D18 escrito como una comisión para Edith, la amo y le estoy agradecida porque D18. No hay nada que adore escribir más.
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Era acerca del control.
Tener al idiota debajo de él, desnudarse lo suficiente, montarlo hasta que ambos sólo podían gemir, era acerca del control. Kyoya podía soportar el dolor, incluso podía asumir el perder, pero no soportaba la humillación. Ese caballo salvaje aún no peleaba con él en serio y le hacía enfadar con su condescendencia, con su forma de preocuparse por él y llamarse a sí mismo su tutor. Él no necesitaba de aquello, no necesitaba un maestro. Sólo quería derrotarlo.
El sexo vino después. Cuándo o cómo o porqué, sólo pasó. Un día se golpeaban mutuamente y al otro se enredaban entre brazos y piernas y el bronco susurraba que no podía hacer eso (pero no se detenía) y la adrenalina de verlo perder el control hizo a Kyoya seguir hasta que lo tuvo dentro. No fue menos violento que las peleas. El bronco le sostenía una muñeca hasta el punto del dolor y él le mordió el brazo para evitar soltar gemidos.
La razón por la que lo buscó otra vez (Cavallone insistió que eso no podía volver a pasar, que no estaba aquí para eso, que era ilegal... Kyoya dejó de escucharlo al minuto, preocupado en arreglarse la ropa y revisar que no estuviera muy sucia) fue por el control. Cavallone sólo fue brusco aquella primera vez.
Es siempre lo mismo, cuando luchan. Kyoya se lanza con todo, dispuesto esta vez a golpearlo hasta la muerte y Cavallone le responde con la (aparente) misma fuerza, sólo para terminar apaleado, sosteniéndose por pura rabia y ver al imbécil reír con ese hombre que siempre los acompaña. Todavía sin necesidad de mostrar su fuerza, todavía conteniéndose. Es humillante, tal vez no en la misma manera que luchar con Mukuro, pero lo es (en parte es peor. Kyoya sabe que Mukuro quería vencerlo, trampas o no. Cavallone no. Se contiene por un sentido de responsabilidad que Kyoya detesta). Lo soporta por la promesa de pelear otra vez y cuando al hombre (Romario) al fin se va y se quedan solos en el bosque de bambú, se le va encima. Por encima de todo, no soporta su compostura. La segunda vez pasa así, con Cavallone en sus momentos de inutilidad que Kyoya empieza a notar siempre pasan cuando se quedan solos, con el látigo perdido en la oscuridad y la tonfa apoyada en su cuello. Usa una mano para abrirle los jeans y sus propios pantalones y el bronco dice algo (tal vez "no" o "para", Kyoya no le está prestando atención). Lo toca lo suficiente para asegurarse que está duro y le besa para callarlo, todavía con la tonfa contra su garganta, hasta que Cavallone deja de quejarse y empieza a embestir a la vez que tira de su cabello. Es rápido, violento, a Kyoya no le importa si Cavallone termina o no. Le importa hacer que pierda la respiración, que deje de controlarse tanto y pensar en él como un chiquillo con el que necesita ajustarse las riendas. Termina primero y deja que el miembro ajeno se deslice fuera de su cuerpo. Cavallone suelta un quejido, embiste el aire y Kyoya lo mira, esperando que se queje, que insista, que le haga volver y le ayude a terminar, pero Cavallone se incorpora, se lleva una mano a la marca roja del cuello causa de la tonfa y dice esto no puede seguir pasando. Inútil. Al menos, piensa Kyoya, mirando la erección de Cavallone mientras se viste, eso debe incomodar lo suficiente como para que Cavallone se arrepienta de su condescendencia.
La tercera, la cuarta y la quinta son parecidas. Siempre empieza Kyoya y termina Cavallone con una excusa. No volverá a pasar. La última vez. Se supone que te estoy entrenando. Eres demasiado joven. Aun así, no trata de detenerlo. Kyoya conoce de sobra la fuerza de esas manos y sabe que no la utilizan cuando lo empujan, Cavallane repitiendo no podemos, para Kyoya. No quiere detenerse, esa es la verdad que el bronco no admite. No le importa que sea su alumno, más joven o un chico. A Kyoya le gustaría que pudiera admitirlo y le trate igual cuando pelean. Que no le importe su estatus (más joven, su alumno) durante las peleas, como no lo hace cuando tienen sexo. Sigue usando excusas en la sexta, la séptima y la octava y Kyoya aprende cómo moverse para que su mirada se vuelva vidriosa y le maldiga en tres idiomas diferente. Se familiariza con su mirada de frustración cuando le deja a medias, la erección inatendida entre las piernas. Cavallone aprieta los dientes y los puños, todavía controlándose. Kyoya siente que lo odia un poco.
Para la décima, Kyoya tiene la espalda apoyada en la pared de un hotel lujoso, las piernas alrededor de la cintura de Cavallone y a éste embistiendo, desesperado. Mañana Vongola tiene la ceremonia de entrega del título a Sawada, una fachada para descubrir al atacante de Yamamoto y él no debería estar aquí, pero hay algo de rutinario, controlado en esto, a diferencia del caos habitual de sus vidas. Es divertido, pero le fastidia no saber a quién se enfrentan. Cavallone murmura cosas en italiano, termina y se queda quieto. Kyoya espera la excusa, la culpa en la voz de Cavallone, espera que se aleje, pero por una vez no se retira, le sostiene cerca, dice mañana no te atrevas a hacer algo estúpido y le besa la comisura de los labios. Kyoya siente que su irritación crece con los minutos que Cavallone pasa sin moverse y es él quién lo empuja. Espera la excusa de siempre mientras se viste, pero no llega. Repite, no hagas algo estúpido y cuando trata de besarlo otra vez, Kyoya lo golpea. No necesita de su preocupación.
Lo único bueno de aquello y del día siguiente, del fiasco con Simon y la ruptura de los anillos es que es más fácil controlarle. Más fácil hacer que haga lo que quisiera, Cavallone se dejaba montar, le ayudaba a quitarse la ropa y Kyoya marcaba el ritmo, ordenaba rápido y recibía rápido, más fuerte, más...
Descubrió que se aburría cuando el estúpido Bronco hacía exacto lo que él quería. Le gustaba más cuando fingía que no quería, que no se moría de ganas por desvestirlo. Tal vez lo que le gustaba era el conflicto. Cavallone dejó de dar excusas, seguía sin empezar un sólo encuentro y seguía teniendo la mirada culpable, pero no lo decía más. Era extra dulce y Kyoya se sentía tentado a preguntar si era porque todos habían estado a punto de morir, pero no lo hizo. Devolvía besos con mordiscos y le odió un poco más. Ser tratado como si fuera de cristal era todo lo contrario a lo que quería.
Para la vez número no sabe cuánto, Cavallone se lo folla apenas entrando al bosque, resoplando porque han recorrido el camino sin dejar de darse golpes. Por una vez no hay culpa, no hay excusas ni vacilaciones, ni espera a que Kyoya le baje la bragueta. Lo estampa contra un árbol, refunfuña en voz baja y le besa bruscamente. Kyoya piensa que, si tan sólo peleara así, no se sentiría tan frustrado con ese caballo imbécil que se niega a desaparecer de su vida. Le gruñe hazlo como si de verdad lo quisieras y Cavallone lo mira con rabia, le abre las piernas y está dentro antes que Kyoya tenga tiempo de prepararse. Ahoga el grito clavando los dientes en su cuello. Como si de verdad... murmura. Kyoya siente dientes en el lóbulo de su oreja, una lengua en mejilla, Kyoya, siempre...
Sin inhibiciones, Cavallone es una fuerza que le avasalla y le obliga a adaptarse. Quiera esa rabia en sus batallas con él, es lo que siempre ha querido. Su control, hacerlo trizas, aunque su cuerpo sea lo que termine en pedazos. Lo prefiere a tenerle de maestro, a sentir que lo mira a menos. Quiere esto, el dolor en su espalda por el tronco en el que se ve forzado a apoyarse, sostenerse como pueda, quiere esto, sin excusas, como si fuera un enemigo.
Se corre una vez y Cavallone sigue, lo lleva al piso, le fuerza a ponerse encima, a montarlo como tantas veces antes. Te daré lo que quieres, dice, y Kyoya abre los ojos. Cavallone sabe bien lo que quiere. No es sexo. Se incorpora, Kyoya termina de espaldas en el suelo, las manos del bronco finalmente ejerciendo fuerza contra sus muñecas y un orgasmo que no cree ser capaz de tener, pero lo siente igual, el bronco todavía dentro de él, todavía moviéndose. Pero me cambias por algo otra vez y nunca lo volveremos a hacer. Gruñe sólo hazlo, y el bronco le muerde los labios, termina dentro y le cura las heridas después con una siempre oportuna caja del sol.
Varias horas después, Kyoya no siente las piernas, no puede ver bien por la sangre que le corre de la frente hacia los ojos, se le pega la camisa al cuerpo y tiene grumos de tierra, sangre y sudor manchando su ropa. Se limpia la sangre del rostro, levanta la vista. Cavallone está mejor, pero no por mucho. La sangre hace que su cabello se vea castaño y le sonríe, templando el látigo. El sonido es suficiente estimulante. Kyoya levanta las tonfas, ignora el dolor, se lame los labios y siente en la piel los primeros rayos del sol. Cavallone aprovecha una gota de sangre cayendo que le provoca una ceguera momentánea y ataca. Ah, sí. Esto es lo que siempre ha querido.
