads no aterrizó a su izquierda, tampoco siguió recto en el flanco derecho de Taurus. No, con un gran salto pasó justo sobre el enorme cuerpo quimérico de Taurus y embistió las puertas del edificio central.
Juego de niños, pensó el árabe mientras su codo hacía contacto con las puertas.
No pasó un solo segundo antes de que fuera arrojado en dirección contraria. Rodó algunas vueltas por el césped, pero logró ponerse de pie de inmediato, guardia arriba hacia el nuevo centinela que resguardaba las puertas.
-Por favor, vuelve a tus actividades programadas. -acomodó la montura de sus lentes por sobre el puente de su pequeña nariz- Tenemos un código Rojo, nadie puede ingresar al edificio Central.
No recordaba su nombre, pero la había visto una vez en sus rondas de vigilancia. Aquella pequeña niña de lentes lo había arrojado por el aire sin mucho esfuerzo, increíble.
-No me importa. -escupió- Voy a ir al lado de Tomoyo. -frunció el ceño cuando notó que Taurus volvía a prepararse para una nueva embestida- Deberán matarme si quieren detenerme. -les advirtió mientras les enseñó sus garras.
La pequeña frunció el ceño, abrió la boca y pareció que iba a comenzar un nuevo discurso-
Crash.
¡Izquierda!
Corrió hacia el flanco izquierdo del edificio, de donde provino el sonido de los vidrios rotos.
-¡Alerta Roja! ¡Tenemos una fuga en la seguridad! -oyó chillar a la niña.
Luego de eso escuchó como las puertas eran abiertas abruptamente, pero él ya había encontrado una nueva entrada. Tuvo que dar dos saltos para llegar al tercer piso, se escabulló por la abertura recién abierta y una sensación de deja vu lo atrapó.
'Su camisa estaba hecha girones, sangre manchando su pecho. La herida ya estaba cicatrizando, Kaios no estaba tomando posición de su cuerpo pero aún así lo mantenía resguardado. Observó al caballero retener a la rubia, sus grandes manos luchando ferozmente para no perder el agarre sobre sus pequeños brazos. Ella se retorcía, luchaba viciosamente sobre su agarre mientras sus dedos goteaban sangre. Su sangre.
-¡Llévatela de aquí! -ordenó él- ¡Vuelve cuando puedas controlarla mejor! -espetó y le hizo una seña a sus sirvientes para que abran las puertas de su hogar.
Kamuy siguió tirando del pequeño cuerpo de Luciana hacia la salida, pero la rubia seguía enfrascada en probar un bocado de Amads. Sus blanquecinos dientes estaban expuestos en su sonrisa demoníaca, su lengua jugando con el filo de estos mientras sus ojos se aferraban al pecho ensangrentado de Amads'
Esta vez era su rostro el que lucía indiferente, mientras que sus ojos brillaban con odio puro.
…
Llevó una mano hacia su oído para oír con mayor claridad.
-La reina Roja ha llegado. -informó Amanda desde el centro de comando.
Cruzó miradas con Johnson, ella había llegado antes de lo planeado. Aún así, ellos estaban preparados.
-Todos asuman posiciones de inmediato.
No necesitó observar por el pasillo para saber que Jairo y Larsson estaban acercándose a toda marcha, ellos -junto a Johnson- debían ser la escolta del director en todo momento. Los últimos informes que habían logrado escarbar desde Oro había dejado a toda la fuerza inquietos, el Pilar del infierno se encontraba mentalmente inestable. Para variar.
-Tenemos al jefe asegurado. -informó mediante el micrófono de su manga mientras el trío ingresaba a la oficina de Paz.
-Copiado. -volvió a hablar Amanda- Ve a la puerta subterránea, el paquete está ahí.
Ailén bajó los escalones de dos en dos, Luca y Macarena estaban aguardando en la planta baja, ambos Luna resguardando las puertas que conducirían a Luciana al exterior. Las puertas que no debía cruzar bajo ningún motivo. Ella giró a la derecha y caminó hacia el final del pasillo, la pesada puerta de color cobrizo estaba abierta. Víktor y Frank, ambos familiares con forma humana, estaba recibiendo a la reina Roja.
-Paquete recibido. -informó antes de asentir a ambos hombres.
-Estamos en código Rojo. -ratificó Amanda- No quiero una sola fisura en el operativo de seguridad.
Nadie respondió, todos sabían cuáles serían las consecuencias de fallar aquí y ahora. El edificio Oro estaba vacío, Amanda era la única que quedaba de los Superiores y todo estaba a manos del edificio Plata, de los Luna y Estrella que conformaban los equipos en servicio. Las órdenes eran claras: Luciana debía permanecer dentro de Central en todo momento, no podía bajar por el exterior. Además, la principal prioridad era el director, debían mantenerlo a salvo de posibles ataques por parte del inestable Pilar.
-Por aquí, sígueme por favor. -le dijo a la rubia.
Sus ropas estaban en mal estado, jirones y enormes manchas de sangre seca. Sus brazos desnudos estaban salpicados de hollín al igual que su cabellera dorada. No necesitaba sentidos desarrollados para oler el humo, aunque el olor a sangre se lo confirmaron por el auricular.
-Huele a sangre, un rastro viejo.
Aquello fue informado por Tyrone, la enorme quimera con cabeza de león se hallaba cubierta en el primer piso.
Los enormes ojos rojos brillantes del Pilar la observaron por unos largos segundos antes de que ella diera un paso fuera de la habitación en la que había abordado. Estaba descalza, se dio cuenta entonces. Sus pequeños pies se encontraban increíblemente sucios. Huellas negras, producto del hollín, fueron marcadas en las baldosas blancas del suelo.
-El director te verá en su oficina ahora. -informó.
La visita de Luciana debía ser rápida y limpia, debían despacharla del Instituto lo más pronto posible.
Comenzaron a subir los tramos de la escalera, Ailén lideraba el camino mientras Luciana la seguía a unos cinco escalones de distancia. El Pilar tenía los ojos fijos en el suelo, ni siquiera parecía estar consciente de ella o de los dos familiares que la seguían de cerca a sus espaldas. Si se dio cuenta de toda la seguridad que los estaba resguardando desde las sombras, no estaba segura, Luciana no dio pista alguna. Las puertas de la oficina estaban abiertas, ella siguió hasta alcanzar el escritorio de Paz. Johnson estaba a la derecha de Paz, Jairo y Larsson cubriendo su espalda, ella aseguró su lugar a la izquierda.
-Lu…
Tomoyo estaba sorprendida, sus ojos no abandonaban el rostro salpicado en sangre -ya seca- en el rostro de su prima. Observó que no dio un paso para deshacer la distancia que las separaba, así como aquél mago que se acercó más a ella.
-…enviaste gente por mí.
Su voz salió ronca, seguramente por la falta de uso, la deshidratación. Sus ojos abandonaron el suelo y se centró en Paz.
-Aquí estoy. -abrió sus brazos, sus palmas abiertas hacia arriba- ¿Para qué me quieres? -lentamente su entrecejo se fue arrugando- ¿Tienes una utilidad para este cuerpo?
-Lu. -la voz de Tomoyo salió rota, angustiada.
-…¿Tienes una misión para mí? ¿Un propósito? -siguió inquiriendo con insistencia- ¿¡Harás uso de mí!?
Su mano encontró de inmediato el arma escondida en la pretina de su pantalón, pero sólo llegó hasta allí. Aún no era hora de luchar.
Además…
-Me gustaría hacer un buen uso de usted, sí. -admitió Paz- Aunque creo que tenemos una idea diferente del campo en el que debe trabajar, joven Pilar.
Una risa cantarina brotó del pecho de la rubia, sus ojos brillantes abiertos de par en par y sus dientes expuestos en medio de su carcajada. Su voz seguía siendo ronca, agrietada.
-Yo soy un arma. -le recordó, en ningún momento lo dijo con mala intención o desagrado. Lo contrario, lo dijo con aceptación, pero sin sonar resignada al respecto- Las armas sólo servimos para una cosa. -le enseñó sus palmas, la sangre y la mugre se aferraban a ellas, formando costras- Si vas a usarme será para matar, sólo eso puedo hacer.
-¿De qué estás hablando, Luciana…? -preguntó su prima- Esa sangre… ¿Dónde has estado? -exigió saber- ¿Qué has estado haciendo? -frunció el ceño, enojo y preocupación mezclándose por igual.
Esa era una buena pregunta, concordó Ailén en su mente. Oro tenía sus ojos en todos lados ahora mismo, todos habían salido disparados del Instituto en cuanto el Consejo cayó, estaban vigilando y tomando nota de las reacciones y las posibles amenazas. Los informes se estaban amontonando, pero todos estaban siendo seguidos con cuidado especial. Días atrás, poco antes de que los forasteros llegaran a su hogar, un informe había sido entregado con urgencia. Kamuy Dearest y Camille de Featt habían ingresado al Zoológico, la bruja al borde de la muerte. Los intentos por contactar con el Pilar habían sido todos infructuosos, se sumó uno más uno y el resultado fue dos. Un escuadrón fue enviado para hacer contacto con Luciana, recién anoche habían obtenido una respuesta. La rubia abrió las puertas de una de sus casas de seguridad, la que estaba siendo vigilada, e invitó a los intrusos a transmitir cualquier mensaje que tuvieran para ella.
-…puedo olerlo. -murmuró por lo bajo, sus ojos cerrándose por unos segundos- Estuvo aquí. -volvió a abrir sus ojos, el aire a su alrededor comenzó a viciarse con un aura demoníaca. La sed de sangre era palpable para todos allí.
-Mantenga la calma, por favor. -ordenó el director con voz autoritaria- De nada servirá culpar-
Llamas negras comenzaron a rodear el cuerpo de la rubia.
-¡Máxima alerta! -rugió Amanda por el auricular- ¡Todos listos para inminente ataque!
-Todavía debe rondar por aquí… -murmuró, sus ojos inspeccionando la habitación.
El joven mago tiró de Tomoyo, alejándola de las llamas oscuras. El guardián en su hombro se colocó delante de ambos en forma protectora, su cuerpo palpitando, conteniendo su verdadera forma hasta que sea necesario. Jairo y Larsson habían desenfundado sus armas, Johnson se había colocado delante de Paz como escudo humano.
-Señor… -escuchó el murmullo de Viktor desde la puerta, Frank a su lado obstruyendo la salida.
-¡Todo el mundo quieto! -ordenó el Puente, apartando al peliazul de su camino- Eso también va para ti, Luciana. -advirtió, pero la rubia parecía no escucharla, porque las llamas siguieron rodeando su cuerpo como una manta protectora- Necesito que desaparezcan las llamas, Lu. Sino, no podré acercarme a ti.
Fuego del infierno, pensó. Su escudo podría protegerla del daño, pero si las llamas lograban lamer sus piel desnuda, estaría en serios problemas. Todos lo estaban.
-¿Por qué nadie está haciendo nada? -inquirió alguien, seguramente Irina- ¡El director está-
-Seguimos en espera. -le recordó Amanda con autoridad- Las negociaciones son primero, conoces el protocolo.
Cruzó miradas con Frank, ella sabía que los familiares seguirían el protocolo hasta cierto punto. Su prioridad era la seguridad de Paz, pero el director priorizaba la continuidad del nuevo orden por sobre su propia seguridad; por eso Estrella y Luna estaba a cargo de su seguridad en esta ocasión, por eso ella y Johnson, junto con Jairo y Larsson, estaban en la primera línea: sus órdenes eran atacar si, y sólo si, su vida estaba en peligro absoluto. Antes que nada, él y Tomoyo deberían poder controlar al Pilar.
Esperaba de todo corazón que ellos pudieran mantener esto en palabras.
…
-Necesito que te calmes ahora, Lu. -dijo entre dientes- ¿Entiendes eso?
Las llamas retrocedieron de su cuerpo en cuanto dio un paso hacia ella, aún perdida en su propia mente Luciana no quería hacerle daño y ella estaba conmovida por ello. Los ojos de ella se centraron en los suyos, brillantes y desenfocados.
Dolor, profundo y ardiente dolor fue todo lo que pudo leer en su alma. Y el dolor hacía que Luciana actuara en piloto automático, ella estaba buscando sangre. Ella estaba buscando a Evan, se dio cuenta entonces. El alma de Luciana buscaba a Evan, el Pilar nuevo con el cual los cielos habían reemplazo a su difunta hermana de inmediato.
Dolor, Luciana estaba dolida. Sentía que su hermana había sido traicionada, que le habían faltado el respeto tan fácil y sin dudarlo.
-…él estuvo aquí. -repitió la rubia.
Evan, ella estaba buscando a Evan; se dio cuenta de inmediato. Una sola mirada hacia Paz le hizo saber lo que necesitaba, el nuevo Pilar ya se encontraba fuera del Instituto y, si ella había aprendido algo sobre Paz en la última semana, él y Luciana no coincidiría jamás mientras el director no lo considerara seguro.
-Sí. -aceptó, captando su entera atención- Pero él ya no se encuentran aquí.
-¡Pero él sabe dónde está!
La sonrisa bribona en el rostro de su prima, combinada con la mirada segura en sus brillantes ojos rubíes, no aseguraban nada bueno mientras se volvía hacia el hombre de traje oscuro. La seguridad se acopló perfectamente contra el cuerpo del hombre mayor, las armas dejaron de ser ocultadas y estaban a plena vista, aquello no fue problema para Lu.
-Sabes que no van a decirte dónde está. -fue Eriol quien habló, aunque su prima ni siquiera pestañeó en su dirección. Él siguió hablando- Muerto no nos sirve de nada, tú tampoco, Luciana.
El movimiento fue demasiado rápido para seguirlo, fue una suerte que nadie saliera lastimado cuando la mini bola de fuego atravesó el gran ventanal y el vidrio se partió en mil pedazos. La gente de Paz no se movió ni un solo centímetro de su lugar, aunque no podía afirmar que fuera por falta de ganas.
-¿Quién dice que seré yo la que muera? -inquirió, divertida por la situación actual. Si había alguien que disfrutara de causar un ambiente tenso, esa de segura era su adolorida y desquiciada prima.
-¡Luciana! -exclamó, colérica- ¡¿Qué te sucede?! ¿Te das cuenta de lo que estás insinuando? ¡Matar a Evan no solucionará nada! -podía sentir sus mejillas hirviendo- Tú misma lo dijiste, la situación no está para más. El cielo-
-El cielo fue el que decidió que mi hermana no valía la pena. -la interrumpió. La diversión había abandonado su rostro, la furia volvió a hacerse cargo de su cuerpo- Hoy yo decido que ese estúpido no vale la pena, así que lo mataré con mis propias manos.
Centímetro a centímetro sus falanges se extendieron, sus uñas se engrosaron y tornaron afiladas; sus manos tomaron la forma de garras monstruosas que podían destazar lo que fuera. Se dejó encorvar hacia adelante, sus pies se movieron deprisa y su objetivo sabía lo que iba a suceder mucho antes de que Tomoyo pudiera formular una palabra de protesta, un ruego, una plegaria.
Allí fue cuando Amads hizo su entrada.
Su caballero se interpuso entre el escritorio de Paz y una Luciana con intensiones asesinas, ambos cuerpos chocaron y comenzaron a forcejear. El fuego envolvió las manos letales de Luciana y el olor a carne quemada le trajo un sabor amargo a la boca.
-Siempre supimos que su mente era débil. -comentó desde su flanco izquierdo- Su cordura se ha perdido, deberíamos acabar con su dolor.
-¡LUCIANA!
Sus pies estaban corriendo hacia ellos dos antes de que pudiera pensar en las consecuencias.
Rojo y negro inundaron su visión. Manos y brazos por doquier, había más de los que podía contar. Todo el mundo comenzó a tirar con todas sus fuerzas y las órdenes y gritos estallaron en sus tímpanos, pero todo era ruido sordo para ella. Visión de túnel, un ciclo que se repetía una y otra vez en su cabeza.
Su propia voz, sus labios cerrados.
-¿Cuándo aceptarás que Luciana no nos sirve más?
Su garganta ardió por el grito que sus cuerdas vocales transmitieron desde lo más profundo de su alma.
…
Una vez más estaba parada frente a su tocador, ¿cuándo aquello dejaría de abrumarla? ¿Se acostumbraría alguna vez a su nuevo hogar? Sería una malagradecida sino lo hiciera, decidió al fin.
Abrió el cajón de su cómoda y acarició el material de su cálida capa, nunca le había agradecido a Melek por remendarla y tallar las manchas de sudor y sangre. La colocó sobre sus hombros, el escudo del Instituto quedó cubierto por la tela oscura, todo su cuerpo quedó cubierto por ella. Podía estar en el Instituto ahora, podía hacer uso de sus instalaciones, de su red de contactos y aprender de su director; pero ella no era ni sería jamás una alumna del Instituto. Ella era un Puen Tum, era el último que quedaba de su especie y jamás podría pertenecer allí. O a algún otro lugar.
No, su padre le había enseñado -mediante sus memorias- que los Puentes pertenecían a la gente, al mundo. Siempre sentiría esa conexión hacia las personas, todo debido a su don de poder leer sus almas, pero jamás podría permanecer junto a ellos por demasiado tiempo. Siempre habría otros, siempre habría alguien más, un alma que necesite de su ayuda.
-¿Crees que puedes ayudarlos? -inquirió, esta vez era enojo, y no ironía, lo que teñía su voz- ¿Crees que basta con conocer lo que abruma sus almas? ¿Sus incertidumbres? ¿Sus temores?
Pudo ver por el espejo como sus ojos estaban encendidos, la amatista brillaba eclipsando el negro de su pupila. El sonrojo que abrazaba su cuello y escalaba por su mejillas no se debía a la vergüenza o a la temperatura, aquél rojo era un rojo furioso. Su contraparte estaba en serio enojada.
-¡NO SABES NADA! -exclamó- ¡No pienses que puedes ir por la vida de los demás y entender su-
-No te molestes en asustarme, porque yo ya estoy aterrada. -la interrumpió en su acalorado discurso, su voz serena y su temple calmado- Estás en lo correcto, yo no sé nada acerca de estas personas. No las conozco, no conozco nada sobre ellas.
La otra Tomoyo dejó su lugar junto al mueble y en dos zancadas estuvo respirando sobre su cuello, respiraciones rápidas y superficiales. Sus dientes apretados y sus ojos entrecerrados, sus manos hechas puños descansaban tensos junto a sus caderas.
-¡¿Entonces por qué sigues aquí?! -quiso saber-¿¡Por qué no huyes y le dejas el trabajo pesado a la gente correcta!?
-¿La gente correcta, dices? -inclinó levemente la cabeza hacia un costado- ¿Quién dice que son la gente correcta? ¿Quién decide quién es correcto y quién no lo es, para esta situación? -presionó.
-Sabes que las intenciones de Paz no son más que buenas y nobles. -le recordó, dando un paso atrás para recobrar el temple- Él puede con-
-Con buenas intenciones no basta. -volvió a interrumpirla- Aprendimos eso por las malas, ¿o no? -la observó con sus propios ojos brillando a través del espejo- Con buenas intenciones no salvas a la gente que amas. Con buenas intenciones puedes causar más daño. -entrecerró los ojos, desafiante.
-¡Tus buenas intenciones tampoco bastan! -gruñó de vuelta. La señaló, acusadora- ¡No serás distinta de Sakura cuando falles porque tus buenas intenciones no pudieron guiarlos!
Se dio la vuelta, el espejo quedo a sus espaldas y no se detuvo hasta estar a un palmo de distancia de aquél rostro idéntico al suyo.
-Lo seré. -afirmó, segura- Seré distinta, ¿sabes por qué?
La otra Tomoyo dejó escapar una carcajada sínica, carente de diversión.
-¿Por qué? -inquirió, siguiéndole el juego.
-Porque yo sí sé cuándo pedir ayuda. -hizo una pausa- Sé cuándo es suficiente, cuándo debo parar.
La sonrisa vacía fue perdiendo rigidez, plasticidad, hasta que se volvió una mueca en los labios de su otro yo. Sus ojos dejaron de brillar y desvío su mirada hacia otra parte, cualquier lugar que no fueran los ojos de Tomoyo.
Era hora, hoy era el día y no podía demorar más tiempo jugando con su dañada mente. Se dio la vuelta y comenzó su marcha hacia la puerta, debía reunirse con Paz e irse a-
-¿Cómo estás tan segura? -inquirió con seriedad- ¿Cómo estás tan segura de que no irás por el camino equivocado? -y agregó:- Sakura no supo que se movía entre sombras hasta que la luz se extinguió por completo, hasta que fue demasiado tarde para su alma.
Volteó su cabeza a un lado, su voz no titubeó cuando soltó sus siguientes palabras.
-Fácil. -aseguró- Yo no alejo a las personas de mi lado como Sakura. Entonces, serán ellos los que me alejen de las sombras que, estoy segura, querrán alejarme de mi objetivo.
La puerta se abrió y ella observó a Eriol y Amads. El primero de ellos tenía los labios entreabiertos, las palabras luchando por formarse en su boca. Su caballero, en cambio, tenía el ceño fruncido, su cuerpo tenso por las vendas ajustadas que abrazaban su cuerpo.
-Vámonos. -ordenó mientras se abría paso entre ambos.
No fue necesario volver la vista, sabía que la otra ya se había desvanecido y vuelto a resguardarse en su mente.
…..
Demasiado ansiosa como para esperar hasta noviembre, debo admitirrrrrr.
Primer capítulo, secuela de Reencuentros y Sorpresas, ¿alguien está igual de emocionado que yo? ¿No? ¿Sí? Déjenmelo en los comentarios.
Comenzamos con una perspectiva del grupo conformado por Tomoyo, Amada, Eriol y Espinel, quienes se mudaron con el Instituto para prepararse para ocupar en lugar en el nuevo Consejo. ¿Cómo ven al cuarteto? ¿Qué esperan ver de la convivencia de este grupo? Hay muchos nombres dando vueltas por ahí, pero sólo les doy un nombre a rostros que irán y vendrán entre los pasillos del Instituto, ya se darán cuenta de a quiénes hay que recordar y quiénes no.
No saben cuánto necesitaba volver a esta historia, no podía más…
¿Quiénes creen que aparecerán en el próximo capítulo?
Los leo, no se olviden de compartir sus emociones/dudas/consultas en los comentarios.
Ailu3
