I

La chica que sabía muy poco (de sí misma)

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Año 852

A Mikasa no le gustaba mucho pensar en sí misma; su pasado siempre le traía amargos recuerdos. Pero era difícil olvidar de dónde venía. Cada vez que se miraba en el espejo veía sus ojos rasgados, su delgado pelo negro y su piel ligeramente cetrina. Cada parte de ella era un recordatorio permanente de quién era. Pero había decidido ser como una flecha, siempre mirando hacia adelante, sin pensar en el pasado, protegiendo la única familia que le quedaba: Eren.

Pero Eren se había ido. Desapareció sin decir adiós en la primera expedición del Cuerpo de Exploración en Liberio. De eso ya había pasado un tiempo y Mikasa, ahora yacía en la oscura soledad de su habitación, preguntándose que habría pasado si le hubiera dado otra respuesta a Eren.

¿Qué soy yo para ti?

Levantó el brazo para ver su muñeca tatuada. Solía vestir con vendajes y mangas largas para no mostrar su tatuaje a nadie -aunque se lo había mostrado a Eren-, pero en aquella noche sin sueño contemplaba el escudo de la familia de su madre impreso en su piel. Su mamá no le enseñó mucho antes de morir. Mikasa sólo sabía que sus padres habían sido perseguidos dentro de las murallas y forzados a vivir en el bosque. Allí, se conocieron y formaron una familia. Allí, nació Mikasa. Tuvo una infancia tranquila, una infancia feliz y tranquila, hasta donde puede recordar porque su tiempo juntos fue demasiado corto. A veces se olvida de cómo sonaba la voz de su madre o de la cara de su padre. Recuerdos felices teñidos por un final doloroso. Por eso es que no quiere recordar. Apretó su puño y la piel bajo el tatuaje se tensó. Era mejor no pensar en el pasado. Había un futuro. Un futuro junto a Eren.

Pero Eren ya no estaba.

Mikasa se recostó en su cama, tapando sus ojos con su antebrazo. Podía sentir una vena latiendo en su cabeza. Allí venían sus jaquecas nuevamente…

¿Qué es lo que voy a hacer ahora?


Paradis era un lugar mucho más tranquilo ahora de lo que había sido en el pasado. El Cuerpo de Exploración había barrido con todos los titanes pululando por la isla para construir el nuevo puerto. Así, los isleños podían detectar barcos Marleanos en el horizonte con anticipación y empezar relaciones comerciales con otros países. Aunque Paradis no tenía muchos aliados. En realidad, sólo tenía uno: Hizuru. Pero era un buen comienzo para una sociedad que no sabía nada de diplomacia.

Hizuru era la tierra del clan de su madre. Del clan grabado en su muñeca. Siéntete orgullosa de quién eres, le dijo su madre el día en que Mikasa cumplió diez y le tatuó el símbolo de su linaje en la piel. Pero Mikasa no sabía de qué sentirse orgullosa. No sabía mucho de sí misma ni de dónde venía. Así que se sintió un poco aliviada el día en que supo que había más gente como ella. El día en que conoció a Kiyomi Azumabito, fue como ver a su madre con vida nuevamente, y su corazón se encogió con una calidez dolorosa. Le daba vergüenza admitir que no sabía mucho de su madre, pero Lady Azumabito pareció notar -y comprender- su falta de conocimiento, así, en sucesivos viajes entre Hizuru y Paradis, le regaló a Mikasa una colección de libros para que pudiera indagar en su historia y su pasado.

Los libros de Azumabito permanecieron mucho tiempo apilados en su habitación, sin ser abiertos ni tocados. Habían sido tiempos difíciles, pero las cosas estaban cambiando rápidamente. La humanidad se estaba expandiendo más allá de las murallas, y cada vez más soldados se unían al Cuerpo de Exploración. Aunque ya no había mucho que hacer. No había titanes que matar ni tierras que explorar. Y las cabezas del Ejército preparaban una misión para recuperar a Eren de Marley (y esta vez encerrarlo definitivamente antes de que vuelva a hacer algo tan temerario como meterse a las fauces del león).

Mikasa tampoco tenía mucho que hacer, aparte de entrenar, mantener su equipamiento, y hacer papeleo cuando se necesitaba. Después de todo, no había hogar al cual regresar. Shiganshina había sido destruida dos veces, y, después de la reconstrucción, ya no podía reconocer su ciudad natal. Las calles por las que solía pasear, la ribera del río en que jugaba con Eren y Armin, el mercado donde iban a hacer las compras semanales. Ya no quedaba nada de aquello. La casa de los Jeager tampoco estaba ahí, ni habría nadie esperándola.

Trató de sacudirse aquellos pensamientos sombríos abriendo uno de los libros de Lady Azumabito. Estaba en la biblioteca del cuartel, buscando un poco de silencio entre el griterío de los nuevos cadetes corriendo alrededor de la cancha. La biblioteca no era muy lujosa, una habitación de madera de techo bajo y dos estantes en paredes opuestas. Tampoco habían muchos libros: un par de volúmenes de estrategia militar, la historia de los Cuerpos de Exploración, e información general de los titanes. Mikasa no era una persona muy lectora, así que, en lugar de leer atentamente el contenido de los libros, hojeó las ilustraciones que acompañaban los textos. Una puesta de sol color pastel con montañas al horizonte, enmarcando el océano. Gente en elaboradas túnicas de colores vibrantes: rojo, azul, y amarillo. Las mujeres usaban un moño alto y apretado, al igual que Lady Azumabito. Mikasa, a quien no le gustaba llevar el pelo largo, se preguntó cómo se vería con aquel peinado.

Y entonces, escuchó una voz.

—No vas a encontrar lo que buscas allí—.

Mikasa, pensando que estaba sola en la biblioteca, dio un pequeño respingo. Levi Ackerman estaba de pie junto a un estante, hojeando distraídamente un libro. Era como una aparición fantasmal, acechando en las sombras, su flequillo cubriendo ligeramente sus ojos, y una marcada arruga entre las cejas. Mikasa pensó que nadie usaba la biblioteca, pero se equivocaba. El Capitán Levi se veía como una persona lectora (a diferencia de ella) y usuario frecuente de aquel cuarto. Y no parecía muy contento de recibir aquella nueva compañía, por lo que Mikasa prefirió ordenar sus cosas e irse.

Pero se quedó pensando en lo que dijo.

—¿Y cómo sabes qué estoy buscando?—, preguntó, a medio ordenar sus pertenencias.

Levi desvió la mirada de su lectura, sus duros ojos fijos en ella. El capitán era varios centímetros más bajo que Mikasa, y aunque ella ya no era una novata -y habían luchado codo a codo contra los titanes-, aún se sentía ligeramente intimidada por su presencia.

El capitán apuntó el libro de Mikasa con su barbilla. —Estás leyendo los libros que te trajo Azumabito, ¿cierto?—. Mikasa inclinó la cabeza en signo de pregunta.

—¿Cómo sabes que me trajo libros?—. Él se quedó mirándola mucho más tiempo de lo que hubiese esperado.

—Porque ya sabíamos que estaba tratando de conquistarte— dijo finalmente. Mikasa se ruborizó de manera involuntaria

—¿Me... seguiste?—- Él cerró su libro con un ruido sordo.

—No fui yo personalmente, sino un soldado cualquiera de un rango inferior—, explicó con un tono apático. —Pero sí, ¿qué esperabas? Eres la descendiente del clan Shogun después de todo.

Mikasa pestañeó, desorientada. Nunca había sido consciente de que el ejército tenía sus ojos puestos sobre ella. Ella, quien siempre había sido un engranaje más en la maquinaria llamada Cuerpos de Exploración. Un importante eslabón en la tarea de eliminar titanes, pero sólo un eslabón, al fin y al cabo. Y ahora estaba en el radar de los comandantes, quienes observaban con quién hablaba, dónde estaba, qué leía. Era una pieza por observar. Un elemento sospechoso. Mikasa apretó los labios y bajó la mirada.

Levi ignoró su reacción y continuó: —Aún no sabemos las verdaderas intenciones de Hizuru en Paradis. ¿No te lo has preguntado? ¿Por qué son los únicos aliados que tenemos? ¿Por qué son la única nación apoyándonos contra Marley? ¿Es sólo por una antigua amistad entre dos familias reales? ¿O es porque la última heredera del clan asiático dentro de las murallas aún está viva? —. Mikasa sintió cómo los ojos del capitán la estudiaban de pies a cabeza tras esa última frase, pero ella estaba demasiado consciente de sí misma para sostener la mirada de vuelta. —No sabemos nada sobre ellos—, concluyó, y volvió a abrir su libro.

Cada una de sus palabras la penetró como una daga. Por supuesto que podía ver el interés encubierto de Lady Azumabito en sus acciones, no tenía por qué repetírselo. Mikasa no era ninguna idiota. Sólo quería saber más de sí misma. Saber un poco más sobre su madre. El rubor de la vergüenza fue pronto reemplazado por el rojo de la cólera reprimida. No tenía por qué darle explicaciones a Levi.

—Sea quien haya sido mi madre, yo aún sigo siendo una Eldiana y lo sabes—, dijo mientras terminaba de guardar sus libros en su bolso. Cuando estuvo lista, sacudió su uniforme y se paró rectamente. —Ahí es donde está mi lealtad—

Levi la miró por el rabillo del ojo, inexpresivo, taciturno. —No hablo de eso—, respondió con voz hastiada.

—¿De qué estás hablando, entonces?— Levi cerró el libro nuevamente, esta vez con un suspiro, y lo devolvió a su estante. Se dirigió a la puerta, y con la mano en la manilla, se volvió ligeramente para contestar:

—No seas lo que los otros esperan de ti.


Mikasa cabalgaba por las infinitas praderas de Paradis sin pensar nada en particular. A sus espaldas, escuchaba el constante galopar de los caballos de sus compañeros: Armin, Jean, Connie y Sasha. El escuadrón conocía casi de memoria la geografía de la isla, aunque día a día se iba desdibujando ante sus ojos: un valle en pocas semanas era un caserío, y en unos meses ya era un pueblo. Con cada nueva expedición descubrían que bosques enteros habían desaparecido, y en su lugar, se levantaban casas y columnas de humo. Parecía que el Cuerpo de Exploración ya no tenía una misión clara, como lo fue en su momento las expediciones más allá de las murallas y la eliminación de los titanes. Así, los aldeanos no hicieron esperar sus quejas sobre cómo el ejército malgastaba sus impuestos.

—Tch. No tienen idea de lo que está pasando fuera.— se quejó Jean tras pasar por un grupo de aldeanos de aspecto poco amigable cortando madera. —Mientras ellos construyen sus casitas, Marley planea la mejor manera de matarnos, y ¡PAF! Adiós a sus casitas.—

Cada cierto tiempo, el Cuerpo de Exploración hacía rondas de seguridad para comprobar la ausencia de Titanes en la isla. Durante los primeros meses tras la eliminación completa de los gigantes errantes, algunos Titanes anormales habían despertado de sus largas siestas o emergido de sus escondites para atacar las precarias aldeas a medio construir. El gobierno había advertido a los aldeanos que no se aventuraran tan lejos de las murallas en la primera etapa de repoblación, pero los isleños no escucharon, hartos de vivir tantos años tras las murallas cuando el mundo entero se extendía más allá. Muchos murieron, pero los isleños insistieron en construir pueblos fuera de las murallas. Sin embargo, ahora todo parecía más tranquilo y los avistamientos de Titanes eran cada vez más escasos. Mikasa no podía recordar la última vez que había peleado con un titán y se preguntó si estaría fuera de práctica.

—No digas eso, Jean—, lo calmó Armin. —Tampoco saben mucho de lo que está pasando fuera. Es información clasificada después de todo. —

Cabalgaron en silencio por un extenso tramo, dejando atrás los nuevos asentamientos y adentrándose en las profundidades de los bosques vírgenes. Mikasa sentía el olor a pino colmar sus pulmones y el sol de otoño asomarse entre los tupidos árboles. Había mucho más mundo que aquella isla, pero este mundo ya era hermoso, pensaba. Pero no era lo mismo si estaba sola. Le dolió en algún lugar inubicable entre el pecho y la garganta. ¿Qué estaría haciendo Eren ahora?

El grupo se apeó cerca de un riachuelo oculto entre los árboles. Los caballos estaban cansados después de horas de constante galope y necesitaban reposo y agua. Por su parte, los soldados rellenaron sus cantimploras y descansaron entre las piedras. Connie bostezó exageradamente:

—Nada nuevo que reportar—, dijo apoyando la mejilla en su palma en un gesto de aburrimiento. —Para variar—, agregó.

Sasha secundó su bostezo: —Desearía que inventaran otra excusa para decir que estamos trabajando—, limpió una lagrimilla de la comisura de sus ojos. —Hace meses que no vemos ningún Titán. —

A su alrededor, Jean, Armin y Mikasa observaban la espesura infinita del bosque con desconfianza. Connie sonrió con suficiencia y se recostó en las piedras descansando las manos tras la nuca.

—No me pagan lo suficiente par…

—Mierda, ¡CONNIE!

De pronto, como un terremoto, emergió un Titán bajo la tierra. Todo fue una confusión de barro, rocas y gritos guturales, pero el grupo reaccionó oportunamente, disparando sus equipos de maniobra vertical y enganchándose a los árboles circundantes. Sasha tomó a Connie de la cintura y lo arrastró consigo antes de que el muchacho pudiese comprender lo que estaba pasando. Era un Titán pequeño, de tres metros máximo y cara de pocos amigos. Sus ojos parecían dos pústulas en su cara humanoide, de aspecto furioso porque cinco muchachos habían interrumpido su eterna siesta. Había emergido del montículo de piedras donde hace apenas unos minutos tomaban un descanso. Un par de caballos volaron por el aire, y los otros huyeron, asustados por la conmoción.

—¡TRAIDORES! —, gritó Connie.

—¡Tú ni siquiera estabas atento!—, lo reprendió Sasha.

Armin, un par de ramas más atrás, disparó su pistola de humo, indicando la presencia de un titán. Jean sonrió con malicia.

—¿Y tú crees que habrá alguien cerca para detectar la señal?—

—Tengo que intentarlo—, respondió secamente.

Pero mientras la columna de humo rojo ascendía entre los árboles, Mikasa descendía con su rapidez usual entre los infinitos troncos y arrancaba de cuajo la nuca del Titán. Sangre, vapor, tierra, y silencio. Todo había terminado en menos de un minuto.

El grupo estalló en gritos de júbilo.

—¡Como era de esperar de una Ackerman!—, gritó Jean.

¿Ackerman?, pensó Mikasa, como si no hubiese escuchado su propio apellido en mucho tiempo. El Titán se evaporaba a sus pies. ¿Qué se esperaba de una Ackerman, exactamente? Su última conversación con Levi centelleó en su cabeza.

"No seas lo que los otros esperan de ti", había dicho el Capitán.

Armin bajó a su lado.

—¿Mikasa? ¿Estás bien?—

Mikasa no alcanzó a responder, cuando la tierra comenzó a vibrar bajo sus pies.

—Mierda, ¡hay más!—, masculló la muchacha, y ambos soldados saltaron con sus equipos hacia los árboles.

Del pequeño claro junto a un riachuelo en el que hace un momento el grupo disfrutaba de un descanso, emergieron al menos diez titanes, de distintos tamaños y proporciones. Todos, con la misma cara de malicia y avidez que el Cuerpo de Exploración tan bien conocía.

—¿Qué es esta mala broma?— gritó Sasha. —¿Un nido de Titanes?—

—Así parece—, murmuró Mikasa, desenfundando sus espadas para volver al ataque, pero sintió la mano de Armin detenerla.

—Espera, Mikasa. No puedes acabar con ellos tú sola. Hagamos un plan—

Pero los titanes no esperaron a que la ágil mente de Armin se pusiera a trabajar y comenzaron a sacudir los árboles con voracidad. El grupo perdió el equilibrio, y Sasha resbaló, cayendo al vacío del bosque. Una mano monstruosa la sujetó antes de que pudiera disparar su equipo de maniobra vertical, pero incluso antes de que el pánico la invadiera, sintió el chirrido del gas, el tintinar de unas espadas y la explosión del vapor. La mano que la sujetaba perdió fuerza, así que Sasha disparó su gancho y pronto estuvo fuera del alcance de los titanes. Había sido Mikasa, sin duda. Pero, ¿dónde estaba Mikasa?

—¡Mikasa!—, gritó Sasha. El resto de su equipo se veían pequeños como ratones entre la inmensidad del bosque y de los titanes recién aparecidos. —¿¡Dónde está Mikasa!?—, insistió Sasha.

Mikasa emergió como un torbellino de sangre, vapor y carne de las manos de un Titan, arrastrando sus espadas por la longitud de aquel brazo y saltando para desnucar a su captor.

Tres abajo.

No hubo ningún plan de Armin y cada uno se enfrentaba a los titanes a medida entraban en su rango visual. Por costumbre, Mikasa trató de ubicar a Eren en medio de la batalla.

Pero.

Eren no estaba allí.

Y entonces, sintió una mano grotesca encerrarse a su alrededor y estrujar su caja toráxica. Su cuerpo paralizado por la tristeza no reaccionó lo suficientemente rápido y en menos de un segundo, estaba entrando en las fauces de un Titán.

Mierda.

Así que realmente estoy fuera de práctica…

En otro momento de su vida, Mikasa habría atravesado la faringe de aquel Titán con facilidad, pero en ese momento, sólo cerró los ojos y pensó en Eren.

Una casa en el bosque, el olor a leña quemada y pino. Otra vida.

—¡MIKASAA!—, escuchó a sus compañeros gritar.

Nuevamente, el chirrido de los cables, el siseo del gas, el chasqueo de dos espadas y la carne desgarrada. Mikasa se sintió volar por los aires, con una mano sujetándola firmemente por la cintura. Una mano humana. Conocía aquella mano.

—¡Capitán Levi! ¡Justo a tiempo!—, escuchó gritar a Connie y Mikasa comprendió de quien era aquella mano.

Como era de esperar de un Ackerman

Flotando junto al firme agarre del capitán, todo a su alrededor era un borrón verdoso, una confusión de chasquidos, vapor y metal. Al parecer otro grupo de exploración había visto la señal de Armin y cabalgaron a su encuentro. Mikasa escuchaba voces y risas victoriosas. Al menos sus amigos estaban bien.

Levi aterrizó en la primera rama gruesa y estable que encontró y depositó a Mikasa junto al tronco. La muchacha sentía que su cuerpo era peso muerto y sus pulmones, antes llenos de aire puro, estaban ahora estrujados como dos globos tristes. Levi la sujetó por los hombros y la sacudió levemente, tratando de traerla en sí.

—Oi. Ackerman. ¿En qué estabas pensando?— Exigió saber el capitán, pero no obtuvo respuesta. El rostro de Levi era una sombra imprecisa, perdiéndose en la oscuridad. —Oi. ¡Ackerman!—

Mikasa abrió los labios para responder, pero sólo escupió sangre a borbotones sobre el uniforme del capitán.