El movimiento por la templanza encestó el golpe más grande desde su creación a inicios del siglo XX, con la llegada de William A. Andley al poder. Durante sus primeros meses como alcalde, el joven cabeza de familia hizo promoción por el mejoramiento moral del país, tanto así, que cada evento social propiciado por el municipio, era usado para algún discurso. Palabras cargadas de emoción que buscaban no solo cambiar a la gente, sino que también su punto de vista.

Los recuerdos de una Guerra de Secesión marcaron a la sociedad, el dolor provocó una necesidad de escape de la realidad. Un escape que únicamente produjo violencia y abusos; tanto al interior de las familias americanas, como entre simples compatriotas, a causa del consumo excesivo de alcohol. Si la situación era propicia, como una conferencia con autoridades regionales, eclesiásticas o con sus pares: empresarios ricos, William y su ardida peroración, se encargaban de recordar la vagancia, la pobreza de las masas, la demencia y delincuencia que raptaron para sí la ciudad. Prometiendo a todos y cada uno de ellos la recuperación del hogar, fue ganando cada vez más adherentes, tantos, que al final de su primer año, ya había logrado extender el movimiento hacia otros puestos de poder junto con la policía local.

Elroy no sólo era una orgullosa observadora, también era promotora de las actividades de su sobrino. Sin embargo, sentía que su tarea no estaba completa. Ella no se daría por satisfecha hasta no ver a William, unido a una buena mujer en santo matrimonio. Si iban a predicar, tenían que hacerlo con el ejemplo ¿Cómo hablar de la familia y sus valores, si no había formado una propia? Lo que más le preocupaba, era ver que Anthony se le estaba adelantando. Innecesariamente, si alguien le preguntaba.

El joven hablaba de su relación con Candice con una seriedad que la pasmaba. La muchacha no era de su agrado, y por más de una razón. Se había mostrado muy dócil y contrariada ante la presencia de Albert cuando se conocieron, cuando los vio en la pista de baile, casi dio por sentado que se establecería una relación entre ambos. ¡Escandaloso! Pensó en aquella ocasión, su sobrino era socio de Leagan, y a eso sumar la diferencia de edad. Pero no pasó del baile, momentos más tardes entraba a la mansión del brazo de su adorado Anthony, mostrándose aún más coqueta y solícita.

No podía ser una muchacha seria, alguien tan voluble en sus sentimientos. Por otro lado, estaba su familia, la cuna se la deba la madre, pero su padre… Un hombre sin abolengo ni preparación. Todo agravado por haber sido el causante del matrimonio entre Rosemary y ese "navegante", como solía llamar al marido de su sobrina. Lo único que redimía a Neil Leagan ante sus ojos, era el genuino interés que mostró por Anthony cuando su madre murió y su padre le abandonara. Nunca lo dejó de lado pese a no tener obligación alguna. Sólo por ese noble gesto se mordía la lengua y trataba, lo mejor que podía, de ocultar su molestia ante la muchacha en cada visita.

Tras dos años en la alcaldía, William ya había establecido normas de prohibición en la ciudad. Otras ciudades seguían su ejemplo. Los mandatos del movimiento avanzaban según lo deseado, pero, de matrimonio, nada. Esto llevó a Elroy a tomar como reto personal casar a su sobrino, dejando que el menor de su familia siguiera avanzando en sus amores juveniles tranquilo. Era lo que menos le inquietaba de momento, sobre todo si consideraba que William estaba adquiriendo mucha notoriedad, incluso a nivel gubernamental.

Comprometida con lo que consideraba su causa personal, miró dentro del movimiento y examinó a cada miembro femenino de éste. Sólo para decepcionarse, muchas habían entrado encandiladas con su sobrino: su porte, su inteligencia, su pasión al hablar. Y no es que no fueran razones válidas, pero eran reclutas vacías, sin fundamentos. Se involucraron con el grupo por la calentura en sus calzones y no por convicciones. Y las pocas que no caían dentro de ese saco, eran mujeres casadas o doncellas carentes de prosapia. Poco apropiadas para un hombre con el poder que su sobrino ostentaba. Mas no se desalentó, si no encontraba una candidata dentro del movimiento por la templanza, bien podía encontrarla dentro de los simpatizantes del mismo. Bajo esa premisa decidió organizar una fiesta para celebrar los dos años de gestión de Albert en la alcaldía de Chicago, quizás en esa instancia daría con una buena candidata.

-No veo la necesidad de algo como esto- Albert increpó notoriamente molesto a su tía, en medio del desayuno. Más se ofuscó al notar que la mujer parecía hacer caso omiso.

-Por el contrario- contravino calmadamente Elroy. -Hay mucho que celebrar: tu gestión, los avances del movimiento, tú acercamiento con Washington…

-Usted siempre nos ha dicho: "no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno…"

-No siéndolo- cortó la mujer molesta.

-Tía, ¿Cómo es que se le ocurrió hacer una fiesta? ¿Qué señal estoy dando a la ciudadanía? ¿Dónde quedó la austeridad?

-William Albert Andley, ¡¿Con quién crees que estás tratando?!- levantó la voz. - No romperemos ninguna regla, por el contrario, podemos demostrar que se pueden realizar este tipo de eventos sin involucrar vicios.

-¿Cuáles son sus reales intenciones, tía?- insistió William.

-Ya es hora que sientes cabeza, sobrino.

-¿Acaso soy una especie de príncipe en busca de su Cenicienta?- se mofó.

-No es motivo de burla, William. En tú caso particular, tus discursos no se sostienen con tú realidad sobrino- apuntó Elroy.

-No entiendo qué quieres decir, tía.

-¿Crees que no sé de las actividades del "brazo armado" de nuestro movimiento? Y de tu activa participación, además. - los ojos de la mujer brillaban. - Si la prensa se llegara a enterar, sería el fin de tu carrera política. Todos nuestros esfuerzos se irían a la basura.

Albert se mostró perplejo por un momento. Como buena madre, ella siempre estaba un paso delante de sus hijos.

-No te preocupes por eso, querida tía. Tenemos a buena parte de nuestra gente operando en los medios- tomó un poco de su café antes de continuar. -Creo haber seguido el camino que trazaste para mí, sin desviar una sola vez el paso- agregó serio. – Pero siento que en esto te estás extralimitando. Bien pude huir de más joven y no asumir mi "responsabilidad" como jefe de familia, y vagar por el mundo…

-¿Me estás recriminando?- Elroy posó una mano sobre su pecho, mostrándose dolida. - Yo sólo he querido lo mejor para ti, William.

-No estoy molesto tía, se lo aseguro- atrapó una de las manos de la mujer, para luego acariciarla con cariño. - Sólo trato de explicarle mis acciones. Como cualquier joven, también quise revelarme. Pero en lugar de escapar de su yugo, me involucré en "actividades" que me hicieron sentir libre- Albert le sostuvo la mirada. -Ya no soy el niño que fui. Soy un adulto, uno con muchas responsabilidades. Y no me hace ninguna gracia que intente inmiscuirse en este asunto tan personal tía.

-Discúlpame- la mujer observó los azules de su sobrino. Efectivamente no existía el reproche en ellos. Acarició el rostro del joven. - Sé indulgente con tu querida tía, dame en el gusto, por última vez- le insistió suplicante.

Eran pocos los momentos en que Elroy Briand-Andley bajaba la guardia con él, y eso le desarmaba.

-Esta bien, se hará como diga.

Besó el arrugado dorso de su tía, suspirando. Había perdido.

Cuidando siempre de dar el ejemplo, no se destapó ninguna botella de licor en el evento. Aguas aromatizadas y jugos calmaron la sed de los comensales. Una satisfecha Elroy contempló a la concurrencia. Todos a quienes había enviado una invitación se hacían presentes: Familias de alcurnia, políticos, intelectuales progresistas y liberales que condenaban con fuerza el consumo de alcohol, pues lo consideraban el causante del retraso y pobreza de muchas ciudades norteamericanas. Una figura en particular llamó su atención. La joven no vestía como las demás asistentes de su edad. Una extranjera, posiblemente.

La curiosidad le llevó a acercarse al grupo en el que se encontraba la muchacha. Para su alegría, dentro del mismo, pudo divisar a Andrew Volstead. El senador y William, venían trabajando codo a codo hacía ya unos meses. Aprovechó la instancia para saludarle nuevamente. Tal y como esperaba del cortés hombre, éste le presentó a las personas que le acompañaban. Para asombro de Elroy, nobles franceses acompañaban al político. El conde Bruno de Harcourt viajaba por Norteamérica junto a su prometida Isabel de Orleans y su prima Diana de Orleans. El conde gustaba de manejar, era un corredor de Grand Prix. Actividad que lo llevaba a viajar por el mundo. Su futura mujer y su pariente, la joven que había llamado su atención, se dedicaban activamente a la beneficencia. A Volstead le pareció propicio llevar a sus visitantes a la mansión Andley, para presentarles a la familia insignia de la caridad y las buenas costumbres en Estados Unidos.

Durante la conversación Elroy pudo ver que Isabel no era particularmente comunicativa, su inglés no era el mejor, por lo que se apoyaba en su prima para poder entender a los presentes. Diana, por su parte, parecía no callarse jamás. Opinativa, siempre daba su parecer acerca del tema que se estuviera tratando. Una joven juiciosa y crítica. Podía notar en sus formas de expresarse, que la muchacha era letrada. Algo que de seguro sería del agrado de su William. Briand la observó con detención, sería capaz de aguantar la desfachatez de la muchacha sin problemas. Algo en su espíritu le recordaba a Rosemary. Elroy sonrió para sus adentros, había encontrado a la mujer perfecta.

Sin perder tiempo, buscó a su sobrino entre la multitud con la mirada: William conversaba distendidamente con George, su asistente personal. Se separó unos instantes del grupo para dirigirse directamente hacia los músicos, pidió unas piezas musicales específicas al maestro, algo más alegre específicamente. De inmediato comenzó a llenarse la pista con parejas de baile. Se volvió a observar el grupo: como había imaginado, el cambio de ritmo les ánimo de igual manera. El conde pedía a su prometida acompañarle a la pista. Volstead parecía no estar interesado y busco conversación en la joven que quedó a su lado. El rostro de la francesa mostraba aburrimiento, lo cual para Elroy era perfecto. Sonriendo se dirigió hacia el par de hombres que seguían charlando, mientras observaban a los bailarines.

-Señora Briand- George hizo una pequeña reverencia a modo de saludo, cuando notó su presencia.

-Señor Jhonson.

-Tía, magnífica fiesta- Albert levantó la copa que tenía en su mano, celebrando el evento.

-Querido mío, necesito de tu ayuda.

-¿Qué pasó?- preguntó el rubio, preocupado.

-Nada grave, es sólo que necesito auxilies a una señorita y la liberes del senador Volstead- señaló al par que estaba unos metros de ellos.

William se la quedó mirando molesto, intuía las intenciones de su tía. Expresión que se le borró del rostro, al momento de posar sus ojos en la joven aristócrata.

-¿Cómo se llama?- Albert lanzó la pregunta al aire sin despegar su vista de la muchacha.

-Diana de Orleans- la anciana sonrió. - Ve hijo, ve… Andrew la va a matar de aburrimiento.

Puede que William estuviera en desacuerdo con sus actuales acciones, pero algo le decía que terminaría por agradecerle su entrometimiento.

OoOoOoOoO

Terrence sintió la tentación de desviarse en su camino, y dirigirse hacia Chinatown para retomar sus indagaciones; pero eso le significaba un retraso muy grande en la tarea encomendada por su abuelo, retraso que por cierto lo pondría en evidencia, al no poder justificarlo. Resolvió ir por el "director" y dejar su investigación para el día siguiente. McGregor debía llegar, al menos, en un par de días; tenía algo de tiempo. Usaría a Susana como chivo expiatorio para poder desaparecer de la mansión sin que significara un problema.

Estacionó el vehículo en la parte trasera del teatro. Entró por la puerta de servicio, tratando de dirigirse hacia la oficina de Robert, pero resultaba difícil avanzar. Dado que los actores del grupo le conocían, al verle algunos interrumpieron su andar. Unos saludándolo, otros buscando conversación, y uno en particular para coquetearle. El actor principal de la compañía tenía predilección por los Romeos, y vivía peleando con la actriz principal por la atención de Terry. Y esta no fue la excepción. Susana se acercó iracunda, una vez los vio conversando en el pasillo.

-¿Puedes dejar a novio en paz?- la rubia se puso entre ellos. Besando a Terry en los labios, para luego volverse hacia su compañero con una sonrisa triunfante.

-Sólo lo estaba saludando… Querida- le respondió con cara de pocos amigos su compañera. -No se te ocurra poner un anillo en su dedo, o no te dejara en paz- se dirigió a Grandchester, para al momento darles la espalda para marcharse.

Terry no pudo evitar echarse a reír ante el rostro desencajado de su novia, que seguía lanzando improperios al aire. Comenzó a avanzar hacia su objetivo sin esperarla. Llegó hasta la oficina de Robert, golpeó la puerta y esperó. Martha, la esposa del director, abrió. Le hizo una pequeña seña para hacerle pasar. El joven se quedó embobado mirándola, como fuera costumbre desde que le conoció. La reconocida cantante era una de las más populares en la ciudad, y no únicamente por su hermosa voz, sino también por su extraordinaria belleza. Fue imposible para la mujer no sonreír ante la cara del joven, que sólo atinó a reaccionar ante los reclamos de Susana a sus espaldas.

-¿Por qué no me esperaste?- le increpó.

-No vine por ti, vengo por tu jefe- soltó con fastidio.

-Pasen- les invitó Martha. -Está atendiendo un llamado, pero no tarda.

La oficina de Robert era pequeña, pero bien iluminada. Tres de sus cuatro paredes cubiertas por estanterías llenas de libros. Su escritorio lleno de papeles y periódicos encima, apenas tenía espacio para un teléfono. Terrence solía pasear su vista por el despacho cada vez que le visitaba, imaginando los géneros literarios que habitaban en esos anaqueles. El material del cual se alimentaba la compañía para sus montajes. El despacho del director siempre le recordaba su antiguo y exiguo sueño de ser actor. Los días en el San Pablo, cuando vivía en feliz ignorancia de las circunstancias familiares… Cuando su padre aún vivía.

Martha instó a los jóvenes a tomar asiento en las sillas frente al escritorio, mientras que ella hacía lo propio en el pequeño sofá que se encontraba en uno de los costados. Hathaway saludó al recién llegado con una seña y rodó los ojos a su actriz, sin preocuparse en ocultar su descontento ante su presencia. La rubia le ignoró por completo, seguía con su retahíla de reclamos. Mas Terry no le oía, toda su atención estaba sobre el periódico que estaba sobre la mesa, justo frente a él. En primera plana una fotografía de William Albert Andley, dándose un apretón de manos con el congresista Andrew Volstead. Según creía recordar el joven, el representante de la cámara del senado buscaba el apoyo de sus pares, para la aprobación de una ley, una enmienda en la constitución que prohibía la venta y distribución de bebidas alcohólicas. Tomó el diario en sus manos tratando de leer, pero la perorata de la rubia a su costado no le permitía poner mayor atención.

-¡¿Te puedes callar?!- estalló Terrence.

Todos los presentes se quedaron en silencio. Martha se levantó rauda de su asiento, ante la tacita orden en los ojos de su marido. Agarró del brazo a Susana, arrastrándola fuera de la oficina.

-Disculpa, Robert...

-¿Puedo terminar esta llamada?- le dijo tranquilamente el director.

-Sí, claro.

Terry volvió a la lectura. El reportaje hablaba de cómo Volstead, había abrazado los mismos ideales de William Andley. El senador había llamado al alcalde de Chicago, para que le ayudará a redactar una nueva ley. También se mencionaba de la campaña que llevó a cabo y del éxito obtenido. Su ley había sido aprobada. "Esta noche, después de la media noche, nacerá una nueva nación*" había declarado el congresista. La ley Volstead, o como llamaba el periodista: La ley seca, impedía la venta, fabricación, importación, exportación de licor. "El demonio de la bebida hace testamento… se cerraron para siempre las puertas del infierno*" había dicho el edil de la ciudad del viento.

El joven Grandchester leyó con nerviosismo estas líneas. El tío de Anthony estaba tomando demasiada notoriedad dentro de la Cosa Nostra. Sus acciones se metían directa e indirectamente con los negocios de las familias en el país. Su cabeza daba vueltas sobre el asunto. No quería enfrentarlo, pues aún recordaba al hombre que salió en su defensa aquella triste noche.

-¿Qué ocurre?- le miró seriamente el director interrumpiendo los pensamientos del joven.

-Vine por ti, mi abuelo quiere verte- Terrence optó por no responder a la pregunta.

-Vamos.

Salieron rápidamente del despacho, Terry llevaba el diario bajo el brazo.

Continuará…


Como siempre, agradecer a mi bella Beta, Only D... qué haría sin ti mi wuachita T.T

A las lectoras antiguas, les dije, volvería a actualizar pronto ;D A las nuevas lectoras, bienvenidas! no tendrán que sufrir como mis otras chiquillas... a todas un abrazo gigante

NOTAS AUTOR

Andrew Volstead fue senador y el propulsor de la Ley seca de 1920. Si bien no fue el creador de la ley que hace la enmienda en la constitución norteamericana, fue el patrocinador por lo que la ley lleva su nombre. Cuando esta fue acogida por el congreso, dijo: "Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Se cerraron para siempre las puertas del infierno".

En este caso use a Albert como el creador de la ley y al senador lo mantuve en su posición original ;P

Ustedes dirán: y cuando se va Terry para Chicago para que conozca a la Pecas… pues hay que poner las piezas en el tablero antes de jugar… ¡ya va! ¡Ya va!