Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling.


Lo único que iba a decirte es que el cielo no me parecía mi casa.

Se me partía el alma de puro llorar porque quería volverme a la tierra,

y los ángeles se enfadaron tanto que me echaron,

y fui a caer en pleno páramo, en lo más alto de Cumbres Borrascosas.

Y me desperté allí, llorando de alegría.

Emily Brontë


Prólogo

La sala era enorme, y estaba repleta de gente. Magos y brujas mayores vestidos con túnicas negras y rojas. Malditos vejestorios. El Wizengamot estaba presidido por el Ministro de Magia, Kingsley Shacklebolt. Echó un vistazo por toda la sala por si reconocía a alguien y se sorprendió al ver al Trío Dorado sentados en el palco. ¿Qué coño hacían allí? ¿A caso habían ido para asegurarse de que lo metían en Azkaban? Draco se sentó en el centro de la sala, en la gran silla en la que se sentaban los acusados.

Estaba muy nervioso, pero no quería demostrarlo, después de todo, era un Malfoy. No soportaría ir a Azkaban. Había escuchado los relatos de su tía Bellatrix y se le ponía la piel de gallina cada vez que pensaba en ellos. El juicio empezó y el mago más mayor, sentado en el centro de la sala, le leyó todos los cargos por los que estaba acusado. Cuando se le dio permiso para defenderse, Draco habló.

—Supervivencia— dijo arrastrando las palabras.

Llegó el turno de los testigos. Vio como una chica se levantaba para ir a declarar al centro de la sala. Ella. Granger. ¿Qué diría de él? ¿Que había permitido que su tía la torturara en su casa? ¿Que se había pasado seis años llamándola Sangre Sucia?

Granger fijó sus ojos en él, nerviosa, pero no lo miraba con odio, o con resentimiento, como sería de esperar, sino con curiosidad. Malfoy era como el párrafo de un libro que ella no lograba entender. Aunque se hubiera metido con ella seis años seguidos en Hogwarts, no los había reconocido en Malfoy Manor cuando los llevaron a ella, a Harry y a Ron los Carroñeros, y no había intentado matarlos en la Sala de los Menesteres, y aún recordaba la cara de auténtico horror con la que la miró mientras Bellatrix Lestrange la estaba torturando. Había tomado una decisión, Malfoy no podía ir a Azkaban. En su interior sabía que se lo debía de alguna forma.