─Señor, este no es el camino habitual.

─Lo sé. Quiero sorprender a los niños.

Tatsumi meneó la cabeza y siguió caminando detrás de su jefe, atento a todas las sombras. El señor Kido Mitsumasa se lo tomaba con mucha tranquilidad, pero la gente del Santuario no era de los que reciben con agrado las sorpresas. Si alguno de los guardias que patrullaban el perímetro de aquella tierra sagrada reaccionaba de mala manera, él haría todo lo posible por proteger a su jefe, pero no estaba seguro de poder vencer a alguno de esos guerreros entrenados desde la infancia para pelear y matar (aunque no lo admitiría en voz alta, claro).

La familia de Tatsumi había servido a la familia Kido desde la época en la que la idea de un emperador era una completa novedad en su patria. El puesto de primer servidor y guardaespaldas era hereditario e incuestionable, salvo por unos pocos años durante los cuales una mujer extranjera fue la principal guardaespaldas del señor Kido. Aquello había sido una gran ofensa para Tatsumi, pero ahora, a tres años de la muerte de Selene, ya no podía guardarle rencor a la griega. La luz que animaba el corazón del señor Kido había muerto con ella y solo recuperaba algo de ese espíritu cuando visitaba a los niños.

Los tres hijos que había tenido con Selene. Nacido cada uno en un país diferente, por la necesidad de viajar por todo el mundo que creaba la extensión y poder de las Empresas Kido. Suecia, Arabia Saudita, Francia. El señor Mitsumasa y Selene habían asumido que los tres niños, mestizos y nacidos fuera del matrimonio no serían bien recibidos por la familia del padre, así que era la familia de la madre la que se encargaba de ellos. Y vaya que era una familia extraña. Eran servidores, como la familia de Tatsumi, y también de un linaje que podía rastrearse hasta los tiempos heroicos; vivían en un lugar oculto a los ojos del resto del mundo, al que llamaban "el Santuario" y dedicaban sus vidas a una diosa de la antigüedad, Atenea.

No era el camino que tomaban normalmente para entrar al Santuario a visitar a los niños. Tampoco era una de las fechas que solía escoger el señor Kido para ello, todavía faltaba más de un mes para el cumpleaños del mediano y más de dos meses para el cumpleaños del menor, pero la decisión repentina era para celebrar un acontecimiento: el mayor acababa de alcanzar uno de los rangos más importantes dentro de la Orden de Atenea. El joven Afrodita era ya un Caballero de Oro.

Tatsumi no entendía muy bien de qué se trataba aquello (ni le interesaba), le bastaba con ver que el señor Kido sonreía mientras se adentraban en aquel terreno abrupto y poco acogedor.

Selene había muerto por complicaciones al dar a luz al menor de sus hijos y muchas cosas habían cambiado desde entonces. El señor Mistsumasa, que mientras duró su relación con la griega fue el hombre más fiel y devoto, de pronto tenía una amante distinta cada semana. Tatsumi, por orden de la familia, llevaba un escrupuloso registro de todas ellas, por aquello de que alguna intentara ingresar a la familia u obtener provecho de alguna manera. A Tatsumi no le parecía probable, ya que se trataba de aventuras de una noche (exceptuando a aquella muchacha tímida con la que tuvo un hijo que era apenas diez meses y unos pocos días menor que el menor de los hijos de Selene).

Los primos y tíos del señor Mitsumasa ignoraban su relación con Selene, pero se dieron cuenta de la existencia de aquel niño, Ikki, y presionaron para que el señor Mitsumasa escogiera pronto una esposa "correcta", pero solo lograron el efecto contrario de lo que pretendían: las amantes se multiplicaron y también los hijos ilegítimos. Cuando la familia aumentó la presión, Mitsumasa amenazó con casarse con la bailarina rusa que le había dado un hijo rubio. Eso horrorizó a la familia y el tema dejó de tocarse, al menos por un tiempo, hasta que regresó con la "sucesora" de Selene y tuvo un segundo hijo con ella. Tatsumi realmente temió por un tiempo que fuera a casarse con la madre de Ikki y Shun que, aunque japonesa (lo cual era un progreso) resultaba totalmente inadecuada para integrarse a la antigua y distinguida familia Kido. Sin embargo, pareció olvidarse de ella cuando encontró a alguien más y Tatsumi también la olvidó cuando recibieron la noticia del progreso de Afrodita.

Y ahí estaban ahora, preparándose para llegar a una de las zonas más resguardadas del Santuario, las Doce Casas. Según podía entender Tatsumi, la última, la Casa de Piscis, pasaba a ser propiedad de Afrodita. Nada mal, eso le daba esperanza de que tanto ese niño como los otros pudieran hacer fortuna sin tener que entrar en conflictos con la familia de su padre. Cuando fuera el momento de revelar que esos tres habían sido reconocidos legalmente por el señor Kido, quizá el resto de sus parientes los recibirían mejor si para entonces tenían un nombre respetable e independencia económica.

─Algo va mal –el señor Kido se detuvo de pronto.

Tatsumi también se había dado cuenta. Había ruido de pelea, golpes metálicos y gritos desde arriba, en un sector de la montaña que estaban preparándose para subir. Estaban más o menos a cubierto entre las grandes rocas, pero igual se apartaron un poco del paredón… justo unos segundos antes de que alguien cayera con estruendo.

Lo conocían los dos, a pesar de que tenía golpes en la cara (y el resto de él) y estaba cubierto de tierra y sangre. Era el Caballero Aioros de Sagitario, uno de los instructores del joven Afrodita. Estaba revestido con aquella armadura de metal dorado que Tatsumi lo había visto usar ocasionalmente y tenía en brazos algo envuelto en una manta para bebés...

─¡¿Aioros?! –el señor Kido (por supuesto) no se cuidó del peligro que pudiera haber y corrió a atenderlo. Tatsumi lo siguió de inmediato.

─Un traidor en el Santuario –jadeó el herido─. Asesinó al Maestro Shion, me tendió una trampa… envió a Shura a ejecutarme…

Tatsumi levantó la vista. En efecto, en el borde del precipicio y revestido también de metal dorado, estaba uno de los dos amigos del joven Afrodita. El joven Shura.

El niño siempre le había parecido anormalmente serio, pero ahora también resultaba aterrador. ¿Aioros estaba afirmando que un niño de diez años acababa de dejar a un adulto en tan mal estado?

─¿Nos atacará? –se preguntó en voz alta.

El niño solo los miraba, quizá pensando qué debía hacer en ese momento. Luego de unos tensos segundos, dio media vuelta y se marchó. Su capa blanca ondeaba con el viento de la tarde.

─Tenemos que llevarlo a un lugar seguro. Necesita atención médica –el Señor Kido tomó el envoltorio que sostenía Aioros y casi lo dejó caer al darse cuenta de que se trataba de un bebé.

─Es Atenea –dijo Aioros─. Hay que mantenerla a salvo. Saga quiere matarla.

A partir de ese día, muchas cosas cambiaron.