Primavera.
Los primeros brotes de hojas nuevas habían comenzado a avistarse en los árboles de toda la ciudad desde semanas atrás, indicando así que el final del invierno estaba cerca.
Las mañanas, que habían sido heladas, se tornaron de un delicioso frescor que revitalizaba a cualquiera y el trino de las avecillas que salían de su letargo era una preciosa melodía que bien valía la pena dedicarse a escuchar.
No cabía duda que la primavera estaba cerca, aquella estación que venía a traernos luz y alegría después del largo y frío invierno y que, para algunos, significaba no solo el deshielo de la tierra, sino también de los sentimientos y el corazón.
Para algunas personas, las estaciones son solo un cambio climatológico del año a las cuáles no le prestan mucha atención, porque, independientemente de las temperaturas tan variantes, están tan ensimismados en sus vidas que no se percatan de la magia que cada una de ellas trae consigo.
Sin embargo, para otros más, esto no es así, porque sienten el efecto de las mismas en el fondo de su ser. Por fortuna, él pertenecía al segundo grupo.
Por eso, aquella mañana, se levantó con más entusiasmo de lo habitual, tomó su desayuno y sin esperar nada ni a nadie, echó a andar camino a la escuela.
De todas las estaciones, la primavera siempre fue su favorita; no era que no disfrutara todo lo que cada una tenía que ofrecer, ah, y claro, las festividades que cada una traía consigo, pero era justo en este momento del año en el que, a su percepción, los paisajes se veían más hermosos y vivos de lo normal, como pinturas, como cuadros vivientes, y las tonalidades que tomaban los atardeceres en ésta época eran sus favoritos, sobre todo, porque eran las luces que más le favorecían a ella.
Seiya se detuvo frente a la puerta de la escuela sin siquiera cruzarse la calle, inflando el pecho cual gorrioncillo listo para cortejar a su pareja, pues justo en ese momento, iba entrando al colegio quien fuera la dueña de sus juveniles ilusiones.
Aquella chiquilla menuda, de peinado gracioso y curioso andar era nada más y nada menos que Serena Tsukino, estudiante de segundo B.
Nunca habían cruzado palabra, salvo contadas ocasiones que tuvieron que compartir alguna clase o haber realizado alguna tarea de un festival escolar. ¿La razón? Ambos pertenecían a mundos completamente diferentes: para empezar, no se encontraban en el mismo salón de clases y para terminar, Seiya era el chico más popular de la escuela y Serena era del tipo de niña que no le interesaba todo aquello. Su vida se resumía a salvar los exámenes, comer dulces, leer mangas y básicamente, centrarse en su mundo donde solo cabían sus amigas y su familia.
Y justo era por eso que a Seiya le gustaba. Serena no era superficial ni creída como las demás chicas de la preparatoria que andaban tras él. Ella era muy dulce, gentil y poseía un corazón bondadoso. Para el pelinegro, la rubia era como el sol de primavera que te devolvía la felicidad después del crudo invierno.
—No entiendo por qué, siendo el chico más popular de la escuela, no simplemente tomas el valor de ir y saludarla. —Una voz lo sacó de sus pensamientos.
—A mí también me da gusto verte Yaten, buenos días —respondió Seiya, mirándolo de soslayo.
— ¿Sabías que este semestre compartimos tres clases con Tsukino? —Una tercera voz se escuchó detrás de ellos —Eso te da más posibilidades para que por fin te decidas a acercarte. Y por cierto, ¿por qué no nos esperaste?
—Porque la mañana está esplendorosa, Taiki — respondió el pelinegro, atravesando la calle con los brazos abiertos — Y ya entremos que se nos hace tarde —los apuró, con una sonrisa en sus labios.
Sus hermanos no dijeron nada, se limitaron a observarlo y a rodar los ojos, entrando si tanta parafernalia en la institución.
Spring
De los tres, Seiya siempre había sido el más entusiasta y extrovertido, y, hasta cierto punto, el más romántico, además de ser el más popular entre las chicas, aunque ni Yaten ni Taiki se quedaban atrás.
Los tres eran muy guapos, populares a su manera y evidentemente, con personalidades completamente diferentes.
Por eso, para ellos, les costaba mucho entender que a su hermano le costara tanto trabajo abrirse con una chica tan simple como Serena Tsukino. Seiya siempre era de los que se jugaban el todo por el todo, pero con la rubia, las cosas parecían completamente distintas.
La habían conocido un año atrás, cuando entraron a la preparatoria. Desde ese momento, el pelinegro había quedado prendado a ella. Aun rodeado de niñas más lindas, para él no existía criatura más hermosa que Serena, la rubia un poco torpe e infantil que compartía una clase con ellos. Era como si ella emanara una extraña luz que iluminaba cada lugar donde se encontrara.
O por lo menos, para Seiya era así.
Los chicos entraron al salón, ubicando cada uno sus lugares mientras sus demás compañeros charlaban entre ellos y tomaban asiento. Fue entonces cuando Serena se incorporó al aula, charlando con sus amigas sin prestar la menor atención hacia el guapo pelinegro que la miraba con ternura desde el otro extremo del salón.
— ¿Vas a seguir admirándola desde la distancia? —Comentó Yaten, mientras colocaba el libro de literatura sobre el pupitre.
—No —respondió el pelinegro, tranquilo. —La he observado desde hace un año. Creo que ya llegó el tiempo de tratar de acercarme.
— ¿Y qué te ha motivado a hacerlo, Romeo? —el platinado enarcó una ceja.
—Creo que el cambio de estación —se encogió de hombros —creo que la primavera tiene ese aire de renovación y mi espíritu se siente lleno de energía y optimismo.
—Patrañas —soltó su hermano, regresando la vista a su libro de texto.
Taiki solo suspiró, pero no intervino en la plática de sus hermanos, aunque agradeció al cielo que su hermano por fin tomara la iniciativa de acercarse a esa chica y dejara de sufrir en silencio.
Todos pusieron atención al frente, pues la clase había comenzado.
Printemps
Para Serena Tsukino, la primavera era la mejor estación del año; había flores por toda la ciudad, el sol no quemaba tanto, no hacía tanto calor como el verano y podía usar sus jersey ligeros que tanto le gustaban.
La mejor parte de todo es que los árboles de cerezo se llenaban de preciosas flores rosas, y el rosa era su color favorito.
Era como ver la pintura derramaba de su color favorito en todo Tokio. ¿Te imaginas un día despertar y ver tu color favorito inundando los árboles? Pues, algo así le pasaba a la rubia.
Además, de todas las estaciones, la primavera se le hacía la más romántica, porque ella era una soñadora que esperaba muy pronto conocer a su príncipe azul. O tal vez no príncipe porque luego resultan ser sapos, como lo había visto tantas veces con sus compañeras de clase. Más bien, ella deseaba conocer a ese chico que le quitara el aliento, la amara y valorara incondicionalmente, un chico muy parecido a su compañero de clases, Seiya Kou.
Seiya Kou…
El solo pensar en su nombre le provocaba que sus mejillas se cubrieran de un lindo rubor natural.
Siempre le había gustado, desde que lo conoció, un año atrás. Era carismático, gracioso, de buen corazón, por lo que había observado en los diversos voluntariados escolares que habían realizado y muy popular, demasiado, a su parecer.
El pelinegro siempre se encontraba asediado de chicas que clamaban por un poco de su atención, y él, siendo tan galán y cortés, siempre les regalaba una gentil sonrisa.
Seiya era como un ser inalcanzable para ella, la llorona que siempre se llevaba materias a extraordinario, que comía muchos dulces y se quedaba dormida cuando se disponía a hacer la tarea.
Eran dos personas completamente distintas, sin nada en común, o por lo menos, eso era lo que ella quería creer.
Por eso jamás se le había acercado, y tampoco era que le quitara el sueño. Cada quien en su mundo y ya estaba, sin complicaciones, sin hacerse ilusiones en algo que muy probablemente jamás llegaría a suceder.
Sin embargo, Serena tenía el presentimiento que la nueva estación traería algo nuevo y fascinante a su vida, independientemente del nuevo semestre que acababan de iniciar. Había algo en el ambiente, que la hacía sentir emocionada e impaciente, e instintivamente, desvió la mirada hacia el pupitre de Seiya, quien al estar tomando apuntes, no se percató que la rubia de odangos lo observaba.
—Y bien señorita Tsukino, ¿me puede decir quien escribió Marianela o sigue usted muy ocupada en la Luna? —La voz del profesor Yoshiro la sacó de sus elucubraciones, haciéndola dar un respingo y provocando que toda la clase enfocara su atención en ella.
—Yo… bueno… este… —tartamudeó la rubia.
— ¿En serio quieres acercarte a ella? —Le susurró Yaten bajito a Seiya —Nunca le va bien en la escuela.
El pelinegro no respondió al platinado, simplemente frunció el entrecejo al ver como la rubia se había quedado petrificada ante la mirada acosadora del profesor y los demás chicos de la clase.
—Estoy esperando, Tsukino. —El profesor se cruzó de brazos, clavando la mirada en la pobre chica que ahora lucía pálida por no saber la respuesta.
De pronto, desde los asientos que se encontraban cerca de la ventana, salió una voz clara y gruesa a su rescate.
—Benito Pérez Galdós, profesor. El autor de Marianela es Benito Pérez Galdós.
Serena giró el rostro, estupefacta, para conocer a quien había sido su salvador, y fue cuando, por primera vez, sus miradas se cruzaron.
Seiya estaba de pie, muy seguro de sí mismo, respondiéndole al profesor y regalándole una mirada amistosa, con esos bellos ojos zafiros que resplandecían de una manera enigmática. Y ella, bueno también estaba ahí, con el alma en el suelo y un ligero rubor en el rostro, posando sus ojos azul claro de conejo asustado sobre los de él, sin siquiera devolverle la sonrisa que ahora él le regalaba, pero a punto de que su corazón se le saliera del pecho.
El profesor Yoshiro hizo un mohín de disgusto, atacando a Seiya con más preguntas que él supo librar sin problema. Claro, apoyado por su hermano Taiki que le soplaba una que otra respuesta.
—Que esto quede como experiencia —dijo el maestro, fuerte y claro —para que sepan que a mis clases no van a venir a soñar despiertos —al decir esto, dirigió su mirada hacia la rubia, quien se encogió de hombros. —Bien contestado Seiya, pero la próxima vez no permitiré que salves a ninguno de tus compañeros. ¿Entendido?
—Sí, profesor.
—Bien. Pueden retirarse y nos vemos mañana.
Dicho esto, el profesor abandonó el aula, seguido de sus pupilos que ya se habían enfrascado en animadas charlas y guardaban sus útiles, listos para dirigirse a sus siguientes clases.
Torpemente, Serena esperó a que se desocupara más el salón para acercarse al lugar de Seiya, quien ya había guardado sus cosas y estaba listo para ir a su siguiente clase.
—Hola —dijo ella, tímidamente —Seiya yo… —la rubia jugaba con sus dedos, más por los nervios que por otra cosa —quiero darte las gracias por haberme ayudado el día de hoy.
—No me des las gracias —respondió él. —Cualquiera en mi lugar lo hubiera hecho. El maestro no debió de haberte acorralado de esa forma.
"Pero no lo hizo cualquiera, lo hiciste tu" pensó ella.
—Aun así, muchas gracias.
—Fue un placer, Serena.
Al oír como el pelinegro pronunciaba su nombre, la rubia no pudo evitar morderse un labio, cosa que la hizo ver adorable a los ojos del pelinegro.
—Bueno, debo irme. Tengo clase de química.
—Si yo igual debo irme. Pero creo que más tarde compartimos clase de inglés.
Ella asintió.
—Hasta más tarde, Seiya.
—Nos vemos más tarde.
Y la chica salió apresurada del lugar.
—Bueno — Taiki se acercó a su hermano — me da gusto que hayas cruzado palabra con tu damisela en peligro, pero si no te apuras, Kinomoto nos deja fuera de la clase de matemáticas.
— ¡Apúrate, Romeo! —palmeó Yaten —que ya escuchaste a Don Cerebrito.
Seiya simplemente movió la cabeza, divertido, mientras seguía a sus hermanos.
Haru
El día siguió su curso y los chicos continuaron con sus clases sin mayor contratiempo hasta que llegó la hora del almuerzo.
Como la temperatura se había vuelto más agradable con el paso de los días, la mayoría de los alumnos prefería comer al aire libre o en la terraza de la escuela.
Serena y sus amigas se encontraban en los jardines, sentadas bajo un frondoso árbol listas para degustar sus deliciosos bocadillos, o más bien, la rubia estaba lista para probar todos y cada uno de los almuerzos de sus amigas.
—Así que Seiya Kou salió a tu rescate en la clase de literatura, ¿eh? —dijo de pronto Mina, su amiga más cercana. —Lo que hubiera dado por haber visto la escena —continuó, divertida — ¡lástima que no comparto esa clase con ustedes!
—Si bueno, fue un gesto bastante lindo —comentó la rubia de odangos, bebiendo un poco de té helado, intentando ocultar el rubor de sus mejillas.
— ¡Qué dices! ¡Todo él es lindo! —Dijo Mina, con un ademán exagerado —Yo creo que deberías aprovechar esta racha de buena suerte y acercarte a él —la rubia de media cola le guiñó un ojo.
—Creo que Mina tiene razón —la apoyó Lita —Seiya es un chico muy lindo y muy interesante. Tal vez podrías intentar ser su amiga.
—Chicas, no creo que Seiya y yo tengamos algo en común. ¡Sólo mírenlo! —chilló la rubia, señalando en dirección a unas mesas donde el aludido y sus hermanos se encontraban, riendo y desayunando amenamente —él es tan perfecto y yo soy solo Serena Tsukino.
—Chicas, yo creo que deberíamos dejar a Serena tranquila —interrumpió Ami, por fin —creo que es decisión suya si quiere o no hacer amistad con él. Aunque, Sere, deberías dejar de subestimarte tanto —añadió, tiernamente la peliazul.
Justo en ese momento, Molly, otra de las amigas de Serena, se acercó al pequeño grupo. Llevaba un afiche en la mano.
— ¡Hola chicas! —Saludó la recién llegada.
—Hola Molly —respondieron las cuatro chicas, al unísono. — ¿Qué traes en la mano? —Demandó Mina.
—El próximo sábado es el Equinoccio de Primavera, y el Ayuntamiento está organizando un evento en el parque Juuban —dijo la chica, al tiempo que les entregaba el afiche —habrá conciertos, una pequeña feria y el evento más importante de todos —dijo con evidente emoción — ¡la floración de los cerezos! Tal vez podamos ir y hacer un picnic.
— ¡Me parece una idea genial, Molly! —Afirmó Serena con entusiasmo.
—Podemos invitar a Rei e ir las seis, ¿qué les parece? —Aplaudió Mina.
—Yo me encargo de los bocadillos —agregó Lita.
—Pero hay que llegar temprano, porque seguro irá mucha gente y no tendremos buen lugar —dijo tajante Ami.
Así, las muchachas entusiasmadas, comenzaron a planear las actividades que realizarían para la llegada de la primavera.
Y mientras eso sucedía, a varias mesas de distancia de ellas, un trio de chicos hablaba del mismo tema.
—Los afiches del evento del sábado ya están pegados en toda la escuela — inquirió con algo de cansancio Yaten, mientras depositaba un buen tanto en la mesa.
— ¿Seguro que pegaste todos, hermanito? Porque veo que te sobraron demasiados — señaló el pelinegro.
—Por supuesto que repartí todos. Solo que papá exageró y me dio de más —respondió de mala gana el platinado, antes de sorber su gaseosa.
—Y hablando de eso, Seiya, no voltees, pero tu querida Serena Tsukino tiene el afiche en sus manos, y por la expresión que tienen ella y sus amigas, seguro irán al evento — comentó Taiki, calándose los lentes en la punta de la nariz.
— ¿De verdad crees que vayan, Taiki? —El pelinegro se enderezó en su asiento.
—Son niñas, Seiya. Y a las niñas les gustan ese tipo de cursilerías — respondió el platinado mientras jugaba con el envoltorio de su popote. — ¡Ah! Perdón. Olvidé que tú también eres muy cursi. ¿Acaso eres niña? —Yaten lo miró y sonrió de forma burlona.
—Eres un grosero, Yaten —respondió el pelinegro de mala gana.
—Oigan, basta los dos —intervino apacible Taiki — ¿por qué siempre tengo que estar calmándolos a los dos?
— ¡El enano empezó!
—Presumido
—Basta —el castaño movió la cabeza —Escucha, Seiya, yo creo que Serena y sus amigas irán al evento. ¿Por qué no aprovechas y te das una vuelta? Además, es la floración de cerezos y a ti te gusta mucho eso.
—Pero mamá me pidió que la acompañara el sábado por las compras.
—Yo voy a ir con mamá, así que no te preocupes. Y de todos modos Yaten irá al evento a apoyar a papá.
—Si —respondió con desgano el aludido.
—Así que tú puedes decir que iras a ayudar a Yaten y a papá en lo que necesiten —continuó el castaño.
Seiya esbozó una gran sonrisa.
— Esa es una idea fenomenal. ¿Saben que los quiero mucho, verdad hermanos?
—Ahí vas de cursi — el platinado se llevó la mano a la cara.
—Nosotros también te queremos, Seiya —respondió Taiki.
—Aunque la primavera te afecte más de lo normal —agregó Yaten.
Y los tres soltaron una carcajada.
Ostara
La semana continuó su curso sin mayor sobresalto, excepto por unas cuantas miradas y sonrisas por parte de Seiya hacia Serena, hasta que por fin llegó el sábado, día que los chicos esperaban con gran entusiasmo.
El Equinoccio de Primavera, el momento en el cual el día y la noche tenían la misma duración y los hermosos cerezos adornaban la ciudad con sus bellas flores rosas era un espectáculo que nadie quería perderse.
Serena se levantó llena de energía. Una felicidad indescriptible había inundado su cuerpo cuando escuchó a los pajaritos cantar cerca de su ventana.
Rápidamente, cogió un bonito vestido blanco que le llegaba a las rodillas y se encerró en el cuarto de baño. Media hora más tarde, la chica estaba lista para tomar el desayuno y partir hacia casa de Mina, lugar donde había quedado reunirse con las demás.
Una vez llegaron al parque, las chicas se instalaron debajo de un frondoso árbol de cerezo y comenzaron a disponer sobre el césped el mantel, galletas de mantequilla, tartas saladas, té, pastelillos y otras clases de deliciosa comida.
La muchacha giró el rostro, admirando el panorama y a las demás personas que hacían lo mismo que ellas, mientras otros más recorrían los puestecillos y escuchaban la música de aquel evento primaveral.
Por su parte, Seiya había terminado temprano de ayudar a Yaten y a su padre en la logística, y para cuando el evento dio inicio, el muchacho ya se encontraba libre.
Ansioso, recorrió aquel lugar hasta que sus hermosos ojos azul zafiro divisaron a la distancia el particular peinado de Serena.
—Si vino —dijo en voz alta.
— ¿Quién? —preguntó Yaten, dándole un mordisco a una manzana.
—Pues Serena, ni modo que quién. ¿Por qué crees que estoy aquí?
—Bueno pues te sugiero que antes de que hagas cualquier tontería, vayas a almorzar. Los cerezos aun no florecen y por lo que veo, ellas están muy ocupadas comiendo —señaló su hermano.
—Tienes razón. ¿Me acompañas a comer?
—Sí, pero después me marcho. Ya fue suficiente color rosado por doquier. —Espetó el platinado, algo cansado.
Seiya asintió, y ambos hermanos se perdieron entre los puestecillos de comida.
Para cuando dieron las dos de la tarde, los asistentes ya habían terminado con sus viandas y ahora simplemente disfrutaban el pasar del tiempo. La floración había comenzado y muchas personas habían abandonado sus lugares para ir a tomarse fotos o simplemente, para corretear entre la lluvia de pétalos.
Serena decidió permanecer sentada bajo el cerezo mientras sus amigas caminaban por ahí, perdiéndose entre la multitud, tratando de capturar el mejor ángulo fotográfico o simplemente, curioseando en los puestos.
Al darse cuenta de aquello, Seiya se acercó hasta donde la muchacha se encontraba. No sabía si tendría otra oportunidad como esa en lo que restaba de la tarde.
Cuando el pelinegro la vio de cerca, su corazón latió con fuerza. Nunca la había visto con una vestimenta distinta al del uniforme escolar, por lo que, ahora que llevaba aquel vestidito blanco, Serena le parecía una hermosa princesa sentada sobre una suave alfombra rosa.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios al ver que ella estiraba sus manos hacía la lluvia de pétalos, mientras la suave brisa mecía sus dorados rizos.
Cuando Serena se percató de su presencia y se giró para verlo, a Seiya le pareció que la primavera le estaba dando el regalo más bello del planeta, pues la rubia lo recibió con una sonrisa genuina, mezcla de la felicidad que experimentaba en ese momento y el asombro de verle junto a ella.
—A mí también me encanta ver la floración de los cerezos —dijo Seiya con las manos en los bolsillos, mientras la contemplaba.
— ¡Seiya! —La muchacha se había sonrojado.
— ¿Puedo sentarme?
Ella asintió, moviéndose instintivamente para que él pudiera instalarse.
— ¿Viniste solo?
—Vine a ayudar a mi padre y decidí quedarme —se encogió de hombros.
—Yo vine con mis amigas.
—Lo sé. Las vi en los puestos de artesanías.
Los dos guardaron silencio. Realmente no sabían que decir o que hacer porque nunca habían convivido tan de cerca antes. Fue Seiya quien decidió continuar.
—Sabes, la primavera siempre ha sido mi estación favorita. —El pelinegro se abrazó las piernas — Creo que es el momento perfecto para emprender cosas nuevas y aventurarte a lo desconocido. —La miró —Nos ofrece una oportunidad de tener nuevos comienzos.
—No sabía que fueras un romántico —la chica pestañeó, asombrada. —No me pareces de ese tipo.
— ¿Y de qué tipo de parezco, Bombón?
—Yo, bueno… —Serena se ruborizó al escuchar como la llamaba —siempre te he visto como alguien atlético a quien solo le importa el deporte, la música y las chicas.
El muchacho soltó una carcajada mientras ella se encogía de hombros.
— ¿Enserio esa impresión tienes de mí? —Chifló —Vaya, no sabía que tenía la apariencia de alguien superficial.
—Lo lamento Seiya, ¡en verdad! —La rubia agitó las manos en señal de disculpa —No era mi intención ofenderte.
—No lo hiciste, no te preocupes — le dijo — pero creo que piensas así porque no nos hemos conocido en realidad. Nunca hemos tratado de llevarnos.
Ella asintió, algo apenada. Se sentía más torpe de lo normal al tenerlo así, tan cercano compartiendo un momento diferente al del entorno escolar.
—Pero podemos hacerlo, si tú quieres —continuó el, sonriéndole galante —Me llamo Seiya Kou, un gusto.
—Yo soy Serena Tsukino —respondió ella, siguiéndole el juego.
—Creo que te llamaré mi dulce Bombón —dijo él, colocando una flor de cerezo sobre la rubia cabellera.
Serena no dijo nada, solo lo miró fijamente, asomando una risilla en el rostro mientras sus dedos comenzaban a entrelazarse.
En ese instante, ambos chicos se dieron cuenta que algo más que los cerezos había florecido aquella tarde de primavera.
Que tal estrellas! ¿Cómo están?
Les traigo este OS muy ad hoc a la época ya que el día de ayer inició la Primavera en el Hemisferio Norte. Obviamente esta historia pertenece a un solo fic, entonces ya veremos que más ocurre a lo largo de las siguientes estaciones.
¿Como vieron a Serena y Seiya?
Siento que ellos son como la primavera, que tienen esa energía fresca que justamente nos regala esta estación, así que los consideré los protagonistas perfectos. Evidentemente esto es un UA.
Además, la primavera es de mis temporadas favoritas, aunque no puedo decidirme por solo una estación; las disfruto por igual a todas.
Me despido esperando disfruten tanto la lectura tanto como yo disfruté escribirla.
Ya veremos que nos depara el verano y su energía intensa.
Abrazos de luz!
Gabiusa Kou.
