Advertencia: esta historia contiene escenas de violencia típicas del canon, contenido sexual explícito y algunos elementos de dub-con (consentimiento dudoso).
Para quienes preguntan por Drole de Guerre: ha pasado mucho tiempo sin actualizaciones, lo sé! lamento profundamente no poder continuar esa historia ahora mismo ni estar a la altura de sus expectativas. Pero la verdad es que estoy bloqueada con el tema y necesitaré más tiempo para procesarlo. Prometo que la terminaré, espero que puedas disfrutar de este fic en el interín. Leo todos y cada uno de sus comentarios y me hacen muy feliz!
Las pesadas puertas del salón imperial se abren e, inmediatamente, todos los asistentes se voltean para mirarla.
Rey se detiene unos instantes en el umbral, erigiendo sus defensas antes de dar el primer paso. Es una tregua tan necesaria como breve, porque la procesión de guardias en sus flancos la empujan al interior de la sala repleta y tiene que hacer un enorme esfuerzo por no tropezar.
El volumen del murmullo general disminuye a medida que se deslizan, aunque no desaparece del todo. A su alrededor, los súbditos del Emperador parecen buitres del desierto, deleitándose con el festín de los despojos en mesas apiñadas. Varios pares de ojos codiciosos la examinan sin ningún pudor y no falta quien escupe a sus pies mientras piensa que daría cualquier cosa por llevar una armadura puesta. Pero, claro, sus captores se han molestado en retacearle la más mínima chance de lucir decente: el vestido de terciopelo verde se siente pesado contra su piel y la cintura ceñida le impide moverse con libertad. El escote es ancho y redondo, más revelador de que ha usado jamás, y tiene que esforzarse para no llevarse las manos al pecho y cubrir su modestia como una damisela asustada.
No, no se dejará amilanar, resuelve. A su corta edad de diecinueve años ya es una guerrera consumada que ha padecido los rigores de la batalla como el más rudo de los soldados. Es tal vez ese instinto el que le sugiere ocultar cada gramo de la humillación que siente bajo el barniz del orgullo y el desprecio.
Las probabilidades de escapar de aquí se reducen con cada paso que la acerca a la tarima de pierda que se erige en medio de la sala. Allí hay una única mesa que es, por lejos, la más opulenta de todo el maldito festín.
A pesar de que ha pasado los últimos días en una prisión, sobreviviendo a base de agua y pan rancio, el hambre la esquiva. De hecho, tiene que hacer un esfuerzo titánico para no vomitar allí mismo. En la mesa del Emperador se sirve faisán, y cerdo asado, y…
Espera. ¿Es eso carne de happabore?
Oh, no se le escapa la ironía del gesto. Los gigantescos mamíferos no son particularmente sabrosos, pero cualquiera que haya crecido en Jakku sabe que constituyen el ochenta por ciento de la fauna local. Es una burla personal, una específicamente dirigida a ella, y mentiría si dijera que no se le hace un nudo en la garganta.
Luego de lo que parecen siglos, ella y su escolta llegan al pie de la tarima. La puerta pesada de roble a su derecha se abre e, inmediatamente, un par de manos poco gentiles la obligan a arrodillarse.
El Emperador ingresa en la sala, rodeado de una guardia de cinco caballeros armados hasta los dientes. Se oye un ruido de muebles desordenados a sus espaldas, y Rey deduce que los soldados se han puesto de pie para recibir al Líder Supremo. Hay un silencio de muerte mientras el anciano decrépito se acomoda en su silla, ignorando su presencia, y luego hace un gesto cansino a sus hombres para que vuelvan a sentarse.
Es entonces que la observa con una sonrisa torcida desde el podio y Rey necesita de toda su fuerza de voluntad para no bajar la mirada. El Emperador luce las telas más ricas que ha visto en su vida y porta una corona sobrecargada con joyas sobre su cabeza calva. Por unos locos instantes, se pregunta si podría golpearlo con aquella cosa de mal gusto hasta dejarlo inconsciente. Pero luego, el brillo glacial y perverso en la mirada su captor hacen que maldiga su propia ingenuidad.
Porque, hasta ese preciso momento, había pensado que estaba preparada para enfrentar su destino. Cualquiera que sea. Sin embargo, el aire triunfal que destella el anciano no puede significar más que desgracia. ¿Qué demonios planean hacer con ella?
Ninguna de las posibilidades que ha barajado en su mente durante los últimos tres días en prisión es un escenario feliz.
Trata de devolverle la mirada con irreverencia. Después de todo, Rey es la regente del condado de Jakku. Desde que cruzó el umbral del salón, se ha transformado en una herramienta, una yegua de intercambio para los vencedores. Esa ha sido la costumbre del Imperio en cada territorio anexado: casar gobernantes leales con la nobleza autóctona a fin de asegurar un mínimo de acatamiento. Si sus cálculos son correctos, esta noche, su destino será sellado junto con alguno de los rufianes en la habitación.
Y la cosa puede ir de mal en peor a partir de allí. Jamás le perdonarán haber sido el último reducto rebelde de aquella tierra yerma, y Rey puede, al menos, darse esa satisfacción. Peleó hasta el último minuto y utilizó cada oportunidad que tuvo para infligir bajas en sus enemigos. Sin embargo, algo le dice que su valentía será usada en su contra, si es que alguno de esos brutos resulta ser su futuro marido.
Antes que pueda si quiera pensar palabras afiladas, el Emperador hace un gesto los soldados que la flaquean empujan su cabeza para que quede casi al ras del piso.
—Tu resistencia ha sido en vano, bastarda de Jakku —dice lentamente el viejo en la lengua común, estirando las palabras con esa odiosa voz cascada—. Ahora, todo esto me pertenece. Incluso tú. A partir de hoy, dispondré de ti como me plazca.
Tiene la mirada fija en la alfombra roja, pero oye los murmullos divertidos que recorren la habitación y no puede evitar que sus ojos piquen.
—Veremos si eres tan valiente ahora, muchachita —vuelve a anunciar, con voz cantarina—. Por que si creíste que te daría el honor de una muerte rápida, te has equivocado. Servirás al Imperio, como todos los demás, y me encargaré de borrar cada ápice de rebeldía de esa hermosa cara, ¿lo entiendes?
Su voz se endurece al final, y Rey siente que comienza a quebrarse. Al menos, en esa postura, nadie la verá si deja ir una lágrima.
El Emperador ríe con crueldad mientras se incorpora de su silla y desciende por la escalinata.
—Ahora, me pregunto, ¿quién será el vasallo más apropiado para llevar a cabo tal honorable tarea? Alguien leal, alguien que haya demostrado su valía para el Imperio. Después de todo, es el condado de Jakku que está en juego.
A pesar de su desesperación, a Rey no se le escapa la ironía de su voz. Tampoco el silencio colectivo que desciende pesadamente en la sala. Imagina que el Emperador debe estar recorriendo a sus súbditos con la mirada, en búsqueda de un candidato idóneo. Por supuesto que Jakku nunca ha sido una tierra económicamente relevante para nadie, demasiado agreste y poblada de nómadas toscos que jamás aceptarían a un rey extranjero. Su importancia en los últimos años ha radicado en el simple hecho de que se había transformado en el último bastión rebelde pero, a fines prácticos, tiene muy poco para ofrecer.
Rey no está al tanto de los por menores de la política interna del Imperio, pero es lo suficientemente astuta para leer la situación entre líneas. Jakku es una maldición envuelta en papel de regalo. Una estrategma ingeniosa para mitigar las pretensiones de un vasallo demasiado peligroso, asegurando su sumisión al atarlo a una tierra yerma.
Su rostro se ilumina momentáneamente, oculto bajo su propio cabello. Existe una extraña sensación de triunfo en ser el plato envenenado del banquete, sabiendo que, por lo menos, arrastrará a la perdición a cualquiera que se atreva a ponerle las manos encima.
—¿Y quién es más merecedor de la gratitud del Imperio, me pregunto? —continua el viejo, como si hablara consigo mismo. Sin embargo, se molesta en seguir usando la lengua común para que ella no se pierda una de sus palabras
Hace una pausa y luego lo oye que chasquea la lengua con determinación—: Ah, por supuesto. Mi mano derecha en esta campaña. El hombre que, con la habilidad de su espada y la agudeza de su estrategia, ha hecho posible la grandeza de nuestra Nación.
En ese momento, incluso sus guardias parecen en shock porque la presión sobre ella se relaja. Discretamente, Rey se incorpora lo suficiente para echar un ojo la sala. La mayoría de los presentes lucen asustados o desorientados, y varios observan abiertamente a un hombre pelirrojo que Rey no conoce. Sin embargo, su vestimenta delata su rango: el Capitán en cuestión luce dejo de autocompalciencia y satisfacción mal disimulado y ella no puede evitar que un escalofrío la recorra.
¿Es ese su futuro marido?
Sin embargo, la voz atronadora del Emperador interrumpe el escrutinio general y, por una fracción de segundo, la cara del pelirrojo se vuelve agria.
—Maestro de Ren —brama el anciano—, un paso adelante.
Maestro de Ren.
El estómago de Rey da un vuelco y rebusca entre la multitud con la mirada, aturdida.
Los vasallos del Emperador parecen igual de sorprendidos, porque miran hacia una de las esquinas de la mesa con expresiones que oscilan entre la alarma y el terror.
Hay un silencio pesado y sepulcral.
Entonces, un hombre oscuro y ceñudo se pone lentamente de pie de entre las sombras, pero Rey no puede observar nada más porque el guardia detrás de ella presiona su cabeza hacia abajo otra vez.
No, no puede ser.
El atisbo de su rostro ha sido suficiente para reconocerlo. Porque, ¿cómo podría olvidar la última cara que vio antes de caer en la oscuridad de sus heridas? Lo había divisado en el campo de batalla, todo él un frenesí asesino, rodeado de hombres sollozantes y cadáveres desmembrados. En ese entonces, sus miradas se conectaron por pocos instantes y luego él prácticamente se había abalanzado sobre ella como una bestia salvaje.
Las historias acerca de la crueldad de Ren pican en su memoria y tiene que contenerse para no deshacerse allí mismo. Porque, de pronto, comprende que sera unida en matrimonio al monstruo que asesinó a la última esperanza de la rebelión. La mano derecha del Emperador. El artífice de su suerte. El hombre que le robó la posibilidad de morir como una guerrera digna.
Oh, que amarga ironía.
Quiere gritar. O llorar. O hacer las dos cosas a la vez.
Pero entonces, el silencio en la sala se interrumpe nuevamente.
—Acércate, Ren, y seras generosamente recompensado por todos tus servicios —oye decir al Emperador.
Desde su postura encorvada, es agudamente consciente de los sonidos del movimiento del mobiliario en la habitación silenciosa y luego pasos pesados que se detienen a su lado. No puede ver más allá de dos botas negras, gastadas por la batalla y cubiertas de lodo y costras de sangre vieja.
En su pánico, no se le escapa el horrible presagio de la imagen.
Ren habla por primera vez, y la voz profunda y grave del asesino resuena junto a ella. Sin embargo, lo hace en una lengua dura y llena de consonantes que ella desconoce, pero que asocia vagamente con el idioma Sith. A pesar del aura de respeto y humildad que parece impregnar sus palabras, Rey percibe algo más crudo y tenso bajo la superficie. ¿Es ira?
Por supuesto que lo es, razona. El Emperador está haciendo una jugada más que astuta. Por un lado, fortalece la región más problemática de su imperio con un líder temido y despiadado cuando, por otra parte, le quita la influencia y los recursos necesarios para que se vuelva contra él.
—Aceptarás mi regalo sin rechistar, muchacho —lo corta el anciano con autoridad—. No has tenido títulos ni tierras por fuera de tu Orden, y este es el momento de sentar cabeza. Te enraizarás en Jakku, fundarás tu propia casa y regirás sobre tus vasallos y descendientes.
Rey no sabe si llorar o reír. Aunque la perspectiva de ser parte activa del plan del Emperador la aterroriza hasta los huesos, la tensión de Ren a su lado es clara como el día. Y todo lo que haga miserable a su peor enemigo, ella lo recibirá como un maravilloso regalo.
El Emperador se pone de pie y se desliza hasta quedar parado frente a ellos. El sonido afilado de una espada desenvainada es claro y familiar y tiene una idea vaga de lo que vendrá a continuación.
La voz cascada del anciano comienza a recitar una letanía de palabras en idioma el Sith. Sin embargo, cuando la espada enjoyada del Líder Supremo se posa en los hombros de Ren, Rey deduce que se trata del juramento vasallático estándar que lo atará a la tierra de Jakku. Mientras que un escalofrío la recorre, casi que puede sentir el calor de la ira emanando del adversario junto a ella, mientras que el aura oscura que lo envuelve se hace acre y densa.
La primer parte del ritual se completa y, dado que los juramentos vasalláticos son similares en todas partes, ahora le toca a Ren ponerse de pie y ofrecer sus servicios al Emperador a cambio de tan generosa donación. Si declina… bueno, es poco probable, dado que implicaría declararse en abierta rebeldía hacia su señor feudal en un salón plagado con sus soldados. Probablemente fuera ejecutado allí mismo, algo que podría jugar a su favor en estos momentos.
Durante unos instantes el hombre junto a ella permanece inmóvil, como sopesando sus opciones. Una llama de esperanza se infla dentro de Rey. Tal vez se rebelara y pusiera fin a sus miserables destinos.
Pero claro, la suerte no está de su lado hoy.
Con un movimiento lento y cuidadoso, su enemigo jurado se pone de pie y completa el juramento en esa lengua odiosa.
Rey quiere gritar de frustración, pero los guardias la obligan a incorporarse con movimientos bruscos. Por supuesto, nadie le pediría su consentimiento verbal, pero sus captores esperan que colabore con la farsa sin rechistar, como si se tratase de una muñeca decorativa.
Oh, ella está ansiosa por enseñarles su capacidad de cooperar.
Se pone de pie, arreglando su cabello con la poca dignidad que le queda, solo para encontrar que el monstruo junto a ella ha extendiendo una mano en su dirección.
El gesto es tan tosco como forzado. Ren ni siquiera tiene la decencia de parecer avergonzado. Simplemente la observa, expectante, con un rostro cuidadosamente en blanco.
Es el último insulto de una larga lista y Rey ya no puede evitar que su temperamento se encienda.
¿Cómo se atreve? ¿Cómo puede tener el descaro, el descaro, de fingir un gesto de civilidad después de todas las cosas horribles que ha hecho?
Sabe que está perdiendo la batalla contra su lado impulsivo. Su pulso aumenta, las palmas sudan. Está a punto de destriparlo pero, a falta de un objeto punzante, usa el único recurso que tiene a disposición.
Lo escupe.
No es un acto casual o poco meditado.
Lo escupe con ganas, a conciencia.
Un escupitajo denso, copioso y sentido se estrella en el medio de su cara y, por unos locos instantes, Rey deleita ante su expresión sorprendida.
Si el ambiente de la sala se había relajado, ahora puede cortarse con tijeras. Algunos soldados tienen la valentía suficiente para reír o hacer burlas, pero son pocos.
La pequeña victoria se revela fugaz cuando la expresión de su enemigo se transforma en algo feroz y aterrador que le eriza el vello de la nuca. Entonces maldice su impulsividad, porque ahora tiene la certeza de que fue demasiado lejos.
Con una mano enguantada, Ren limpia su cara y da un paso hacia ella, a punto de tomar represalias. Se aferra al pomo de la espada que cuelga de la vaina de su cinto, y desenfunda un claymore ridículamente grande y pesado.
Es vagamente consciente de que la audiencia contiene el aliento mientras Ren se abalanza sobre ella. Hasta ese momento, Rey no tenía una clara idea de cuán grande e imponente es su adversario. Es enorme, oscuro y aterrador y no puede evitar encogerse bajo su agarre cuando la toma por el cabello. Pero justo cuando cree que será decapitada allí mismo, su captor desliza la hoja con un movimiento hábil. Para su sorpresa, no es su cuello lo que corta, sino sus largas trenzas.
Entonces, dice algo en su lengua que ella no entiende, pero el desprecio en su voz es suficiente para leer entre líneas. Acto seguido, la sala estalla en carcajadas y silbidos mientras Ren le arroja los restos de su cabello a sus pies.
La mirada oscura que le lanza sugiere que no será tan misericordioso la próxima vez y ella está a punto de replicar cuando la risa cascada del Emperador los interrumpe.
—Un arduo trabajo tienes por delante —dice, mientras hace un gesto a los guardias para que la vuelvan a apresar—. Pero no dudo que, a su tiempo, disfrutarás de la victoria.
La indirecta es tan calculada como cruel y nadie mueve un dedo en su defensa.
El anciano se acerca a ella y la observa unos instantes, divertido. Luego, con una fuerza de la que no lo creía capaz, tira de su cabello recién cortado, volteando su cabeza en un ángulo que le arranca un gemido. Sin embargo, Rey es una guerrera consumada y le devuelve la mirada con fiereza.
—Lo haría yo mismo si no tuviera un Imperio que gobernar —susurra junto a su oído.
La declaración le pone los pelos de punta. Por el rabillo del ojo, Ren observa la escena, pero no luce divertido ni complacido. Sin embargo, su rostro es una máscara y ella se declara incapaz de descifrar sus pensamientos.
La voz del Emperador vuelve a sonar por sobre el aturdimiento general.
—Llévensela y enciérrenla en sus aposentos. Debemos asegurarnos de que llegue a la ceremonia, y tendrás tu venganza luego, ¿verdad? —dice en dirección a Ren—. Nadie en Jakku te aceptará como su legítimo gobernante si asesinas a su única heredera en la primera oportunidad.
El anciano da una orden y el festín se reanuda.
Lo último que Rey ve antes de ser obligada a abandonar el salón, es la furia, cruda y sin templar, que se cierne sobre Ren mientras la ve partir.
Entonces, las puertas se cierran.
Eso es todo. Su suerte está sellada.
Pero ella aún no está muerta.
Lejos de amilanarla, la pesadez de su destino se transforma en otra cosa. Porque mientras es conducida hacia las habitaciones para huéspedes, su naturaleza terca vuelve a apoderarse de sus emociones. Una resolución cobra forma dentro de ella.
Si va a descender a los mismos infiernos, entonces hará todo lo que esté al alcance para arrastrar a Ren hacia su propia perdición.
