— ¡Oye, no me ignores! – sus quejas fueron acompañadas por un pequeño tirón a la mano que sostenía la suya propia.
— No seas impaciente. – respondió por fin el más alto, girando la cabeza para encontrarse con la mirada anaranjada de su acompañante.
— No podemos irnos así como así, te recuerdo que nos acaban de eliminar. – siguió protestando.
— No te preocupes, Kazemaru está ahí; él se encargará de todo. – hablaba con tranquilidad, como ya era propio en él.
— ¡Pero el capitán soy yo! – ante esa exclamación, el primero detuvo su paso, provocando que el más bajo chocara con su espalda – ¿Eh? ¿Y ahora por qué te paras?
El ojiañil se dio la vuelta y puso ambas manos en los hombros de su contrario, provocando que la atención del de largos cabellos se centrara instantáneamente en él.
— Eres el mejor capitán que podríamos pedir y tu preocupación por el equipo es algo que me encanta, de verdad. Pero ahora mismo me da igual si hemos ganado o perdido, o si hay o no alguien para motivar al equipo. Te quiero más que a mi vida, y ahora que sé que tú sientes lo mismo, todo lo demás ha dejado de importarme.
Aquellas palabras realmente sorprendieron al del parche. Porque sí, Sakuma le había confesado sus sentimientos hacía apenas unos minutos; y sí, Genda le había correspondido. Quizás el delantero no había elegido precisamente el mejor momento para hacerlo, pues les acababan de eliminar por segundo año consecutivo pero, ¿qué más daba ya?
— ¿Estamos saliendo? – esa pregunta apareció en la mente de Sakuma y no pudo evitar hacerla en voz alta, confundiendo al portero por el repentino cambio de tema.
— Sí... ¿no? – ninguno de los dos estaba realmente seguro de la respuesta – Quiero decir, si tú quieres...
— Quiero, quiero. – aseguró Sakuma, interrumpiendo al ojiañil, a la vez que asentía efusivamente con la cabeza.
Genda no pudo evitar esbozar una sonrisa ante las acciones de su capitán, preguntándose si Sakuma sería consciente de lo que provocaban en él cada uno de sus gestos o palabras.
El portero le puso un mechón de pelo detrás de la oreja y, justo después, le dio un muy corto beso en los labios, consiguiendo que Sakuma abriera los ojos con asombro. Ese fue el primer beso de ambos.
Sin decir nada más, Genda volvió a agarrar la mano de Sakuma, entrelazando sus dedos, y siguió su camino, con un sorprendido delantero detrás.
— ¡Espera! – exclamó Sakuma apenas habían dado dos pasos – Todavía no me has dicho a dónde vamos. – el más alto rodó los ojos, mentiría si dijera que no esperaba que el del parche siguiera insistiendo.
— Ni te lo voy a decir, ten un poco de paciencia. – volvió a repetir.
— Está bien... – cedió Sakuma para sorpresa del ojiañil.
Salieron del edificio y siguieron andando durante varios minutos más, con la paciencia de cierto delantero reduciéndose a cada paso que daban. Afortunadamente, pudo contener su curiosidad hasta que finalmente llegaron a su destino.
— ¿Aquí? – preguntó Sakuma extrañado, pues no entendía demasiado bien qué hacían ahí.
Genda le había guiado hasta una calle secundaria no muy transitada. Cuando se fijó bien, el capitán no tardó en darse cuenta de que se trataba de un barrio residencial. Cualquiera habría pensado que se dirigían a casa de Genda, pero Sakuma sabía por experiencia que el portero vivía en una zona bastante alejada de en la que actualmente se encontraban.
— Sí, quiero enseñarte algo. – contestó el ojiañil a la vez que seguía andando, con dirección a una casa en particular.
Cuando llegaron delante del edificio, Genda miró a ambos lados de la calle para asegurarse de que no había nadie cerca que pudiera verlos y, tras soltar al pelician, pasó por encima del modesto muro de piedra que rodeaba la propiedad ante la atónita mirada de Sakuma.
— Pero qué-... – empezó el delantero, mas no tuvo oportunidad de terminar la frase.
— No te quedes ahí plantado, ven antes de que nos vea alguien. – le apremió Genda.
Aunque no entendía las razones de lo que hacía, Sakuma se apresuró a hacerle caso a su pareja y cruzar al otro lado. Una vez dentro, vio que se encontraban en lo que parecía un jardín bastante descuidado.
— ¿Qué hacemos aquí? – preguntó el del parche en un susurro, con miedo de que el propietario de la casa les pudiera oír.
— Vengo aquí a menudo. – respondió Genda, usando un tono de voz bastante parecido, por no decir igual, al que usaba siempre.
— Espera, ¿ahora pasas las tardes allanando casas ajenas? – el escepticismo en la voz del delantero era más que evidente.
— ¿Qué? ¡No! – se apresuró a aclarar el portero, temiendo que el otro estuviera hablando en serio – Esta casa era de una de las amigas de mi abuela.
— ¿Era? – preguntó Sakuma, que empezaba a ver por donde iban los tiros.
— Murió hace un par de meses. – el silencio se hizo presente durante unos pocos segundos.
— Oh, vaya... Lo siento mucho. – era una respuesta pobre y lo sabía, pero la verdad es que nunca se le habían dado bien las cosas relacionadas con la muerte y realmente no tenía ni idea de lo que debía decir en momentos como ese.
— No te preocupes, solo había hablado con ella un par de veces. – aseguró tranquilizadoramente, sabiendo que Sakuma estaba intentando consolarle.
— Y... ¿por qué vienes si no la conocías? – quizás estaba tratando el tema con poca sensibilidad, pero al menos a Genda no parecía importarle.
— Al morir ella, los demás habitantes de esta casa quedaron bastante desprotegidos, así que... – empezó a explicar.
— Espera, espera; ¿demás habitantes? – interrumpió Sakuma, frunciendo el ceño con confusión.
No hizo falta que Genda dijera nada más, pues aquellos pequeños habitantes hicieron acto de presencia ellos solitos. Un agudo maullido resolvió las dudas del pelician al instante.
— Oh... ¡Oh! ¡Un gatito! – aquella reacción, un poco infantil quizás, por parte del delantero al ver al animal dibujó una pequeña sonrisa en los labios del ojiañil – ¿Vienes por él? – preguntó refiriéndose al gato, el cuál era de un color blanco como la nieve, a excepción de unas pequeñas rayas grises en su cabeza, salpicado por las dos esferas verdes que tenía por ojos.
— Más bien ellos, hay dos más; no creo que tarden en aparecer. – contestó a la vez que se agachaba para poder acariciar al pequeño felino, que había estado restregando su cuerpecito contra la pierna del portero.
Y, como si les hubiera invocado, dos cachorros de gato más aparecieron en escena. Uno de ellos era negro como la noche, con una manchita blanca en el cuello y unos vivos ojos amarillos; el otro, lucía un precioso pelaje atigrado con tonos marrones y naranjas y unos intensos ojos azules que lo miraban todo con recelo.
Genda abrió su bolsa y sacó un pequeño paquetito marrón. Lo abrió, lo puso en el suelo y, en apenas dos segundos, dos de los gatos - el blanco y el negro - se lanzaron literalmente hacia él pues, efectivamente, su contenido no era otro que comida para gatos. El gato atigrado, en cambio, se mantuvo a cierta distancia, mirando a los dos chicos.
— ¿Eh? ¿Por qué no come? – preguntó Sakuma mirando al tercer cachorro.
— No se fía de mí – confesó el portero con, quizás, cierta tristeza –. Ni siquiera me ha dejado acercarme en todo este tiempo.
Sakuma no se esperaba que algo como eso pudiera pasar porque, al menos en aspecto, aquel gato se parecía bastante a Genda y, de alguna manera, tenía la sensación de que su parecido no acababa ahí.
Mientras el castaño se entretenía alimentando a los dos otros cachorros, Sakuma se acercó al tercer gato con las manos en alto, como si intentara asegurarle que era inofensivo. El animal no tardó en retroceder, aunque eso era algo que el del parche ya esperaba. Testarudo como era, el pelician volvió a intentarlo, recibiendo el mismo resultado. Lo hizo una y otra vez, hasta que notó una mano en su hombro.
— No te frustres intentándolo, conmigo hizo lo-... ¡Ah! – aquel grito provocó que ambos llevaran su mirada al suelo, donde encontraron a cierto gato atigrado con sus pequeñas dientecitas clavadas en la pierna de Genda – ¡Oye!
El portero agarró al cachorro por la nuca y lo despegó de su pierna, mirándolo con el ceño fruncido. Por su parte, el animal se dedicó a retorcerse e intentar arañar la mano del ojiañil, consiguiéndolo por fin, siendo así liberado.
Una vez sus patitas tocaron el suelo, el gato se apresuró a esconderse detrás de Sakuma, buscando protección. Aquel gesto sorprendió a ambos jóvenes, más aún cuando el pequeño animal frotó su cabecita contra la pantorrilla del pelician.
— Genda... Mira, no se ha alejado, Genda. – habló en voz baja para procurar no asustar al gato, con un evidente toque de emoción en sus palabras.
— Vaya, parece que le gustas. – comentó el castaño con una sonrisa, algo sorprendido por las acciones del gato.
De alguna manera, Sakuma consiguió llevar su mano hasta la cabeza del cachorro quien, inesperadamente, recibió el gesto gustoso y comenzó a ronronear. El del parche se agachó para seguir acariciándole.
— ¿Quién es el animal más bonito del mundo? Tú, tú lo eres. Ay, cosita... – su voz sonaba más aguda de lo normal y le hacía carantoñas al gato a la vez que pasaba las manos por su suave pelaje.
El hecho de que el animal de alguna manera se pareciera a Genda solo hacia que al delantero le vinieran más ganas de mimarlo.
Así pasaron varios minutos, en los que Sakuma volcaba todo su amor y cariño en el gatito, y el portero se dedicaba a mirarlos.
— Oye... – empezó a hablar Genda, mas el pelician no le hizo ni caso.
— Guaaapo, guaaapo... ¿Tienes hambre? Vamos a darte de comer. – siguió hablándole al gato con aquel tono, a la vez que le cargaba y se lo llevaba donde la comida.
— Eh, Sakuma... – efectivamente, el del parche siguió ignorándole olímpicamente.
— Está bueno, ¿verdad? Come todo lo que quieras. Seguro que serías monísimo estando gordito, aunque ahora ya eres lo más bonito que hay. – le siguió acariciando el lomo mientras comía, hablándole con aquel tono agudo que tras mucho rato podía resultar cargante.
— ¡Sakuma! ¡Estás saliendo conmigo, no con él! – soltó Genda de golpe, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
El del parche se detuvo de golpe, girando la cabeza para ver a su novio a la cara. El portero pareció darse cuenta de lo que había dicho, pues el rojo tiñó de golpe sus mejillas.
— O-osea, quiero decir que... – intentó arreglarlo, pero no se le ocurría nada que pudiera decir.
— Genda... ¿Estás celoso del gato? – preguntó Sakuma intentando contener una sonrisa.
— Puede que lo esté... – acabó murmurando tras unos segundos de silencio.
— ¿Tienes idea de lo absurdamente adorable que es eso? – cuestionó de nuevo, sonriendo sin reparos esta vez.
— Es que le estabas haciendo más caso que a mí... – siguió murmurando, claramente enfurruñado.
— Lo siento, lo siento... – se disculpó Sakuma mientras se acercaba al castaño – ¿Me perdonas? – pasó los brazos alrededor del cuello de Genda, ladeando el rostro para mirarle.
— Si me lo pides así... – cedió rápidamente el portero, correspondiendo al abrazo y acercando su rostro al del capitán, para acabar uniendo sus labios en un beso.
Aquella maldita concentración se les estaba haciendo eterna, y eso que apenas llevaban un día ahí. Era una especie de castigo por haber perdido y todos lo sabían, mas nadie lo decía en voz alta.
Por suerte, Kageyama les había dejado unas cuantas horas para descansar, y eso era algo que no pensaban desaprovechar. Con la excusa de que Gojou, el compañero de cuarto de Genda, roncaba - cosa que no era completamente cierta -, el portero pudo ir a la habitación de Sakuma, la cual compartía con Kazemaru.
Ambos debían reconocer que eso de guardar las apariencias no se les daba muy bien, básicamente porque apenas entraron en la habitación se tumbaron sobre la cama del delantero. Aprovechando la ocasión, Genda abrazó al del parche, pasando un brazo por debajo de su cabeza, rodeándole hasta el hombro, y el otro envolviéndole la cintura. Sakuma no tardó ni un segundo en acercarse más al cuerpo del portero, quedando pegado al pecho de este.
Sin siquiera darse cuenta, un pesado sueño les invadió y durmieron durante a saber cuánto tiempo, hasta que ciertos movimientos en la cama de al lado despertaron a Sakuma y, por consiguiente, a Genda.
Algo que sorprendió mucho al portero fue ver a Fudou allí, muy cerca de Kazemaru y con su mano en... Un momento, ¿por qué estaba Fudou tocándole eso a Kazemaru? Y, fijándose bien, no tardó en darse cuenta que la mano del centrocampista no era la única traviesa, pues la del defensa también estaba, digamos... entretenida.
El ojiañil desvío la mirada enseguida, notando como se le subían los colores. De un momento al otro, Fudou y Kazemaru se fueron al baño con una excusa más que absurda y Genda no quiso ni imaginar qué harían esos dos ahora que estaban solos.
— Sakuma, mejor vámonos. – propuso el portero cuando se cerró la puerta del baño.
— Tengo sueño, quiero dormir. – se quejó el del parche.
— No seas vago y muévete. – insistió Genda, dándole pequeños empujones para sacarlo de la cama.
Cuando Sakuma por fin cedió, Genda les dijo un par de cosas a los otros dos a través de la puerta y se apresuró a sacar al pelician de ahí.
— ¿Se puede saber a qué vienen tantas prisas? – preguntó el delantero con cierto tono de molestia.
— Teníamos que dejarles solos, hazme caso. – aquella respuesta era demasiado ambigua como para convencer a Sakuma, quién no tardó en insistir.
— ¿Por qué? – a veces la testarudez del delantero podía llegar a ser cargante, pero Genda se había acostumbrado a eso hacía ya tiempo.
— Porque estaban ocupados... – de nuevo, esa respuesta era demasiado pobre.
— ¿Con qué? – por supuesto, no lo dejaría hasta que lo supiera.
— ¡Haciendo cosas de mayores! – exclamó en un susurro, sabiendo que no podía decir aquello en voz demasiado alta.
— ¡¿Que están haciendo qué?! – gritó alarmado el más bajo.
— No grites, vas a despertar a alguien. – regañó el portero, poniendo un dedo en los labios del otro, pues con aquellos alaridos se podría despertar a un muerto.
— ¡Pero tendrías que habérmelo dicho antes, se supone que tengo que dormir ahí! – siguió poniendo mucho énfasis en sus palabras, mas afortunadamente el tono de su voz no era tan alto esa vez.
— O no... – medio propuso el castaño tras unos segundos de silencio.
— ¿Eh? – fue la gran respuesta por parte de Sakuma.
— Podrías dormir conmigo... Si quieres, claro. – cierto tono rojizo empezó a asomar por las mejillas del portero.
— ¿Y Gojou? – preguntó el pelician que, aunque no lo mostrara, estaba bastante emocionado ante la idea.
— Va a pasarse la noche comiendo con Oono y Narukami.
— ¿Y cómo se supone que rindan en los entrenamientos de mañana? – frunció el ceño ante esa nueva información.
— Oye, no le quites el trabajo a Kazemaru. – bromeó Genda, sacándole una sonrisa al otro.
— Está bien... Entonces dormiré contigo. Pero prepárate porque no pienso separarme de ti en toda la noche. – advirtió Sakuma, golpeando el pecho del portero con su dedo.
Genda sonrió, deseando que el delantero cumpliera con su amenaza.
Después de esa concentración, todo volvió a la normalidad. Los entrenamientos recuperaron el ritmo que tenían inicialmente, cosa que todos los jugadores agradecieron, y Kageyama volvió a ser un entrenador fantasma, que solo aparecía durante los partidos y en algún entrenamiento puntual.
El torneo acabó, dejando como vencedores al Raimon, cosa que de alguna manera les alegraba, pues al menos habían perdido contra el campeón.
Un importante momento se acercaba y el nerviosismo era palpable en todo el equipo. En apenas unos días se anunciarían los jugadores seleccionados para jugar a nivel mundial.
Al igual que los demás equipos del país, Teikoku se presentó para esa selección y ahora estaban en aquel gran estadio, esperando que se anunciaran los afortunados.
Jugadores como Endou Mamoru o Gouenji Shuuya no sorprendieron a nadie, aunque todos los presentes albergaban la leve esperanza de oír sus nombres. La buena fortuna quiso que dos de los jugadores de Teikoku, Kazemaru Ichirouta y Fudou Akio, fueran seleccionados. Aunque todos los demás estaban felices por aquella decisión e indudablemente de acuerdo, no podían evitar sentirse entristecidos por no haber sido elegidos.
Genda, por ejemplo, se sentía mal por el hecho de que hubieran seleccionado a tres porteros diferentes y que ninguno de ellos fuera él. Sakuma, por otra parte, era consciente de que había delanteros mejores que él, pero seguía sintiéndose decepcionado por el resultado.
— Debe ser triste que seleccionen a los nuevos y dejen al capitán fuera, ¿verdad Sakuma? – Fudou y su simpatía natural hacían acto de presencia, con la intención de hundir aún más al pelician.
— ¡Fudou! – Kazemaru le dió un leve codazo en las costillas para hacerle callar.
— No te preocupes, voy a hacer una fiesta cuando te vayas. – lógicamente, Sakuma le devolvió la pulla al ojiverde.
Evidentemente, Fudou quería contestar, mas una inesperada voz se le adelantó:
— Vaya, no recordaba que te gustara tanto discutir, Sakuma. – todos se giraron hacia el nuevo participante de aquella conversación, incrédulos.
— ¡Kidou! – no tardó en reaccionar Sakuma.
La verdad es que, desde que había dejado Teikoku, la relación entre Kidou y los demás miembros del equipo había sido bastante pobre, por no decir casi inexistente. De todos modos, nadie pareció estar en contra de que se acercara a ellos... O bueno, casi nadie:
— ¡Pero mira a quien tenemos aquí! El gran Kidou Yuuto, el mismo que dejó tirado a su equipo a la primera de cambio. Oh, y no nos olvidemos de cuando se enfrentó contra sus antiguos compañeros y no le importó dejar que su equipo los derrotara hasta tener que arrastrarse. – era obvio que Fudou no estaba precisamente contento con la presencia del de rastas.
Kazemaru suspiró con resignación, ¿de verdad no era capaz de llevarse bien con nadie?
— ¡No lo digas así! No estabas allí, no sabes lo que pasó. – saltó inesperadamente Sakuma para defender a su excompañero, con el ceño fruncido y los puños apretados.
Fudou bufó con molestia ante la réplica del capitán, que defendiera así a alguien que los había tratado de aquel modo realmente le enfadaba.
— Deberías ser un poco más amable, piensa que vamos a pasar mucho tiempo juntos de ahora en adelante. – intentó poner paz Kazemaru, conciliador como era.
— Seguro que terminarán por llevarse bien, al fin y al cabo son muy parecidos. – comentó Genda, que justo parecía haberse dado cuenta de aquel hecho.
— Es verdad – apoyó Henmi –. Haríais muy buen equipo, os compenetraríais bien.
Fudou se apresuró a mirar lo más discretamente que pudo a cierto peliazul, quién sin siquiera darse cuenta se había revolvido con incomodidad en el sitio ante las palabras de los demás.
— ¡Qué tontería! – se opuso en seguida Sakuma – Alguien tan bueno como Kidou nunca podría llevarse bien con Fudou, son todo lo contrario; Kidou es un líder inteligente con talento y Fudou es... Fudou.
Genda sintió que una desagradable sensación le invadía el cuerpo al oír al delantero, instalándose en su pecho. ¿Realmente era necesario destacar lo genial que era Kidou?
— Vamos, dejadlo ya. – pidió Kazemaru con un casi imperceptible tono de tristeza en la voz.
Todos asumieron que, como siempre, el defensa estaba tratando de calmar a Fudou y Sakuma antes de que empezaran a discutir aunque, quizás, ese no era su único motivo en aquella ocasión.
Fudou, quién ya se había preparado para responder, chasqueó la lengua y se guardo sus, seguramente, mordaces palabras para él.
— Veo que os va bien – comentó Kidou, quién se había mantenido en silencio ante la anterior conversación –. Incluso diría que parecéis más animados que antes.
Ninguno dijo nada, seguramente porque era cierto. Desde que habían descubierto que si se unían podían vencer a Kageyama, el ambiente en el equipo había mejorado un montón.
— En fin, quería preguntaros si os gustaría dar una vuelta por ahí, como en los viejos tiempos. – habló de nuevo el de ojos lacres.
— ¡Nos encantaría! – el pelician no tardó ni medio segundo en contestar.
Aquella incómoda sensación crecía cada vez más y más en el interior de Genda y tenía la sensación de que, si Sakuma pasaba más tiempo con Kidou, no haría otra cosa que seguir aumentando.
— Sí, pero no podemos; es una pena. – el portero ni siquiera había tenido tiempo de pensar en aquellas palabras cuando ya las hubo dicho.
— ¿Eh? ¿Cómo que-...? – intentó rebatir el delantero.
— Bueno, nos vamos. Ya nos veremos por ahí. – se apresuró a cortar el ojiañil, antes de que Sakuma pudiera desmentir sus palabras.
El del parche no tuvo tiempo de decir nada más cuando sintió como la mano de Genda se aferraba a su muñeca y tiraba de él, para sacarle de ahí. No intentó soltarse y se dejó hacer, apenas murmurando una despedida.
¿Qué diantres le pasaba a Genda para rechazar así la oferta de Kidou? Que él supiera, todavía eran amigos... ¿Quizás había pasado algo que no le habían dicho?
— ¿Estás enfadado con Kidou? – preguntó inocentemente mientras seguían andando, alejándose de su confundido grupo de amigos.
— No, no es eso. – contestó el portero, aflojando el paso.
— Entonces, ¿por qué nos hemos ido así? – siguió cuestionando, entendiendo cada vez menos la situación.
Genda siguió reduciendo el paso hasta acabar deteniéndose.
— He actuado por impulso, lo siento. – habló a la vez que se giraba para ver a Sakuma y ponerle una mano en el hombro.
— ¿De qué estás hablando? ¿Impulso de qué? – frunció el ceño, empezando a molestarse por tanto misterio.
— Cuando te he visto tan contento por Kidou y como le halagabas, yo... me he puesto un poco celoso. – confesó algo avergonzado.
— Genda... Eres tonto – le dio un golpecito con el dedo en la frente –. Admiro a Kidou, sí, pero te quiero a ti.
— Pero tú antes...
— Sé lo que pasó en ese entonces, igual que sé que lo estúpido que era... – puso ambas manos en las mejillas del portero – Pero ahora y siempre te elegiré a ti. Nunca dejarás de ser mi primera y única opción. – a medida que las palabras abandonaban su boca, el rojo iba tiñendo sus mejillas, dándole un aspecto tierno que derritió el corazón de Genda en apenas un suspiro.
Su mirada se hundió en la del contrario y, sin nada más que decir, juntaron sus cuerpos en un largo y cálido abrazo.
No estaba para nada contento. Aunque bueno, quizás el término "jodidamente molesto" se acercaba más a la realidad.
Aquella situación se había prolongado ya dos semanas, ¡dos semanas! Y nada indicaba que fuera a acabar pronto. Debido a eso, Sakuma era incapaz de dejar de comerse la cabeza.
Genda había estado evitándole, y lo peor de todo era que ni siquiera sabía qué había hecho para merecerse eso. No tardó en darse cuenta de que algo le pasaba a su querido portero y, cada vez que intentaba averiguar de qué se trataba, el otro cambiaba de tema y se despedía usando alguna excusa, a cual más absurda.
La situación empeoró cuando, después de los entrenamientos, Genda empezó a reunirse con Kazemaru. Al principio solo hablaban durante unos minutos antes de irse cada uno por su cuenta, pero luego empezaron a irse juntos a casa y en más de una ocasión, cosa que Sakuma sabía porque les había seguido por "curiosidad", el defensa se había quedado en la casa del castaño.
¿No se suponía que era él su pareja? ¿Por qué se la pasaba con Kazemaru entonces? Una aterradora idea empezó a formarse en su cabeza, ¿y si Genda se había cansado de él? No quería creer eso, pero cada día que pasaba esa posibilidad ganaba más fuerza en su mente.
Ya estaba cansado de esa situación, por lo que decidió ir y pillar a Genda por banda para que le dijera de una puñetera vez qué diantres estaba pasando.
Lo primero era sacar a Kazemaru de escena para que no pudiera arruinar sus planes, aunque era plenamente consciente de que nada de lo que hacía el defensa era con mala intención.
— Kageyama quiere verte, está en su despacho. – aquella pequeña mentira le fue de lo más útil para que, tras darle las gracias, Kazemaru se fuera rápidamente del lugar.
Ahora solo le quedaba esperar a que Genda saliera del vestuario para poder interrogarle. En cuanto la puerta de dicho cuarto se abrió y el portero salió de esta, Sakuma se puso justo delante de él para que no pudiera pasar de largo.
— Oh, hola Sakuma – se le adelantó inesperadamente el castaño –. Me alegra que estés aquí, quería preguntarte si te gustaría salir conmigo mañana.
Eso era, como poco, extraño. ¿Después de dos semanas evitándole le pedía una cita? ¿Acaso se había dado un golpe en la cabeza o algo?
— Eh... Claro. – contestó más por reflejo que otra cosa, aunque realmente le hacía feliz que dejara de evitarle.
— Genial, pasaré a recogerte por la tarde. Nos vemos. – y se fue tan rápido como había llegado, dejando a un confundido Sakuma detrás.
En cuanto oyó el timbre de la puerta, el corazón estuvo a punto de salirle por la boca. Corrió hacia la puerta pero, antes de abrir, se quedó unos cuantos segundos ahí plantado; no quería que se le viera demasiado ansioso.
Abrió la puerta y lo que vio le dejó pasmado: el que tenía delante era el Genda de siempre, pero había algo en lo que se había puesto que le hacía ver diferente y, por qué no decirlo, muy bien. Llevaba una camisa de cuadros ámbar y negra que hacía resaltar sus ojos y unos tejanos oscuros con rotos y descosidos que reforzaban aquel aire salvaje que emanaba y quitaba el aliento. Sakuma se sintió un poco mal por ir vestido de aquella manera tan casual, con una sudadera verde menta y unos tejanos azul bígaro.
— ¿...Sakuma? – el portero chasqueó los dedos delante de su rostro, pues al parecer se había quedado embobado y no había notado que el castaño le había estado llamando.
— ¡Ah! ¡Sí! – contestó lo primero que se le pasó por la cabeza.
Genda esbozó una sonrisa ante la adorable reacción de su pareja y le acarició levemente la cabeza.
— ¿Nos vamos? – preguntó a la vez que retiraba su mano y señalaba la calle con la cabeza.
— Sí, sí, vámonos. – respondió agarrando las llaves de la mesilla que había junto a la puerta para guardárselas en el bolsillo de la sudadera.
Empezaron a andar en silencio, cosa que extrañó muchísimo a Genda, ya que esperaba que, como siempre, Sakuma preguntara a dónde iban. La verdad es que el delantero lucía bastante más pensativo de lo normal.
— ¿Va todo bien? – preguntó el castaño con un deje de preocupación en la voz.
— ¿Eh? Sí, sí. – se apresuró a responder sin demasiado interés el del parche.
Definitivamente, algo no iba bien con Sakuma, y Genda no iba a parar hasta, al menos, asegurarse de que estaba bien.
La mente del pelician estaba inmersa en sus propias preocupaciones, no conseguía sacarse de la cabeza el hecho de que Genda había estado pasando de él para estar con Kazemaru, y eso le molestaba un montón. Aunque no quisiera admitirlo, estaba terriblemente celoso.
El portero estiró un poco la mano, lo justo para poder agarrar la de Sakuma y apretarla suavemente. El del parche correspondió al gesto débilmente, intentando sacarse todos sus tormentos de la cabeza.
Genda les llevó por varios lugares de la ciudad, incluida una pequeña y bonita cafetería donde compartieron un par de deliciosos pedazos de tarta y un batido de fresa; también fueron a una tiendecita donde vendían recuerdos y decoraciones, y el portero compró unos lindos llaveros de pareja a juego.
A medida que el tiempo pasaba, la mente de Sakuma iba despejándose y su corazón se esclarecía, llenándose de aquella felicidad que solo sentía cuando estaba con Genda.
El tiempo les pasó volando y, cuando quisieron darse cuenta, ya casi estaba oscureciendo.
— Quiero llevarte a un último lugar. – dijo el castaño con emoción contenida, realmente tenía ganas de ir.
— Está bien. – concedió en seguida el del parche, feliz de poder pasar más tiempo con su portero.
Fue Sakuma esta vez quien agarró la mano contraria, negándose a soltarla pasara lo que pasara. Emprendieron un agotador camino cuesta arriba hacia la parte alta de la ciudad y, una vez allí, siguieron subiendo para mala suerte del delantero, quién odiaba las subidas con toda su alma.
Llegaron a su destino, un apartado mirador de madera, cuando los últimos rayos de sol rasgaban el horizonte. No dijeron nada mientras veían como la tierra se trataba el Sol, tiñendo de aquel precioso color rosado las nubes a su alrededor. Cuando el último atisbo de aquella esfera dorada desapareció, sus miradas se cruzaron, chocando con fuerza.
— Ha sido precioso. – habló en apenas un susurro el del parche.
Aquel momento parecía realmente perfecto, aunque los remanentes de aquello que había estado perturbando a Sakuma durante ese tiempo seguían ahí, impediéndole disfrutar de ese día tanto como le habría gustado.
Un rápido vistazo al reloj que llevaba en la muñeca le indicó que el momento había llegado. Agarró las manos del delantero, provocando que la mirada anaranjada de este se centrará instantáneamente en él.
— Te quiero. – pronunció en voz baja el portero, consiguiendo hacer estremecer el corazón del capitán.
Un leve tirón consiguió que la distancia entre ellos desapareciera y, en el mismo momento que sus labios se juntaron, una explosión de color llenó el cielo.
Aún con la sorpresa que ese fuerte sonido le dio, Sakuma no se separó de Genda, sino que se acercó más, pegando sus cuerpos. No tardaron en separarse para poder ver el espectáculo de fuegos que estaba teniendo lugar sobre sus cabezas.
El pelician se acercó a la valla de madera que rodeaba el mirador y levantó la cabeza para ver como luces azules, verdes y doradas inundaban el cielo, cayendo en lo que parecía confeti de fuego y desapareciendo com el viento.
Genda se puso al lado de su pareja, pasando los ojos de los fuegos a la mirada de Sakuma. En aquel hermoso orbe azafrán podía ver el reflejo de los fuegos, viéndolos así de la forma más bella que pudo haber imaginado jamás. El brillo de la pirotecnia, sumada al brillo que tenía ya de por sí, hacía que la mirada del delantero fuera clara y preciosa, iluminando completamente el corazón del castaño.
Ambos tuvieron la sensación de que los fuegos duraron apenas unos segundos, aunque bien podrían haber estado horas ahí y seguirían pensado lo mismo.
— Sakuma... – murmuró el portero, consiguiendo atraer la atención del otro y que se volteara hacia él.
— ¿Cómo has...? – empezó el pelician, más no fue capaz de terminar la pregunta ya que unos labios se posaron encima de los suyos.
¿Qué quería preguntar? Ya no tenía ni idea, la sensación de tener a Genda tan cerca, con su olor inundándole por completo y sus embriagadores besos, le hacía olvidarse de todo.
De alguna forma el portero consiguió deslizar la lengua hasta la boca del otro, quién no se opuso para nada a ese nuevo contacto. Las manos del ojiañil habían bajado hasta las caderas de Sakuma, mientras que las del más bajo se enredaban en el cabello de su pareja.
De un momento al otro la espalda de Sakuma estaba apoyada en la valla de madera, con el portero casi encima de él. Aunque ya era de noche, ambos empezaron a sentir que estaban en el más caluroso día de verano.
La casi perdida cordura de Sakuma dio un último coletazo, recordándole que tenía algo que aclarar con Genda antes de seguir adelante. Con todo la fuerza de voluntad que pudo reunir, separó sus labios de los del castaño.
— Espera... – susurró casi sin aire el pelician.
El ojiañil se detuvo en seco, preguntándose si quizás había ido demasiado lejos.
— Hay algo... Tengo que preguntarte algo. – el del parche todavía no había podido aclarar sus ideas completamente, pero realmente se estaba esforzando para hacerlo.
— ¿Qué pasa? – la confusión en su voz era más que evidente.
— No puedo hablar contigo si estamos tan cerca. – bajó las manos hasta los hombros de Genda para darle un muy suave empujón, aunque realmente no quería separarse para nada.
— Oye, que puedo controlarme. – se justificó el ojiañil.
— Lo sé... Pero yo no. – confesó avergonzado el delantero, a la vez que acababa de separar el cuerpo del castaño del suyo propio y desviaba la mirada.
— ¿Mejor así? – preguntó Genda dando un paso atrás, a lo que el otro asintió.
— Tú... ¿tienes algo con Kazemaru? – no estaba en condiciones de andarse por las ramas, así que decidió dejar la sutileza para otro momento.
— ¡¿Qué?! ¡Claro que no! – se apresuró a negar Genda.
— ¿Por qué has estado evitándome para reunirte con él entonces? – tenía miedo de la respuesta, pero definitivamente tenía que saberla.
— Verás, la verdad es que yo... – empezó el portero, preguntándose cómo debería decir aquello.
— Pensaba que como os lleváis tan bien y en la concentración él y Fudou... Y cómo tú y yo no hemos pasado de los besos, quizás te habías cansado de mí y querías algo más o... – la voz se le quebró levemente, por lo que no siguió hablando.
Genda puso una mano en la mejilla de Sakuma, levantándole levemente la cabeza para poder mirarle directamente.
— Le pedí ayuda para organizar una cita contigo. No sabía qué hacer y él me ayudó con todo, desde la ropa a los sitios a donde ir. No hay nada más – ver al delantero triste por su culpa le había dolido de una forma horrorosa y no pensaba dejar que eso pasara de nuevo –. Me da igual si solo nos besamos, tengo más que suficiente estando a tu lado. Te quiero como no he querido a nadie en mi vida y eso no va a cambiar nunca. Como tú me dijiste una vez, has sido, eres y siempre serás mi primera opción.
Sakuma no se lo pensó dos veces antes de lanzarse a abrazar a su chico, sintiéndose la persona más estúpida y a la vez más afortunada sobre la faz de la Tierra.
— Lo siento, lo siento... Te quiero muchísimo. – murmuró el pelician, con el rostro hundido en el cuello de Genda.
El portero le dio un beso en la cabeza y le devolvió el abrazo, feliz de haber podido solucionarlo todo.
— Te juro que nunca volveré a hacer que te sientas así, eres lo más importante para mí y no voy a dejar de demostrártelo.
Sakuma levantó la cabeza al oír aquellas palabras, rebosante de amor y felicidad. Acortaron la distancia entre ellos para besarse de nuevo, sintiéndose más amados que nunca.
