"La aurora esmeralda"
Por Mar H.M.
Prólogo
El hombre esperaba de pie oculto por la sombra de unos de los arbustos a lado del palacio. Su ceño fruncido ensombrecía sus ojos negros, los cuales estaban fijos en el balcón que se desplegaba en el segundo piso del edificio. Si no fuera por su respiración, hubiera sido fácil confundirlo con una estatua más de los jardines. Sus ojos evitaban a toda costa perder de vista su objetivo. Ni siquiera se permitía un parpadeo.
La mujer a la que observaba no se había movido de aquel lugar por varios minutos. Su peso se encontraba soportado por sus antebrazos, los cuales estaban apoyados en el barandal. Su rostro estaba inclinado hacia el cielo nocturno, lo cual dejaba ver la piel pálida de su cuello, el cual casi brillaba a la luz de la luna. Su pose relajada contrastaba con la pose del hombre que la miraba furtivamente.
El hombre observó fijamente el brillo de su piel, las mechas del cabello oscuro que ondulaba a los lados, el contorno de su barbilla y de su nariz.
Nunca había deseado a una mujer como la deseaba a ella. Desde hacía varios años su obsesión había aumentado. Cada rechazo de su parte lo único que lograba era que la deseara más.
La mujer se enderezó virando su rostro hacia alguien que se encontraba detrás. Pudo ver por una fracción de segundo la sonrisa que se extendía en sus labios, antes de que le diera la espalda. Sintió una punzada familiar en su interior. Una punzada de envidia o resentimiento, de que esas sonrisas nunca fueran dirigidas a él.
Aun recordaba sus palabras. Esa mujer lo había llamado egoísta, envidioso, ambicioso. Sí, sabía que era verdad y aun así no le importaba. Todos aquellos que no tenían ambición eran unos perdedores. Lo que lo carcomía por dentro era ese sentimiento de envidia. Si fuera lo suficientemente poderoso, si pudiera tener todo lo que deseaba, no tendría porque sentir envidia hacia nadie. La envidia era una consecuencia de la debilidad, y él debía ser fuerte a toda costa.
La mujer regresó al balcón acompañada de otro hombre. Ese hombre la miraba con una sonrisa en su rostro, con un brillo en los ojos que podía ver desde donde se encontraba escondido. Cerró su puño con fuerza subconscientemente. Aquel hombre se atrevía a tocar a esa mujer. Esa mujer que debía pertenecerle a él y a nadie más. Su ceño se frunció aún más.
En ese momento se juró a sí mismo que esa mujer sería suya. Sería entonces cuando alcanzara el máximo poder, cuando por fin dejara de sentir esas punzadas de envidia que le daban nausea. Y si esa mujer no era para él, entonces no permitiría que nadie más la poseyera.
La mujer giró el rostro hacia aquel otro hombre a su lado, con los ojos abiertos miro hacia el horizonte mientras que la brillante luz de la luna se reflejaba en sus ojos verdes. El hombre a su lado no podía dejar de mirarla, así como él mismo se negaba a apartar la vista de su figura.
¡Hola!
¡Cuantos años han pasado desde que empecé a escribir esta historia! Muchos años desde que dejé de escribirla.
No puedo evitar reír nerviosamente y apenada de mi escritura. Aun así, creo que cuando comencé a escribir estaba llena de entusiasmo por plasmar una historia bonita, que me hiciera sentir y vivir una vida diferente, como todas aquellas que he vivido al leer tantos y tantos libros.
Hoy, después de (innumerables) años decidí terminar esta historia en vez de eliminarla completamente. Seguramente será muy cursi y rosa. Pero sé que únicamente refleja lo que me hubiera gustado vivir hace tantos años cuando era una niña. Tener amistades increíbles, y un romance como ningún otro.
En honor a esa niña que fui creo que sería justo terminar la primer historia que me atreví a escribir.
A los muchos o pocos que llegaron a leerme. Les pido una disculpa, a mí también me frustra cuando leo una historia incompleta. A ustedes les dedico esta historia ligera con mucho amor.
A los que decidan terminar de leerla. Les agradezco desde el fondo de mi corazón.
Y sólo diré que tal vez la vida no sea cursi y rosa, tal vez no exista la magia en forma física. Pero en estos años he encontrado personas increíbles, amistades que creí únicamente existían en libros y un amor que me llena de risas y me impulsa a ser mejor cada día y a seguir adelante. Todo ello es mágico.
Saludos,
Mar.
