Los seres humanos, a lo largo de su vida, se encuentran expuestos a numerosos sentimientos: felicidad, tristeza, odio, rencor, envidia, deseo… que generalmente no suelen encontrarse aislados. Una serie de emociones que les afectan día a día y que les llegan a afectar de manera diferente en función de su fortaleza y experiencias vividas. Al igual que la personalidad de una persona es influenciada por las situaciones que afronta a lo largo de su existencia; su manera de afrontar las emociones que siente también resulta influenciada por estas. Formando así, al final, un álbum repleto de estilos y canciones diferentes que cuyo sonido representaría determinados momentos de la vida. Al igual que un artista tiene dentro de su repertorio algunas melodías más "moviditas" y otras más lentas y melancólicas. La acción de desconectarse de sus propias emociones y sentimientos se podría representar como que la persona puede decidir apagar la radio de su interior, esconder la cabeza debajo de una almohada y dejarse llevar por la tristeza. También podríamos representar cada uno de nuestros pasos con una o un grupo de melodías que según las circunstancias y nuestro estado de ánimo cambia aleatoriamente. Una lista de reproducción que comienza a sonar durante el nacimiento de una persona y que solo se detendrá con la llegada de su muerte.

La banda sonora que forma y acompaña a las experiencias como todo tiene múltiples interpretaciones, todo depende de la perspectiva del personaje principal. Una misma vida, vivencias felices y pesares, según el narrador puede tener multitud de entonaciones diferentes. Una misma vida nunca va a ser igual.

Una fábrica es capaz de producir infinitas copias de un mismo producto uno detrás de otro y prácticamente idénticas. Pero aún que existen un descomunal número de personas nunca van a existir dos personas idénticas. Incluso un mismo individuo en dos instantes diferentes de su vida, no es igual a él mismo. Una persona se forja después de haber vivido innumerables sucesos que le afectarán de forma diferente que a cualquier otra persona y en función del momento en el que se produzca dicho suceso en su línea de vida. La vida forma un álbum personal que nos representa y que recopila todos los sentimientos que hemos ido experimentando a lo largo de nuestra existencia en el mundo como recuerdos.

Al no existir dos seres humanos idénticos por completo, la misma acción realizada por dos personas no dará el mismo resultado. No se puede evitar, cada cual debe forjarse su propio camino. No tiene importancia si te apoyas en la ayuda de alguien más, pero llevas a cabo tus deseos, o te dejas mangonear por cualquiera que crea que se encuentra por encima de ti; únicamente tus propias decisiones son capaces de cambiar tu destino. En ocasiones hay quienes podrían llegar a hacer grandes cosas, pero necesitan un pequeño empujoncito para encontrar el sendero que los llevará hasta la cima de sus vidas.

Teniendo presente el siguiente hecho, delante de cada persona hay infinitos caminos que puede recorrer, algunos mejores que otros, los pasos de Yukio están completamente desviados de las posibles grandes cosas que podría llegar a lograr. Actualmente solo es un omega masculino de 14 años que no hace más que ver pasar los días lentamente uno detrás de otro, una y otra vez. Sabe que está perdiendo un precioso tiempo de su vida, pero no sabe qué hacer con él ni porque no es capaz de encontrar algo que lo emocione realmente. Sus días son monótonos y grises, persiguiéndolo y abrumándolo con su aburrida similitud.

—Ayer, hoy, probablemente mañana y pasado mañana también… Cada día igual al anterior…1 —Yukio susurra inmerso en la completa oscuridad de su habitación.

El adolescente suspira cada pocos minutos desganado. Tumbado como está en la oscuridad de su pequeña habitación se lamenta de su patética existencia mientras escucha uno de los tantos discos que tiene en su poder de la idol Chiemi Kuniyoshi, su cantante favorita y que para su desgracia como fan no es demasiado conocida. Arruga su frente al recordar su rutina de todos los días. Una rutina interminablemente aburrida.

Acostado en la cama trata de rescatar algún recuerdo que valga la pena haber vivido y recordarlo en el futuro. Pero cuanto más intenta encontrar algo, lo que sea, más se da cuenta de que este no existe y que por tanto es imposible hallarlo. Solo acudían como una ligera brisa algunos recuerdos de tiempos más felices. Esos preciados momentos en los que su padre todavía se encontraba con vida. Hacia tantos años desde que se produjo su muerte que solo era capaz de recordar bien su rostro gracias a la fotografía que descansa en un pequeño altar de la sala de estar.

Siempre que intenta animarse se concentra en los recuerdos que posee de ese amable pasado. Una de las pocas cosas que recordaba de su padre es lo cálido y sonriente que era, una persona muy inocente y que continuamente trataba de hacerse el gracioso para hacerle sonreír. Más que revivir esos recuerdos solo es capaz de sentirlos ligeramente acariciando su memoria por ser de hace tanto tiempo. Recuerda un ligero aroma a limón y primavera y la calidez que solo él le había podido transmitir durante el tiempo en el que compartieron vida.

Pronto los cortos recuerdos más felices que poseía pasaron a la desgracia que experimento cuando entró al sistema educativo. Durante la época en la que estaba en la primaria su cuerpo estaba bastante gordito. En ocasiones se recordaba como una pequeña bola de carne. Su físico, todavía de bebé, le ocasionó algunos problemas con sus compañeros de clase durante algunos años, hasta que poco a poco creció y dejó el exceso de grasa parda atrás. Sus días pasaban llenos de deseos sin cumplir. Deseaba con todas sus fuerzas poder comunicarse bien con sus compañeros, hacer amigos, reír sin tener preocupaciones o sufrir. Lo bueno, dentro de todo lo malo, fue que hasta que no se alcanza la educación secundaria y los jóvenes empiezan a revelar físicamente su género secundario no puede ser adivinado por los otros alumnos. Solo los padres de los alumnos, por tener el derecho de ser conscientes si cerca de sus hijos hay un alfa o un omega son conocedores de este hecho, aunque en ningún momento conociendo la identidad del infante. Esto se debe a que, en primer lugar, la mayor parte de la población es beta y, por otro lado, el derecho de todo ciudadano de no querer que se revele un dato sobre su salud o biología sin su permiso explícito.

No fue hasta sus últimos años de educación primaria que la soledad le abandonó parcialmente al conocer en sus clases de caligrafía japonesa a Izumi-chan, una niña omega. Por esa época la chica tenía el pelo corto y al estilo casco, físicamente todavía parecía un chico a pesar de estar en sexto, a punto de pasar a secundaria. Pero todos los aspectos superficiales Yukio no los tenía en cuenta, era la única persona que le había hablado y además era una omega también, no podía ni quería pedir más. Compartir tiempo con alguien del mismo género, teniendo en cuenta la baja cantidad demográfica de omegas que hay a nivel mundial respecto de los otros dos géneros, era tanto refrescante como emocionalmente. Pero, como todo en su vida, la felicidad que consiguió alcanzar mediante este encuentro no duró para siempre. Cuando la chica pasó a secundaria perdieron el contacto. Los dos amigos no se volverían a hablar hasta dos años después, cuando él estuviese en su segundo año de secundaria.

Si durante la primaria había sido complicado comunicarse con sus compañeros que solo pensaban en jugar, cuando entro en secundaria las cosas no mejoraron precisamente. Más bien no dejaron de empeorar.

Sus tímidos intentos de hacer amigos no funcionaron y de momento con el único con el que pasa el rato y habla más es con Tanabe. Tanabe es un beta que no podía inspirarle otra cosa a Yukio que no fuese repelús siempre que el omega pensaba que se consideraban "amigos". Siendo el único compañero de su clase que se le acercaba lo suficiente y solo porque el beta causaba repulsión en el resto de sus compañeros de clase y no quería estar solo. Eran los dos marginados del aula, Yukio por ser un omega masculino (el único omega de su clase y el único masculino de la escuela, hecho que provocaba que el resto de omegas también se alejaran de él) y Tanabe por ser un beta pervertido. Lo fueron en primero y lo siguen siendo en segundo año.

En general, la mayor parte del tiempo, se conseguía engañar a sí mismo con que al menos tenía un amigo, pero la realidad es otra. Aunque pasaban mucho tiempo juntos, hablaban durante las horas de escuela de cualquier cosa y demás, en realidad no le importaba a Tanabe. Simplemente se estaban utilizando mutuamente y por sus propias razones egoístas y personales. Y normalmente se contentaba con tener a alguien con el que hablar, a pesar de ser consciente de que la mayor parte del tiempo no le escuchaba. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de ese hecho, solamente preguntar su opinión sobre algo que acababa de comentar y ver que el otro no tenía idea de que le estaba hablando. Pero en ocasiones como las de hoy, cuando se replantea su vida y existencia y solo le apetece estar tapado de pies a cabeza, es cuando era más consciente de la verdad. Se sentía deprimido y la realidad de su vida intentaba arrasar con las murallas que había creado a su alrededor para de alguna manera protegerse de lo real, y a duras penas no se derrumbaban por completo.

—Soy un tío realmente aburrido. —Le confirmo al vacío—. Tanto si estoy como si no… El mundo seguirá igual, inmutable.2


Dando un paso detrás de otro sus pies siguen al desvergonzado compañero de clase que usualmente calificaba como "amigo". No quería invadir la práctica del club de natación solo para hacer realidad uno de los tantos deseos egoístas y de carácter acosador de Tanabe. Pero si no quería quedarse solo por lo que quedaba de curso y el siguiente año no podía negar su petición. En su cabeza era mejor estar con alguien desagradable que completamente solo.

Ya agazapados entre unos arbustos el beta se dispuso a quebrantar la ley con su cámara. Mientras él se concentra en apretar un botoncito después de enfocar el objetivo, el omega seguía planteándose que es lo que estaba haciendo con su vida.

Como era de esperar, pocos minutos después de comenzar la pervertida hazaña algunas de las chicas que se encontraban estirando fuera de la piscina les descubrieron fisgoneando alrededor de la valla. Aunque gracias al cielo echaron a correr antes de que alguno de los cabreados nadadores pudieran asimilar sus rasgos faciales y reconocerlos en el futuro. Demasiadas situaciones problemáticas tenía que soportar ya como para seguir amuentando su cantidad.

A una distancia prudente se detuvieron a recuperar algo del aliento perdido durante la carrera. Desde ahí fueron andando tranquilamente, ya sin ser perseguidos por furiosas nadadoras, hasta el centro recreativo más cercano. Como pasaba todas las tardes en las que iban al lugar lleno de juegos, Koyuki miraba al beta pasar de máquina en máquina, jugando sin descanso, gastándose todo su dinero de la semana, mientras el omega lo contemplaba. No tenía la mayoría de las veces dinero para gastar y nunca tanto como para estar toda la tarde encerrado en los recreativos. Era su rutina, así pasaba el rato, mirando a otros jugar.

Estar en ese oscuro lugar le servía para no pensar de más. Se concentraba en las luces parpadeantes de los múltiples juegos de diferentes tipos y dejaba el tiempo pasar con la mente en blanco. Cada vez que estaba en su habitación sus pensamientos comenzaban a vagar y acababa reflexionando sobre lo que estaba haciendo con su vida, como iba a ser su futuro, que no le gustaba su situación actual, etc. No era más divertido que perder el tiempo observando como un grupo de idiotas se gastaban todos sus ahorros en diferentes juegos. Entre martirizarse a sí mismo en soledad y no pensar en nada perdiendo así su precioso tiempo, siempre preferiría la segunda opción de ser posible, era la más fácil.

Después de un par de horas y ya arto por hoy se marchó del salón lleno de niños y adolescentes.

—Cuídate de los asaltantes, abundan por estas calles —advirtió medio burlón el beta que seguía mirando fijamente la pantalla frente a él.

El entrecejo de Tanaka se frunció casi al instante. No podía entender como alguien era capaz de reírse de una situación que podría tornarse extremadamente peligrosa. Podías toparse con unos simples carteristas o con gente más peligrosa que unos idiotas faltos de dinero y sin ganas de trabajar en algo honrado. Cuanto más débil fuese la persona indudablemente se encontraba en un peligro mayor que alguien que fuese capaz de defenderse adecuadamente o con la habilidad de salir de apuros ileso. Pero la capacidad de defenderse uno no tiene porque ir ligada a su género secundario. Por eso que se diese por hecho que al ser un omega tenía que ser más precavido le cabreaba, él era más capaz de defenderse que el inútil beta con el que había estado pasando el rato y que ahora le "aconsejaba" tener cuidado. El mismo chico que, sin ser consciente e importándole poco ser precavido, no dejaba de llamar la atención de una mala manera.

Llevaba toda la vida caminando solo por las calles y de momento era lo bastante capaz como para mantenerse a salvo, siempre y cuando ignorase todo lo que podía llegar a suceder a su alrededor. Por lo general si no miras fijamente a un delincuente o posible maleante suelen dejarte circular sin molestar, a excepción de que decidan que tú vas a ser su presa. A cumplir esto poco le ayudaba su necesidad de ayudar a las personas que lo pasan mal a su alrededor. Por lo general es capaz de mantener a raya este instinto protector, que poco hacía para preservar su propia protección. Aun así, en ciertas ocasiones, y muy a su pesar, no es lo suficientemente indiferente con el mal ajeno como para ignorar su sufrimiento.

Para contrarrestar estos impulsos protectores característicos de su género tiene de momento a su favor que no ha pasado aún por su primer celo. No posee ese olor característico de los omegas, que hace que los alfas se sientan tentados y que lo convertiría en una diana en movimiento. Su olor era como el de cualquier infante por lo que, de momento, no provoca ningún impulso sexual en los alfas que pudiesen estar rondando cerca de él. No es que el omega se considerase una belleza, más bien su autoestima se encuentra por los suelos a pesar de que no era para nada feo, pero siendo realistas a los atacantes alfa eso les importa un bledo. Además de que tampoco sus impulsos son tan fuertes, por lo menos no hasta que se presente oficialmente como omega, como para no poder canalizarlos en otra cosa y así, a la fuerza, desviar su atención.


— ¡Vamos corre! —escuchó como gritaban a todo pulmón unos niños a poca distancia de él. El grito parecía que venía de algunas de las calles cercanas a la que estaba cruzando en ese momento en su camino de regreso a casa.

El adolescente caminaba tranquilamente y sin ninguna prisa hacia su casa. No estaba demasiado preocupado y de cuando en cuando se quedaba empanado contemplando mirando a su alrededor: la luna, una farola parpadeante, un grupito de gatos callejeros a lo lejos, una ventana a medio cerrar, un perro que parecía sacado del laboratorio de Frankenstein. De entre todas las cosas curiosa que podría a ver visto en su vida, ese perro parcheado era la más rara de todas ellas. Normalmente no le atraían demasiado los perros y evitaba acercárseles si podía, pero este tenía algo que impedía que su mirada se alejase de su peculiar pelaje.

— ¡Corre, corre!

Fijándose en los niños que no dejaban de gritar se dio cuenta de que corrían detrás y delante del can que ladrar sin parar. Casi había llegado a su casa y ya iba tarde, no quería meterse en más problemas con su madre. Y a pesar de todos los pensamientos lógicos que le empujaban a dar media vuelta y seguir caminando tan tranquilo, ignorando al universo que lo rodea, siguió el pensamiento más irracional.

— ¡Hey, dejadlo ya! —Regañó a los críos que habían decidido intentar patear al pobre animal.

Dejando atrás el poco instinto de supervivencia que podía quedar en su cuerpo se acercó al asustado animal, aproximándose de ese modo también a los mocosos frente a él.

— Venga, marchaos todos a casa que ya es tarde. —Con un aspaviento de sus manos trató de ahuyentar y hacer que su fuesen a sus respectivas casas los chiquillos frente a él.

—Es raro —susurró uno de los niños frunciendo el entrecejo. Después gritó ordenando al resto del grupito para acto seguido echar a correr calle a bajo—. ¡Vámonos de aquí!

Los observó hasta que giraron en una de las numerosas esquinas del barrio y no pudo evitar desear que tuvieran un regreso seguro, probablemente parte de ese instinto durmiente del cual es poseedor debido a su biología. Ya solucionado uno de los problemas se dio la vuelta hacia el animal que graciosamente se había sentado a uno de los lados de la calle sobre sus cuartos traseros. Arriesgándose a parecer un loco el joven al contemplar al blanco, en su mayoría, animal le daba la sensación de que no era tan malo como podría parecer a simple vista. Aunque su aspecto fuese poco natural vestía un collar rojo alrededor del cuello, así que se podía suponer que es propiedad de alguno de los vecinos de la zona. Centrado en sus propios pensamientos e intentando idear un plan de acción de sus próximos actos no se percató de la presencia del joven alfa, unos pocos años mayor que el omega, que se acercaba hacia su posición.

Miró detenidamente al animal que seguía sentado, quieto y sin ganas de echar a correr como si estuviese poseído. Entonces el joven omega se acuclilló enfrente del animal para aproximarse intentando no asustarlo. No había sido capaz de tener un perro a pesar de las incansables ganas que en ocasiones llegaban a abrumarlo. Esta iba a ser una de esas pocas ocasiones en las que iba a ser capaz de estar tan cerca de uno. No estaba teniendo en cuenta el mal estado de ánimo que le habían provocado los niños al animal desconocido. Así que cuando el omega aproximó su mano al hocico del animal este respondió con un amago de mordisco que consiguió alterar al joven.

Aun que, gracias al cielo, antes de que el animal se animase a seguir sus instintos y a engancharse a alguna de las extremidades del omega utilizando su potente mandíbula un fuerte grito restauró su estado de ánimo tranquilo y juguetón.

— ¡BECK! —se oyó una potente y grave voz detrás del joven. Una voz que le causo un estremecimiento que cruzó completamente su columna vertebral de arriba a abajo. — Ven aquí —ordeno el muchacho.

Sin esperar a que otra orden fuese mencionada, el perro se colocó al lado del que se podía deducir es su dueño y se sentó en el suelo de nuevo. Ya fuera de peligro, el más joven de ambos chicos no pudo retener más el aliento y dejo escapar un sonoro suspiro. Abrió la boca para comunicarse con el otro chico al tiempo que se daba la vuelta, pero en el momento que sus ojos se encontraron con el cuerpo del dueño de Beck no pudo hacer más que volver a sellar sus labios. Sin poder evitar tampoco una reacción embarazosa, el omega boqueo un par de veces hasta que pudo mantener sus labios juntos, intentando recuperar un poco de la dignidad perdida.

Para tratar de calmarse un poco inspiró profundamente un par de veces. Sin ser consciente completamente de lo que le estaba sucediendo, se coló por sus fosas nasales un ligero aroma que no hacía más que atraerlo hacía quien lo desprendiese sin saber distinguir bien quien o que era el origen.

—Puede que ese olor —pensó el omega mientras seguía mirando al muchacho frente a él, que también lo estaba mirando—. Imposible.

No era ni remotamente posible que fuese capaz de captar el aroma de un alfa sin haberse presentado todavía. Es cierto que poco tendría que quedar, pero no se sentía como si fuese a entrar en celo, aunque no lo hubiese pasado por uno nunca se había preparado para captar los signos de que estaba a punto de entrar en celo. Y era más imposible aún que el bello chico frente a él resultase ser su alfa destinado. Un conglomerado de preguntas se agrupó en su materia gris buscando ser resueltas todas ellas al mismo tiempo, lo que provocó que ni la más sencilla de todas pudiese hallar su solución.

Mientras, el contrario era incapaz de esconder la sonrisilla que mostraban sus carnosos labios. La gracia que le producía la extraña expresión en el rosto del chico omega, que seguía oliendo como un bebé, frente a él no podía ser comparada con nada. Tratando de expulsarlo del interior de su trance hacia la realidad le intento llamar la atención.

—Gracias por salvar a mi perro de esos críos.