Hola, pequeños. Traigo una pequeña historia, adaptada de una novela llamada Contrato por amor, De Barbara Dunlop, bastante corta y entretenida. Modifiqué algunas cosas en pro de la historia. Subiré un capítulo semanal, ya la historia la adapté completa, lo único que impediría subirla sería el internet. Bueno sin más que agregar, disfruten y comenten. Como siempre ninguno de los personajes me pertenece y todos los errores son míos. Besos.

Capítulo 1

Regina Mills detuvo la brocha de maquillaje a mitad del movimiento en su mejilla y miró el teléfono en el tocador.

"¿Cómo dices?" preguntó a su socio, Graham Humbert, segura de que había oído mal.

"Tu hermana" repitió Graham.

Mientras digería la información, Regina se acercó el teléfono móvil al oído. "¿Zelena está aquí?"

Su media hermana de diecinueve años, Zelena Walsh, vivía en Jersey City, a 320 kilómetros de Washington. Era un espíritu libre que cantaba en un club nocturno. Regina llevaba más de un año sin verla.

"Está en la recepción" dijo Graham. "Y parece un poco nerviosa".

La última vez que Regina había visto a su hermana en persona había sido en Greenwich Village. Un trabajo de seguridad con la ONU la había llevado a ella a Nueva York y se habían visto por casualidad. Zelena actuaba en un club pequeño y el diplomático al que protegía Regina quería tomar una copa.

Miró su reloj de pulsera, vio que eran las siete cuarenta y cinco y calculó mentalmente lo que tardaría en llegar a su reunión de la mañana en la embajada de Bulgaria. Confió en que el problema de ella fuera de solución rápida y pudiera seguir con su trabajo.

"Dile entonces que suba" pidió.

Se aplicó perfume, guardo todo el maquillaje en su lugar, se ajustó la blusa color crema y se quitó las arrugas inexistentes de su falda negra. A continuación, se fue a la cocina, se sirvió una taza de café negro y se la bebió de un trago para despertar sus neuronas.

Su apartamento y el de Graham, situados lado a lado, ocupaban el último piso de la Compañía de Seguridad Regal, en el noroeste de Washington. Las dos primeras plantas albergaban la recepción y las zonas de reunión de la empresa. Del piso tres al siete contenían despachos y almacenamiento de equipos electrónicos. El centro de control informático estaba muy protegido y se hallaba directamente debajo de los apartamentos. El sótano y el subsótano se usaban para aparcar, para practicar tiro al blanco y para almacenar una cámara acorazada con armas.

El edificio, muy moderno, había sido construido después de que Regina vendiera todos sus intereses en un programa informático muy moderno e innovador de seguridad y Graham tuviera un golpe de suerte en un casino. Desde entonces, la empresa había crecido exponencialmente.

Cuando sonó el timbre, cruzó la sala de estar, abrió la puerta del apartamento y vio a Graham, un gigante de metro noventa y pecho muy ancho, detrás de su hermana Zelena, quien, incluso con tacones de quince centímetros, no llegaba a alcanzar la altura de su amigo. Su cabello rojo tenía mechas plateadas y llevaba tres pendientes en cada oreja. Un top de varios tonos de verde estilo túnica terminaba en un dobladillo deshilachado a mitad del muslo, sobre unos pantalones negros ajustados.

"Hola, Zelena" dijo Regina con voz neutra.

"Hola, Gina".

"Estaré abajo" dijo Graham.

Regina hizo un gesto de asentimiento.

"¿Va todo bien?" preguntó, cuando Zelena entró en el vestíbulo del ático.

"No exactamente" contestó ella. Se ajustó el bolso enorme que llevaba al hombro. "Tengo un problema. ¿Tienes café?"

"Si" Regina cruzó en rápidos pasos la sala de estar en dirección a la cocina.

Junto a los suyos, los tacones de su hermana resonaban en el suelo de parqué.

"He pensado mucho en esto y siento molestarte, pero no sé qué hacer".

"¿Qué ha pasado?" preguntó ella. "¿Qué has hecho?"

Su hermana apretó los labios.

"Yo no he hecho nada. Y le dije a mi mánager que ocurriría esto".

"¿Tienes mánager?"

"Si".

"¿Para tu carrera de cantante?"

"Si".

A Regina le sorprendió aquello. Zelena cantaba bien, pero en lugares pequeños. Al instante, pensó en el tipo de fraudes que explotaban a jóvenes soñadoras.

"¿Cómo se llama?" preguntó inmediatamente con recelo. "No seas paranoica. Se llama Isabelle Goldstein".

Regina se sintió aliviada. Estadísticamente, las mujeres, eran menos propensas que los hombres a explotar a jóvenes vulnerables del mundo del espectáculo convirtiéndolas en bailarinas de striptease o volviéndolas adictas a las drogas.

Miró a su hermana a la cara. Tenía un aspecto sano, aunque parecía cansada. A Dios gracias, probablemente no consumía drogas.

Sacó una taza del armario de la cocina.

"¿Por qué pensaste que necesitarías una manager?" preguntó.

"Se ofreció ella" repuso Zelena. Se instaló en un taburete de madera de arce en la isla de la cocina y dejo caer su bolso al suelo sin importancia.

"¿Te pide dinero?"

"No. Le gusta como canto y cree que tengo potencial. Vino a verme después de una actuación en Miami Beach. Representa a gente importante".

"¿Y tú qué hacías en Miami Beach?" la última vez que había visto a Zelena, ella casi no podía pagarse el metro.

"Cantaba en un club".

"¿Cómo llegaste allí?"

"En avión, como todo el mundo, Regina".

"Eso está lejos de Nueva Jersey".

"Tengo diecinueve años, Regina" respondió como si la frase hablara por sí sola.

Regina le puso la taza de café delante.

"¿No necesitas dinero?" preguntó, ya que había asumido que le dinero sería como mínimo, parte de la situación del problema de su hermana.

"No".

"Puedes decirme entonces, ¿cuál es el problema?"

Ella tardó unos momentos en contestar.

"Son unos tipos" metió la mano en su bolso. "Al menos, asumo que son hombres", sacó unos papeles. "Dicen que son seguidores, pero la verdad es que me dan miedo".

Regina tomó los emails impresos que le tendía Zelena y empezó a leerlos. Eran de seis direcciones distintas, cada una con un apodo diferente y un estilo de letra diferente. En su mayor parte, contenían elogios, entrelazados con ofertas de sexo y matices de posesividad. Nada muy amenazador, pero cualquiera de ellos podría ser el comienzo de algo siniestro.

"¿Reconoces alguna de las direcciones?" preguntó. "¿O los apodos?"

Su hermana negó con la cabeza.

"Si los he visto, no lo recuerdo. Pero yo veo a mucha gente. Y muchos más me ven en el escenario o leen mi blog y creen que somos amigos".

"¿Para qué tienes un blog?"

"Todos los cantantes lo hacemos".

"Pues muy mal hecho".

"Si, bueno, no somos tan paranoicos como tú, hermana".

"Yo no soy paranoica" respondió Regina ofendida.

"Tú no te fías de la gente".

"Porque la mayoría no son de fiar. Le daré esto a un experto en amenazas a ver si hay motivos para preocuparse". Regina miró su reloj. Si no terminaba pronto, Graham tendría que ocuparse de la reunión con los búlgaros.

Terminó su segunda taza de café con la esperanza de que su hermana hiciera lo mismo, pero no fue así.

"No son solo los emails" dijo ella. "La gente ha empezado a quedarse en la puerta después de mi actuación y a pedir autógrafos y fotos".

"¿Cuántos son?"

"Cincuenta o más".

"¿Cincuenta personas esperan para pedirte tu autógrafo?" preguntó Regina, sorprendida.

"Esto va muy deprisa" repuso Zelena sin perder el trote. "Descargan mis canciones, compran entradas, me ofrecen conciertos. La semana pasada me siguió un motorista hasta mi hotel en Chicago. Fue terrorífico".

"¿Estabas sola?" preguntó Regina.

"Iba con los músicos que tocan conmigo" respondió. La miró. Sus ojos azules eran grandes y pálidos, y de repente a Regina la ataco la idea de que su hermana pequeña se veía delicada y vulnerable. "¿Crees que pueda quedarme unos días contigo? Esto es muy seguro y en mi apartamento me cuesta mucho dormir".

"¿Aquí?"

"Solo unos días" repitió ella, esperanzada. "Prometo que no será como Alan con Charlie".

Regina dejó el chiste de lado, deseando negarse. Buscó en su mente el mejor modo de hacerlo sin lastimarla.

Eran hijas de la misma madre, pero esta había muerto años atrás. Y el padre de Zelena era un hombre que se volvió excéntrico a raíz de la muerte de Cora Mills (quién se negó a dejar el apellido del padre de Regina, aún después de la muerte del mismo), y ahora vivía con una escultora hippie en las montañas de Oregón.

A todos los efectos, ella era la única pariente de la chica. O desde luego, la única sensata. No podía rechazarla.

"¿Cuánto tiempo?" preguntó.

La pelirroja sonrió y se bajó del taburete.

"Eres la mejor, Gina".

Regina gimió. "Dijiste que no serías Alan".

Su hermana la abrazó con fuerza.

"Gracias, hermana".

Una cálida sensación se apoderó del corazón de Regina.

"De nada".

Ella se apartó.

"Te encantará Robyn".

"Un momento. ¿Vas a traer a un novio aquí?"

"Robyn no es mi novio", respondió ella, con ojos todavía brillantes de alegría. "Es mi hija".

Emma Swan tenía una misión.

A veces parecía un caso perdido, pero no se iba a rendir porque nadie en su familia se rendía, como probaban todos los días sus tres hermanos y sus padres.

Cerca del mediodía se acercó a la puerta principal del edificio de Seguridad Regal, enderezó los hombros, respiró hondo y ensayó mentalmente sus frases.

Cinco minutos, le diría a Regina Mills. Solo tenía que escucharla durante cinco minutos. Eso apenas era tiempo y, a cambio, podía incrementar su negocio un diez por ciento. ¿O sería mejor decir un quince?

Emma era rubia, de piel clara y llamativos ojos verdes, que vestía pantalón gris claro, una blusa blanca cubierta con una chaqueta de cuero roja y botas negras, abrió la puerta de cristal esmerilado de la entrada. La zona de la recepción Regal era compacta, decorada en tonos grises, con un mostrador curvo de acero y cristal ahumado. Detrás de él había un hombre vestido de negro, con el pelo corto, la mandíbula cuadrada y hombros y brazos fuertes.

"¿Qué desea?" preguntó el hombre.

"Busco a Regina Mills" respondió Emma con una sonrisa.

Él pulsó un par de teclas en el ordenador portátil que tenía delante.

"¿Tiene una cita?"

"No para hoy" repuso ella. "Llevamos varias semanas escribiéndonos" comentó, con la esperanza de que él sacara la conclusión de que Regina Mills estaba dispuesta a verla.

"¿Su nombre?" pidió el hombre.

"Emma Swan" respondió ella de mala gana.

Sabía que Regina Mills, y probablemente todo el Departamento de Recursos Humanos de Seguridad Regal, reconocerían ese nombre como el de la mujer cuya solicitud de trabajo habían rechazado tres veces.

El hombre pulsó un botón en sus auriculares compactos y Emma se esforzó por seguir sonriendo. Estaba plenamente cualificada para ser agente de seguridad en Regal. Tenía una licenciatura en Criminología y era cinturón negro en Krav Maga, además de contar con el entrenamiento en vigilancia técnica y armas tácticas.

"¿Graham?" dijo el hombre por teléfono. "Hay una mujer que pregunta por la señorita Mills. No, no tiene cita. Emma Swan" esperó un momento. "De acuerdo".

Cortó la llamada.

"Puede ver a Graham Humbert en el segundo piso" dijo.

Emma respiró aliviada. Al menos saldría del vestíbulo.

"¿Está Regina aquí?" preguntó.

"La señorita Mills está ocupada, pero Graham Humbert podrá ayudarla".

El hombre pulsó un botón y una luz en el ascensor que había detrás de él pasó de rojo a verde.

"Gracias" musitó Emma. Echó a andar hacia el ascensor.

Sabía que Graham Humbert, era socio de Regina Mills, pero también sabía que Regina Mills llevaba casi todas las funciones de dirección, incluida la decisión de contratar personal. Al parecer, Graham Humbert era el experto técnico.

Entró en el ascensor. El número dos ya estaba encendido en el panel. Decidió arriesgarse y pulsó el nueve. Para empezar a buscar a Regina, haría bien en alejarse lo más posible de Graham. El circulo blanco se iluminó.

Se cerraron las puertas y ella se situó en un rincón, pegada a la pared. Si tenía suerte, Graham Humbert asumiría que el ascensor iba vacío y pensaría que subiría en el siguiente.

El ascensor paró en el segundo piso y se abrieron las puertas.

Emma contuvo el aliento. Fuera se oían voces y teléfonos. No se acercaron pasos al ascensor y no se alzó ninguna voz con tono de alarma.

Las puertas volvieron a cerrarse y ella respiró hondo.

Cuando se abrieron de nuevo las puertas en el noveno piso, la propia Regina Mills en todo su glorioso esplendor estaba fuera. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de acero en sus ojos. Era obvio que la esperaba.

Ella salió rápidamente del ascensor.

"Hola, señorita Mills".

"Se ha colado en mi edificio, señorita Swan".

"Realmente no. El señor Humbert me ha invitado a entrar. Estoy segura de que nadie podría colarse aquí".

"Graham la ha invitado al segundo piso".

"Pero la persona a la que quiero es a usted".

"¿Y por eso ha secuestrado el ascensor hasta el piso privado?" preguntó fríamente.

Emma miró el corto vestíbulo que terminaba en dos puertas.

"No sabía que era un piso privado" no estaba dispuesta a admitir que había planeado registrar de arriba abajo en su busca.

"¿En qué puedo ayudarla, señorita Swan? Y no, no la voy a contratar. Que haya conseguido confundir al recepcionista no prueba nada".

"Esa no era mi intención. Yo solo quería hablar con usted en persona".

"Pues adelante".

Emma pensó en las frases que había ensayado.

"No sé si lo sabe, pero el número de mujeres ejecutivas, políticas y famosas que necesitan protección suben todos los años. Los cálculos muestran que las compañías que se centran en ese grupo demográfico pueden incrementar su negocio un quince por ciento. Ofrecer unos servicios centrados específicamente en…"

"Eso se lo ha inventado".

"No es verdad".

"Lo del quince por cierto sí".

"Es más anecdótico que científico" admitió Emma. "Pero el punto fundamental…"

"Ya protegemos a mujeres" repuso Regina. "A cientos de ellas, con una tasa de éxito de más del noventa y nueve por cierto".

Había algo en su expresión, Emma sabía que mentía. ¿Pero por qué? Y entonces se dio cuenta. Se inventaba lo del noventa y nueve por ciento.

"Se ha inventado es cifra" dijo con suavidad.

"Es mi compañía".

"Puedo decir que miente".

Regina bufó. "No es cierto".

Emma alzó la barbilla.

"Justo ahí. Al lado de la oreja izquierda. Hay un músculo que se mueve cuando miente".

"Eso es absurdo".

"Pues diga otra mentira".

"Le diré la verdad". Repuso ella acercándose amenazadoramente. "No la voy a contratar ni ahora ni nunca, señorita Swan".

"Porque soy mujer"

"Porque eres mujer".

"Y cree que eso significa que no puedo luchar cuerpo a cuerpo".

"No es que lo crea, es un hecho".

"Soy muy buena" repuso Emma, con tono retador. "¿Quiere probarme?"

Regina soltó una risita.

"Además de necia, padece delirios" se burló. "No tengo intención de molestar a mis empleados para que le den una lección".

"No espero ganarle".

"¿Entonces por qué el desafío?"

"Espero hacerlo bien, sorprenderla y superar sus expectativas".

"Te destrozarían".

Emma se encogió de hombros.

"Un poco, supongo".

"O mucho, si se los ordeno".

"Deseo mucho este trabajo".

"Le creo. Pero no se lo voy a dar porque sea tan tonta como para lanzar un desafío de combate cuerpo a cuerpo".

"Pruébeme".

El teléfono móvil de Regina sonó en su mano.

"No" dijo antes de contestar la llamada. Se giró hacía un lado. "¿Si?"

Emma incluso se consideró atacarla. No dudaba que Regina Mills sabría defenderse, pero así vería de lo que era capaz. En aquel momento estaba distraída, vuelta a medias.

La morena la miró y se apartó al instante con expresión de sorpresa.

"Tengo que dejarte" dijo en el teléfono. "Ni se le ocurra, señorita Swan" le advirtió con un gruñido.

Ya no había sorpresas. Pero, aun así, la táctica de ella tenía unas probabilidades razonables de tener éxito.

El ascensor hizo ruido a su espalda.

La distracción bastó para que Regina pudiera agarrarle la muñeca izquierda. Intentó hacer lo mismo con la derecha, pero Emma fue muy rápida.

Se disponía a darle en el plexo solar cuando oyó llorar a un bebé en la puerta del ascensor y se volvió a mirar.

Regina sujeto su otra muñeca, desarmándola.

"Eso no es justo" gruñó.

Regina la soltó.

"En este trabajo no hay nada justo". Se burló.

Se abrió el ascensor y apareció una joven atractiva con el cabello rojo, un bolso grande al hombro y un bebé en un auto.

"Tiene hambre" le dijo la joven a Regina.

Esta última parecía aterrorizada. Emma sabía que no estaba casada. Quizá la joven era su novia.

"Pues dale de comer" repuso con impaciencia.

"Eso haré" la pelirroja golpeó el marco de la puerta con las ruedas del auto.

Emma, que no quería que aquello pusiera punto final a su conversación con Regina, se inclinó en un impulso sobre el bebé.

"¡Oh, es adorable!" musitó. "Ven aquí, preciosa" sacó del auto a la bebé que seguía llorando. "¿Qué te pasa eh? ¿Tienes hambre?" preguntó, imitando el tono de voz sensiblero que usaba su madre con los bebés.

Se sentía ridícula hablando así, pero no se le ocurría otro modo de seguir con Regina. Y estaba decidida a seguir con ella.

Reprimió una mueca cuando se acercó la cara llorosa de la bebé a su hombro y le dio unas palmaditas en la espalda, sorprendida por el calor y la suavidad del cuerpecito.

Los alaridos de la niña se convirtieron en sollozos intermitentes.

"Vamos, no te detengas" dijo la madre. "Eso no durará mucho".

Emma pasó delante de Regina sin mirarla y entró con la niña en el apartamento.