Disclaimer: Black Clover y sus personajes pertenecen a Yūki Tabata.
-Sin compromiso-
Capítulo 1. Resaca
En el Reino del Trébol era muy normal que se celebraran distintos eventos o fiestas que reunían a todos los escuadrones –capitanes incluidos–, al pueblo e, incluso, al mismísimo Rey Mago.
A la Capitana de las Rosas Azules no le molestaba demasiado tener que acudir a ese tipo de acontecimientos, pues así podía distraerse un poco de la presión constante de llevar el liderazgo de su escuadrón, podía vestirse más informalmente, podía soltarse el pelo –algo que le encantaba, pero que no podía hacer a menudo pues no era muy práctico para el campo de batalla– y, lo más importante de todo: podía verlo. A él. Al hombre que la había liberado de la maldición que la perseguía y de la que pensó que nunca escaparía. A Yami Sukehiro.
El Capitán de los Toros Negros no era alguien que cayera en estima de mucha gente, tampoco es que tuviera gran aprecio por sus colegas capitanes –al menos, eso aparentaba–, era tosco, demasiado musculado, grosero y siempre llevaba aquel asqueroso cigarrillo entre sus labios. Y Charlotte mataría por que cualquier parte de su cuerpo sustituyera al cigarro, aunque fuera durante unas milésimas de segundo.
Nunca se lo reconocería, pero, si había sido capaz de romper la maldición, había sido capaz de robar su corazón. Y era altamente probable que de eso solo fuese consciente ella. Pero no tenía caso sacarlo a la luz. Ella era muy consciente de que Yami no sentiría nada por ella, de que se burlaría si se lo contaba y no estaba preparada para algo así. Además, eso destrozaría la reputación que llevaba construyendo durante años: ella, Charlotte Roselei, la Capitana de las Rosas Azules, era quien más odiaba a los hombres. La ecuación era simple; si ella odiaba a los hombres, era imposible que Yami Sukehiro, el más viril de todos los capitanes, no le produjese otra cosa que no fuera repugnancia. Y, en realidad, era todo lo contrario.
Muchas habían sido las noches en las que ella se había imaginado o había soñado con el peso del cuerpo del hombre contra el suyo, con sus toscas y grandes manos acariciando su cuerpo desnudo, soltándole el pelo, llevándola a la cúspide del placer. Pero sabía perfectamente que no pasaría de eso; sueños, deseos e imaginaciones que nunca se cumplirían.
Charlotte suspiró y se miró en el espejo de su habitación. Estaba preparada para ir hacia el festival. Su pelo caía sobre sus hombros como una cascada, como si fuera un manto de oro que le cubría parte de su espalda, enmarcando también su delicado rostro. Había elegido un vestido verde claro, largo, sencillo, con mangas también largas para protegerse del frío y con un corte en la parte del pecho en forma cuadrada que ponía de manifiesto sus abundantes atributos. Se preguntó si él pensaría que le quedaba bien. Se sonrojó, movió la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación y suspiró. Se pasó la mano por el cabello de nuevo y salió de la habitación para acompañar al resto de su escuadrón y dirigirse hacia la ciudad.
Cuando llegaron, casi todos los escuadrones se encontraban allí. A lo lejos, pudo observarlo. Debido a su altura sobresalía entre todos los demás miembros de los Toros Negros. Su atuendo era el de siempre: la camiseta de tirantes blanca, los pantalones de siempre, en los que llevaba su grimorio, el manto rasgado del escuadrón posado en uno de los hombros y el maldito cigarrillo entre los labios. Según su percepción, no podía ser más perfecto. Porque era cierto que no tenía una belleza usual o la tradicional que dictaban los cánones de belleza. No era delicado, gentil, suave, no. Era salvaje, exótico, viril y dominante. Y eso solo hacía que Charlotte pusiera su mente e imaginación a volar, pensando en cómo sería tenerlo enredado entre sus piernas. Volvió a negar con la cabeza. Ciertamente, no era el momento adecuado para eso.
Las horas fueron pasando y, con el transcurso del tiempo, la decadencia llegó. La mayoría de los hombres estaban completamente borrachos, tirados en el suelo o encima de las mesas en donde habían estado bebiendo sin control.
Charlotte se había alejado de Sol un momento para mirar algo en un puesto y la había perdido y ahora vagaba entre los borrachos sin rumbo, buscando a alguien de su escuadrón, pero parecía que todas se habían ido, estaban también bebiendo e inhabilitadas o se estaban divirtiendo con alguien más. Entró en una taberna en la que el estado de la clientela no era mucho mejor. Solo había una mesa en la que todos los que estaban reunidos se encontraban todavía conscientes y sentados. Allí estaban algunos de los capitanes de los escuadrones: Jack, Mereoleona, Nozel –que parecía mucho más relajado por los efectos del alcohol– y, finalmente, Yami. Los miró de pasada, rogando que ninguno la hubiese llegado a ver y se dirigió hacia la puerta. Pero, justo cuando iba a salir de la taberna, sintió una gran mano agarrando su brazo. Ante el calloso contacto, se estremeció porque sabía bien de quien se trataba. Se dio la vuelta y lo miró a los ojos.
–Ey, Charlotte, ¿te vas tan pronto? –le dijo él mirándola directamente, con tono pícaro y con una sonrisa en los labios, aunque esta no impedía que el cigarrillo siguiese allí, en su boca, como si estuviera pegado.
–Yo… –titubeó ella de primeras, luego se aclaró la garganta, creando su habitual máscara de frialdad–. Estoy buscando a alguien de mi escuadrón, he perdido a todos de vista y estoy cansada. Así que sí, me voy.
Yami tiró de ella un poco, para ponerla de frente, y se rio con fuerza. Deslizó la mano por su brazo, subiendo lentamente hasta toparse con su pelo suelto y empezó a acariciarlo. Se notaba que estaba algo borracho, aunque no demasiado. Ella, con la cara roja por la incredulidad y el bochorno, intentó darse la vuelta de nuevo y escapar de allí, pero él volvió a sujetarla para impedírselo.
–Vamos, no seas aburrida. Todos están allí –dijo señalando a la mesa donde sus colegas se reunían–. Bueno, casi todos –rectificó–, incluso Mayoraleona está –dijo, aludiendo a la mayor de los Vermillion–. Por cierto, hoy estás preciosa –ante tales palabras, Charlotte no pudo hacer más que sonrojarse profundamente.
Charlotte se quedó mirando hacia la mesa, donde todos la saludaban y le pedían que los acompañara. Miró a Yami y asintió con decisión. No pasaría nada por un poco de entretenimiento y diversión, pensó en ese momento. Lo que no sabía era que las cosas derivarían en algo que ella nunca había imaginado.
Se sentó con ellos y vio que Yami los acompañaba también. Todos se veían realmente afectados, incluso Mereoleona, quien estaba bastante habituada al alcohol. Charlotte supuso que debía haber bebido más que demasiado para llegar a ese estado. Todos gritaron eufóricamente cuando ella se unió y pronto comenzaron algunas de las típicas charlas de borrachos sobre quién era el más fuerte de todos y sobre cuál era el mejor escuadrón. Charlotte suspiró aburrida. Le entraron ganas de tomar aunque fuera una cerveza para compartir la alegría de sus compañeros, pero sabía que, con un solo sorbo, se desmayaría sobre la mesa. Su vista fue hacia Yami por un segundo y se encontró con él mirándola fijamente. Y, cuando él se dio cuenta, en lugar de apartar la mirada avergonzado por haber sido cazado observándola como cualquiera haría, su cara compuso una sonrisa maquiavélica.
–Sois imbéciles. Todos sabemos que el mejor capitán soy yo –gritó Yami dando un sonoro golpe en la mesa con el puño, sin dejar en ningún momento de mirarla a los ojos, dado que ella estaba justo enfrente de él–. ¿Algo que objetar, Capitana de las Rosas Azules? –le preguntó con una sonrisa perversa.
El corazón de la mujer rubia se puso a palpitar a un ritmo absurdo, como si se fuera a salir de su pecho. Todos la miraban con expectación, preguntándose qué le soltaría. Y ella no les defraudaría. Con la máscara de frialdad y apatía firmemente apretada sobre su rostro, comenzó a hablar.
–En principio, no –dijo pausadamente–. Pero, claro, siendo un patético hombre no creo que seas más fuerte que las mujeres que estamos aquí –finalizó ella, retándolo, sin apartar sus ojos de su vista y con una sonrisa burlona adornando su cara.
Todos se quedaron en silencio y Yami comenzó a reír estrepitosamente. Esa era la respuesta que esperaba. Se sacó el cigarrillo de la boca y Charlotte vio como pasó la lengua por sus labios para humedecérselos, siempre mirándola directamente. Ella, una vez más, se estremeció.
–Vamos, bebe algo. No seas aburrida –volvió a repetirle el Capitán de los Toros Negros y le pasó una jarra repleta de cerveza.
Ella se quedó mirando el líquido, sin atreverse realmente a beber, sabiendo las consecuencias que eso le traería. Pero todos la miraban con expectación y, como deseaba con todas sus fuerzas seguirle el juego a Yami para comprobar si podía ver algo más en sus ojos que el aburrimiento y la burla que siempre le acompañaban, tomó un pequeño sorbo. Esperó unos segundos y, al comprobar que nada le sucedía, siguió bebiendo. Y su mirada azul seguía anclada en la tormenta negra de los ojos de Yami.
Pronto, el líquido rubio desapareció y Charlotte fue sintiéndose más y más mareada hasta que se desplomó sobre la mesa. Yami la miró sonriendo. Qué poco aguante.
–Bueno, se acabó la fiesta –profirió, viendo el lamentable estado de sus compañeros, mientras que él se encontraba completamente lúcido.
Todos se retiraron a trompicones, como sus cuerpos les permitían. Pero él tenía un problema grave: Charlotte Roselei estaba tirada sobre la mesa de una sucia y maloliente taberna. Pensó, por un momento, en dejarla allí. Sería divertido que el tabernero le contara al día siguiente cuál había sido su reacción al encontrarse en un lugar como ese completamente sola. Sin embargo, al observarla más profundamente, no pudo hacerlo. No después de ver el pelo cayendo sobre la mesa y suspendido en el aire como una cascada de oro o notando su tranquila respiración y sus mejillas coloreadas por los efectos del alcohol. No le quedaba, por tanto, más remedio que llevarla hacia una de las habitaciones, ya que la taberna era también una especie de posada.
–Viejo –gritó, llamando al tabernero–, la llevo arriba.
Yami sujetó a la mujer por la cintura y se la colgó de uno de sus hombros. Ella pareció no haberse inmutado ante el brusco gesto.
–¡Pasadlo bien! –exclamó el gerente de la taberna, imaginando que no solo la iba a llevar para dormir.
Él se rio entre dientes. Era cierto que Charlotte era una mujer hermosa; siempre lo había sido. Y, para qué engañarse, no le importaría pasar un buen rato con ella. Pero eso sería si se encontrase siquiera despierta, consciente.
Así, la dirigió hacia el piso superior del pequeño edificio y entró con ella en la primera habitación que vio. Por suerte, no estaba ocupada. La depositó en el suelo, dejándola de pie y sujetándola por los hombros para que no se cayera. Ella, repentinamente, despertó. Lo miró de nuevo a los ojos, algo que llevaba haciendo toda la noche, y solo deseó sentirlo en su interior. Se lamió los labios.
–¿Estás bien? –cuestionó Yami, ligeramente preocupado por aquel acto.
Como respuesta, Charlotte sacó el cigarro de la boca de Yami, lo aplastó contra el suelo con su pie y apoyó sus manos en el musculoso cuello del hombre. A continuación, lo acercó hacia ella para devorar sus labios. Yami abrió los ojos con sorpresa, pues eso era lo último que se esperaba de alguien como ella. Pero, ante tal ardiente toque, no pudo resistirse. Le devolvió el beso de una forma igual de feroz o más. Bajó con sus labios mojados hacia el cuello de la mujer y ella comenzó a gemir. Se separaron un momento y Yami pudo observar la lujuria, el deseo y la pasión en sus ojos azules, aunque se encontraran en completa oscuridad.
Él vio a Charlotte sacándose el vestido verde por sobre la cabeza con algo de torpeza. Se tumbó en la cama con las piernas flexionadas y ligeramente abiertas y le hizo un gesto con los dedos para que la acompañara. Yami fue hacia la cama, se colocó encima de ella con cuidado de no presionarla con todo su peso y la observó: solo llevaba una camiseta blanca de tirantes muy fina que traslucía por completo su piel y la ropa interior en la parte de abajo. Pudo notar sus pechos y sus pezones sonrosados. Deslizó el pulgar por uno de ellos, que estaba completamente erguido y duro debido a su excitación. Charlotte soltó un gemido largo y se quedó mirándolo, esperando el siguiente movimiento.
Yami se abalanzó contra su cuello para besarlo, dejando esta vez marcas que serían difíciles de tapar al día siguiente. Pero fue algo que no le importó realmente.
–Yami –volvió a gemir en su oído y a él le pareció el sonido más excitante que había escuchado alguna vez–. Yami –lo llamó de nuevo–, fóllame.
Ante aquellas palabras tan fuera de lugar por su parte, levantó la vista y la observó. En sus ojos seguía viendo el deseo ardiendo, pero también vio algo que no pudo identificar y que lo asustó tremendamente. Notaba su propia excitación, notaba la de ella, pero no pudo continuar.
Charlotte estaba completamente ebria y al día siguiente no se acordaría de nada. Además, probablemente lo intentaría matar con sus zarzas si se enteraba de que algo había sucedido entre ellos con ella en ese estado. Él no estaba tan borracho como para eso y no veía justo compartir aquel momento de placer si una de las dos partes no estaba en condiciones de estar de acuerdo, de dar su consentimiento.
Por tanto, se separó de ella y se tumbó a su lado. Vio que ella se iba a quejar y la acercó hacia su pecho para evitar así la protesta. Se sentía cálido. Cuando la notó dormida, intentó alejarse, pero no pudo. No sintiendo su cabeza sobre su pecho, su respiración pausada y tranquila, su cabello acariciándole el cuello.
Decidió quedarse con ella, aunque, en ese instante, no entendió bien por qué.
Con los primeros rayos de sol de la mañana, Charlotte comenzó a despertar. Sintió instantáneamente una fuerte punzada en su sien. Su boca estaba seca y solo pensar en abrir los ojos hacía que la cabeza le doliese aún más. Estaba desorientada, pero podía notar que el colchón era más duro e incómodo del que ella solía usar. Por tanto, no estaba en su habitación. Entonces, ¿dónde demonios se encontraba? Ella no solía dormir fuera de la sede. Se dio la vuelta muy lentamente, con la sensación de que las náuseas la invadían con velocidad. Abrió los ojos muy poco, solo tenía una rendija de visión, pero lo que vio terminó por despertarla del todo. Justo delante de ella podía ver la gran espalda desnuda de un hombre. Y no de un hombre cualquiera. Confirmó de quien se trataba cuando alzó un poco la vista y se encontró con el pelo puntiagudo de Yami. Miró debajo de las sábanas y vio que estaba prácticamente desnuda; solo llevaba su camiseta de tirantes y la ropa interior.
No podía ser cierto. ¿Había tenido sexo con él? La vergüenza la invadió y sus mejillas se colorearon de rojo. Pero también se sentía frustrada, pues había vivido una de las experiencias que más había deseado en la vida y no se acordaba de nada.
Intentó darse la vuelta de nuevo para escapar de aquella habitación antes de que Yami despertara, pero sintió un mareo tan fuerte que le impidió llegar a ese objetivo.
Yami, ante tantos movimientos, se dio la vuelta y comenzó a despertar. Vio a Charlotte bocarriba, tapada con la harapienta sábana, con el brazo derecho encima de la frente y con los ojos fuertemente cerrados. Su pelo se esparcía por la almohada tiñéndola así de dorado.
–Buenos días –saludó él con su tono sarcástico–. ¿Cómo te encuentras?
Al escuchar su voz, la mujer se sonrojó. No sabía ni qué decirle después de lo que ella suponía que había sucedido entre ambos y tenía la boca tan seca que no le permitiría hablar con propiedad; de eso estaba segura. No quería hacer más el ridículo de lo que ya lo había hecho.
–Tienes agua ahí al lado.
Charlotte vio un pequeño vaso rebosante del líquido transparente, alzó el brazo y lo bebió todo de golpe. Se había destapado un poco para alcanzarlo y mientras bebía agua medio tumbada y con los ojos cerrados, algo de líquido se derramó sobre su camiseta en la parte del pecho. Si antes la prenda era sugerente, ahora no dejaba ni un ápice a la imaginación.
Yami se quedó mirando aquella parte sin pestañear. Sinceramente, le habría encantado acabar lo que habían empezado la noche anterior. Estrujarle los senos, lamerlos y dejar toda su superficie llena de marcas. Debía detenerse en ese instante porque si no su amigo de ahí abajo volvería a despertar y no quería quedarse con las ganas de nuevo.
Ella volvió a abrir los ojos de forma muy lenta para que la claridad del amanecer no la deslumbrara y se fijó en que él estaba mirando muy fijamente cierta parte de su cuerpo. Se cubrió avergonzada de nuevo y lo fulminó con la mirada.
–Yami… ¿Qué… qué hemos hecho? –le preguntó en un susurro casi silencioso, con la vergüenza inundando todo su ser.
El Capitán de los Toros Negros comenzó a reírse con fuerza. Así que pensaba que lo habían hecho. Sería divertido torturarla, gastarle una broma, dejar que ella pensara que sí había sucedido algo entre ellos, pero, al verla tan nerviosa, abochornada y con algo de miedo, decidió no hacerlo. Y ya habían sido varias veces en las que había ido en contra de su voluntad satírica y burlona para que ella se sintiese bien.
–No te preocupes, Charlotte. Solo hemos dormido.
La mujer de ojos azules se quedó congelada. Por una parte, se alegraba porque le parecía algo patético y penoso hacerlo con el hombre que amaba y no acordarse de absolutamente nada, pero, por otra, se sintió decepcionada porque no sabía cuándo volvería a tener una oportunidad como aquella.
Yami compuso aquella sonrisa perversa que bien sabía poner. Jugaría un poco con ella y lo haría solo utilizando la más pura realidad. Se acercó lentamente a su oído para que las palabras le llegaran con claridad.
–Bueno, en realidad, te he mentido. Nos dimos algunos besos, te sacaste el vestido –le susurró e hizo una pausa justo ahí, justo en ese momento, mientras veía la vergüenza consumiéndola y soltó la bomba– y, literalmente, me rogaste que te follara.
Charlotte casi se desmayó al oír esas palabras. ¿Ella diciendo algo tan grosero? ¡Dios, ¿por qué tenía que haberle dado aquella imagen tan horrible precisamente a él?!
–¡Es imposible que yo dijera algo como eso! –protestó ella con fuerza y con voz alta, ante lo que Yami colocó un dedo sobre sus labios para que se callara.
–Es temprano y aquí hay más gente durmiendo. Y te aseguro que sí lo dijiste.
Nunca en la vida le había sucedido algo tan embarazoso. Quería morirse, desaparecer o que un hueco en el suelo se abriera y la engullese. El rojo, por enésima vez en el corto rato que llevaba despierta, le cubrió todo el rostro. Pero se quedó pensando algunos segundos y se percató de algo de lo que no se había dado cuenta con anterioridad. Con ella totalmente ebria y dispuesta para el sexo, tuvo que ser él quien detuvo la situación, pero ¿por qué?
–Y… y, ¿tú no querías? –titubeó ella con miedo de la respuesta. Porque tal vez él la paró porque no despertaba deseo en él.
–Charlotte, mírate –dijo él evidenciando así que su cuerpo le atraía–. Claro que quería, pero estabas completamente borracha. Quería que recordaras todo lo que te hiciera.
Charlotte lo miró a los ojos. Se había detenido porque la respetaba. Porque perfectamente podría haberse aprovechado de la situación, podría haberla tenido para él, pero no lo hizo. Y comprenderlo le hizo sentir un pequeño cosquilleo en el estómago.
–Entonces, ¿qué?, ¿seguimos por donde lo dejamos ayer? –le preguntó Yami con sorna, esperando que la respuesta fuera un sonrojo más profundo, que le insultase, lo abofetease o, incluso, le atacase con sus zarzas.
Todo, menos lo que ella hizo. Ante la oportunidad, no se lo pensó dos veces. Se trepó encima de él y volvió a besarle los labios con pasión. Y era como lo había hecho la noche anterior, pero no exactamente igual. Los besos tenían un tinte extraño que él no pudo descifrar pero que lo llevaron a la locura.
Charlotte había olvidado el malestar, las náuseas y el dolor de cabeza. Se incorporó para sacarse la camiseta de tirantes y dejar sus senos expuestos. Meció la cadera contra él y notó que la dureza iba despertando.
Yami alzó las manos, atrapando enseguida los pechos, rozando los pezones con sus dedos, llevándola a sentir un placer desorbitado. Pero no le estaba gustando demasiado la situación, no siendo él la persona dominante que era.
La sujetó por las muñecas y le dio la vuelta con cuidado, posicionándola debajo de él, frotando su hombría contra ella. Comenzó a besar la línea que separaba su rostro de su cuello, mordió esa zona levemente y bajó con los labios hasta el cuello y la clavícula.
–¿Qué crees que estás haciendo? –le susurró al oído con voz ronca, aludiendo al hecho de que ella tomara el control de la situación. Con solo esas palabras, Charlotte sintió su intimidad humedecerse.
Él succionó y lamió los senos, dejando algunas marcas en sitios que no fueran demasiado vistosos –sin contar la del cuello de la noche anterior– y ella solo pudo morderse los labios con fuerza para evitar que los gritos de placer salieran disparados de su garganta. Se despojó con presteza de su ropa y deslizó por los muslos de la mujer la única prenda que quedaba encima de su piel.
Besó entre sus pechos y bajó lentamente con la boca, la lengua y los dientes por su vientre, dejando un reguero ardiente de besos, mordiscos leves y lamidas. Le abrió las piernas y comenzó a juguetear con su lengua en la intimidad de la mujer.
Charlotte se posó una mano en la boca para que los gemidos no se escuchasen. Sentía que todo el placer de su cuerpo se acumulaba allí, donde Yami posaba la lengua, y sentía que iba a estallar pronto. Y, justo cuando lo iba a hacer, él se separó de ella y la dejó con ganas y frustrada, algo que se tradujo en su cara y que él pudo notar. Le volvió a sonreír con autosuficiencia, como siempre hacía. Le abrió más las piernas y se introdujo por completo en su interior.
Y Charlotte se sintió flotando.
Porque nunca pensó que lo iba a disfrutar de una forma tan intensa. Entonces, él comenzó a moverse de una manera fuerte, densa y contundente; justo como él era. Ella siempre había esperado que fuera así: dominante, decidido y ágil, pero no esperó otras muchas cosas que notó mientras lo hacía con él: algo de delicadeza, ternura y cuidado también se transmitían en cada uno de sus movimientos.
El choque de las pieles y el vaivén incesante siguió hasta que ella no pudo más. Encontró su liberación más pronto de lo que había querido y la palpitación alrededor de su carne desencadenó la de Yami también.
Se desplomó unos segundos sobre ella. Alzó la vista para mirarla y Charlotte le sonrió genuinamente, le dedicó una sonrisa que nunca, jamás, había visto en su rostro. Le pareció una sonrisa preciosa, que debería sacar más a menudo, pero no se lo dijo. Él le acarició la mejilla lentamente y el tiempo se paralizó para ambos.
Pero el efecto se quebró pronto.
Yami salió de ella, se separó completamente y se tumbó a su lado. Buscó uno de sus cigarrillos y lo encendió. Le dio una larga calada y exhaló todo el humo de una vez hacia fuera.
Una vez que todo se había acabado, ya no tenía sentido permanecer allí; tenía demasiados deberes que atender. Charlotte se levantó y comenzó a vestirse. Yami no podía dejar de mirarle la espalda desnuda, la estrechez de la cintura y la forma redondeada de los glúteos mientras ella se colocaba las prendas. Era una imagen que no quería borrar, por si no podía obtenerla de nuevo.
Ella se volteó a verlo cuando acabó de vestirse y le dedicó una sonrisa, no tan pura como la que le dio en la cama, pero sí una verdadera, de esas que eran difíciles de conseguir por su parte.
–Me tengo que ir, Yami –dijo ella aunque era lo último que quería hacer, pero no tenía otra opción.
–Bien –profirió él con un tono seco–. Charlotte –la llamó antes de que cruzara el umbral de la puerta–, cuando quieras volver a repetirlo, avísame. Estuvo realmente bien.
Ella asintió con la cabeza firmemente y salió de la habitación. Estaba completamente segura de que él se refería a que tuvieran encuentros sexuales esporádicos y ella lo amaba profundamente. No sonaba en absoluto como una buena idea.
Pero, si de alguna forma podía estar a su lado, aunque fuera así, seguiría adelante. No dejaría escapar la oportunidad que se le estaba presentando.
Nota de la autora:
Qué pocos fics hay de Black Clover y muchos menos de Yami y Charlotte. Y yo me pregunto: ¿por qué? Estoy muy obsesionada con esta pareja últimamente, así que quería aportar mi humilde granito de arena por aquí.
¿Dónde podemos situar este fic? Bueno, pues sería antes de la muerte de Julius y sin tener mucho en cuenta los últimos acontecimientos del manga –o sí, eso lo dejo a vuestra elección–. Esta historia tendrá tres capítulos, por cierto.
Bueno, espero que sea de vuestro agrado y hacedme saber si os ha gustado o si no (para que así pueda seguir superando mis límites).
¡Gracias por leer y nos vemos en la próxima!
