El beso.

El chiquillo de azabaches cabellos, llamativos ojos verdes y estatura nada despreciable, sintió una mirada punzante por sobre su hombro. La chica que estaba detrás, no le había sacado la vista de encima durante toda la misa. Comenzó a sentirse realmente incómodo y avergonzado, cuando volteó levemente, intentando intimidarla para dejar en evidencia lo que él consideró como una desfachatez, pero la hermosa muchacha se limitó a sonreírle sin ningún tipo de reparo, guiñándole un ojo con total coquetería.

Oscar, la hija menor del General Jarjayes, futura heredera de su fortuna y cargo, se había percatado desde el comienzo de la situación que aquejaba a su valet, sin poder identificar aún, qué le estaba produciendo el evidente interés de la muchacha detrás de ellos. De todas formas, pensó, tales hechos habían logrado sacarla al menos por algunos minutos de la empalagosa misa a la cual por obligación había tenido que asistir en representación de su padre. André como su valet, también cumplía con su propio deber: acompañarla en cada uno de sus pasos y respiros. Un trabajo que se había tomado muy en serio desde que era apenas un niño. Miró por el rabillo del ojo a la adolescente rubia que tenía al lado, embelesado, como siempre, con cada uno de sus rasgos. La nariz perfectamente perfilada, piel nívea, los pómulos rosados, el delineado de sus labios. Luego, siguió con la vista un poco más abajo. La chica lucía un impecable traje masculino color verde aceituna con tanta gracia, que por más que ella misma lo intentara, no lograba disimular del todo sus formas femeninas, las que se habían desarrollado con una estrepitosa rapidez en el último año.

Mientras el obispo continuaba con el sermón, que ninguno de los dos muchachitos sabía de qué trataba, a Oscar se le escapó un bostezo que logró disimular ante los demás, no así para su compañero, quien de un solo codazo entre las costillas la hizo despabilar de inmediato. Sin dejar de mirar con un falso interés hacia el frente, la rubia masculló entre dientes:

- ¿Cuándo irá a terminar esta tortura?

-El pecado es la carne...

André apretó los labios para no soltar una carcajada.

-Ten paciencia - Susurró sin quitar la vista del obispo. – Ya falta poco.

-Y la carne, es la carne del cordero de Dios...

Ese "falta poco" se convirtió en largos y tediosos treinta minutos, en los que el pecado de todos los tipos, colores, olores y sabores, fue el protagonista principal. Cuando al fin terminó la misa Oscar, seguida por André, fueron los primeros en ponerse de pie bajo la mirada atenta de generales, comandantes y toda la corte francesa. La chica había aprendido a cumplir con su deber gracias a las enseñanzas de su estricto padre, sin embargo, no toleraba tener que soportar la frivolidad de los cortesanos y la antipatía que le producía sus fingidas sonrisas y conversaciones inocuas. Si podía evitar el aguacero de preguntas, que estaba segura se le vendría encima por la ausencia de su padre si se quedaba un segundo más ahí, lo haría. Así que, sin ningún tipo de disimulo y a paso apresurado, ambos jóvenes dejaron la capilla, montando sus caballos al galope.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del bullicio, se tomaron el camino con calma. Como cada domingo lo hacían, se dirigieron hacia el borde del río, un lugar que ambos jóvenes habían adoptado como refugio "secreto" desde pequeños. Según ellos o al menos en su aún infantil imaginación, nadie conocía acerca de ese lugar. Nunca se percataron que hacía unos cinco o seis años, la curiosidad de la abuela de André al verlos salir siempre a la misma hora, fue mayor, descubriendo su refugio secreto. La Nana obviamente nunca había dicho nada, porque para ella sólo eran un par de inocentes infantes jugando a ser soldados o piratas. Antes de llegar al lugar, la jovencita de largo cabello rizado, se detuvo sin previo aviso. Habló sólo cuando se dio cuenta que André iba demasiado imbuido en la cabalgata, sin percatarse de que la había dejado un par de pasos atrás.

-Esa chica te miraba como si te quisiera devorar- Le hizo notar al valet, que se detuvo en seco sin alcanzar a voltear para mirarla.

- ¿A quién te refieres? – Preguntó con aire distraído.

- A Amelie. Qué raro que no te hayas dado cuenta, nunca tuvo la virtud del disimulo. Literalmente, no te sacó los ojos de encima durante toda la misa.

André sonrió levemente. -No exageres, Oscar. Yo no me percaté de nada – Mintió.

La rubia lo miró indiferente, con una mezcla de ironía y escepticismo. Ante el silencio de su compañero, bajó de su caballo de un solo salto. Él, se quedó por varios segundos hipnotizado por su gracia, prestancia y su figura alta y esbelta. Realmente le parecía increíble que Oscar tuviera que esconderse tras unos ropajes de hombre. Con el transcurrir de los años, más le costaba asumir y, por sobre todo, comprender la educación que el general daba a su hija menor. Inevitablemente, florecía como una hermosa flor, pero encerrada en una caja de cristal.

Cuando salió de su ensoñación, realizó la misma acción de la rubia y se detuvo a su lado.

-Es cierto lo que te digo, no me di cuenta de nada – Continuó aclarando mientras Oscar se le adelantaba unos pasos para acercarse a la orilla del río, murmurando entre dientes algo que se hizo ininteligible a los oídos del muchacho.

- ¿Qué dices? – La interceptó de pronto, tomándola de los hombros.

La chica soltó una carcajada, zafándose al mismo tiempo con brusquedad.

- André, ¡eres tan susceptible a veces! – Exclamó con tono burlón, sin sacar la vista del caudal creciente del río.

-Sólo cuando te burlas de mí y no puedo entender qué dices – El muchachito se dejó caer junto a Oscar de un solo golpe, a sabiendas que era una batalla en la que probablemente terminaría derrotado.

La chica lo imitó quedando junto a él.

- Nada, no dije nada André…- Repitió haciendo un gesto despectivo con su mano y aguantando una nueva carcajada.

- ¿Por qué haces eso? ¡Odio que hagas eso! - Le reclamó el valet quitándose la chaqueta con violencia y subiéndose las mangas de la camisa, como si tuviera que estar listo para dar una pelea.

- ¿Qué cosa? – Contra preguntó la joven haciéndose la desentendida.

-Eso - Enfatizó André con las pupilas dilatadas.

- ¿Qué? – Volvió a preguntar con los labios apretados y ojos juguetones.

-Deja de burlarte de mí – Le suplicó André.

-No me burlo, solo digo la verdad- Aseveró reclinándose hacia atrás y poniendo las manos detrás de la nuca.

- ¿Qué has dicho hace un rato entre dientes?

-Que tú y Amelie se aman, eso – Cerró los ojos como si de esa forma no fuera a escuchar los reclamos que sabía vendrían del moreno.

- ¿Estás loca? – André giró un poco el torso para verla a la cara. - Jamás podría amar a una chica como ella – Sentenció firme y seguro.

- Es muy hermosa – Le hizo notar la rubia sin abrir aún los ojos.

- ¿Y? - El valet se volteó nuevamente para ver hacia el río.

-Es atractiva, educada, de buena familia… un buen prospecto para ti…

-Pero no me interesa – La interrumpió el chico con tono parco. – Además, sabes que eso es imposible. Yo soy un plebeyo y ella…

- ¡Ay André! - Oscar se levantó para quedar hombro a hombro con él. - No necesitas fingir conmigo. Podría hablar con mi padre para que tú y ella…

- ¿Ella y yo qué? – Preguntó mirándola enfurecido directamente a los ojos.

-Se comprometan.

- ¡Uf! - Resopló André y pensó que definitivamente la chica seria y sensata con la que compartía a diario y en prácticamente cada hora del día desde hacía más de ocho años, se había vuelto completamente loca. No quiso decirlo en voz alta, porque conocía muy bien el carácter de la hija más joven del general Jarjayes, sin embargo, sus palabras le resonaban como un eco interminable dentro de su cabeza. Él no quería comprometerse, ¿para qué? se preguntó a sí mismo, por lo tanto, lo que Oscar le planteaba no podía ser más que una locura.

-Pero tengo solo quince años, Oscar, no me quiero casar, menos con alguien a quien no amo – Argumentó finalmente usando el único punto que él consideró le quedaba a su favor.

-La mayoría de los chicos que se casan, son sólo un poco mayores que tú y en matrimonios arreglados, por lo tanto, asumo que el amor no es condición para el compromiso – Refutó la muchacha lanzando una piedra al río.

André siguió con su vista todo el recorrido que hizo la piedra hasta que chocó con el agua, mientras pensaba lo infantil que era Oscar al darle esa clase de argumentos. Luego, siguió pensando que quizás ella podía tener algo de razón, no obstante, él creía dos cosas al respecto: una, que efectivamente se consideraba demasiado joven como para siquiera pensar en estar comprometido y, dos, había jurado que "cuidaría" de la futura escolta personal de la princesa María Antonieta. Y esto último, no lo hacía por obligación, sino porque realmente sentía aprecio por ella. La amistad entre ambos que en resumen, era la amistad entre un plebeyo y una noble, entre sirviente y amo, había sobrepasado los límites de lo normal. Realmente la consideraba su amiga, sentía por ella un profundo afecto que reconocía no sabía muy bien cómo controlar y, por eso, se había prometido a sí mismo estar con ella hasta el final. Si era necesario, con la cuota de dramatismo propia de su edad, deseaba estar con ella incluso hasta la muerte.

-Entonces tú también deberías casarte, Oscar – Balbuceó luego de un rato lo primero que vino a su cabeza, sin razonar, ni por un instante el contenido de sus palabras.

La joven rubia abrió sus grandes ojos azules de par en par.

- ¡Yo nunca me casaré, nunca! – Gritó poniéndose de pie y mirándolo en forma casi tirana. - No vuelvas a repetir eso, André Grandier, de lo contrario… - Hizo un puño apretadísimo y amenazante con su mano derecha, cosa que al chico no le produjo ni una pizca de temor.

- ¿De lo contrario qué? ¿Me vas a castigar? ¿Golpear? – La increpó sin miedo alguno, a sabiendas que esas palabras le harían bajar la guardia a la impetuosa chica. La conocía bien, y su sentido de justicia, podía ser mayor incluso que su propio orgullo.

- ¡Ay! - farfulló la chiquilla aún furiosa. - ¡Realmente logras exasperarme André, hasta me cuesta soportarte cuando te pones así! – Exclamó bajando finalmente la guardia. Las palabras del muchacho tuvieron el efecto esperado.

André se puso de pie junto a ella, buscando sus ojos

-Entonces, insensata, tú también deja de decir tonterías.

-No son tonterías – Recuperó la seguridad en sus argumentos en forma casi inmediata, porque sabía en lo profundo de su corazón, que eso ocurriría, que André, su amigo, compañero y hermano, terminaría yéndose de su lado. Era lo natural, era lo que tenía que ocurrir, y prefería asumir esa realidad desde ese mismo momento.

-Si lo son - Insistió él. - Tengo quince años, me queda mucho por vivir y aún ni siquiera… - Se maldijo al no poder controlar su boca y darse cuenta que estaba a punto de entrar en terreno fértil para seguir siendo blanco seguro de bromas por parte de la rubia.

- ¿Ni siquiera qué? – Preguntó ella arqueando una ceja y esbozando una leve sonrisa.

-Nada, olvídalo – Cortó el tema de inmediato, antes de que tomara nuevos e incómodos matices.

La joven lo miró sonriente. En su mente, imaginó lo que al muchachito se le había salido en forma inconsciente.

- No puedo olvidarlo, ¿que ibas a decir? – Presionó un poco más a su valet. Quería escucharlo de sus propios labios.

-Nada, nada – Se justificó él con el rostro completamente enrojecido. Se volvió a sentar sobre la arena y abrazó sus rodillas en busca de estabilidad. Estaba demasiado avergonzado, terminando con la cabeza hundida entre las piernas.

Oscar estaba entre sorprendida y expectante. El chico estaba evidentemente avergonzado, lo que le permitía seguir jugando y como todo lo que hacía ella, llevarlo hasta el límite. Entonces, se sentó a su lado nuevamente

-André, dime una cosa - Dijo con seriedad. - ¿Ya has besado a una chica alguna vez?

André sentía las mejillas arder entre sus piernas, realmente lo único que esperaba de la vida en ese mismo momento, era ser tragado por la tierra o, en el mejor de los casos, morir.

- ¿Qué? – Fue lo único que alcanzó a decir.

- Lo que escuchaste, que si ya has besado a alguna chica, a una mujer – Oscar seguía mirándolo con insistencia, a la espera que saliera de su escondite y ver esa expresión de niño asustadizo y suplicante porque lo deje en paz.

Los segundos que transcurrieron entre la pregunta de Oscar y el que tuviera alguna buena respuesta, a André se le hicieron eternos. No sabía qué decir y mentir sería completamente inútil. Oscar lo conocía mejor que a ella misma y cualquier gesto lo delataría de inmediato.

- La verdad… no – Asumió finalmente en actitud de total derrota. Levantó su rostro enrojecido para sentir el aire fresco y alivianar la vergüenza que sentía al asumir su poca experiencia en lides amorosos.

Oscar lo miró con una ternura que le costó reconocer en sí misma, aunque admitió que André generalmente, le provocaba ese tipo de emociones. Luego se volteó para mirar el borde del río, mientras acariciaba las piedrecillas húmedas debajo de su mano, ella también tenía que asumir su propia responsabilidad.

-No tienes que avergonzarte, es normal - Le explicó con voz serena. - Te has pasado la mitad de tu vida a mi lado, no has tenido muchas opciones.

-Tú eres la única opción que quiero, OscarMasculló André entre dientes en forma casi automática.

- ¿Qué dijiste? – Preguntó la rubia confundida, volviendo su mirada hacia él.

-Que… este… que…

- ¡Vamos, habla! – Le exigió con firmeza. Si algo le era completamente indeseable era la inseguridad.

- ¡Deja de ponerme nervioso con tus preguntas! – Fue la única forma que encontró el valet de salvar la situación.

Oscar no pudo evitar emitir una sonrisa nostálgica.

- Lo lamento, André, nunca he querido burlarme de ti - Guardó silencio por algunos segundos, luego continuó. - A veces, quiero olvidar que dejamos de ser niños y que tenemos que asumir responsabilidades… y eso, en ocasiones, pesa demasiado.

André prefirió guardar silencio. Escucharla hablar así le estremecía algo en el pecho que siempre debía contener. Luego de unos minutos, se miraron sonrientes. Había vuelto el brillo a sus ojos. Lanzaron al unísono un par de piedras para ver quién llegaba más lejos. Como siempre, el brazo de Oscar a pesar de ser más delgado, seguía siendo el más fuerte. Fueron unos cuantos tiros más hasta que la chica fue quien se atrevió a quebrar el silencio casi en una especie de monólogo imperceptible.

- Me pregunto… cómo se sentirá - Lanzó una piedra más que rebotó por sobre la superficie del agua hasta que desapareció.

- ¿Cómo se sentirá qué? – Preguntó André con el ceño fruncido.

-Un beso – Dijo girando su cabeza hacia él para mirarlo a los ojos. La verdad, era que no sentía vergüenza de sus dudas, aunque siempre le pareció un tema demasiado fútil para un futuro militar.

-Jajajajaja, ¡no hablas en serio! – Rio de buena gana el muchacho, presuponiendo que Oscar continuaba divirtiéndose a costillas de él. Pero luego de escucharlo reír por un rato, ella seguía con el rictus impasible.

-Hablo muy en serio. ¿Acaso tú no tienes curiosidad?

André se quedó pasmado y en silencio. Oscar nunca había hablado en esos términos con él y estaba seguro que con nadie. De pronto, sintió que el corazón se le aceleraba y, sin querer, comenzó a tartamudear.

- Bueno, pues… este… si, no mucho la verdad – Musitó rascándose la nuca. Segunda mentira de la tarde, porque claro que sí tenía curiosidad y, por sobre todo, ganas, ganas de probar.

La chica sonrió levemente al darse cuenta de ese gesto de nerviosismo tan característico de su compañero.

- ¿Te has dado cuenta que no sabes mentir, cierto? – Sonrió, pero esta vez, sin ánimo de burlarse. Más bien, valorando la transparencia e inocencia que aún podía transmitir André.

- ¡Ay, Oscar! - Reclamó él. - Deja de hablar sandeces y vámonos a casa – Dijo mientras sólo alcanzaba a hacer el ademán de ponerse en pie, porque la mano firme de Oscar en su brazo se lo impidió. Se sintió en extremo nervioso y torpe, entendiendo a la perfección la expresión de "mariposas en el estómago", aunque más bien, en su caso, eran murciélagos o aves de rapiña.

- ¿Sandeces? – Preguntó la rubia muy inquisitiva. - No puede ser que seas tan aburrido, me sorprendes. Pareces un abuelo… o peor, mi padre.

André la miró extrañado. ¿Qué era lo que quería ahora? se preguntó a sí mismo. Llevaba casi una hora burlándose de él, lo había avergonzado y puesto en evidencia sin ningún reparo. Se sentía casi al borde de un colapso nervioso, ¿qué demonios quería ahora?

- ¿Yo, aburrido? ¿Y qué quieres que haga? – Fue lo único que atinó a decir en su defensa.

Oscar se quedó mirándolo, con la nariz levantada, la mirada firme en la de él, un poco altanera y un poco avergonzada y con el corazón acelerado. Ya no sabía si seguía jugando o en realidad, lo que iba a decir, era lo que realmente deseaba. Tragó un poco de saliva y habló.

- Quiero que me beses - Dijo en un tono que pareció más una orden.

Al muchacho se le desfiguró por completo la cara. -¡¿Quéeeeee?!– Exclamó impactado por la petición de la chica.

- ¡Qué cobarde eres André! Me decepcionas – Aseveró ella sin quitarle la mirada de encima.

-Definitivamente te has vuelto loca – Dijo él poniéndose de pie y caminando a paso acelerado hacia su caballo. Era el momento de acabar con la broma, las cosas se estaban poniendo demasiado incómodas para él y, para Oscar, demasiado arriesgadas. En el corto trayecto que tuvo que andar para llegar a su azabache corcel, la vida se le pasó por delante. La primera imagen que se le vino a la cabeza fue cuál sería la sensación de sentir los labios de Oscar en los suyos. ¿Serían suaves y aterciopelados? o ¿Húmedos y dulces, quizás? Luego, se cuestionó su inexperiencia. Nunca había besado más que la arrugada mejilla de su anciana abuela. Solo alguna vez, en algún rincón de la mansión, había observado a hurtadillas a los sirvientes besuquearse y manosearse en medio de la oscuridad. Y esa era toda la experiencia que tenía en relación a chicas y a besos. No obstante, su peor cuestionamiento fue si a Oscar le gustaría realmente que él la besara. ¿Y si no y terminaba odiándolo? ¿Y si nunca más podía volver a besar sus labios? Y si…

De pronto, sus vacilaciones fueron interrumpidas y, prácticamente sin darse cuenta, se vio acorralado por el tronco de un árbol a sus espaldas y el cuerpo de Oscar por delante, que sintió demasiado cerca, demasiado cálido y dulce como el aroma de una rosa. La chica sin previo aviso y sin ni siquiera titubear, lo había arrastrado hasta el árbol que se encontraba a menos de un metro de su caballo. Estaba completamente inmovilizado. Oscar, lo tenía tomado de las muñecas y estaba tan cerca de él, que su respiración agitada le golpeaba las mejillas. El valet, no fue capaz de emitir ni una sola palabra.

- ¿Tan poco deseable te parezco que ni siquiera te atreves a hacer algo que te estoy ordenando? – Le dijo con un tono de voz calmado, pero firme y su mirada fija en la suya.

-No… no es eso… Os… - Las palabras definitivamente no le salían. Sintió como un sudor frío comenzaba a recorrer su cuerpo y un remolino en la garganta le impedía hablar. Se miraron ambos muchachos por un largo rato. André entendió entonces, que en ese mismo instante debía tomar una decisión. No era un juego para Oscar, ya se lo había demostrado. Si no la besaba, pensaría que era por desprecio, cosa que de ninguna forma era así. Si la besaba, tendría que asumir las consecuencias de no estar preparado para hacerlo y un posible rechazo por parte de la rubia, que insistía en desafiarlo a hacer algo de lo cual ambos podrían terminar arrepentidos. Sin quererlo, sus ojos se posaron en los finos labios de la joven rubia, pareciéndoles una fruta madura completamente deseable y a punto de reventar. Realmente él quería hacerlo, pero no así, no de esa forma tan brusca e inesperada. Sin embargo, pensó luego, ¿de qué otra forma podría ser con Oscar? Toda ella era una caja de pandora y gustaba de llevarse a sí misma a límites insospechados.

Entonces, tomó una bocanada de aire y cerró los ojos. Acercó su boca a la de ella, pero se encontró sólo con el aire. Oscar, había dado media vuelta y se dirigía hacia su caballo. Él se quedó perplejo por una fracción de segundo. Finalmente reaccionó y sus pies tomaron vida propia. De pronto, sintió un coraje que le quemaba el pecho, una sensación completamente desconocida, pero tan potente, que no le quedó más opción que moverse hacia la rubia. Con paso firme, caminó hasta ella segundos antes de que montara su caballo. La tomó del brazo con firmeza y sin ninguna delicadeza la giró hacia él. Con su mano libre, recorrió el cuello hasta llegar a la nuca suave y tibia. Se estremeció al sentir entre sus dedos la suavidad del contacto de los rizos enredados, tal como siempre lo había imaginado. Liberó su brazo e, inmediatamente, la apretó firme desde la cintura, estrechando el espacio que los separaba. El cuerpo de Oscar temblaba, cosa que, si él hubiera estado en sus cinco sentidos, lo habría alejado, sin embargo, en ese momento no le importó en absoluto. El ímpetu que estaba sintiendo en su corazón, era más fuerte que cualquier otra cosa. Finalmente, puso sus labios en los de ella, abriéndolos instintivamente luego de algunos segundos. Cerró los ojos y se dejó llevar por la humedad del contacto y la fuerza poderosa de su instinto masculino.

Oscar se quedó completamente inmóvil ante el inesperado acto de valentía de su compañero. Sintió los oídos tapados y algo como un mareo; una sensación agradable, pero inestable, una emoción completamente nueva y placentera.

Cuando la razón volvió a la mente de André, la soltó de inmediato. La chica se quedó mirándolo perpleja, quizás, según lo que él interpretó, hasta un poco asustada, con las pupilas dilatadas, el cuerpo tembloroso y los labios hinchados y latiendo con fuerza por el roce. Él no atinó a decir nada. Se quedó igualmente paralizado. No hubo ni siquiera un pensamiento que justificara su actuar. No tenía ninguna explicación, motivo o razón que dar a Oscar, quien raudamente montó su caballo con extrema agilidad y salió al galope, dejando atrás a un todavía impresionado André viéndola marchar.

…..

Su corazón latía más rápido que los cascos en el piso de su caballo. Sentía las mejillas ardientes y los labios le pulsaban con fuerza. Aún sentía el sabor de la boca de André en la de ella. De pronto, no supo si reír o llorar, si gritar o cantar. El cuerpo le temblaba, pero un calor inexplicable le recorría cada poro de su piel. Cuando llegó a la mansión, dejó rápidamente a Cesar en el establo y corrió hacia su habitación. Agradeció no toparse con su nana y tener que someterse a darle cualquier tipo de explicación. Se lanzó de espaldas sobre la cama con la mirada perdida en el techo, porque en su mente, sólo estaba el rostro de André acercándose a ella. ¡Por Dios!, pensó. Era su primer beso y ella había corrido despavorida. Lo que comenzó como un juego, había terminado como una realidad difícil de asumir. No pensó que André sería capaz de hacerlo, entonces sonrió levemente al pensar en la gallardía mostrada por el muchacho al impedirle subir a su caballo. El otrora chiquillo flacuchento, había logrado sorprenderla y eso le producía una extraña sensación de agrado y satisfacción. Con una de sus manos recorrió el borde de sus labios. Suspiró al recordar el cuerpo fuerte que la había reducido minutos atrás. Su respiración se volvió a agitar y el vértigo volvió nuevamente. Se sentó bruscamente en la cama al tomar conciencia de lo que estaba pensando y, por sobre todo, sintiendo. Definitivamente, era algo que tenía que olvidar. Solo había sido una jugarreta y, muy seguramente, para André también. No valía la pena darle más importancia de la que tenía. Sacudió la cabeza y se levantó para refrescarse el rostro con agua. Decidió frente al espejo del tocador, que lo sucedido quedaría en el pasado, prometiéndose a sí misma no volver a rememorarlo. Ella era un militar, los sentimientos no le servirían para la carrera que comenzaría muy pronto como guardia imperial.

-Esto nunca pasó, Oscar. Nunca. Tienes que olvidarlo – Se dijo a sí misma en voz alta cerrando los ojos. Al igual que su corazón.

Fin.

...

Hace tiempo que no escribía y me siento como recién calentando motores, así que disculparán faltas de ortografía y redacción, que muy probablemente más de alguna se me pasó.

¿Qué más puedo decir al respecto? Pues nada, simplemente que ojalá disfruten de este one shot y que espero escribir algunos más. Eso, besitos y deje su review para conocer su opinión, es la única forma que tenemos de saber si continuar o no, un poco de combustible para el corazón, ya saben.