- Pero si no me gusta el café.
Harry suspiró profundamente, alejando la taza caliente todo lo que pudo en aquella mesita. El sabor del café todavía persistía en su lengua, y trató de espantarlo dando otro bocado a la galletita que servían junto con la taza.
Fuera continuaba lloviendo como si se fuese a acabar el mundo. Harry había entrado en aquella pequeña cafetería muggle tratando de huir de esa lluvia torrencial, suponiendo que en algún momento escamparía y podría continuar su camino hasta el Caldero Chorreante. Pero ya había un buen rato y solo parecía empeorar, y había terminado de leer aquella revista de cotilleos.
Estaba planteándose seriamente pagar su café, ir al baño y desaparecerse cuando la puerta se abrió frente a él al mismo tiempo que el cielo se iluminaba por un relámpago. Harry levantó la vista y lo que al principio se veía como la silueta oscura de un hombre, al apagarse el cielo pasó a ser alguien no tan desconocido. Rápidamente, subió de nuevo la revista todo lo que pudo y agradeció estar en una esquina alejada de la cafetería. Ni medio segundo después, se atrevió a echar un vistazo justo cuando el sonido del relámpago resonó en todo el lugar.
Draco Malfoy se pasó la mano por el pelo, chorreando de agua, y colgó su abrigo igualmente empapado en las perchas de la entrada. La camarera se acercó rápidamente, y le ofreció una toalla seca mientras le guiaba hacia una de las mesas libres. El rubio le dedicó una sonrisa algo forzada mientras se sentaba, y ordenó algo que Harry no logró escuchar. En cuanto la camarera se fue, resopló y volvió a pasarse a mano por el pelo.
A Harry se le habían quitado todas las ganas de marcharse. No le costó ningún esfuerzo comerse con la mirada a su antiguo compañero, tratando de no ser descubierto. Por suerte para él, Draco no parecía estar muy por la labor de observar el lugar, y se dedicó a leer un libro que traía consigo.
Hacía años que no le veía. La última vez que supo de él fue por Skeeter, que publicó lo que ella llamó 'La huida de los Malfoy' unos meses después del fin de la guerra. Narcissa y Draco, impunes gracias al testimonio de Harry, se marcharon a Francia para, aparentemente, no regresar. De eso hacía ya cuatro años, y mucha gente agradeció su 'huida'.
Pero no Harry. Con los juicios tuvo que pasar varias semanas viendo a Draco, e incluso llegó a intercambiar algunas palabras con él, y aquél sentimiento que de alguna u otra manera siempre había despertado en él el rubio volvió a crecer. Con su marcha, se resignó a acostumbrarse.
Pero aquellos ojos como el océano nunca se marcharon realmente. Le visitaban en sueños, en todas las distintas tonalidades que les había observado tomar, y con ellos llegaba su dueño. Que ahora ojeaba distraído un libro a unos metros de distancia.
Harry deseaba tanto que levantase la vista y le mirase. Él había observado a Draco Malfoy desde la distancia durante años, de mejor o peor manera. Pero siempre hubo un común denominador: por más enfadado que estuviese en ese momento, aquellos ojos jamás le dejaron indiferente. No podía dar una cifra a las veces que se había quedado ensimismado, sin poder dejar de mirar aquellos ojos.
Y quería, maldita sea quería desesperadamente que por una vez le mirasen directamente a él, como solían hacerlo en el pasado. Era la dualidad más asombrosa que había experimentado, y quería que dejase de ser un recuerdo. Quería volver a observar cómo se encendían, como si fuesen capaces de quemar ciudades, de explotar como el napal, y de albergar incendios. Los ojos de Draco, aun siendo como el océano, parecían ser puro fuego.
'Maldita sea, no es justo' pensó enfurecido mientras volvía a esconderse tras la revista. Parecía estar condenado a observar desde la distancia.
Recordó la primera vez que aquellos ojos le removieron de arriba a abajo, y tuvo que echar la vista muchos, muchos años atrás. Tenían once años, y Hagrid les ordenó ir juntos a buscar al unicornio en el Bosque Prohibido. Hasta ese momento, Draco había sido para Harry el niño pedante y malcriado que se dedicaba a reírse injustamente de su Ron, pero cuando aquella figura apareció ante ellos y Draco le miró aterrorizado, el pequeño mundo del moreno se tambaleó por primera vez. Aquellos ojos como el océano le observaron con tanta intensidad que Harry juró poder sentir en sus venas todo lo que Draco sentía, hasta el punto de darle ganas de llorar y gritar junto a él.
A aquel suceso le seguirían muchísimos otros a lo largo de los años en Hogwarts, pero Harry recordaba con total nitidez los más relevantes.
Como aquella vez en tercer curso cuando, momentos antes del incidente con Buckbeack, Draco volvió a mirarle de aquella manera. Mientras avanzaba hacia él, dispuesto a responder a su provocación y mordiéndose el labio inferior, los ojos de Draco volvieron a arder con una intensidad que asustó a Harry hasta el punto de dejarle paralizado. Pero ya no había miedo: aquellos ojos como el océano ahora ardían de pura arrogancia y pavonería como solamente Draco Malfoy sabía mirar. El tirón en el estómago que sintió le dio la sensación de estar cayendo desde un lugar muy alto, y en su momento pensó que fue por el odio que sentía por el rubio.
Pero jamás fue eso. Aquellos ojos, y su dueño, le hicieron caer por otra razón.
Abrumado por los recuerdos, se removió en su asiento mientras daba otro vistazo. Este a su vez observaba a una pareja muggle sentada en una mesa cercana a la suya, con una expresión muy parecida al anhelo.
¿Habría alguien en la vida de Draco Malfoy? Tras la guerra prácticamente todos dieron la espalda a la familia y, aunque quería suponer que sus antiguos amigos en Slytherin continuaban a su lado, tampoco podía saberlo con certeza.
Pasó una página resoplando y frunciendo profundamente el ceño. Adoraba el mundo mágico, pero también le guardaba un desprecio inimaginable por estar tan cegados por la rabia, el miedo, y el rencor como para ser incapaces de perdonar a Draco y a su madre. De hacerles llevar una vida tan desdichada que, a pesar de todo lo que podían aportar, terminó por repudiarles en Francia. Harry no era perfecto, sabía lo que era odiar ciegamente a alguien. Pero el odio y el rencor que guardaba contra muchas personas que habían manejado su vida se convirtió, con el tiempo, en una criatura que supo tratar con delicadeza. Si él, que vivió todo en primera persona, supo perdonar, ¿por qué los demás no? ¿Y por qué parecían descargarlo todo precisamente contra el dueño de aquellos ojos?
Su labio inferior tembló ligeramente cuando otro recuerdo invadió su mente. Aquel era el que más trataba de evitar.
Draco, empapado de los pies a la cabeza, y tirado en el suelo del baño mientras se desangraba por su culpa. Entre todo el shock, mientras trataba de encontrar las palabras para disculparse o intentar arreglarlo, aquellos ojos le encontraron y le miraron profundamente. Aquella mirada tan sumamente aliviada, que parecía estar contenta de aguardar la muerte y de decirle que no se preocupase por él, terminó por derrumbar la poca fortaleza que le quedaba después de aquel año lleno de miedos y pesadillas. Nunca se sintió tan destruido como cuando se vio reflejado en aquellos ojos.
Suspiró profundamente, haciendo a un lado aquella estúpida revista. Aquellos recuerdos, junto con la plena consciencia de que su creador estaba en la misma habitación que él después de años, le hicieron tomar la que consideró la decisión más estúpida de su vida.
Si quería que aquellos ojos le mirasen no debía esconderse. No puedes pretender que la brisa y el fulgor del océano te envuelva si lo observas tras una ventana.
Harry apartó la mirada de la mesa lentamente, y dirigió sus ojos directamente hacia donde estaba el chico de los ojos como el océano. Casi se le sale el corazón por la garganta cuando se percató de que ya le observaban, con una intensidad de la que solo había podido vivir en sus recuerdos, pero con un matiz diferente. Mientras Draco Malfoy se levantaba y se encaminaba hacia su mesa, con el pelo aún húmedo y las comisuras de los labios elevadas en una sonrisa tierna, el fuego de sus ojos parecía adorar lo que consumía su vista.
- ¿Alguna vez te han dicho que piensas en voz alta? - comentó Draco mientras se sentaba al lado de Harry, casi conteniendo una risa.
Harry rápidamente desvió la mirada al tiempo en que se golpeaba mentalmente. ¿Dónde se suponía que estaba su valentía?
- Supongo que un buen legeremante y un malísimo oclumante son una mala combinación.- susurró tratando de imitar el tono del rubio. Aún no sabía si este pretendía reírse de él o simplemente hechizarle.
Escuchó una risita a escasos centímetros, y pensó que cualquier oído humano podría escuchar los latidos de su corazón en ese instante.
- Harry, mírame.
Fue instantáneo. Levantó la vista y se sumergió de lleno en aquel océano, que le recibió como si llevase mucho tiempo esperándole. De ahí en adelante, Harry jamás volvió a nadar a contracorriente.
