A veces los días pueden ser tediosos, molestos en demasía y provocar una sensación agria.

Sin importar que solo fuera un día escolar.

Ser un alumno aplicado y alguien de reconocimiento tiende a ser cansado. Ahora en el último día de la semana podría tomar un pequeño descanso, aunque antes tenía que pasar por el golpe final de la estridente semana.

Iba camino a su casa, pero antes tenía que pasar por un pequeño pedido de su hermana, algo dulce para terminar el día agrio con algo suave y agradable.

Detuvo sus pasos frente una tienda con un gran ventanal que exponía los deliciosos postres que vendían.

Soltó el extremadamente largo y cansado suspiro que daba marcha al momento más irritante de todos, ese momento que lo hacía maldecir cada segundo y querer dejar de ser una persona con modales.

Trató de prepararse mentalmente para lo que venía a continuación, pero sabía de sobra que era algo imposible y solo le quedó resignarse.

Empujó con suavidad la puerta de aquel local haciendo sonar las campanillas.

Uno, dos, tres segundos pasaron cuando lo sintió, un escalofrío recorrió su cuerpo y se tenso. De manera automática escucho su propio chasquido y sus cejas se fruncieron, llegó esa voz llena de burla y vibrante.

—Guren —como si su nombre bailará con descaro en sus labios, la manera en que pronunciaba su nombre, suave, con gracia y como si fuera un canto de ángeles. De manera sutil el depredador se acercaba a su presa y llama con miel en su voz.

Se crispó al tenerlo deslizando sus manos sobre sus hombros y posando su mentón en ellos.

—Vaya, pero si es nada más y nada menos que el rígido Ichinose —la burla en ese tono era pan de cada día.

¿Por qué habría de dejarlo acomodarse y burlarse?

Con una vena apunto de explotar en su frente, tomó impulso y dio fuerte golpe al contrario apartándolo de una sola.

Malditos ángeles.

Maldita voz del viento.

Maldito Shinya.

Ni siquiera miró atrás para ver el estado de su amigo que se había doblado del dolor y comenzó a escoger lo que compraría para su hermana.

Los segundos nunca llegarían a cuatro con ese idiota existiendo.

—La dulce Yuu, quiere algo para la cena ¿eh? Comer tanto dulce a diario le hará daño.

Esta vez sí le dio un vistazo y se encontró con una imagen de la que se había hecho costumbre, pero seguía siendo algo cómica: lleno de mermelada en las mejillas y labios, manchas de harina en el delantal y el cabello recogido de manera caótica con un listón azul.

Todo un niño.

Todo un niño que tenía acceso a azúcar de manera ilimitada.

El cabello plateado de Shinya lucia especialmente esponjoso y suave esa tarde.

Carraspeo para llevar su atención a los dulces de nuevo.

—Esa mocosa nunca estará satisfecha hasta estar enterrada en dulce.

Y ahí estaba de nuevo, el canto del viento en una risa patosa.

Shinya, ese estúpido que tenía la suavidad y tranquilidad del viento en su risa.

—Aunque no la puedo culpar, estos son los mejores dulces del mundo —el sonrojo que pintó el lienzo era encantador, el impulso de estrellar su mano en la cara contraria para cubrirlo era fuerte.

Algo que no podía negar era que ese payaso de quinta sabía preparar los mejores postres que había probado en su vida.

Avergonzado, eso estaba pintado en todo el rostro del chico de ojos cobalto.

—Te daré unos que reserve para la pequeña, supongo que ese niño rubio estará de nuevo con ella así que le separe algunos también —eso era algo cálido del Hiragi, alguien dulce con los demás y atento como si de una madre se tratará.

Caminaron al mostrador donde tenía los panquecitos en bolsas decoradas de manera infantil—. No deberías de darle al revoltoso rubio, se quedará más tiempo y luego lo hará costumbre —lo escuchó reír del otro lado—. No me agrada ese niño, siempre está pegado a Yuu, parece su sombra y no deja de mirarme como si fuera una molestia.

El brillo en esos zafiros.

—Mi caramelito Guren, es intimidado por un niño de seis años, ¿eh? ¿Quieres que tu amada esposa le haga frente para que deje de molestarte? —quería soltarle un golpe para que esos labios dejaran de moverse de forma tan molesta—. No te preocupes tesoro, tu amorcito se encargara de ello.

En el mostrador se exhibían unos pastelillos, tomó uno de ellos y lo embarro en la cara del albino.

Una sonora carcajada dejo los rosados labios, crema en todo su rostro y aún así seguía riendo.

Cerró los ojos por un momento para intentar hacer que el enojo se apaciguara.

Tenía que admitirlo, verlo de esa manera era algo realmente divertido y tierno el como limpiaba la crema mientras la comía.

—Vaya Guren, sí querías que yo fuera tu postre solo tenías que decirlo, yo mismo me hubiese preparado —tomó una fresa de uno de los pasteles y la puso en su boca guiñando el ojo a modo de invitación.

Su rostro ardía.

Era molestia de eso estaba seguro, estaba molesto con ese idiota, era eso, nada más que eso.

Abrió la boca para maldecirlo y una fresa entró sin permiso.

—¿Qué tal? ¿Sabroso? ¿Cuenta como beso indirecto? Tengo más de eso si gustas.

Shinya colocó las bolsas con postres en sus brazos y lo empujó hacía la salida.

—Esto va por cuenta de la casa, vuelve pronto Guren, ve con cuidado.

Salió de su estupor cuando sintió una mano golpear su trasero.

Y de manera inmediata la puerta se cerró y el letrero de cerrado se mostró.

El rojo lleno cada lugar en su piel, sentía un tic en las cejas y su cuerpo temblaba.

Un gruñido vibro en su garganta.

Sin duda tomaría venganza por el atrevimiento de ese descarado.

Maldito ángel.

Maldito ángel lleno de descaro.

Esa bonita apariencia solo era para ocultar el demonio que era.

Mañana se encargaría de hacerle pagar por esa indignación.

Y tomaría su postre por compensación.