SABER CUÁNDO PARAR


Es la primera vez que te veo y los niños hacen un círculo a tu alrededor. Te señalan, se ríen de ti. Uno de ellos grita más alto que los demás: le reconozco como el cabecilla del grupo. Él es guapo y de familia noble. Tú eres el paria de la aldea. Nunca tuviste una oportunidad.

— ¡Dejadme en paz! — gritas, y por tu voz creo que te echarás a llorar, pero en lugar de eso te levantas y dices a los otros niños:— Si no me dejáis, ¡os daré una paliza! ¡Lo juro!

Te tiembla la voz en la última palabra y eso les hace reír. El círculo se hace más pequeño. Las voces gritan más. El cabecilla toma una lata de refresco y la hace rebotar contra tu cabeza. Los niños vitorean, aplauden, y vuelven a reír, felices de verte así.

— ¡Ja, ja, ja!

— ¿Has visto eso? ¡Le está bien empleado!

— ¡Si hubiera sido un shuriken, estaría muerto!

— ¡Ja, ja, ja! ¡Qué tonto es!

— ¡Mírale, si va a llorar...!

Hacerte daño les sale gratis y por eso les encanta. No es la primera vez que pasa y ya sabes qué sucederá a continuación. Aún así coges la lata y se la tiras fuerte. Él la atrapa en el aire con facilidad: ya es un genin, y tú apenas empezaste la Academia. Por mucho que lo intentes no lo conseguirás.

— Oh, gracias por devolvérmela — dice, burlón. Luego, al grupo:— ¿Lo veis? ¡Quiere que se la vuelva a tirar! —risas— ¡Sabe que se lo merece!

Añade:

— Nos toca a nosotros darle las lecciones —su sonrisa se curva de crueldad—, ya que sus padres no pueden hacerlo, ¿verdad?

La niña que hay a mi lado da un respingo cuando te lanzas hacia él. Me susurra: ¿estará bien? y yo le respondo que no lo creo. Que te veo débil y el chico te saca dos cuerpos. Pero hay algo animal en tu grito de guerra y algunos de tus puñetazos —que apenas sabes lanzar— pasan tan cerca de su cara que le borran la sonrisa. Eso es un problema. El genin se pone serio, y él sí sabe cómo luchar. Te atrapa por la muñeca con una mano y tira de tu brazo, te pone la zancadilla, te caes. Los niños rugen de diversión mientras su cabecilla recupera la sonrisa, y aunque aparenta seguridad, veo el alivio que hay en ella.

— Eh, chicos, ¿lo habéis visto? — Hace saltar la lata en la palma de su mano, con una voz burlona que significa: la has fastidiado—. ¡El monstruito intentó hacerme daño!

— ¡Es peligroso!

— ¡Está loco!

— ¡Hay que enseñarle a respetar!

Te aprieta el pie contra la espalda cuando te intentas levantar. Más risas. Te siguen llamando monstruo y me pregunto si hay alguna razón para ello. Si te miro no me pareces muy diferente a los demás: sólo algo más sucio y peor alimentado. Alguien te intenta pisar las manos. Tú le muerdes el tobillo como si fueses a comértelo.

— ¡Ay! ¡Pero qué haces, suéltame! — Intenta darte una patada pero le agarras las piernas y cae de culo al suelo. Los niños siguen riéndose, ahora también de él—. ¿Qué eres, un perro?

— ¡Lo es! — dicen algunos— ¡Claro que lo es!

— ¡Chucho! ¡Naruto, el chucho callejero!

— ¡Está lleno de pulgas!

De modo que ese es tu nombre: Naruto. Me sorprendo a mí mismo completándolo con la palabra Uzumaki. No te había visto antes pero ya había oído hablar de ti. Eres famoso en la aldea. Por muchas razones. Ninguna de ellas es buena.

— ¡Vamos a darle una paliza!

Ahora te llueven golpes por todas partes y la lástima que podría sentir al mirarte se desvanece antes de nacer cuando te levantas y se los devuelves. Yo me pregunto: ¿qué es lo que consigues con esto? Sólo te pegarán más fuerte. No tienes —vuelvo a pensarlo— una sola, maldita, oportunidad.

— ¡Vosotros... lo habéis querido! ¡Ahora os vais a enterar!

Son palabras vacías. Eres más pequeño y más delgado que ellos y además estás solo. Se me ocurre que no tendrías por qué estarlo. Podría ir y ayudarte. Podría hacerlo. Sería, incluso, lo correcto. Este pensamiento me molesta lo suficiente como para hacer que me revuelva sobre el banco de madera donde la niña y yo estamos sentados.

Por suerte ella me está hablando: decido prestar mucha atención a lo que está diciendo. Los pensamientos molestos pasan a un segundo plano. Eso está mejor.

— ¿Por qué lo hacen?— dice con esa vocecilla suya—. Naruto-kun no les ha hecho nada.

— No lo sé — miento— nunca vi algo así.

— Se meten con él siempre que pueden. Y los mayores hacen como que no lo ven.

— No lo sé — repito—, puede que les de igual.

Alguno grita: ¡dadle duro! y eso es lo que hacen. Los golpes comienzan a escucharse incluso desde aquí. Vuelvo a removerme en el asiento, no sé qué hacer, entonces noto algo en mi muslo. Es la mano de la chica, que me mira con toda la intensidad que puede reunir su mirada incolora.

— Jun-kun ֫— me dice—¿qué hacemos?

— Eso tendría que decírmelo usted —respondo tras una pausa—, Hinata-sama.

Esos son nuestros nombres y ambos preceden al mismo apellido: Hyūga, para el cual ella es una princesa y yo un completo desconocido. Eso significa que aunque compartamos clan, vivimos en mundos diferentes. Hinata pertenece a la rama principal, yo a la secundaria. En un futuro ella será una kunoichi y yo (si tengo suerte) seguiré siendo un criado, así que cuando herede a la familia, también me heredará a mí, como si fuese una silla o un florero.

Esta idea me estremece así que me digo: la vida es así, y la descarto con rapidez. Vuelvo mi atención a Hinata, que está en mitad de una frase (dice algo sobre que no sabe qué hacer) y de fondo todavía se escuchan las voces de los niños que pegan a Naruto.

— Debo hacer lo que me ordene —le digo, escogiendo las palabras con cierto cuidado—, pero la verdad es que no sé luchar.

— Oh — dice ella, como avergonzada—, es verdad.

— Si quiere puedo darles con la fregona —digo, pero mi broma no le hace gracia, así lo vuelvo a intentar:— Seguro que estará bien. Ese tal Naruto parece duro y de todos modos, tampoco le están dando tan fuerte.

Ella me mira con los ojos muy abiertos.

— Está sangrando — dice, a lo que respondo con un pequeño "oh". Pero me recompongo enseguida.

— Sólo es una herida de nada — replico, aunque lo cierto es que me lo estoy inventando—, y de todos modos, los abusones saben cuándo parar, no sea que les castiguen.

Pongo algo más de confianza en esta segunda frase. Hinata frunce el ceño.

— ¿Pero por qué no les castigan? — dice de una manera tan inocente que me enternece.

— Porque saben cuándo parar — respondo, poniéndome en pie—. Venga conmigo, si quiere, y se lo demostraré.

He tomado una decisión, así que echo a andar. Algo me dice que la jugada me va a salir mal (existe una alta probabilidad de que me partan la cara) pero ya se han dado cuenta de mi presencia. Si me diera la vuelta ahora, me moriría de vergüenza. Lo mejor será que ponga cara de tipo duro y finja que tengo todo controlado. Hinata camina un poco detrás de mí, apretando las manos sobre el pecho, observando.

Algunos de los niños se fijan en ella y les veo ponerse nerviosos cuando reconocen a la heredera del clan Hyūga.

— Hola — les digo con tranquilidad—. ¿A qué jugáis?

Recibo algunas miradas de enfado, pero la mayoría son de confusión. El círculo se rompe y en medio están Naruto y el cabecilla del grupo, quien se aleja de su presa con rapidez y mira a su alrededor con disimulo, pero sólo estamos Hinata y yo, así que se relaja.

— ¿Quién eres? — me pregunta, alisándose la camiseta.

— Jun — digo— Y ella se llama Hinata.

— No jugamos a nada— dice secamente. Entrecierra los ojos al mirar a Hinata—. Es mejor que os vayáis — dice tras una pausa. Sólo ha sonado vagamente amenazador, así que supongo que todavía me está midiendo.

— ¡Eso! — dice alguien—. Meteos en vuestros asuntos.

Yo alzo las cejas y señalo a Naruto.

— Entonces, si no jugáis — digo con voz como de idiota—, ¿es esto una, cómo se dice, paliza?

Alguien me llama "imbécil", pero el genin levanta la mano y le hace callar. Se acerca a mí. Me saca un par de cabezas. Debe de tener trece o catorce años. Yo acabo de cumplir los diez.

— Y a ti... qué... te importa — divide la frase en tres pausas que pronuncia con la voz del tipo duro que se cree que es. Yo le dedico una sonrisa bobalicona.

— Si alguien hace algo malo — canturreo— debo decírselo a mi clan.

— ¿Ah, sí?

Se acerca más a mí. Hinata retrocede; Naruto se pone en pie. Le han dado una buena pero parece estar bien.

— Sí — me encojo de hombros—. Es mi deber.

— Si lo haces, mi deber pasará a ser molerte a palos — dice él, ganándose alguna que otra risita, aunque la mayoría están preocupados. La perspectiva de meterse en líos no les hace ninguna gracia—. Lo que quiero decir es que te las verás conmigo.

Le dedico un parpadeo exagerado, lento.

— ¡Vaya! — digo, asombrado—. ¡Sí que debes de ser valiente!

— Lo soy, pero no por ponerte en tu sitio, ¡enclenque!

Más risas. Naruto mira al genin con intensidad y de pronto soy consciente de que está a punto de atacarle, así que le miro a los ojos y niego despacio con la cabeza. Creo que me entiende. El genin sigue mi mirada, frunce el ceño al mirar a Naruto, y la devuelve a mí.

— ¿Qué tramáis? — dice. Pero le ignoro.

— Está claro que eres fuerte — digo—, pero en mi clan hay muchos ninjas de élite. ¿Seguro que podrás con ellos?

— No sé qué tonterías hablas, pero me estás molestando.

Uno de sus compañeros le toca en el hombro.

— Oye, Isamu-kun, ¿y si le damos a él también?

— A lo mejor es mala idea — dice otro—, siendo un Hyūga y todo eso.

— ¡Tonto! ¡Isamu no le teme a nadie! — dice un tercero.

El genin, es decir el tal Isamu, escucha a sus compañeros. Luego me mira a los ojos y dice:

— ¿Ninjas de élite?

Se las arregla para no sonar demasiado preocupado. Pero sé que lo está.

— Bueno, si te metes con nosotros, te estás metiendo con Hinata-sama — digo despacio—, y si te metes con ella, te metes con el clan Hyūga, ¿me sigues?

— Es un farol — dice, nervioso.

— ¿Y si no? — dice otro—. Yo no quiero problemas con los Hyūga.

— Oh, los vais a tener — sonrío yo—. Pero si nos dejáis en paz, a lo mejor me olvido de esto.

Isamu me mira. Naruto también. El pobre parece completamente perdido, aún en medio del círculo, pero por fin a salvo.

— Naruto-kun — digo—. Venga, nos vamos.

Uno de los niños se adelanta.

— ¡No os vais a ninguna parte!

Pero Isamu tiene otras ideas, y lo aparta de un empujón.

— Ya está bien, idiotas. Esto no merece la pena.

Hay algo de revuelo pero acaban por hacerle caso. Naruto avanza entre ellos con mucho cuidado. Da la impresión de que vaya a derretirse si se acerca demasiado a uno de los niños. Supongo que es normal. Cuando llega a nuestro lado, Hinata dice su nombre y yo le saludo como si le conociese de algo.

— Genial — digo, mirando ahora al grupo—. Pues adiós, chicos. Pasadlo bien.

Dicho esto me marcho, pero Naruto sigue ahí quieto, pasmado, así que me acerco, le paso el brazo por los hombros y le susurro al oído:

— No seas tonto y sígueme.

— Está bien.

Juntos caminamos lejos de allí, de aquel parte, con las miradas de Isamu y compañía clavadas en nuestras nucas. Se acordarán de esto, claro, y aunque sé que Hinata estará a salvo —nadie es tan estúpido como para meterse con la rama principal de mi clan—, no podría decir lo mismo de mí. Lo más probable es que tenga que cubrirme las espaldas a partir de ahora. Qué novedad.

Nos alejamos un par de calles sin que ninguno de nosotros diga nada. Estamos en frente de la Academia cuando Naruto deja de andar. Me está mirando con mucha intensidad así que le pregunto qué le pasa.

— ¿Por qué? — pregunta, confuso. Sólo son dos palabras pero le entiendo igual.

— Ella me lo pidió — digo, señalando a Hinata—. Parece ser que tienes una amiga en el clan.

— No... yo...

Hinata no es la persona más elocuente del mundo. Se ha puesto roja y juguetea con sus dedos, medio oculta detrás de mí, así que me aparto para que puedan verse bien. La cara de Naruto hace una expresión extraña y duda un par de veces antes de decir:

— Gracias.

Y entonces ella balbucea:

— De nada.

Me dan ganas de aplaudirles por el esfuerzo realizado, pero me contengo. Hay un silencio incómodo mientras a nuestro alrededor pasean los demás aldeanos. Deben de ser las seis de la tarde y el cielo comienza a enrojecer sobre los tejados.

— Hinata-sama — ella se sobresalta por alguna razón y nos miramos—, es hora de volver a casa.

Asiente, pero no dice nada. A veces siento que le saco las palabras con cuchara. Pero cuando echo a andar me sigue, así que supongo que me vale.

No he dado tres pasos y tengo que detenerme. Hinata choca contra mi espalda y se aleja de un saltito cuando nos tocamos. Me mira como preguntándome, yo le digo que espere un momento, y me giro hacia Naruto. Hay algo que tengo que no me puedo quitar de la cabeza. Tengo que preguntarle por qué...

— ¿Por qué seguías peleándote con ellos? — le suelto con más brusquedad de lo esperado— Podrías haber huido, o haberte aguantado un poco. No te habrían hecho tanto daño.

Él me mira como si no entendiera.

— Les pegué porque me pegaron.

— Y por eso te metiste en problemas. No se habrían enfadado tanto si...

— Dije que les daría una paliza — Naruto me interrumpe de pronto—. Les dije que lo haría.

— ¿Tú contra todos ellos? — Por alguna razón me siento bastante molesto—. Ni siquiera eres un genin, ¿cómo ibas a hacerlo?

Hinata tira de mi manga y sé que quiere que le deje en paz, pero hay algo en todo esto que... me está sacando de mis casillas, aunque no sé el qué, y tengo que aguantarme para no soltar un gran suspiro.

— Mira, ten más cuidado la próxima vez — me limito a decir—. No siempre habrá alguien para ayudarte.

Parece que va a decirme algo. No tengo ganas de escucharle de modo que me voy sin despedirme (Hinata le hace un breve gesto con la mano que no creo que Naruto haya notado) y pongo rumbo al distrito Hyūga con paso firme, esquivando transeúntes y ninjas y perros callejeros, todos mezclándose alegremente entre esta fría brisa de invierno.

Por el camino mumuro para mí mismo:

— Que les daría una paliza. Menudo idiota.

Y creo que Hinata me ha oído, pero las grandes puertas del barrio noble ya se alzan ante nosotros, y los guardias nos han reconocido, se acercan a nosotros. Son dos ninjas de élite con perfectos ojos blancos y kimonos del mismo color.

— Bienvenida a casa, Hinata-sama — dicen casi a la vez.

— Permítame que la acompañe a casa — dice uno de ellos.

El otro abre la puerta y Hinata se despide con un tímido gesto de la mano que no le devuelvo. Me metería en problemas. La veo desaparecer en la distancia con el guardia; el otro vuelve a la puerta, se pone firme, y ahí se acaba la cosa. Al igual que su compañero, se esfuerza en no mirarme un solo momento.

Espero unos diez o quince segundos antes de recorrer el mismo camino por el que se ha marchado ella. Las puertas de madera se cierran a mis espaldas y sigo mi camino en silencio. Por fuera de la casa donde vivo saludo a un guardia que mira al infinito, hago una reverencia a la ama de llaves, y para cuando llego al cuarto donde dormimos los criados, nadie me ha dedicado una palabra.