Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.

Cantidad de palabras: 2,609.


Accidentalmente enamorados

por Onmyuji


I.


—¿Qué?

Un tic apareció en su ojo mientras la pregunta salió de su boca y sus manos se ponían sobre el mostrador, tratando de poner en evidencia su alarma. Le costaba tragar, el nudo en su garganta se había hecho más grande.

—Está casada.

—¡Eso no es verdad!

—Entonces, tendré que solicitar el acta de divorcio. —Un deje de impaciencia comenzaba a asomarse en la voz cansada de la señorita frente al computador, que tecleaba una y otra vez los datos en la identificación personal de la azabache que le miraba con alarma del otro lado del mostrador.

—¡Pero si nunca me he casado! —Rezongó ella, esta vez más pálida que antes.

—El sistema nacional del registro civil indica claramente que usted se encuentra casada. Así que, a menos que usted presente la documentación necesaria que acredite la información que usted me proporciona, tendré que pedirle que se retire. —Indicó mientras giraba la pantalla hacia la joven mujer, para mostrarle la información que se rehusaba a creer. Aún en shock, Kagome se alejó del mostrador visiblemente alterada, mientras se alejaba del lugar y finalmente permitía que la fila siguiera su curso habitual.

Caminaba fuera del edificio del registro civil mientras se hacía con el teléfono móvil y tecleaba un número, temblorosa. Escuchó el tono y aguardó a que la otra persona tomara la llamada, sin darle oportunidad de decir nada.

—Necesito tu ayuda, sin preguntas. —La voz en el otro lado de la línea la hizo despegar su oreja del teléfono para evitar ser aturdida—. ¡Sango, por favor, te dije que sin preguntas! —Algo en su voz pareció llamar la atención de su interlocutora—. ¡Houjo no puede enterarse de esto! Sí, es algo serio. Necesito que me ayudes a localizar a un tal... Ueda Inuyasha.


La soltería no le estaba sonriendo en lo absoluto.

Desde que Kikyou abandonó el apartamento, todo era gris. Los platos no se lavaban, la ropa siempre estaba sucia y él, era todo un vago, sucio y olvidado.

—¡Inuyasha! Abre la puerta, sé que estás ahí. —Hasta que claro, la puerta sonaba insistentemente durante diez largos y tediosos minutos que lo invitaban a levantarse irremediablemente de su cómodo y ya muy pútrido sofá y caminar furioso entre trastos de comida vacíos y rebanadas de pizza de alguna fecha en el pasado y abría la puerta de sopetón, mostrando su mejor y más ceñuda cara.

—¿Qué mierda quieres?

—¿Qué demon-...? ¿No sé supone que deberías estar tr-...? Argh, olvídalo. No sé por qué pregunté. —La castaña apoyó su mano en la puerta y empujó, pese a la resistencia del hombre que respondía al nombre de Inuyasha. Él hizo amago de resistir ahí, pero ella empujó con más fuerza, echándola para atrás y finalmente le permitió ingresar al inmueble—. ¿Cómo puedes vivir en este chiquero?

—Mírame. —Y diciendo esto, el muchacho de cabellos plateados tomó una rebanada de pizza de una de esas viejas cajas que no quería pensar cuánto tiempo llevaban ahí y la mordió. La castaña hizo un gesto de asco.

—¡Eres un cerdo! —Entonces agitó la cabeza, tratando de borrar sus pensamientos—. Báñate y vístete, tenemos que irnos.

—¿Keh? A ningún lado, Sango. Estás de coña si crees que voy a salir de aquí.

—Una amiga mía quiere conocerte. No sé cómo o por qué, pero creo que al fin ha decidido dejar a su novio de toda la vida (gracias a Dios), y quiere verte... conocerte. ¿Qué sé yo? Pero me preguntó por ti. O al menos creo que preguntó por ti: eres el único Inuyasha Ueda que vive no solo en esta ciudad, sino en todo el país. Créeme, ya investigué. —Inuyasha arqueó una ceja tratando de definir si su amiga estaba diciendo la verdad o sólo buscando una excusa para hacerlo salir.

También tratando de entender cómo era posible que ella dijera que había investigado y con qué medios. Un escalofrío le recorrió la médula espinal antes de encogerse de hombros.

—¿Y si Kikyou-...?

—¿Kikyou? —Sango se cruzó de brazos y su mirada se endulzó suavemente—. Inuyasha, hemos hablado de esto cientos de veces. ¿Cuándo vas a escucharme? De verdad, tienes que empezar a trabajar en eso. Kikyou se fue. Kikyou no va a volver. —«Como no lo hizo al día siguiente de recoger todas sus cosas, ni a la semana, ni al mes, ni al año siguiente», pensó ella amargamente, pero tampoco era tan mala como para poner el dedo sobre la herida del chico de ojos dorados.

Desde que Kikyou se había ido, hace ya tres años, nada había sido igual para Inuyasha de nuevo. Se había sumido en una especie de sopor depresivo que se asemejaba bastante a estar muerto y vivir por pura costumbre. Era una carrera contra la supervivencia entre él y las alimañas que comenzaban a residir en su sucio departamento. Trabajaba para pagar sus servicios y su comida, pero el resto del tiempo lo pasaba auto-compadeciéndose frente a la televisión, en el internet, y comiendo.

Y no había cogido ni un sólo gramo de peso. ¡Menuda suerte tienen algunos!

Al ver que Sango no hacía mayor movimiento de marcharse de ahí, quizá con la expectativa de poder sacarlo de ahí, no sin antes apresurarlo; soltó un quejido resignado y caminó hasta su habitación, siendo seguido por la examinadora mirada de Sango.

—Bajaré en unos minutos.

—Te espero junto con Miroku en el auto. No tardes.


Houjo había insistido todo el día al teléfono. Si no eran llamadas, eran mensajes o e-mails, pidiendo saber si la vería, si había algún pendiente por cubrir esta ocasión para el gran día. Y ella solo repetía que la comida debía ser supervisada (por enésima vez). Aunque le parecía demasiado necio de parte de él: había insistido que hicieran algo real, realmente pequeño para su añorada y tan esperada boda. Pero al menos, la idea parecía haberle ganado algo de tiempo. Tenía que mantenerlo distraído lo suficiente, en lo que encontraba una solución a su problema. Antes de que Houjo se diera cuenta y todo se convirtiera en un lío aún mayor del que posiblemente fuera muy difícil zafarse.

Pero todo esto comenzaba a pasarle factura y a fastidiarla a consideración. Ya le dolía la cabeza y estaba muy tensa. Necesitaba unas vacaciones de sus preparativos de boda y de la vida a esas alturas. Pero también quería un poco de tiempo para respirar y al menos ocuparse de ese asunto sin tener que dar cuentas a su ahora prometido; antes de que las cosas llegaran a ese punto sin retorno.

Respiró ansiosa, enfocándose en los papeles que tenía en la mano y luchando por mantener la concentración. Antes de marcharse, había alcanzado a imprimir una copia de su supuesto certificado de matrimonio en el registro civil. Ya lo había leído y releído al menos un par de infinitas veces. Y justo apenas comenzaba a digerir la información recibida, permitiéndole analizar con un poco más de calma y detalle.

Según el documento llevaba tres años (¡Tres años!) casada con un tal Ueda Inuyasha, al que no recordaba de ningún lado. Su nombre ni siquiera le sonaba. Tenía dos años más que ella y era Virgo, según sus cálculos. Oh, y sangre tipo B. Seguro el tipo era antipático y nefasto.

Kagome finalmente se recargó con calma en esa banca en el parque, tratando de relajarse. Seguro era un hombre fastidiado de la vida y, con suerte, podría disuadirlo de firmar los papeles correspondientes para que toda esa charada quedara en el pasado. Por suerte para ella, Sango no tardó más que un par de horas en contactarla, indicándole que le vería en el parque Ueno y que llevaría a la persona que buscaba.

Kagome había creído que, con los contactos que su amiga tenía de la agencia de publicidad en la que trabajaban juntas, le tomaría cuando menos un par de días, en lo que localizaba a poco más de un centenar de personas y hacia los filtros necesarios para encontrarle un candidato que cubriera el perfil.

El de un hombre desesperado que seguramente había sido víctima de una broma en la que ella también estaba involucrada. Eso o que era un hombre perverso y mezquino que se había aprovechado de ella en un momento de vulnerabilidad del que ella no recordaba absolutamente nada. Ni siquiera que hubiese existido.

—¡Kagome! —La aludida respondió al llamado y miró, por uno de los grandes corredores del parque, a su castaña amiga aproximándose en compañía de dos hombres muy distintos entre sí, pero de buen porte y bien parecidos, algunos metros detrás de ella.

De inmediato expulsó esos pensamientos de su cabeza al recordarse a sí misma que uno de los dos era el autor de semejante aprieto en el que estaba metida. Así que se obligó a concentrarse. No podía dejar que se aprovecharan de que los encontraba atractivos para jugar en contra de ella.

—¡Sango-chan! ¿Lo encontraste? —Kagome se levantó rápidamente de la banca y corrió al encuentro de su amiga, a quien estrechó en un cercano y cariñoso abrazo en cuanto estuvieron cerca la una de la otra.

—Claro que lo encontré, ¿qué esperabas? Esto ha sido muchísimo más fácil de lo que te puedes imaginar. Lo mejor de todo es que una vez que filtras los registros, Ueda Inuyasha hay solo uno en todo el país. ¿Te lo imaginas?

Entonces se soltaron y se tomaron de las manos, mirándose con muy buen ánimo, con esa clase de familiaridad con que solía apreciarse en los mejores amigos que se veían poco, pero eso no parecía trastocar su felicidad y cercanía—. Seguro que sí, Sango-chan. Pero se tratan de cosas que solo tú podrías conseguir. Después de todo, atiendes la cuenta de la Dieta.

—No solo lo atiendo. Le he salvado el pellejo al administrador del edificio en varias ocasiones, así que me debía algunos favores. —Sango le guiñó un ojo y Kagome le sonrió de buena gana—. Aunque aún no me has explicado por qué lo has buscado. Oh... ¿Será que al fin has decidido dejar a Houjo y por eso no quieres que se entere...?

—¡Sango-chan! ¡Prometimos que sin preguntas!

—De acuerdo, de acuerdo. —Y entonces la castaña se giró a los dos hombres que venían tras ella, más lejos, aparentemente conversando.

—¡Oh! Pero mira nada más esa preciosura. ¡Sango sí que tiene amigas guapas!

—Es amiga de Sango, Miroku. ¿No puedes dejar de ser asqueroso por una vez en tu vida?

—¿Asqueroso? —El hombre de cabellos negros y cortos sonó dolido ante la declaración del albino—. Sólo estoy diciendo que la chica es linda, Inuyasha. No que me la quiero llevar a mi casa para tener sexo con ella.

—Eres un desagradable. —Inuyasha sonaba verdaderamente asqueado con los comentarios de su amigo.

—Sango no me dio detalles, pero me parece que son amigas de la infancia, o algo así. ¿Tal vez esté tratando de que superes tu depresión? ¿Quizás sea hora de que dejes la soltería por fin? No lo sé, Inuyasha. Tal vez son los dioses tratando de decirte algo. Yo no ignoraría las señales si fuera tú. —El acompañante de Inuyasha, Miroku, palmeó el hombro del albino—. Oh, si no fuera por mi preciosa Sanguito, seguro que-...

—No quiero escuchar tus porquerías, Miroku. No estoy de humor. —Inuyasha, con las manos en los bolsillos de la chaqueta ligera que llevaba, frunció el ceño mientras se acercaban y la supuesta amiga de Sango comenzaba a tomar forma y a ser más nítida en cuanto a sus facciones y todo en ella.

Ella le parecía conocida. De lejos le recordaba a-...

No. Ni de loco se atrevería a decirlo. Reconocerlo sería darle la razón a Sango con aquello de que allá afuera hay muchos peces. Y él no quería cualquier pez.

—Pero al menos deberías de poner buena cara y dar una buena primera impresión.

—¡Tsk, keh!

Y al acercarse, Inuyasha pudo reconocerla.

Ella era-...

—Oh, pero ustedes son un par de lentos. —Sango se cruzó de brazos indignada mientras los dos hombres se acercaban, el albino claramente ceñudo pero tenso, y el azabache sonriente y tranquilo.

—¡Buenas tardes! ¿Señorita-...?

—Kagome. Higurashi Kagome.

Inuyasha palideció mientras la tenía a escasos metros de distancia y la estudió con cuidado. Esos ojos, ese cabello. Y el tic en las manos que juegan con ansias. ¡Era ella! «¡Por la mierda! Esellaesellaesella», fue lo primero que la cabeza de albino gestó mientras la chica era cordialmente saludada por su amigo el moreno, ignorándolo.

Una cara como esa no podría olvidarla ni aunque pasar mil años. ¡Esto tenía que ser coña! ¿Tal vez era un buen momento para dar la media vuelta y escapar? Tal vez Sango jamás lo notaría. ¡O mejor aún! Quizá si se atrincheraba en el departamento, nunca lo alcanzaría.

De una u otra forma, esto ya se había jodido y no habría vuelta atrás.

—Mucho gusto, señorita Kagome. Yo soy Miroku, el novio de su adorable amiga Sango. —Entonces el rostro adusto de la azabache cambió por una expresión amable (a diferencia del de Sango, que se tornó aburrido) y le sonrió.

—¡Así que tú eres el novio de Sango! ¡Oh, ella siempre me habla mucho de ti, pero no había tenido el gusto de conocerte! Ella dice que siempre tiene demasiado trabajo.

—¿Ah, sí?

—¿Y no es eso verdad? —El rostro de Sango miraba a Miroku enarcando una ceja.

—Sí, sí que lo tengo. —Kagome le sonrió amable mientras se inclinaba respetuosamente como forma de saludo.

—¡Tsk, keh! ¿Trabajo en dónde? Que yo nunca te he visto trabajar, Miroku. —Fue el turno del otro hombre que se presentaba a la reunión de hablar.

—Inuyasha, no me ayudes. —Añadió Miroku con advertencia nerviosa en su voz. En ese momento, la sonrisa de Kagome se borró, girándose hacia chico albino a unos metros de ella, tenso, poniéndose rígida también.

Era guapísimo de cerca, pero el ceño fruncido le quitaba atractivo (y sus acciones abusivas hacia ella, también). Definitivamente, al verlo tan de cerca, era claro que era un chico de una buena posición económica y que urgía actividades más importantes que su estancia en el parque. Aunque por alguna razón parecía rehuir de su cercanía.

El tipo de sangre y el ceño fruncido, seguían jugando en su contra. Seguramente él estaba detrás de todo esto.

Entonces todos se quedaron en silencio.

—¿Entonces tú eres Ueda Inuyasha? —Ella preguntó, frunciendo el ceño y acercándose a él en cortos y contundentes pasos que intimidaron al chico albino con esos preciosos ojos dorados. Al carajo las introducciones, las formalidades. Kagome no tenía tiempo para pensar en eso. Solo tenía la mente puesta en resolver esta situación rápido.

Tenía que estar concentrada.

—S-sí. —Fue la corta respuesta de él, luego de un incontable tiempo.

—¿Naciste el 25 de Agosto de 1988? —Ella no le dio tiempo de sopesar cualquier golpe y en automático dio un paso más. Estaba tan cerca.

—Sí.

—¿Y esta es tu firma? —Y diciendo esto con la voz en un tono muy alarmante, alzó el papel entre los dedos de una de sus manos, revelando por fin el contenido y el más grande temor de Inuyasha.

Un acta de matrimonio vigente que lo ponía como el esposo de Higurashi Kagome, la chica que tenía justo frente a él y con la que, según el papel, tenía tres años de haberse casado.

«Es ella, no cabe dudas».

No le dio tiempo de escudriñarlo más detalle, pero pegó especial atención en el garabato que ella demandaba y entonces respondió.

—Sí.

... Solo para recibir un puño que se estrelló en su cara.


TBC.


PS. ¡Mi primer capítulo y ya llevo más de 1,700 palabras! Bueno, luego de que Jaz propuso el reto, tuve que tomarlo xD y aquí estoy :3 Me recordó mucho a cierta película del 2008, "The accidental husband", que me gusta mucho, así que bueno xD aquí estamos :3 Jaz no puso límite de palabras, pero será un minific, algunos 5 capítulos, seis a lo más. Trataré de que esto no quede flojo ni que suene a que la gente aquí se enamora a primera vista y todo eso xD

Ya tengo más o menos planeados el resto de los capítulos (o al menos lo que quiero que suceda en el fic, ya solo quedará el orden de los factores y como todo se va resolviendo o enredando). No, la historia no es super compleja :3 la idea es más bien sencilla, aunque aun queda por ver qué le tocará hacer a Kagome para resolver su problema xD

No me maten, no me linchen y no me odien por que me tardé un mes y medio más de lo que el reto pedía TOT aquí estoy, decidida a saldar mi deuda TOT.

¡Nos leemos en el próximo capítulo!

Onmi.


UPDATE 12 de abril de 2020. Se hicieron algunas correcciones y agregué algunos diálogos al capítulo.