Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


I


—Podré hacerme cargo de todo — repitió. La discusión estaba tardando más de lo previsto; tragando la irritación que empezó a picar en su garganta, respiró hondo y alzó la cabeza. — Me siento completamente capacitado para el trabajo, llevo toda mi vida aquí. ¿Acaso ya no confían en mí?

La pareja se observó, un intercambio de miradas con la sombra de la indecisión bailando en sus pupilas.

Arnold resopló, la frustración corroyendo parte de su sistema.

Como si no hubiese tenido suficiente mierda. Pensó, mordiendo el interior de su mejilla.

—Cariño — su madre sonrió. Por vez primera, con seguridad. — Confiamos en ti, plenamente. Y sabemos que podrás hacerte cargo de todo. ¿Cierto, Miles?

Su padre asintió.

—Totalmente.

—Bien — se movió hacia la mesa. El desayuno frío y el jugo caliente. No tenía apetito, por lo que tomó el plato y lanzó el contenido al platito de Abner; una generosa porción de huevos, queso amarillo y jamón ahumado.

—Yo lavaré todo, cariño — Stella se plantó a su lado.

Arnold retuvo el terrible impulso de arrojar la porcelana contra las paredes. Volvió a morderse el interior de los cachetes, conteniendo todo arranque de ira y molestia que puyaba como un aguijonazo desde su cerebro hasta la punta de su lengua. Tenía mal sabor en la boca.

—De acuerdo. Para hoy se debía revisar las calderas, el invierno llegará y quisiera tener el ambiente adecuado para quien pueda venir por hospedaje.

—Yo me encargué de eso ayer, hijo — informó su padre. — Ya no debería darte más problemas. Solo debes regular el termostato una vez al día.

—Bien — exhaló. La cabeza empezó a dolerle, mas ignoró el fastidio y miró la espalda de su madre. — Se irán hoy por la tarde. — claramente, no era una pregunta. Tampoco podía interpretarse como una imposición. Después de todo, ellos eran los padres y él, aún con sus veintidós años, seguía siendo el hijo.

—Nosotros… sí, si te parece bien — Miles apoyó una mano en su hombro. — Entre más pronto vayamos, más pronto volveremos. No pretendemos pasar las navidades lejos de ti.

—Será solo una semana, Arnold — dijo Stella, aún enfocada en dejar cada utensilio libre de residuos grasosos. — No te dará tiempo de extrañarnos, siquiera.

Organizaron la cocina sin decir mucho más.

—¿Empacaron todo lo necesario? — preguntó. Mirada fija en el plato de Abner; los huevos, el jamón y el queso intactos. — ¿Han visto a Abner?

—Las maletas están hechas y sí, lo vi saliendo por su puerta al amanecer. Creo que tiene una novia — Miles sonrió.

Arnold también, una sonrisa pequeña, muy diminuta, en realidad. Una sonrisa que apenas movía la comisura de sus labios, sólo un milímetro.

Poco se veía aquella amplia curva que llegaba, literalmente, de oreja a oreja. Así, mostrando todos los dientes, inspirando confianza, alegría y bienestar.

Sí, poco. No, nunca. Esa sonrisa de Arnold, aquella de dientes rectos y blancos, nunca volvió a dividir su cara en dos.

—¡Listo! — exclamó su madre, quitándose los guantes de hule.

El resto del día no fue muy diferente a la mañana. Él dio vueltas y vueltas por toda la estancia, sin sentido alguno. Abner llegó pasado el mediodía y devoró tanto el desayuno como los restos del almuerzo.

Arnold silbó al gran Golden que corría a lo torpe por la sala, casi derribando todo a su paso.

—¡Abner! — reprendió su padre. — ¡Cielos! Un día se vendrá abajo toda la casa, con tanta energía emanando de él. — el hombre bajaba las escaleras, maletas en mano y abrigo colgando de uno de sus brazos.

Arnold rió al sentir las fuertes patas delanteras del perro apoyarse en su pecho. Acarició tras las orejas del animal y recibió de buen grado un par de lametazos en la mandíbula.

—¡Todo listo! — Stella exclamó, dando una palmada. — Arnold, tesoro, llama si hay algún problema y de inmediato volveremos. Dejé el número del señor Grimant en la puerta del refrigerador. Está a solo unas calles y aceptó auxiliarte si se presenta algún inconveniente mientras nosotros…

—Todo estará bien — Abner se plantó a su lado y él apoyó una mano en el lomo.

Aquel perro le transmitía la tranquilidad necesaria para no mandar todo al carajo.

Miró a sus padres, implorando la paciencia suficiente para despedirlos adecuadamente.

—De verdad, mamá, todo estará bien.

—Si al menos hubiese un huésped…

—Quizá alguien llegue a registrarse — dijo, aunque no contaba con ello.

La ciudad había cambiado mucho a lo largo de los años. Los rústicos edificios de apartamentos y locales comerciales urbanos, estaban casi extintos en Hillwood. El ambiente se movió hacia los atractivos actuales; hoteles cinco estrellas, restaurantes a los cuales solo podías ingresar con reserva y famosas cadenas de enormes supermercados. Tiendas departamentales y franquicias reconocidas y multimillonarias, como Mc'Donals y Subway. El Chez Pierre y el Chez París se volvieron más pretenciosos de lo que eran. Muy pocas cosas de antaño lograron sobrevivir a ese enérgico pisotón del tiempo; la heladería S'laussen, la carnicería del señor Green, la florería de la señora Vitelo y, a duras penas, la pensión de sus abuelos.

Un bocinazo se escuchó desde la entrada.

—¡El taxi! — Miles ayudó a Stella con su abrigo. — Hijo, en serio, si algo…

—¡Todo estará bien! — quiso gritarlo. Al momento, aferró nerviosamente parte del largo pelo de Abner entre sus dedos, calmándose con la sensación suave del pelaje del animal contra su palma. — No tienen de qué preocuparse.

—Bien — Stella suspiró, mitad tranquila, mitad nerviosa. — Te amamos, cariño. Cuídate mucho, por favor. — dio un beso a su mejilla.

—¡Nos veremos pronto, hijo! — su padre le apretó un hombro.

El reloj del pasillo sonó, recordando que debía repararlo. Un ruidito agudo llegaba desde el sótano y pensó en colocar algunas trampas para ratones. La ventana de la cocina quedó abierta; el viento del anochecer entró y removió las hojas de viejas revistas sobre la mesa. La pensión olía a desinfectante de pisos y a champú barato de perro.

Cerró los ojos. Repentinamente, todo quedó en extremo silencio. Apenas y podía percibir el leve ronquido de Abner al otro lado de la sala.

El chirrido de los ratones se detuvo. La brisa bandida dejó de penetrar a través de la ventana. A veces creía que las manecillas del tiempo se detenían. Todo paralizado, flexible, sin prisas ni agotamiento.

Podría hacer lo que deseara, sin restricciones ni jueces señalando. Sin testigos aguardando su quiebre. Sin padres excesivamente preocupados y cansados. Sin el temor a extenuarse. Podría levantarse y correr por las calles, los pelos despeinados y las mejillas rojas. Con el sudor cubriendo su frente, pecho y axilas. Con el aroma del lodo del campo Gerald después de la lluvia y las hojas secas del viejo Pete pegándose a las suelas de sus zapatos.

Podría…

El reloj del pasillo volvió a sonar, haciéndole abrir los ojos. Abner lanzó un aullido en sueños y él regresó a estar presente, en una muy antigua casa de huéspedes sin huéspedes y con un perro con nombre de cerdo.

Exprimió los reposabrazos de la silla. La energía impuesta en el acto le hizo ver los nudillos más blancos que la leche. Apretó los párpados tan fuertes que pensó, podría lastimar sus globos oculares. Respiró, y en un bramido de frustración dejó escapar toda la ira contenida, toda esa ponzoña podrida y negra. Exhaló en un grito parte de su dolor, aquel malestar reprimido durante la convivencia con sus padres. La espina debía empezar a exponerse, saliendo poco a poco de la herida. No obstante, la maldita parecía clavarse más. Profundo, bien dentro, imparable.

Abner se sobresaltó y corrió a su lado. El ladrido protector penetró en sus oídos más fuerte que su propio bramido. Injurió con los dientes apretados, los músculos tensos y la frente perlada.

Al ladrido de Abner se unió una tonada de jazz de la época de los ochenta. Su teléfono daba luz a la cocina en penumbras, la pantalla se iluminaba con el nombre de Gerald.

Agarró aire, calmándose. Los dedos se relajaron en torno a la almohadilla de los reposabrazos y tragó saliva para aliviar la resequedad. Tenía la lengua pastosa y comezón en el paladar.

—Todo… todo bien, amigo — calmó a Abner, acariciando sus cabeza. El animal le lamió la muñeca. — Veamos… — fue hasta la cocina y cogió el celular. El sonido del jazz y la vibración del aparato, le ocasionaron una sensación de relajación poco frecuente. — Gerald — apenas saludó, volviendo a consentir a su perro.

—¡Viejo! — voz grave y entonación animada. — Yo quería…

—Mis padres te llamaron, ¿verdad? — un leve silencio al otro lado de la línea. La respiración de Gerald era pausada; podía escuchar además una vieja canción de hip-hop sonando desde la radio de su vehículo. — Gerald…

—Sólo se preocupan, Arnie.

—Lo sé, pero todo estará bien. ¿Cómo va el viaje? — frotó el pelo de Abner.

—Me duele el culo — Arnold rió bajamente. — ¿Me puedes explicar por qué no compré un puto boleto de avión? En un par de días, este carro y yo seremos uno. Mis testículos quedarán atrapados en el asiento y no podré levantarme nunca más.

—¿Eso no era lo que deseabas? Ser uno con tu amada y pretenciosa camioneta 4x4, todo terreno, con cauchos capaces de andar por clavos de hierro ardientes y no sufrir ningún tipo de daño. Incluso pensé que llegarías a mudarte y vivir en él.

—No seas tonto — resopló. — Espero Phoebe sepa apreciarlo y saber agradecerme.

Arnold mostró otra pequeña sonrisa, mirando a Abner. El celular se pegó a su mejilla al sostenerlo con el hombro, utilizando ambas manos para acomodar el collar del perro, torcido y un poco apretado.

—Arnold, si necesitas algo

—Estaré bien — regresó la placa de Abner a su sitio y volvió a coger el celular.

—Lo sé, pero quería decirte que mis padres estarán a pocas cuadras, si necesitas ayuda en algo. Timberly podría apoyarte con las compras y…

—Maldita sea, Gerald. Estaré bien. — quiso gritarlo, pero la afirmación salió en un siseo indecoroso, mandíbula apretada y rechinido de dientes.

Cerró los ojos y exhaló profundamente.

—Lo siento, Gerald, yo…

—Lo sé, Arnie.

Arnold se aplastó los cabellos rubios con una mano. Una nueva ráfaga de viento, frío y susurrante, regresó a invadir la casa, estremeciéndolo.

—Escucha, debo preparar todo por si algún huésped llega para el invierno.

—Sí.

Silencio, salvo por la canción de hip-hop que aún se colaba entre las rendillas de la radio de Gerald, llevando apenas un tenue reflejo del resultado de las ondas sonoras hasta aquella enorme, vieja y solitaria pensión

—Gerald… — suspiró. — Diviértete. ¡Y saluda a Phoebe de mi parte! — trató de inyectar la mayor cantidad de ánimos posibles en aquel deseo. — En serio. — otra sonrisa, de esas muy pequeñas, casi imperceptibles.

—¡Seguro, hermano!

La amistad continuaba, pese a todos los acontecimientos. Si estuviesen uno frente al otro, harían su divertido, original y tradicional apretón. Normal, alegre, como si todo fuese igual que hacia unos años.

Colgó la llamada y sus ojos retornaron a Abner, el único compañero que tendría durante la ausencia de sus padres.

Ningún huésped, ningún visitante. Abner y él.

—Será divertido, ¿verdad, amigo? — su perro lo miró, ladeando la cabeza y con media lengua rosada colgando de su hocico semiabierto. Era una expresión muy similar a una sonrisa humana, incluso más carismática. — Cierto, ¿Eh? ¡Muy divertido! — Abner ladró enérgicamente, dando un salto con sus patas delanteras. — Bien, cerraremos esa ventana e iremos a descansar.

Cómo si no lo hiciera lo suficiente.

Descansar, postrarse en la silla o si no, en la cama. Perderse a la deriva en pensamientos y recuerdos de un pasado no tan lejano. Sentirse enfermo, miserable y molesto.

Infeliz e irremediablemente roto. Incompleto e incapaz.

Haló la cuerda para posicionar la rampa junto a la escalera. Abner trotó sobre los escalones, aguardando en el segundo piso. Con poco esfuerzo llegó a la meta y dispuso la rejilla de metal en el espacio libre entre un lado de la baranda y el otro. El perro le lamió una mejilla, aunque no había rastro de sudor salvo en sus axilas. Juntos llegaron al fondo, ahora halando la delgada soga que expondría lo que en antaño era una escalera de madera.

Los escalones no estaban, todos y cada uno fueron desechados. La madera lijada y cubierta por una alfombra de hule anti resbalante; una nueva rampa. Más larga, para hacerla menos inclinada e increíble y lastimosamente, más agotadora que la de planta.

Se frotó las palmas de sus manos e inició el ascenso a su habitación. Abner lo siguió de cerca.

A través de la claraboya se distinguían apenas un par de estrellas, demasiado necias como para dejar que las intensas luces del vecindario las opacaran.

—Bien, amigo — Abner se acomodó en el sofá rojo, sus patas delanteras cruzadas una sobre la otra y la cabeza todavía erguida, viendo cada uno de sus movimientos.

Realizó toda la tarea metódicamente, como si fuese alguna especie de robot reprogramado. No pensó siquiera, ejecutando las acciones de modo automático. Acostado, con los ojos cerrados y la mente embotada, buscó a tientas el control remoto. Apagó las luces al dar con él, dejando todo dentro de una penumbra intermitente, pues algunas iluminaciones irrumpían sin previo aviso, llegando desde algunos de los edificios departamentales. Los bocinazos y las ruedas de autos chirriando contra el pavimento no le molestaban. Incluso el maullido de los gatos del callejón era, de cierta manera, reconfortante.

Se llevó una mano al estómago y cerró los ojos.

—Buenas noches, Abner — el perro ladró desde la comodidad de su viejo sofá.

Entre sueños, podía hacer lo que tan fervientemente extrañaba e imaginaba despierto, alucinando. Corría por el campo Gerald, robando todas las bases…

—Aaaaaarnoooold…

Alguien lo llamaba en la lejanía y él seguía corriendo, imparable. Dio los cinco con Gerald, Sid, Stinky y Harold. Ganó el juego y todos celebraron, botellas de Yahoo y muchas botanas fritas.

Eran mayores, hombres hechos y derechos, podrían llegarse a un bar y beber cerveza hasta vomitar. Pero él quería estar en el campo y después, ir al viejo Pete. En la casa del árbol conservaban muchas revistas, juegos de mesa y también más gaseosas.

—Aaaaaarnoooold…

Pusieron música y las tablas de madera vibraban ante el sonido. Los naipes desparramados en el suelo y la pandilla coreando alegremente. Eugene se cayó de una rama y Curly gritó desde la copa, extasiado. Shenna preparó gelatina cacera con trozos de fruta y Helga golpeó a Harold por burlarse de sus coletas.

Eran adultos siendo tan niños…

—Aaaaaarnoooold…

—¡Hey! — sintió un peso familiar en el abdomen. Abner se levantó junto a la cama, sus patas presionando su estómago. — Abner… — se frotó los ojos. — ¿Qué…?

Un pitido llegó desde lejos y aún así, desde tan cerca, recorriendo todo el interior de la casa.

—¿Qué es…? — el reloj de su estante indicaba las siete de la mañana. — ¿Quién…? — nuevamente, el pitido. Tardó un segundo en reconocerlo como el timbre de la casa.

Rascándose una comezón leve del cuello, se incorporó y apartó las sábanas. Abner saltó a su lado, dando una simpática vuelta antes de ladrar.

—Buenos días para ti también — se quitó el pelo de los ojos.

El timbre volvió a sonar. El no podía imaginar de quién se trataba, todos sus allegados se encontraban en diferentes partes del país para esas fechas. Sus padres debieron notificar a sus conocidos sobre el viaje, y verdaderamente pensaba que nadie llegaría a alquilar una habitación, no después de tanto tiempo y con opciones más vistosas y elegantes en la ciudad.

Bostezó. Quiso volver a recostarse, pero la insistencia del individuo en la puerta era increíblemente latosa.

El solo pensar en recorrer el tramo desde la habitación hasta la entrada, le ocasionaba fastidio. Se preguntó si valía la pena el esfuerzo.

Abner volvió a ladrar y corrió hacia la puerta semiabierta, bajando por la rampa.

—Bien, bien — no pensó en tomar de modo temporal una de las habitaciones de abajo, no queriendo soltar el espacio que tanto resguardo le transmitía desde que tenía uso de razón. Se echó el pelo rubio hacia atrás de las orejas y ajustándose en su aditamento, bajó tras Abner. El perro ladraba a quien se encontraba en el pórtico, aún presionando con obstinación el timbre. Él se permitió el tiempo de ir al baño para, al menos, echarse agua en la cara y enjuagarse muy rápidamente la boca. Tomó una chaqueta del perchero al llegar a la entrada, cubriendo la parte superior de su pijama de tela de peluche.

—Ya, Abner — el perro brincó a su lado. Tomó el pomo y al abrir, el impacto del viento le impresionó. El frío estaba desplegándose sin clemencia y escarchaba el cemento de las aceras agrietadas.

La mano que sostenía el pomo se dejó caer. El lomo de Abner la sostuvo, deteniendo el choque de la palma con el helado metal de la rueda.

Parpadeó varias veces.

Quizá aún se encontraba en su cama, con las sábanas hasta la barbilla y el pelo en todas direcciones. Soñando con el campo Gerald, yendo al viejo Pete y disfrutando con sus amigos.

Quizá, porque Helga estaba allí, como en sus sueños. Alta, vivaz. Con los ojos más azules y más grandes que hubiese visto jamás. Con una cola floja debajo de su gorro rosa de lana y jeans desteñidos. Alejó la mano del timbre y se abrazó a su chaqueta morada, como una pequeña niña perdida en la intemperie.

—Bueno, ¿a dónde se fueron tus modales, cabeza de balón?

Quizá soñaba, sí, y las mantas seguían cubriendo su barbilla y Abner roncaba en el sofá.

—¡Arnold! — él dio un bote, sin reponerse del todo de aquella inesperada, casi irreal, sorpresa.

—Hel… Helga… — la lengua pastosa podía deberse a que no se cepilló bien los dientes y pasó por completo del enjuague bucal. Pero la sintió pesada, casi inmovible. Tragó, un piquete molestaba en su garganta.

—Toma una foto, te durará más — voz engreída y burlona.

¿Qué sucedía? No veía a Helga desde hacia muchos años, y él…

—¿Será que me permites pasar? Empieza a helar aquí afuera.

Sin ser del todo consciente de sus actos, rodó a un lado. Abner miraba a la rubia con evidente curiosidad; la cabeza a un lado y la nariz levantada, olfateando los muslos vestidos por sus pantalones.

Helga asió su maleta y pasó, cerrando la puerta. Se quitó el gorro rosa y sacudió su cola, soltando una exclamación quejumbrosa, producto del frío.

—¡Cielos! Hace mucho que no…

—¿Qué…? — ¿no podía ella notar su estupefacción? La confusión creando un remolino en su agitado pecho, casi tan gélido como el clima fuera de esas viejísimas paredes.

Helga llegó después de mucho y lo veía allí, atrapado en esa fea e insípida silla de ruedas, desprolijo, sucio y marginado. ¿Y no decía nada más?

Pero, claro, ¿qué mierda podría decir? Si apenas se atrevió a mandar algunas escuetas palabras de consolación después del accidente.

—¿Qué? — ella preguntó. Arnold la odió.

Quiso gritarle, arrojarle verbalmente porquería tras porquería. Indicarle con puntos y comas lo desagradable que era y lo mucho que deseaba no verla nunca, nunca jamás. Quiso agarrarla del brazo y zarandearla de un lado a otro. Apretar sus hombros y arrinconarla en una pared, seguir gritándole y lastimarla, como nunca pensó en lastimar a alguien, mucho menos a una mujer.

Quiso, no obstante, solo pudo hacer una cosa.

—¿Qué haces aquí? — preguntó. El remolino invasor de su pecho pasó a desplazarse a su caja torácica, creyó que sus pulmones se comprimían. Trató de respirar, abriendo la boca. Jadeó, dando con un puño un golpe en el pecho. Abner corrió a su lado y después de un ladrido, lamió su mejilla.

—¡Arnold! — la preocupación en la voz femenina era evidente. Pero, más allá del sonido, el solo podía apreciar los movimientos. El cuerpo de Helga se lanzó hacia él, ancándose a un lado y tomando el puño que presionaba por encima de su esternón. — ¿Qué pasa? ¿Qué debo hacer? ¡Arnold!

Los dedos femeninos e increíblemente fríos apretaron por encima de los suyos, la palma contra sus nudillos.

Abner voló a su lado y puso la cabeza en su regazo. Su mano libre se apoyó allí, sobre el terso pelaje; cerró los ojos y aguardó, contando hasta cinco y con Misisipi's. El puño que estrujaba las solapas de su chaqueta se fue relajando, conforme el aire empezaba a circular propiamente en su interior. De a poco logró reponerse, volviendo a su ahora, patética normalidad.

—Arnold… — sintió los dedos de ella apretando su mano. Palma fría y dorso caliente, casi sudoroso.

—¿Por qué no usas guantes con este clima? ¡Tus manos están heladas! — no pensaba decir aquello. Ni siquiera supo de dónde había salido, pero lo dijo, y el verdadero frío pareció lacerar la piel de su mano cuando Helga lo soltó, incorporándose con velocidad.

—Lo siento, yo… ¿Qué fue eso? ¿Estás bien?

—¿Te importa? — sus ojos se clavaron en Abner. Verla a ella le era difícil, casi doloroso.

—Sí, Arnold, me importa. Porque si estás pronto a un paro respiratorio, yo…

—Nada de eso, Helga. Estoy bien, ¿acaso no me ves? ¡Estoy perfectamente! Ahora, ¿qué haces aquí?

¿Por qué no despedirla? ¿Por qué no gritarle toda la mierda que pensaba? No sería capaz de golpearlo, ¿verdad? Cruel hasta para ella, el golpear a un inválido.

—Yo… necesito una habitación — murmuró. Arnold alzó la mirada, sin querer. La fuerza de su curiosidad fue más potente que el mismo rencor y su adormecido sentido común, aquel que le gritaba lo que debía hacer con Pataki.

—En serio, Helga, ¿qué haces aquí?

—Te dije que necesito una habitación — insistió.

—¿Por qué no quedarte con tus padres?

—Se retrasaron en su viaje. Debían dejarme las llaves de la casa con el vecino pero, ¡oh, sorpresa! Se les olvidó — brazos cruzados y el ceño fruncido, aquel que la acompañó en su niñez, se plantó en su lugar correspondiente. Las cejas casi se unieron, dando la impresión de ser solo una, otra vez.

—¿Algún hotel?

—Muy caros.

—Helga… — no podía estar pasando aquello. ¿De verdad, no estaría dormido?

Miró sus piernas, con la mano aún sobre Abner. Estaba embutido en ese horrible artefacto, tieso, aplastado, quebrado, defectuoso. Con la piel como la de pollo recién nacido y el corazón cual percusión indetenible.

No era un maldito sueño.

—¿Te comió la lengua el perro, cabeza de balón? — Abner levantó la cabeza, dándose por aludido.

—¿Qué…? — verdes ojos contra azules radiantes. No quería verla y, sin embargo, tampoco deseaba apartar la mirada.

—Esto sigue siendo una casa de huéspedes, ¿cierto?

Dile que no.

—Sí — susurró.

—Y hay habitaciones disponibles, ¿verdad?

No.

—Sí.

—Bien — se frotó las manos, buscando generarse un poco de calor. — Vamos, entonces.

—Helga… — sus deseos de lanzarla a la calle competían contra su propia incapacidad para llevar tal acto tan grosero a cabo, aunque fuese hacia esa chica extraña, egoísta y prepotente.

Sumado a ello, no podía levantarse. Un punta pie y caería al suelo como muñequito de feria, sin mucho esfuerzo por parte de su odiosa contrincante.

La siguió hacia la sala, como si fuese ella la anfitriona y él, un simple invitado. La miró dejar la maleta a un lado en el suelo y sentarse en el sofá. Abner recorrió el mismo camino, sentándose sobre sus patas traseras junto a la chimenea.

—De acuerdo…

—No te quiero aquí, Helga — bien, lo dijo. Sus conexiones neuronales fueron lo suficientemente eficaces como para recuperar la concordancia entre su lengua y su cerebro

La mujer ni se inmutó, se quitaba el abrigo como quien recién llega a su propia habitación. Él la odió un poco más.

—Helga… — Pataki y su desfachatez, su sarcasmo y falta de educación. Tan desubicada y grosera. — No te quiero aquí.

Clarito, sin filtro. Porque si no entendía el "no puedo", él atacaría con un rotundo "no quiero".

—¡No te quiero aquí! — reprendió con los puños apretados sobre sus rodillas.

¿Quién se creía ella? La misma bravucona de siempre, infantil y áspera. Y él, ¿quién era? En definitiva, no era el mismo chico ingenuo, soñador y noble con todos. No había calidez en sus gestos ni amabilidad en ningún pliegue de su joven cara. Su cuerpo dañado parecía una réplica de la amargura, humanizada por un infortunio hijo de puta.

—Vete — murmuró. Un cruce de miradas y los pelillos de su nuca se erizaron. Ella se levantó, en toda su altura, seria y desdeñosa.

El pasar de los años hizo cambios significativos en su antigua compañera de la infancia, físicamente hablando. Su rostro era delgado y aún así, transmitía una fuerza que lo dejaba intranquilo. La nariz redondeada y los labios finos.

No, no había muchos cambios en su rostro, salvo la división de su uniceja y el cabello libre de las dos coletas.

Pero su cuerpo, era otra cosa. Y él podía detestarla, podía desear arrojarla a la calle e insultarla con toda la podredumbre que tenía dentro de sí; mas no podía negar lo evidente, tanto como el sol sale de día y la luna de noche…

Helga tenía un cuerpo hermoso. Sus jeans ajustados resaltaban la firmeza de sus curvas y la camisa negra, mangas largas y cuello tortuga, se amoldaba a su torso, revelando una figura de guitarra que cualquier hombre desearía tocar, arrancándole las más sublimes e indecentes melodías.

—No pretenderás que duerma en la calle, ¿no? ¡Te pagaré, Arnoldo! No te estoy pidiendo un estúpido favor. Este es tu trabajo, así que…

Retornó a sus ojos, el fuego azul casi lo consumió.

—Vete — dijo en casi súplica. Abner trotó hasta su lado, atajando la tensión en el tono de su voz. — Vete, Helga, por favor. — y por vez primera, desde su inesperada intromisión, ella se desencajó.

Desorientada, lo observó fijamente, parpadeando más de lo necesario. Su boca se apretó en una línea tensa y sus mejillas sonrojadas aumentaron su tono, rozando el escarlata más intenso que pudiese él imaginar.

—Vete — repitió.

—¿Qué te pasó, Arnold?

La brecha entre su lengua y su cerebro volvió a tornarse sorprendentemente amplia. Con los puños aún apretando sus rodillas hasta el punto de dañar la musculatura ahora insensible, abrió la boca y escupió su malestar, sin querer. Ella no se merecía ni una sola explicación.

—¿Qué me pasó? ¿QUÉ ME PASÓ? — su perro ladró, pero ni el sonido, ni las lamidas, ni siquiera su pelaje lo iban a callar. — ¿Acaso no ves, Pataki, lo que pasó? ¡Estoy en una silla de ruedas! ¡Soy un maldito invalido! ¡Un inútil! ¡Una puta piedra en el zapato! Y tú… ¿Qué quieres? Llegas después de años y… ¿Qué mierda te pasó? ¿Por qué ahora…? ¿Vienes a ver ésto? — se removió con brusquedad, la silla osciló de un lado a otro. — ¿Te picó la curiosidad morbosa de cómo me vería en este endemoniado aparato? ¡Pudiste llamar y pedir una foto! Te la hubiese enviado, aunque no me hayas escrito en años. Tú...

—¡Arnold!

Respiró con agitación, penetrando sus ojos. La ira hecha bola, en algún rincón contra las tapias de su pecho.

—Yo… — Helga murmuró.

—Vete — suspiró. La vista nublada y el corazón galopante parecía latir también en sus oídos, en sus manos empuñadas, en su garganta y en su cabeza.

—No tengo en dónde quedarme, Arnold — ¿esa era su voz? Y es que sonaba tan diferente sin la sorna como tilde, acentuando su capa de rudeza y autosuficiencia.

—No es mi problema — Abner ladró, pegándole la nariz fría a un cachete acalorado.

—¿Qué te pasa?

Él chasqueó la lengua con fastidio.

—Y eso, evidentemente, no es problema tuyo.

La mujer no dijo más y Arnold se vio incapaz de descifrar su expresión. Los labios consumidos uno contra el otro, el mentón bajo y los ojos apagados, así, como si alguien hubiese vertido agua sobre el fuego azul de sus iris.

—Bien, Arnoldo — y en menos de dos segundos, ella retornaba a sus costumbres de antaño. Alzó la barbilla y cruzó los brazos sobre su pecho.

Helga G. Pataki continuaba siendo igual de rara e inentendible.

—¡Sigues siendo un gran cerdo tonto! — lo señaló. — Dormiré en tu maldito pórtico. Así, cuando muera de hipotermia, podrás ver desde primera fila mi cuerpo inerte, congelado. ¡Pesará en tu conciencia por lo que te quede de vida, cabezón! — con rápidos movimientos agarró su maleta y pasó de largo por su lado. Él no viró, aunque se tentó cuando el aire olió a frutos cítricos.

La puerta sonó con estrépito. Abner ladró y pegó el hocico a su muslo derecho, subiendo una pata.

—¿QUÉ? — el perro rumió. Dio una lamida a su mano cerrada y fue hacia el sofá, agarrando entre sus dientes la chaqueta morada. — Por supuesto — dijo con fastidio. — Y después volverá a entrar y yo le alquilaré la habitación, ¿verdad? — Abner ladró en respuesta y movió la cabeza, casi como una afirmación. — En serio, ¿tú entiendes quién es ella? ¡Por supuesto que no! De lo contrario, no me estarías sugiriendo tal cosa. — su peludo amigo dio un salto, moviendo la cola. — ¡Es una loca, Abner! ¿Y en serio me llamó cerdo tonto? ¿Otra vez? ¡No tenemos nueve años! — un ladrido fue lo que recibió.

Como siempre sucedía, el hablar con Abner lo calmaba en demasía.

Con el cuerpo menos caliente y los latidos más ligeros, se afianzó a sus ruedas y llegó a la puerta. No sabía qué lo movía a realizar tal acto tan estúpido. Quizá, el más estúpido de toda su existencia.

Pero, ya qué…

Se detuvo ante la imagen del gorro de lana rosa en el piso. Soltando un bufido, lo cogió y posó en su regazo, abriendo la puerta.

Tal como lo pensó, ella seguía allí. Tal vez, dispuesta a cumplir su promesa; morir de hipotermia sobre aquellos duros escalones.

—Helga… — apoyada a un lado, con la mirada gacha y la nariz roja, se veía muy indefensa.

Su corazón volvió a latir desbocado.

—De acuerdo — habló, dándole paso. Ella dudó en seguirle.

Y es que era condenadamente terca también, la desgraciada.

Abner alternó su mirada de ella a él y viceversa. Con su habitual carisma, dulzura y energía, trotó hacia la mujer y con sus dientes agarró la manga de su camisa. Helga miró al animal, entre asombrada y… agradecida, casi podía jurar.

—Solo... porque morir tan joven no entra en mis planes de este año, cabeza de balón. — carraspeó, aunque él pudo percibir igualmente el tono quebrado de su voz.

Incluso detalló su mano izquierda, pasando rápidamente -como quien no quiere ser descubierta- por su mejilla, secando un rastro que consiguió brillar hasta su mentón.

—Habitación número 11 — dentro, la dirigió a la sala y buscó el registro. El cuaderno se explayó en sus muslos. Con bolígrafo azul, anotó los datos de se antigua compañera de primaria, sin siquiera preguntarle.

Nombre. Apellido. Edad. Fecha de nacimiento.

Podía también registrar su color, malteada y donas favoritas.

—La cocina está disponible las 24 horas del día, aunque debes hacer tus propias compras. Hay muy poco en la despensa; ningún huésped se queda desde hace meses. — fue hasta la pizarra de corcho llena de tachuelas y cogió una de las pocas llaves colgantes. — Habitación 11 — reiteró. — el baño está en el pasillo.

Le tendió el llavero; una argolla plateada que sostenía una solitaria llave. Sus dedos apenas se rozaron.

—No tendremos ningún problema si no cruzamos palabras, ¿te parece? — él lo pedía, desesperadamente, pues no sabía qué locura pudiese decirle.

Y Helga no era la mata de las conversaciones agradables, para ser exactos.

Quizá, una vez. Pero ya no. Lo dudaba.

La odiaba.

Ella no dijo nada más. Apretó la llave entre sus delgados dedos y lo miró a los ojos.

Los latidos de su corazón volvieron a llegar a cada rincón de su cuerpo. Si pudiese, seguramente los sentiría también en las pantorrillas y hasta en las plantas de sus pies.

—Está bien, si es lo que quieres

Se hizo con su maleta, su chaqueta y su gorro de lana, extrañamente infantil para alguien con su entereza y madurez física.

Arnold se preguntó a qué edad había dejado de utilizar su lazo.

Abrió la boca, queriendo saciar aquella curiosidad. Mas la cerró de inmediato y se mordió la lengua, casi provocándose un orificio sangrante.

La detalló al subir las escaleras, queriendo sin querer. No apartó la mirada incluso cuando escuchó la puerta 11 cerrarse.

Abner dio un ladrido feliz.

—Me arrepentiré, amigo. Digas lo que digas, lo haré.


N/A.

Un pequeño, muuuy pequeño fic.

Tan pequeño que realmente iba a ser un one shot, pero después noté que era muy largo para catalogarlo como tal. Así mismo, iba a resultar muy pesado de leer en un solo momento, por ello lo dividí.

A quien le de una oportunidad, gracias totales.

Y cualquier crítica constructiva es bien recibida, sepanlo.

Cariños a distancia,

Yanii.