Miraculous Ladybug no me pertenece.
Capítulo 1: Malas Noticias
La risa de Adrien retumbaba en la habitación, su voz parecía rebotar entre las paredes, negándose a desaparecer, empeñoso de evidenciar como el joven príncipe se estaba burlando de las palabras pronunciadas por su padre. Su rostro se tornaba cada vez más rojo, y a cada segundo, más congestionado por la falta de aire. La cuidada melena rubia se mecía ante los suaves movimiento producto de la contracción del su abdomen.
Nathalie permanecía con los ojos cerrados, algo incómoda ante la situación que se estaba formando en la sala. Estaba a la espera que su estudiante se dignara a cesar su risa. Cosa que parecía no ser pronto. La institutriz abrió uno de sus ojos, apreciando a su Rey, que miraba indignado a su único heredero que permanecía sentado en el escritorio de viejo roble. Sus botas negras chocaban una y otra vez al mecerse entre su risa, ensuciando por accidente el emblema de su familia. Gabriel Agreste carecía de humor, y por lo que Nathalie veía, Adrien lo había olvidado.
—¿Terminaste? — habló buscando acabar con aquella deshonrosa mofa por parte de su primogénito.
Sus ojos y sus labios adornaban un feo mohín repleto de tangible molestia, los años habían arrebatado muchas cosas a Gabriel, su paciencia —para mala suerte de joven príncipe— era una de ellas. Respiró profundamente, sin desviar la mirada del rubio que se limpiaba las lágrimas nacidas tras minutos de un hilarante risa.
—Y yo pensando que no tenía humor querido padre— habló aun con falta de aire el rubio mientras le dedicaba una sonrisa completamente natural, nacida del goce de aquella buena broma.
Los ojos verdes cual menta se enfocaron en la mujer que yacía en el rincón, observando en silencio la escena. El rostro serio de Nathalie se meció levemente de lado a lado sin apartar la mirada de él, atenta y sin vacilo, produciendo que los labios de Adrien borraran la sonrisa que se había dibujado ante la orden de su padre.
Balbuceó un poco, casi como si hubiese olvidado hablar por unos segundos. Su lengua se enredó y las palabras se negaban a salir ante la falta de aire. Frunció el ceño lentamente a medida que su padre le miraba con atención, casi como si memorizara o tal vez estudiase sus reacciones. Adrien volteó hacia su progenitor, buscando un deje de vacilo que evidenciara la mentira. Pero jamás su padre había bromeado con él. Jamás le había hecho una broma o algo parecido, debía saberlo ya de antemano, después de todo, el Rey de las Tierras del Este, señor de los altos prados, no era alguien muy conocido por su humor hilarante.
—E-Esto no es verdad...— dejó escapar horrorizado perdiendo el color natura de su piel. Sus manos temblaron impotente dominado por los nervios que nacieron de su cuerpo—. Padre...
—Está hecho. Adrien— su voz gruesa y profunda le generó un escalofrío haciéndole encogerse—. Partes mañana al palacio de Bourgeois en dirección al Sur. Presentaras tus respetos ante el Señor del Sureste, y dejaras en evidencia tus enormes deseos de casarte con su hermosa y encantadora heredera.
—¡Yo no quiero casarme! ¡Padre! — gritó dominado por el pánico colocándose de pie— ¡No amo a Chloe! ¡Y-Yo no voy a casarme! ¡Nathalie! ¡Dile!
—Adrien...—musitó la mujer mientras suspiraba y le observaba con sus hermosos ojos azules. El rostro repleto de pánico esperaba expectante ante algo de apoyo, le dolía verle así, el príncipe no era mal muchacho, pero lamentablemente, no podía hacer nada por él—. Es por tu gente.
—¡Pues busca a alguien más!
—Suficiente— habló el Rey dirigiéndole una mirada de reproche al rubio—. Se un hombre Adrien, es el momento que cumplas con tú deber como mi hijo.
Pero aquello no fue suficiente para detener los berrinches. El muchacho presentaba una enorme energía, las palabras brotaban de sus labios formulando argumentos inútiles ante los oídos del Rey. Gabriel cerró los ojos, intentando recuperar la paciencia, intentado recordar una y otra vez que su hijo era joven y estúpido, y por ellas razones no entendía sus decisiones.
Pero como ya se dijo, Gabriel Agreste carecía de paciencia.
—¡SUFICIENTE! — gritó ya harto de tales niñerías congelando al aterrado príncipe—. ¡Te casaras! ¡Y dejaras de deshonrar nuestro apellido con tus estupideces! ¡¿Entendiste?!
Y con esas palabras secas, repletas de frialdad, el Rey abandonó la habitación, dejando al desolado príncipe en un estado de Shock que su institutriz se dedicaba a observar con lastima.
La familia Agreste dominaba el Este del continente, sus años en dinastía en esta área del continente le habían otorgado su prestigio sobre otros soberanos, siendo el apellido temido y respetado. Su sangre de orígenes nobles ha dominado a sus súbditos con justicia ganándose el respeto de los menos afortunados, siempre siendo admirados por su gran linaje, caracterizado por sus brillantes ojos verdes y melena rubia, tan dorada como el mismo sol.
Los Agrestes eran reconocidos por aquella forma tan fría y afilada. Mucha gente les temía por la misma razón, debido a que su naturaleza superior era evidenciada por su carácter frívolo. El Rey Felix había dominado con puño de hierro, conocido como el Gato de Jade, destruyendo a sus enemigos sin piedad, conquistado el Este y parte del Sur acabando con la esclavitud de los antiguos gobernadores. Su nieto, Gabriel, en su juventud, dominó el Este y luchó en las grandes guerras por el Sur, pero al ver que su gente caía, este hizo lo más sensato y otorgó el Sur a la familia Couffaine que gobernaba las tierras de las costas y parte del mar, y posterior a la guerra, el Sur.
Los Agreste eran temido y respetados pese a la última derrota. Los años de vida del Gran Rey del Este Agreste habían otorgado un gran respeto por parte de los reinados vecinos... Respeto que se había deteriorado con el nacimiento de Adrien. La esencia alegre e inocente de su hijo destruyó cada esquema tallado en piedra por su abuelo; lo soldados de los otros reinos lo tachaban de débil y deshonroso como el mocoso lloraba por cada estupidez socorriendo a su madre. El pequeño no era digno de gobernar. Razón por la que su padre se había tomado la molestia de pulirlo cual diamante en bruto. Pero fue para peor. El niño inocente y temeroso, se había convertido en un chico irrespetuoso y sin vergüenza. Su adolescencia había sido un tortura, el chiquillo había hozado en tomar sus caravanas y marcharse por meses fuera de la vista de su padre; siendo el único heredero de Agreste, esto parecía no tener solución.
O fue así hasta que le llego la maravillosa noticia que las familias Bourgeois y Tsurugi había desterrado a la Serpiente de Mar, acabando con la supuesta tiranía de aquel horrible hombre, dominando el Sur en conjunto, repartiendo las tierras equitativamente de tal modo que ahora Bourgeois se había autonombrado como el Señor del Sureste. Aquello era una oportunidad, Bourgeois tenía una hija, una joven de la edad de Adrien y eso era una escala perfecta para que los Agreste lentamente volvieran a dominar el Sur y Este del continente. Además, serviría para que su hijo madurara, Adrien era chico irrespetuoso, pero sabía perfectamente que jamás engañaría a su esposa con otra mujer. Ya no habrían más mujerzuelas. No más juegos en las calles. No más apuestas. No más viajes no autorizados.
Estaba seguro que su abuelo Felix estaría de acuerdo con la decisión.
Tal vez con los años, su hijo seria digno de tomar su lugar. Gabriel se negaba a entregar el trono a alguien como Adrien, en especial con el carácter actual. Tendría que mejorar su actitud y de esa forma, él se lo entregaría con gusto. Pero mientras eso no pasase, Gabriel mantendría el poder, mucha gente dependía aquel trono.
La noche había cubierto la Ciudad de Campoesmeralda, las lámparas de aceite iluminaban los hogares y sus habitantes entre los mantos de la penumbra. Los niños dormían, las madres limpiaban sus hogares dando finalizado el día, los hombres festejaban el término de un invierno duro y el comienzo de la hermosa primavera. Y en una parte de Campoesmeralda, el mar de guardias del palacio se embriagaba sin preocupaciones tras el cambio de turno. Los gritos y las risas inundaban con descaro la taberna. El olor dulzón del vino se mezclaba en aire con el humo del tabaco negro de las montañas en las vieja pipa de uno de los tantos nobles.
Entre los festejos por el inicio de la primavera, no pasó desapercibido como la cerveza de raíz voló directamente al cantinero. Allí, en la barra de suave caoba que sostenía tras años de su nacimiento cada jarra de cerveza, comida y más de un peso de alguna mujerzuela que buscaba venderse. El viejo cantinero miró con repleto asco a Nino, el chico de las tierras libres, aquel niño pendenciero que ahora vestía con trajes de fina seda, de ojos marrones y piel tostada como el cacao. El muy mocoso ni siquiera había osado disculparse por escupirle, solo miraba atónito al hijo del Rey que no desprendía los ojos de la madera.
—¡¿Te vas a casar?! — inquirió a todo pulmón el moreno sin poder creer lo que acaba de escuchar, ignorando como el empapado cantinero volvía verter el licor en su jarrón— ¡Viejo! ¡Tienes que estar bromeando!
—Ya quisiera. — mustió con una sonrisa ladina mientras le dirigía la mirada a su amigo a medida que sus dedos acariciaban su jarrón de cerveza técnicamente intacto. Los ojos de su guardaespaldas evidenciaban un enorme horror—. Por favor Nino, borra esa cara, me haces sentir como si fuera a la horca.
—¿Y no lo es? — preguntó con escepticismo el moreno—. Hermano, si te casas ¿Qué pasara conmigo? ¡Me despedirán! ¡Tú padre me odia!
Adrien le miró con una molestia fingida sin poder evitar dibujar una sonrisa en sus labios. Nino había conseguido un puesto dentro de los guardias del palacio y con el tiempo había adquirido el honor de volverse su mejor amigo, y además, mano derecha. Técnicamente su valet de servicio y guardaespaldas que obedecía cada orden establecía por Nathalie. Pero a Adrien no le gustaba caracterizarlo de esa forma. Después de todo. Nino era todo. Su amigo, su memoria, sus ojos y oídos. Sin Nino, tal vez nunca hubiese sobrevivido en ese palacio de locos. Era la única persona con la que podía hablar sin preocuparse que se asustara en dar su opinión, Nino siempre era sincero y honesto.
Era su único amigo en realidad.
—Mañana parto al sur a ver a Chloe y decirle que la he amado toda mi vida—habló con ironía mientras suspiraba—, ni siquiera recuerdo como luce.
—Estas jodido hasta las orejas. — dijo con diversión el moreno encogiéndose de hombros—. Voy contigo— informó mientras posaba su mano en su hombro, Adrien le miró agradecido—, no quiero que te mates antes de la boda, y para eso me necesitas.
—No, quédate. No puedes dejar a tu hermano y tu madre— aseguró con tristeza el rubio sabiendo lo solitario que sería ir a un palacio nuevo. Un pueblo nuevo. Y gente nueva que le temería por su ostentoso apellido.
Le había tomado años que las personas en Campoesmeralda le miraran a los ojos. Todos solían arrodillarse ante él sin siquiera dirigirle la palabra temiendo algún castigo por parte del Rey si por accidente ofendía a su persona. Pero ahora las cosas eran diferentes, y todo gracias a Nino, que tras demostrar a Nathalie que era una persona de confiar y lo suficientemente competente para protegerle, había adquirido el permiso para pasear junto a él por la ciudad, como una persona casi normal, pues, ya no iba resguardado por un muro de guardias, solo Nino que se quitaba la armadura y vestía como un civil.
—¡Oh vamos! Nunca he ido al Sur— animó el moreno dando un fuerte codazo en las costillas al rubio. Adrien sonrió de lado sin mucho ánimo, pero escuchándole—, permíteme ampliar mi mundo. He oído que las mujeres del sur son hermosas...
Adrien rio divertido al ver que su amigo buscaba entusiasmarlo con el viaje.
—Vamos, seremos tú y yo, te mantendré con vida en tu vida matrimonial impidiendo que te lances de las torres, y tú permíteme vivir en el sur. — Agreste se encogió de hombros—. Hermano, piénsalo, tu padre no ira. No estará Nathalie. Seremos solo nosotros y las mujeres del sur— Adrien dio un trago a su cerveza con una sonrisa sincera en los labios al escuchar como su amigo parecía algo embriagado—, imagínalo hermano, las chicas del sur y dos hombres del Este.
Agreste suspiró mirándole con gratitud. Nino solo sonreía animado, casi saboreándose los labios ante la imagen mental que tenía. Adrien asintió rendido, sintiendo como el brazo derecho de su amigo caía por sobre su hombros agitándole en busca de animarlo, brindando con el choque las jarras en nombre de Adrien y la aventura que ambos tendrían en el Sur.
Este sería un nuevo comienzo para el reprimido rubio y su mejor amigo. Sería un paseo por el continente, desde Este a Sur. Pero aunque el rubio viese este viaje como su fin, esto no lo seria, claro que no. Este es un inicio, o más bien, un renacimiento.
Sureste, Palacio de Bourgeois. 01:34 am.
La noche cual manto cubría el brillante y pulcro palacio de la conocida Abeja Reina. Los arboles siseaban ante el suave movimiento del viento rodeando aquel hermoso palacio casi como un viejo bosque encantado, casi de un cuento. Las estrellas estaban ocultas, tímidas al ser opacadas por la enorme luna que coronaba el cielo con descaro, acaparando las miradas de todos en Villa Naciente.
La tranquilidad dominaba aquella noche.
—¡ATRÁPENLA! — gritó a todo pulmón el jefe de guardia desde el balcón, estrellando contra sus costillas el barandal.
Los del turno de custodia comenzaron a perseguir al dichoso ladrón escarlata, que avanzaba a una velocidad promedio para ellos. Sus pasos eran sigilosos, nada comparados con los ruidosos tintineos de los guardias, que ante el peso de las armaduras, parecían en desventaja.
El ladrón de un ágil brinco saltó entre los muros escalando con una agilidad prodigio que los petrifico. Parecía una maldita araña.
—¡DISPAREN IMBÉCILES! — volvió a gritar el jefe de guardias desde una de las cornisas observando todo desde primer lugar—¡DISPÁRENLE!
Los jóvenes salieron de su asombro, se observaron de reojo y tensaron las ballestas obedeciendo. Apuntaron a la oscura silueta que escalaba una de las torres vigías casi a punto de escapar con el botín. Pero como las últimas veces, los jóvenes fallaron patéticamente.
—¡Pero que buen disparo Ivann! —se burló uno de los guardias mientras empujaba al más robusto.
—¡Vete al diablo Kim! ¡Tú tampoco le diste!
Una suave risa los atrapó produciendo un escalofrió que defendió desde sus nucas hacia la parte baja de sus espaldas. Ambos voltearon hacia la ladrona que al fin había alcanzado la altura suficiente de la torre vigía para poder saltar sobre el muro limitante de la bien nombrada Colmena. Se afirmó con una sola mano, mientras que sus pies permanecían incrustados en la tierra caliza, casi como si se adhirieran por magia.
Al fin la luz de la luna dejó ver los colores de aquel oscuro ladrón, la capa de raso se meneó por el viento danzando en un suave y elegante baile, la escarlata brilló cual rubí sobre la ropa de aquella ladrona, cubriendo su cuerpo y con ello su cabeza. Pese a la oscuridad, lograron ver unos brillantes ojos azules que brillaban con intensidad, mirándolos directamente a ellos. Los guardias palidecieron, sabían perfectamente quién era.
Ese no era un ladrón común.
Kim retrocedió intimidado al ver como esta saltaba una gran distancia desde la torre vigía hacia el muro limitante del palacio, aterrizando con suavidad propio de un fantasma. Era un monstruo. Eso era. Y el terror se desató, cuando su figura desapareció en un parpadeo.
Era un espíritu. Era el fantasma de la creación, y el demonio que rondaba este palacio.
Era Ladybug, aquella que había vuelto de la misma muerte para dictaminar sobre aquellos seres crueles que habían hozado en desgarrar su cuello.
.
Se podría decir que es un Capitulo piloto xD no sé si seguirla pero bueno, espero que les haya gustado.
¡Gracias por leer! ¡Y no olviden su review! Comenten lo que piensan así sabré si les gustó o no :3 ¡Bechos!
Momoleft.
