¡Hola!
Aquí AndyRiddle con una nueva historia. Pero esta vez me he alejado de los oneshots románticos graciosos yaoi para dar a luz a este proyecto que he tenido en mente más serio.
¿Qué hubiera pasado si Harry reencarna en el gran Poniente?
Sé que ha habido muchos fics, de los que me he basado de algunos, que hacen esta perspectiva pero la mayoría con Harry como Jon Snow o como un nuevo integrante de la casa Stark o Targaryen.
Yo en cambio, me he planteado en hacerlo reencarnar en uno de mis personajes favoritos: Robb Stark.
En esta historia, Harry no es el típico slytherin o mago superpoderoso. Nop. Será más o menos el gryffindor de la saga original –aunque también demostrará sus venas slytherin y ravenclaw-, con el adhesivo de que podrá usar poca magia -se irá más por la espada-, solo que un tanto más preparado por la guerra contra el señor Oscuro y dispuesto a dar lo que sea por los suyos.
Además hay otros personajes del universo de Harry Potter que van a reencarnar en el mundo de Poniente, haciendo que algunos personajes tengan cambios drásticos en apariencia o personalidad.
También les aviso que si tienen opiniones o sugerencias, además que si quieren elegir una pareja para Robb/Harry -nada de harem-, pueden enviarme un review.
Disclaimer: Harry Potter ni ASIOF me pertenecen, yo solo me divierto con ellos creando un mejor mundo en mi opinión.
El Joven Lobo del Norte.
Capitulo uno:
Renacer.
Harold James Potter se tambaleó, sintiendo la sangre hervirle. Se sentía adolorido, presa de un sufrimiento insoportable, mientras apretaba la varita en su mano derecha.
Intentó levantarse de tierra, pero sus brazos le parecían de gelatina.
"Muévete" se dio ánimos, intentando levantarse "Muévete, maldición''.
Volvió a caer en tierra.
Sin saber exactamente porqué, recordó el día que recibió la carta de Hogwarts.
Su vida había sido una total mierda hasta aquel día. De molestado por sus tíos y por su obeso primo, siendo visto como un fenómeno por los del vecindario, había entrado en un mundo antes desconocido para él.
Antes de darse cuenta, se sumergió ante esa nueva puerta. Conoció a grandes amigos, pero también se topó con la cara negativa de dicho mundo: Lord Voldemort, responsable de la muerte de sus padres, y sus mortífagos detrás de sus talones, buscando cada oportunidad para querer matarlo puesto que era él elegido para su descenso por una profecía.
Cada año, Voldemort intentaba matarlo y cada año Harry se las arreglaba para vencerlo.
Estaba claro, en su propia opinión, que él siempre iba a poder detenerle, sin importar lo que pasase.
Aun pese a la muerte de su padrino Sirius, de su tío Remus y Tonks, y la de Dumbledore, siempre creyó que finalmente lo iba a parar, ponerle fin a tantas muertes derramadas por la crueldad de un bastardo que propugnaba la pureza de la sangre siendo un mestizo.
Y sí, lo hizo.
Lo había logrado derrotar.
Pero a un precio bastante alto.
Hermione había muerto, torturada por Bellatrix Lestrange; Ron había tenido un enfrentamiento contra un gran número de mortífagos durante la batalla final y se había terminado sacrificando haciendo un bombarda máxima, eliminando a la mayoría de ellos; Neville, el tímido y avergonzado Neville, se había batido en duelo con Bellatrix y Rudolphus Lestrange a muerte, dando como resultado su muerte pero también la de sus adversarios; y Luna y Ginny fueron asesinadas por Antonin Doholov.
Sus amigos, sus hermanos.
Eso, sin contar a todas las demás pérdidas del bando de la Luz.
Él por su parte se había enfrentado en los campos de Hogwarts contra el Señor Oscuro, ambos impulsados por la ira, por las ganas de matar al otro, por el deseo de salir victorioso sobre el contrario.
Al final todo se decantó por Harry, logrando matar al Innombrable de una vez por todas. Pero había quedado herido, al recibir un sanguinolenta de lleno.
''Muévete… Harry Potter'' gruñó, intentando levantarse.
Volvió a caer, tosiendo sangre, siendo presa de unas convulsiones.
Sabía que iba a morir, lo sentía, pero se negaba.
No, no podía morir, no en ese momento.
Había llegado tan lejos… Tan lejos.
¿Por qué?
¿Por qué le pasaba esto?
Sintió como se le nublaba la vista, y todo iniciaba a darle vueltas.
El dolor, en su punto más alto, inició a bajar y, en su lugar, un frío inició a escalar sus miembros.
-N…o -habló con voz entrecortada, con las pocas fuerzas que tenía.
¿Por qué?
Echó una última mirada al cielo, nuboso, antes de que todo se hiciese oscuro.
''Solo…'' se dijo, mientras el frío escalaba ahora por su tórax.
Solo si pudiese tener otra oportunidad, hubiera querido decir pero ya era muy tarde. Harold ''Harry'' James Potter, hijo de James y Lily Potter, a diecisiete años de edad, había muerto.
O eso es lo que parecía.
Castillo de Aguasdulces, Tierra de los Ríos.
(Año 283)
Catelyn observó con ternura el rostro de la pequeña criatura que mamaba incesantemente de su pecho. Era bastante bello en su opinión.
''Y mío'' se dijo, ''solo mío''.
Su vida de casada no se podía decir que había sido la mejor.
Había estado destinada en un principio a casarse con Brandon Stark, futuro heredero de la Casa Stark del Norte.
Brandon era un buen hombre. Cortés, agradable y demás.
Lamentablemente cuando Rhaegar Targaryen había capturado a la joven Lyanna, hermana menor de su prometido, Brandon y Lord Rickard Stark fueron a Desembarco del Rey a exigir a su alteza el rey Aerys la devolución de la joven, el rey había tenido la brillante idea de ejecutarlos.
Eso había creado como consecuencia, que el Norte y muchas casas sureñas se rebelasen contra el gobierno.
Por dicha razón, Eddard Stark, hermano mediano del fallecido Bran, se había desposado con ella para ocupar el lugar de Brandon, según mandaba la costumbre.
No obstante, no pudo disfrutar mucho de él, solo unas escasas noches de luna miel, porque el Stark partió junto a sus tropas y Robert Baratheon para rescatar a la joven Lyanna.
La guerra duró más de un año, un año bastante largo, en el cual el dominio Targaryen cayó y se alzó una nueva dinastía en manos de los Baratheon.
Pero lo más importante, por lo menos para ella, es que había parido un pequeño niño. Su pequeño lobezno.
Un niño con el cabello negro de los Stark pero con los ojos verdes, característica recesiva de los Tully.
-Felicidades, Mi Señora -dijo el maestre Luwin, mientras se acercaba a ella, con una sonrisa.
Era un hombre menudo y gris. Tenía unos ojos grises y perspicaces que veían muchas cosas. El cabello, el poco que le quedaba a su edad, también era gris. Vestía una túnica de lana gris ribeteada de piel blanca, los colores de los Stark.
Era el maestre de los Stark, y, durante ese año, un buen confidente y la persona encargada de ayudarla con el parto.
-Gracias, Maestre Luwin –Dijo ella, mirando por unos segundos al hombre antes de volver su vista al bebé.
-¿Cómo planea llamarle?
Ella pareció pensar.
¿Qué nombre ponerle a su retoño?
Podía llamarlo Hoster o Edmure, como su señor Padre o su señor Tío, pero dudaba que a su señor esposo le gustase ponerle a un Stark un nombre de Tully.
Finalmente encontró un nombre, uno que había escuchado de un cuento de Luwin.
Era un nombre que perteneció al fundador de la casa Stark, cuando todavía el norte era un reino independiente. El primer Rey del Norte.
-Robb -Lady Catelyn Tully de Stark miró al maestre- Robb de la Casa Stark.
Miró aquellos ojos verdes nuevamente de su hijo, de su Robb, y sonrió.
Era un buen nombre. Uno bastante bueno para su primogénito.
Si hubiera sabido lo profético del nombre que acababa de poner sobre los hombros de aquel niño para el futuro, entonces lo hubiera pensado mejor.
Norte de Poniente
(Año 299)
El día había amanecido fresco y despejado, con un frío vivificante que señalaba el final del verano. Se pusieron en marcha con la aurora para ver la decapitación de un hombre.
Robb miró el cielo, pensativo, antes de volver su vista a sus compañeros.
Eran un grupo de veinte personas. Entre ellos, su hermano menor, Bran.
Era la primera vez que le consideraban suficientemente mayor para acompañar a su padre y a sus hermanos a presenciar la justicia del rey, y Robb entendía el nerviosismo de su hermano menor.
Vieron atado de pies y manos al muro del fortín, esperando la justicia del rey. El hombre era viejo y huesudo, poco más alto que él
Había perdido en alguna helada las dos orejas y un dedo, y vestía todo de negro, como un hermano de la Guardia de la Noche, aunque las pieles que llevaba estaban sucias y hechas jirones.
El aliento del hombre y el caballo se entremezclaban en nubes de vapor en la fría mañana cuando su señor padre hizo que cortaran las ligaduras que ataban al hombre al muro y lo arrastraran ante él.
Robb y Jon permanecieron montados, muy quietos y erguidos, mientras Bran, a lomos de su pony, intentaba aparentar que tenía más de siete años y que no era la primera vez que veía algo así.
Jon y él intercambiaron miradas, en silencio. Momentos después, Jon espoleó su caballo hacia dirección a Bran.
Una brisa ligera sopló por la puerta del fortín.
En lo alto ondeaba el estandarte de los Stark de Invernalia: un lobo huargo corriendo sobre un campo color blanco hielo.
Su Padre se erguía solemne a lomos de su caballo, con el largo pelo agitado por el viento. Llevaba la barba muy corta, salpicada de canas, que le hacían parecer más viejo de los treinta y cinco años que tenía. Aquel día tenía una expresión adusta y no se parecía en nada al hombre que por las noches se sentaba junto al fuego y hablaba con voz suave de la edad de los héroes y los niños del bosque.
Se podría decir que se había quitado la cara de padre y se había puesto la de Lord Stark de Invernalia.
En aquella mañana fría hubo preguntas y respuestas, para ver si el acusado tenía alguna información que pudiera ser relevante.
Al final, su señor padre dio una orden, y dos de los guardias arrastraron al hombre harapiento hasta un tocón de tamarindo en el centro de la plaza.
Lo obligaron a apoyar la cabeza en la dura madera negra.
Lord Stark desmontó y Theon Greyjoy, su pupilo, le llevó la espada.
Se llamaba Hielo.
Era tan ancha como la mano de un hombre y en posición vertical era incluso más alta que Robb. La hoja era de acero valyriano, forjada con encantamientos y negra como el humo. Nada tenía un filo comparable al acero valyriano.
Su padre se quitó los guantes y se los tendió a Jory Cassel, el capitán de la guardia de su casa.
Blandió a Hielo con ambas manos.
-En nombre de Robert de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; y por orden de Eddard de la Casa Stark, señor de Invernalia y Guardián del Norte, te sentencio a muerte.
Alzó el espadón por encima de su cabeza.
-Mantén controlado al pony -escuchó que Jon le decía a Bran- Y no apartes la mirada. Padre se dará cuenta si lo haces
Su padre le cortó la cabeza al hombre de un golpe, firme y seguro. La sangre, roja como el vino veraniego, salpicó la nieve. Uno de los caballos se encabritó y hubo que sujetarlo por las riendas para evitar que escapara al galope.
Robb no apartó la vista de la sangre.
La nieve que rodeaba el tocón la bebió con avidez y se tornó roja ante sus ojos.
La cabeza rebotó contra una raíz gruesa y siguió rodando. Fue a detenerse cerca de los pies de Greyjoy.
Theon era un joven de unos diecisiete años, flaco y de cabellos rojizos.
El Greyjoy miró la cabeza a los ojos antes de darle una patada, alejándola de él, murmurando algo extraño.
-Imbécil -murmuró Jon, en voz lo suficientemente baja para que Greyjoy no oyera el comentario.
Robb negó con la cabeza, suspirando.
Theon y Jon nunca se habían llevado bien, aunque Robb y el Greyjoy eran amigos.
Espoleó al caballo en dirección a Bran y a Jon.
Vió como Jon puso una mano en el hombro de Bran, que alzó la vista hacia su hermano bastardo, y le dijo con solemnidad:
-Lo has hecho muy bien.
-Cada día te vuelves más maternal, Snow -le dijo Robb, en el camino de regreso a Invernalia.
Jon lo miró con una ceja alzada a su medio hermano, más divertido que ofendido. Siempre se llevaban de esa manera, discutiendo, pero en el fondo eran inseparables.
-Y tú cada día te vuelves más idiota, Stark- repuso el aludido- esperemos que no seas cobarde como el desertor, eso sí sería para morirse.
-El desertor murió como un valiente -dijo Robb, burlándose.
-No -dijo Jon Nieve con voz tranquila- Eso no era coraje. Estaba muerto de miedo. Se le veía en los ojos, Stark.
Los ojos de Jon eran de un gris tan oscuro que casi parecían negros, y se fijaban en todo. Tenía más o menos la edad de Robb, pero no se parecían en nada excepto en el cabello negro (aunque Robb tenía mechas rojizas en el pelo). Jon era esbelto y Robb musculoso, era ágil y ligero mientras que su medio hermano era fuerte y rápido.
-Que los Otros se lleven sus ojos -maldijo- Murió como un hombre. ¿Una carrera hasta el puente?
-De acuerdo -asintió Jon espoleando su montura.
Robb soltó una maldición y salió disparado tras él, y galoparon juntos sendero abajo.
Iba riendo y provocándolo, y Jon galopaba silencioso y concentrado. Los cascos de sus caballos levantaban nubes de nieve en carrera.
Robb debía admitir que se sentía bastante bien, por lo menos en este nuevo mundo.
Lo último que recordaba era estar herido, agonizante, en un prado antes de que todo se pusiera negro y en un abrir cerrar de ojos, había vuelto a aparecer al mundo en forma de un bebé.
Todo se había borrado de su mente. Todos los combates, todas las lágrimas, toda la tristeza, todo el sufrimiento. Incluso su nombre de antes se le había olvidado, y el de sus amigos del otro mundo. Solo recordaba cosas vagas sobre las apariencias de los que conoció en el otro mundo.
Ahora tenía dos señores Padres, cuatro hermanos y un medio hermano así como un mejor amigo en la forma de Theon.
-Eah, ¿Por qué te detienes? -preguntó cuándo vió que Jon se detenía en el camino y se bajaba de la montura. Robb detuvo su caballo y se desmontó.
Lo vió arrodillarse frente a un montículo blanco, y repitió la misma operación que Jon.
Era una loba muerta.
Robb se hundió hasta las rodillas en la nieve, echándose la capucha hacia atrás y el sol le arrancaba reflejos del pelo. Acunó algo en el brazo, y empezó a hablar en susurros emocionados con su hermano.
Los jinetes avanzaron con cautela entre los ventisqueros, siempre buscando los puntos firmes en aquel terreno oculto y desigual. Jory Cassel y Theon fueron los primeros en llegar junto a los chicos.
Theon estaba discutiendo con Jory mientras cabalgaba. Robb le vió hacer una exclamación ahogada cuando vio el cadáver de la loba huarga.
-¡Dioses! -se le escapó a Theon, mientras trataba de controlar a su caballo y al mismo tiempo desenvainar la espada.
-¡Aléjate de eso, Robb! -gritó Jory, que ya la había empuñado, con la montura encabritada.
-No te hará daño, Jory -dijo él con una sonrisa mientras alzaba la vista del bulto que llevaba en brazos- Está muerta.
-Es un monstruo -Dijo el Greyjoy.
Sintió el cálido cuerpecito del cachorro contra su brazo.
-No es ningún monstruo -dijo Jon con calma- Es una loba huargo. Son mucho más grandes que los otros lobos, Greyjoy.
-Hace doscientos años que no se ve un lobo huargo al sur del Muro -dijo Theon.
-Pues ahora estoy viendo uno -replicó Jon.
Bran, por su parte, advirtió el bulto en brazos de Robb.
Dejó escapar un grito de emoción y se acercó. El cachorro no era más que una bolita de pelaje gris negruzco, todavía no había abierto los ojos. Hociqueaba a ciegas contra el pecho de Robb, buscando leche entre los pliegues de cuero de sus ropas, sin dejar de gimotear.
Bran extendió la mano, titubeante.
-Vamos -le dijo- Tócalo, no pasa nada.
Bran hizo una caricia rápida y nerviosa al cachorro, y se volvió al oír la voz de Jon.
-Toma- Su medio hermano le puso un segundo cachorro en los brazos- Hay cinco.
Bran se sentó en la nieve y apretó al cachorro contra el rostro. Tenía un pelaje suave y cálido que le acariciaba la mejilla.
-Lobos huargos en el reino, después de tantos años -murmuró Mullen, el caballerizo Mayor- Esto no me gusta.
-Es una señal -dijo Jory.
-No es más que un animal muerto, Jory -dijo Eddard con el ceño fruncido.
Parecía preocupado. La nieve crujió bajo sus botas cuando caminó en torno al cuerpo.
-¿Qué la mató?
-Tiene algo en la garganta -Señaló Robb, orgulloso de haber dado con la respuesta aunantes de que su padre formulara la pregunta- Ahí, justo debajo de la mandíbula.
Su padre se arrodilló y palpó bajo la cabeza de la bestia. Dio un tirón, y alzó el objeto para que los demás lo vieran. Era un fragmento de dos palmos de asta de venado, ya sin puntas, empapado en sangre.
Se hizo un silencio repentino en el grupo. Los hombres contemplaron el asta, intranquilos, y ninguno se atrevió a decir nada.
-Es increíble que viviera lo suficiente para parir -dijo su padre mientras tiraba a un lado elasta y se limpiaba las manos en la nieve.
Su voz rompió el hechizo.
-Quizá no vivió tanto -dijo Jory- Se dice... A lo mejor ya estaba muerta cuando nacieron los cachorros.
-Nacidos de la muerte -intervino otro hombre- Peor suerte aún.
-No importa -dijo Hullen- Pronto estarán muertos ellos también.
Bran dejó escapar un grito de consternación.
-Cuanto antes mejor -asintió Theon Greyjoy, con voz calma, y desenvainó la espada- Trae aquí a esa bestia, Bran.
-¡No! -exclamó Bran con ferocidad. El animalito se había apretado contra él como si pudiera oír y comprender- ¡Es mío!
-Aparta esa espada, Theon -dijo Robb y, por un momento, su voz sonó tan imperiosa como la de su padre, como la del señor que sería algún día- Nos vamos a quedar con los cachorros.
-Es imposible, chico -dijo Harwin, que era hijo de Hullen.
-Les haremos un favor matándolos -dijo Hullen.
Robb alzó la vista hacia su padre, pero sólo encontró un ceño fruncido.
-Lo que dice Hullen es verdad, hijo. Es mejor una muerte rápida que agonizar de frío y hambre.
-La perra de Ser Rodrik parió otra vez la semana pasada -dijo, testarudo- Fue una camada pequeña, sólo vivieron dos cachorros. Tendrá leche de sobra.
-Los matará en cuanto intenten mamar.
-Lord Stark -intervino Jon.
Resultaba extraño que se dirigiera a su padre de manera tan formal, pensó. Robb le miró.
-Hay cinco cachorros -siguió- Tres machos y dos hembras.
-¿Y qué, Jon?
-Tenéis cinco hijos legítimos. Tres chicos y dos chicas. El lobo huargo es el emblema de vuestra Casa. Estos cachorros están destinados a vuestros hijos, mi señor.
Robb vio cómo cambiaba la expresión de su padre, vio las miradas que intercambiaban el resto de los hombres.
En aquel momento se odió todo su corazón por su testarudez cuando comprendió qué había hecho su hermano.
Las cuentas cuadraban sólo porque Jon se había excluido. Había incluido a las niñas, incluso a Rickon, que era sólo un bebé, pero no al bastardo que llevaba el apellido Snow que, según dictaba la costumbre, debían tener en el norte todos los desafortunados que nacían sin apellido propio.
-¿No quieres un cachorro para ti, Jon? —preguntó con voz amable su padre, que también lo había comprendido.
-Jon… -intentó decir Robb.
-El lobo huargo ondea en el estandarte de la Casa Stark -señaló Jon- Yo no soy un Stark, Padre.
Su señor padre miró a Jon, pensativo.
-Yo alimentaré al mío en persona, padre -prometió Bran- Empaparé un trapo en leche caliente para que la chupe.
Robb asintió, un tanto disconforme todavía.
-Resulta fácil de decir, pero veréis que hacerlo no lo es tanto -dijo el padre después de estudiar larga y atentamente a sus hijos- No permitiré que los criados pierdan el tiempo con esto. Si queréis a esos cachorros, los tendréis que alimentar vosotros. ¿Entendido?
El cachorro se le retorcía entre los brazos y le lamía el rostro con una lengua cálida
-También tendréis que educarlos -siguió su progenitor- Es imprescindible que los entrenéis. El encargado de los perros no querrá saber nada de estos monstruos, os lo aseguro. Y que los dioses os ayuden si los descuidáis, si los tratáis mal o si no los entrenáis. No son perros, no os harán trucos para conseguir comida, ni se marcharán si les dais una patada. Un lobo huargo es capaz de arrancarle el brazo a un hombre tan fácilmente como un perro mata una rata. ¿Seguro que queréis esa responsabilidad?
-Sí, padre -dijo Bran.
-Sí -asintió Robb.
-Y pese a todo lo que hagáis, los cachorros quizá mueran.
-No se morirán -dijo Robb- No lo permitiremos.
-Entonces, os los podéis quedar. Jory, Desmond, recoged el resto de los cachorros. Ya es hora de que volvamos a Invernalia.
Sólo cuando estuvieron de nuevo a caballo y en marcha, Robb se permitió saborear del agridulce sabor de la victoria. Llevaba al cachorro entre los pliegues de las prendas de cuero para darle calor y protegerlo en la larga cabalgada de vuelta a casa. Se preguntaba qué nombre le iba a poner.
En mitad del puente, Jon se detuvo de pronto.
-¿Qué pasa, Jon? -preguntó su señor padre.
-¿No lo oís?
Robb oía el viento entre los árboles, el sonido de los cascos de los caballos contra los tablones de tamarindo, y los gemidos de su cachorro hambriento, pero Jon parecía percibir algo más.
-Ya lo tengo -añadió Jon.
Hizo girar al caballo y galopó de vuelta por el puente. Lo vieron desmontar en la nieve junto a la loba muerta y cómo se arrodillaba. Un momento después regresó cabalgando hacia ellos. Sonreía.
-Éste se debió de alejar de los demás -dijo.
-O lo echaron -replicó su padre, con los ojos clavados en el sexto cachorro.
Tenía el pelaje blanco, mientras que el resto de los cachorros de la carnada eran grises. Los ojos eran tan rojos como la sangre del hombre harapiento que había muerto aquella mañana. Le pareció muy extraño que ya los tuviera abiertos, mientras que los demás aún seguían ciegos.
-Déjalo, Jon -dijo Theon Greyjoy- morirá antes incluso que los demás.
-No, Greyjoy -dijo Jon lanzando una mirada gélida al pupilo de su padre- Éste es mío.
Robb observó los ojos rojizos del perro y sintió que un escalofrío subía por su columna vertebral sin saber por qué exactamente.
No dijo nada hasta que volvieron al camino.
Jon y Robb se habían quedado atrás, cabalgando de últimos.
-Oye.
Jon le miró con una ceja alzada.
-¿Pasa algo, Stark? -Jon le vió, esperando un comentario sarcástico o venenoso.
Robb le vió.
-Solo quiero agradecerte por lo que hiciste para convencer a Padre, Snow. Y decirte que… -Las palabras le pesaban un poco, quizá porque nunca había dicho algo como eso- sin importar que, sigues siendo mi hermano.
Jon le miró sorprendido, antes de que su rostro se tiñera de rojo.
-No agradezcas nada, Stark -le dijo el bastardo- solo hice lo que debía. La familia se mantiene unida. Más cuando se acerca el invierno.
Robb asintió.
Más tarde, en un tiempo, se daría cuenta de lo cierto que eran sus palabras.
