El Fic está basado el anime "Attack On Titan" de Hajime Isayama.
"La guerra es la obra de arte de los militares, la culminación de sus entrenamientos, el broche dorado de su profesión. No están hechos para brillar en la paz."
ISABEL ALLENDE, La casa de los espíritus.
Capítulo 1
Habían transcurrido cinco días desde la muerte de sus amigos y Levi no lloró ni una sola vez. Tampoco sabía cómo hacerlo. El duelo por la perdida de Farlan e Isabel solo se manifestaba a través del insomnio y la falta de sueño. Con suerte llegaba a descansar cuatro horas diarias para estar lo suficientemente lúcido y activo durante las expediciones.
La culpa lo estaba consumiendo vivo. Al fin y al cabo, él había abandonado a sus dos mejores amigos a la suerte de ese titán y en cuanto quiso ayudarlos ya era demasiado tarde.
El titán decapitó a Isabel y rebanó con sus dientes el estómago de Farlan. La bestia gruñó, abrió y cerró las fauces muy rápido. Un ruido crujiente, como de huesos rompiéndose, atravesó el aire y el cadáver desmembrado de Farlan apareció frente a los ojos de Levi. Entonces lo sintió. Como un chasquido en su interior, una especie de chispa que encendió una furia desmedida, casi inhumana. El fuego se propagó hacia sus sentidos y todo se volvió caótico y eléctrico. Con una fuerza indómita, enarboló las hojas metálicas de su equipo de maniobra y arremetió contra el titán.
La bestia lanzaba exclamaciones ahogadas mientras Levi soltaba alaridos de ira. Las cuchillas atravesaron su carne, una y otra vez, hasta despellejarlo y reducirlo a un par de gigantes huesos putrefactos.
Sin embargo, ni siquiera después de matarlo, la culpa lo dejó tranquilo. Se sentía mal, muy mal.
Si tan solo hubiera permanecido junto a Farlan e Isabel, la realidad sería totalmente distinta. Si tan solo hubiera escuchado a sus amigos, y no priorizado a Erwin, ellos estarían vivos y Levi no observaría con tanto desprecio a sus camaradas como lo hacía en estos precisos momentos. Sentado en una mesa, silente y apartado del bullicio, mientras echaba vistazos esporádicos a el periódico de la Capital. En la portada se leía: "Cruenta Expedición para la Legión de Reconocimiento".
La algarabía junto con la euforia del comedor eran disonante con sus emociones. Los soldados estaban contentos y festejaban animados entre gritos, silbidos y vítores porque después de tantos meses por fin comerían carne.
-El capitán te está buscando -prorrumpió Mike, el líder del escuadrón del segundo bloque.
Mike era un hombre comedido y taciturno, con un carácter difícil de tratar al igual que Levi. Apenas hablaba o gesticulaba algún tipo de emoción en su semblante inalterable. Tenían mucho en común y eran similares en varios aspectos, pero lo que más unía a los dos hombres eran las ganas de asesinarse mutuamente. El trato entre los soldados era protocolario. Tal vez el justo y necesario para convivir en paz, pero la aversión era inequívoca. Ninguno confiaba en el otro. Levi le guardaba mucho rencor. No podía olvidar cómo lo humilló en su primer encuentro, restregando su cara en un charco de agua pútrida como si fuera un trapo viejo.
El soldado se encogió de hombros y pasó la siguiente página del periódico que se hallaba sobre la mesa. A su lado, descansaba a una taza de té ribeteada de porcelana blanca. En el periódico, había una noticia acerca de una exposición de arte en Mitras.
-De acuerdo -respondió Levi sin elevar el tenor pastoso de la voz. Luego, con una parsimonia envidiable, estiró el cuello y le dio un sorbo a su té. Si mal no recordaba era la séptima taza de té que engullía desde que empezó el día y ya había caído la noche en el recinto. Levi le echó un vistazo rápido a Mike y volvió a retomar su lectura. Por el rabillo del ojo, notó como el líder de escuadrón se encabritaba con su indiferencia.
-Quiere que sea después de la cena -se precipitó al decir Mike-. No seas impertinente con el capitán Erwin.
Levi alzó la mirada al tiempo que dejaba la taza de té en la mesa. Sus ojos rasgados y azules apuñalaron a Mike como dos cuchillas filosas.
-No sabía que ahora respondía a tus órdenes, Mike.
Mike era considerado uno de los mejores soldados de la Legión. Era muy virtuoso y, según se comentaba, tenía tan agudizado el olfato que lograba oler las intenciones de las personas y percibir titanes a kilómetros de distancia. Sin embargo, todo eso a Levi le importaba un bledo. El soldado solo respondía a las órdenes del capitán Erwin.
El soldado de alto rango se removió en el lugar y el cerquillo rubio de la frente le tapó los ojos verdes y gran parte de su cara enfadada.
-Solo te estoy advirtiendo que te comportes -expresó Mike, rascándose la barbilla orlada por una barba en forma de candado-. Después de todo, soy superior a ti.
-Ya veo -observó Levi, cruzando las piernas y estirando el brazo sobre el respaldo de la silla-. Creo que se me ha olvidado.
Mike se inclinó hacia él.
-Ya lo recordarás -farfulló-. Quizás, en unos días, responderás a mis órdenes y entonces se te va a quitar ese aire de autosuficiencia que tienes.
-Esperaré ansioso ese momento.
-Yo también -apostilló Mike-. Ambos sabemos que tendrías que haber ido a morir al patíbulo- escupió. Luego, arrugó la nariz y olfateó como un perro el cabello oscuro y lacio de Levi-. Hueles a agua podrida.
El soldado le dio otro sorbo a su té.
-Tuve que haberme echado más perfume hoy -ironizó-. Lo siento.
Mike decidió zanjar el trato. Chasqueó la lengua, se dio media vuelta y su figura alta y delgada abandonó el comedor.
El escarnio público hacia Levi se debía a dos situaciones desafortunadas: sus colegas se habían enterado de que provenía de la infame Ciudad Subterránea y que posteriormente había tenido intensiones de asesinar al capitán Erwin Smith.
Erwin Smith era el líder de escuadrón del bloque tercero y pertenecía a la tropa número 99 de la Legión de Reconocimiento. Tenía cinco años más que Levi y destacaba por su porte elegante, soberano y decidido. Era un tipo valiente, fornido, de ideas claras y objetivas. Hacía uno o dos días, Levi había descubierto que experimentaba cierta fascinación por el capitán. No sabía cómo explicarlo, pero había algo en su interior, como una especie de instinto, que lo obligaba a respetarlo y admirarlo. Al final de cuentas, estaban limando las asperezas de a poco y se encontraba en la Legión de Reconocimiento, vivo y a salvo, gracias a su intrusión de Erwin.
De pronto, alguien lo llamó.
-¡Levi! -gritó una voz pomposa y alegre, desde el otro extremo del comedor.
Azorado, en medio de sus reflexiones, movió la cabeza y vio de refilón como una chica atravesaba las mesas a zancadas y se desplomaba frente a él, tras un sonoro ruido de cubiertos. Cuando Levi la miró a los ojos, ella lo observó entusiasmada por encima de unas gafas de montura redonda.
-¡Hola, Levi! -saludó de nuevo la chica, sacudiendo la mano derecha y con una sonrisa de oreja a oreja-. ¿Te acuerdas de mi? ¿Recuerdas que prometí que comeríamos juntos? ¡Pues aquí estoy! ¡Decidí que hoy sería la noche ideal para nuestra cena! Además el calor siempre nos anima un poco, ¿verdad?
La verdad era que no. Levi detestaba el verano, pero recordaba a la chica. Se llamaba Hange Zoe. Había dialogado una sola vez con ella.
Levi y Hange se conocieron unas horas antes de la expedición en donde Farlan e Isabel murieron. Levi lo recordaba perfectamente. De la nada, la soldado se acercó a él y a sus amigos y empezó a hablar largo y tendido sobre un montón de cosas inconexas. Al principio, tanto para Levi como para Farlan e Isabel, les resultaba sospechosa su actitud efusiva y despreocupada. Incluso llegaron a barajar la posibilidad de que Hange los hubiera descubierto, pero a medida que ella iba hablando, notaron que simplemente estaba intentando ser agradable con ellos.
-No quiero ser reiterativa -continuó Hange-, pero la otra vez en el entrenamiento me resultaron fabulosas tus habilidades. De verdad, vuelvo a insistir en que quisiera que me enseñes a usar el equipo de maniobras tridimensional de la forma en que tú lo haces.
En aquella oportunidad, cuando Hange y Levi se conocieron, ella se animó a preguntarle lo mismo y la rechazó excusándose de que estaba demasiado cansado. En aquel entonces, Levi solo quería velar por el bienestar de sus amigos. Hoy en día, después de lo sucedido, la respuesta continuaba inamovible, sin embargo, la actitud comprensiva de Hange había cambiado. Ella lo miraba con un ávido interés.
Aburrido, Levi guardó silencio, apoyó el mentón en la palma de su mano y estudió a Hange con la mirada: debía rozar los dieciocho años de edad o quizás un poco más, pero estaba en el apogeo de su adolescencia. Había detalles que había olvidado y ahora los notaba con facilidad. Hange no era para nada agraciada. Tenía la cara bastante ovalada, la nariz demasiado angosta y los labios muy finos. El cabello lacio, pero enmarañado y de color bermejo, con mechones retintos, no era largo como creyó en un momento. Estaba recogido en una absurda media cola de caballo que le caía en cascada por encima de los hombros. Sus ojos grandes y de café oscuro tenían un aspecto saltón, como dos huevos fritos, debido a las gafas ridículas que usaba. A diferencia de Levi, la piel de la soldado era aceitunada y ligeramente azotada por el sol.
El chico volvió a beber su té, juzgando a su compañera como una mujer insulsa, descuidada y poco interesante.
-¡AH! -expresó ella, como si se hubiese olvidado de algo-. Siento mucho lo de tus amigos.
Por poco, Levi pierde el aplomo. Le dedicó su expresión más ácida, dejó su té y bajó la cabeza para fingir que leía el periódico de la capital. Desde luego que no quería releer otra vez las trágicas noticias que hablaban del asesinato de sus amigos. Solo quería que Hange se vaya y lo dejara en paz. Solo con su malhumor, su silencio y su soledad. Sin embargo, ella no tenía intenciones de irse y continuó con su parloteo como si Levi no estuviese ignorándola.
-Recuerdo a tus amigos. Sobre todo, a tu amiga -dijo-. Hablamos poco, pero le regalé mis dulces favoritos. Me caía bien. ¿Cómo se llamaba? -Hange hizo una pausa, y pegó un brinco-. ¡Isabel! ¡Sí! -expresó, y su voz alegre se apagó al decir lo siguiente:-. A veces me cuesta entender el comportamiento de los titanes. ¡Son tan peligrosos y fascinantes a la vez!
La ira crepitó en el interior de Levi como fuego en combustión. Movido por la rabia, levantó las pestañas de nuevo en dirección a Hange. Sus ojos azules se volvieron oscuros y penetraron en ella con una expresión igual de simpática que la de un perro rabioso. No quería la compasión de Hange ni tampoco que le hablara de Isabel o Farlan. Su perspectiva hacia los titanes era de todo menos fascinante y le importaba un comino lo que Hange pensaba al respecto, aunque su histrionismo y la suciedad que descubrió en el cuello de su uniforme, le bastó para decidir que la quería a miles, miles de metros de distancia de él.
-¡OH! ¡Por cierto! -Levi se estaba cuestionando si había sido lo suficientemente silencioso para ahuyentarla o tendría que ponerse aún más tajante-. ¡No estas comiendo nada! Toma, Levi.
La chica partió en dos una hogaza de pan y se lo ofreció. Levi solo podía notar como las migas caían sobre la mesa justo en el espacio donde había apoyado el periódico y su taza de té. Lejos de agradecerle el gesto, el chico se estaba enfrascando.
-No tengo hambre -respondió escuetamente, mientras sacaba un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta y lo restregaba sobre la mesa para quitar las migas de pan.
Levi se consideraba así mismo un tipo neurótico, perfeccionista y obsesivo. Detestaba el desorden, el caos y la suciedad, sobre todo la suciedad. No lo podía evitar. La mugre, el polvo, las manchas de aceite, todo con lo que había convivido durante años en la Ciudad Subterránea, le generaban taquicardia.
-¿En serio? -demandó Hange boquiabierta-. ¡Estás muy flacucho!
-No quiero comer.
-De acuerdo -expresó la chica, e inmediatamente se inclinó hacia adelante y azotó la mesa con las manos-. ¿Vas a enseñarme el truco que haces con las espadas? ¡Te he estado observando! ¡Estoy muy ansiosa por salir al exterior y verte en acción! Tengo una idea que...
Era suficiente. Ya no estaba dispuesto a escucharla más. Levi se incorporó tan rápido que por poco sale huyendo del edificio principal. Corrió la silla con los talones, asió su taza, tomó el periódico y, ante la mirada curiosa de Hange, se dirigió a la salida del comedor sin emitir ni una sola palabra.
En el ínterin, los murmullos se alzaron desde todas las direcciones alrededor del joven. Una mezcla de risas y comentarios desafortunados llegó a los oídos de Levi. Desde lo sucedido con Erwin, notaba que cada movimiento que hacía, por más simple que fuera, provocaba que sus compañeros cotillearan y murmuraran a sus espaldas con recelo y desaprobación.
Levi se detuvo, respiró hondo y contuvo la ira. La cabeza le palpitó por la presión, pero se propuso no flaquear ante sus impulsos primitivos. Los mismos que lo llevaban a romperle la cara a más de uno que ahora lo juzgaba. Sin embargo, había prometido que no se metería en problemas con sus compañeros si quería enorgullecer a Erwin y honrar la memoria de Farlan e Isabel. Aunque se negaba a vivir una vida doblegada por los prejuicios. Estaba harto de ese tipo de comentarios, de los desprecios, de los desplantes, de que lo señalen con el dedo...
Pero no podía hacer nada. No todavía.
El chico cerró y abrió los ojos y exhaló en un gesto de rendición. Luego, reanudó el camino, ignorando las miradas incómodas que lo siguieron hasta la salida.
Minutos más tarde, llamó dos veces al despacho del capitán con los nudillos. Del otro lado, Erwin Smith le permitió el paso con voz grave y clara. Tan pronto abrió la puerta, Levi se topó con la imagen del capitán ensimismado en su escritorio, detrás de una pila de documentos prolijamente apilados y ordenados junto al crepitar de una vela de aceite.
Los gestos del hombre eran serios y duros. Tenía un porte aristocrático y superior. Llevaba el cabello rubio y corto engominado hacia atrás y rasurado a la altura de las orejas. Sus ojos azules e intimidantes, como toda su presencia, estaban absortos en un papel que Levi no alcanzaba a leer por la distancia.
El joven avanzó por la habitación hasta llegar de pie a su escritorio. Era la primera vez que entraba a la oficina del capitán y para Levi, que había vivido entre el cal, tierra y cemento, el lugar le resultaba sofisticado y lujoso. Amplia, sobria y rústica, la oficina olía a jabón y combinaba colores fríos y cálidos. Estaba limpia y ordenada. Las paredes revestidas de blanco y el suelo tapizado de rojo generaban un ambiente suntuoso y agradable. Contaba con pocos muebles, tal vez los mínimos e indispensables: un escritorio, una silla, una biblioteca y un camastro en la pared opuesta a un gran ventanal victoriano con visillos morados.
Erwin alzó la vista y le habló sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
-He estado observando tu rendimiento, Levi -informó en tono solemne -. Y la verdad es que es asombroso. Si sigues a este nivel te pondré a trabajar codo a codo conmigo en mi escuadrón -Levi movió la cabeza dando su aprobación, pero reprimiendo una sonrisa de suficiencia. Erwin se quedó escudriñándolo en silencio. Su semblante era imperturbable, aunque su actitud demostraba seguridad-. Tómalo como otra prueba de entrenamiento -prosiguió el capitán-. Te servirá para sacar la culpa que todavía tienes por tus amigos.
-¿Qué ha pasado con Lobov? - soslayó el soldado.
-Sigue prófugo.
-Pensé que estaba acabado.
-Lo está -aseguró Erwin-. Solo que ha tenido suerte y se le ha escapado a la Policía Militar. Shadiss ha hecho todo lo que estaba al alcance de sus manos para encontrarlo.
Levi asintió
-¿Eso es todo lo que tienes para decirme, Erwin?
Esta vez fue el capitán quién agitó la cabeza.
-Sí -dijo-. Mantén tu rendimiento. Sé que nos serás de mucha utilidad en el futuro.
-Lo haré -contestó el joven, y giró sobre sus pasos dispuesto a marcharse, pero cuando estiró el brazo hacia el picaporte de la puerta, Erwin le habló una vez más.
-De nada servirá que lo mates, Levi.
El soldado quedó impertérrito, con los dedos blancos apretando la aldaba y apunto de romperse los huesos. Un sudor helado le recorrió la espalda. Otra vez Erwin leía su mente como si se tratará de un libro abierto. Había notado que el capitán era bastante sagaz, perspicaz y que siempre estaba un paso más adelantado que los demás. En ocasiones parecía liderar el Cuerpo de Exploración más que el comandante Shadiss.
Sin embargo, Levi nunca pensó que Erwin podía inmiscuirse en su mente con tanta facilidad. No era el tipo de personas que daba a conocer sus pensamientos y emociones de buenas a primeras. Se percibía a si mismo como un hombre impenetrable, huraño, bastante estructurado y adusto, pero Erwin era especial. Un hombre diferente y tan habilidoso como para entrar en el interior de su cabeza y sonsacar sus pensamientos más profundos.
Le echó una mirada por encima del hombro al capitán. Los ojos azules de Erwin no vacilaban, brillaban con osadía bajo unas gruesas cejas rubias. Levi no le respondió. Viró hacia la puerta y se fue de la oficina del Capitán a sabiendas de que nada ni nadie le impediría acabar con Nicholas Lobov. Ni siquiera el mismo Erwin Smith.
