Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia, al igual que los O.C's de mi autoría, SI me pertenecen.

Capítulo 1: La elegida

Se quedó observando el arreglo floral con una devoción propia de un religioso, absorta en su línea de pensamientos: narcisos.

Los narcisos eran, de hecho, su flor favorita. Desde pequeña tenía la costumbre por ir en busca de ellos, adorándolos y olisqueando su delicioso aroma, rozando la redondeada punta de su infantil nariz contra la suave superficie de sus pétalos vírgenes, inmortalizado las imagenes más inocentes de su infancia. A veces podía darse el lujo de despertar con algunos dentro de un precioso jarrón transparente sobre la mesa de luz de su habitación, cortesía de su madre, conocedora de su gusto por ellos; sabía entonces que aquel sería un día feliz.

Pasaron años desde la última vez que vio un narciso, y le resultó de lo más desconcertante e hipnótico: era como si hubiera dejado en el olvido por completo su gusto por aquella flor, y recién ahora pudiera ver que había borrado un aspecto importante de su vida, sin siquiera percatarse de ello. Como cuando uno deja atrás una melodía favorita y, después de mucho tiempo, tiene el gusto de oírla a nueva cuenta, generando un tumulto de sensaciones y memorias burbujeantes, preguntándose cómo pudo ser posible que una canción tan importante se perdiera entre los recuerdos.

Entreabrió los labios, conmocionada: su fragancia era exquisita... era un millón de lucesitas danzando en su mente, trayéndole consigo imágenes de su pasado y el peso de la nostalgia. A la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas, lo que difuminó el trazo grácil de cada tallo y hoja... hacía mucho tiempo que había dejado atrás sus ganas de llorar, sin importar si eran impulsadas por buenos o malos motivos; había dejado de exteriorizar sus sentimientos como cuando era más joven.

Ella nunca fue una chica débil... no.

De hecho, tenía una fuerza de voluntad tan grande que todo lo que se proponía lo cumplía, costara lo que costara, llevara el tiempo que llevara. No creía en los límites, y cada nuevo obstáculo lo tomaba como un reto personal que superaba encantada y deseosa de más. Era como una aventurera adentrándose en tierras desconocidas constantemente, domando su miedo para dejar en libertad sus ganas de conocer, de aprender, de vivir.

«Todos los días se aprende algo nuevo»

Cada vez que despertaba daba las gracias, feliz de estar respirando y dispuesta a dar su cien porciento en cada pequeño paso que diese de camino a su rutina diaria. Trabajaba en exceso por cumplir su sueño, y los frutos que cosechaba a medida que los números del calendario iban cambiando eran mejores cuanto más se esforzaba.

―Señorita, ¿ocurre algo?

La interrupción acompañada de aquella voz femenina la regresó abruptamente a la realidad, apartando sus iris cielo del decorado floral. Pestañeó un par de veces, como si estuviera saliendo de un trance y disipando -dicho sea de paso- el agua salina de sus orbes, curvando una sonrisa gentil.

―No, está todo excelente. ―decidió entrelazar los dedos de sus dos manos, escondiendo así el leve temblor que sacudía su anatomía ―¿El señor Clarkson tardará mucho más?

―De hecho, querida, ya he salido.

Ella se giró un poco al oír la masculina respuesta, topándose de lleno con la esbelta figura de un muchacho enfundado en un carísimo traje, cargando con un elegante maletín y un reloj de lo más fino rodeando su muñeca. Su sonrisa creció tanto que sus párpados casi se tocaron.

―¡Dave! ―de un brinco dejó atrás el sofá de la sala de espera, frenando su corrida al terminar de pie frente a él ―Tenemos que hablar.

Lo vió arquear una ceja, mientras que su secretaria abandonaba la estancia atravesando una puerta detrás de él, dejándolos a solas.

―Cielo santo, ¿dos meses sin vernos y lo primero que me dices es eso? ―apretó los labios, falsamente ofendido ―Hubiera jurado que estabas muriendo por este momento, a juzgar por la cantidad de llamadas que me dejaste...

―¡Oye! No seas tan egocéntrico. ―golpeó infantilmente su brazo, para después sonrojarse de manera sutil y apartar sus ojos a un lado. De pronto recordó un destello de cabellos rubios, riéndose a carcajadas luego de lograr hacerla enfadar, solo como Jounouchi sabría hacerlo. Sacudió su cabeza ―E-Estoy feliz de que hayas regresado.

El chico ablandó el gesto, esbozando una dulce sonrisa al sentir ese acostumbrado cosquilleo en su pecho contemplando a su compañera con las mejillas coloreadas.

―Así me parece mejor. ―murmuró entonces, logrando que sus miradas conectasen a nueva cuenta, agitando su corazón ―¿Qué tal si me cuentas sobre ello de camino al auto?

Ella asintió alegremente, dirigiéndose hacia el elevador del décimo quinto piso a su lado. Antes de que las puertas del ascensor se cerrasen del todo, le echó un último vistazo a los narcisos, sufriendo una punzada de tristeza.


―Usarán mi coreografía en el último vídeo de publicidad del año.

Ella cerró la boca luego de decir aquello, expectante por la reacción del chico. Cuando le vio dibujar una lenta sonrisa en respuesta, supo que exactamente eso era lo que esperaba de él: orgullo.

―Esa es una noticia realmente increíble. ―inclinó la cabeza a un lado, dulcificando sus ojos ―Te felicito por tu logro, eres la primer alumna de la historia de New Dance que llega tan lejos antes de su cuarto año de carrera.

Y ella lo sabía, sí. En realidad, se trataba del vídeo clip mensual en que promocionaban piezas de los bailes más destacados creados únicamente por estudiantes del último año. Por eso, cuando la notificación llegó de parte de su profesor de coreografía, semanas atrás, ella solamente no se lo podía creer.

Era absolutamente impactante.

―Gracias. ―La muchacha tomó un sorbo de su copa, ligeramente incómoda con la excesiva cantidad de lujos que la rodeaban; podrían pasar cien años y aún así ella elegiría siempre la discreción. Bajó unas octavas su voz antes de continuar, sintiéndose ridículamente intimidada ante las elegantes ropas de los demás comensales ―¿Realmente era necesario venir a comer aquí?

―De hecho, sí. ―respondió, llevándose un trozo de carne a la boca. Luego de tragar, prosiguió ―Tengo una reunión con la junta dentro de veinte minutos, aquí mismo.

Ella parpadeó sorprendida, frunciendo un poco el ceño con diversión: con que eso era. Negó con reproche, dedicándose a comer un bocado de su propio plato. No era la primera vez que compartía el almuerzo con el subdirector de la escuela de baile New Dance, una de las mejores academias reconocidas a nivel nacional, en donde ella eligió proseguir con su sueño apenas arribó en Estados Unidos. Incluso se podía decir que, luego de conocerlo medio año después del inicio de su aprendizaje intensivo en danza, él y ella eran amigos... claro que para cuando se dieron la oportunidad de coincidir en la vida, ella no tenía idea de su renombre. A veces el destino era curioso.

―Si ibas a matar dos pájaros de un tiro, por lo menos podrías haberme dicho que me vistiese para la ocasión. ―miró su sencillo vestido primaveral blanco de lunares grises y azules con recelo ―Quiero decir, jamás me preocupa lo que los demás piensen de mi, pero siento que todos están juzgándome.

Dave soltó una risita nasal, controlando la hora de reojo.

―Te ves adorable, Anzu. Relájate y aprovecha a alimentarte, que hoy es tu proyecto individual de curso ante los coreógrafos.

Anzu Mazaki fijó la vista sobre su plato medio lleno, moviendo con inseguridad uno de los cubos de tomate sobre el aceite que abrillantaba la superficie del trasto; era cierto, estaba nerviosa por la práctica de esa noche, pues había invertido mucho de sí y quería que todo fuese perfecto. Sacrificó sus días, explotando al máximo sus aptitudes físicas con duro fortalecimiento muscular y elasticidad, y también sus noches, entregada a las tareas y al conocimiento teórico que todo buen estudiante de segundo año tenía que saber, incluso de más. Y aún a sabiendas de todo aquello, en el fondo sabía que los nervios no eran el motivo por el cual sentía que algo iba mal.

Apretó los labios con frustración, reprendiéndose por ser tan injusta consigo misma, y entonces recordó algo que la hizo abrir los ojos.

―Oh, por cierto, ¿ya enviaste los boletos de avión a Japón?

―Sí. Ciudad Dominó, ¿cierto? ―quiso asegurarse él, viéndola asentir a cambio ―Deberían llegar hoy, ya que los mandé ayer.

―Eso es genial. No sé cómo agradecértelo. ―murmuró con anhelo, imaginando la cara de sus remitentes al abrir los sobres y leer las invitaciones. Después de mucho por fin juntó el valor suficiente como para darle la posibilidad a sus viejos amigos de verla cumplir su primer e inesperada meta: su colaboración con el vídeo oficial de fin de año de la escuela. Sintió el impulso de mordisquearse las uñas, ansiosa.

―Tomaré el almuerzo de hoy como pago por ello. ―se encogió de hombros el ojiverde, ya conforme con ser el motivo de la felicidad actual de su acompañante ―Seguro que tener a tus seres queridos apoyándote dentro de tres días te hará bien.

―Claro que sí. ―Anzu sonrió encantada, recordando cuando era ella quien gritaba tratando de animar a sus amigos desde las gradas por cada duelo. Extrañaba muchísimo esa época de su vida en la que vivía enfrascada en cientos de aventuras surrealistas encarando la maldad del mundo, venciendo ante todo con la amistad sincera que compartía con aquellas personas.

―Me alegra saberlo.

Inconscientemente había dejado su mirada zafiro puesta sobre uno de los cuadros de la pared mientras que pensaba, cayendo en cuenta de ello en cuanto Dave le volvió a hablar, lo que la obligó a salir de su trance. Fue así que, poniendo los pies sobre la tierra a nueva cuenta, su respiración se cortó: allí, pintado con sumo detalle y cuidado, un hermoso cielo estrellado le daba manto a una pirámide egipcia ensombrecida por la soledad de la noche, rompiendo con la monotonía de un llano desierto.

No sabía que estuvo conteniendo el aire en sus pulmones todo ese tiempo hasta que le fue necesario inhalar para recuperar el oxígeno perdido. De pronto, la caricia de una fragancia dulzona -la cual no encajaba en absoluto con el aroma a comida y ambientador del lugar-, le provocó un sutil mareo, casi febril, acelerando su corazón.

Narcisos...

Se puso de pie bruscamente, provocando el tintineo de los cubiertos abandonados sobre su almuerzo y el estruendo de su silla arrastrando el suelo sonoramente. Su reacción provocó el desconcierto huraño en varios individuos cercanos, el más sorprendido su propio compañero de mesa.

No... definitivamente algo no andaba bien.

―Y-yo... ―se mordió el labio avergonzada, preguntándose en dónde diablos estaba su seguridad adquirida a lo largo de su estadía en Nueva York en el instante que más la necesitaba. Sus orbes dieron de lleno con Dave, lo que aumentó su sensación de vacío interior hasta un punto insospechado: las únicas veces que él le había mirado de esa manera, se relacionaban con ciertos episodios entre ambos que la castaña prefería guardar en lo más recóndito de sus memorias. Anzu decidió que ya había tenido suficiente ―, creo que debo irme.

Esa decisión la dejó perpleja hasta a ella, que de pronto agarró su bolso y simplemente se precipitó hacia la salida, incapaz de volver a enfrentar la pintura en la pared. Era la primera vez en dos meses que volvía a tener un encuentro personal con su amigo, y hubiera reconsiderado sus acciones de no ser que se sentía con la desesperante urgencia de huir lejos, hasta tal punto de querer salirse de su propia piel.

Salirse de ese día... porque desde el instante en que abrió sus ojos, la jornada había arrastrado episodios de lo más extraños; como por ejemplo aquella muchacha en la entrada del edificio justo esa mañana -con la que se topó al salir de su apartamento- repartiendo folletos del museo, los cuales se relacionaban con su nueva atracción: aventuras por la historia de Egipto, el imperio del misterio. Apretó la correa de su cartera, enfrentando la brisa fresca de la calle con los párpados entrecerrados.

Esa sensación no estaba en sus planes. De hecho, el día anterior había sentido completa paz, más que conforme y feliz con sus ganas de presentar su trabajo del año ante los examinadores la tarde siguiente. Tragó grueso, buscando inconscientemente el inicio de la delicada cadena que se escondía por debajo del escote circular de su vestido, sin dejar de caminar: el confirmar que la traía puesta en el cuello, la calmó lo suficiente como para no sacar el artefacto que pendía de la misma desde la calidez de su pecho, el cual rara vez aferraba, sosteniendo su promesa de tomarlo sólo en momentos de suma necesidad.

Anzu estaba a punto de soltar un suspiro de alivio cuando un cuerpo chocó contra su anatomía, arrancándole un gemido ahogado de sorpresa y arrastrándola un par de pasos hacia un costado. Se giró, dispuesta a encarar al idiota que ni siquiera se había molestado en pedirle disculpas, y entonces sus palabras murieron en su garganta, atontándola.

Una femenina silueta esbelta, envuelta en un sinfín de telares dorados que la cubrían hasta la frente, escondiendo incluso el puente de su nariz, le devolvió una mirada violácea sin detener su camino, desapareciendo a los segundos detrás del constante gentío andante de Nueva York.

Un sudor frío perló la piel de su nuca expuesta, sacudiéndola con un escalofrío devastador. Ella ya conocía esa sensación aterradora... aquella sensación que le cerraba la garganta y le profería el más grande miedo.

La sensación de que la muerte estaba rondando cerca otra vez.


En cuanto la puerta de su apartamento se cerró detrás de ella, acallando el alboroto de las agitadas calles de Manhattan albergadas en el abrazo de una noche fresca, dejó que su cuerpo se apoyase sobre la hoja de madera, aún sumergida en la oscuridad, y sus párpados se cerraron rindiéndose ante el alivio: lo logró. Entregó su corazón en la pista, delante de los jueces, y por fin expuso el resultado final de su segundo año de danza. Estaba rebosante de felicidad, conforme con el efecto causado... jamás olvidaría los gestos de fascinación de aquellas personas, confirmándole que ya podía darse por aprobada. Ahora, lo último que le quedaba por hacer era participar del video proyecto de fin de año de New Dance, en donde aportaría un pedacito de su creatividad con sus diecinueve compañeros de cuarto año.

El tono de su teléfono rompió la previa calma establecida, sonsocándole un jadeo de sorpresa. Le escuchó sonar un par de veces más antes de tomarlo del bolsillo de su tapado y apretar el botón verde.

―¿Diga? ―estiró su brazo hacia el interruptor, iluminando la acogedora morada que le dio alojo en sus últimos tiempos. Un sofá de dos cuerpos -aparentemente mullido- era lo primero que se dejaba ver, delante de una mesa ratona con un montón de cuadernos, útiles y papeles sueltos esparcidos en cualquier dirección. En la pared opuesta, una estantería llena de libros y cachivaches se estiraba de punta a punta hasta el techo, con un espacio vacío en medio lo suficientemente grande como para darle lugar al televisor y su tocadiscos. Más al fondo, una mesa flotante acompañada de tres taburetes, era quien separaba el improvisado living de la supuesta cocina, dejando a la vista la mesada en donde se hallaba la pileta, el reposaplatos, la heladera junto con el microondas, y la pequeña estufa. Cabe aclarar que absolutamente todo era un auténtico desorden: una manta arrugada se perdía debajo de la mesa céntrica, el lugar favorito de Anzu para estudiar cómodamente; alguna que otra taza de café reposaba en ciertos estantes de su librero, y sobre la mesa flotante aún estaba el plato medio vacío del desayuno que había abandonado esa mañana, junto con la caja de leche. Ubicado al lado del sillón, un pasillo de apenas pocos pasos de longitud le daba lugar a dos puertas enfrentadas: la del baño, y la de su habitación.

¿Cómo te ha ido?

Un sentimiento de congoja caló hondo, y se abofeteó mentalmente por haber olvidado su episodio de... bueno, ¿abandono? Con Dave.

―Dave, lamento mucho lo de hoy. ―se apresuró a decirle, llevándose la mano a la frente ―La presentación estuvo genial... me sentí muy cómoda. Creo que lo logré.

Seguro que sí lo hiciste. ―hizo una pausa, como si sopesara decir lo siguiente o no ―Tienes muchísimo talento.

Ella sonrió un poco, avanzando por su apartamento una vez que logró quitarse las botas. Dejó caer el abrigo y la chalina en cualquier parte, desenhebrando los primeros botones de su camisa casual, descubriendo así el inicio de un sostén negro de tela sencilla.

―El talento no sirve de nada si uno no trabaja al máximo. ―aflojó lo suficiente sus vaqueros como para que estos de deslizaran por sus torneadas piernas, de los cuales terminó por deshacerse a patadas. Casi se le escapa una risita al notar que perdió una de sus medias en la batalla.

Concuerdo absolutamente. ―le oyó carraspear ―Anzu, ¿segura que todo va bien? Quiero decir, sé que estás muy concentrada con la escuela ahora, pero tú hoy... ―se obligó a callarse, intentando ordenar sus ideas ―, me volviste a recordar a la Anzu que conocí en agosto.

Inmediatamente detuvo sus movimientos, cortando incluso el vaivén de su pecho al respirar.

―Simplemente extraño a mis amigos. ―susurró a cambio, mordiéndose el labio al retratar en su memoria el cuadro del restaurante.

Sabes que puedes contar con mi apoyo siempre que lo necesites, ¿no es así? ―Ella sonrió tiernamente, a sabiendas de los sentimientos amorosos de su amigo por ella... no correspondidos.

Era injusto. Después de todo, aquel muchacho era el deseo de cualquier mujer, el sueño de toda chica, y estaba segura de que si se lo pedía, él le entregaría su alma sin pedirle nada a cambio. Mas ella no era así; nunca podría perdonarse el herir a un ser querido o utilizarlo para intentar curar las heridas de su propio corazón. Ella podía ser muchas cosas... pero definitivamente no era egoísta.

―Gracias Dave. ―encendió la luz de su habitación, encontrándose con su cama desarreglada y el ropero abierto con varias prendas de ropa colgando en algunos cajones.

Esta bien. ―del otro lado se escuchó un leve ajetreo ―Tengo que colgar ahora, pero mañana hablamos. Intenta descansar.

No le dio el tiempo a despedirse que la llamada ya había finalizado. Estuvo aproximadamente un minuto de pie en medio de su pequeño cuarto, cuando su teléfono volvió a sonar en su mano. Ni siquiera se molestó en mirar el remitente al atender.

―¿Acaso te diste cuenta de que no me deseaste las buenas noches? ―quiso bromear la castaña.

¿Anzu?

Sus dedos se crisparon hasta tal punto, que el plástico del aparato crujió contra su oreja imperceptiblemente por el aumento de fuerza. La frecuencia de sus latidos la sumergieron en el sonido de su propia sangre pasando furiosamente por sus oídos, silenciando cualquier cosa ajena a su propio cuerpo.

No, no era Dave... era esa voz, la voz que podría reconocer en cualquier lugar del planeta, por más tiempo que pasara.

―¿Y-Yugi?

¡De verdad eres tú! ―exclamó él al otro lado, con el tono levemente desafinado por la emoción. Anzu tuvo que sentarse en la orilla de su cama, temiendo caer al suelo de rodillas pues las piernas de pronto no aguantaban su peso corporal. Una sonrisa extensa se dibujó con infantilidad sobre sus ahora temblorosos labios.

―Yugi... ―murmuró por segunda vez, aumentando así el nudo en su garganta ―, ha pasado mucho desde la última vez que te he oído. ―acalló un instante, confundida con la abismal cantidad de cosas que tenía ganas de expresar en ese momento. Una alarma se encendió en alguna parte de su cerebro, asustándola ―¿Acaso... sucedió algo?

¿Qué? No, no; todo se encuentra bajo control. ―se apresuró en aclarar él ―Yo... decidí marcar el número de teléfono que había en la carta del sobre que acabo de recibir.

Claro... ella lo había olvidado. Habían pasado casi seis días desde que por fin se decantó por enviar la correspondencia a sus amigos: un sobre para cada uno de ellos con los boletos de viaje, la invitación de la escuela para apreciar la presentación de fin de año, y una pequeña hoja con algunas palabras suyas de afecto acompañadas de su número de teléfono. Mandar correspondencia a su verdadero lugar de origen le había requerido un esfuerzo realmente inhumano... y no era, ni de cerca, la primera vez que lo intentaba; de hecho se vió obligada porque ya tenía los billetes de avión para ellos. Con el paso del tiempo, inevitablemente terminó por perder contacto con sus seres queridos en Japón, y el mérito era solo suyo. Una punzada de culpa se incrustó en su pecho, avergonzándola tremendamente por sus actitudes tan nefastas con aquellos que estuvieron en las malas durante un trecho muy largo de su existencia.

Suspiró quedamente, sacudiendo la cabeza como cuando era más adolescente.

―Había olvidado ese detalle. ―confesó, deshaciéndose de todos sus pensamientos anteriores ―Me... alegra escucharte después de tanto tiempo. ¿Cómo están todos?

Estamos bien, aunque sería imposible contarte la cantidad de cosas que hemos estado haciendo en esta llamada... ―Anzu apresó su labio inferior entre sus dientes, sacudida por la cálida sensación de familiaridad que le otorgaba el habla de su mejor amigo ―Honda y Shizuka están juntos transitando la universidad, y pasan por la tienda de juegos algunas veces a la semana. Deberías verlo... ―una risita infantil se escabulló en su relato ―, se dejó crecer el cabello, y ahora se lo recoge en una coleta corta que Jounouchi utiliza para tirar de ella en caso de que no le guste mucho verlo tan pegado a su hermana.

―Muero por tener una foto. ―rió abiertamente ella, imaginando la situación. Exhaló sutilmente ―Sabía que al final Jounouchi los dejaría salir... me hace feliz poder confirmarlo.

Oh, no fue fácil... les llevó meses. De hecho, lo habrían mantenido algún tiempo más en secreto de no ser porque Jounouchi los descubrió una tarde en una cita. ―el chico tragó saliva con dificultad, en evidente incomodidad ―Creo que esto deberían contártelo ellos... de todas maneras no tengo muchos detalles, ya sabes cómo se pone Jounouchi cuando se enfada...

―Ni siquiera se le entiende al hablar. ―completó la oración por él, sin tener idea de que traía una sonrisa tonta curvada sobre sus labios ―¿Cómo está él?

Tal y como lo recuerdas, con la diferencia de que viaja al extranjero algunas veces al mes. ―del otro lado se escuchó un ajetreo, como si Yugi estuviera buscando una postura más cómoda para conversar ―Fue becado hace más de un año por KaibaCorp para recorrer el mundo con el objetivo de aprender más sobre el Duelo de Monstruos a nivel internacional. A veces regresa con cartas realmente extraordinarias.

Anzu se quedó boquiabierta, impactada con la última información recibida.

―¿K-KaibaCorp?... ―boqueó un par de veces, incrédula ―¡¿Becado?

¿Acaso esas dos palabras podían estar juntas en una misma frase?

Suena imposible, ¿no es cierto? ―se mofó el muchacho, risueño ―Él mismo te lo contará en cuanto te llame, de seguro seguirá dormido aún. Aquí ni siquiera son las doce del día.

―Algunas cosas no cambian jamás. ―dejó salir en un murmullo la castaña, recordando aquellas épocas en las que se había rendido de pasar a buscar a su rubio amigo, quien siempre se quedaba dormido y la hacía llegar tarde a la primer clase de la mañana ―¿Qué hay de ti, Yugi?

Hmm... nada nuevo. ―se decantó por determinar, con su acostumbrada sencillez ―Estoy estudiando diseño gráfico para poder aportar al avance tecnológico del Duelo de Monstruos algún día. Kaiba... Kaiba me ofreció brindar seminarios a jóvenes jugadores hace ya algún tiempo. Siendo honesto no me he decidido, la idea de viajar todavía me hace sentir un poco inquieto luego de... ―un suspiro inseguro intervino como pausa; el no haber dicho nada, lo había dicho todo. Carraspeó, tomando la ausencia de sonido desde el otro lado de la línea como la señal más clara de que todavía habían heridas que no cerraban ―Además de que aún sigo ayudando al abuelo en la tienda. Rebecca viene a brindarme apoyo casi a diario. Ella... bueno, ella y yo... ―hizo silencio, como si intentara juntar fuerza de voluntad para decir algo de suma importancia. Por su lado, Anzu sonrió complacida, luchando por dejar atrás la casi mención de cierto viaje del pasado entre ambos, entrecerrando los ojos con divertida suspicacia.

―¿Si?

Ya sabes... ella, yo... eso...

―No estoy comprendiendo bien. ―se miró las uñas como si fueran la cosa más interesante en el universo, olvidando que él no podía verla a través de una llamada telefónica.

Estás burlándote de mí, ¿verdad?

―¿Un poco, quizás? ―una carcajada se encargó de delatarla ―Me descubriste.

Ja-ja-ja... muy divertido. ―más que sonar ofendido, parecía complacido ―Ella y yo estamos saliendo, ¿feliz?

―No es divertido si no te avergüenzas como en los viejos tiempos. ―la joven hizo un puchero caprichoso, del cual deshizo a los pocos segundos de silencio ―Les deseo lo mejor a ambos, de todo corazón.

Gracias, Anzu. Tú... quiero decir, ¿cómo están tus cosas?...

―Oh, muy bien. ―se apresuró en contestarle, concentrándose al máximo para sonar alegre ―Esta semana acaba mi segundo año en la escuela. Fui seleccionada para formar parte de la presentación final, lo cual fue inaudito ya que sólo se le permite participación a alumnos del último año.

Eso suena increíble. Siempre... siempre supimos que conseguirías todo lo que te propusieras.

Su sonrisa se quebró en algún punto débil, petrificando sus ojos como dos bloques de hielo. Podría haberse mentido a sí misma y suponer que se refería a sus amigos en cuanto él había dicho "supimos" y no "supe"... ergo no podía ser hipócrita. Después de dos años, Yugi todavía continuaba hablando en plural, y no en singular.

Miró con despiste su anatomía reflejada en el espejo que pendía de la puerta de su ropero, cayendo en cuenta de que estaba temblando. Con dificultad aclaró su garganta.

―Gracias por siempre creer en mí, Yugi. ―sus dedos se metieron en el agujero sin remendar de uno de los cobertores de su cama ―Y gracias por llamarme.

Da lo mejor. ―le animó desde el otro lado del mundo, citando sus mismas palabras dichas antes de cada reto puesto delante de sus seres queridos ―Tengo... creo que debería colgar ya.

―Sí. ―su aseveración fue tan rápida que su diálogo se superpuso a la última palabra salida de los labios del muchacho. Reconstruyó su gesto risueño con su última fuerza de voluntad, sintiendo que el día se le había hecho eterno ―Te espero a ti y a los demás dentro de tres días.

Por supuesto. Hasta pronto.

Aún dos minutos después de haber cortado la comunicación, ella seguía con el móvil pegado a la oreja, la respiración intranquila y el pecho bajo los efectos de una presión para nada sana. Su intento por tragar falló, con el dolor de un nudo cortando el funcionamiento normal de su garganta; dejó que su brazo se reclinara hasta su regazo, enredando sus dedos alrededor del aparato. Su boca tiritaba de manera sutil, un efecto que nada tenía que ver con el frío de Nueva York... sus iris azules recorrieron con generoso interés la pantalla, cuando de pronto su pulgar emprendió la acción de apretar el botón del directorio.

Y entonces, el característico tono de llamada entrante la detuvo en medio de su previa decisión. No dudó en atender inmediatamente; ella sabía quién era.

Al descolgar ninguno dijo nada. De hecho, solo se oía el sonido del vaivén de la respiración de su emisor desde el otro lado, a la espera como ella, lo que terminó por desfragmentar su poca cordura en pie.

―No podía, Yugi. ―confesó con un deje de amargura en su tono, mordiéndose el labio. Apresó el borde de su colcha en un puño débil, cerrando los ojos ―No podía mirarlos, no podía... no podía mirarte, y hacer de cuenta que él jamás estuvo entre nosotros. ―el picor en sus párpados se estaba haciendo insoportable a esa altura ―No tenía fuerzas para ser el apoyo de todos, ni siquiera tenía fuerzas para mí... yo... lo siento mucho, Yugi... lo lamento tanto...

Su voz se quebró en la última sílaba, debajo del denso lamento que en vano intentaba retener. Tantos días, semanas, meses... tantos años de huir de su propio destino; tanto tiempo de no afrontar sus miedos eternos. Fue especialmente cuidadosa en apartarse lejos de sus amigos y del mundo de Duelo de Monstruos, y todo porque hasta el día de hoy le dolía pensar en ciertas cosas que aún se veía incapaz de superar del todo.

Sí; de día era Anzu Mazaki, de las mejores bailarinas de su promoción, una muchacha gentil y alegre que se empeñaba en conseguir siempre lo que se propusiera, y no podía sentirse más orgullosa de sí misma por haberse construido como una mujer independiente y determinada, que casi nunca se arrepentía de sus decisiones.

Casi.

Claro... todos arrastraban errores. Todos tenían la mochila del arrepentimiento en la espalda, por más pequeña que fuera; molesta, cansina, amarga. Era la carga de la que nadie hablaba, en la que todos trabajaban duro por esconder de los ojos ajenos, pero que jamás se intentaba soltar... aquella tortura personal e íntima, que hacía flaquear hasta la sonrisa más perfecta. Incluso Anzu era víctima de su peso, del que le tocaba hacerse cargo a la hora de apagar las luces de su cuarto y disponerse a dormir en cuanto visualizaba, noche tras noche, a cierto par de orbes violáceas difuminadas en torpes retazos de su fragmentada memoria.

Un par de orbes violáceas que la escrutaban sin parpadear tras cada uno de los términos de sus largas jornadas, antes de entregarse a los brazos de Morfeo.

Estábamos esperando el día en que dieras el paso. ―le dijo él, bajando el volumen de su timbre ―Creíamos que era lo mejor, aunque tengo que reconocer que Jounouchi intentó convencernos en más de una ocasión para partir en tu búsqueda.

Una risita tonta gorgoteó desde su pecho, por la cual las lágrimas terminaron rodando por sus mejillas.

―Puedo imaginarlo. ―reconoció ―Ha sido mucho tiempo... pero les agradezco infinitamente su decisión. Yo... tenía cierto miedo de que ustedes...

Jamás te olvidaríamos, Anzu. Solo era cuestión de tiempo... ―Yugi cortó su diálogo con firmeza ―, y tampoco podríamos enojarnos contigo por ello, no todos afrontamos las cosas de la misma manera.

―Fui injusta con ustedes. ―susurró a cambio ―Más que nada, fui injusta contigo, que siempre estuviste más involucrado con él que cualquiera de nosotros tres. Me volví... me volví egoísta y no pensé en tu dolor.

Anzu. ―su nombre se rompió al salir de su boca, angustiado. Yugi se tomó un instante para retomar su palabra ―Tú nunca serás egoísta... jamás creas que has sido injusta o mala con alguno de tus amigos. No siempre puedes ser el pilar de contención, incluso tú puedes romperte luego de tolerar tanto peso. ―inhaló profundamente, para después soltar el aire contenido en una larga exhalación ―Déjanos ahora ser tu pilar, Anzu... nos da igual si pasaron dos o pasan diez años, y hablo por todos. Sé que tanto Jounouchi como Honda están dispuestos a darlo todo por ti, además... además de mí.

―Y-Yugi... ―la castaña lo entendió, al final: su amigo había ganado más madurez desde la última vez que le había visto... mucha más. De aquel chico risueño solo quedaban retazos. Sonrió con genuina dulzura, conmovida ―Gracias por aún formar parte de mi vida, Yugi.

Él se rió quedamente.

Tú misma lo has dicho. Sin importar la distancia, sin importar el tiempo... que nuestra amistad siempre prevalecerá por sobre todas las cosas.


Una vez que la conversación terminó, Anzu se lanzó de espaldas sobre su cama, tan relajada como si acabara de salir de un spa. Ahora que por fin había sido honesta con una persona tan importante como solo Yugi podía serlo en su vida, la liberación tras el peso del secretismo durante dos años y medio la había dejado agotada hasta la última fibra. Pegó sus párpados, deleitándose por primera vez desde que había pisado la tierra americana con el sonido amortiguado de la ciudad.

Casi se dejaba arrastrar por el mundo del ensueño en cuanto el sonido del timbre la sobresaltó. Parpadeó confundida, demorando un par de segundos en girar su muñeca y verificar que era la una de la madrugada. Su ceño se arrugó.

¿Quién estaría tocando a su puerta a esas horas?

Se encaminó hasta el recibidor, teniendo como única guía la luz de la luna que ingresaba por el ventanal. Estaba a punto de observar por la mirilla cuando de la nada frenó en seco, arrugando la nariz extrañada.

¿Y ese aroma a... perfume?...

Su frecuencia cardíaca empezó a subir. Sus sentidos se agudizaron, ya despojada de todo resquicio de somnoliencia, atenta a cualquier otra cosa fuera de lugar.

«Maldita sea, olvidé tomar el bate» se reprochó con creciente nerviosismo. El último paso que la separaba de la puerta se acortó y, en un acto valeroso, Anzu se puso de puntillas para disponer su orbe izquierda ante el ventanillo.

Nada.

No lo había pensado mucho en cuanto su mano se puso sobre el picaporte, dispuesta a girar y abrir. Por supuesto que se frenó a último momento, valorando que quizás la persona que había tocado simplemente se había largado, consciente de que se había equivocado de número de puerta; sin embargo, lo que la hizo optar por no abrir no fue eso, sino la desagradable creencia de que no estaba sola.

Apretó los dientes con una fuerza tal que su quijada tembló, con el vello de la nuca erizado y un sudor frío bajándole por la espalda. Ese sentimiento... esa sensación podría reconocerla hasta el último de sus días: el peligro inminente.

«Cálmate... debe haber sido una confusión de parte de alguno de los vecinos»

Se permitió tener un momento para intentar bajar la velocidad de los latidos de su corazón, retirando al final su palma del pomo. Exhaló lo último de aire que había estado conteniendo y giró 180 grados sobre sus propios pies...

Para quedar frente a frente con una segunda silueta de pie en su comedor, encapuchada.

El grito que dejó escapar desde lo más profundo de su garganta fue digno de película de terror. De hecho, Anzu retrocedió de un salto tal que golpeó con estrépito su anatomía contra la hoja de madera a sus espaldas.

―Mazaki Anzu, has sido elegida.

Era una mujer.

Había pasado demasiado desde la última vez en que algo extraño arrivaba a su vida y, acostumbrada a su nueva realidad, ese suceso logró sacudirla hasta la punta de cada hebra de su cabello.

―¡¿Q-Quién eres? ―luego, corrigió su pregunta ―¡¿Qué eres?

Volviéndose su enemiga, su mente empezó a retratar como flashes cada una de las veces en que su integridad peligró en el pasado, siempre con el resultado de abrir sus ojos y diferenciar entre la bruma a una cabellera tricolor cerca.

No sería el caso.

―Soy lo que tú elijas. ―su tono inalterado y pacífico no coincidía para nada con la situación en sí ―Puedo ser el trayecto a tu felicidad, o puedo ser el camino hacia tu destrucción.

Con esas dos opciones flotando en el ambiente, la castaña no se tranquilizó en lo absoluto. Su mano derecha buscó con desesperación la cadena que colgaba de su cuello, tirando y reluciendo al exterior el dije: ante la fantasmagórica luz de la noche, los jeroglíficos que representaban el nombre de aquel que llenó su adolescencia de los más puros momentos surrealistas, brillaron. Apresó en un puño el colgante que su viejo amigo el faraón dejó en el mundo de los vivos cuando dio su último paso hacia el más allá, aterrada.

Tenía miedo... pero ella nunca se echaba para atrás. Y esa no sería la primera vez.

―¿Cómo lograste entrar? ―y se apresuró en agregar, adrenalínica ―¡¿Qué quieres de mí?

Juraba que ella sonrió, aunque no pudiera ver su cara.

―He venido para concederte un deseo.

«¿Un deseo?» repitió en su mente, confundida. A cada segundo que transcurría la escena se volvía más incomprensible.

―Yo no quiero nada. ―por si no fuera sospechoso que una persona –o lo que sea que fuera aquel ente- lograse ingresar a su casa como por arte de magia, indagar sobre un evidente trato no podía tener más connotaciones peligrosas. Un ronroneo divertido se dejó oír en la estancia.

―¿Ni siquiera ayudar al gran rey Atem, Mazaki Anzu?

La mención de aquel nombre se sintió igual que un puñetazo en la boca del estómago, y se hubiera doblado producto del imaginario impacto si no continuara semi-inclinada sobre el dintel de su apartamento.

―¿Q-Qué?

La figura se movió por primera vez, elevando sus brazos hasta la altura de la cabeza y retirando el tapado que cubría toda su cara. Al caer, un rostro joven y redondeado la recibió con grandeza, de cabellos cobre e impresionantes iris violáceas.

―Puedo ofrecerte una segunda oportunidad. ―hizo silencio, como si sopesara continuar ―Puedo llevarte a evitar su partida.

Anzu sabía que no era un sueño: las sensaciones eran muy reales como para ser un simple producto de su imaginación. El aroma dulce del principio era más fuerte ahora, por lo que logró reconocerlo.

Narcisos.

―¿Te refieres a... evitar que cruce la puerta al mundo espiritual? ―inquirió. Acto seguido, se crispó ―Eso no es posible, fue una decisión que él quería tomar y la única manera de que no ocurriera era por mérito propio. Nada de lo que nosotros hayamos hecho ese día lo hubiera hecho cambiar de parecer.

Ni siquiera Yugi, su gran compañero, quien le había prestado durante años su cuerpo para luchar contra el mal, fue motivo suficiente para frenar sus pisadas y hacerlo girar sobre sí mismo, deteniendo así su despedida eterna. Ni las lágrimas, ni los lamentos... ni sus propias palabras dichas a los gritos, lo hizo voltear en su dirección. Simplemente caminó dentro de las puertas, y se marchó.

Él se había ido.

Anzu siempre fue consciente de aquello, pero jamás se le había pasado el malestar emocional... y es que estar enamorada hasta los huesos de un espíritu que nunca debió formar parte de su existencia no era nada fácil. Nunca lo fue, de hecho.

―Probablemente sea verdad, ese día nada hubiera evitado dicho desenlace. Sin embargo, no necesariamente hay que remontarse a ese día en particular. ―la mujer extendió la pálida palma de su mano hacia ella, con los dedos relajados ―El resultado puede cambiar si se presionan los puntos correctos de la manera indicada.

«¿El resultado puede... cambiar? Pero... ¿cómo?...»

―¿Qué quieres decir con eso? ―murmuró, con su fuerza de voluntad flaqueando.

―Que puedo concederte tu deseo.

Concederle su deseo... su deseo de que Atem nunca haya atravesado el enorme marco de piedra hacia el más allá, de que se quedara junto a sus amigos. De que permaneciera en la misma línea temporal en donde respiraba ella.

Apretó tan fuerte el cartucho en su puño, que por un instante pensó que podría hacerse daño en la piel. Se habían aparecido ante ella para ofrecerle cumplir con su secreto anhelo... ¿con qué condición?

―¿A cambio de qué?

La observó con sumo cuidado, maravillada con la delicadeza en que las comisuras de su boca se curvaron débilmente hacia arriba. Su mano aún la esperaba abierta.

―Siempre hay que sacrificar algo para conseguir lo que tanto queremos, Mazaki Anzu. Esta no es la excepción.

La castaña arrugó los labios, disgustada. Nada era fácil, y menos lo sería algo que involucrara sabotear a la muerte... ¿de verdad podía considerar siquiera confiar su destino a aquella desconocida?

―No es de mi interés si el costo involucra a mis seres queridos. ―soltó, para después mirarla directamente a los ojos ―Jamás los sacrificaría como una mera ofrenda, ni tampoco a mí.

La sonrisa de la fémina se estiró aún más.

―Concuerdo absolutamente. ―inclinó hacia un costado su cabeza, en un falso gesto inocente ―Aclarado ello, ¿estás interesada?

Ambas sabían la respuesta, pero Anzu comprendía que las palabras tenían un peso de gran valor.

―¿Quién eres tú? ―quiso saber, como último recurso. Quería saber muchas más cosas, como por qué había sido elegida ella, y no Yugi; o cómo sabía de la existencia de un espíritu antiguo llamado Atem, y su relacionamiento... o por qué sabía sobre sus sentimientos.

―En algún momento lo sabrás, y saciarás todas las dudas que actualmente te refrenan. Hasta entonces, deberás confiar en tu instinto a cada instante.

Y eso hacía... quizás fue lo que necesitaba escuchar, a fin de cuentas. Su corazón dio un vuelco agradable, como la conocida explosión cálida durante reencuentro, y sus dedos engarrotados aflojaron su duro agarre alrededor del colgante, humedecidos. Juró que en cuanto soltó el cartucho, el sonido del collar se replicó en sus oídos como un montón de cadenas rompiéndose, liberando a un prisionero injustamente cautivo de sus ataduras. Anzu Mazaki estiró su brazo tembloroso, con la meta de alcanzar el ofrecimiento de la extraña.

Antes de llegar a rozarla, sus iris chocaron.

―Deseo... cambiar el resultado. ―tragó duro, reuniendo confianza ―Deseo que Atem no nos hubiera dejado.

Un brillo estremecedor nació desde el pecho de la mujer de cabellos cobre, que contemplaba a una Anzu casi que de rodillas –producto de la caída- queriendo tocar su mano con gesto de pánico, pero con la mirada cargada de seguridad.

―Tus deseos son órdenes, joven dama, mas deberás trabajar arduamente en lograr tu objetivo, sacrificando algo a cambio al final.

Entonces, sin previo aviso, tomó con una fuerza sobrehumana la mano de la muchacha, arrancándole un segundo grito antes de que todo se volviera oscuro.


Si lograste llegar hasta aquí, singifica que estás dispuesto y curioso por iniciar una nueva aventura... y no sabes cuánto me alegra que así sea.

¡Buenas tardes, queridos lectores! Les doy la bienvenida a esta nueva historia. Para ser el primer capítulo fue demasiado largo, pero siendo honesta no podía cortarlo en ninguna parte para repartirlo correctamente. Seguramente el siguiente no tenga tanta carga literaria.

Hay muchas cosas que aclarar, y ni siquiera tengo idea de por dónde empezar.

-Lo primero y muy importante: será un fic largo, de Anzu-Teana por Yami-Atem. Para el próximo capítulo entenderán por qué hago uso de ambos nombres.

-Será un relato de muuuchos saltos temporales... de hecho, dentro del mismo fic habrán dos grandes partes: passé y actualité (en francés, pasado y actualidad).

-No sé con precisión cuántos capítulos tendrá, pero estimo que mínimo 30 seguro.

-LA HISTORIA ES RATED M, y esto se debe a que en el futuro habrán escenas de connotación sexual, lenguaje inapropiado y descripciones muy gráficas sobre cosas fuertes. Los personajes aquí no serán del carácter 4kids, yo miré el Yu-Gi-Oh! japonés y me quedo para siempre con esa versión. Si no es de tu agrado, te recomiendo darle click a la flecha hacia atrás y buscar otra cosa.

-Hay muchos detalles que tendré que ir esclareciendo a medida que vaya progresando, como las edades, los capítulos citados, la ubicación temporal en el animé...

-Debido a que han pasado dos años y medio desde el día en que Atem partió, la madurez mental de Anzu será mayor que la que nos acostumbramos a ver. Sin embargo, no volveré a nuestra querida castaña una O.C, se los prometo.

-Cada-detalle-es-muy-importante... cada personaje tiene su papel, y nada de lo escrito es relleno, aunque en este primer capítulo pareciera que sí. Las cosas son muy distintas a lo que seguramente imaginan (¡espero poder sorprenderlos!).

Una última cosa antes de despedirme: el motor del escritor es su recibimiento en el fandom. Agradecería mucho que me dejen reviews contándome qué les pareció, me hace muy feliz leerlos y siempre que puedo trato de responderlos.

Es todo por ahora... ¡nos vemos en la próxima! :)

Mayqui, ¡cambio y fuera!