Misma Sangre
Año 219
La gente dice, que el Rey siempre sabe cuando se aproxima una guerra, porque el Trono de Hierro se calienta como si estuviera siendo forjado por primera vez. Cruje, rechina, y quema a cualquiera que quiera sentarse sobre él. Por eso, cuando se cancelan las audiencias en el Salón del Trono de Desembarco del Rey, la población de a pie comienza a prepararse para huír, pasar hambre y en general, ser un poco más miserable que de costumbre.
En Aguasdulces, tenemos un método aún más infalible.
— ¡Es un cuerpo, mi señor, sin duda! —me dice el vigilante de la torre norte señalando un bulto que se aproxima con la corriente del río. Le sigue otro, y otro más. Así como un par de restos de una caravana que ha sido asaltada río arriba. Madera inflada por el agua, carne echada a perder y una que otra flecha.
— No hemos recibido cuervo alguno del Rey —comenta el Maestre Bodrim con la cara seria. Por supuesto que no hemos recibido nada, pienso yo. Aerys Targaryen había estado muy ocupado para hacer algo cuando los ríos se secaron tras la Gran Fiebre del 209, no había movido a un solo soldado para detener las incursiones de los Hijos del Hierro a las costas del Norte, y había sido gracias a su mano, el Bastardo Bloodraven que se había abatido la Segunda Invasión de los Blackfire.
— Ni lo recibiremos, pero eso no quiere decir que debamos cortar la comunicación —di la orden de enviar cuervos a las Grandes Casas de Westeros así como a mis vasallos más cercanos. Una sola caravana volcada en el río no significaba mucho, el estandarte que venía flotando con ella... eso era otra cosa muy diferente...
— ¡Papá! ¡Papá! —el pequeño Edwyn corría con sus piernas regordetas temblando por el esfuerzo y sus brazos levantados para que lo lanzara por los aires como siempre que lo encontraba paseando con su Septa. En cuanto tuviera la edad suficiente alguien más cuidaría de él, pero mientras tanto, la Septa y yo éramos su única compañía.
Recibí al pequeño en brazos y le hice cosquillas en el estómago con mi barba.
— ¿Dónde está su madre? —pregunto apretándolo contra mi pecho. Los labios de la Septa se curvan en una fina línea de desaprobación que intenta ocultar pero no puede.
— En sus aposentos —confirma ella y yo le sonrío y le devuelvo al futuro señor de Aguasdulces.
— Debería comenzar a aprender más palabras que "pez", "Septa", y "papá" —comento y ella ríe, me dice que comenzará una instrucción formal en cuanto cumpla los tres años en un par de días y asiento dejándolos marchar. No es el mejor momento para celebrar un cumpleños, pero ya le negamos al chico el calor de un padre verdadero y de una madre feliz... al menos debía tener una tarta.
toc. toc. toc
— ¿Si? —pregunta con una suave voz que apenas se cuela a través de la gruesa puerta de madera.
— Soy yo —digo y la pausa es larga, como siempre.
— Adelante, mi señor —entro con un poco de optimismo, a veces solo vuelve a preguntar "¿si?" hasta que me marcho—. ¿Es grave? —pregunta mirando por la ventana sin voltear. Ah, lo ha visto.
— Lo es. ¿Reconoces el estandarte, mi señora? —pregunto y ella asiente con la cabeza, sigue sin voltear y por la luz que entra por la ventana no distingo más que su sombra. A veces sueño que ella se lanza de esa misma ventana y que es su cuerpo sin vida el que tengo que recoger del fondo del río. No diría que es una fantasía en la que me guste pensar, pero tampoco me llena de dolor, en realidad todo sería más fácil sin ella aquí.
Apuesto a que Mellianne siente lo mismo.
— ¿Es todo? —sus brazos tiemblan al sostenerse de la piedra, y sé que se está conteniendo de llorar. Ver aquél estandarte de dragones negros no le ha de traer buenos recuerdos. Pienso en que no es el mejor momento de hablar de Edwyn... de ninguno de los dos Edwyn, pero tiene que hacerse. Este tanto su trabajo como el mío.
— Falta poco para que mi padre tenga su día del nombre —le digo intentando ser sutil. Ella no parece captar la idea sin embargo, porque no se mueve—. Ya que es solo unos días después que... tu hijo... —la chica gruñe y se voltea.
Su cara está surcada de lágrimas y se lanza sobre mí como una yegua enojada. Sus pequeños puños golpean mi pecho.
— ¡Sal de aquí! ¡Márchate ahora! —me grita. En cualquier otra circunstancia habría hecho lo que me pide pero mis hombres irían pronto a la guerra, tendríamos que reforzar el castillo, las tierras de los ríos comenzarían a arder en llamas como prueba de que una Tercera Rebelión Blackfire estaba ocurriendo y yo solo quería un maldito momento de paz con mi sobrino.
La tomé de las muñecas y puse mi pierna entre las suyas para que se estabilizara.
— Mi señora —comencé de la manera más amable que pude, pero esto pareció enfurecerla aún más. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas y sus ojos eran de pura rabia—. El tercer cumpleaños es importante. Le daremos una espada, le fabricaremos una armadura y... —ella gritó y se retorció pero apreté con más fuerza y le devolví la mirada.
Ella y el pequeño eran mi maldita responsabilidad desde que me había dejado poner mi capa sobre su cuerpo. Y por los Siete que sería responsable aunque ella no quisiera.
Di unos pasos para pegarla contra la pared—. Le haremos un banquete. —dije enfatizando cada palabra mientras ella continuaba llorando y yo daba otro paso— ¿Rosas o nardos? ¿Azul o plateado? ¿Invitaremos a tus padres? ¿De qué sabor será la tarta? —pregunté, con cada pregunta me movía un poco más. Podía sentir cómo su fuerza cedía y ahora ya no estaba enojada, solo triste, profundamente triste. La solté y dejé que se alejara de mi, ya no me haría daño, o al menos ya no lo intentaría. El episodio había pasado—. ¿De qué sabor será la tarta? —pregunté una vez más, intentando ser dulce a pesar de estar profundamente exhasperado.
— Zanahoria y nuez —dijo por fin—. Era el favorito de...
— Era el favorito de...
Ambos lo dijimos al mismo tiempo y ella me miró sorprendida. Yo intenté sonreir y ella hizo lo mismo. Creo que a ninguno de los dos nos salió muy bien, pero al menos el momento ya no estaba cargado de rabia y desesperación.
El Maestre Bodrim decía que nunca se recuperaría, que tendría episodios el resto de su vida. Él y otros Maestres decían que algunas mujeres se volvían locas al perder a sus esposos y que nunca se recuperaban.
Yo me rehusaba a creer eso. Me rehusaba a dejar a mi sobrino sin su madre. Me rehusaba a que creciera y viviera preguntándose por qué su madre lo odiaba tanto...
