Tengo esta idea de un mundo de cuentos de hadas, obviamente con dragones y magia. La idea de oro se me ocurrió al leer uno de mis libros favoritos –si pueden leer el libro de Spinning Silver de Naomi Novik, lo súper recomiendo–. Es otro tipo de premisa, pero es una historia excelente.

Espero les agrade.

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Summary: Y ante los atónitos ojos de los presentes, el metal que tocaban los dedos de Lucy cambiaba de acero a oro.

Parejas: Natsu Dragneel y Lucy Heartfilia

Advertencias: Ehhh, OOC. Lenguaje obsceno. AU (Fairy Tales Universe).

Disclaimer: Fairy Tail no me pertenece. Pero mi imaginación y esta trama, sí.

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Aurum

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Toda su vida Lucy había sido llamada Lucky, que era una manera de su gente de decir afortunada. Lucky Lucy Heartfilia.

Suponía que lo entendía. Después de todo, de los siete hijos que engendró uno de los condes más influyentes y adinerados de su reino fue ella, la hija menor, fue la única sobreviviente. Se murmuraba que la condesa hizo un pacto con una criatura mágica para asegurar su supervivencia.

¿Con quién? La respuesta depende de a quien le pregunten.

Unos decían que con uno de los demonios del mago oscuro; otros que con el propio Zeref.

Quienes conocían mejor a la duquesa aseguraban que nunca hubo tal pacto demoniaco, si no suerte, una bendición de la Diosa otorgada a una mujer inherentemente buena y piadosa. O que había sido con una criatura celestial o de la naturaleza. Un hada o un elfo, tal vez.

Algunos decían que la condesa era realmente una bruja y consiguió el milagro por sus propios medios, pero esto solo lo murmuraban entre dientes a la luz de una fogata.

La propia Lucy siempre pensó que, si su madre había hecho dicho trato, este debió ser con uno de los espíritus celestiales de los que le contaba historias en la hora antes de dormir.

Layla Heartfilia parecía tener un conocimiento íntimo de los espíritus que habitaban en el Reino Celestial, más allá del simple folclore de su pueblo. Independiente de lo escasa que era la información en libros y las leyendas, su madre solía contar con lujo de detalles cuentos que Lucy nunca pudo encontrar en ningún otro lugar.

Al pasar los años, esto era lo único que quedaba integro de Layla en la memoria de Lucy. Una imagen de una mujer rubia, reflejo de sí misma en unos años, su voz suave al hablar de las hazañas de Loke el León, o de la belleza de Aquarius. Si cerraba sus ojos podía escuchar el eco de una voz que le hablara con amor. En las noches de Samhain podía sentir unos dedos delicados, amorosos, acariciando su cabello.

Lucy tenía apenas siete años cuando la condesa falleció sin previo aviso. Para ella y para todo el reino fue un evento inexplicable. Un día se levantó y al siguiente ya no estaba. No hubo tiempo de hablarle al doctor del pueblo, solo al cortejo fúnebre.

La suerte de Lucy y su familia pareció morir con Layla. Su padre cayó de la gracia del rey por motivos que ella nunca comprendió y su pueblo empezó a caer con él. Una epidemia, inviernos helados que duraban hasta entrada la primavera matando los plantíos, una invasión bárbara que a duras penas pudieron combatir. El que una vez fuera el condado más poderoso de encontraba en la marginación y el rey de Fiore parecía no importarse.

El propio Jude sufrió una transformación a la peor versión de sí mismo, la pérdida sacando el monstruo de su interior.

Alcohol, drogas, mujeres.

Lucy descubrió la maldad de los hombres personificada en un padre violento y abusivo, que la ignoraba la mitad del tiempo y maltrataba la otra mitad. Mientras veía los tesoros de su decadente castillo desaparecer, Lucy no podía evitar preguntarse cuánto tardaría antes de que ella misma se encontrara intercambiada por fondos para poder mantener los excesos de su padre.

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Diez años.

Fueron solo diez años.

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Supo que algo terrible iba a pasar el día que Jude llego con un pequeño tesoro, ya que no había manera que consiguiera un tesoro así de los pobres impuestos de su gente, ni la venta de la última pieza de arte que había dejado la familia de su madre.

Lo confirmo cuando una horda (¿Grupo? ¿Banda? ¿Cuál era el término para casi cuarenta brutos?) de mercenarios tomó bajo punta de espada y en un patético tiempo record el castillo que perteneció a la familia por generaciones. Sacaron a su padre a la plaza central del pueblo, el pequeño cofre del tesoro en manos de quién Lucy supuso era el líder.

Cabello azul y un extraño tatuaje rojo en el rostro, recorriendo todo el camino desde su ceja izquierda hasta debajo de su ojo.

Supuso que el cabello extraño era un prerrequisito para entrar en la banda, ya que la mujer que llevó a Lucy desde el pequeño salón donde acostumbraba a bordar hacia la plaza también tenía el cabello rojo escarlata, el color tal como si se hubiera bañado en la sangre de sus enemigos.

No era difícil de imaginar que lo hubiera hecho en algún momento de su vida, la rodeaba un aura increíblemente terrorífica que hizo que Lucy se paralizara al verla.

Pero independientemente de la imagen que proyectaba fue sorprendentemente amable con Lucy una vez que pasó el pánico inicial, la mano que la llevaba del brazo firme pero suave. Después de que Lucy dejara en claro que no planeaba poner resistencia, su captora se volvió muy cortés.

Supuso que debería estar agradecida, no quería saber qué hubiera pasado con ella si hubiera sido un hombre quien la encontrará.

Una pequeña multitud se encontraba ya presente, aldeanos además de los otros miembros de la banda. Claramente nadie pensaba intervenir. Jude no era el gobernante más apreciado y menos en los últimos años.

El mercenario en jefe estrelló una bofetada en el rostro de su padre en ese momento, atrayendo la atención de Lucy. Su padre soltó una especie de grito ronco, sus ojos atónitos e indignados por la acción. El conde no sabía lo que era la violencia, pensó su hija.

Ella lo sabía, el escozor en la mejilla y las lágrimas en los ojos. Su padre la había golpeado una vez en el rostro; solo esa vez, después había aprendido a mantener las marcas en lugares fáciles de esconder.

El golpe que acababa de recibir no había sido ni de cerca tan fuerte, pero Jude no estaba acostumbrado a esos tratos. El silencio que siguió fue impresionante. Lucy nunca había presenciado algo así en el castillo.

"¡¿Te atreves–?!"

"Solo lo repetiré una vez más," los ojos del mercenario eran fríos. Su voz tranquila, como si no tuviera la vida de un hombre en sus manos. "¿De dónde sacaste ese oro?"

Jude lo miró con desafío, irguiéndose en toda su altura.

"¿De dónde más si no mis arcas?"

Lucy apartó la vista para no ver el siguiente golpe, sus ojos fijos en la bastilla de su vestido, claramente remendado. No era el atuendo propio de la hija de un conde. No había dinero. Su padre lo sabía y los mercenarios lo sabían.

Sintió la mano de la mercenaria posarse en su hombro –ya ni siquiera la estaba sujetando, tan segura de su cooperación– y por un segundo podría jurar que la había mirado con lastima.

"¿De dónde es el oro?"

"De mis arcas".

Se preguntó cuánto soportaría su padre, si lo ejecutarían después de que confesara. ¿Llamarían a la guardia real o se harían justicia por su mano? El escandalo iba a ser de proporciones colosales.

"Está es la última vez que te pregunto."

Lucy se atrevió a mirar a su padre nuevamente. Estaba hincado en el suelo respirando con dificultad, sangre escurriendo de un labio partido, un ojo comenzando a hincharse. Toda la rebeldía parecía haber dejado su cuerpo, reemplazada por terror. El conocimiento de su propia mortalidad finalmente había entrado en su cabeza. Ella misma se sentía impasible ante el posible final de su padre. Supuso que debería sentir algo, tristeza, felicidad por una justicia casi poética, miedo, pero no sentía nada.

Los ojos de su padre, de un café tan oscuro que parecían negros, se fijaron en ella rápidamente con desesperación, instándola a hacer algo.

Lucy negó con la cabeza suavemente.

No sabía que esperaba de ella.

En un movimiento brusco, Jude intentó brindarle un puñetazo al hombre de cabello azul, aprovechando su impulso al alzarse. El mercenario lo esquivo con ridícula facilidad, haciéndose a un lado, y, aprovechando el impulso del conde, lo golpeo en la espalda, derribándolo.

Jude cayó con un golpe sordo, expulsando todo el aire por el impacto.

"Droy, Jet, levántenlo."

Dos hombres, uno demasiado gordo, el otro demasiado delgado, se acercaron y alzaron a Jude por los hombros, elevándolo a la altura de los ojos de su líder.

"Haz colmado mi paciencia," ojos impasibles, tono helado. "Esta es tu ultima oportunidad para confesar tu hurto. No más mentiras."

"¡No! ¡No he mentido!" jadeó el conde.

El mercenario alzo una única ceja con clara incredulidad. "Hace dos días un grupo de cinco soldados entraron en medio de la noche en la casa de un respetado anciano de Fiore y saquearon la propiedad. Cinco soldados, de los cuales uno confeso haber sido contratado por el infame conde Heartfilia de Alcalypha."

"¡Mentiras! ¡Se me acusa falsamente! ¿Dónde están tus pruebas?"

"¿A parte del cofre con todo su contenido?"

"¡Ese oro es mío!" los ojos de su padre se encontraron con los de ella nuevamente, una mirada enloquecida en sus ojos.

Lucy no pudo evitar sentir un terrible presentimiento.

"¡Mi hija! ¡Mi hija lo consiguió!"

Exclamaciones de sorpresa a su alrededor, los ojos de todos fijándose en ella. Algunos aldeanos comenzaron a gritar por su inocencia, otros –menos– demandando que se le ajusticiara.

Lucy sintió que el alma caía a sus pies, la fuerte mano de la pelirroja a su lado sujetándola lo único que evito que sus piernas cedieran bajo su peso; y podría jurar que el dolor que experimento en su pecho era producto del cuchillo que su padre acababa de clavarle. El pequeño, diminuto, minúsculo remendó de afecto que mantenía por quien hubiera sido su padre murió una triste muerte en ese momento.

Abrió la boca, pero nada salió de ella. ¿Qué podía decir?

El mercenario la miro con incredulidad, volviéndose después a tu padre.

"¿Tu hija?" el primer asomo de emoción en su voz. En otra ocasión se hubiera sentido halagada por la clara indignación en su nombre. "¿Realmente estas acusando a tu propia hija?"

Jude trago saliva, súbitamente consciente de su error al percibir la hostilidad de sus agresores aumentar. Incluso la mercenaria se veía dispuesta a cortarle la cabeza en ese momento.

"¡N–No! Solo me refiero a que ella lo consiguió," balbuceó. "Ella lo hizo. Porque ella… ella… ¡Ella puede convertir cualquier metal en oro!"

Silencio.

"¿Qué?" Lucy exclamó, finalmente encontrando su voz.

Estaban perdidos.

"Jellal," llamó la pelirroja. Su líder mercenario alzó una mano, volviéndose a Jude.

Lucy decidió, nuevamente, que no deseaba estar en los pies de su padre.

"¿Quieres hacerme creer que tu hija es una bruja? ¿Qué posee el tipo de magia de los mitos de antaño?"

Lucy no pudo evitar esconder su rostro en el hombro de la mercenaria, el metal de la armadura frio contra su frente.

"¿Nos consideras imbéciles acaso? ¿Bufones?"

"Yo no miento. Ella realmente tiene magia en sus venas que le permite hacer milagros. ¡Justo como su madre!" agregó, súbitamente animado al recordar ese pequeño detalle.

Quería vomitar.

"¡Todos saben que su madre hizo un hechizo para asegurar su vida hace diecisiete años!"

Lucy no pudo evitar apretar sus puños con fuerza, furia nunca antes sentida inundándola. Nunca había encontrado tan difícil conseguir morderse la lengua como en ese instante. Solo años de práctica le permitieron mantener su compostura y obligarse a mirar a su padre, asegurándose de no mostrar expresión facial alguna.

"Y–Yo lo juro. Lo juro en la vida de mi hija."

Y así, Jude finalmente ofreció la última pieza del tesoro que dejara su madre.

"Ella es mi mayor tesoro," aseguró, sus ojos muy grandes, tratando de profesar la honestidad de sus palabras.

Mentiras.

Jellal se limitó a mirarlo con una expresión muy similar al asco.

"Infeliz," masculló entre dientes la mercenaria.

De la nada Lucy se sentía tan cansada, todas sus fuerzas parecieron abandonarla de nuevo pero esta vez se aseguró de mantenerse firme. Llevaba años esperando el momento en el que su padre la sacrificara por su propio bien. Siempre había pensado que la iba a ofrecer en un matrimonio arreglado, nunca pensó que lo haría para tratar de sostener sus mentiras.

"Pruébalo, entonces."

"¿Perdón?"

"Si es cierto lo que dices,"Jellal lo miró sin piedad. "No te molestará pedirle a tu hija una demostración–"

"Pero–"

"–A menos que esta sea una mentira más," continuó como si Jude no hubiera dicho nada. "En cuyo caso estarías pagando tus mentiras con lo mismo por lo que acabas de jurar, la vida de tu hija."

Jude claramente no supo que responder. Su boca se abría y cerraba en una perfecta imitación de un pez ahogándose fuera del agua. Sus ojos se fijaron rápidamente en la condesa, nunca en su rostro, solo en su vestido.

"Esta es tu última oportunidad para cambiar tu respuesta," insistió el mercenario. "En caso de que tus palabras sean mentira, la vida de tu hija me pertenecerá."

Lucy quiso llorar, su cuerpo temblando de la frustración, pero no se permitiría darle el gusto a su padre de ver lo mucho que la estaba hiriendo.

Jude solo asintió con la cabeza.

"Vamos," la llamó la mercenaria con suavidad, tomando su mano.

Lucy no se atrevió a mirarla para no apartar los ojos de su padre, solo asintió con la cabeza y camino hacia el conde y Jellal.

Los cuatro metros que la separaban fueron los más largos que hubiera caminado en su vida; sus pies se sentían pesados y torpes, y casi no podía levantarlos. Supuso que así se sentía un prisionero al caminar a la horca. Las piedras bajo sus zapatillas las mismas que cubrían el camino que llevara al inframundo.

Lucy sentía la mirada de todos, su pueblo, los mercenarios y su verdugo, menos la de quien la condenaba. Su padre no se atrevía a mirarla a los ojos. Eso podría haber sido un tipo de consuelo, pero se encontraba demasiado afectada para que significara algo.

Finalmente comenzaron a recorrer el camino más largo y corto de su vida. Y mientras avanzaba, a su alrededor los colores se veían más intensos, nítidos; el cielo nunca se había visto más azul, las nubes nunca tan grandes y blancas. El aroma del pan recién horneado en la panadería de la esquina, el pasto recién cortado esa misma mañana, la comida de los pocos puestos que se mantenían en el mercado.

El silencio sepulcral de su gente la rodeaba, por fin todos en acuerdo de que su padre mentía. Nadie la condenaba ya. La piel del guante que cubría la mano de la mercenaria que había mostrado más piedad por ella en media hora de lo que había mostrado su padre en los últimos diez años, era suave, gastada por el uso.

¿Y cómo era eso justo? ¿Quién decidió robarle a su familia para dejarle a un monstruo en el lugar del hombre que una vez fuera su padre? Las ganas de llorar eran casi incontenibles. El conocimiento de que alguien le jugó una mala mano ardiendo en sus ojos con la forma de las lágrimas que se negaba a derramar.

¿"Lucky" Lucy Heartfilia? Ja. El último día de suerte en su vida había sido en el que nació, y quizá los que viviera con su madre.

'¿Así termina la vida que me dieron, oh Rey de los Espiritus Celestiales?' Pensó amargamente '¿Este fue el pacto que hizo mi madre? ¿Por esto dio su vida? Porque me han jugado mal. Si este es mi final, están fallando el acuerdo que hicieron. Cobraron demasiado para dar algo tan poco'.

Finalmente llegaron al centro de la plaza, el tiempo pasando demasiado rápido. Lucy se paró delante de su padre, su mano apretando la de la pelirroja con fuerza sin darse cuenta.

"Mírame, padre," ordeno, y para su sorpresa su voz resonó más compuesta de lo que le daba crédito. "Mírame, el último regalo de la mujer que dijiste amar más que a nada en el reino."

Jude se encogió ligeramente en sí mismo como si lo hubiera golpeado pero mantuvo sus ojos en el suelo.

"Madre es afortunada por no presenciar esto, de lo contrario sabría que el precio que tuvo que pagar por mi vida fue demasiado caro, para lo que estas malbaratándolo."

Jude alzó la mirada de golpe, algo oscuro en sus ojos, pareciendo a punto de replicarle, y en otras circunstancias sus palabras le hubieran ganado una bofetada similar a las que Jellal le había infligido minutos antes, pero lo que sea que haya visto en su rostro lo hizo callar.

"Tsk," masculló, apartando la mirada.

"Condesa," llamo Jellal, poniendo en sus manos una pequeña daga. Justo como la que le acababa de clavar su padre.

Era más pesada de lo que aparentaba. Lucy la pasó de su mano izquierda a la derecha, sintiéndose estúpida. Por un momento sopeso la idea de clavarla primero en uno de los ojos de su padre y luego en su propio pecho, pero decidió que si iba a morir no iba a ser bajo su propia mano.

Pasaron unos minutos en una pesada tensión. Como era de esperarse nada sucedía.

Finalmente Jellal suspiró.

"Erza," llamó a la mercenaria, haciéndole una seña para que tomara la daga de la mano de Lucy.

"Tí, Conde, nos acompañaras con la guardia real y deberás responder ante la justicia. Toda la plaza es testigo de lo ofreciste a cambio de sus mentiras, por lo que–"

Lucy gritó.

Jellal se volvió rápidamente, su atención en la mercenaria y en Lucy, quien acababa de soltar la daga como si la hubiera quemado.

Y ante los atónitos ojos de los presentes, el metal cambiaba de acero a oro donde habían tocado sus dedos.

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Lucy despidió a Erza y los demás miembros de Fairy Tail, como finalmente se enteró que se llamaba la banda, con un sentimiento de tristeza inesperado.

Erza le ofreció irse con ellos – 'Mavis sabe que ese padre tuyo no podría importarse menos por usted, Lucy' – y ella estuvo tan tentada de aceptar que rehusarse le dolió físicamente. Pero lo que hizo, milagro o no, iba a traer consecuencias. Su padre no la iba a dejar marchar nunca y ante la ley del reino Lucy debía obedecerlo hasta contraer matrimonio o su mayoría de edad, en tres años. La idea de verse perseguida como un animal salvaje, trayendo ese tipo de bomba de tiempo a su nuevo hogar le dejaba una sensación de desesperanza como nunca había conocido.

Por lo que se negó, lo que quedaba de su corazón rompiéndose por hacerlo.

Les regreso el cofre con el tesoro intacto, al menos. Su padre no estaba presente para poder objetar, y aunque lo estuviera a Lucy ya no le importaba lo que pudiera decir. Cualquier retazo de afecto que le quedara estaba muerto.

Después de un abrazo inesperado que casi le rompe los huesos –Erza parecía sentir la misma amistad espontanea que Lucy– Fairy Tail dejó Alcalypha, llevándose con ellos su sueño de una familia y un hogar.

Ya sola, Lucy decidió descubrir si podía repetir la magia o si fue un evento aislado. Un don como ese podría mejorar la vida de su golpeado pueblo, por lo que decidió hacerlos llamar con la comanda de traer todas las piezas de metal que pudiesen cargar a la sala del trono.

Se instaló en la que fuera la silla de su padre y recibió a su gente.

La primera pieza que le entregaron fue el sartén de hierro fundido de una mujer rodeada de sus cuatro hijos pequeños. Intentó convertirlo a fuerza de voluntad durante cerca de diez minutos, sus dedos tocándolo desde todos los ángulos posibles. Solo cuando estaba a punto de rendirse pasó. Un cosquilleo en la punta de sus dedos, el hierro volviéndose oro sólido.

La siguiente pieza resultó más sencilla, solo le tomó ocho minutos.

Tres horas después estaba segura que había aprendido el truco. Y fue entonces cuando sus fuerzas la dejaron definitivamente y se desmayó entre los gritos de alarma de una pequeña multitud.

Despertó la mañana siguiente en su recamara, uno de los guardias plantado en la puerta. Probablemente para evitar que su padre entrara.

Para su sorpresa, Lucy descubrió que en algún momento entre el ataque de los mercenarios de Fairy Tail y su trabajo en el trono se ganó la lealtad de su pueblo, especialmente los guardias del palacio. Nadie lo decía, pero todos eran conscientes de dos verdades: se le había concedido un milagro a la condesa para salvar su vida y el conde era una criatura despreciable.

Las personas que esperaban turno el día anterior seguían en el mismo sitio, así que ella continuó desde primera hora de la mañana.

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La noticia de la 'Dama de oro' como le comenzaron a llamar inevitablemente se esparció por el reino de Fiore hasta llegar a oídos del rey Thoma E. Fiore.

Después de haber pasado siete días continuos convirtiendo en oro las pertenencias de todas las personas que acudieron a ella, Lucy no estaba sorprendida de que su dudoso don fuera ahora conocido hasta en la capital. Demasiadas personas hablaban de su súbita magia y no dudaba que todos supieran también como se hizo de ella.

La mañana del séptimo día un águila real arribó con la buena nueva de que un enviado del rey visitaría el condado de Alcalypha por primera vez desde la muerte de Layla Heartfilia, probablemente para asegurarse de que los rumores fueran ciertos antes de que el rey tuviera que involucrarse en persona.

Hasta ese día Lucy había podido ignorar la presencia de su padre, protegida como estaba por sus guardias el Conde no fue capaz de acercarse más de dos metros de su persona. No que él hubiera intentado mucho, ocupado como estaba en relamerse las heridas de 'guerra'.

Sin embargo, en el momento en que se enteró de la visita, sus ojos comenzaron a observarla con una codicia inhumana.

Lucy suspiró, mirando a su padre salir del comedor. "Esto va a terminar mal."

Su institutriz, la señora Spetto, no pudo más que asentir.

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No bien su mano terminó de convertir en oro puro el colguije de acero que había llevado el mensajero del rey, una antigua reliquia de la bisabuela del monarca, Lucy y su padre fueron solicitados en Crocus.

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Dos semanas pasaron desde que conoció a Fairy Tail y la vida que podría haber sido la suya si su padre no estuviera atravesado en su camino. La capital era enorme y hermosa, pero para su desgracia Lucy no tuvo el tiempo de explorarla como hubiese deseado. Ni la ciudad ni más que unas cuantas habitaciones en el palacio. Lo más que vio lo hizo en el trayecto en carruaje.

Al menos pudo viajar en un carruaje a parte del de su padre.

La mañana del tercer día desde su llegada a la capital Lucy se despertó al despuntar el alba. Tomó un largo baño con agua tan caliente que casi estaba hirviendo pero que se sentía deliciosa en su piel; después de años de bañarse con agua helada, nunca más iba a dar por sentado el beneficio que era el agua caliente. Una vez limpia y cubierta en una fina bata de tela suave contra su piel, secó su cabello y prosiguió a cepillarlo durante media hora completa.

Desde la ventana de la habitación que le cedió el rey en persona después de conocerla y ver su magia, podía ver un enorme árbol, y en la rama más cercana se posaban pájaros de todos los colores que cantaban hasta el anochecer.

Su favorito era un azulejo que tendía a desafinar.

Mientras escuchaba a su favorito llevarle una mal recibida serenata a una hermosa petirrojo, decidió que era un día verdaderamente hermoso. Lo que habría disfrutado enormemente de encontrarse en otras circunstancias.

"¿Princesa? El vestido ya está listo para usted".

Lucy miró a la entrada de su habitación con resignación, mirando a las dos criadas cargar un vestido blanco.

Ese era el día de su boda.

"Entiendo. ¿Podrían ayudarme a ponérmelo?"

Realmente no podía culpar al rey. Tenía en sus manos una fuente casi ilimitada de riquezas. Desde que su don se manifestó Lucy aprendió que la única limitante para ella era que se terminara el mana de su cuerpo, el cual no sabía que tenía hasta ese momento. Cualquier metal que tocara con su magia se volvía oro puro y no regresaba a su forma original. Pasadas unas horas sus niveles de mana subían a la normalidad y se encontraba lista para comenzar de nuevo.

La magia técnicamente no era completamente aceptada en su sociedad, y menos si la practicaba una mujer, pero nadie sería tan estúpido como para rechazar una gallina de huevos de oro que llegaba a su puerta. En el momento que le demostró su misteriosa habilidad al rey, su compromiso con el príncipe Hisui E. Fiore fue arreglado y la boda estuvo concertada para hacerse lo más pronto posible.

Jude nunca había estado tan feliz en toda su vida, o al menos no que ella recordase. Siempre más cercana a su madre, después de todo.

Supuso que debería estar agradecida de que el príncipe tuviera una reputación de honorable, si bien se decía que era un poco impulsivo. Era un hombre joven, uno o dos años mayor que ella, alto y esbelto, hombros anchos y cabello y ojos de un curioso color verde jade.

El príncipe Hisui era atractivo y respetuoso, pero había algo–

"¡Esta muy apretado!" jadeó, sintiendo a las criadas tirar de los listones que ajustaban el corsé de su vestido

"Una disculpa, su alteza. ¿Así está mejor?"

No realmente.

"Sí, gracias."

¿La ausencia de amor? Lucy siempre supo que no iba a casarse por amor.

El cuento de hadas que vivieran sus padres antes de volverse la historia de horror en la que terminó; la historia que comenzaba con su padre como el hijo de un mercader y su madre la hija de los Condes Heartfilia de Alcalypha, quienes contra todo pronóstico se enamoraron y se casaron a pesar de las adversidades. Esa mágica historia de amor no iba a ser para ella, mucho menos si su padre tenía algo que ver.

"Cierre los ojos, princesa. Es hora del maquillaje."

Cada vez que la llamaban princesa quería vomitar. Pero en ese momento el acuerdo era tan seguro que ella prácticamente ya lo era.

No podía evitar sentir que el príncipe la resentía, sin embargo.

Accidentalmente lo escuchó hablar con su padre de sus dudas al compromiso la noche que fue anunciado.

Lucy se había estado escondiendo de su padre en uno de los balcones del salón cuando el rey y el príncipe salieron al mismo en el que ya se encontraba ella, pero afortunadamente no la vieron, oculta como estaba tras una columna.

Sorpresa de sorpresas, pero su prometido estaba involucrado con la jefa de la guardia real.

"¿Y Arcadios?"

"Créeme que me llena de pena, Hisui, y si fueran otras circunstancias sabes que consentiría tus deseos, como te había prometido," dijo el rey, mirando a su hijo con arrepentimiento.

"Sin embargo no podemos dejar pasar esta oportunidad para el reino. Sabes bien que en el momento en el que este secreto salga de Fiore todos van a codiciar a la condesa Heartfilia, y gracias al escándalo de su padre no falta tiempo para qué suceda."

"Lo entiendo, padre. Pero–"

"Pero nada. La desposaras y Arcadios lo entenderá. Es lo mejor para nuestro pueblo."

El príncipe calló.

"Además, la hija de Layla es la viva imagen de su madre," Lucy se sorprendió del afecto con el cual el rey decía el nombre de su madre. "Es una mujer hermosa, con un don inigualable. Somos afortunados de que el canalla del conde no puso demasiadas trabas para esta unión."

"Hermosa. Sí," un tono de molestia, como si su belleza lo ofendiera personalmente. "Y con problemas de fertilidad si se parece a su madre."

"Siempre hay una solución. Su madre la encontró, seguramente la condesa también lo hará. Ahora, en la noche de bodas–"

Lucy había dejado de escuchar. Se quedó en el balcón unos minutos más después de que la familia real volvió al baile, sopesando la información que acababa de descubrir.

Quería decirle al príncipe que ella tampoco deseaba la boda, que su sueño era poder huir de las garras de su padre y encontrar un lugar propio, donde pudiese ser ella misma y conocer personas que la quisieran. Sin embargo, eso no le serviría de nada y el rey Thoma tenía razón en que muy pronto otros reinos conocerían de magia. Cuando ese momento llegara ella realmente no sabía que pasaría.

"Ya puede mirarse al espejo, su alteza."

Delante de ella se encontraba una novia con brillante cabello dorado y con un vestido blanco de cuento de hadas. Rico, brillante, hecho por el mayor diseñador del reino. Era la prenda era la cosa más hermosa que hubiera usado en toda su vida. Ella misma nunca se había visto mejor, decidió. Sus facciones estaban perfectamente maquilladas. Sus ojos inmensamente tristes.

La criada que le había hablado bajo el velo y ya no pudo ver sus ojos más.

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Por petición del príncipe Hisui, la boda iba a oficiarse en los jardines del castillo Mercurius. Lucy no vio motivos para oponerse a la decisión y Jude no tenía voto a favor o en contra –lo cual la condesa consideraba hilarante.

Y así fue como Lucy se encontró caminando en un pasillo hecho de flores blancas y rosas, hacia un arco nupcial que ella misma convirtió en oro la noche anterior, su mano en el brazo de su padre, mientras los músicos reales tocaban la marcha nupcial de Wagner. Sus dedos apenas rozaban su piel, la sensación de disgusto pesada en la boca de su estómago. Lucy y Jude no habían hablado desde que llegaron a la capital. Ella no le permitía tocarla desde los eventos que resultaron en la aparición de su magia.

A su alrededor se encontraban sentados todos los nobles y las familias importantes del reino que habían alcanzado a llegar con tan poca anticipación. Todos despreciaban a Jude.

Prefería no pensar que opinaban de ella.

Lo mejor de usar un velo es que no podían ver su expresión de resignación, decidió.

'El príncipe se ve muy atractivo. Es una lástima que me odie'. Si alguien se interpusiera entre su verdadero amor y ella, totalmente los odiaría también.

Por un momento se preguntó qué pensaban durante su boda las personas que realmente deseaban casarse. ¿Buscaban rutas de escape, cómo ella? Lo único bueno de su matrimonio es que finalmente dejaría la casa de su padre. Ser reina no debía ser tan malo.

Sumida en sus pensamientos como estaba Lucy no se percató de que una sombra comenzaba a cubrir la luz del sol.

Lo primero que registraron sus sentidos fue el cambio de la expresión del príncipe, pasando del completo estoicismo a la sorpresa, y finalmente al pánico. Lo segundo fueron los gritos de las personas que la rodeaban mientras que una brusca corriente de aire arrancaba el pasillo de flores y volaba su vestido. Su velo ondeaba en el aire a su alrededor, una nube blanca vaporosa de encaje y tul.

Lo tercero y último que registró fue un rugido terrible, como ningún sonido que hubiera conocido nunca. Era horrible. Invocaba un instinto dormido dentro de los pequeños humanos pero que debía ser parte de cualquier memoria racial, resultado de años de evolución, el mismo sonido que les recordaba su tamaño en comparación al mundo exterior y traía épocas del pasado cuando los seres humanos eran criaturas nómadas que se escondían de los depredadores para evitar convertirse en una presa de tamaño mediano.

Lucy se paralizó.

Por un momento solo se escuchó el estruendoso silencio posterior al sonido más aterrador que Lucy hubiera escuchado. Después, como liberados de un hechizo, los invitados de la boda comenzaron a correr en todas direcciones, buscando alejarse de la fuente. Lucy vio a una mujer en armadura, de cabello café y una nariz puntiaguda, tomar al príncipe del brazo y arrastrarlo en dirección al castillo, un escuadrón de guardias cubriendo su huida.

Alguien había hecho ya lo mismo con el rey.

Lentamente, como en un sueño, Lucy se volvió para ver a quien se había robado el sol.

Era enorme. Su cerebro simplemente no podía comprender que algo tan grande existiera y se negaba a darle una escala para compararle.

Escamas escarlatas que se iban volviendo de un profundo color borgoña o tinto en la expansión del cuerpo; unas alas enormes que eran las responsables de la ventisca que amenazaba con arrancarle el velo. Y una cabeza de reptil coronada con cuernos, en la cual unos enormes ojos tan oscuros que parecían ónix se enfocaron en ella.

Solo pudo pensar que claramente la noticia de su magia ya había salido de Fiore.

El dragón de acercaba a una velocidad impresionante.

Sin que pudiera planearlo o siquiera analizar sus acciones, sus manos empujaron a su padre, quien estaba paralizado junto a ella, y comenzó a correr, esperando alejarlo lo suficiente. La adrenalina golpeó su sistema y súbitamente el mundo a su alrededor era un borrón de colores debido a lo rápido que iba. El dragón cambio de curso con un movimiento demasiado habilidoso para algo de su tamaño.

No le dio tiempo ni siquiera de gritar.

Lucy juró que escucho la voz de su padre gritar su nombre, pero nunca lo sabría con certeza, porque en ese momento una enorme garra delantera se cerró a su alrededor y el mundo de volvió completa oscuridad.

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Eventualmente lo continuare. Tengo muchas ideas.

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