Disclaimer: Digimon es propiedad de Akiyoshi Hongō y y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
El que sobra y el que lo extraña
Dedicado a Blue-Salamon
¡Mi primer Daikeru!
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Hubo una época en la que Daisuke comenzó a llevarse muy mal con Takeru, peor que cuando recién se conocieron, lo que ya era decir bastante. Contaban con dieciséis años por ese entonces, el rubio tenía casi diecisiete.
Nadie lo entendía, porque poco tiempo antes de que aquello ocurriera, la relación entre ambos no solo había mejorado significativamente, sino que los celos de Daisuke por la relación amistosa entre Takeru y Hikari parecían haberse esfumado casi por arte de magia. Y, aunque no viene mucho a cuento, aquello tampoco había quien supiera muy bien cómo sucedió, solo repetían una especie de leyenda que se formó al respecto, el resultado de la suma de todas las versiones, pero esa ya es otra historia.
Ahora eran un trío o, mejor dicho, las tres puntas indispensables de una misma pirámide. Para todos era obvio que Hikari estaba en la cima y que los otros dos eran sus bases. Nadie pronosticó que una de ellas se desplomara.
Pensaron que la rivalidad entre Takeru y Daisuke era etapa superada, así lo creyeron todos, así lo creyeron ellos mismos, pero aparentemente los celos, como el esmog de la ciudad, no estaban destinados a irse para siempre.
A veces el cielo amanecía más claro y parecía que sí, que la contaminación se había marchado. Pero si mirabas bien seguía ahí, enturbiando el paisaje, debilitando el corazón del planeta cual enfermedad lenta y pausada que esperara a que llegara el momento de absorber su última respiración agotada.
Y así pasó, así lo vieron todos.
De un día para el otro la pirámide se derrumbó. Daisuke involucionó, o eso decían las malas lenguas. Parecía haber vuelto a ser ese chiquillo inmaduro y un poco inseguro que recelaba de la amistad de los otros dos, temiendo que se estuvieran viendo a sus espaldas.
Miyako intentó razonar con él, y luego Ken, y luego Taichi (porque seguro que a Taichi le hacía caso), ¿qué perdía Koushiro con intentar? Nadie lo consiguió.
Se fue alejando progresivamente de ellos, los miraba mal por los pasillos, soltaba comentarios mordaces e inapropiados, alimentó a base de miedos la paranoica de que algo le ocultaban, que se querían, que estaban juntos, que se burlaban de él, que nunca fue un igual.
Cierto día, harto del comportamiento errático del moreno, Takeru fue a esperarlo a la salida de la cancha de fútbol.
Supo el instante exacto en el que Daisuke lo vio, porque venía atravesando la cancha en dirección a él con el cabello goteando, seguramente tras haberse dado una ducha, el bolso deportivo al hombro y una sonrisa agotada y complacida en la cara cuando se detuvo de golpe. Un segundo más tarde reanudó la marcha con paso pesado y el gesto apacible anterior truncado.
Cuando llegó a su lado, Takeru creyó que pasaría de largo. No lo hizo. Así de impredecible podía ser.
Viéndolo más de cerca, notó una arruga marcada en su ceño. Se preguntó si podría alisara simplemente estirándola con los dedos o ésta se resistiría, si sería un surco inamovible y prematuro que un joven de dieciséis años como él no debía tener.
—¿Qué quieres, Takaishi? —Ladró más que preguntó. Alzó la barbilla, desafiante.
Por alguna extraña razón, Takeru solo pudo pensar en ese viejo dicho que su abuelo Michel le había enseñado de pequeño: Perro que ladra no muerde.
Pensó que este perro sí que lo mordería.
—¿Piensas decir algo o solo viniste a quedarte parado ahí como idiota? —insistió Daisuke.
"Sí, sí que me mordería", concluyó Takeru.
Un par de jóvenes pasaron por el lado del moreno. Agitaron sus manos en despedida.
—¡Nos vemos mañana, capitán! —dijo uno de ellos.
Daisuke, incapaz de fingir una sonrisa, hizo una reverencia en respuesta.
—Aish. Sí que eres molesto —le dijo a Takeru cuando estuvieron solos.
Apenas entonces el rubio se percató de que realmente parecían estar solos. La puerta de los vestidores estaba cerrada, ya todos se habían marchado a casa tras la práctica.
—Daisuke…
—Ese es mi nombre, no lo gastes —contestó a la defensiva.
—Vine a ofrecer un acuerdo de paz.
Aquello pareció desconcertar al moreno.
—¿Un acuerdo de paz? —repitió como si no lo entendiera—. Si tú y yo no estamos peleados.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué no me hablas?
—Pues porque no quiero.
—En serio, Daisuke. Quiero arreglar lo que sea que haya hecho mal, pero no podré hacerlo si no me explicas por qué estás molesto.
—Si no lo sabes, yo no te lo diré.
—¿No será acaso que te lo estás inventando todo para dejar de hablarnos a Hikari y a mí?
Daisuke infló las mejillas en un gesto que a Takeru lo remontó unos cuanto años atrás en el tiempo en apenas un parpadeo.
Un parpadeo más tarde volvió a ser el mismo chico de dieciséis años que era.
—Yo no me estoy inventando nada.
—Vale. —Takeru suspiró. Esa era su primera opción, pero tenía otra—. Entonces debe ser lo de siempre. ¿Estás celoso porque piensas que Hikari y yo tenemos algo? ¿Es eso?
—Me da igual lo que haya entre ustedes dos —replicó tan rápido y agitado, que fue evidente que mentía.
—Porque si es el caso… —continuó Takeru, como si el otro ni siquiera hubiera dicho nada—. Has de saber que Hikari y yo solo somos amigos.
—Sí, vienes repitiéndolo desde que los conocí. Nadie te cree, ¿sabes?
—No me importa que nadie me crea. Quiero que tú lo hagas. —De repente su voz se había tornado afligida, dejando entrever lo mucho que lo angustiaba la situación, lo mucho que le importaba su amistad con Daisuke—. ¿Me crees, Dai?
Aquel tono triste y frágil tocó una fibra sensible en el corazón del moreno, que por un par de segundos fue incapaz de hablar o hilar una respuesta coherente dentro de su cabeza.
—Es solo que no sé por qué te esfuerzas tanto en convencerme de eso, si aquí el que sobra soy yo. ¡Yo llegué tarde, yo me metí entre ustedes! Ustedes no me necesitan…
—¡Claro que te necesitamos! Eres nuestro amigo. Creí que tú te sentías de la misma forma, ¿o estos últimos años han sido una mentira? ¿Estuviste fingiendo todo el tiempo? ¿Ocultando que sigues sintiéndote de la misma forma por Hikari? ¿No has dejado de quererla?
Daisuke se rio, o quiso hacerlo, porque en lugar de una risa le salió un sonido gutural a medio camino entre un sollozo y una carcajada.
—Yo nunca fingí. Quería ser su amigo, quise… pero me di cuenta de que no puedo, que no juego ningún rol entre ustedes dos. ¿Tan difícil es de entender?
—Pero Hikari y yo… —Quiso insistir Takeru; eso al otro lo terminó por cabrear.
—¡Ya, que solo son amiguitos! —comentó burlón—. Que tienen una amistad súper súuuper especial. Ya te oí, por Kami. Que pesado eres.
Hablaba desde el resentimiento y ya ni siquiera se molestaba en ocultarlo. Trató de pasar por un costado de Takeru, empujándole de paso con el hombro, pero el otro fue más rápido al sujetarle por el brazo, quedando ambos lado a lado.
Takeru sintió los músculos de Daisuke contrayéndose en el acto bajo su toque, aunque no supo interpretar su reacción, aquello era nuevo.
—Pero es que es la verdad —dijo—. No me siento de esa forma por Hikari, y vale que no pueda hablar por ella, pero si se lo preguntas estoy seguro de que…
—¡Bueno ya! —Daisuke se zafó bruscamente del agarre del otro—. Eres un idiota, Takaishi.
—¿Qué? No entiendo… —Se giró a mirarlo—. ¿Por qué cada vez que intento arreglar las cosas contigo actúas así? Me insultas sin razón y luego te vas. No me importa que me insultes, solo te pido que me ayudes a entender… a entenderte.
—Si a esta altura no lo sabes ya, no merece la pena.
—¿Yo no merezco la pena?
Daisuke lo miró por el rabillo del ojo. Vio que tenía las cejas enarcadas y las pupilas dilatadas. Estaba acalorado, sus mejillas sonrojadas lo evidenciaban.
—No me hagas esto, Takeru.
—¿El qué? ¿Qué diablos te estoy haciendo? ¿Qué es lo que hago que te insulta tanto?
—¡Existir! Eso es lo que haces. Existir…y ser tan idiota. Si crees que esto se trata de Hikari, es que eres más idiota de lo que pensaba.
Takeru le miró de hito en hito, tan perdido como si de repente se hubiera dado cuenta de que en lugar de estar afuera de la cancha de la secundaria estuviera en la mitad del desierto.
—Pe-pero si no se trata de Hikari…
—Se trata de ti —lo interrumpió el moreno—. Siempre se ha tratado de ti, aunque yo no lo entendí hasta hace unos pocos meses.
—Hace unos meses… —repitió el rubio cual autómata—. Hablas de mi cumpleaños, cuando…
—Sí, cuando tuvimos que compartir un colchón, porque nos faltaba uno. Y… luego te vi desnudo por accidente —añadió lo último en un susurro casi ininteligible, como si no estuviera seguro de querer decirlo, pero lo hubiera decidido en un arrebato en el último segundo.
Después apartó la mirada, la brisa de la tarde agitó su cabello y el sol, iluminándolo desde la espalda, recortó su perfil.
Takeru se dio cuenta de que tenía la boca seca y el ritmo acelerado de su corazón le latía en el cuello, justo en ese punto sensible debajo de la oreja.
—Perdóname, no sabía. No sabía que ese accidente te afectó tanto…
Daisuke suspiró con cansancio.
—No fue el accidente, o no solo el accidente. Fuiste tú, tú eres el que me afecta de una manera que no estaba listo para asumir.
—¿Estabas?
—Supongo que el que te debe una disculpa soy yo. Por alejarme y actuar tan borde sin darte una explicación. Tú quieres recuperar a tu amigo, pero yo no puedo seguir siendo tu amigo. ¿Lo entiendes ahora, Takeru?
El rubio asintió dos veces con la cabeza, en total silencio. Lo hacía. Lo entendía. Todo su cuerpo intentaba reponerse de la noticia. Sus músculos agarrotados, su estómago revuelto, su corazón… sobre todo su confuso corazón.
—Quita esa cara de mortificación —le dijo Daisuke, y al menos por un segundo sonó como el chico despreocupado que había sido hasta antes del quiebre de su amistad—. Tampoco es tan terrible. Yo soy el que tiene que lidiar con esto, no tú... y no sé si lo consiga, pero tengo que intentarlo. Si lo hago, volveré a ti y a Hikari, ¿de acuerdo? Hasta entonces, te pido que no me busques más. Adiós, Takeru.
—Adiós, Daisuke —se descubrió diciendo a pesar de que una voz en su interior le gritaba que lo detuviera.
¿Pero qué le diría entonces? No podía ser cualquier cosa. Cualquier cosa no serviría. Nada serviría. Nada que no fuera un «yo siento lo mismo por ti». ¿Y lo hacía? No tenía idea, pero creía que no saberlo era más alentador que un rotundo no. Nunca un chico se le había declarado, aunque bien pensado puede que aquello no valiera como una declaración exactamente. Pero en lugar de encontrarse cuestionándose el hecho de que un chico se tomara tal atrevimiento o sintiéndose incómodo al respecto, se sintió confuso. Confuso y despierto a la vez. Como… demasiado despierto, energizado quizá.
Los sonidos, los olores, todo se había vuelto intenso a su alrededor.
Daisuke ya había desaparecido de su campo visual. Las ganas de detenerlo finalmente se aplacaron.
Takeru sonrió.
El siguiente pensamiento revoloteando en su mente:
"¿Quién diría que Daisuke, el inmaduro de Daisuke, los dejaría pequeños a todos asumiendo con tal entereza un asunto así?"
Irónicamente, lo que todos creyeron que era una involución en su personalidad, terminó siendo todo lo contrario: una evolución.
Y eso que Takeru tenía casi diecisiete, Daisuke dieciséis.
Notas finales:
Esto surgió de forma tan natural ayer que no pude ni quise detenerlo. Lo escribí de un tirón y creo que estoy satisfecha con el resultado, algo irónico considerando que nunca había escrito de estos dos.
Blue-Salamon, algo que disfruto tanto como escribir las locuras que se me ocurren es poder escribir para alguien, incluso si es una historia pequeñita como ésta. No podía quedarme sentada con el bonito regalo que me hiciste y esto fue lo que salió improvisadamente de mis dedos. Ojalá te haya gustado o te sacara al menos una sonrisa por las mil que me sacaste tú. Recibe toda mi gratitud y un abrazo.
A todo el que llegue hasta aquí abajo, ¡gracias por leer!
