Prólogo.

Había sido un día agotador. No sólo por el entrenamiento sino que había comenzado a tener pesadillas. Mejor dicho, a volver a tener pesadillas. Hacía mucho tiempo que no las tenía.

Se soltó el cabello que llevaba atado en un rodete mientras tomaba unas ropas ligeras para vestirse. Había tomado un baño de agua fría para poder combatir el calor y estaba relajada, sentía su cuerpo pesado. Ahora estaba más relajada que antes. Cuando terminó de vestirse, apartó las sábanas y se metió en la cama.

Se preguntó si podría dormir esa noche. Dio una media vuelta y cerró los ojos. Respiro profundo antes de dejarse llevar por el cansancio… No pasó mucho para que su respiración se hiciera más pesada, más suave dejando ver que ya estaba dormida.

Oscuridad. Pura oscuridad. ¿Qué estaba pasando? Extendió una mano simplemente para comprobar si había algo allí. Nada, apenas podía verse a ella misma. Tampoco se sentía ninguna energía, así que no podía ser el ataque de alguien.

Dio la vuelta sobre sí misma (o creyó haberlo hecho, no había nada que le indicara eso) para intentar encontrar algo, lo que sea. Pero nada. Estaba en plena oscuridad, sólo podía verse a sí misma. Cuando volvió a moverse, se encontró de frente con un espejo. No había nada ahí, ni siquiera su propio reflejo. Era extraño, ¿acaso algún dios estaba jugando con ella? Extendió la mano para tocarlo y en el instante que lo hizo, apareció su imagen, pero no era exactamente su reflejo... Cuando la que se reflejaba abrió los ojos, lo entendió.

-¡Tu!- se alejó de inmediato del espejo-. ¡Tu eres...!

La imagen reflejada sonrió mientras sus ojos se tornaban de un tinte carmesí, muy parecido a la sangre. No hablo, sólo se limitó a reír antes de desaparecer.

Se despertó de golpe con la respiración agitada. No recordaba más allá de estar en una total oscuridad y frente a un espejo que no reflejaba nada. ¿Que significaba? Apartó las sábanas para poder levantarse y salió de la habitación.

Aún era de noche. Bastante entrada ya que alrededor del campamento estaba todo oscuro, salvo por los pequeños puestos de vigilancia en los cuales se veía las luces de las antorchas. Odiaba esas noches en que no podía recordar qué había soñado, no era la primera vez y sabía que seguiría así.

Comenzó a caminar sin un rumbo fijo. Quería refrescarse, al menos la noche daba un respiro a lo que había sido el día. Sonrió un poco ante el pensamiento, estaba segura de que su amiga estaba muy cómoda con la temperatura. Después de un buen rato, se sintió mejor. Pero la tranquilidad no duraría mucho.

Se detuvo en un lugar desde donde podía ver donde terminaba el campamento. Algo se venía.

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Las primeras luces del amanecer iluminaron el Santuario de Atenea. Las doce casas por afuera parecían iguales, no había habido ningún cambio desde la batalla de Hades... Salvo por sus guardianes.

Quizás porque era una de las pocas veces que había podido disfrutar a pleno una noche, o porque había dormido mucho. No sabía realmente la razón por la que se había despertado temprano, el hecho era que estaba despierta y no podría volver a dormirse.

Se levantó para caminar hacia unas cortinas que se encontraban en una esquina de la habitación, las apartó para dejar a la vista una ventana. Con suavidad la abrió y salió a un balcón. Desde allí podía observar la mayor parte del Santuario.

No supo cuanto tiempo se mantuvo allí parada, observando y disfrutando un poco de la brisa fresca. Debió de estar muy concentrada para no notarlo, quizás porque estaba sumida en sus pensamientos, o porque esa persona no era tan poderosa en ocasiones.

-Diosa Atenea -habló dejándose notar finalmente. La diosa parecía estar demasiado perdida en sus pensamientos para no haberlo notado antes.

Volteo para ver al dueño de la voz: se trataba del mensajero de su padre, Hermes. Aunque no sabía desde cuándo estaba allí.

-Hija de Zeus - volvió a hablar sin darle tiempo a hablar o preguntar qué hacía en ese lugar- Vengo de parte de tu padre, él desea hacerte saber que corre un gran peligro. Un enemigo mas fuerte se acerca y usará el miedo contra sus guardianes. El Cronida esta preocupado por su seguridad y, si bien sabe que no aceptara regresar al Olimpo, ha pedido la protección del Viento.

-Si mi padre ha tomado esa decisión quiere decir que lo que se avecina es bastante problemático...

-Su Padre sabe que vienen tiempos difíciles, de modo que le pide que por favor no rechace a quienes vendrán a ayudarle.

- Esta bien.- No tenía otro remedio de todos modos, sabía perfectamente que no siempre podía salirse con la suya cuando su Padre planeaba algo que la involucraba. Sólo esperaba que al menos en esta ocasión, aquellas personas importantes para ella no tuvieran que sufrir mucho.- Puedes retirarte, dile que aceptaré y seguiré sus consejos.

Hermes solo asintió ante las palabras de Atenea para luego levantarse y marcharse. Saori lo observo hasta que desapareció de su vista, sólo entonces se dió cuenta de lo nerviosa que estaba cuando sintió su cuerpo relajarse. Regresó a su asiento, podía sentir que unas presencias conocidas se acercaban, finalmente... el Santuario parecía estar regresando a la normalidad.

oOoOoOoOoOoOoEntrada al santuarioOoOoOoOoOoOoOoO

Unas figuras se encontraban justo en la entrada del santuario. Conocían el lugar, así que sabían que en ese momento no encontrarían guardias.

-Nada ha cambiado. Hasta los guardias siguen con los mismos problemas...- se lamentó una de las figuras.

-Bueno, al menos la Diosa parece estar en su lugar y su cosmos se siente igual que antes.-

-Como dije: nada ha cambiado. Vamos, debemos llegar con la Diosa antes de que nos detecten.

-Todavía no sé por qué debemos ocultarnos... No somos traidores, ni enemigos- se lamentó- fueron ustedes quienes...

-¡Oh cállate!- Gritó la quinta figura quien se mantenía algo alejada- ¡Vamonos de una vez! Si nos quedamos aquí nunca llegaremos a ningún lado.

No quería recordar algo que había quedado en el pasado. Sí: cuatro de ellos habían cometido un grave pecado, pero habían sido perdonados y recompensados por sus sentimientos. Dudar de ello a esa altura... Apretó los dientes y comenzó a caminar.

-¡Muevanse! ¿O pretenden quedarse allí todo el estúpido día?

El resto lo observó con sorpresa, pero sólo uno sonrió luego de esas palabras y alzó la vista para contemplar mejor el camino que los esperaba.

-Tienes razón Máscara, es mejor movernos. Después de todo... La señorita Saori está esperando.

Las figuras no eran completos desconocidos del santuario, no eran extraños. Eran viejos guerreros que habían regresado para reclamar lo que una vez fue de ellos: su lugar dentro de las doce casas. Ahora se sentían a gusto, podían presentarse ante la Diosa para decir orgullosamente que estaban de regreso, que aceptarían volver a protegerla y no traicionarla.

Habían traicionado para proteger un juramento que deseaban proteger. Habían lastimado a quienes querían, y habían muerto. Pero ahora tenían otra oportunidad de jurar, de proteger y planeaban hacerlo. Si ella volvía a aceptarlos, y esta vez, sabían a quien estaban jurando. Sabían que ella, como Diosa estaba allí.