01.
El reloj del salón de clases indicaba que su maestra llevaba quince minutos de retraso, y Kurt no podía sentirse más inquieto ante la posibilidad de que los rumores fueran ciertos. Su profesora de matemáticas, la señorita Jackson era una de sus docentes favoritas, por la forma tan sencilla que empleaba al explicar cada ejercicio, haciendo aquella materia una de las que Kurt más le gustaba.
- Te dije que no vendría – le susurró su amiga Rachel, relajándose en su asiento al lado de él – Aquel virus la mandó directo al hospital… Y probablemente hoy no tengamos clases… ¿No es genial? – la chica sonrió divertida, metiendo su cuaderno de regreso a su bolso.
- ¡Rachel! – la riñó el chico - ¿Cómo puedes alegrarte de la desgracia ajena? – negó con la cabeza, reprobatoriamente.
- No estoy feliz porque la señorita Jackson esté enferma… ¡Dios, no! – se escandalizó la muchacha – Sólo celebraba el hecho de no pasarme dos horas haciendo ecuaciones y logaritmos.
Kurt le lanzó una mirada por el rabillo del ojo y guardó silencio. Si no tendrían clases, en cualquier momento vendría alguien a avisarles. Garabateó distraídamente en su cuaderno, dibujando flores y estrellas, cuando escuchó que alguien entraba al salón a la carrera.
Alzó la vista, esperando ver al director, el señor Figgins, o a su secretaria, para informar la ausencia de la maestra; sin embargo, sus ojos quedaron atrapados en la perfecta imagen frente a él. Un joven, y muy apuesto hombre, con anteojos de marco negro y un maletín de cuero en su mano, estaba acomodándose en el escritorio del maestro. Tomó un marcador y con una exquisita caligrafía, escribió "Sr. Anderson" en la blanca pizarra.
- Buenos días, alumnos – comenzó a decir y Kurt sintió que un coro de ángeles estaba resonando por el aula. No sólo se veía perfecto físicamente, sino que se oía como perfección pura también – Disculpen el retraso, pero tuvimos un pequeño inconveniente – Kurt apoyó su cabeza sobre su palma, posando el codo en su pupitre para mantenerla en alto y tener una mejor vista – Como han oído, la señorita Jackson se encuentra en el hospital por tiempo indefinido… Por lo que yo… Seré su maestro, el tiempo que ella tarde en regresar – el chico casi brincó de su asiento para celebrar aquella noticia – Soy el señor Anderson – indicó con su dedo índice la pizarra – Algunos ya me conocen del taller de reforzamiento matemático, del que me hice cargo este año… - El chico entendió entonces por qué no había visto al hombre jamás – Espero que nos llevemos muy bien… Porque, créanme que no querrán tenerme de enemigo – le guiñó un ojo a todo el salón y Kurt creyó que se desmayaría – De acuerdo, vamos a ver la asistencia.
El hombre se sentó frente al escritorio y acomodó unos papeles, antes de comenzar a nombrar a cada uno por su apellido. Kurt Hummel, a sus 17 años, estaba seguro que acababa de experimentar su primer "flechazo" y no podía evitarlo, considerando el monumento de profesor que tenía ante él; cabello negro, ligeramente ondulado, ojos claros con largas pestañas, casi podía asegurar que eran color avellana… Unos hermosos labios, y extrañas cejas pobladas y triangulares. Era algo que jamás el adolescente había visto en su vida. Además de la adorable forma de vestir de su maestro, que le restaba años de encima; camisa a cuadros, corbata de moño, chaleco sin mangas. Sus pantalones mostrando parte de sus tobillos y…
- ¿Hummel? – dijo el hombre, pero Kurt estaba tan absorto analizándolo, que no podía oírle. Rachel a su lado lo miró con curiosidad - ¿Kurt Hummel?
- ¡Kurt! – fue codeado con poca delicadeza por su amiga, despertando de golpe de su ensoñación, ruborizándose furiosamente por ser tan despistado.
- ¡Kurt Hummel! – dijo por última vez el señor Anderson, escrutando el salón con la mirada.
- ¡Aquí! – chilló el muchacho, elevando su voz una octava, causando algunas risitas a su alrededor – Yo… Soy yo – se ganó un ceño fruncido de su maestro, y luego se encogió en su lugar, avergonzado.
- ¿Dónde tenías la cabeza, eh? – le increpó la muchacha, acomodando su flequillo castaño.
- En ninguna parte, sólo… Me distraje y ya – se salió por la tangente.
- Hey, no soy ciega Kurt – advirtió ella – Te vi – le acusó, causando que su rubor aumentara de intensidad – Estabas mirando al señor Anderson.
- ¿Qué? – soltó en una aguda exclamación - ¡Claro que no!
- Vamos, no me mientas… - la chica lo picó con un dedo en las costillas, riendo con complicidad – El tipo está para comérselo.
- Santo cielo, Rachel… ¿Quieres callarte? – el chico se removió incómodo en su asiento, lanzando furtivas miradas al frente, intentando no alimentar las sospechas de su amiga.
El señor Anderson finalizó el registro de asistencia y comenzó su clase, explicando las actividades que realizarían, escribiendo en el pizarrón, sin embargo, Kurt no podía entender nada porque el hombre lo distraía demasiado con la forma en que movía sus labios y el pestañeo de sus ojos. Era imposible para el chico captar algo del complejo problema matemático que su maestro desarrollaba frente a la clase.
- Señor Hummel, al frente – demandó el profesor y Kurt no se movió, hasta que sintió a su amiga sacudirle el brazo.
- ¿Uh? – miró confundido a Rachel, quien, con un gesto de cabeza, le indicó que volteara a ver adelante - ¿Qué?
- Venga aquí – dijo el maestro, señalando la pizarra.
- Y-yo… O-okay – tartamudeó, levantándose torpemente de su asiento. Caminó como si cargara el peso del mundo, sonrojándose al acercarse al señor Anderson, recibiendo el marcador que éste le ofrecía.
- Desarrolle el ejercicio – indicó, y Kurt se maldijo a sí mismo por no estar prestando atención a la clase. Realmente intentó concentrarse en los números que tenía frente a él; pero el perfume de su profesor inundaba su nariz, haciéndolo enloquecer, y el hecho de tenerlo tan cerca que si estiraba su mano podía tocarlo, no ayudaba… No supo cuánto tiempo pasó imaginándose junto a su maestro, hasta que éste se aproximó a él nuevamente – No deberías estar en clase de matemática avanzada, si no puedes realizar un ejercicio tan básico… ¿Te sientes bien? – consultó al ver al muchacho completamente ruborizado. Frunció el ceño en confusión y puso el dorso de su mano sobre la frente del menor, haciendo que todos los puntos nerviosos del chico se activaran.
- S-s-si… - balbuceó, sintiendo que el cualquier momento caería al suelo.
- De acuerdo… - el hombre apartó su mano y recibió el marcador de vuelta – Regresa a tu lugar.
Kurt caminó como si flotara sobre una nube, sentándose con un suspiro que Rachel no pudo ignorar, alzándole una ceja en interrogación.
- ¿Qué demonios te pasó, Kurt? – susurró ella – Has hecho ese ejercicio cientos de veces…
- ¿Qué? – dijo el chico distraído.
- ¡Kurt! – se molestó la muchacha - ¿Estás enfermo o algo?
- Yo… estoy perfectamente – respondió él en un suspiro, con una creciente sonrisa en su rostro.
- Has perdido la cabeza – comentó Rachel, volviendo su atención a la clase.
Cuando el timbre resonó, indicando el inicio del receso, Kurt y Rachel guardaron sus cosas rápidamente para salir del salón.
- Am… Hummel – la voz del señor Anderson lo descolocó, haciéndolo voltear en media fracción de segundo - ¿Puedes quedarte un momento? Quisiera hablar contigo.
- O-o-okay - tartamudeó, y al parecer esa era la única forma en que podía hablarle a su maestro.
Rachel le hizo un gesto, abriendo sus ojos cafés con exageración, a lo que Kurt respondió con una negativa de su cabeza.
El aula de desocupó rápidamente, y el chico anduvo con pies de plomo hasta la mesa del maestro. Se sentó frente a él y acomodó su bolso sobre sus piernas, tomando una bocanada de aire con nerviosismo, aspirando el aroma varonil del hombre.
- Kurt… ¿Por qué decidiste tomar la clase avanzada de matemáticas? – cuestionó el hombre, mirando al inquieto chico, revolver sus ojos azules de un lado a otro.
- Y-yo… S-se veía f-fácil en un c-comienzo… - mintió, aun sin saber por qué lo hacía – Y la maestra Jackson lo hacía parecer sencillo t-todo el tiempo…
- No voy a cuestionar las habilidades de mi colega, ni te diré que dejes la clase… - analizó, pasando una mano por su barbilla – De todos modos, el año está bastante avanzado y no sería bueno para ti… - el hombre apoyó los codos en la mesa, enlazando sus manos y aproximándose al frente, hacia Kurt - Pero, si te interesa... puedes asistir al taller de reforzamiento matemático – sugirió el mayor - Creo que te vendría bien repasar un poco, para nivelarte con tus compañeros.
- ¿Us-usted... cree? - balbuceó. La idea de tener al adonis que le sonreía cortésmente en ese momento, por unas horas más a semana, susurrándole al oído cómo resolver un ejercicio matemático, mientras su cuerpo se apoya sobre su pupitre, le aguó el cerebro y le calentó las mejillas.
- Kurt... - dijo con un tono de voz grave, que para el chico era increíblemente caliente - No te sientas avergonzado... Todos necesitamos un poco de ayuda, de vez en cuando - La sonrisa del hombre se amplió un poco más, mientras con una de sus grandes manos ásperas palmeó el dorso de las manos que Kurt reposaba sobre la mesa. Una electrificante sensación le recorrió la espina dorsal con solo sentirlo. Necesitaba salir de ahí, antes de que terminara cometiendo una locura, o avergonzándose aún más a sí mismo, debido a que ya estaba medio duro en sus pantalones.
- L-lo haré... Iré a... Su clase de ref-reforzamiento - medio jadeó, pasando saliva, antes de ponerse en pie, poniendo estratégicamente su bolso delante de él - Y-yo... Yo ya me voy.
- Si, vete... – el profesor rió, haciendo un gesto con su manos - Nos vemos mañana a las 3:30... En el aula de ciencias... – detalló.
- Okay... – articuló Kurt, como si acabara de acceder a ser parte de algo secreto y pecaminoso. Aquello sólo lo encendió más.
Casi corrió para salir del salón en una sola pieza, mientras la incomodidad de caminar con una erección lo estaba matando; pero no planeaba detenerse hasta llegar a su carro. Estuvo tentado a perder su compostura y terminar con las fantasías de su mente ahí mismo en el parqueadero del instituto, pero los del equipo de futbol estaban cerca y lo espantaron lo suficiente para refrenar sus curiosas manos de cruzar la línea del ecuador.
En cambio, aceleró a fondo para llegar a la privacidad de su cuarto lo antes posible y tomar una extensa ducha caliente.
Estaba asombrado de sí mismo, por ser tan hormonal frente a una situación común y corriente. Tal vez, se deba a que, teniendo diecisiete años, ni siquiera ha dado su primer beso. Mucho menos ha tenido alguna experiencia del tipo sexual, por lo que su cuerpo adolescente, está lleno de curiosidad, y su increíblemente atractivo maestro suplente, no es de mucha ayuda, mirándolo con sus ojos color avellana, a través de sus espesas pestañas; sonriendo con sus perfectos dientes y los hoyuelos en las mejillas… Todo en su profesor gritaba sexo, y Kurt sólo deseaba acudir a ese llamado y sentir lo que el hombre era capaz de hacerle. Lo quería todo, y eso lo aterraba y excitaba al mismo tiempo.
Con un poco de brusquedad, se quitó la ropa y echó el seguro a la puerta de su baño, antes de encender la ducha y sumergirse bajo la lluvia artificial de agua caliente, la cual quemaba su blanquecina piel, limpiándola lentamente. Las inquietas manos de Kurt se pasearon por su cuerpo sensible y encendido en calor, recorriéndose a sí mismo, evocando la imagen de su profesor en diversas situaciones. Se imaginó al hombre tomándolo con firmeza, para besarlo contra el pizarrón, presionando su cuerpo trabajado contra el suyo, apoderándose de él y haciéndolo enloquecer. Su imaginación voló más allá, visualizándose con las manos apoyadas sobre el escritorio, desnudo y sudoroso; su profesor paseando sus callosas manos por sus piernas, lento y caliente, hasta llegar a sus muslos y más arriba…
Una de sus manos se envolvió en su palpitante erección, acariciándola con necesidad, al ritmo de sus eróticas fantasías; dejándose llevar, como si el mismísimo señor Anderson estuviera tomándolo, duro y constante, embistiéndolo contra su escritorio, sin descanso.
El chico gimió, tan excitado que no pudo contener por más tiempo su venida, eyaculando sobre su mano, gloriosamente. Soltó un jadeo gutural y se apoyó en la pared de azulejo, regularizando su agitada respiración. Era la primera vez que sentía algo así, tan carnal y primitivo. Kurt solía ser bastante reservado y pudoroso con relación al sexo. Sin embargo, no podía evitar fantasear y tocarse a sí mismo, pensando en su profesor sustituto, porque él había encendido una llama que el chico no sabía que tenía dentro; y si no lo detenía, terminaría por quemarlo completamente.
¿Me extrañaron?
Sé que dije que ya no subiría por esta plataforma, pero decidí hacerlo una vez que estuvieran completos. Y esta historia ya esta terminada :D
Así que disfruten!
