Período Edo, año 1756. Algún Ghetto para Hinin.

Aún cuando Kioto se concidera la capital oficial de Japón, en Edo se concentraba el poder político real y por ello su peso sobre el país llegaba a ser superior. Los daimyō establecieron sus residencias en aquellas tierras dónde sus mujeres e hijos debían acomodarse.

En esta época, la crisis en Japón era catastrófica, debido a la hambruna que reinaba y la pobreza que se expandía cuál plaga por el honorable imperio japonés; el cuál tenía absurdas y rigurosas leyes con respecto al comercio exterior y toda la comida acababa siendo para la clase alta de la sociedad japonesa, dejando a los más desafortunados morir de malnutrición.

Era inevitable que existiera la delincuencia, dónde el más apto sobrevivía y los débiles se pudrían y convertían en estiércol. Pese a los severos castigos que existían para los criminales, parecía que la época de paz que se había creado no era más que una utopía.

La imagen idílica de Japón se veía impedida en mayor parte por la clase más baja que merodea por las orgullosas tierras niponas: los hinin.

Seres que no eran considerados humanos, ni animales, no eran dignos de pertenecer a la tierra; criminales, convictos, vagabundos, violadores y asesinos. Este grupo sufría toda clase de discriminación y castigo, desde la mutilación hasta el destierro, está última en el mejor de los casos, pues la muerte era el castigo más atemorizante; antes de la ejecución toda clase de torturas eran empleadas contra el alma impura que cometiera un delito.

Para que está inmundicia no se llegará a mezclar con el resto de personas, eran enviados a vivir en poblaciones solo para ellos, lejos de la alta sociedad. La lamentable situación de aquellos seres sin nombre los llevaba a la muerte, para sobrevivir tenían que vender o asesinar a sus hijos; las niñas de buena cara eran consideradas bendecidas, sus padres las vendían a casas de prostitución en Edo, Kioto o tal vez Osaka y estás encontraban una vida mucho más digna que la que pudieran ofrecerle en aquellas restringidas áreas de muerte. Por el contrario, siendo hombre, solo te existía el corrompido camino del hurto.

Escalar para salir de esta zona negra era una tarea casi imposible, los cuerpos mugrientos eran muy débiles y ni siquiera servían para ser esclavos o sirvientes. La situación era fatal para todo aquel que llegara a caer en este mundo.

Si eras pobre, enfermo o haz cometido un hurto menor cabía la posibilidad de escapar de aquella área de desprecio y aspirar a ascender a eta; que, aunque no era mucho mejor, al menos podías vivir de algo estable.

Para los Hinin, especialmente los padres que tenían niñas, existía un rayo de esperanza deslumbrante. Aquella carreta que venía y compraba a las jóvenes que serían después prostitutas. Podría parecer que el destino de una mujer que vende su cuerpo era oscuro, pero las más bellas podían llegar a parar en una honrada casa de bellezas y convertirse en Oiran.

Damas cultas, de fuerte carácter, gran belleza y habilidad para seducir. Era cierto que no cualquiera podría ejercer este deber tan complejo, pues debía ser educada en arte y música; capacitada para entretener y hábil al hablar; las Oiran no eran un servicio cualquiera, su clientela era la más selecta y culta que pudiera haber: daimyō, burgueses, samurais y comerciantes ricos.

La fila frente a la carreta era larga en exageración, los padres arrastraban a las pequeñas que parecían costales de huesos sin vida en dirección a dos hombres. Estos, pagaban una suma de dinero, llevaban a las niñas a las ciudades dónde las geishas y prostitutas se asentaban con mayor regularidad y las revendían a un precio mejor. Los hombres inspeccionan las sucias caras huesudas y hundidas de las pequeñas, veían cuales eran aptas para la labor, aquellas que no fueran útiles, sino eran vendidas como esclavas serían asesinadas para ser comida de sus padres.

Tras la enorme carreta, dos hermanos se escondían. El mayor, para una sorprendente diferencia de su gente, pese a su delgadez no se veía débil ni desgastado, parecía que si comía lo suficiente. El más pequeño, se veía cansado y hambriento, su oscuro cabello cubría y se adhería a su frente ennegrecida por la tierra.

El cabello de los hermano es oscuro, desaliñeado y lleno de mugre; sus rostros están llenos de tierra y sudor, el menor tenía pecas decorando sus mejillas; los ojos del menor eran de un brillante azul mientras los del hermano mayor eran grisáceos con un toque muy lejano de azul oscuro; mientras que el mayor lleva un franelilla blanca curtida y pantalones gruesos similares a los que usan los pescadores el más joven lleva un kimono que estaba desgarrado dejando sus piernas expuestas al sol. El menos estaba descalzo, mientras u hermano usaba sandalias de madera.

— Mientras ellos están entretenidos en la parte de atrás subiendo a las niñas, yo los distraeré y podrás subir por al frente — explicó el más alto, el menos escuchaba sin nada que decir —. Luego, te camuflas entres las mocosas y llegas a Shimmachi, en Osaka. Ahí, estaré esperando por tí.

— ¿Realmente llegarás antes que yo, Nii-san? — cuestionó dudoso el soberbio plan de su hermano mayor.

— Si, la ruta que ellos toman es más larga para evitar la autoridad — argumentó con obviedad —. Tranquilo Toi, todo saldrá según lo planeado y iniciaremos de nuevo en Osaka.

— Chikai Nii-san. No es que dude de ti, pero ¿Que tal que está no es la carreta que va a Osaka? — dudo el más joven —. Además, no tenemos ninguna clase de documento...

— Todo está bien calculado, estos son los mismo sujetos del mes pasado y empecé a investigar y ellos llevan el cargamento allá — acaricio el cabello de Toi, brindándole falsa seguridad —. Hagas lo que hagas, no dejes que vean más allá de tu cabello, apenas lleguen sales corriendo a buscarme.

— Notaran al instante que no soy una chica — afirmó Toi con pesimismo. Era verdad que no había tanta diferencia de altura entre el y las niñas que se montaban, pero su rostro y rasgo era muy marcados de varón, pese a su joven edad de catorce ya no tenía aspecto infantil para pasar desapercibido.

— Solo mantén la cara entre las piernas. Ellos no miraba mucho, solo se encargan de que lleguen enteras — asegura Chikai —. Confía en que lograrás llegar ¿Si? Esta es nuestra última oportunidad de que salgas de acá.

Chikai ya había tenido la oportunidad de visitar Osaka, por ello era la opción que tenía de escape, más no había podido llevar a Toi en ningún momento, era muy arriesgado y la ruta que seguía junto con algunos camaradas llegaba a ser traicionera. En varias situaciones habían ido grupos de dieciséis y terminaban regresando, con suerte, tan solo cinco; y siempre había alguno que venía con alguna parte de su cuerpo mutilada.

Aquellas carretas con niñas tomaban una ruta muy larga y segura, el tiempo que le tomaba a Chikai llegar a Osaka aquellas carreta lo triplica. Chiaki confiaba plenamente en que su hermano acabaría por dar en Osaka.

— ¿Listo? — Chikai pregunto, a Toi no le quedó más remedio que asentir. Chikai fuera la parte trasera de la carreta, dónde empezó a hablar con los hombres sobre el trabajo, mostrando falso interés por ello. Toi aprovecho la distracción y se montó por la parte de al frente, algunas niñas lo miran, entre sorprendidas y extrañadas. Toi realizó un gesto para que mantuvieran el silencio.

Eso no era del todo necesario, algunas estaba muy agotadas para hablar o distinguir algo, otras no sabían hablar y algunas habían adquirido un gran temor a dirigir la palabra; esto último más que nada porque en sus ambientes familiares las golpeaban si lo hacían, así que se habían acostumbrado a estar calladas. Toi se junto a unas niñas, pegandose a ellas tanto como fuera posible, abrazaba con fuerza una bolsa en su pecho en la que llevaba pan –desde siempre la tiene hay escondida–, miraba a todas las direcciones con desconfianza y temor mezclado.

Nunca espero que realmente, aquellos hombres no asomarán la cabeza ni por error al interior de la carreta y simplemente arrancarán sin más. Los burros jalan la carreta y los dos hombres iban al frente mientras hablaban de que está vez hubo muy buena mercancía.

El viaje fue extremadamente largo, el movimiento de la carreta era duro, la madera crujía de forma alarmante ante los desniveles, parecía que no resistirá el peso de los cuerpos de las pequeñas. Toi debía esperar hasta la noche, que todas las niñas durmieran, para comer; aunque una vez hubo una que lo vio y lo primero que hizo fue tender la mano esperando un bocado, Toi no pudo negarle un trozo para que comiera, la chica tenía la boca hecha agua con algo tan simple como un pan duro y viejo.

Su hermano estaría decepcionado. En varias situaciones le repetía lo mismo "en un mundo malvado, solo los malos sobreviven" pero si eres malo y tienes poder, no solo puedes sobrevivir sino que gobiernas y te apoderadas de todo. Esa era la noción de la realidad de Chikai, Toi había aprendido a vivir con ella y no le molestaban, sabía que su hermano estaba en lo cierto.

Su padres era humildes agricultores, que se metieron en deudas que los fueron ahogando de apoco y tomaron el camino deshonroso del suicidio para salir de ellas. Dejando la responsabilidad sobre su hijo mayor, que tuvo que dejar las pocas tierras que tenían para pagar las deudas y quedaron en la calle. Chikai, desde que tenía memoria, se había encargado de mantenerlo, no sabía que hacía o como obtenía algo de comida para ambos pero tampoco se atrevió a preguntar. Solo importaba que ambos habían sobrevivido hasta ese punto.

Toi recordaba vagamente a sus padres, sus rostros se veían nublados en su mente, era muy pequeño cuando ellos murieron por lo que sus recuerdos eran en su mayoría con su hermano mayor rodeado de aquellas tierras fértiles en las que antes cosechaban algunos vegetales para su propio sustento.

Le daba asco recordar aquellos tiempos, le hacían sentir blando. Toi había pasado por tantas cosas que un mínimo rastro de humanidad para él, era desastroso. Por lo que se había encargado de endurecer su corazón tanto como pudiera, pero aún así, a veces era inevitable no sentir algo de empatía por más que lo odié.

Un fuerte estruendo, una parada ruda y las voces robustas de aquellos hombres despertaron a Toi el último día de su viaje; su cuerpo estaba entumecido por culpa de la incómoda posición en la cual había estado los últimos tres días, sus ojos le ardían al haberse quedado despierto las dos noches anteriores, su cabeza punzaba de forma dolorosa, no sentía sus piernas, no recordaba como se hablaba y solo era capaz de balbucear leves gemidos de dolor. Había sido un viaje agotador.

Mientras las niñas eran bajadas por dónde entraron, Toi se escabulló por la parte de al frente, asegurándose de que no lo vieran. Se mareo al poder pararse sobre sus pies, casi no creía que sus piernas pudieran sostener el peso de su cuerpo. Con dificultad, logro alzar un pie y dar un paso, sintió una vibración recorrer su pierna y ascender por su cadera para sacudir todo su cuerpo. Se abrazo a si mismo, adolorido por aquello, y solo le quedó dar otro paso.

Así, se fue alejando, pasando desapercibido entre lo que podía, pues aún ganaba varias miradas de repudio sobre su ser. Era muy probable que fueran porque estaba sucio y sus ropas hecha jirones. Más ignoraba todo, si el plan había salido bien, se encontraba en la zona roja de Osaka, Shimmachi. Ahí, su hermano lo estaría buscando para llevarlo a casa del amigo que tenía o algo así.

Pero por más que camino, no llego a dar con Chikai. Dió vueltas por toda la zona roja, recobrando la movilidad y la sensación de estar vivo, también volvió a sentir su voz y las palabras podía fluir nuevamente. Aún así, no había rastro de Chikai. Decidió quedarse en un solo lugar y esperar ahí. No le dirigía la mirada a nadie, y solo esperaba.

Cuando quiso darse cuenta, estuvo una semana esperando y durmiendo en la calle, no sabía que hacer; estaba en un lugar extraño por circunstancias que no pudo controlar. Nadie lo conocía y el no conocía a nadie, todos le miraban con asco por lo que hacer de buena gente y ser educado para pedir una dirección no era opción. Estaba por completo pedido.

— ¿No has estado mucho tiempo por acá? — sintió un escalofrío recorrerlo, mucho temor lo invadió al subir la cabeza. Encontró a un hombre, de tez extrañamente morena, con un curioso cabello blanco y largo que llegaba por debajo de sus hombros. Sus ojos poseen un color verde opaco, dibujaba una sonrisa afilada con dientes puntiagudos. Su cabeza estaba cubierta por un sombrero de paja y vestía un kimono corto que Toi reconoció como la de un conductor de carretillas —. Siempre que pasó te veo.

Toi no respondió, sino que giro la cabeza disgustado. Su estómago lo traicionó haciendo un bullicio que indicaba el hambre que tenía. El hombre, rió, para tender un pasta blanca y redonda. Toi la miro con desconfianza.

— Es todo lo que tengo, si no quieres, no lo comas — dijo seguro, Toi estiró su mano y lo tomo, para darle un bocado. Al terminar de comer finalmente habló.

— No sé dónde estoy — admitió derrotado. El hombre sonríe.

— Bienvenido a Edo, estás en el distrito rojo por cierto. En Yoshiwara — Toi abrió sus ojos cuál platos ¿Había escuchado bien?

— ¿Edo? ¿La capital política?

— Pues, técnicamente, si.

Había acabado demasiado lejos. Estaba en el peor sintió para los Hinin. Dónde todo el poder político se anglomeraba creando la zona más corrupta por la clase alta.

Dios sabría que le depararía ahí.

Período Edo, 1759. Edo, Capital de la provincia de Musashi (actual Tokio)

Habían pasado tres años desde que se perdió en Edo. Toi no se quejaba, no intento regresar y rehacer el plan, tampoco fue en busca de Chikai en Osaka. El hombre que lo ayudo en ese entonces, llamado Reo, lo llevo a una granja humilde, cuidada por una pareja anciana muy amable.

Lo trataron como a un hijo, le dieron una cama y comida caliente. Toi se había acomodado muy rápidamente, había decidido quedarse ahí un tiempo, reunir dinero y luego buscar a Chikai en Osaka, dónde suponía que estaba. Para cuándo se dió cuenta, ya había pasado mucho tiempo y sus ganas de ir a Osaka no eran muchas.

La granja de los ancianos era muy pobre en cuanto a cultivos, no tenían más que nabos y zanahorias que vendían en el mercado. La pareja era muy enferma y cansada por lo que la ayuda de Toi en el campo les vino muy bien, el joven era muy colaborador, aunque nunca terminaba de abrir su corazón a ellos. No le tomaban importancia, sentía que con el tiempo acabaría por aceptar su nuevo hogar por completo.

— Abuelo, acabe de arar el campo — Toi regresaba a la humilde casa, estaban muy asentados en las fronteras de Edo, alejados de aquellos edificios grisáceos y lúgubres de la Capital. El aire tenía un olor más puro y los sonidos eran más claros.

— Haz hecho bien — el mayor sonreía, aunque Toi les llamaba "abuelos" no se debía a un lazo de afectó, sino a la petición de su mujer. Toi parecía tener una debilidad muy grande ante la nobleza de su esposa —. Descansa un rato mientras sirvo té — dijo levantándose y llendo a la cocina —. Pregúntale a la abuela si ella también querrá.

Toi, obediente, se dirigió al cuarto donde la abuela descansa para ofrecerle té. Últimamente de encuentra muy cansada, ya no hacía más que dormír y comer. Toi no la culpaba, la edad la llevaba por delante.

— ¿Abuela, quiere té? — entro, haciendo a un lado la puerta corrediza, estaba bastante consumida por el tiempo, siempre hacía un molesto chirrido al moverse. La abuela estaba completamente tumbada sobre la cama, Toi de acercó para verificar que dormía. El rostro de la mujer de veía apacible, pero estático. La imagen era perturbadora, su cara daba la sensación de piedra, sus arrugas se veían más hundidas y su piel más palida.

Toi se alarmó.

— ¡Abuela!

Era muy tarde, había ocurrido lo inevitable. La mujer había muerto enferma. Y para sumar, el esposo no aguanto la tristeza y se suicidó, dejando únicamente una nota para Toi.

"Perdona esto, ojalá encuentres la felicidad"

La nota era muy concisa. Toi no lloró, no era capaz de llorar por más que le doliera ver aquel cuerpo frío tendido ahí. Solo sintió terror, ver el cadáver le brindo un miedo abrumador, si se llamará a mal interpretar aquello y la culpa de la muerte del anciano fuera echada a él, sería enviado a prisión.

Eso, en el mejor de los casos.

Tomo el dinero que había encontrado, los abuelos le dijeron dónde lo guardaban en caso de emergencia, y se llevo un cuchillo de la cocina.

Al salir, camino de espaldas para no ver el cadáver, arrugando la hoja de papel contra su pecho. Cuando quiso darse cuenta estaba corriendo y solo había dejado la nota tirada. No quería estar ahí, no quería seguir oliendo el aroma putrefacto de la muerte, no quería ver más la palidez que causa el momento en el que el alma deja el cuerpo como un cascarón vacío. Quería irse, correr tanto como fuera posible, mientras más lejos mejor.

Por más que deseo que nadie encontrará aquel cuerpo, para su desgracia, a la semana ya habían sido hallados y como supuso, la culpa recaía en él. Lo anduvieron buscando por un buen tiempo, dos meses aproximadamente, pero lo dieron por perdido, tal vez muerto.

A veces regresaba al terreno por las noches y se llevaba algunos vegetales, era lo único que podía hacer, pero supo que ya había dejado de ser momento cuando la tierra se seco por completo y los vegetales que escasamente crecían se marchitaron. Tuvo que dejar la frontera de Edo y así poder mezclarse en la parte central.

Por un tiempo, sobrevivió con el poco dinero que le quedaba, eventualmente se le acabó y tuvo que buscar alternativas. Nadie quería darle trabajo de nada, el era un don nadie sin registro, analfabeta y solo tenía su juventud como ventaja. Algo que eventualmente se acabaría.

Toi estaba pasando hambre y frío, nuevamente. Solo que está vez era en un entorno más cruel. Extrañaba a Chikai, a los abuelos, su casa y la edad dónde sentía que no había problemas. La veía como un turbio recuerdo de su vida, muy distante de su presente.

Caminaba moribundo por las calles, su ropa aún estaba enterada y aún podía aguantar, pero tenía demasiada hambre. Deseaba que hubiera algún momento dónde no pudiera sentir la boca de su estómago arder y sus tripas rugir, sino que siempre le esperará un plato caliente de comida y alguien amable sonriendo. Pero eso no era posible, aquella ilusión era tan improbable; el pertenecía a una clase social muy baja y no importa las veces que pareciera salir de ese circulo, siempre caería de regreso para atascarse aún más.

No solo era el estricto gobierno, el mismo destino se rehusaba a dejarlo escapar del pesado cargamento que representa ser un Hinin.

Corrompiendo sus pensamientos e invadiendo su ser, un aroma potente que lo llamaba a gritos. Se giro, olfateando el aire en busca de la procedencia de aquel olor. Venía de un puesto de comida, un hombre que solo tenía un quiosco de madera, dónde una enorme olla que tenía al fuego ocupaba el espacio, parecía hacer fideos que dejaba luego el recipientes cuadrados planos y en algunos casos hundidos y llenos de caldo. No había mucha gente al rededor. El hombre estaba completamente distraído y el tan hambriento.

Su cuerpo se estaba moviendo solo, los pasos eran pesados y largos, ya al darse cuenta, corría con una caja llena de fideos mientras escuchaba gritos a su espalda. Intento hacer el sordo, que realmente no prestaba ninguna atención a aquel sonido tan molesto pero le era casi imposible, el peso de la culpa era más de lo que soportaba, ya era tarde para arrepentimos y solo podía pensar que debía desaparecer.

Todo lo hacía por una ración de fideos casi perdida, en el camino se los fue comiendo y algunos acabaron en el suelo. Miro a todas las direcciones posibles, mientras más pronto se escondiera mejor. Y como un milagro, un ostentoso palanquín de había estacionado, los guardias que lo custodiaban estaban comprando algo y habían gruesas copas de tela haciendo de cortinas. Rogando a Buda por un segundo de invisibilidad mientras cerraba los ojos, se lanzó a correr con la esperanza de llegar a través de las cortinas.

Casi sintió alivio ante el suave contacto que tenía su cuerpo contra un blanda superficie, con lentitud, fue abriendo los ojos solo para hallarse dentro del palanquín tal como había deseado. Pero para su desgracia, este estaba ocupado.

— ¡Invasor! — la pequeña niña chillaba, Toi se quedó atónito, la niña había usado una lengua arcaica y muy sofisticada. El lugar era tan brillante, todo en el interior gritaba "contemplame": las almohadas, la seda y las dos damas que ocupaban el transporte. La primera era la niña; de un lacio cabello castaño claro, sedoso a la vista. Ojos púrpura brillantes, decorados con largas pestañas rizadas. Su rostro estaba pintado de blanco, con un exagerado maquillaje y pinzas rojas en su cabello. Las pinzas hacían juego con el kimono rojo decorado con bordados de flores doradas, sujeto con un amplio Obi negro y detalles dorados. La pequeña le miraba con repudio, muy potente para su tamaño diría Toi.

Al lado de aquella niña, había una especie de Diosa. Toi se sintió completamente derrotado ante la imagen tan magnífica de aquella mujer, que no podía ser más que un ser divino.

Poseía un largo cabello castaño oscuro, que cuidadosamente fue arreglado en un complejo peinado lleno de adornos y flores, toda clase de pinzas y peines decoraban y exageraban las curvas de los mechones de aquella dama. Su rostro era igualmente blanco, gracias al maquillaje, su labio inferior está pintando de rojo y Toi notó que sus cejas fueron afeitadas. Sus ojos era de un rosado poderoso, casi llegando a rojo, con un brillo inusual de mitisismo. Su figura era eclipsada por capas y capas de coloridas telas dónde predominaba el rojo y el morado, el kimono parecía usar a su portadora de lo extenso que era, lleno de muchos bordados extravagantes de aves blancas y todo estaba sujeto por un Obi negro que se sujetaba por al frente. Y sus pies poseían el calzado más ridículamente alto que Toi hubiera visto, las sandalias de madera negra tenían una plataforma de unos quince centímetros de alto.

Aquella mujer era preciosa, el maquillaje solo era un estorbo a la figura tan delicada de su cara. Toi había quedado sin habla.

Hasta que la pequeña que acompañaba a aquella deidad uso una larga pipa para golpear su cabeza.

— ¡Atrevido! — acusó enfurecida la niña —. ¿Cómo te atreves a mirar a la honorable dama con tanta lujuria? ¡Hombre insensato! — otro certero golpe fue dado, justo en el centro de la cabeza de Toi —. Has profanado el palanquín privado de su gracia ¡¿Quien te crees?! — nuevamente, un golpe muy preciso. Aquella niña tenía una fuerza abrumadora.

— ¡Espera, por favor!

— ¡Vulgar! — otro golpe — ¡Debes dirigirte a nuestra persona con el debido respeto que merecemos! — la niña puntualizaba el hecho de que su estatus era superior, eso era evidente. Refiriéndose a la falta de gracia con la que Toi hablaba, pues la niña mostraba tan selecto uso de palabras y un rico vocabulario. Toi apenas y la terminaba de comprender.

Cuando la pequeña estaba a punto de dar otro golpe, la mano paciente de su mayor la detuvo. La dama parecía extremadamente calmada, por completo impenetrable. La niña bajo la pipa pero aún miraba a Toi como a un enfermo que necesita entrar en cuarentena.

— ¡Su gracia! ¿Todo listo para continuar? — una voz masculina hablo, la pequeña miro a la dama, que asintió sonriente. En contra de lo que hubiera deseado, la pequeña suspiró.

— ¡Su gracia está preparada para seguir!

Toi empezó a balbucear, intentado formular alguna palabra decente. Más quedó por completo derrotado al momento que la dama coloco su dedo índice sobre sus labios. Ella imitó la acción consigo misma, indicándole que debían guardar silencio.

— Si no tiene nada importante que decir, lo mejor es que mantenga la prudencia — fue todo lo que comento la niña, que seguía viendo con mala cara a Toi. Abstuvo cualquier otro comentario, ahora, solo podía valorar la figura de la dama, que seguía sonriendo sin mostrar sus dientes.

El camino fue largo, bastante silencioso. La dama le mira fijamente manteniendo la sonrisa, Toi debía los ojos con cierta timidez, la pequeña seguía sujetando la pipa; armada y lista para atacarlo con cualquier movimiento.

— Hemos llegado — anuncio una voz masculina. La dama giro su cuerpo y las cortinas se movieron solo lo suficiente para que ella las pasara. Una palida mano ofreció ayuda a la mujer, que no dudo en recibirla.

— Permanezcan acá — ordenó con delicadeza al hablar. Al bajarse por completo, la niña le ha dado un nuevo golpe a Toi.

— ¡Hombre soez! — otro golpe —. Al irrumpir haz mostrado tu falta de cortesía, no has inclinado tu cabeza señalando tu falta de cultura y ni siquiera hablas con fluidez por tu analfabetismo ¿Cómo osas a verte tan adaptado en un ambiente al que no perteceneces? ¡¿No te da vergüenza ante la honorable dama?! — un nuevo golpe.

— ¡Ya para! —Toi cubrió su cabeza con ambas manos y pareció haber asustado a la pequeña, la cual retrocedió pusilnánime. Toi se extraño por el pánico súbito de la infanta, más interpretó que se debía al cuchillo que se le había caído del interior del kimono.

— ¡Un arma! ¡Mabu-sama! ¡Mabu-sama! — chilla histérica, aterrorizada ante el objeto que desprendía un brilló letal. Para su desgracia, sabía que Mabu y el otro joven que en realidad no pertenecía a la caravana de la dama, se encontraban acompañando a la misma; su paso era sosegado ocasionado por la geta de madera oscura y podría caerse si pisaba mal, lo normal serie que su kamuro también la acompañase –o sea, la pequeña niña que la asistía– pero este cliente era en especial quisquilloso con el número de personas que rodeaban a la dama.

— ¡No, no, no! Para, para que no te haré nada — tuvo que tomar el cuchillo para guardarlo, la niña seguía viéndose insegura —. Por favor, ya no grites más.

La niña, mostraba mucha cautela con respecto a Toi.

— ¿Usted no es un campesino, no? — siseó la niña —. Usted estás más bajo que eso.

— Nunca he hecho algo para ser denominado así — aseguro Toi, que no quería que le recordarán aquello.

— Robaste eso — señaló el plato cuadrado ahora vacío.

— Si, lo robe porque tenía hambre — notó como el rostro de la infanta parecía perder dureza, ahora mostraba lejana empatía.

— La dama... — habló —. Regresara pronto, su clientes no exigen en exceso.

— ¿Ella quien es?

— Para usted, la honorable dama — aseguro la niña.

— ¿Y tú? ¿Quien eres tú?

— Voy a conjeturar que puedes llamarme Haruka-Dono — se presenta con lejana superioridad que resaltó con el honorífico que Toi debía usar para referirse a ella.

— Es un placer conocerla, aunque estás no sean circunstancias tradicionales.

— Un honor — corrigió Haruka —. Para tí debe ser un honor y privilegio conocerme.

— ¿Acaso perteneces a la burguesía? — Haruka estaba a punto de mal contestar aquello, sin embargo, distinguió que Toi no lo decía con ironía alguna sino que realmente no distinguía aquello —. Ella es realmente hermosa — probablemente hablo refiriéndose a la dama, Haruka sonrió con orgullo, hinchando el pecho cuál pavoreal al exhibir sus plumas.

— ¡Naturalmente! ¡Es de las más hermosas que hay, su servicio es el más exclusivo! ¡Solo distinguidos hombres podrían costear su atención! — garantizo Haruka —. Es hábil con la biwa y el gekki, ha demostrado tener talento para un instrumento tan complejo como el koto. No cualquiera puede ser tan atento al escuchar y tan certero al responder como lo es la honorable dama, tampoco quien recite poemas más bellos.

— ¿Por qué no usas su nombre para referirse a ella? — cuestionó Toi, aún cuando Haruka parecía muy cercana a la dama no la llama por su nombre o su apellido.

— Es que... — Haruka inicio su contestación —. No está permitido decir su nombre fuera de la casa.

— Ya veo...

— ¿Usted cómo se llama? Aún no se presenta.

— Kuji Toi — respondió.

— Entonces, Kuji-kun.

— ¿Tu no has usado tu apellido?

— Deje de usar ni apellido hace mucho tiempo, ya no tengo derecho a usarlo.

— No te entiendo, eres de una clase distinguida ¿Por qué estaría mal usar tu apellido? — Toi realmente estaba confundido, la culta niña de noble rango no era digna de portar el apellido de su familia.

— Soy de clase distinguida, pero solo entre la bajeza — suspiró Haruka —. Mi estatus es alto para tí, pero soy insignificante para otros.

— ¿A eso con que te refieres? — Toi se le ocurrió que había malinterpretado todo este tiempo a la pequeña. Hace unos pocos años, habían surgido talentosos artistas que se caracterizaban por su nivel de cultura y su arte al danzar o cantar. Al principio solo eran hombres muy hábiles, luego incluyeron a las mujeres, cuya fama se propagó cuál pólvora por todo Japón.

Las geishas y los hōkan habían dominado y encantado a la población, su belleza era inigualable y su talento floreciente único. Se reunían en apartadas casas de té dónde solo adinerados podían darse el lujo de pagar su servicio de entretenimiento. Toi alguna vez logro ver alguna a la distancia, solían hacerle compañía a los doctores al momento de pasear.

Haruka rió con amargura.

— ¿Tú quien crees que soy? — pregunto Haruka con desinterés, esperando una respuesta errada a su identidad.

— ¿Acaso no eres una de las populares geishas?

— Primero que nada, a las niñas se les conoce como minarai cuando son aprendices — aclaró —. Y segundo, soy una kamuro.

— ¿Eso de que te diferencia?

— Realmente eres un ignorante ¿Haz sido educado en algún punto de tu vida? Vivir en ignorancia es felicidad, pero a su vez una perdición — dijo Haruka con severidad —. Soy un aprendiz de Oiran.

— Perdona, pero no sé que...

— Estamos hablando de prostitutas, Kuji-kun — Haruka llegó al punto con tosquedad —. Esa es nuestra profesión, mujeres de alto nivel intelectual y rango social entre la mugre, a eso se dedica la honorable dama.

Toi no supo que contestar, nunca había visto a las dichosas Oiran. Era cierto que era una actividad lícita y sin ningún tipo de reproche social, por su contrario, a veces eran tan exclusivas que costearse el servicio de las amantes de una noche era prueba de buena economía. Hasta ese momento se enteraba que existía una jerarquía que volvía a ciertas prostitutas más honradas que otras.

— No sé que decirte

— Eso es evidente — asegura Haruka, parecía bastante entristecida —. Y algún día, yo deberé ser así ¿No?

— Tu trabajo no es fácil ¿No acabas de decir que se requiere gran adiestramiento? No cualquiera tiene el privilegio de ser culto — refutó Toi.

Haruka suspiró, para enderezarse.

— La honorable dama debe estar por regresar, por favor, mantén la docilidad.

Toi cerro la boca, apretado los dientes al momento que Haruka decidió dar por sentado el tema. Y tal como había predicho Haruka, la dama había ingresado, al poco tiempo, de regreso al palanquín. Seguía viéndose pulcra, Toi no podía considerar qué tan sofisticada mujer güera una cortesana de alto rango.

Nuevamente, hubo un prolongado silencio. Haruka acomodaba los adornos del cabello de la dama mientras en voz baja recalca lo bella que es. La imperturbable Oiran, mantenía sus ojos cerrados, meditando algo a su parecer, mientras apretaba los labios ocasionando que la pintura roja del labio inferior se adheriera al superiorior.

— Hemos llegado — anuncio desde el exterior una voz profunda, era muy seguro que se tratara de Mabu, a quien Haruka había llamado hace ya bastante rato atrás en busca de auxilió. La cortina se extendió abriéndose por completo frente a una enorme casa, cuyos muros era pintados de rojo y era decorado por farolas rojas iluminadas por la tenue luz de las velas, habían muros altos de piedra rodeando aquella casona de tres pisos con un fuerte aroma a incienso perfumado el aire.

Un hombre de piel muy palida se asomó, sus ojos verdes brillante cubiertos por los cristales de los lentes redondos mostraban mucha impresión. Su cabello es oscuro perfectamente dividido, su traje consistía en un kimono negro que dejaba sus piernas en mayoría al descubierto permitiendo ver una tela blanca adheriera a los muslos. Parecía ser bastante débil, con su cuerpo esbelto y pálido, más era el quien había estado cargando el frente del palanquín todo este tiempo para la impresión de Toi. El otro chico ya se había retirado a su respectiva caravana.

— ¡¿Él quien es?! ¡¿Cuánto tiempo ha estado ahí?! — lo primero que hizo Manu fue sacar a Toi a jalones, tirandolo al suelo. Nuevamente, el cuchillo de cocina se había caído y justo a los pies de Mabu que se alteró aún más —. ¡Ha traído un arma consigo!

— ¡Mabu-sama! Por favor espere — chillo Haruka al ver que Manu estaba bastante preparado para golpear a Toi. Mabu tenía el deber de velar por la seguridad de la Oiran, el mismo sabía lo exótico y exclusivo del servicio de su superior, acompañarla era escencial en su trabajó. Si aquel chico había llegado a lastimar o peor aún, profanar a la Oiran debía ser ejecutado. Luego, el mismo Mabu debía reducir un castigo del señor de la casa al fallar en su tarea.

— Mabu-sama — la Oiran hablo, ganado la atención de sus acompañantes —. El joven será tu responsabilidad a partir de hoy.

— Su gracia ¿Cómo es que dice? — Mabu estaba incrédulo.

— ¿No hacía falta? Hace algunos días escuché que hablas con la dueña sobre ello — indagó la dama —. Y precisó, ha llegado este joven.

— ¡Su gracia!

— Ayúdame a bajar — la Oiran había extendido sus manos en busca de ser recibida para poder levantarse. Mabu apretó la mandíbula, insatisfecho, teniendo que ceder al pedido de su superior. Le ayudo a tocar el suelo, tal como había pedido. Luego ayudo a Haruka, que se posicionó a un lado de la Oiran.

— Oye, ponte de pie — Mabu levanto a Toi de un jalón, parecía que su trato brusco sería inevitable —. Vamos, que en la casa del Kappa por nadie de espera — Toi fue arrastrado dentro de la imponentes murallas, que de inmediato cerraron sus puertas una vez habían atravesado el portal.

El interior de aquellos muros parecía un mundo por completo nuevo, el aroma a incienso de mezclaba con el olor del tabaco; dichos aromas no podrían encubrir el perfume floral de las Oiran. Apenas entraron a la casa, miradas furtivas de estacionaron en ellos. Toi sentía un escalofrío recorrelo por cada punzada que le causaba las miradas de las cultas damas.

El pasillo tan extenso con infinitas habitaciones estaba adueñado por las Oiran y sus kamuros. Las pequeñas Kamuros parecían más curiosas que indiferentes, como mostraban las Oiran.

— No mires a nadie, baja la cabeza — murmuró Manu tras él. Toi así lo hizo, llevando su mirada al suelo. Ante sus ojos estaban los pies de la dama, que se movía con calma, siendo Haruka su apoyo.

En dado momento, Haruka ayudo a la dama a frenarse. Pues frente a ellos se encontraba detenido el dueño de la casa y su esposa. Un hombre de inusual cabello verde, según él debido a hierbas varias, con ojos azules brillantes que eran decorados por una sombra roja. Su piel blanca era aterradora, tan caucásica que daba la sensación de estar helada. Su kimono era de un verde chillón, con bordados de verde más oscuro y dorado, su Obi era de grandes proporciones y tenía un color blanco muy pulcro.

La mujer a su lado, se trataba de un Oiran retirada, de bello rostro que no necesitaba maquillaje. Su cabello negro estaba sujeto a un curioso prendedor redondo que tenía un lazo rosa muy llamativo. Sus ojos eran completamente únicos, de un púrpura brillante lleno de estelas coloridas en sus bordes que daba la sensación de infinidad al mirarlos. Su kimono era más sencillo de lo que se esperaría, blanco y sin bordados. Mientras su calzado le daba más altura y forma a sus piernas.

Mabu tomo la cabeza de Toi e hizo que se inclinara. De hecho, tanto Mabu, como Haruka y la Oiran habían inclinado sus cabezas con respeto al señor de la casa y su mujer.

— Veo qué has encontrado algo interesante — hablo el hombre con suavidad, pese a su imagen y su voz, este llegaba a ser muy severo y su temperamento era insufrible. Solo su bella esposa podía mantenerlo sereno. La mirada del dueño paseaba sobre Toi.

— Es un chico muy sucio, dish — comento la esposa. La cual juntaba sus manos observando con interés al chico que se escondía tras la pintoresca Oiran. Toi de avergonzó tras el comentario, pues sabía que su imagen estaba deshaciada.

— ¿Dónde lo haz hallado, Kazuki? — pregunto el dueño dirigiéndose a la Dama.

Toi rodo los ojos hacia arriba, ese era el nombre de la Oiran que ha estado acompañando ese día. Kazuki. Era precioso, sonaba tan bonito.

— Él me ha hallado a mí — aclaro Kazuki, la cara de Toi enrojeció con aquel comentario.

— ¡Es destino, dish! — afirmó la esposa.

— Señora, se que es atrevido pero Mabu-sama requiere asistencia con su labor ¿Cree que podría funcionar? — Kazuki señaló a Toi, esperando aprobación para aquello.

— ¿Nivel de educación? — fue lo primero que pregunto el señor.

— Analfabeta.

— Keroo — para sorpresa de Toi, el hombre había hecho como una rana, el croar fue más bien una onomatopeya pero había imitado a dicho anfibio.

— Mi príncipe Keppi — hablo la esposa —. Estoy de acuerdo con ello — aseguro la mujer sonriente. Lo que más había desconcertado a Toi, era el título con el cuál habían denominado al señor, le habían llamado príncipe.

— Muy bien - suspiró Keppi —. Una chica de alta clase, como lo es mi honrada esposa, ha aceptado recibirte — hablo Keppi —. Deberás recordar el favor de Azuma Sara.

— Agradece al señor — musitó Mabu a Toi. Que de inmediato volvió a inclinarse.

— Me siento honrado, muchas gracias — dijo con torpeza, solo escucho la pequeña risita de Haruka y Kazuki.

— Que a sí sea. Mabu-sama, te lo encargo — Mabu tomo el ante brazo de Toi, la pareja se alejó en dirección a las escaleras y cuando desaparecieron por completo Mabu de giro arrastrando a Toi con él.

— Mabu-sama, se gentil con él — pidió Kazuki mientras se encaminaba con Haruka hacía el segundo piso. Aunque Mabu asintió, realmente no planeaba cumplir aquello.

Mabu se llevó a Toi al final del pasillo, llevándolo al jardín posterior donde había un quiosco de madera negras en el centro, pero más apartado de allí, habia unas pequeñas casitas de madera que están una pegada a la otra, eran tres para ser exactos. Estos eran baños comunales que eran exclusivos para los que habitaban la casa del Kappa. Pues estaban prohibidos los baños propios ya que las heces humanas son extremadamente valiosas, de hecho, su elevado valor en el mercado para hacer estiércol era sorprendente y ridículo a su vez.

A lado de dichos baños, dónde el olor era insoportable, había una casa tan solo un poco más grande. Esa eran las duchas de los hombres que vivían ahí, no eran muchos por su puesto, pues el deber de ellos era cuidar de las Oiran; en la casa del Kappa, sin contar al dueño y señor, había un total de diez hombre ahora incluyendo a Toi. De esos diez hombres, solo dos pertenecían oficialmente a una caravana, Mabu que pertenecía a la caravana de Kazuki y otro que era parte de la caravana de la Tayū, la cuál es la Oiran de más alto rango de la casa.

Por si quedan dudas, las Oiran tienen su propio baño para lavarse en la casa. Debían acicalarse constantemente, por ello su baño era tan riguroso.

Mabu llevo a Toi a la casa más grande, habían un enorme poso de madera que estaba medio lleno. Mabu lleno dos cubetas. Toi miraba desde la entrada, el lugar tenía un fuerte olor a hierbas. Sus pensamientos de vieron interrumpidos cuando Mabu, volvió a jalar de su brazo; sintió como el hombre le despojaba de su kimono y lo obligaba a sentarse en un banco de madera. Lo siguiente que sintió, fue el agua helada caer sobre su cabeza recorriendo su cuerpo en su totalidad. Luego, Mabu lleno su cabello de varios tónicos y le estrego la cabeza con rudeza. Toi en realidad no entendía que ocurría, cuando quiso darse cuenta, otro balde de agua era lanzado sobre su cabeza.

Una vez limpio, Mabu uso una tela azul muy gruesa para secarle el cabello y brazos. Luego se la dejo en manos.

— Termina de secarte, buscaré un kimono para ti — Mabu salió, permitiéndole a Toi acabar de secar el agua que de escurría, Toi olfateo el aire, notando que ahora su cuerpo desprendía un agradable olor a limpio. Cuando vivía con los abuelos, tenía que buscar agua de un riachuelo cercano para lavarse el cuerpo y enjuagar su boca, la cual milagrosamente no tenía caries, pero ahora, era conciente que en el centro de la ciudad era mucho más difícil obtener agua, había que ir a las afueras a recoger agua o en dado caso ir a un poso, pero en ellos siempre había demasiada gente haciendo fila era mejor hacer el viaje de todo un día a estar un día entero en el piso y descubrir que estaba seco hasta la siguiente semana.

Mabu regresó a los minutos con un kimono negro similar al que el usaba.

— Mañana empezarás tus tareas, por ahora te iré explicando cómo funcionan las cosas aquí. Sígueme — Mabu llevo a Toi a explorar la casa, detallandole la estructura y funcionamiento.

El primer piso era el recibidor, dónde las Oiran entretenían a sus clientes en habitaciones privadas de reducido espacio con todo tipo de actividades: canto, danza, música, poesía, conversaciones y la que les daba corona y honor, las sexuales. Mabu le contó todo lo que pudo y de forma resumida sobre las Oiran, lo básico es que era muy cultas y de habilidad al hablar, el señor de la casa se refería a ellas como princesas de rojo y les suele tratar con falsa amabilidad para que se sientan cómodas, pero la mayoría de las cortesanas mantenían una enorme deuda con el señor de la casa. Keppi era muy resentido y riguroso, no toleraba errores y detestaba la sola mención de las ranas en su establecimiento, lo cual era hasta irónico en cierto sentido.

En el segundo piso las Oiran dormían y se arreglaban junto a sus Kamuros, las habitaciones eran en extremo reducidas, por lo que ninguna cortesana tenía más de dos Kamuros a su disposición. Las habitaciones eran muy básicas, con un pequeño armario donde mantenían sus ropas y futones dónde poder dormir. Había una habitación aparte para las yuujo, las cuales eran niñas que ya habían acabado su ciclo como kamuro y debían trabajar en labores domésticas para empezar a pagar sus deudas con el señor de la casa. Las yuujo primero debía remunerar el dinero que el señor de la casa había usado al comprarlas para poder ascender a heyamochi.

En el tercer piso estaba el despacho del señor y sus esposa, y junto a este el baño o sauna. El despacho conociste en una amplia habitación, dónde una mesa de madera divide el espacio hasta donde se podía pasar, después de esa mesa habían dos cómodas dónde se guardaba el dinero y los contratos de las Oiran. También estaban los futones de la pareja. A veinte pasos de esa habitación, podemos hallar la entrada al baño, el cuál es una enorme piscina en el suelo recubierta con madera. Dicho espacio debía ser llenado con agua limpia por la mañana y vaciado por la noche, el agua sacada no de desperdiciaba, generalmente se reutiliza para lavar ropa o los hombres de las caravanas la usaban para su aseó. Las Oiran debían bañarse todas a la vez, exceptuando a la única Tayū de la casa, que tenía el privilegio de bañarse únicamente con sus Kamuros y de primera.

— Así es como funciona la casa del Kappa, ahora sígueme.

Mabu y Toi salieron de la casa, atravesando la muralla que rodeaban aquella poderosa estructura roja, justo al lado de dicho muro había una casa de madera que de extendia a lo largo del muro, como si estuviera pegado. Mabu entro sin ningún inconveniente, ambos caminaron por un pasillo donde habían pequeñas puertas de madera. Llegaron a la última y Mabu abrió la puerta.

— Está es la posada de los lacayos, o para que no suene tan feo, la caravana. Solo tenemos permitido entrar en la gran casa a menos que sea para trabajar, vendré a levantarte a las cinco de la mañana y hay empezaremos — hablo rápidamente —. Que pases buenas noches.

Y con ello, Toi inició su vida como lacayo en la casa del Kappa.