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El viajero se detuvo un momento para descansar. El sol brillaba con furiosa intensidad, esparciendo sus rayos por el interminable mar de dunas, calentando la arena y el aire hasta una temperatura que quemaba la planta de los pies y ahogaba cualquier intento de respirar. Con la mano temblorosa, el viajero tomó su cantimplora y vació una cierta cantidad del contenido en su boca reseca. El agua fresca le devolvió cierto vigor, lo que renovó moderadamente su ánimo, pero la visión de tan extenso desierto anaranjado le hizo torcer la boca en una mueca de cansancio. Era evidente desde hacía ya un buen rato que se había perdido. Luego de unos minutos, sin embargo y contra su propia conciencia, se puso de pie de un salto, se secó el sudor de la frente, se acomodó el turbante y la túnica, afirmó el bolso detrás de su espalda y continuó su camino.
Tras varias horas de caminata el sol se había trasladado de estar por encima suyo a estar a su izquierda, lo que por un lado reafirmaba su convicción de seguir adelante, pero por otro le hacía cuestionar la distancia recorrida. Y no era para menos pues, después de casi dos días de constante caminata, la refulgente ciudad de El Cairo no aparecía por ningún lado. Mientras dejaba que sus pensamientos divagasen su mirada fue atraída por lo que en principio había tomado como un simple espejismo. A lo lejos, un poco por debajo del horizonte, distinguió una extraña estructura de forma irregular. Parecía una especie de torre. "Bien" pensó "Espero que esté habitada… aunque no por bandidos".
Con paso lento pero firme el viajero arribó a la extraña estructura justo cuando el disco solar comenzaba a hundirse en el horizonte. La estructura resultó ser efectivamente una torre, pero de características inusuales. No poseía ninguna bandera o estandarte, ningún símbolo ni insignia. Su diseño era claramente árabe, pero estaba completamente desolado. Con cautela el viajero entró en el edificio, y al encontrarlo vacío y saqueado, se permitió relajarse. Buscó un lugar cómodo para pasar la noche y, tras beber un poco más de agua mientras lamentaba no tener más raciones de comida, se recostó en el suelo contra una de las paredes de piedra, dispuesto a dormir. Ni bien hubo cerrado sus ojos, un ruido le hizo sobresaltarse. Al principio pensó que lo había imaginado, pero cuando agudizó el oído, pudo notar que el sonido se repetía, casi de forma constante y mecánica. Con cautela y su puñal en mano, el viajero exploró las habitaciones superiores de la torre, pero al no encontrar nada, volvió a la planta baja. Era evidente que el sonido se originaba allí. Manteniendo su semblante serio y calmado, el viajero exploró milimétricamente cada rincón de la habitación y fue allí cuando descubrió que, en uno de los ladrillos que formaban la pared, había una marca que resultaba casi imperceptible. Parecía como si fuese una figura triangular, tal vez una punta de flecha o algún otro diseño similar. Mientras examinaba tan curioso descubrimiento el viajero no pudo evitar aplicar presión sobre el ladrillo, lo que inesperadamente causó que este se hundiese dentro de la pared. De inmediato, el suelo bajo los pies del viajero se abrió de par en par, y este se precipitó al vacío.
Por unos segundos que parecieron horas, el viajero continuó cayendo por un tobogán de arena completamente a oscuras. La inclinación era suficiente como para prevenir una caída libre, pero la velocidad no dejaba de ser vertiginosa. Finalmente, el suelo desapareció y el viajero cayó directo en una pila de arena. Cuando levantó la vista sus ojos, ya ligeramente acostumbrados a la oscuridad, distinguieron una larga y moderadamente amplia caverna frente a sí. Con cautela y después de comprobar que era imposible subir por donde había llegado, decidió adentrarse en la oscuridad.
Después de caminar durante lo que le parecieron interminables horas, el viajero distinguió delante de sí un tenue resplandor que, a medida que avanzaba, comenzaba a llenar el túnel por donde caminaba. Finalmente, el túnel llegó hasta una arcada que, pensó el viajero, no podía ser natural debido a su forma perfecta, y daba paso a una inmensa cámara, iluminada únicamente por lo que parecía una grieta (o tal vez un agujero hecho adrede) por donde se filtraba la luz blanca azulada de la luna, dándole a la cámara un ambiente onírico.
El viajero caminó por un suelo de piedra prolijamente tallada aunque muy desgastada debido al paso del tiempo, y su asombro fue mayúsculo cuando distinguió una serie de enormes pilares, completamente artificiales, que sostenían el techo. Esto era sin duda alguna alguno de los antiguos templos egipcios de los que el viajero tanto había oído hablar. Templos que precedían a los árabes, a los romanos e incluso a los griegos y persas, llenos de tesoros o reliquias invaluables con conocimientos perdidos...
De pronto, el viajero fue removido de sus ensoñadoras cavilaciones por algo que le pareció percibir moviéndose en la oscuridad. Inmediatamente se puso alerta. La imponente arquitectura que lo tenía embelesado hacía unos segundos ahora le resultaban un estorbo, pues causaban un mar de sombras que la débil luz lunar que se filtraba por el techo era incapaz de combatir. El viajero no sabía qué esperarse. En el mejor de los casos sería algún animal salvaje, alguna criatura del desierto que había ido a terminar allí por la misma suerte o destino que él mismo, y que debería estar lo suficientemente famélica como para no presentar una gran amenaza. Aunque claro, aquello también implicaría que la cámara en la que se encontraba estaba totalmente sellada y él mismo terminaría por correr la misma suerte que el animal.
El viajero meneó la cabeza para alejar tales pensamientos. "Ahora no es momento de preocuparse por eso" se dijo. En el peor de los casos, le esperaba un ejército de bandidos al que tendría que sucumbir y esperar lo mejor. Tal vez lograse encontrar una forma de sobrevivir lo suficiente como para escapar de sus garras y encontrar una salida, la cual estaría verificada por la presencia de los bandidos en primer lugar. "Tal vez ambas opciones tienen tanto bien como mal" pensó el viajero riéndose para sus adentros.
Las sombras bailaron a su alrededor y entonces comprendió que ya había perdido. Como si fuese un sensación que le trepaba por la espalda presintió una gran amenaza detrás de sí, aunque no llegó a darse la vuelta cuando sintió el frío filo de una hoja contra su yugular y la fuerte presión de un brazo que lo sujetaba contra un torso.
_ No te muevas _ dijo una voz en su oído.
De inmediato otra mano se deslizó por su cinturón hasta alcanzar su pequeña daga, la cual le fue inmediatamente arrebatada.
Antes de poder pronunciar palabra, el viajero sintió como la hoja, el brazo y el torso desaparecían, solo para recibir un fuerte golpe en el centro de la espalda que lo lanzó directamente al suelo. Al levantar la mirada, el viajero distinguió una figura que se deslizaba nuevamente hacia las sombras.
_ No hay tesoros aquí _ dijo una estruendosa voz masculina _ ¡vete!
El viajero vió como la figura deambulaba por detrás de las columnas, evitando los focos de luz.
_ Ehmm… _ comenzó a decir el viajero mientras intentaba recuperar el aliento _ verá, no soy un cazatesoros… soy un da'i ismaelita y estoy una misión de peregrinaje.
_ Lamento decirtelo, da'i, pero en este lugar no encontraras seguidores, ahora vete _ respondió la figura.
El viajero se adelantó unos pasos, mientras suspiraba con aire aliviado. Por lo que parecía, no tendría que empuñar su hoja… si aún la tuviese.
_ Oh, me malinterpretas, extraño _ dijo intentando mantener la compostura _ No vine a tu… refugio, por voluntad propia… verás, he llegado por accidente, estaba buscando refugio en tu torre cuando…
_ La trampilla _ lo interrumpió el extraño.
_ Si.. creo que si.
Después de unos momentos, el sujeto decidió salir a la luz. El viajero quedó sorprendido. Su piel, negra como la caoba, y su porte altivo contrastaban fuertemente con su túnica blanca, aunque completamente ruinosa, a tono con el resto del lugar. Su cara estaba adornada con una nariz aguileña y unos fuertes ojos avellanas.
_ Bien da'i _ dijo el extraño _ te mostraré la salida, a cambio de que prometas guardar silencio sobre este lugar y nunca más regreses.
El viajero, sorprendido y aliviado por esta proposición respondió con una sonrisa y de buena gana.
_ Es un trato _ dijo y mientras los dos hombre comenzaban a caminar por la enorme cámara añadió _ Mi nombre es Hassan Ibn Sabbah, a su servicio...
El extraño se encogió de hombros mientras continuaba en silencio. Hassan suspiró.
_ Y… ¿Tu tienes nombre, mi silencioso amigo?
El extraño no respondió.
_ Sabes, cuando alguien da libremente su nombre, se espera que su interlocutor le devuelva la cortesía.
El extraño se volteó hacia él.
_ ¿Y por qué querrías saber mi nombre? _ le increpó mientras lo ojeaba de arriba a abajo.
Ibn Sabbah dio un paso atrás, temiendo haber cometido una imprudencia.
_ Bueno… verás..._ comenzó a decir _ Es simplemente una formalidad…
_ No me interesan esas cosas _ declaró el extraño reanudando el paso _ Y es mejor para todos si mi identidad permanece oculta.
_ Ah…_ respondió sagaz el viajero _ Ya comprendo, no quieres llamar mucho la atención ¿No es así? Definitivamente puedo relacionarme con ese sentimiento. Yo también tengo razones para ocultarme, lamentablemente.
_ Y aún así vas por ahí dando tu nombre libremente _ observó el extraño.
_ No le temo a los tiranos, y no me avergüenzo de quien soy _ declaró Hassan inflando el pecho _ Mi nombre podrá ser oído pero mi cara nunca será vista. Además, no es como si un pobre ermitaño fuese a causarme muchos problemas… sin ofender _ añadió.
El extraño gruño.
_ Y si me equivoco, bueno... entonces que Alá me proteja _ dijo Hassan encogiéndose de hombros.
Los dos hombres caminaron por varios minutos. La enorme cámara había dado paso a un pasillo más pequeño y oscuro. El extraño, antes de entrar había recogido una antorcha con la que iluminaban el camino. Ocasionalmente Hassan hacía alguna pregunta u observación que era respondida en monosílabos, si es que era respondida en absoluto. Por lo tanto, el viajero encontraba más placer en ir observando las paredes del pasillo, las cuales estaban cubiertas de dibujos antiguos, la mayoría provenientes del Imperio Antiguo. Sin embargo, mientras que la mayoría estaban tallados en la piedra, había algunos que parecían estar pintados sobre la superficie. Curiosamente, casi todos estos representaban figuras encapuchadas en diferentes actividades. Ibn Sabbah se lo hizo notar a su compañero.
_ Estos dibujos son mucho más recientes _ dijo mientras dejaba que su mirada divague por la pared _ Casi de nuestro tiempo.
_ ¿Había personas viviendo aquí debajo?_ preguntó Hassan.
El extraño asintió, pero se negó a responder más preguntas sobre el tema.
_ Este lugar es increíble _ declaró el da'i _ todo el conocimiento que debe haber enterrado debajo de la arena…
Al ver que su compañero asentía continuó:
_ Y no solo en este lugar, imagina todos los lugares como este que deben estar enterrados en las dunas de Egipto ¡Deben ser cientos! ¡Tanto conocimiento enterrado!
_ Conocimiento que muchos preferirían mantener así _ interrumpió el extraño.
_ Es verdad _ reconoció Hassan con gravedad _ Muchos reyes y califas se podrían ver amenazados por lo que aquí abajo se pudiese descubrir. Conocimientos que cuestionen sus políticas, sus derechos a gobernar…
_ Sus ideas y creencias _ añadió el otro.
_ Eso también es cierto, los antiguos habitantes tenían su propia fé ¿No es así? Con sus mitos y deidades…
_ Los dioses van y vienen _ respondió el extraño _ todos ellos.
El viaje continuó más o menos en silencio, interrumpido esporádicamente por algún comentario de Hassan que, en el mejor de los casos, recibía una respuesta corta, hasta que por fin el viajero pudo distinguir un punto de luz blanca al final del túnel. Antes de darse cuenta, los dos habían llegado a la salida.
_ Ah… _ dijo Hassan extendiendo los brazos hacia el firmamento nocturno mientras respiraba el fresco aire del desierto _ No creí que estaría tan feliz de volver a las dunas.
El extraño, tomando la precaución de apagar la antorcha antes de salir a cielo abierto, lo siguió. Levantando la cabeza al cielo nocturno sus ojos se cruzaron con las millones de luces blancas que parpadeaban en la negrura infinita y, por primera vez en muchos años, se permitió relajarse.
_ Luces como alguien que vuelve a su casa de la infancia después de vivir por años en la gran ciudad _ comentó Hassan dándose cuenta de la expresión de su inesperado guía.
_ En cierta forma _ respondió el extraño.
_ Bien, amigo mío _ dijo Hassan cambiando de tema _ En cuanto me des mi daga y una dirección partiré de inmediato.
El extraño volvió en sí, recuperando su semblante serio. De su cinturón descolgó la daga que había arrebatado al viajero y se la entregó. Luego pasó a darle las indicaciones necesarias.
_ Si esperas a que amanezca solo tienes que caminar hacia el sol y en unos pocos días alcanzarás la ciudad.
Hassan respiró hondo con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Luego se volteó hacia el extraño y le dedicó una reverencia.
_ Muchas gracias, ermitaño, que la paz sea contigo y que tus dioses te sean favorables… yo le rezaré al mio para que lo sea.
El extraño le devolvió la reverencia.
_ No desperdicies tu paz ni tus plegarias conmigo, aprovechalas tú que pareces necesitarlas _ y luego de una pausa añadió _ aunque agradezco el gesto.
Hassan asintió y, luego de dedicarle una sonrisa, dio media vuelta y partió. El extraño lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre las dunas.
