Advertencia
Estás a punto de leer la segunda parte de The Chosen One, a la cual te recomiendo darle un vistazo antes de seguir adelante.
Esta historia contiene violencia explícita y situaciones de índole sexual, por lo que si eres sensible a esto, te recomiendo no empezar la lectura.
Se sentó a la orilla de su cama con un dolor de cabeza tan intenso que era casi imposible controlarlo. La habitación estaba a oscuras, como siempre, y solo un rayo de luz se colaba por la ventana que se encontraba cubierta con la más gruesa de las cortinas que había podido encontrar en el número doce de Grimmauld Place. Aquel rayo de luz golpeaba directamente sobre su rostro e iluminaba de manera siniestra su ojo derecho que, como la esmeralda, resplandecía a la luz como el más mágico de todos los objetos existentes. Eran hermosos, pero reflejaban furia y peligro inminente. Harry Potter era un peligro inminente.
Sujetó su cabeza entre sus manos y se inclinó hasta que esta tocó sus rodillas. Sentía que el casi nulo ruido de la habitación le reventaba los sentidos y le hacía sangrar por dentro. La cicatriz punzaba, ardía, dolía como un crucio bien hecho, pero el dolor físico era nada comparado con la sensación que le había dejado el sueño del que acababa de despertar y que hubiera preferido no tener nunca. Aquella visión tan desagradable de Tom Riddle quién parecía tan fascinado como el mismo Harry con Draco Malfoy.
No era la primera vez que tenía esas visiones y estaba seguro de que no sería la última vez. Desde que Voldemort había recuperado todo su poder mágico y un cuerpo físico propio las visiones se habían intensificado. No solo eran más claras, sino que también eran más concurrentes. A veces, incluso las tenía despierto y, aunque se esforzaba en disimularlo bastante bien, Remus era muy observador e intuitivo y parecía que comenzaba a sospechar.
Las visiones generalmente no eran un problema. Harry se había acostumbrado a ver a Riddle castigar a sus mortífagos por sus incompetencias, a asesinar muggles de altos cargos como senadores y congresistas y a dictar ordenes que para Harry no tenían sentido hasta un par de semanas después, cuando un miembro más del Wizengamot había desaparecido o algún nuevo ataque a alguna familia importante del mundo mágico se había llevado a cabo. Sin embargo, las visiones que involucraban a los Malfoy siempre eran particularmente desagradables.
Lucius Malfoy era la mano derecha del Lord y estaba presente en casi todas las visiones que Harry tenía. El patriarca Malfoy generalmente intentaba complacer a su amo a costa de lo que fuese, y eso incluía a su propio hijo al que había vendido como si de una pieza de arte se tratase. Draco pasaba la mayor parte del tiempo en presencia de Voldemort luciendo túnicas espectaculares que resaltaban su gran atractivo, con todo tipo de joyería encima, como algún tipo de bonito y brillante trofeo al que le gustaba pulir todo el tiempo que le fuese posible.
Como en la mayoría de las visiones era Harry, dentro del cuerpo de Tom, el moreno presenciaba aquellos desfiles y derroches de grandeza desde primera fila. Tom Riddle se regocijaba en su trofeo, en su victoria sobre Potter. Se regocijaba en ver al chico Malfoy hincándose ante él y obedecer cada palabra que dictaba, sin rechistar, sin dudar. Si Voldemort decía salta, Draco lo hacía, si le preguntaba "¿Quién es el mago más poderoso de todos?"el rubio respondía "Usted mi señor".
Y no había otra palabra más de por medio, porque aquello, y no otra cosa, era lo que Voldemort quería escuchar del antiguo aliado de Harry Potter quién, de alguna manera, se las había ingeniado para convencer al Lord de que su amistad con Potter había sido única y exclusivamente para encontrarle alguna debilidad. Aunque Harry sospechaba que esas miradas coquetas y esas sonrisas fáciles que Draco le dedicaba a Tom tenían algo que ver.
Y aquello era lo que le tenía tan enfermo de celos y furia. Draco había demostrado saber llevar muy bien su papel como simpatizante del Lord, pero parecía tan real su devoción por él, que Harry comenzaba a dudar de verdad y comenzaba a creer que Draco Malfoy realmente le había dado la espalda, que realmente se había ido al bando del enemigo por conveniencia, porque Tom Riddle valía más que Harry Potter, porque era más poderoso, porque tenía un ejército de verdad y más experiencia liderándolo.
Y cuando pensaba en ello no podía evitar sentirse como aquel mocoso flacucho y con ropa de segunda mano que había llegado al mundo mágico sabiendo casi nada él. Indefenso, débil, temeroso y sobre todo rezagado. Y no le gustaba sentirse así. Draco le había enseñado a lo largo de los años a sentirse todo poderoso, invencible, en el rey que todo Hogwarts proclamaba que era.
La verdad es que sin Draco él era nada, sin Draco su fortaleza más grande se evaporaba. Dejaba de ser Potter y se convertía en solo Harry y detestaba ser solo Harry, no había nada de especial en ser Harry, el nombre era incluso tan común que Potter de verdad entendía aquel afán de Voldemort en buscarse un nombre que al ser oído causara temor y temblores en la tierra. Tal vez él lo hiciera también.
Aquella noche en especial el sueño había sido realmente desagradable. Voldemort había permanecido en su trono en la casa de los Riddle que Harry había conocido durante su enfrentamiento con el Lord en el cementerio. Había proclamado estar aburrido y su serpiente había siseado algo como: "Trae al muchacho" y él había sonreído y le había hecho caso. Tocó su marca en el antebrazo, aquella con la calavera y la serpiente saliendo de su boca, y en menos de un segundo Lucius había aparecido, con toda la apariencia de haber estado durmiendo hasta ese momento. Voldemort le pidió que trajera a su unigénito y aunque Lucius, muy amablemente le explicó que el muchacho dormía y que no lo creía conveniente, al final Draco había sido llevado por su padre, vistiendo la pijama y la bata de noche.
Hablaron por un largo rato, Draco se había sentado en la alfombra a sus pies y le miraba con sus hermosos ojos grises algo adormilados mientras le contaba sobre Harry todo lo que Voldemort quería saber. En algún punto Tom había extendido su blanca mano y había comenzado a acariciar el cabello del muchacho y Draco se había dejado hacer, como todo. Al final Draco le había dicho que quería volver a casa y Tom accedió no sin antes preguntarle una última cosa, justo cuando el muchacho se había puesto de pie, dispuesto a encontrarse con su padre que se encontraba fuera de la sala. Voldemort preguntó:
—¿Te gusta el poder, Draco?
Draco contestó con una sonrisa:
—Por supuesto, mi señor.
—¿Y era esa la razón por la que te sentías atraído por Potter? —preguntó con aparente tranquilidad.
Draco ensanchó aún más su sonrisa y volvió caminando hasta Riddle. Éste no hizo ningún movimiento, únicamente se quedó sentado sobre su preciosa silla similar a un trono y con su serpiente en el regazo que siseaba nada en especial. Entonces Draco le dijo:
—No hay razón para pensar en Potter si tengo ante mí al mago más poderoso de todo el mundo.
Y le besó la comisura de los labios.
Harry, quién podía sentir todo lo que Voldemort sentía mientras presenciaba esas visiones, sintió su complacencia, y su ego crecer hasta niveles insuperables, le sintió satisfecho y sobre todo, más arrogante que segundos antes. Le sintió desear un poco más de esa sensación de seguridad que Draco sabía transmitir tan naturalmente y con la que Harry estaba tan familiarizado.
Era el efecto Draco.
Había sido de Potter y ahora era de Riddle.
Y aquello le enfermaba.
Gruñó claramente molesto, como un animal salvaje mientras intentaba reprimir todo ese odio que amenazaba con salir a flote en forma de magia desbordada. Intentaba convencerse inútilmente que aquello había sido idea suya, que si Draco estaba junto a Voldemort y no junto a él en Grimmauld Place como un aliado más había sido únicamente por que Harry así lo había predispuesto. Se repetía una y otra vez que solo debía ser paciente y aguardar el momento, entonces Draco volvería y Voldemort caería junto a Dumbledore y no habría nada más de que preocuparse. Que Draco era suyo y de nadie más, que él lo había prometido. Que si jugaba con Voldemort a las miradas coquetas y cargadas de insinuaciones de hormonas alborotadas era únicamente como método de supervivencia, seducción, engaño, nada más.
Pero no podía soportarlo. Estaba tan enfermo de celos que los ojos le picaban por la rabia. Quería morder e inyectar su veneno letal a todo aquel que osara tocar a Draco Malfoy, a todo aquel que decidiera que no podía conformarse con cualquier cosa y que deseara, al igual que Harry, solo lo mejor de lo mejor. Y Malfoy lo era.
Sabía que su, no tan repentino, ataque de celos se debía principalmente a que Tom Riddle era competencia de verdad. A diferencia de Parkinson, Voldemort tenía todo lo que Draco merecía y deseaba en el mundo; tenía poder, ingenio y esa mente retorcida que le ayudaba a alcanzar cualquier objetivo que se propusiera. El bastardo debía de estar rondando por los sesenta y nueve años y lucía de diecinueve, por lo tanto, tenía experiencia, belleza y juventud a su disposición, un ejército de hombres dispuestos a entregarle el mundo, un mundo que podía otorgarle a Draco sin problemas. Tal cual él había querido hacer.
Voldemort y él eran muy similares, sin embargo, Tom aún lo superaba y Harry no podía evitar sentir que le robaban a la persona más importante en su vida y que las probabilidades de recuperarla eran pocas.
Se mordió la lengua cuando un grito quiso escapar de su garganta. Solo el sabor de la sangre le hizo detenerse y serenarse solo un poco. Pensó que tal vez salir de casa y buscar a algún perro callejero en el cual practicar maldiciones supondría un alivio, como lo había supuesto anteriormente. Una víctima, el sótano de la casa Black, un encantamiento silenciado y muchasmaldiciones que en la escuela jamás le enseñarían eran casi siempre la solución, pero ahora no se sentía con ganas de ir a vagar por el mundo muggle y ciertamente Remus tenía un poco de razón cuando decía que era peligroso vagar allí fuera por sí solo.
Desde que el torneo había finalizado y él hubiera tenido que explicar que Voldemort había regresado, el mundo mágico era un caos. Se encontraba dividido entre los que creían en Harry (la gran mayoría) y el incompetente ministerio que intentaba por todos los medios encubrir la verdad sin resultados exitosos. Sin embargo, que el ministro se negara a creer que Voldemort estaba de vuelta significaba que no había aurores tras la pista de los mortífagos y que no se estaba haciendo justicia. La gente vivía aterrorizada, y hacerle frente a Voldemort y comenzar a cazarlo por su cuenta no era una opción, todos esperaban a que sucediera un milagro, todos esperaban que la próxima vez que Harry se enfrentara a Voldemort lo venciera de una vez por todas. Todos esperaban al elegido, al héroe y que de vencer al Lord, estaban dispuestos a coronarlo rey y retirar al imbécil del ministro Fudge que no hacía más que fingir que todo estaba de perlas.
Voldemort siempre era sinónimo de caos; El Alastor Moody que había impartido clases en Hogwarts había resultado ser un mortífago (el hijo del asesinado Barty Crouch,) quién había preparado el traslador para Harry en la tercera prueba, la gente seguía desapareciendo y muriendo, habían mortífagos fugándose de Azkaban, pues los dementores que resguardaban la prisión se habían pasado al lado de Voldemort, habían mortífagos por las calles fingiéndose inocentes como era el caso de los Malfoy que seguían siendo tan malditamente ricos e intocables como siempre y solo parecía haber una persona dispuesta a hacerle frente: Albus Dumbledore.
En el año de 1970 Albus había fundado una organización secreta cuyo principal propósito era el de proteger al mundo mágico de Voldemort y se disolvió cuando el elegido nació y venció al Lord aquella noche del treinta y uno de octubre de embargo, como era lógico, ahora que Voldemort estaba de vuelta, la orden del fénix también y no habían perdido ni un segundo desde que la habían restaurado. Solo personas dignas de la confianza de Dumbledore habían podido unirse, y solo si contaban con la mayoría de edad:Alastor Moody (el verdadero), Kingsley Shacklebolt, Arabella Figg, Dedalus Diggle, Emmeline Vance, Minerva McGonagall, Mundungus Fletcher, Remus Lupin, Rubeus Hagrid, Severus Snape, Sirius Black, Sturgis Podmore, Arthur, Molly, Bill y Charlie Weasley, Hestia Jones y Nymphadora Tonks. Esos eran todos los miembros conocidos de la orden. Harry creía que era una cantidad ridículamente pequeña de gente, pero suponía que había por allí más agentes anónimos al servicio de Dumbledore. Todos ellos informantes en su mayoría, cazadores de mortífagos en ocasiones. No se atrevían a declarar la guerra abiertamente y no lo harían hasta que Voldemort mostrara su rostro al mundo una vez más.
La orden del fénix trabajaba igual a los mortífagos, eran silenciosos y cautelosos, no daban pasos en falso y Dumbledore los dirigía con la maestría y experiencia de aquel viejo mago que había detenido a Grindelwald y que se había enfrentado a Tom Riddle con anterioridad.
Aunque Harry nunca había planeado pertenecer a la orden del fénix, sí que había tenido que fingir interés en sus actividades. Molly Weasley insistía en que no debía involucrarse, Sirius, en cambio, le solapaba su capricho y le daba toda la información que le pedía y cuando se la pedía, aún a petición del mismo Dumbledore de no involucrar al muchacho. Pero que Harry no quisiera involucrarse no significaba que sus aliados pensaran igual; Ron y sus hermanos Fred, George y Ginny, parecían dispuestos a entregar sus vidas a la causa (muy Gryffindor) y Hermione quería colaborar en todo lo que fuese posible, preferiblemente ayudándolos con la información.
Eran tiempos difíciles, Harry no quería saber el caos que sería Hogwarts al volver. Aunque una cosa estaba clara. Ahora que la presencia de Voldemort era innegable, la gente comenzaría a elegir y Harry esperaba él fuera la opción con más simpatizantes; por el bien de ellos, claro estaba.
La cicatriz dejó de dolerle y las imágenes de su visión comenzaban a volverse difusas. Quería volver a dormir pero no estaba seguro de poder lograrlo así que simplemente se recostó en su cama y después de unos cuantos minutos de reelección, llegó a la conclusión de que se sentía perdido. Levantó su mano y dejó que ese único rayo de luz que entraba a la habitación iluminara el anillo de serpiente que Draco le había regalado años atrás. Estaba tan perfecto como cuando nuevo, la plata brillaba intensamente, pero las esmeraldas que tenía como ojos lo hacían todavía más. Pensó en que Draco no hubiera querido verlo de aquella manera, que antes le hubiera golpeado en el rostro hasta hacerlo sangrar y que estaría muy decepcionado. ¿No lo había entrenado por cuatro años para ese momento? ¿El momento en que debía volar con sus propias alas?
Tomó aire y exhaló despacio. Cerró los ojos e imaginó el discurso que Draco seguramente le hubiese dado; siempre usando palabras de adultos aún desde pequeño, siempre alentándolo a seguir escalando aquella pila de cadáveres que poco a poco dejaba atrás. Debía concentrarse en lo importante, debía fijarse algunos objetivos hasta el momento en que tuviera que enfrentar a Voldemort una vez más. Debía estar listo si quería recuperar a Draco, no podía permitir que el rubio volviera y le viese exactamente igual que cuando lo dejó, debía ser más fuerte, más poderoso, más astuto; mucho, mucho mejor que Tom Riddle.
Se puso de pie de un salto, la luna menguante aún brillaba del otro lado en la cortina pero Harry no se estaba fijando realmente. Caminó hasta su armario y sin el uso de varita murmuró un encantamiento. EL armario vibró un poco y al abrirlo, Harry extrajo de dentro un par de libros que mantenía ocultos, el primero rezaba: "Atrocidades en la magia" y el segundo: "Et mors horrori" cortesía de la biblioteca privada de los Black que Lupin mantenía cerrada pero en la que Harry irrumpía sin problema por las noches.
Se sentó en su escritorio de madera lujosa. Le había costado muchísimo convencer a Sirius de Conservar los muebles y la apariencia de la casa; antigua, majestuosa y muy mágica. Kreacher, el último elfo de los Black había estado tan agradecido con Harry que se había convertido en su amo favorito y a cambio, la casa había sido restaurada a su antigua gloria. No era tan grande como Malfoy Manor pero tenía muchos más pisos, y las habitaciones suficientes para albergar a todos los magos de Inglaterra. A Harry le gustaba, él siempre supo que merecía una casa así, con un cuarto espectacular como el que ahora tenía y no como aquella horrible habitación que había dejado atrás cuando abandonó a los Dursley sin si quiera enviar una explicación.
—Kreacher— dijo con voz calma.
El elfo apareció con un ploop.
—Para servirle, amo.
—Prepara algo de café, sin azúcar —hizo una pausa mientras leía—. Y necesito que vayas a la biblioteca y me traigas el libro de lazos y maldiciones, la tercera edición en latín. Por supuesto, creo que está de más pedirte que no se lo menciones a absolutamente nadie, ni a nada.
—Por supuesto amo.
—De acuerdo, ahora vete.
Y sin decir más el elfo desapareció.
Kreacher apareció veinte minutos después con una taza de café humeante y el libro que Harry le había pedido, además de unas cuantas galletas que Harry recibió con una indiferencia a la que el elfo ya había estado acostumbrado. "Oh, señor, usted parece más un Black que el señor Sirius" solía decir el elfo con emoción y Harry estaba de acuerdo, Draco le había educado durante cuatro años para parecerlo y Harry había sido un gran alumno.
Cuando finalmente terminó de leer los tres libros que había dispuesto esa noche ya había amanecido. Se talló los ojos con pereza y se estiró cual gato sobre la silla. Cerró los libros con cuidado y enrolló el pergamino una vez se secó la tinta. Llevó toda la evidencia de su trabajo de aquella noche al armario y volvió a sellarlo con magia.
La puerta sonó.
—¿Harry? —preguntó Sirius del otro lado.
—Estoy despierto —dijo sin fingir cansancio.
Sirius abrió la puerta.
—¿Por qué sospecho que llevas horas despierto y leyendo sobre transformaciones?
—Tal vez porque es verdad —dijo con simpleza.
—Tu padre y yo logramos la transformación de animagia en quinto año... —le recordó como retándolo.
—Y yo logré un patronus en tercero —respondió sin resistirse a presumir.
Sirius sonrió.
—¿Desayunamos juntos? Remus está esperando.
Harry asintió y Sirius salió de la habitación.
Ahí iba de nuevo, un día más de fingir que los tres era una familia feliz y que él no se sentía sumamente incómodo rodeado de Gryffindors valentones y con aires de justicia que creían que eran mejores solo porque se lanzaban al peligro sin un plan que los respaldara.
Ansiaba volver a Hogwarts, al menos entre serpientes se entendían mejor.
