Capítulo 1

"Cuanto más tiempo paso con animales, más aprendo sobre los humanos"

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Estimada Srta. Bronzewood,

Después de leer su ensayo y revisar su documentación, es mi placer informarle que ha sido seleccionada como escolta para los Juegos del Hambre en su edición 48. Favor de seguir las siguientes instrucciones al pie de la letra para continuar con el proceso de selección que tiene que finalizar el día 19 de Junio del año en curso.

1. Presentarse en el edificio central de los Juegos del Hambre, domicilio conocido, en un horario de 9:00 a 15:00 horas para una sesión informativa y la toma de sus fotografías oficiales.

2. Presentarse con el equipo de asesoría de imagen para el Capitolio de los Juegos del Hambre para establecer la temática de éste año tanto de los Juegos en general como de su distrito y persona.

3. Reunirse con el equipo completo de su distrito al menos tres veces antes de salir en el primer tren y otras tres al regresar con su tributo. Esto incluye a los estilistas, asistentes y mentores. A los mentores se les puede informar de la estrategia a través de una llamada o una videollamada en caso de que no pudieran presentarse de antemano por causas de fuerza mayor.

4. A partir de éste momento, sus apariciones públicas estarán al servicio del Capitolio, esto incluye su imágen, declaraciones, entrevistas y presencia en eventos tanto oficiales como extraoficiales, por lo que nos permitimos recordarle que es necesario un nivel de discreción y decoro en todo momento.

5. Cualquier incumplimiento de las reglas presentadas ante usted durante la firma del contrato podrán resultar en la terminación de toda asociación con su persona y/o dependiendo de la gravedad de las acciones, medidas disciplinarias de carácter permanente para con su capacidad oratoria, visual, auditiva o respiratoria.

Le deseamos la mejor de las suertes y un futuro brillante con nosotros.

Panem hoy, Panem mañana, Panem siempre.

Mimo Wildvale,

Subgerente de Recursos Humanos,

Los Juegos del Hambre.

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— ¡Mamá! ¡Papá! —gritó Sparkley Bronzewood, saltando de la silla y corriendo escaleras abajo—. ¡Mamá! ¡Papá!

Sus padres se levantaron del sofá con sendas sonrisas satisfechas y se miraron el uno al otro, sabían exactamente lo que estaba pasando, pero iban a dejar que su hija les diera la noticia.

— Dime, pastelito —le dijo su papá.

— ¡Me aceptaron! ¡Me aceptaron! —Sparkley gritó con emoción aventándose a los brazos incrustados en diamantes de su madre.

— Pero claro que lo hicieron mi bolita de algodón, eres la más talentosa de todas esas nenuchas —le dijo su madre alejándose un poco, porque aquél abrazo estaba desacomodando su peluca blanca con destellos plateados.

— ¡Tengo tanto que empacar! —dijo ella a punto de volver arriba como una exhalación, pero la voz de su padre la paró en seco.

— ¿Empacar? —preguntó él frunciendo el ceño. Aunque no se notaba mucho, porque tenía las cejas completamente depiladas.

— ¡Por supuesto! En caso de que me dejen ser escolta —respondió sin poder contener la emoción de la última palabra, que salió como un chillido de roedor.

Sus padres se miraron nuevamente, con una expresión completamente diferente.

— ¿A qué te refieres turroncito? No hay puestos de escolta abiertos... —comenzó su madre.

— Y aunque los hubiera, eso no es lo que acordamos —dijo su padre cruzándose de brazos. Los tatuajes dorados de sus bíceps comenzaron a brillar, como hacían cada vez que se enojaba.

— ¿A qué te refieres? —Sparkley Bronzewood entornó los ojos hacia sus padres, sus enormes pestañas azules impidiéndole ver mucho, pero lo importante era el gesto.

— ¡Oh, vamos mi pay de limón! Esto es lo que querías, no empieces con tus moralidades —dijo su madre volviendo a sentarse con elegancia y abriendo su revista favorita. ¡El Capitolio HOY!

— Querer ganarme mi lugar en el mundo no es ninguna moralidad —contesta Sparkley azul marina de ira, su hermoso color azul cielo natural oscurecido por el enrojecimiento.

— Por supuesto que no, pero no puedes culparnos por querer darte un empujoncito. Además, todos entran a trabajar a los Juegos así. Aquí el punto no es lo que tu madre y yo hicimos por ti, es lo que esos monos incompetentes no entendieron —el discurso de su padre continúa mientras camina airado a través del salón y al cuarto de videollamadas. Está a punto de levantar el teléfono cuando su hija lo intercepta y lo azota en el piso.

— ¿Y qué es exactamente lo que no entendieron? ¿Que soy una sanguijuela mimada? ¿Que no sé contar hasta cien? ¿Dime papá, con qué cara voy a pararme frente a las cámaras ahora?

— No vas a pararte frente a nada más que un par de brochas de maquillaje jovencita. No educamos a una... a una...

El silencio cayó sobre el opulento cuarto. El padre, aún con una mano agarrando un teléfono imaginario, la madre intentando buscar las palabras, y la hija llorando de rabia.

— ¿Una qué mamá?

— ¡Una provinciana! —suelta por fin su madre y la peluca se sacude con fuerza en su cabeza. Los tatuajes de su padre ahora son de un café apagado, pues ha perdido el aplomo. Sparkley Bronzewood da media vuelta, sube a su cuarto, recoge sus cosas y se va de casa, segura de que sus amigos le darán asilo hasta que pueda cobrar su primer cheque como escolta.

Las lágrimas no paraban de caer por sus mejillas y hacían un charquito en sus cachetes, donde tenía un par de diamantes tal como los de su madre. Aún no podía creer que se comportase de esa manera, llamarla provinciana no era solo un insulto, era casi una acusación de traición. Era como recriminarle que amaba más a los distritos que al propio Capitolio. ¡Qué tontería!

Otra lágrima cayó por su cara.

Ella les demostraría lo contrario, que sus prejuicios eran totalmente ridículos. Que ser escolta era precisamente lo contrario a la traición. Era la mejor manera de proclamar su amor por el estilo de vida en el que todos se encontraban cooperando de forma tan armoniosa. Era la mejor manera de honrar a los hombres y mujeres del Capitolio que trabajaban arduamente año con año para dar seguridad, comida y sustento a los hijos de la rebelión, a los verdaderos provincianos que nunca mostraron gratitud, hasta ahora.

Ser parte de los Juegos del Hambre para ella era ser parte del cambio, era poder mirar a los ojos a cada uno de aquellos otros humanos y ver el arrepentimiento en sus corazones, era proveer a todos de un espectáculo digno de recordar durante generaciones y así evitar una masacre futura. Ayudar a Panem a seguir existiendo era la meta de su vida. Y ni sus padres ni nadie la obligarían a desistir.

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Se sabía el correo con las instrucciones de memoria, pero no pudo evitar titubear frente a la recepcionista del edificio como una niña tonta.

— Soy... mi nombre es... bueno... —carraspeó un momento, y la bella rubia con labios carnosos y rosados la miró con desdén. Sparkley se recompuso un poco—. Sparkley Bronzewood, soy escolta —lo último sonó más como una pregunta, pero al menos había dejado de tartamudear.

— ¿Bronzewood? ¿Con zeta o con dos eses? —preguntó la recepcionista tecleando furiosamente. Una verdadera hazaña con aquellas uñas de marfil, cada una de ellas terminaba en un cuerno como de elefante o rinoceronte que la hacía presionar letras incorrectas a cada tanto.

— Con zeta —contestó Sparkley mirando a su alrededor para perder el miedo, pero logrando sentirse más intimidada que nunca. El lobby era un espacio redondo gigantesco, cuadros de tamaño real colgaban en la pared curva, de los Vigilantes en Jefe de todos los años, eran treinta y cinco en total. Un trabajo peligroso decían algunos, pero Sparkley sabía la verdad, su padre se la había dicho una vez. Los Vigilantes en Jefe, cuando hacían un trabajo que superara las expectativas eran enviados al retiro. El Retiro era como el cielo, incluso mejor que el mismo Capitolio. Ahí era donde iba de vacaciones el Presidente Snow. Ahí era a donde quería ir ella, aunque solo un puñado de escoltas lo habían logrado.

— Bronzewood, ya te encontré. Toma, no te lo quites en ningún momento —le dijo la rubia tendiendole un gafete holográfico con su nombre y sus bio-datos. Huellas dactilares, escáner de iris, tipo de sangre, todo en un pequeño chip identificador al centro del gafete.

Pasado el cerco de seguridad que sólo eran un par de puertas de metal que emitían un suave zumbido, Sparkley caminó hasta el elevador y pasó su gafete por el escáner.

— Bienvenida Sparkley Bronzewood. Piso siete —su corazón dio un vuelco al escuchar la voz del elevador. ¿Piso siete? ¿Eso significaba que era la escolta del distrito de la madera? ¡Qué emoción, las nuevas nunca obtenían buenos distritos!—. Piso siete, salón de juntas de los escoltas —dice la voz y su aplomo se desinfla un poco, pero recompone el rostro antes de entrar a aquél cuarto lleno de extraños que de inmediato la hacen sentir como una intrusa.

Todas las caras, de todos los colores la miran de pies a cabeza. Sabe que su azul está un poco deslavado, pero todavía no se pueden ver manchas color piel así que al menos eso está cubierto. Aún no ha optado por una peluca como su madre, su cabello es color lavanda y lleva un enorme tocado redondo con incrustaciones de circonias. Vale. Las circonias no son lo más, pero al menos le da volúmen a su cabeza para que no parezca... provinciana.

Hace una mueca involuntaria al recordar la palabra y alguien murmura algo por lo bajo. Los diamantes en sus cachetes comienzan a ponerse rojos de la vergüenza. Ha olvidado su cara neutral y todo su entrenamiento universitario. Por fortuna alguien la salva.

— Como puedes ver nos hacías falta para completar el arcoíris. Dicen que es de buena suerte —le dice un chico con el cabello rosa fosforescente a juego con sus uñas y sus ojos. Su traje es de un negro absoluto y los botones parecen brillar en diferentes tonos rosas iridiscentes de acuerdo a la luz. Es Osha Lockbucks, en toda su excentricidad.

Sparkley mira a los primeros tres individuos más cercanos a ella y nota que dos de ellos han continuado con la tendencia anaranjada del invierno, pero el otro lucía un copete verde bosque y pantalones dorados. Pronto notó que era la única en el espectro del azul y volvió a sentirse avergonzada. ¿Se estaba perdiendo alguna tendencia? Quizás su etapa de Distrito Cuatro ya había durado demasiado, por más que se dijera a sí misma que la había adaptado a la modernidad, era obvio que no.

— No tienes por qué poner esa cara. Sé exactamente lo que estás pensando, pero a partir de ahora ya no tienes que seguir las reglas de la moda cariño. Tú eres la regla —le dice el chico de pantalones dorados levantando ambas cejas, también verde bosque—. El nombre es Mesqi, Mesqi Lowtide, pero eso ya lo sabes —termina con un guiño. Sparkley traga saliva, claro que lo sabe. Es el escolta más delicioso que existe, y si los rumores son ciertos, el próximo escolta del D2.

— Vamos chica, toma algo y cuéntanos tu vida. Aquí todos sabemos todo de todo. Ah, ¿no es así? —los ojos de Sparkley la traicionan y se abren más de lo que hubiera querido, Cassia Rosemark está frente a ella con una copa de vino y un atuendo que podría definir como... casual. Lleva unos pantalones con flecos de cuentas color púrpura y un top de tubo metálico que la envuelve como un cono hasta los hombros, en la cabeza tan sólo un tocado de plumas que parece cargar sin esfuerzo alguno y le aumenta casi diez centímetros a su altura. Se ve tan cómoda y tan chic que de inmediato la envidia.

— Yo ... —Sparkley toma la copa y le da un sorbo, sintiéndose inmediatamente mejor. Ah, un buen vino es el mejor relajante.

— Empieza por tu nombre primor, no debe ser tan difícil —una de las veteranas se encuentra sentada en un sofá alejado comiendo canapés. Es la diva de las personas curvilíneas "Sextia" y sí que sabe cuidar su imagen. Lleva un vestido de lunares amarillo con blanco que la cubre de pies a cabeza. Los lunares a veces cambian de color, jugando con la vista, su peluca blanca hace lo mismo de vez en cuando. Es conocida por su buen humor, y sus cálidas palabras, pero en aquél cuarto no suena muy amigable.

— Sparkley, Sparkley Bronzewood —contesta ella. Un bufido que se transforma en tosido suena en la esquina.

— ¿Bronzewood? ¿Como el fiscal Bronzewood? —pregunta el dueño de aquella grosería mal encubierta. Su piel morena contrasta con sus ojos rojos modificados para parecer una serpiente. Su atuendo no es más que un short de piel, también rojo y una capa color sangre. Hoy lleva sandalias, pero Jax Thorne siempre lleva tacones a las cosechas.

— Es mi padre, pero estoy aquí por mis propios méritos —dice Sparkley y sus diamantes brillan enojados. Algunos asienten con la cabeza y otros levantan una ceja, pero la única que habla es Vanilee Coppertree.

— Como todos aquí —dice levantando las famosas manos negras con uñas blancas de manera diplomática y sonriendo un poco. Sus ojos violetas siguen tan fríos como siempre— ¿Cuéntanos, qué distrito quieres?

— Y no digas Uno o Dos —comenta otro chico al lado de Mesqi, comiendo uvas. Lleva una falda estilo romano y en los pezones dos aros color azul turquesa, el único tono de azul que Sparkley había visto. De inmediato le cayó bien, por eso, no por sus perfectos pectorales ni su sonrisa de diez mil sesterceres. Atrius Keen era el segundo candidato al D2, y al parecer se llevaba de perlas con su rival, a pesar de que los tabloides no paraban de sacar noticias amarillistas.

— En realidad me gustaría mucho... —comenzó, pero no la dejaron terminar.

— Déjame adivinar, ¿cuatro? Puedes quedártelo —espeta un hombre bajo y delgado, con la piel color gris y los ojos azules. Su cabello lleva años estilizado para parecer las olas del mar. Lo llaman el viejo pescador, pero su nombre verdadero es Tulsee Pithill, es el escolta más viejo que puedo recordar... además de... ¡oh no! ¡Brier!

— Bueno sí, sería bonito tener al cuatro... pero... uhm... ¿qué pasó con Brier? —preguntó. Las miradas que se intercambiaron sus compañeros eran completamente misteriosas. Nadie dijo nada. El viejo pescador señaló su garganta con las manos y Sparkley bajó la cabeza. No era de buena educación alegrarse de los castigos ajenos.

— Vaya forma de alegrar el ambiente Sparks —le dice una chica de voz cantarina, es mucho más baja que Tulsee y su melena negra brilla con un puñado de ópalos distribuidos entre su peinado—. Tienes que trabajar en tus habilidades un poco más. ¿no crees? —Light Fairdrop es la persona más molesta que Sparkley ha conocido en su vida, fueron juntas a la escuela desde pequeñas y sus padres eran amigos. Aún no podía creer que hubiera obtenido el puesto a los dieciocho y ella tuviera que esperar hasta los veinticinco. Iba a replicarle que su nombre no era Sparks, pero alguien la interrumpió.

— No es la única. Antes de dar consejos asegúrate de que tus tributos no salgan en televisión nacional con mocos en la nariz —le dice otra mujer, tan alta como Cassia y tan hermosa también: Pista Pitcreek. Lleva un payaso de perlas y unas medias rosas. Su enorme peluca rosa pastel es la envidia de su madre porque no se mueve ni un centímetro. Light se empequeñece con su mirada y se dedica a quitarse la mugre de las uñas.

— Dale un respiro Pispis —comentan dos voces al unísono. Uno es un hombre y la otra una mujer, ambos vestidos de anaranjado. Son los que notó al principio. Bay y Bo Everhair eran famosos antes de entrar al equipo de los Juegos, tenían un blog incisivo sobre la moda en los distritos y demás. Era muy, muy bueno. Ahora no tenían tantas opiniones originales, pero siendo parte de las escoltas, no podían decir muchas cosas tampoco—. ¿No ves que está nerviosa?

— Pues relájate, el jefe viene llegando —el otro chico, el del traje negro también le guiña un ojo. Sparkley supone que tendrá que aprender a hacer eso y decide que esta noche practicará ante el espejo sus mejores guiños y sonrisas. El elevador suena y por el entra uno de sus más grandes ídolos y a penas puede contenerse de chillar. ¡Caesar Flickerman!

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Bueno, aquí va el primer capítulo de este SYOT.

Espero que no haya sido demasiado largo, pero quería introducir a las escoltas de manera más o menos natural.

¿Quién se les hizo más interesante? o ¿A quién les gustaría ver parado frente a su tributo?

Nuevamente gracias a todas por enviar sus fichas y estaré escribiendo el primer capítulo de tributos en unos momentos. :)