Hola de nuevo.
Como podrán darse cuenta por el título, esta no es una historia nueva, es la reescritura de Breakout. Ahora, no es como que DEBAN leer esta versión, porque no cambian TANTAS cosas, pero sí me he dado tiempo de arreglar detalles.
Verán, Breakout comenzó a ser escrita hace aproximadamente nueve años. Al inicio eran escenas sueltas porque mi pelea con Doña Literatura estaba comenzando y no sabía si iba a poder escribir una historia completa en esos momentos. Así que por años me dediqué a escribir escenas y mini capítulos. Luego dejé de escribir por años.
Por ahí de noviembre del año ante pasado, mi pelea con Doña Literatura terminó y comencé a escribir más escenas y a juntar todo en una sola historia, pero en ese momento no quería reescribir lo que ya tenía. En su lugar nada más le di una editada y continué la historia hasta terminarla. Pero, como podrán imaginar, cuando hay casi diez años de diferencia entre capítulos, mi manera de escribir cambió un tanto, y también crecí un tantito. Por lo tanto, a pesar de que esas escenas de hace años no me desagradan por completo, tampoco me encantan.
Así que aquí estamos. Decidí que, en lugar de reeditar esas escenas y dejar que se pierdan, voy a volver a escribir varias cosas y voy a agregar otras que se me fueron ocurriendo después de publicarla por primera vez.
Como dije antes no es como que no vayan a entender los one shots y demás cosas que escriba sobre este universo, pero en esta reescritura me estoy dando el tiempo de dar más detalles y de escribir cosas que al final no me animé a agregar en un inicio.
Puedo decir que, ahora, en especial este primer capítulo, sí me gusta y se me hace una mucho mejor introducción que lo fue el primer capítulo original, de hace casi una década. Algunos capítulos no serán tan drásticamente cambiados como lo serán los antiguos.
No quiero bajar el original, meramente por ondas sentimentales mías, por eso es que he decidido publicar esto por separado y dejar el otro ahí, para el recuerdo.
Sin más... les dejo Breakout - Rewrite
Alfa Lázcares
De cómo cambié de maestro
Atenas, Grecia.
Santuario de Atenea.
Los entrenamientos estaban a punto de terminar. La gran mayoría de los presentes hacían los últimos estiramientos, daban las vueltas finales al Coliseo o bien ya se encontraban bebiendo agua y despidiéndose de sus compañeros.
Aldebarán le dio el golpe final a su alumna y la vio derrapar algunos metros por el piso hasta finalmente detenerse. La chica levantó la mirada, se dejó caer en el piso con la respiración agitada, el sudor corriendo por su frente, y un par de moretones nuevos. Vio cómo su maestro se acercaba y cuando finalmente estuvo frente a ella le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Con esto terminamos el entrenamiento de hoy.
La chica tomó la mano y se levantó del suelo, luego comenzó a sacudirse un poco la tierra que tenía pegada a la ropa. Ambos caminaron hacia la sección de las gradas en donde habían dejado un par de botellas de agua, que comenzaron a beber antes de salir del Coliseo.
—Hay algo que quería comentarte, Alfa —le dijo el de Tauro, intentando sonar lo más casual posible—. He pedido una audiencia con el Patriarca y los Santos Dorados para mañana. Es para discutir sobre tu futuro.
De pronto la joven sintió un nudo en el estómago.
—¿Estoy en problemas?
Aldebarán sonrió.
—Para nada. Es para hablar sobre la técnica que estás desarrollando.
Ah, "la técnica". Alfa miró al frente y suspiró. No era la primera vez que el tema salía en las conversaciones.
La joven llevaba poco más de año y medio entrenando en el Santuario. Esto de por sí ya era raro, porque los aprendices solían llegar a ese lugar siendo muy jóvenes, algunos eran apenas bebés de días cuando eran seleccionados, pero ese no había sido su caso. Ella había nacido en, literalmente, el otro lado del mundo y no tenía ni idea de que un lugar como el Santuario existía. No al menos hasta que, siendo muy niña, comenzó a interesarse en Grecia y su mitología. Por supuesto que en esos años nadie estaba del todo seguro de que el Santuario en realidad existiera, pero eso poco importaba para la mente infantil de Alfa, a ella le gustaba aprender sobre Dioses y guerras Santas, así que terminó leyendo lo que cayera en sus manos al respecto.
Pero eso no era todo. A pesar de que su infancia había sido normal, también habían cosas dentro de ella que, bien sabía, la hacían diferente. Por ejemplo, una vez, jugando con sus amigos en la escuela, terminó cayendo de bruces en el suelo mientras escapaba de las atrapadas. La niña se sentó donde había caído y examinó sus manos y rodillas, las cuales, por supuesto, estaban completamente raspadas y sangrando. Se quedó mirando sus heridas por algunos segundos, hasta que sintió el impulso de cubrirse las rodillas con las manos. Y entonces lo sintió, una extraña energía comenzó a emanar de sus manos, era cálida y le daba una sensación de tranquilidad. Se asustó, pero no por ello retiró las manos, al contrario, se concentró más en lo que estaba sintiendo. De pronto uno de sus amigos llegó corriendo junto a ella, lo cuál provocó que se distrajera y retirara las manos como si se hubiera quemado. Su amigo se arrodilló y le preguntó si estaba bien, y ella volteó a mirarse las heridas, pero ya no estaban ahí, como si nunca hubieran existido. Se preguntó si lo habría imaginado, pero no tuvo mucho tiempo para pensarlo porque el resto de los niños llegaron corriendo, la levantaron y la instaron a seguir con el juego.
Esa fue la primera vez de varias en que se dio cuenta de que tenía un cierto poder especial, pero no se lo dijo a nadie. Supuso que no le creerían si lo decía, así que lo mantuvo en secreto.
Cuando finalmente llegó a la mayoría de edad, decidió que era ya momento de conocer ese lugar al que había memorizado por medio de fotos: Grecia. Se fue sola, con solamente una mochila como compañera y sin boleto de regreso. Y fue ahí donde cruzó camino con Aldebarán de Tauro.
El Santo había estado sentado tranquilamente en ese restaurante en Mykonos, cuando sintió una energía familiar: cosmo. De inmediato se puso alerta, esperando ver a algún renegado o cualquier cosa que le pareciera sospechosa, pero en su lugar, lo que vio fue a una joven que venía sonriente a entregarle una carta. Como no queriendo la cosa, Aldebrán le rozó apenas la punta de los dedos, usando un chispazo de cosmo y la miró atentamente. La chica retiró la mano, casi dejando caer la carta y con una expresión de sorpresa, duda e intriga. Aldebarán le sonrió. Era cosmo. Había sentido un cosmo sin entrenar en esa chica y ella había sentido el suyo.
Le hizo la plática y visitó ese restaurante varias veces más. El carácter alegre y abierto del de Tauro logró hacer migas con ella en poco tiempo y él no dudó en contarle sobre el Santuario de Pallas Atenea, y de hacerle notar que sabía lo que era esa energía en su interior. Por supuesto no fue difícil cautivarla con sus historias y, cuando se enteró de que la chica era también Tauro, decidió ser él mismo quien la entrenara.
Y para sorpresa y escepticismo de muchos, la chica aceptó. Hubieron no pocas objeciones, aunque nunca nadie se lo dijo a la cara a Aldebarán ni al resto de los Santos Dorados que apoyaron su decisión, mucho menos a Shion o a la misma Atenea, pero las reservas estaban ahí. El entrenamiento era muy duro, y por eso, muy pocas veces se seleccionaba a adultos para que fueran aprendices. Mucho menos cuando se trataba de alguien que no tenía ni las más mínimas nociones de defensa personal y, para terminarla, a muchos no les cuadraba que fuera entrenada de buenas a primeras por un Santo Dorado. Por lo general, los aprendices debían de ganarse ese privilegio, pero no ella. Aldebarán estaba seguro de que la chica tenía lo que se requería para ser un Santo y estaba dispuesto a demostrárselo al mundo porque: Tauro.
A pesar de las dudas que la misma chica tenía, la verdad es que en el Santuario la recibieron muy bien. Para ese momento varios Santos Dorados tenían aprendices, por ejemplo, Mu seguía entrenando a Kiki, Deathmask tenía una relación semejante a "maestro-alumno" con una chica llamada Dicro. Camus ahora entrenaba a una chica llamada Vivien, Shaka a Gabriella y Afrodita a Lexa.
Aldebarán tenía muy claro que la chica iba a requerir un entrenamiento intenso. Por un lado le encantaba la idea. Tenía tiempo queriendo un aprendiz pero el entrenar a un niño no le encantaba del todo, y no porque no le gustaran los niños, si no porque sentía que todo era más sencillo cuando le explicaba las cosas a un adulto. Por supuesto que su trabajo no era nada más enseñarle a esa chica a pelear, también debía asegurarse de que tuviera una educación digna del Santuario y, por supuesto, que aprendiera a manejar su cosmo.
Así que los primeros meses de Alfa en el Santuario se la pasaron, en su mayoría, entrenando a solas. A Alfa no le molestaba y, por el momento, no le interesaba hacer migas con el resto del Santuario. Estaba demasiado ocupada aprendiendo todas las historias que salían de boca del de Tauro. También agradecía que sus primeros entrenamientos fueran en lugares alejados, en donde ella se sentía a gusto y sin temor de que el mundo viera cómo era perfectamente incapaz de dar un golpe, esquivarlo o, ya de mínimo, caer con un poco de gracia.
Pero eventualmente Aldebarán y ella comenzaron a sentirse más seguros en los progresos que había estado haciendo la chica y empezaron a ir a entrenar al Coliseo, con todos los demás. Eso, por supuesto, logró que la joven al fin comenzara a conocer a todos aquellos que vivían en el Santuario. Sabía quiénes eran, se los habían presentado cuando llegó, pero ahora al fin comenzó a relacionarse con ellos, aunque solía llevarse mejor con los maestros que con los alumnos.
Durante los pasados meses, Alfa había comenzado a demostrar signos de que tenía una habilidad un tanto inusual. Al principio ninguno de los dos estaba seguro de si podría ser relevante para su entrenamiento, pero mientras más se manifestaba, más intrigado estaba el de Tauro. El hombre estaba convencido de que podría ser utilizado para desarrollar una buena técnica, y era por eso que quería llevarla a hablar con aquellos de mayor rango en el Santuario.
Así que la siguiente mañana Aldebarán y su alumna fueron a reunirse con la Élite Dorada, en presencia también de Atenea y Shion. Alfa y Aldebarán estaban de pie frente a todos. Las miradas en ella no la amedrentaban, pero lo que sí la ponía de nervios era que iban a criticar una técnica que no estaba desarrollada y que menos aún sabía de dónde había salido.
—Aldebarán —comenzó Shion—. Has expresado un cierto grado de interés con respecto a la técnica que está desarrollando tu alumna.
—Excelencia, Atenea, así es. Me parece que es necesario discutir las habilidades que Alfa está desarrollando.
—¿Qué es lo que puedes hacer? —preguntó Shion directamente a la chica.
—Puedo ver el mayor miedo del enemigo y representarlo en su mente como una pesadilla. La idea es que quede paralizado, dándome tiempo de atacar y derribarlo. A menos que el oponente sea lo suficiente fuerte para bloquearme o desprenderse, lo cual, he de decir, podría pasar.
—Entonces conoces las posibles fallas —dijo Saga.
—No ha sido perfeccionada. La otra idea es que el rival sea manipulado de tal manera que se mate a sí mismo al experimentar la técnica.
—Podrías llevarla todavía más allá —dijo Shaka.
—Manipular al enemigo para que mate a otro oponente mientras esté siendo controlado.
—¿No sería eso llevarlo demasiado lejos? —preguntó Shura.
—Sería casi como un "Satán Imperial" —dijo Kanon.
Saga miró de reojo a su gemelo y luego bajó el rostro.
—Eso sin mencionar que es, en realidad, una técnica cruel —opinó Aioria.
—Ese es parte del meollo del asunto —intervino Aldebarán—. Creo que ella es capaz de llevarla a ese nivel, la pregunta aquí es si sería prudente que lo hiciera.
—Sería una técnica poderosa —dijo Shion—. Aunque concuerdo en que es cruel sacar el peor temor de los enemigos.
—¿En realidad sería capaz de hacerlo? —preguntó Deathmask de brazos cruzados.
—Por el momento lee el más grande miedo de las personas y lo puede representar en su mente y en la de espectadores —contestó Aldebarán.
—¿Puedes demostrarlo? —preguntó Milo.
Todas los ojos se posaron en Alfa, quien les regresó la mirada antes de voltear hacia el Patriarca, quien asintió.
De cierta manera era como si sintonizara un radio. Le llegaba mucho ruido e imágenes rápidas, hasta que una obtuvo toda su atención. Lo vio como una película en su mente. No hizo ademán alguno, así que ninguno de los Santos sabía en quién estaba pensando. La chica dio algunos pasos en dirección al Patriarca, lo miró a los ojos y le hizo ver lo que ella había captado momentos antes. El Patriarca miró de reojo a sus Santos y asintió.
—Tiene la capacidad, de eso no hay duda.
—Si es así, entonces opino que no podemos desaprovechar ese potencial —sentenció Saga.
—Pero, ¿sería seguro? —preguntó Mu.
—Como dijeron, si la llega a dominar, tendría un poder al menos parecido al del Satán Imperial —reflexionó Camus.
—Y sigue siendo una técnica cruel —dijo Shaka
—¿Y quitar todos los sentidos, no? —preguntó Milo.
—Pero es distinto. Aquí estamos hablando de crueldad psicológica —dijo Aioria.
—No creo que haya una técnica que no sea cruel. El objetivo es derrotar al oponente. Y ellos no siempre van a tener la misma moral que nosotros. Si la decisión estriba entre ser cruel con el oponente para derrotarlo, o dejar que llegue a Atenea… no creo que ninguno de nosotros elija la segunda opción —dijo Saga.
—Saga tiene razón —dijo Shion—. No debemos desaprovechar el potencial que Alfa ofrece. Que desarrolle esa técnica hasta el máximo.
—Lo que me lleva al siguiente punto —dijo Aldebarán—. Para ser sinceros, las técnicas psicológicas, o bien psíquicas, no son mi fuerte, por lo tanto, el entrenamiento de Alfa lo debería seguir alguien más.
—¿Tienes a alguien en mente? —cuestionó Shion.
—Sí, pensaba en Saga, Kanon, Shaka, Mu o bien Deathmask.
—Si se me permite interrumpir… no creo ser la mejor opción —dijo Deathmask.
—Yo estoy dispuesto a aceptarla como discípula —dijo Saga mientras miraba a la joven.
Alfa le sostuvo la mirada mientras enarcaba una ceja. Un cambio de maestro era algo que no se había esperado. Aunque viéndolo bien como que no le molestaba. Sólo esperaba que no se notara mucho la escurrida de baba que seguro le daría al tenerlo de maestro. Parpadeó cuando notó que la mirada de Saga seguía fija en ella. Aldebarán sonrió.
—Si todas las partes están de acuerdo, a partir del día de mañana, Alfa pasará a Géminis. Necesitaré que me entreguen un reporte semanal de los avances. Saga, Aldebarán, reúnanse a discutir los detalles. Eso es todo. Queda disuelta la reunión.
