Muchas gracias a todos los que dejaron review en el capitulo anterior, y por supuesto gracias por su paciencia. Espero que disfruten esta parte tambien.
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Summary: Y ante los atónitos ojos de los presentes, el metal que tocaban sus dedos cambiaba de acero a oro.
Parejas: Natsu Dragneel y Lucy Heartfilia (eventualmente).
Advertencias: Ehhh, OOC. Lenguaje obsceno. AU (Fairy Tales Universe).
Disclaimer: Fairy Tail no me pertenece. Pero mi imaginación y esta trama, sí.
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Aurum
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Lucy despertó en casi completa oscuridad, su vestido un sofocante montón de tela a su alrededor.
No sabía que esperaba, algún tipo de amnesia momentánea que después sería reemplazada por pánico al recordar lo que la llevó a su situación actual; pero eso no sucedió, porque en el momento que abrió los ojos todo volvió a su memoria. La boda. El príncipe. Su velo ondeando alrededor de ella. El dragón.
Su don.
O debería decir, su maldición.
El pánico la inundó, ahogándola más rápido que el corsé de su vestido. Sus manos temblaban, sudor frio recorrió su cuerpo y estuvo segura que si estuviera de pie sus piernas se hubieran doblado bajo su peso, incapaces de sujetarla. No podía respirar. No podía respirar. Un sollozo salió de su garganta y sentía como si la pesada mano de la muerte la estuviera ahorcando.
'Voy a morir, voy a morir, voy a morir…' Su corazón latía tan rápido que–
No, no podía derrumbarse. No lo haría. Concéntrate un tu respiración, le ordenó la pequeña parte de cordura que le quedaba. Sus dedos tantearon a su alrededor, sintiendo metal frio bajo sus dedos, las piezas pequeñas, redondas. ¿Monedas?
Se quedó muy quieta, intentando tranquilizar el acelerado latido de su corazón.
Un latido. Dos latidos. Tres.
El aire a su alrededor se sentía pesado, el aroma una especie de mezcla entre tierra, metal y humo, con otras cosas que no reconocía.
No debía alertar al monstruo de que estaba consciente.
¿Qué quería de ella? ¿Iba a matarla?
No se atrevía a mirar a su alrededor. Concentrándose en sus oídos, intentó escuchar cualquier sonido que le indicara que el dragón estaba con ella. Su cuerpo dejó de temblar.
Veinte. Veintidós.
Entre más tiempo pasaba, más se convencía que estaba sola. O que le estaban tendiendo una trampa. Contó hasta su latido numero trescientos antes de atreverse a moverse, el pánico paralizándola todavía en su lugar. Quería vomitar, su estómago todavía hecho un nudo. Entonces se dio cuenta de dos cosas.
La primera era que debía estar dentro del tesoro del dragón. Su guarida parecía ser una cueva marginalmente iluminada con algunas antorchas y lacrimas de luz en lugares estratégicos; su vista finalmente adaptándose un poco le permitió distinguir que lo que estuvo tocando eran efectivamente monedas de oro. Toda la cueva estaba llena de montículos de oro, gemas y otros tesoros, algunas tan altas que casi llegaban a tocar el techo en partes.
No alcanzaba a verlo completamente, oscuro como estaba todo a su alrededor, pero distinguía lo suficiente como para saber que la cueva era enorme, los techos altos, altos, altos. El tamaño ideal para que una monstruosa criatura pudiera entrar y andar a su contento.
Lucy nunca fue tan consciente de su insignificancia como hasta ese momento.
Lo segundo es que el dragón no estaba a su lado, esperando para devorarla con todo y vestido. O al menos eso es lo que pensaba que planeaba hacer con ella.
Al menos no se comería su velo, solo porque no lo traía puesto. Debió haberlo perdido cuando el dragón la atrapó. Eso le causaba un tipo de extraño alivio y no sabía porque.
Cuidadosamente comenzó a levantarse y el movimiento movió y empujo monedas a su alrededor. El estruendo resonó dramáticamente en toda la cueva, el eco reverberando en la distancia.
"¡Maldición!" exclamó, casi perdiendo el equilibrio.
No se percató hasta casi caerse pero había estado acostada encima de uno de los montículos de monedas de oro, mucho más alto de lo que se sentía cómoda. El suelo, o lo que podría serlo considerando que era el nivel más bajo, estaba cubierto de cosas brillantes que suponía que era más oro y gemas. Si llegaba a caer no solo causaría un estruendo mayor que podía despertar potencialmente al dragón, si estaba dormido. Caerse también dolería. Debía ser muy cuidadosa.
Ahora, si tan solo fuera más sencillo moverse con su maldito vestido.
La prenda que anteriormente era la cosa más hermosa que hubiera usado en toda su vida, ahora se le antojaba un estorbo. Pesado. Sus movimientos eran casi imposibles usándolo. No era una sorpresa que el dragón la alcanzara cuando intentó huir de él, sino que siquiera hubiera podido correr en primer lugar.
Espero unos segundos a ver si el dragón aparecía después de su escándalo.
Tres latidos. Cuatro. Cinco.
Nada.
¿La dejó sola? ¿Encerrada? ¿A morir entre montañas de oro?
Parecía casi poético, como el oro la llevó a la situación de donde la robó un dragón, y ahora entre oro moriría. No. Debía aunque fuera buscar una salida. No podía solo dejarse morir.
Pero primero, el vestido.
Comenzó a forcejear con el corsé, consciente que fue diseñado para que otra persona lo desatara. Lucy se sonrojó al pensar cómo se suponía que le debían de desvestirla, en qué contexto, pero aparto la idea de su mente tan pronto como llegó.
Quitarse su vestido de novia le tomaría una eternidad si lo hacía por su cuenta, pero en ese momento tenía más tiempo que vida. Tras varias maldiciones que nunca se había atrevido a decir fuera de su cabeza en ocasiones especiales, poco más de un par de lágrimas y mucho esfuerzo que le dejó los músculos de sus brazos ardiendo, finalmente se encontró libre del vestido. Desnuda salvo un delicado baby doll de seda blanca que apenas cubría lo necesario, llegándole justo debajo de su trasero.
Cierto, había olvidado esa cosa.
Por un momento se quedó muy quieta, sus mejillas ardiendo.
De pronto la boda y sus preocupaciones anteriores parecían muy lejanas, como si fueran de otra persona. Pero lo cierto es que si no hubiera sido abducida por un monstruo en uno de los giros de trama más inesperados que nunca hubiera imaginado, ella ya estaría casada. Tal vez en ese mismo momento el príncipe Hisui, su renuente casi-esposo, la hubiera llevado a su recamara para diligentemente consumar el matrimonio, justo como ordenó el rey.
Quería vomitar.
Tal vez, solo tal vez, no fue tan terrible que la boda no se completara.
"Deja de pensar en tonterías. Tienes problemas más grandes," murmuró para sí.
Tomó una respiración profunda para tranquilizarse. Bien. Ahora solo debía–
"¡Hola!" una voz a su derecha.
Lucy gritó, tropezó, y cayó.
Y el mundo se volvió negro. De nuevo.
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Lo primero que vio al despertar fueron ojos verdes.
"Oh, ya estas despierta."
Sí, pero la cabeza le estaba matando.
Lucy gimió un poco al tocarse la cabeza, el dolor punzante pero soportable. Le iba a salir un morete, estaba segura. Con cuidado comenzó a incorporarse, mirando a su alrededor. Aparentemente había caído desde la pequeña montaña de oro en la que se encontró al despertar la primera vez. Diosa, su suerte no podía mejorar más, ¿Cierto?
Un joven que aparentaba ser unos pocos años mayor que ella estaba sentado delante de ella mirándola con clara curiosidad y burla en sus ojos. Lucy parpadeó lentamente. A menos de que su vista la estuviera engañando, lo cual era factible considerando que estaba muy oscuro todavía, podría jurar que su cabello era rosa.
Un momento. Reconoció su voz. Él la hizo caer, o bueno, provocó el sobresalto que la hizo tropezarse.
"¿Quién eres tú?" preguntó, mirándolo con desconfianza.
"Mis amigos me llaman Natsu," una sonrisa despreocupada. "¿Y tú?"
"Lucy."
"¡Mucho gusto, Lucy!"
Ese chico hablaba con signos de exclamación, decidió.
"¿Qué estás haciendo aquí?"
"Vivo aquí."
"¿No es esta la guarida del dragón?"
Una pausa.
"Sí," dijo, mirándola como si ella fuera la idiota.
"¿Entonces que estás haciendo aquí? ¿No eres humano? Oh, por supuesto," continuó antes de que Natsu pudiera hablar, la respuesta tan obvia que se sintió tonta de no haberlo adivinado antes. "También eres prisionero del dragón."
Natsu sonrió.
"¿Sabes si está aquí en este momento?"
"Probablemente."
"¿Probablemente? ¿Eso quiere decir que no está?"
"¿Lo ves por aquí?"
"No, pero…" Lucy apretó los labios con fuerza. "No importa, si no está mucho mejor. ¿Crees que puedas llevarme a la salida antes de que él vuelva?"
Él la miro con clara sospecha, "¿Qué planeas?"
"Escapar, obviamente," respondió, ahora ella mirándolo como si él fuera imbécil. "No sé tú, pero yo nunca he sido fanática de la idea de ser devorada por un monstruo."
Y entonces lo hizo. Se rio.
Lucy lo miró con clara sorpresa. ¿Qué rayos le pasaba a ese pobre tonto?
"Él no te va a comer."
"¿Cómo estas tan seguro?"
"Porque no come criaturas pensantes," respondió, como si fuera obvio.
"Bueno, discúlpame si lo encuentro muy difícil de creer," dijo, sin intentar ocultar la molestia de su voz. "¿Por qué más me abduciría? ¿No se supone que a los dragones le gustan las princesas?"
No que ella era una realmente, al menos no aun ya que su boda no se completó. Aunque si era una condesa. Se preguntó si el dragón consideraría eso como suficiente cualificación para hacerla un tentempié.
Natsu soltó algo que sonó mitad risa mitad resoplido, poniéndose de pie.
Lucy lo miró con desconfianza, replegándose en sí misma por instinto. De pronto fue muy consciente de que se encontraban ellos dos solos, lejos de cualquier ayuda, y ella estaba usando una prenda que no solo iba en contra de cualquier código de vestimenta, también dejaba muy poco a la imaginación. Sin embargo él no se acercó a ella, todo lo contrario.
"Voy a ir a buscarte algo de comer. No intentes salir de la cueva, no es seguro allí afuera."
"¿Me vas a dejar sola? ¿Y si el dragón–?" comenzó a protestar.
Natsu se dio media vuelta y se alejó antes de que pudiera terminar.
"¡Natsu!" llamó.
Él no se volvió ni una sola vez.
"¡Al menos dame algo con que vestirme!"
Natsu desapareció completamente de su visión, su forma perdiéndose en la completa oscuridad.
¡Infeliz! ¿No iba a ayudarla? ¿Qué estaba mal con él? ¿Acaso era algún tipo de sirviente del dragón? Por un momento contempló la idea. Suponía que tenía sentido. El dragón era una criatura demasiado grande como para poder hacer muchas cosas que necesitaban manos humanas. Eso explicaría que hacia allí y porque había defendido al monstruo.
Bien, como fuera. No lo necesitaba. Lucy había dejado de necesitar a los hombres desde el momento en que su padre le dio la espalda.
La espera era cada vez más insoportable. Lucy sentía que el dragón podría regresar en cualquier momento, pero ahora era consciente de que Natsu podría intentar encarcelarla o hacer algo para evitar que escapara de su señor, por lo que era importante que no se encontrara con él. Obligándose a mantener la calma, esperó antes de intentar seguirlo.
'Rey Celestial, por favor guía mis pasos. Madre, dame tu fuerza.'
Una eternidad después avanzó en la misma dirección en la que había visto a Natsu irse.
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No supo cómo lo hizo.
En muchas ocasiones no podía ver absolutamente nada y en esas partes anduvo prácticamente a gatas, intentando tantear el suelo en caso de encontrarse con algún hueco u obstáculo. Se arrastró entre monedas, piedras preciosas, telas tan ricas como delicadas que claramente no debían de estar en el suelo. Caminó sobre lo que parecían ser pinturas y muebles.
Se encontró con lo que parecía ser todas las armas de un reino. Consciente que cualquier error podría significar en una herida potencial cortesía de lo que parecían ser hojas muy filosas, tuvo especial cuidado al pasar esa parte del tesoro, tomando lo que parecía ser una pequeña daga antes de dejarlo atrás. No sabía lo que encontraría más adelante y una pequeña arma la hacía sentirse marginalmente mejor, aunque no supiera usarla.
En una parte incluso descubrió lo que parecía ser un lago subterráneo, extrañas luces bioluminiscentes en el agua y las paredes, el color azul de un tono que ella nunca había visto antes. Esta era la zona mejor iluminada que encontró hasta ese momento, algunos respiraderos en el techo permitiendo la entrada de luz y aire fresco. Pero era demasiado alto para que ella pudiera alcanzarlo.
La guarida del dragón era un lugar terriblemente grande.
Entre más andaba, más se convencía de que estaba perdida y nunca iba a encontrar la salida. O peor, se iba a encontrar directamente con el dragón.
Como no sabía a donde ir, dejó que sus instintos guiaran sus pasos. A veces podría jurar ver una luz en la distancia, pero cuando llegaba allí solo encontraba oscuridad y el comienzo de otro camino.
Por eso cuando finalmente se encontró en la salida le tomó varios minutos aceptar que realmente se encontraba fuera.
Lucy caminó hasta la entrada de la cueva casi a ciegas, la luz cegándola después de tanto tiempo en la casi completa oscuridad. El aire fresco la golpeó en el rostro, el aroma del pasto y el bosque mareándola. El alivio fue tan fuerte que comenzó a llorar, no pudo evitarlo. Alguien allá arriba fue en su auxilio de nuevo.
Lucy cerró sus ojos y se permitió respirar. Pero consciente que el peligro no había pasado aún, en el momento en el que recuperó la compostura comenzó a analizar donde se encontraba.
La cueva estaba dentro de lo que parecía ser una montaña y desde su altura alcanzaba a ver lo que parecía ser un enorme bosque, los arboles tan altos como solo lo eran los que no habían sido tocados por manos humanas. Bajo sus pies descalzos podía sentir piedras frías y filosas, los pedazos de algunas ramas rotas y hojas. En la distancia podía ver más montañas y sobre su cabeza el cielo se veía azul sin ninguna nube a la vista. Por la posición del sol pensó que debían pasar de las doce del mediodía.
Lucy nunca había estado en un bosque sola, mucho menos uno tan salvaje. Rey Celestial, ni siquiera había acampado una vez en su vida.
El miedo amenazó con atraparla de nuevo, sus piernas temblando, pero se obligó a retomar control de su cuerpo. No tenía tiempo, debía salir de allí.
Antes de poder arrepentirse comenzó a bajar por lo que parecía ser el camino menos empinado.
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Extrañaba sus viejas botas, más que el agua fresca o la comida. Llevaba andando ya mucho tiempo, tanto que finalmente podía ignorar fácilmente el dolor en sus pies descalzos. Intentaba ser lo más cuidadosa posible al pisar, pero su piel simplemente no podía con la presión del suelo, a veces empedrado y a veces tan lleno de tierra y ramas rotas que se sentían como espinas.
O bueno, tal vez las extrañaba solo más que la comida. En ese momento mataría por un vaso con agua.
Sobre su cabeza los árboles se veían incluso más altos, tanto que ocultaban el cielo. Al menos no iba a sufrir una insolación, decidió. Apretando con fuerza la daga que tomó de la guarida del dragón, Lucy comenzó a organizar sus prioridades.
Necesitaba alejarse lo más posible y encontrar algún lugar donde esconderse antes de que oscureciera. Su experiencia en un bosque era prácticamente nula, pero hasta ella era consciente que no iba a poder sobrevivir de noche sin algún tipo de refugio. Y aunque los arboles probablemente le ayudarían a ocultarse del dragón si intentaba localizarla desde el aire, poner distancia entre ella y su guarida era su primer objetivo. Cuando pudiera lo primero que debía hacer es conseguir unos zapatos.
Lucy nunca había cazado, pero tal vez podría hacer unos de piel de conejo. De inmediato su corazón se estrujo de inmediato ante la idea de lastimar un animal.
¿Tal vez podía hacer algo con hojas?
Suspiró. No veía cómo iba a poder sobrevivir si no era ni capaz de cazar.
Un crujido.
Súbitamente la tierra cedió bajo su pie derecho, en el espacio entre las enormes raíces de un árbol por la que apenas comenzaba a andar.
Lucy gritó y se intentó sujetar del tronco del árbol, soltando la daga por accidente. Sus manos se deslizaron de la madera, sus uñar arañando en el musgo que cubría el tronco, y el suelo bajo sus pies desapareció.
Se deslizo por la colina, sintiendo varios golpes en su espalda y piernas mientras sus manos intentaban sujetarse de algo, lo que fuera, para desacelerar su caída. Al llegar al final de la pequeña colina de donde resbaló consiguió rodar, desacelerando hasta quedar acostada en el suelo.
Por un momento Lucy se quedó acostada, mirando al cielo con confusión y sintiéndose increíblemente patética. Todo le dolía. Lloriqueo un poco para ver si eso la ayudaba a sentirse mejor. (No lo hizo).
Al menos allá abajo había más musgo sobre las piedras y la tierra por la que resbaló estaba lo suficientemente suelta como para que no se golpeara muy fuerte en su descenso. Al menos esta vez no se golpeó la cabeza. Al menos–
"Basta con la positividad toxica, Lucy," se ordenó a sí misma.
Con cuidado, se incorporó hasta estar sentada y comenzó a tocar sus extremidades, gimiendo un poco de dolor. Tenía varios rasguños en sus piernas, brazos, e incluso en su trasero. Un poco de sangre comenzaba a brotar de una cortada particularmente fea en su muslo y otra en su pie izquierdo. Después de su descenso la tela de su delicado baby doll ya no era blanca prístina, manchones de tierra negra ensuciando la delicada seda; el borde rasgado, seguramente al enredarse con alguna rama.
Sacudiéndose el cabello para intentar quitarse la mayor cantidad de tierra, Lucy se puso de pie con cuidado. Su pie derecho le dolía, pero no parecía tener un esguince ni estar roto.
Bendito sea el Rey Celestial por los pequeños milagros.
Andando con cuidado, comenzó a buscar su daga pero no parecía haber rastro de ella.
"Maldición," exclamó, apretando los labios con fuerza para no llorar.
¿Qué iba a hacer ahora?
Continuó caminando, sus ojos fijos en el suelo para ver donde estaba suelta la tierra para no volver a repetir otra caída, cuando lo escucho. Una especie de siseo.
Oh no.
Lucy se detuvo y ahogó un grito, quedándose muy quieta. Incluso las aves en los árboles parecieron guardar silencio.
Ssssshhshsh.
A su derecha.
Volvió su cabeza lentamente.
Allá, justo de donde había caído, estaba una especie de reptil que Lucy no reconocía. Le pareció que era similar a un cocodrilo –una vez vio la imagen de uno en una enciclopedia– pero no era igual. Sus patas se veían mucho más largas, su hocico menos alargado. Era una criatura enorme, el reptil más grande que hubiera visto en su vida. Desde esa distancia le parecía que debía medir al menos el metro y medio de alto, de las patas a los hombros. Y podría ser su imaginación, pero podía jurar que vio una gota de baba caer de entre sus dientes.
Ssssshhshsh.
Lucy dio un paso lento, oh tan lento, hacia adelante, sus ojos fijos en la criatura. Otro paso. Otro.
'Por favor, por favor no me veas.'
Otro pequeño paso. Ya se encontraba un tanto alejada, el reptil parecía a punto de darse vuelta, cuando una rama crujió bajo su pie.
Lucy maldijo.
Sus ojos se encontraron con el reptil. Una especie de gruñido siseo emitió de su horrible hocico lleno de dientes que se veían terriblemente filosos aún desde la distancia.
¡Corre!
Lucy obedeció y comenzó a correr, y detrás de ella escuchaba los pasos del monstruo que la iba persiguiendo.
A su alrededor los arboles eran un borrón café y verde, algunas ramas golpeándola cuando no las podía esquivar. Ardor en sus brazos, en sus piernas. No importaba. No podía dejar que esa cosa la atrapara.
Su respiración era pesada, sus pulmones ardiendo. El latido de su corazón demasiado acelerado. En ese instante aceptó que la iba a atrapar, ella no era tan rápida y él tenía cuatro patas.
Otro siseo que de alguna manera era diferente al primero, y supo sin tener que voltearse, solo supo que más criaturas se habían unido a la primera en su persecución. El sonido de sus patas detrás de ella aumentaba en cantidad y resonaba cada vez más cercano.
Delante de ella el camino se veía más iluminado, los arboles encima de ella menos altos y tupidos. Sus ojos miraron desesperadamente a su alrededor pero no veía ningún lugar donde pudiera ocultarse, solo terreno abierto. Su única oportunidad era correr tan rápido que no–
Pisó una raíz mal, su tobillo izquierdo se dobló y Lucy gritó de dolor, cayendo sobre su estómago. Por instinto alcanzó a poner las manos para amortiguar el golpe y no romperse su rostro, pero sintió que la dejaba el aire por el impacto.
¡No, no, no!
Arrastrándose hasta conseguir ponerse de pie, Lucy se atrevió a volverse. Eran cuatro e iban a llegar a ella mucho más rápido de lo que podía correr. Sus piernas cedieron y cayó sentada.
'Eso es todo. Voy a morir.'
No lo pudo evitar, gritó del terror.
Y su voz se vio superada por el sonido de un rugido detrás de ella, una fuerte ráfaga de viento ondeando su cabello. Delante de ella, los reptiles se detuvieron en seco, sus lenguas saliendo de sus hocicos al sisear.
Lucy volvió su rostro lentamente, sus ojos encontrándose con los del mismo dragón rojo que la había llevado a su guarida. Columnas de humo se elevaron de su nariz.
"Ven aquí, Lucy," habló, su voz un grave gruñido pero entendible.
Oh Diosa.
"¿Puedes hablar?" dijo estúpidamente.
"Ven. Aquí."
Una de las criaturas emitió uno de esos siseos-gruñidos, dando un paso hacia ella. El dragón gruñó en advertencia, un sonido tan terrible que Lucy no pudo evitar temblar al escucharlo. Pero el lagarto se detuvo en seco.
"Lucy," un gruñido amenazante.
Otro reptil hociqueo al aire, como oliendo, cerrando su hocico con un fuerte ¡Snap!
Lucy tragó saliva.
"Ven hacia mí, ya," ordenó de nuevo. "Lentamente."
¡Snap! ¡Snap!
Reptiles monstruosos y asesinos que claramente querían devorarla, o un dragón que aparentemente podía hablar y probablemente también planeaba comerla, pero con el que tal vez podría intentar negociar por su vida antes de que la matara.
La respuesta era obvia.
Lucy se puso de pie, sus piernas temblorosas y su tobillo gritando de dolor, y dio un paso lento hacia el dragón.
"Así es, despacio."
Otro paso.
Los reptiles avanzaron hacia ella lentamente y el dragón gruñó de nuevo, el asomo de un rugido en su garganta.
"Un poco más, Lucy."
Se sintió eterno, la presión de la mirada de los monstruos que querían comerla sobre ella. Pero finalmente sintió la sombra cubrirla y por el rabillo del ojo pudo ver una de las patas delanteras del dragón a su derecha. El alivio fue tan fuerte que casi la hizo llorar.
Un siseo y de pronto los reptiles avanzaron rápidamente hacia ellos. El dragón rugió en respuesta. Lucy gritó y se tiró al suelo, apenas esquivando ser llevada de largo por la pata del dragón cuando este se abalanzó contra los otros monstruos.
Su magullado cuerpo le hizo saber su disconformidad por la caída con una punzada de dolor en todos los moretones de su costado que ya debían comenzar a formarse. Lucy aspiró aire de golpe, ahogando un gemido de dolor. Realmente necesitaba dejar de caerse.
Alzó la cabeza con dificultad, intentando incorporarse. Sus brazos temblaban con el esfuerzo, toda la adrenalina dejando su cuerpo cansado y débil.
Un rápido vistazo al enfrentamiento delante de ella fue suficiente, por lo que cerró sus ojos con fuerza y esperó a que todo terminara. No se atrevió a mirar ni siquiera después de escuchar los fuertes crujidos del dragón al masticar algo, no era difícil adivinar qué estaba comiendo. Unos minutos después el silencio regresó.
"Lucy," un gruñido.
Lucy abrió los ojos por fin.
Delante de ella, el enorme dragón rojo avanzaba lentamente, pesado humo negro saliendo de sus fosas nasales, su hocico manchado de sangre.
Por instinto tragó saliva.
"Te dije que te quedaras en la cueva."
Espera. ¿Qué? Él no había–
"Pero–"
El humo a su alrededor creció, cubriendo casi por completo la figura del dragón, y pudo vislumbrar que esa comenzaba a hacerse más y más pequeña, todavía avanzando hacia ella.
No podía ser.
Un joven de cabello rosa apareció de entre el humo negro, ojos verdes brillando con molestia, humo gris todavía emanando de su mucho más pequeña y humana nariz; y Lucy miró con sorpresa como las escamas rojas comenzaban a desaparecer para convertirse en piel.
Natsu se detuvo delante de ella en toda su desnuda gloria, sangre cubriendo parte de su rostro y sus manos, su piel morena lisa y libre de cualquier rastro de inhumanidad.
Cruzándose de brazos, gruñó, "¿Se puede saber qué carajos estabas pensando?"
Lucy sintió su boca abrirse pero ninguna palabra salió de ella.
Al menos esta vez no perdió el conocimiento.
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